Leila Guerriero. Foto: Carina Pérez García. Oaxaca, 2014.

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    Un café con Leila Guerriero

    Laura Ferrero - 19-03-2015

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    Dejo el invierno en Barajas. El 19 de enero es el primer día del año en que Madrid se cubre de nieve. Los medios habían pronosticado que sería el 18 –y no el 19– con lo que la mayoría de ciudadanos se había quedado en casa el día anterior alertado por las inminentes tormentas y nevadas que colapsarían la ciudad. Los medios se equivocan. Y Madrid no es Oslo: hay que prepararse para que no nos sorprenda la nieve. Pero yo dejo atrás Madrid y el invierno. A veces, un avión no solo nos cambia de ciudad sino también de estación.

     

    El verano en Buenos Aires ya no huele al violeta de los jacarandas. Huele a vacaciones. Al silencio de las ciudades gigantes que duermen cuando sus habitantes dejan el cemento por la playa. Me dirijo a Chacarita. Cojo –mejor decir tomo– la autopista Richieri desde el aeropuerto de Ezeiza a la ciudad, que luego se transforma en la autopista 25 de mayo e ingreso a capital por el parque Chacabuco. Paso por los barrios de Caballito y Villa Crespo hasta Chacharita. Nunca he estado allí.

     

    En la esquina de las calles Corrientes y Dorrego está el bar El libertador. Toldos rojos y anuncios de Coca-cola por todas partes. Llego antes que ella, así que saco mi libreta. ¿Qué es lo que tenía que preguntar? Ay, ese jet lag traicionero. Me pido una Coca-cola con hielo y limón y me acuerdo de pedirla bien. Nada de ¿Me pones una Coca-cola?  sino Hola, cómo te va, ¿te puedo pedir una Coca-cola con hielo y limón? Me traen el vaso con hielo y dos rodajas enteras de limón en un plato aparte. Bienvenida a Buenos Aires, Laura.

     

     

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    Leila Guerriero es alta y morena. Tiene los brazos tan delgados como yo, incluso más. Y eso es algo que me gusta. Me fijo y se lo querría decir. Pero claro, no es algo que una pueda comentarle a una desconocida a la que va entrevistar para hacer algo así como un perfil-café, es decir: todo lo que puedes averiguar sobre alguien mientras te tomas un café. Hay que ser profesional, al menos es lo que te aconsejan. Ella se pide un cortado pequeñito y yo me pregunto qué se le pregunta a Leila Guerriero. Qué suelen decirle los demás. Se me pasa por la cabeza que debería haberme aprendido alguna frase de memoria. O que debería haberme leído más artículos suyos. Pero empezamos a hablar de Argentina. Como me hable mucho de Nisman, estoy fuera, y eso que ese lunes todo el mundo lo hace: imposible no hacerlo cuando el cuerpo de Nisman acaba de aparecer sin vida. Lo menciona, claro. Pero también me cuenta que en Buenos Aires es imposible encontrar tampones: el gobierno racionaliza ciertos bienes. Pongo cara de póker. ¿Tampones? Sí, me contesta. Argumentan que hay ciertas cosas que no son necesidades básicas. “Hombre, no sé si básica. Nadie come tampones, eso está claro pero ¿te imaginas a una bailarina sin un tampax en su número estrella? ¿Cómo levantas la pierna hasta la cabeza? ¿Y a una stripper?”. Y se ríe. Me parece cómico. Y entonces ya me relajo. Si podemos hablar de tampones ya no tengo jet lag y todo está bien.

     

     

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    ¿Pero quién es Leila Guerriero?

     

    En realidad no lo sé. Cuenta que era una adolescente angustiada y sin un plan. El plan se lo dieron las palabras, el periodismo. Dejó su Junín natal y se fue a Buenos Aires y ahí empezó todo. Ese plan se llamaba ir, ver, contar aunque con los años se fue dando cuenta de que no era exactamente así. El plan, más bien, consistía en hacerse invisible, en saber mirar, en entender muchas cosas que damos por hechas. Por ejemplo, algo tan evidente y tan obvio como la finitud. Paul Bowles habla de ella en su libro El cielo protector. Según dice, saber vivir es reconocer que hay un número determinado de veces destinadas a todo aquello que hacemos en la vida. Pero saber vivir es también actuar como si no lo supiéramos, como si en la vida nunca fuera a haber una última vez. Me digo, quisiera decirle, que saber vivir no solo es entender esa finitud sino también comprender que lo que concebimos como único muchas veces no lo es. Lo pensé viendo una puesta de sol: al sol le llaman sol poniente por eso: porque siempre se está poniendo en algún lugar del mundo. Todo lo que nos parece único es solo una ilusión. Las puestas de sol se dan repetidas por mil todos los días. Saber vivir es aprender a tener una sensación de finitud consciente, pero también lo es saber que lo único es único porque lo pensamos así.

     

     

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    A Leila se nota que le gusta Idea Vilariño. En el cuestionario Proust –publicado en El espejo Proust– le habían preguntado a la poeta uruguaya cuál era su lema. Idea respondió: “Ninguno. Pero podría ser: ¿para qué?”. Le hago la misma pregunta a Leila y me contesta que el suyo es por qué no. Algo un poco más contestatario, un anhelo quien sabe si de imposibilidad, un atisbo de rebeldía. De alguna manera, el para qué está lleno de desánimo. El lema de Idea Vilariño, la mujer de los ojos tristes, dejaba colarse a la tristeza, a la melancolía por la ventana, pero Leila la cierra. Si no, no escribiría lo que escribe. Porque en sus líneas puede haber cabida para muchas cosas, pero no para el conformismo ni para una nostalgia estéril. Tampoco para el idealismo o los paraísos perdidos de los que hablaba Proust. Leila Guerriero vive afincada en las antípodas del idealismo. Así, para ella, Emma Bovary dista mucho de ser una heroína. Lo dice en uno de sus artículos, pero también me lo dice frente a su cortado pequeñito. “Al fin y al cabo, Emma Bovary es una chica soñadora de pueblo. Lo que es heroico es el momento en el que Gustave Flaubert escribió el libro”. Guerriero preferiría ser Holden Cauldfield, La Maga. Pero Emma Bovary… ¿para qué? O mejor dicho: ¿Por qué no? Porque para empezar, el idealismo de Madame Bovary, tan alejando de esta tierra que pisamos, es lo contrario a su propia vida, a la de la chica que quería encontrar un plan. Es también lo contrario a esos amores imaginarios con los que soñaba Emma, los mismos que la llevaron a tomarse una cucharadita de arsénico en polvo.

     

     

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    Le pregunto a Leila Guerriero por el amor. Es difícil preguntar por esas cosas a las 16 horas de la tarde sin fernet, sin vino. Pese a que leí Formas del amor, una serie de textos de Leila Guerriero publicados en El País en los que abordaba un tema desacostumbrado, el que reza el mismo título: las formas que toma el amor, con sus tristezas y sus ambivalencias, tengo la sensación de que se siente más cómoda abordando temas más concretos. Por eso, le recuerdo aquella historia que leí hace años en un periódico. En una entrevista que le hicieron a Marianne Faithful, el periodista le preguntaba a la cantante cuál era su visión sobre el amor, cómo vivía ella esos sentimientos a los sesenta. Ella respondió que lo vivía de una manera distinta que en su juventud: las letras con las que mentalmente escribía amor ya no eran unas mayúsculas de rojo brillante. Ahora escribía la A en mayúscula, y las demás eran minúsculas. Leila dice que ella hubiera preferido lo de las minúsculas desde el principio. ¿Qué es un amor en mayúsculas? La idealización. Prefiere lo cercano al suelo que pisamos: lo real. “No puedes creer que tú eres perfecto para alguien al igual que no puedes creer que alguien es perfecto para ti. En la vida no hay medias naranjas, yo busco un compañero”. Los amores intensos no tienen que acabar para poder seguir siendo, para poder durar. Existe un amor alejado de la idea estandarizada del amor. El amor a secas. Porque uno acaba creyendo que el amor que no hace sufrir no es amor y quizás es –o debería ser– al revés: “Nunca tuve ni creí en las relaciones tortuosas”. Hay muchas ideas preconcebidas, como la del verdadero amor y la dificultad, como la de que la felicidad y la escritura están reñidas, aunque ella no lo vea así. Se trata de una visión reduccionista de las cosas: la felicidad no tiene por qué escribir en blanco. Tampoco es necesario el desasosiego. “Confundimos felicidad con efusividad”. Se escribe siendo feliz.

     

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    De niña, Leila Guerriero leyó 15 veces Los niños terribles de Jean Cocteau pero dice que ahora no lo volvería a hacer. Hay libros que envejecen bien, como el vino, como algunas personas, y sin embargo, hay otros que conviene dejarlos para siempre en el mismo lugar de la estantería y también de la memoria. Pero hay libros a los que volvemos una y otra vez; nos acompañan en la vida, como un compañero. Son algo así como ese amigo al que siempre le preguntas. “El oficio de vivir, de Cesare Pavese; Pájaros de América, de Lorrie Moore; Oración por Owen de John Irving”. Me sorprende que no sea muy fan de Alice Munro “Es una mujer demasiado buena… como una abuelita” o de Margaret Atwood. Pero me anima saber que le gustan Amy Hempel y Lydia Davis. Le digo que a mi también me gustan y no omito que Hempel, en mi opinión, escribe relatos para gente muy inteligente. Cuando los acabo siempre tengo la sensación de que me he perdido algo. A veces ocurre: nos gustan cosas –y autores– a los que no acabamos de entender. Me dice que hay algunos escritores a los que le gustaría conocer, pero no es mitómana. No es de las que aprovecha la ocasión para hacerse una foto o que le firmen un ejemplar de un libro. Hace poco coincidió con Richard Ford en un festival literario, se lo querían presentar, pero ella se negó. “¿Qué le hubiera dicho? ¿Soy fan suya, no sabe lo que sus obras me marcaron, bla bla bla? No, nada de eso. ¿Qué iba a decir después a la gente? ¿Soy feliz porque toqué a Richard Ford?”

     

    Le pregunto si cambiaría algún final de la historia de la literatura universal? Y ahí casi me reprende: Si un libro es bueno, nada puede tocarse, si es malo es mejor que ni te lo leas. Amén.

     

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    En su último libro Zona de obras, Leila recopila un conjunto de ensayos y crónicas en los que intentan responder a la pregunta del millón: por qué se escribe. Y para escribir –y para hacerlo bien–, uno tiene que emplearse a fondo: hay que hacer muchas cosas, pero sobre todo una: leer. En ‘Listas’, uno de sus ensayos comprendidos en el libro, la periodista hace una recopilación de circunstancias que ayudan a escribir: “Cuidar un jardín ayuda a escribir. Mirar por la ventana ayuda a escribir. Viajar a un sitio en el que no se ha estado antes ayuda a escribir (….) Tener miedo no ayuda a escribir. Que haya viento no ayuda a escribir”. Leer siempre ayuda a escribir. Pero a veces hay que asumir que no es el día y que es mejor no hacerlo. ¿Y retocar los textos? Jamás. “Un texto se hace en un momento y ese momento se va. Luego siempre somos otro el que vuelve sobre lo escrito. Y ese texto tal vez ya no nos pertenezca.”

     

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    Hay un agujero en la crónica latinoamericana. Un sumidero por donde se escapan las cosas que no se están contando. En ocasiones, se insiste en contar lo ya relatado: la vida de los desamparados, la de lo sórdido. ¿Hay alguien que hable de niños peruanos que se van en jet privado a Nueva york para celebrar un cumpleaños? No hay muchos periodistas –o cronistas, o al menos que yo conozca– que monten guardia en el club de polo de Buenos Aires. Las desgracias no están solo en los arrabales; es cierto que es más fácil empatizar con los desfavorecidos. Pero el dolor, la injusticia, están también en las tristezas contenidas, en lo que se esconde tras las apariencias de los poderosos. Eso Leila lo sabe “Es nuestro actual desafío, el de las clases altas. Está sociológicamente comprobado que es más fácil ir hacia abajo que hacia arriba”.

     

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    En ‘El atardecer en un plato’, comprendido en Zona en obras, Guerriero cuenta que al atardecer, el cocinero Michel Bras llevaba a los integrantes de su equipo a la terraza de su restaurante en la campiña y les hacía estar ahí hasta que el sol se ocultaba en el horizonte. Entonces, señalando el cielo, les decía: “Ahora vuelvan a la cocina y pongan eso en el plato”. Esa es una buena manera de intentar definir lo que hace Leila Guerriero, a pesar de haber compartido sólo una hora y media en un bar de Buenos Aires, en verano, cuando en España es invierno.

     

    Ella misma me descubrió recientemente una frase de la poeta Marisa di Giorgio a la que vuelvo una y otra vez sin motivo aparente: “Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas”. A pesar de no entenderla, me fascina. Porque no tiene mucho sentido que un jazmín sea parecido a un huevo ni a una lágrima. Y sin embargo me la repito casi como un mantra, como si por repetirla, la llegara a entender. Después de un café no puedo decir que sepa quién es Leila Guerriero. Pero sé, intuyo, que entiende esa frase, que sabe ver la vida y observarla. Que comprende en qué se parecen un jazmín, un huevo y una lágrima. Y con esto me basta.

     

     

     

     

    Laura Ferrero es filósofa y periodista. Trabaja desde hace años en el mundo de la edición. En FronteraD ha publicado Las infidelidades, o la gran crisis del deseo, El Chad: lejos del desencantoEn letras mayúsculas y Miedo de ser William Stoner, y mantiene el blog Los nombres de las cosas

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    Qué bonita entrevista. Enhorabuena.

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