Madrid, Cava de San Miguel. De color más oscuro, el inmueble correspondiente al nº 11

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    La Cava de San Miguel, 11, o tras los pasos de la Fortunata de Galdós

    Texto y fotos: Mario Crespo - 22-10-2015

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    Las rutas literarias se han convertido en los últimos años en una alternativa cultural a las clásicas visitas a un castillo del medievo o a una casa museo. Se trata de un tipo de atracción más cercana a los intereses del turismo de invierno o, como se dice ahora, “de fin de semana”, que a los del turismo de masas que abarrota las playas de Levante. Su público suele estar compuesto por parejas de mediana o avanzada edad con inquietudes intelectuales; hombres y mujeres que leen con denuedo el capítulo introductorio de las guías (“un poco de historia”) antes de desayunar en el hotel y lanzarse a patear las calles; gente que cuando viaja no busca encontrar lugares extraordinarios sino encontrarse a sí misma.

     

    La explosión de las rutas literarias como reclamo turístico se debe sobre todo a la popularidad de cierta literatura comercial, a productos de industria tales como El código Da Vinci, La catedral del mar o La sombra del viento. Valga como ejemplo la lista que propone en su web La Guía del Ocio de Madrid, cuyo top tres está formado por: La sombra del viento, El juego del ángel y La mano de Fátima. Cierto es que en ella también se menciona la Ruta de Don Quijote en La Mancha o la Ruta del Siglo de Oro en Madrid, pero me temo que casi todos los que se deslizan por el madrileño Barrio de las Letras lo hacen siguiendo las huellas de Alatriste y no las de Lope de Vega.

     

    Entre las rutas madrileñas cabe destacar también, aunque no aparezca en la Guía del Ocio, la del Madrid de Benito Pérez Galdós, y más en concreto la de Fortunata y Jacinta. Fortunata es uno de los personajes literarios que mejor representa lo que hoy en día la España mediática llamaría “la princesa del pueblo”: una chica de clase baja cuyo carisma la conduce a ser popular, una joven sensual y salvaje que atrae por igual a obreros y señoritos. Galdós la presenta en la novela como “una mujer, joven, bonita, alta”, y puntualiza más adelante que es “una chica huérfana que vive con su tía, la cual era huevera y pollera, en la Cava de San Miguel”.

     

    El primer encuentro entre Fortunata y Juanito Santa Cruz, germen de la historia, se produce en la escalera de piedra del número 11 de la Cava de San Miguel. Una edificación alta y maciza a cuyo último piso retornará la joven al final de la obra. El 11 de la Cava representa el centro neurálgico de la novela y actúa además, gracias a su elevada carga simbólica, como “fortaleza”, “presidio de Estado”, “castillo de amor” o “prisión de sacrificio”, algo que a la postre ha convertido al bloque de viviendas en un lugar legendario de la imaginería literaria española. De hecho, en el estudio realizado por el profesor Peter A. Bly, de la Queen’s University de Kingston, Ontario, se asevera que el 11 de la Cava de San Miguel “es mucho más que un pintoresco lugar elegido al azar por el autor para diseñar el primer encuentro entre los dos personajes principales”. El texto menciona también el peregrinaje de estudiosos y críticos de la primera mitad del siglo XX, como José Gavira, que tras su visita en 1933 diría: “escalera fácil de encontrar en la mazmorra de un castillo o en la torre de una vieja catedral, pero no en una casa de vecinos madrileña”. Por su parte, Juan Menéndez de Arranz escribiría en 1952: “Sé de alguno que subió las escaleras de la casa número 11 de la Cava de San Miguel para comprobar si eran de piedra, como Galdós decía”.

     

    La piedra actúa por lo tanto como elemento simbólico que otorga al edificio la categoría de prisión; el lugar donde se encierra toda la pasión surgida entre los dos personajes principales. Prueba de ello es la temprana referencia que el personaje de Juanito Santa Cruz hace al material de la edificación: “Buena finca; con un cimiento de pedernal que es una gloria… escalera de piedra, ya habrás visto”. De este modo, el deseo como catalizador universal que anula las diferencias entre clases, como elemento que aniquila la disparidad entre el pueblo y la aristocracia, como peligro que empuja a los señoritos hacia el lodazal de la pasión, establece su sede en el número 11 de la Cava de San Miguel. Lugar donde se genera la trama de la obra y microcosmos simbólico donde expira el argumento. Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurría en la primera mitad del siglo XX, el edificio de la Cava no constituye hoy día un lugar de peregrinaje para los amantes de la literatura. Se trata más bien de un inmueble que pasa inadvertido para turistas y nativo, hecho que pude corroborar cuando decidí colarme en el edificio con objeto de poner mis pies sobre la famosa escalera de piedra y escribir al respecto.

     

    Como bien recalca Galdós, a la finca se puede acceder tanto desde la Cava de San Miguel como desde la Plaza Mayor: “El piso en que el tal vivía era cuarto por la Plaza y por la Cava séptimo”. Actualmente, los bajos pertenecen a una famosa cadena de jamones y el acceso a la escalera de piedra ha sido sellado. En cualquier caso, resulta sorprendente que el Ayuntamiento de Madrid no haya colocado una de esas chapas con forma romboidal que se utilizan para recordar que en el lugar marcado nació o murió o vivió un gran personaje, aunque en este caso se trate de uno de ficción. Da la impresión de que el edificio de la Cava es una fortaleza donde el peregrino y el turista no son bien recibidos. Supongo que esto es así a fin de evitar que los vecinos tengan que sufrir a pelmazos como yo, gente que visita lugares míticos en busca de sensaciones inexplicables que solo un elemento quijotesco como la lectura es capaz de generar.

     

    El primer paso de mi bizarra investigación consistió en teclear en Google Cava de San Miguel, 11. Para mi sorpresa, el motor de búsqueda más famoso del mundo me devolvió tan solo anuncios de inmobiliarias que alquilaban o vendían pisos dentro del edificio. Y mientras les echaba un vistazo me di cuenta de que uno de ellos me interesaba como forma de acceder a la fortaleza, pues en él se ofrecía el alquiler de una habitación dentro de un piso de estudiantes sito en la segunda planta. No tardé más de cinco minutos en llamar y hablar con la propietaria, que me convocó para una visita guiada realizada por ella misma. Pero rechacé la oferta con un pretexto pueril, ya que prefería introducirme yo solo en el portal y gozar de tiempo para fotografiar la escalera con calma. Así que cambié de plan y al día siguiente me dirigí hacia el castillo con intención de hacerme pasar por un productor interesado en pagar una cuantiosa cantidad por rodar un remake de Fortunata y Jacinta en el edificio. Me hacía cargo de que para acceder al bloque no era necesaria semejante impostura, pero me apetecía utilizarla como mero homenaje a la ficción, realidad paralela que me conducía hacia un delirio tan innecesario como placentero. Una vez allí, frente a la puerta de madera, y cuando, bajo mi identidad de productor, me disponía a llamar al portero automático de la casa donde se alquilaba la habitación del piso compartido, la puerta se abrió sola, como accionada por un mecanismo mágico que me ofrecía una visita gratis y se burlaba de mis mentiras. La explicación era no obstante bien racional: una vecina que salía a la calle había abierto la puerta desde dentro. Me dio los buenos días e inmediatamente después me cedió el paso.

     

    A decir verdad, la experiencia resultó muy satisfactoria. Hoy puedo asegurar que la única ruta realmente literaria que he conocido es la de la Cava de San Miguel, 11, puesto que, a diferencia de las teatrales rutas promovidas por ayuntamientos y empresas particulares, actúa como una especie de puerta tridimensional secreta e incorruptible que conduce al consumidor de literatura hacia una realidad paralela donde habita la ficción, hacia un mundo cargado de vibraciones extrañas que se pueden sentir nada más poner los pies en la escalera de piedra que en otro tiempo, pero también en otro espacio, pisaran Juanito Santa Cruz, Fortunata, José Izquierdo o Estupiñá.

     

     

     

     

    Mario Crespo (Zamora, 1979) es licenciado en Historia del Arte y Documentación. Ha escrito y dirigido los cortometrajes Sin título Death y es autor de las novelas LS6 (2010), distinguida en el Festival du Premier Roman de Chambéry; Cuento kilómetros (2011), Biblioteca Nacional (2012) y La 4ª (2014). También ha coordinado, junto a José Ángel Barrueco, la antología Viscerales (2011). Es colaborador habitual de prensa y su obra aparece antologada en varios libros. Actualmente reside en Madrid.

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