Cees Nooteboom en 2011. Fuente: Wikimedia Commons

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    Cartas a Poseidón

    Cees Nooteboom - 11-04-2013

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    ¿Cómo empezar? Corre el año 2008, un día de febrero en Múnich. En Marienplatz he comprado un libro de Sándor Márai. No es una novela, sino una colección de epigramas en prosa. Se titula Die vier Jahreszeiten (Las cuatro estaciones) y la cubierta rezuma cierta tristeza: un tallo quebrado, una flor grande que pende con las hojas muy apretadas aunque un poco marchitas, una imagen melancólica que no se aviene con ese día de invierno inesperadamente soleado. Hace años, cuando aún nadie hablaba de él, Klaus Bittner me regaló en Colonia el último diario de Márai, unas páginas parcas y transidas de amargura, que contenían sus notas escritas en los dos años previos a su suicidio a la edad de 89 años. Destierro en San Diego. ¿Por qué se le ocurriría a Márai instalarse en San Diego? Conozco ese lugar y no entiendo cómo este cosmopolita húngaro pudo acabar ahí sus días y escuchar como último sonido un disparo de revólver. Su esposa, que le había acompañado toda la vida en sus viajes, enfermó. Él la visita en el hospital, hasta que ella muere y esparcen sus cenizas en el mar. El escritor vive solo, se encuentra cada vez peor, lee a Aristóteles y su diario se torna una lectura fragmentaria y dolorosa. A continuación, la muerte. Su gran éxito fue póstumo. Mis amigos húngaros se sorprenden de la gran acogida que han tenido sus novelas; pero ellos están más interesados en sus diarios y crónicas de viaje. Márai fue un espíritu clarividente en un siglo, largo y oscuro, de fascismo y comunismo, de fronteras en perpetuo desplazamiento. Me encamino con mi nuevo libro hacia Viktualienmarkt en busca de un lugar para leer. La calle está animada. Veo un restaurante de pescado y encuentro un sitio en la terraza. Pido una copa de champán para celebrar este primer día de primavera y empiezo a leer. El libro se publicó en 1938, aunque los fragmentos que leo son obra de un contemporáneo, de un hombre que consagra su vida a mirar, leer, viajar y escribir. He elegido el restaurante al azar y en la servilleta que me entregan figura el nombre de Poseidón escrito en letras azules, en ese azul del mar junto al que resido en verano. Puede que eso sea una señal, que alguien quiera comunicarme algo, y yo he aprendido a atender a ese tipo de señales. El dios aparece representado con su tridente. Y en ese mismo instante decido que, cuando acabe el libro en el que estoy trabajando, me dedicaré a escribirle cartas a Poseidón, breves textos que versen sobre mi vida y las cosas que veo, oigo y pienso. Entre tanto el invierno alemán ha dado paso al verano español, acabé el libro y, en ese vacío que suele seguir al final de una obra, me viene a la memoria aquel día de invierno soleado de hace medio año. Dentro de tres días cumplo 77 años. Al día siguiente empieza el mes de agosto, el mes del César. Será la primera vez que le escriba a un dios. Cae la tarde. El mar está cerca de aquí, el mar de Poseidón y las rocas junto a las que suelo bañarme. Contemplo la extensa superficie luminosa y rizada del mar, su vaivén bajo el último fulgor del sol. No se oye sino el rumor del agua sobre las rocas. Sí, es hora de poner manos a la obra.

     

     

    Poseidón I

     

    En un relieve del siglo v antes de Cristo, del Cristo que te sustituyó y gracias al cual partimos en dos la infinitud del tiempo, están representados los doce dioses olímpicos dispuestos en una larga hilera. Todos portan sus atributos, pero no está claro hacia dónde se encaminan. Apolo, Artemisa, Zeus, Atenea. A continuación vienes tú. Tú vuelves la cabeza hacia Hera, que está situada detrás de ti. Esta, muy joven aún, mantiene los ojos cerrados y no te devuelve la mirada. ¿Qué estarías mirando tú? Reposas la mano izquierda en tu costado derecho y sujetas descuidado el tridente, esa peculiar arma que es tu seña de identidad y tu utensilio de pesca. Todos los peces te pertenecían. Aparecéis representados de perfil, con aspecto asirio, babilónico, como si vuestros cuerpos aún no hubieran sido capaces de desprenderse de la piedra. En esos tiempos remotos, tampoco nosotros habíamos logrado aún desprendernos de vosotros. ¿Por qué te elegí a ti entre todos los dioses? ¿Acaso porque resido parte del año a orillas de tu mar? ¿O porque al inicio de cada otoño, antes de regresar al norte, me arrojo siempre al mar desde las mismas rocas, llueva o truene? Es mi manera de suplicar que se me permita regresar al año siguiente, ¿y quién mejor que tú para suplicarle tal favor? Hace ya tiempo que buscaba un destinatario para mis cartas, pero ¿cómo escribirle a un dios? Es imposible, claro, y sin embargo yo lo hago. Con algún rodeo. Voy dejando mis cartas en la playa, sobre una roca que hay junto al mar, con la esperanza de que tú las encuentres. Te escribiré sobre cosas que leo, veo y pienso. Historias que imagino, que me vienen a la memoria, que me sorprenden. Noticias del mundo, como aquella anécdota del hombre que contrajo matrimonio con una muerta. Puede que encuentres las cartas o puede que se las lleve el viento. Si he decidido escribirte es porque pienso que quizá aún te interese conocer algo del mundo. No sé qué sucederá después, es imposible saberlo. Como mucho puedo imaginarlo. No se empieza por la respuesta. Siempre me he preguntado qué sentisteis vosotros los dioses cuando ya nadie os suplicaba ni os pedía nada. ¿Quién sería la última persona en invocaros? ¿Dónde fue? ¿Habéis hablado de eso alguna vez entre vosotros? Nosotros aún vemos vuestras imágenes, y sin embargo, ya no estáis aquí. ¿Sentisteis envidia de los dioses que os sucedieron? Y ahora que estos también han sido abandonados, ¿os reís de ellos?

     

     

    Boda con un sombrero

     

    En un pequeño pueblo del sur de Francia, un francés de 68 años ha contraído matrimonio con una mujer que no tiene edad, porque está muerta. Vivieron juntos durante veinte años y quisieron casarse, pero ella enfermó y falleció. En la boda con la muerta, que requirió el permiso del presidente de Francia, el hombre trajo consigo el sombrero de la finada. En El Golem de Meyrink, el héroe se apropia de los pensamientos de la persona dueña del sombrero que se pone. ¿Qué pensaría el sombrero el día de la boda? ¿Reconocería a la decena de convidados que asistieron a la ceremonia? ¿Y qué le habrá dicho al hombre una vez solos en casa?

     

     

     

    Este texto corresponde al arranque de Cartas a Poseidón, el último libro de Cees Noteboom que, con traducción del neerlandés de Isabel-Clara Lorda Vidal, publica mañana la editorial Siruela.

     

     

     

    Cees Noteboom (La Haya, 1933) es uno de los mayores y más originales escritores holandeses contemporáneos. Vive en constante nomadismo entre Holanda, España y Alemania. Traductor de poesía española, catalana, francesa, alemana; de teatro americano; autor de novelas, poesía, ensayos y libros de viaje, es un escritor preocupado por el europeísmo y el nacionalismo. Entre sus libros, todos ellos publicados por Siruela, destacan, Lluvia roja, En las montañas de Holanda, Una canción del ser y la apariencia, El desvío a Santiago y Hotel Nómada

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