Las manos quemadas de Aziza, de 16 años, a quien su marido prendió fuego en el norte de Afganistán. Foto: Mónica Bernabé

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    El caso de Malala y la hipocresía internacional

    Mònica Bernabé - 05-11-2012

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    El caso de Malala Yousufzai, la joven pakistaní tiroteada en la cabeza por los talibán por su defensa de la educación a las niñas, ha causado conmoción internacional. Todos los medios de comunicación se han hecho eco de un ataque demencial, que sólo una mente enferma podría idear.

     

    La desgracia de Malala me recuerda a la de Bibi Aisha, la chica afgana a quien su marido le rebanó la nariz y las orejas por intentar huir del hogar conyugal y cuya imagen terriblemente mutilada también dio la vuelta al mundo después de que la revista Time la publicara en su portada en julio de 2010. O aún más reciente, el caso de Gulnaz, también afgana, que también hizo correr ríos de tinta en diciembre del año pasado. Estaba en la cárcel de Kabul tras haber sido violada, y debía cumplir una condena de 12 años por precisamente eso: por haber mantenido relaciones sexuales fuera del matrimonio –en Afganistán se considera un delito–, aunque fuera en contra de su voluntad.

     

    A pesar de la indignación internacional, los casos de Malala, Bibi Aisha y Gulnaz no me incitan a escribir. Lo hago, con cierta desgana, porque no me queda más remedio: no puedo escapar de esa tromba mediática como periodista que trabaja en Afganistán.

     

    Los talibán que han atentado contra Malala son los mismos que condenaron a millones de mujeres y niñas al ostracismo en Afganistán durante cinco años, que es lo que duró su régimen, de 1996 a 2001. Ellos son también quienes dispararon a bocajarro, sin que les temblara el pulso, a Zarmina, que se convirtió en la primera mujer ajusticiada en público por el régimen fundamentalista en Afganistán en noviembre de 1999. Acusada de haber matado a su marido, los talibán le descerrajaron un tiro en la cabeza en el estadio de deportes de Kabul, ante la mirada de centenares de espectadores en las gradas.

     

    El caso de Bibi Aisha no es el primero ni, por desgracia, será el último. Durante los más de diez años que llevo viajando y trabajando en Afganistán, he conocido decenas de mujeres brutalmente maltratadas, que nunca fueron noticia porque su sufrimiento no era tan mediático como el de una joven con la nariz y orejas mutiladas. Por ejemplo, Aziza, de 16 años, cuyo marido la prendió fuego, y sus manos quedaron totalmente deformadas  y su barbilla soldada al cuello. O Halima, una joven de 17 años a quien casaron a los cinco. "Al principio me explicaron que mi marido era mi tío y yo dormía en su casa, pero en la habitación de su madre. Cuando tuve la primera regla, a los 12 años, su madre me dijo que a partir de entonces ya no dormiría más con ella sino en la habitación de aquel hombre", me explicó la chica, mientras se le ponían los ojos llorosos recordando el mal trago.

     

    Gulnaz tampoco es la única mujer violada que acaba entre rejas en Afganistán. Tan sólo hace falta pasearse por las cárceles de mujeres del país para encontrar otros casos. La Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) y la asociación de defensa de los derechos humanos Human Rights Watch lo han denunciado en diversos informes. No es ningún secreto.

     

    En febrero de 2009 el gobierno de la Provincia Noroeste de Pakistán firmó un acuerdo con el mulá Fazlullah –a quien ahora se le acusa de estar detrás del ataque contra Malala– para imponer la ley islámica (sharia) en el valle de Swat y el distrito de Malakand, en el noroeste del país, a cambio de que los fundamentalistas cooperaran con las fuerzas de seguridad paquistaníes. Nadie pareció inmutarse entonces con ese pacto hasta que los talibán intentaron ampliar su zona de influencia y llegaron al distrito de Búner, a menos de cien kilómetros de la capital paquistaní, Islamabad, en abril de ese año.

     

    En la actualidad se está negociando –o se intenta negociar– con los talibán en Afganistán para que depongan las armas, y el intento de asesinato de Malala no ha generado un parón en ese diálogo o que se replantee qué condicionantes se deben poner encima de la mesa.

     

    En Afganistán la comunidad internacional está apoyando a un Gobierno formado en parte por señores de la guerra que arrasaron el país a principio de los años noventa, que entonces no tuvieron ningún reparo en bombardear zonas residenciales de Kabul y que, en consecuencia, ahora poco les importará los derechos de las mujeres, consideradas el último escalafón de la sociedad.

     

    Entonces ¿por qué nos rasgamos ahora las vestiduras con los casos de Malala, Bibi Aisha o Gulnaz? Forman parte de esa hipocresía generalizada, de ese cinismo internacional.

     

     

    Mònica Bernabé es periodista freelance que trabaja como corresponsal en Afganistán para el diario El Mundo desde el 2006. Viaja a ese país desde el 2000. Acaba de publicar el libro Afganistán. Crónica de una ficción, del que FronteraD ofreció una prepublicación

     

     

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