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    Las cenizas de Gramsci

    Pier Paolo Pasolini - 02-04-2015

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    Pasolini: El hombre que nunca se escondió,

    por Martín López-Vega

     

    “Pasolini no amaba la furtividad: ni en cuestiones eróticas, ni en ninguna otra”. Esa es la premisa con que Enzo Siciliano arranca su Vita di Pasolini para desmontar la teoría oficial de la muerte del escritor. Pasolini nunca se escondió: amaba provocar, escandalizar, cuando aún esas palabras tenían un sentido; cuando provocar, escandalizar, podía hacerse con una función. Nunca la provocación de Pasolini fue gratuita. Su modo de provocar era levantar pavesas para mostrar la tierra que había debajo, desmontar el decorado oficial (ese “espacio abstracto” de Lefebvre) para mostrar que si el mundo (con sus frustraciones, sus censuras, sus mitos, sus morales, sus prohibiciones) es como es, no es porque tenga que ser así, porque solo pueda ser de un modo, sino porque hay quien quiere que sea así.

     

    Y el modo favorito de Pasolini (para quien la felicidad solo podía encontrarse en la libertad; para quien la felicidad era, por tanto, un imposible, pero un imposible en cuya búsqueda valía la pena perder la vida) para mostrar eso consistía en mover una pieza de sitio. Cambiar de lugar una pieza que siempre ha estado en el mismo lugar obliga a ver la realidad desde un ángulo nuevo (político, desde luego), forzando a reinterpretar el significado de cada elemento, especialmente de aquellos cuyo sentido dábamos por supuesto. Es lo que mueve toda su obra, y baste como ejemplo su idea de proponerle al poeta ruso Eugeni Evtuchenko que interpretase a Jesucristo en su film El Evangelio según san Mateo. En 1963 le escribía a Moscú explicándole las razones de semejante ofrecimiento:

     

    “[…] ¿Cómo se me ha ocurrido? Tal vez sepas que yo no soy un director… serio, y que no busco a mis intérpretes entre los actores: hasta ahora, para mis films lumpenproletarios, los he encontrado, como se dice en Italia, ‘en la calle’.

     

    Para Cristo, un ‘hombre de la calle’ no sería suficiente: a la inocente expresividad de la naturaleza es necesario añadir la luz de la razón. Y entonces he pensado en los poetas. Y pensando en los poetas he pensado en ti el primero.

     

    A todo el mundo le parecerá extraño que te elija para hacer de Cristo a ti, un comunista. ¿Pero no soy yo acaso un comunista? Las razones ideales de esta obra mía son muy complejas. Te las simplificaré transcribiendo el primer texto de mi película: ‘Esta película quiere contribuir, en la modesta medida que se puede permitir a una película, a la obra de paz iniciada en el mundo por Nikita Jrushchov, Juan XXIII y John Kennedy’ (Pasolini, 1994: 246)”.

     

    Difícil, si no imposible, leer la poesía de Pasolini como una manifestación separada del resto de su obra (novelas, películas, su recientemente descubierta faceta de pintor). La poesía es, con todo, el sistema nervioso de toda su producción, el laboratorio donde sus ideas se decantan y quintaesencian para luego disolverse en las distintas formas narrativas. Él mismo, en un texto escrito para una selección de sus poemas publicada en 1970 por la editorial Garzanti, habla de sus películas y dice que las hizo “como poeta”. En ese mismo texto explica sus primeros pasos como tal. Después de explicar que fue su madre quien le contagió el amor por la poesía, tras enseñarle un soneto que concluía con el verso “y amores por ti yo tengo muchos”, fue un poeta épico a los trece años (“de la Ilíada a Os Lusíadas”, confiesa), que no evitó el encuentro con Carducci, Pascoli o D’Annuzio. Una fase que acabó cuando, durante una clase en Bolonia en el liceo Galvani, en 1937, el profesor sustituto, Antonio Rinaldi, leyó a la clase un poema de Rimbaud. Vino después el gran período de los llamados “herméticos” (Montale, Quasimodo, Ungaretti) y las primeras amistades literarias: Francesco Leonetti, Roberto Roversi, Gaetano Arcangeli, Alfonso Gatto. En 1942 paga de su bolsillo la publicación de su primer libro de versos, Poemas de Casarsa, que editará la librería anticuaria de Landi.

     

    Pasolini escribió poesía tanto en dialecto friulano (idioma que usó para los Poemas de Casarsa) como en italiano normativo. Andrea Zanzotto halla una diferencia fundamental en el uso que el poeta hace de ambas lenguas: según él, para Pasolini el friulano es el idioma de su madre, mientras que el italiano es la lengua del padre, de la burguesía, la “lengua vehicular mayor” (201-212) con una función pública. Y es a esa función pública a la que el poeta no renuncia nunca, considerándola constitutiva de su lenguaje poético, haciendo que entren en él también con pleno derecho los tonos oratorios y declamativos (Marazzini, 23). Y eso pese a que, como cuenta en el texto ya citado: “lo que me convirtió en comunista fue la lucha de los campesinos friulanos contra los propietarios de los grandes terrenos y las granjas tras la guerra”.

     

    El italiano será el idioma que Pasolini elija para su poesía “civil”. Es en ella donde se advierte el impacto paralelo de la historia y de la actualidad (Marazzini, 24). Marazzini subraya también el hecho de que algunas palabras del dialecto aparecen trasvasadas a la poesía en italiano de Pasolini, curiosamente, no como notas regionalistas, sino asumiendo una función noble, con un rol de cultismos (28).

     

    Lo que traemos al lector es, pues, una muestra de esa poesía civil escrita en italiano. Las cenizas de Gramsci (1957) aparece dos años después de su primera novela, de su primer éxito y de su primera denuncia (seguirán muchas). Se trata de un largo poema narrativo (que a Calvino le recordaba los poemas civiles de Foscolo). La historia de Italia y su paisaje son la excusa para hablar de su propia desilusión política. En la sección que le da título, centro de gravedad del conjunto, Pasolini dialoga con la tumba de Antonio Gramsci, conocido intelectual marxista que tuvo una gran influencia en los años de formación de Pasolini y que ahora es, sin embargo, centro de la diana de su desilusión, o, más matizadamente, uno de los lugares en los que se pone en juego ese “contradecirme” tan pasoliniano. Gramsci está enterrado en el cementerio protestante de Roma, no lejos de Shelley. Su lápida reza apenas: “Cinera Gramsci”, y las dos fechas. La figura de Antonio Gramsci es omnipresente en la política y cultura italianas de la posguerra. Fundador del Partido Comunista Italiano en 1921, en 1926 fue detenido y ya nunca abandonaría la prisión. Durante su encarcelamiento escribió un gran número de cuadernos y cartas sobre historia, cultura, filosofía y política. Estos escritos, que se publicarían ya acabada la guerra, influirían de modo decisivo en el curso del pensamiento italiano posterior, especialmente con el aumento de la influencia del Partido Comunista en las décadas de los sesenta y los setenta.

     

    La religión de mi tiempo (Pasolini tomó el título de un soneto del poeta romanesco Giuseppe Gioachino Belli) se publicó en 1961. El tema general del libro lo resume en una entrevista concedida el mismo año de su publicación por el propio Pasolini. En respuesta al crítico marxista Carlo Salinari, después de aclarar que la ideología de un poeta no consta apenas de su vertiente política, diferencia la crisis que refleja este nuevo libro de la contada en Las cenizas de Gramsci: “La religión de mi tiempo expresa la crisis de los años sesenta […]. La sirena neocapitalista de un lado, el desistimiento revolucionario del otro; es el vacío, el terrible vacío existencial que nos derrota” (Bazzochi, 162).

     

    Poesía en forma de rosa aparece en 1964, en dos ediciones muy cercanas: una primera en abril, y una segunda, corregida, en junio. La rosa es aquí “símbolo de sexualidad y de irracionalidad, además de alusión mística y dantesca” (Bazzochi, 154-155). Se trata de un libro más variado en la forma y en el fondo (el propio Pasolini habla en la solapa del libro de “Temas, trenes y profecías, diarios, entrevistas, reportajes y proyectos en verso”). Pasolini narra el momento presente como si se tratase de una nueva prehistoria, ya caídos todos los ideales de la década de los 50.

     

    El último de los libros aquí recogidos, Transhumanar y organizar, se publica en 1971. El libro mezcla, como el título, meditación y acción, poemas políticos y poemas de amor: de nuevo la contradicción pasoliniana, como si nada existiese sino al ser puesto en contradicción, tras superar la prueba de ser contradicho. “Trasumanar”, que hemos traducido como “Transhumanar”, es una palabra inventada por Dante (Paradiso I, 7071). En conjunto, el título hay que leerlo, como de otro modo es habitual en Pasolini, como un oxímoron que reúne la praxis marxista y la trascendencia católica (la expresión es de John Ahern).

     

    Pasolini no quiere hablar al pueblo desde un balcón, ni desde una cátedra: él es un igual hablando a sus iguales, despertando a sus iguales. Por eso critica, por ejemplo, a Picasso, acusándole de alejarse del pueblo incluso cuando lo expresa, como en el Guernica, donde su “error” es representar “la idea, el puro capricho,/ airado, de gigantesca y grasienta/ expresividad” sin llegar a hundirse él mismo en el infierno que el pueblo habita (Biancoforte, 67).

     

    Giuseppe Zigaina propone un curioso ejercicio para comprender mejor la técnica expresiva de Pasolini. Toma un paso del guion de Uccellacci e uccellini en el que el cuervo, que es la contrafigura del director, es desplumado y zampado por Totò al final de la película. Zigaina propone sustituir, en ese parlamento, la palabra cuervo por la palabra yo. Según él, “el texto resultante asume un valor perfectamente adecuado al discurso que habría hecho sobre su propia muerte un Pasolini en el valle de Josafat”. Este sería el texto resultante:

     

    “Yo ‘debía ser comido’ al final: esta era la intuición y el plano inderogable de mi fábula. Debía ser comido, porque, a mi vez, había concluido mi mandato, concluido mi cometido, había sido, como se dice, superado; y además porque, por parte de mis asesinos, debía llevarse a cabo ‘la asimilación’ de cuanto de bueno –de entre lo poco de útil– que yo hubiera podido, durante mi mandato, haber dado a la humanidad (54)”.

     

    Pier Paolo Pasolini nació el 5 de marzo de 1922 en Bolonia, hijo de una maestra y de un oficial de infantería. Debido a los traslados motivados por el oficio de su padre vivió en distintos lugares de Italia. Ya en su primera juventud pasará siete años en Bolonia (intercalando los veranos de Casarsa), donde nace su vocación literaria. En 1942 participa en un viaje a la Alemania nazi organizado como encuentro de la juventud universitaria de los países fascistas. De regreso publicó un artículo que lo situaba ya fuera del fascismo. Obligado a alistarse en el ejército en 1943, desobedeció la orden de entregar las armas a los alemanes y huyó de la deportación disfrazado de campesino, refugiándose en Casarsa. Allí, con algunos amigos, fundaría la “Academiuta di lengua furlana”, cuyo fin era reivindicar el uso literario del friulano. En 1944, en parte para escapar de los reclutamientos fascistas para el nuevo ejército de la República de Salò, se traslada con su madre a Versuta, donde fundan una escuela gratuita en su casa. Se enamorará de uno de sus alumnos a la vez que la violinista eslovena Josipina Kalc, que se había refugiado con su familia en casa de los Pasolini, se enamoraba de él. En 1945 el hermano pequeño de Pier Paolo, Guido, fue asesinado junto a su partida de partisanos por una milicia comunista. En los años siguientes continuará su carrera literaria a la vez que cimentará su fama de polemista político, de comunista fuera del partido. Comienza a enseñar literatura en escuelas públicas y se afilia al PCI. En 1950 se traslada a Roma con su madre, que trabaja como empleada de hogar. Conoce a Sandro Penna y consigue un puesto de maestro en una escuela media de Ciampino. Comienzan sus años de más actividad y presencia pública hasta su decisión de mantenerse al margen, con un momento simbólico en 1970, cuando compra la Torre de Chia, en la que hizo construir un apartamento para dos. El alejamiento, sin embargo, será solo simbólico, y Pasolini tendrá una gran presencia pública hasta el momento de su asesinato, la noche del 1 al 2 de noviembre de 1975.

     

    Pasolini se quiso un hombre libre. Para ello hurgó sin anestesia en los rincones más ocultos de su formación, de su biografía, de sus impulsos y de su inteligencia para arrancar las malas hierbas de lo impuesto, de lo asumido sin crítica, de lo obligatorio, de lo mal llamado “moral”. Pese a considerarse comunista (nunca un comunista ortodoxo), sabía que ninguna idea era definitiva, que la verdad no era algo que pudiera atraparse, sino algo que “sucede” en el encuentro de cosas diversas. Buscó y expuso sin pudor todo lo que encontró. Fue juzgado, insultado, golpeado. Todo lo resistió, sin cejar en su búsqueda, hasta su brutal asesinato la noche del 1 de noviembre de 1975. Un asesinato que todavía hogaño es motivo de dudas y debate. ¿Quién le asesinó? ¿Quién martirizó a Pier Paolo Pasolini, santo mártir de la libertad absoluta? Aunque sus asesinos, aún hoy impunes, tenían nombre y apellidos, lo más inquietante es que le asesinó un ente abstracto: le asesinó la sociedad. Sus enemigos se contaban en todos los bandos: su soledad era tal que ni siquiera sus amigos más cercanos le comprendían del todo (ponen los pelos de punta las declaraciones de su amigo Moravia tras el asesinato, viniendo a decir, poco más o menos, que se lo había buscado por esas compañías suyas). Lo dramático, lo escalofriante, lo turbador, es que a Pier Paolo Pasolini, como a Jesucristo (tal vez le hubiera gustado la comparación), pero de una forma mucho más brutal, con infinito ensañamiento, no lo mataron los rojos, ni los fascistas, ni la ley, ni los rateros: lo mató Fuenteovejuna.

     

     

     

     

     

    Martín López-Vega (Poo de Llanes, Asturias, 1975) es licenciado en Filología Española por la Universidad de Oviedo, estudió literatura portuguesa en la Universidade do Minho (Braga) y obtuvo la beca Valle-Inclán de la Academia de España en Roma en 1999. Poeta, prosista y traductor, ha sido redactor del suplemento El Cultural del diario El Mundo, librero en La Central de Madrid y Barcelona, director editorial de Vaso Roto ediciones y responsable de contenidos de la librería madrileña La Central de Callao. Ha escrito crítica literaria en diferentes suplementos culturales. En la actualidad enseña portugués en la Universidad de Iowa (Estados Unidos). Dirige la colección de poesía ¡Arre! publicada por Arrebato Libros y mantiene el blog de crítica literaria Rima interna en la página web de El Cultural.

     

     

     

     

    Las cenizas de Gramsci (Le ceneri di Gramsci, 1957)

    Pier Paolo Pasolini

     

     

    I

     

    No es de mayo este aire impuro

    que el umbroso jardín extranjero

    vuelve aún más oscuro o ciega

     

    con súbitos resplandores… Este cielo

    de babas sobre los áticos ocres

    que en inmensos semicírculos sirven de velo

     

    a las curvas del Tíber, a los azulados

    montes del Lazio… Emana una paz

    mortal, inquietante como nuestros destinos,

     

    tras las viejas murallas el otoñal

    mayo. Refleja la grisura del mundo

    al final de la década en que parece

     

    entre escombros liquidado el profundo

    e ingenuo esfuerzo de rehacer la vida;

    el silencio, podrido y estéril…

     

    Tú, joven, en aquel mayo en que el error

    significaba todavía vida, en aquel mayo italiano

    que a la vida añadía cuando menos ardor,

     

    mucho menos imprudente e impuramente sano

    que nuestros padres –no padre, sino humilde

    hermano–, ya con tu manita delgada

     

    delineabas el ideal que ilumina

    (pero no para nosotros: tú muerto, y nosotros

    también muertos, junto a ti, en el húmedo

     

    jardín) este silencio. No puedes,

    ¿te das cuenta?, más que reposar en este lugar

    extraño, recluido aún. Un tedio

     

    patricio te circunda. Y, apagado,

    solo te alcanza algún golpe de yunque

    desde las oficinas del Testaccio

     

    en el crepúsculo amodorrado: entre míseros cobertizos,

    desnudas pilas de hojalata, chatarra, donde

    cantando disoluto un aprendiz concluye

     

    su jornada, mientras en torno escampa.

     

     

    II

     

    Entre dos mundos, la tregua que nos es ajena.

    Dilemas, entregas… otro sonido no tienen

    ya más que este del jardín desolado

     

    y noble, donde tozudo el engaño

    que atenúa la vida persiste en la muerte.

    En los círculos de los sarcófagos no hacen

     

    más que mostrar la suerte duradera

    de gente laica las laicas inscripciones

    de estas piedras grises, breves

     

    e imponentes. Aún de pasiones

    desenfrenadas sin escándalo son brasas

    los huesos de los miles de naciones

     

    mayores; resuenan, casi nunca desaparecidas,

    las ironías de los príncipes, de los pederastas,

    cuyos cuerpos están en las urnas diseminadas

     

    incinerados, sí, pero ni así castos.

    Aquí el silencio de la muerte es fe

    de un civil silencio de hombres que aún son

     

    hombres, de un tedio que en el tedio del Parque

    se transforma discretamente: y la ciudad

    que, indiferente, lo confina entre

     

    tugurios e iglesias, impía en la piedad,

    pierde su esplendor. Su tierra

    fértil de ortigas y legumbres da

     

    estos cipreses enjutos, esta negra

    humedad que mancha los muros en torno

    a descoloridos arbustos de boj que la tarde

     

    al serenarse apaga como desangelados

    indicios de alga… Esta escasa hierba fresca

    sin aroma en que violeta se abandona

     

    la atmósfera con un escalofrío de menta

    o heno podrido, y calmada anuncia,

    con diurna melancolía, la apagada

     

    trepidación de la noche. Rudo

    de clima, dulcísimo de historia, es

    entre estos muros el suelo en que transpira

     

    otro suelo; esta humedad que

    recuerda otra humedad; y resuenan

    –familiares desde latitudes y

     

    horizontes donde las silvas inglesas coronan

    lagos extraviados en el cielo, entre praderas

    verdes como mesas de billar fosforescentes o como

     

    esmeraldas: And O ye Fountains…–las pías

    invocaciones…

     

     

    III

     

    Un trapo rojo, como el que alrededor

    del cuello llevaban los partisanos,

    y junto a la urna, sobre el terreno céreo,

     

    de un rojo distinto, dos geranios.

    Ahí estás, proscrito y con una severa elegancia

    no católica, alistado entre muertos

     

    extraños: Las cenizas de Gramsci… Entre la esperanza

    y la desconfianza, como siempre, me acerco a ti, llegado

    por azar a este exiguo invernadero, ante

     

    tu tumba, ante tu espíritu perpetuado

    aquí abajo entre los libres. (O es algo

    distinto tal vez, más extasiado

     

    y también más humilde, ebria simbiosis

    adolescente de sexo y muerte…)

    Y en esta tierra en la que no encontró reposo

     

     

    tu tensión siento cuán errado

    –aquí en la quietud de las tumbas–, y a la vez

    cuán cierto –en el inquieto destino

     

    nuestro–, estabas al redactar las magnas

    páginas en los días de tu asesinato.

    He aquí el testimonio de la semilla

     

    –no dispersa aún– del antiguo dominio,

    estos muertos aferrados a una avidez

    que hunde en los siglos su abominación

     

    y su grandeza: y a la vez, obsesivo,

    aquel vibrar de yunques, en sordina,

    sofocado y angustioso –del humilde

     

    barrio–, que da fe de su fin.

    Y heme aquí a mí mismo… Pobre, vestido

    con los trapos que los pobres admiran en los escaparates

     

    por su áspero esplendor y que han desteñido

    la mugre de las calles más apartadas

    y de los bancos de los tranvías que aturden

     

    mi día a día. Aunque cada vez son más raros

    estos momentos de alivio en el tormento

    de mantenerme con vida. Y si

     

    amo el mundo no es por violento

    e ingenuo amor sensual, del mismo modo

    que en otro tiempo, confuso adolescente,

     

    lo odié, si al hacerlo me hería el mal

    burgués de mi yo burgués: y ahora, repartido

    –contigo– el mundo, ¿no parece objeto

     

    de rencor y casi de místico

    desprecio la parte que ostenta el poder?

    Incluso sin tu rigor, subsisto

     

    porque no elijo. Vivo en el no querer

    de la posguerra en declive: amando

    el mundo que odio –en su miseria

     

    desdeñoso y perdido– por un oscuro escándalo

    de la conciencia…

     

     

    IV

     

    El escándalo de contradecirme, de estar

    contigo y contra ti; contigo de corazón,

    en luz, en tu contra con las oscuras vísceras;

     

    traidor a mi estado paterno

    –de pensamiento, en una sombra de acción–

    me sé apegado a él en el calor

     

    de los instintos, de la pasión estética;

    atraído por una vida proletaria

    anterior a ti, para mí es religión

     

    su alegría, no su milenaria

    lucha: su naturaleza, no su

    conciencia; es la fuerza originaria

     

    del hombre, perdida en el acto,

    lo que le otorga la ebriedad de la nostalgia

    y una luz poética: y no sé decir

     

    otra cosa que aquello que es

    justo pero no sincero, abstracto

    amor, no simpatía acongojada…

     

    Pobre como los pobres, me apego

    como ellos a esperanzas humillantes,

    como ellos para vivir peleo

     

    cada día. Pero, en mi desoladora

    condición de desheredado,

    yo poseo: y poseo la más exaltante

     

    de las posesiones burguesas, el estado

    más absoluto. Pero del mismo modo que poseo

    la historia, ella me posee; me ilumina:

     

    pero ¿de qué sirve su luz?

     

     

    V

     

    No me refiero al individuo, fenómeno

    del ardor sensual y sentimental…

    Ese tiene otros vicios, otro es el nombre

     

    y la fatalidad de su pecado…

    ¡Pero cómo están en él amasados

    los comunes vicios prenatales y el

     

    pecado objetivo! Los actos internos

    y externos que lo encarnan

    a la vida no son inmunes a ninguna

     

    de las religiones de esa vida,

    como hipoteca de la muerte, instituidas

    para engañar a la luz e iluminar el engaño.

     

    Destinados a ver sepultados

    sus despojos en el cementerio de Verano, su lucha

    con ellos es católica, jesuíticas

     

    las manías con que prepara el corazón

    y aún más adentro: tiene bíblicas astucias

    su conciencia… e irónico ardor

     

    liberal… y áspera luz, entre la repugnancia

    de los dandis de provincias, de provinciana

    normalidad… Hasta las ínfimas minucias

     

    en que se desvanecen, en el trasfondo animal,

    Autoridad y Anarquía… Bien protegido

    de la impura virtud y del ebrio pecar,

     

    defendiendo una ingenuidad de obseso,

    ¡y con qué conciencia!, vive el yo: yo,

    vivo, eludiendo la vida, y en el pecho

     

    el sentimiento de una vida que sea olvido

    abrumador, violento… Ah, qué bien

    entiendo, silente en el podrido silbido

     

    del viento, aquí donde calla Roma,

    entre los cipreses fatigadamente agitados,

    junto a ti, al alma cuya inscripción dice

     

    Shelley… Qué bien entiendo el vórtice

    de los sentimientos, el capricho (griego

    en el corazón del patricio, nórdico

     

    veraneante) que lo absorbió en el ciego

    celeste del Tirreno; la carnal

    alegría de la aventura, estética

     

    y pueril: mientras Italia, postrada

    como dentro del vientre de una enorme

    cigarra, abre de par en par blancos litorales,

     

    diseminado el Lazio de veladas huestes

    de pinos barrocos, de delicados

    y amarillos claros de brezo, donde duerme

     

    con el miembro hinchado entre los andrajos su sueño

    goethiano el campesino romano…

    En Maremma, oscuros, estanques magníficos

     

    de helechos de lengua de serpiente en los que se incrusta

    el avellano, por las veredas que el pastor

    con su juventud llena hasta el borde, ajeno.

     

    Ciegamente fragantes en las secas

    curvas de Versilia, que al mar

    enmarañado, ciego, los tersos estucos,

     

    las taraceas leves de su pascual

    campiña enteramente humana

    expone, ensombrecida sobre el Cinquale,

     

    ovillada bajo los tórridos Alpes Apuanos,

    los azules vítreos sobre el rosa… Peñascos,

    desprendimientos, desbaratados como por un pánico

     

    de fragancia, en la costa suave,

    erguida, donde el sol lucha con la brisa

    por dar suprema suavidad a los óleos

     

               del mar… Y en torno resuena de alegría

    el ilimitado instrumento de percusión

    del sexo y de la luz: tan acostumbrada

     

    está Italia que no se estremece, como

    muerta en vida: gritan fervorosos

    en centenares de puertos el nombre

     

    del compañero los jovenzuelos con mador

    en el moreno del rostro, entre la gente

    de la costa, en huertos de cardos,

     

    en mugrientas playuchas…

     

    ¿Me pedirás tú, muerto sin alharacas,

    que abandone esta desesperada

    pasión de estar en el mundo?

     

     

     

     

    El texto de Martín López-Vega y los poemas de Las cenizas de Gramsci, también traducidos por López-Vega, forman parte del libro La religión de mi tiempo, que acaba de publicar la editorial Nórdica.

     

     

     

     

    Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922 - Ostia, 1975). Poeta, novelista, dramaturgo, crítico literario, ensayista y polemista, Pasolini es una de las figuras cruciales de la cultura italiana del siglo XX. Personalidad compleja y provocativa, en su faceta de escritor intentó revalorizar lo popular como vehículo de expresión de la realidad. Entre sus obras poéticas destacan La religión de mi tiempo y Las cenizas de Gramsci, y entre sus novelas Una vida violenta, Mujeres de Roma y, sobre todo, Chavales del arroyo (publicada en esta misma colección). En 1961 inició su carrera cinematográfica, en la que defendió el lenguaje popular y la investigación abierta y adogmática de la realidad. En sus películas inserta escenas líricas con el más descarnado realismo, lo que convierte su obra en una de las más originales de nuestro tiempo: El Evangelio según san Mateo, Edipo rey o Teorema son algunas de sus películas más importantes. Murió asesinado el 1 de noviembre de 1975 en Ostia. Se habló de que su asesinato fue debido a un complot, pero nunca se consiguió probar.

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