Calais. Lieu de vie, o ¿cómo escapar al olvido?

Texto: Rafael Falcón / Fotos: Jesús Gabaldón - 21-04-2016

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No recuerdo su nombre, pero aún puedo ver sus párpados temblando, sus ojos amarillos y el brillo de sudor sobre la frente mientras nos hablaba con una voz que le salía de las tripas. No acababa de irse. Asía en una mano los vasos de plástico donde nos había servido el té y las migajas que había recogido del hule en la otra. Hincó las rodillas en la alfombra roja sobre la que habíamos comido y ya no se levantó hasta habernos dicho todo lo que tenía dentro. “Do you understand?”, repetía, luego hacía un silencio y un medio jadeo antes de proseguir. Jesús, que había recogido las piernas para atenderlo, lo tenía más cerca y resistió como pudo la dureza de la mirada del afgano.

 

Nos había preguntado si éramos periodistas y pareció relajarse al saber que éramos profesores. Fue entonces cuando vomitó todo lo que su pésimo inglés le permitió. Nos sermoneó sobre la responsabilidad de Europa y el resto del mundo occidental en la suerte que había corrido su pueblo y él mismo. “¡Allbody gone!”, nos decía. “También de la Jungla. Venís, hacéis fotos y os vais”. Recordé que Mahmoudjam, un joven afgano con quien habíamos compartido unos momentos inolvidables ese mismo día, había trabajado durante años como mecánico de camiones del ejército de Estados Unidos en Afganistán y ni siquiera eso le había servido para recibir un trato distinto al de un animal. Cuando hubo terminado su lamento, el afgano levantó su gigantesco cuerpo y lo arrastró hasta la zona delantera del local, hacia la calle. Tiene siete hijos, los siete aún en Afganistán. El restaurante del afgano lleva en pie menos de una semana. El anterior pertenecía a la zona sur de la Jungla, así que fue arrasado por los buldócer a principios de marzo. Es una choza con estructura de madera, paredes de plástico y lona, de unos 12 metros cuadrados. Me gustaría recordar su nombre.

 

Escribir esto es nuestro modo de responder a destiempo al afgano, de hacerle saber que nos tocó, que sus preguntas realmente nos interpelan y que, en cierto sentido, lo que nos movió a ir a Calais era un modo de rebelión contra esa misma verdad que él nos trasmitía. La indiferencia respecto de lo que les pase a los que esperan en la Jungla de Calais o en cualquier otro campo de refugiados. ¿Cómo escapar al olvido? ¿Cómo sensibilizarse?

 

Es conocida la escena de la noria en El tercer hombre. Orson Welles se dirige a Joseph Cotten en el interior de una de las cabinas: “¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse? Si te ofreciera 20.000 dólares por cada puntito que se parara, ¿me dirías que me guardase mi dinero o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar?”.

 

Los habitantes de la Jungla se saben en el olvido. El día anterior habíamos compartido buena parte de la mañana con Mohamed en el interior de L’école d’art et métier, una escuela de la zona sur de la Jungla que logró permanecer en pie tras el desmantelamiento de esa zona. Allí acuden sobre todo sudaneses, como el propio Mohamed, pero también etíopes. La escuela es un aula de unos 40 metros cuadrados, de madera y plásticos, en medio de un estercolero. Es caótica, pero agradable. Mohamed tiene ganas de contar. Estudiaba leyes en Sudán y habla de la Corte Penal Internacional. Se pregunta cómo es posible que su presidente sigue libre. “Nadie habla, nadie mira, nadie quiere escuchar qué pasa en Sudán”. Habla sobre del silencio y las injusticias en su país. “Si callas, puedes vivir. Si exiges justicia, puedes echar a correr”. La única palabra que conocía en español era “clásico”. Nos contó cómo en medio de la guerra los chavales hacían cuatro horas a pie hasta la pantalla más cercana para ver el clásico del fútbol español. De regreso, otras cuatro horas, discutían sobre el árbitro o sobre el gol de Messi. “El fútbol podría cambiar el mundo”, decía. También nos relató su viaje hasta Calais. Perdió a dos amigos en el desierto entre Sudán y Libia. No aguantaron. Una vez en Lampedusa fue detenido por la policía italiana y estuvo dos meses en prisión por negarse a que le tomasen la huella dactilar. “Yo no soy ningún criminal”, nos decía. En la cárcel le torturaron con descargas eléctricas.  

 

Tanto Mohamed como el afgano tienen razón. La verdadera tragedia de los humanos de los campos es nuestra indiferencia. No es un problema de ceguera, sino de absoluta indolencia. ¿Qué pasaría si de repente desaparece algunas de las personas que viven en la Jungla o la Jungla entera? De hecho, no sucede demasiado. La pregunta no encierra una hipótesis retórica que pretenda provocar la reflexión moral, sino que se refiere a una realidad cotidiana en las vidas de esta gente. Un joven afgano murió hace unos días arrollado por un camión en la autovía que une Calais y Dunkerque. ¿Y qué? Me pregunté si se trataría de Mahmoudjam. Nos había dicho que él escucharía a su corazón para decidir qué noche debía intentarlo.

 

Salen del campo en grupos, entre la 1 y las 6 de la madrugada. A veces hay accidentes, miembros amputados o muertes por aplastamiento. Pero ellos ya conocen la muerte, de la que huyen. Les acompaña en toda su odisea. El propio Mahmoudjam nos relató (¡Dios, todos cuentan tanto!) que en el viaje en barcaza que lo llevó de Grecia a Italia (110 personas a bordo, 48 horas de trayecto sin comida ni bebida), el mar estaba muy bravo, la embarcación avanzaba a saltos y, ya cerca de la costa italiana, dos compañeros de viaje cayeron por la borda y se los tragó el mar. ¿Quién supo de ellos? Cuando nos despedimos de Mahmoudjam nos dijo, a modo de disculpa, que nos dejaba porque acudía a una entrega de zapatos del gobierno francés (el día anterior había recogido el ticket), quería unas nuevas zapatillas con las que correr más rápido en caso de necesidad. Jesús le regaló su pañuelo y le dimos una hoja con nuestras direcciones y teléfonos. ¡Inshalah!

 

Es tan evidente, la banalidad del mal, que cuando se produjo la destrucción de la zona sur los refugiados tuvieron que organizarse para salvar de las máquinas ciertos lugares. Pintaban en el exterior de las chozas la frase “lieu de vie” y, como esto no resultaba suficiente, usaban sus propios cuerpos como escudos humanos. En algunos casos lo lograron. En medio del estercolero en que se ha transformado la zona sur se levantan aún, como islas en un mar de basura, lugares de vida. Casas. Ahí está la escuela de los sudaneses, también la increíble escuela de Simaco (Ecole Laïque du Chemin des Dunes), una mezquita, una iglesia ortodoxa etíope, una biblioteca-escuela inglesa (Jungle books library Calais). Islas de vida. Ahora es fácil ver pintadas las chozas de la zona norte con el mismo recordatorio (¿inútil?): Lieu de vie. Casa.

 

A veces alguien pregunta en voz alta qué se puede hacer, dando por supuesto que no puede hacerse nada y equiparando el drama de los refugiados a un accidente natural. Pues bien, podríamos comenzar por librarnos del olvido y sentirnos responsables de sus destinos. Debemos cuidarnos de no construir relatos sobre nosotros mismos que nos eximan de toda responsabilidad. Nuestros gobiernos son responsables, sí. ¿Y nosotros? ¿Y tú? ¿Y yo?

 

Mientras esto ocurre, hasta que no nos convirtamos en seres cuidadosos de los otros, propongo que cada ser humano se grabe, en sitio visible (por ejemplo en la frente), las palabras lieu de vie. También si pasan por Europa, por favor, no olviden el tatuaje: Lugar de vida.

 

 

 

 

Rafael Falcón Lahera (Sevilla, 1975) es profesor de Secundaria en el IES Juan Bosco de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). Junto con un grupo de profesores trabaja en Refugios: taller de poesías, un proyecto educativo que usa la creación poética para sensibilizar al alumnado sobre la crisis de refugiados, así como para reflexionar sobre nuestra responsabilidad como individuos y como sociedad. En el año 2015 obtuvo el Accésit del XXVI Premio de Narración Breve de la UNED.

 

Jesús Gabadón (La Mancha, 1978) es profesor de educación física en Secundaria y fotógrafo independiente. Como educador desarrolla su labor en un instituto público de Castilla-La Mancha y coordina el programa Tonkolimba sobre cultura de paz y transformación creativa de conflictos. Sus proyectos fotográficos, siempre en el ámbito documental, han sido publicados en diarios como El Mundo, El País o La Vanguardia y se centran en historias marginales o personas pertenecientes a colectivos vulnerables o en riesgo de exclusión social.

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