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    Cioran. Itinerarios de una vida. Topografía de una infancia feliz

    Gabriel Liiceanu - 05-06-2014

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    Mi misión es despertar a las gentes de su sueño de siempre, sabiendo al

    propio tiempo que así cometo un delito y que sería mil veces mejor dejar

    que siguieran durmiendo porque, en cualquier caso, cuando se despertaran

    yo no tendría nada que proponerles.

    Emil Cioran, Cuadernos

     

    He observado en muchas personas informadas que me conocían que

    se equivocaron al hacerme un diagnóstico. Lo cierto es que lo he hecho

    todo para provocar juicios falsos, ingeniosos y, ciertamente, seductores,

    aunque infundados. Por regla general, las personas llevan una máscara

    para parecer más grandes de lo que son; yo para parecer más pequeño.

    Emil Cioran a Gabriel Liiceanu,

    28 de junio de 1983

     

     

     

    París, Barrio Latino, “en una de las buhardillas de la tierra”:(1) la historia envenenada de nuestro fin de milenio transcurrió fuera de este espacio sumamente modesto, pero justo aquí, bajo el tejado del nº 21 de la calle Odéon, nació la obra que habría de convertirse en la conciencia de nuestro infortunio. Su autor, un Nietzsche contemporáneo pasado por la escuela de los moralistas franceses, fue considerado alternativamente el nihilista del siglo, the king of pessimists y el escéptico de servicio de un mundo en declive. Él mismo se presentaba a los veinte años como “especialista en el problema de la muerte” y, más tarde, como “un extranjero para la policía”, el meteco por excelencia, “para Dios y para sí mismo”. Pidió que le “financiaran los insomnios” y, a cambio, se comprometía a desbaratar nuestras ilusiones y a conservar para nosotros inalterada la memoria de la nada. ¿Quién es este personaje que se fue de Rumanía y del que en 1971 seguía afirmándose que “llegó a Francia a los diecinueve o veinte años sin haber escrito nunca una línea en lengua rumana? (2) ¿Quién es este “meteco” obsesionado por sus orígenes que decidió cortar con sus raíces para poder hablar con imparcialidad del mundo, de Dios y de él mismo?

     

     

    “Ese maldito Rasinari, ese espléndido Rasinari”

     

    Emil Cioran, segundo hijo de Emilian Cioran y de Elvira (Comaniciu) Cioran, nace el 8 de abril de 1911 en Rasinari, aldea de pastores de ovejas y leñadores sita en Transilvania, “la región de más allá de los bosques”, que para un occidental evoca por lo general la legendaria tierra de Drácula. Su padre es el cura ortodoxo del pueblo y su abuelo paterno, Serban Cioran, desempeñó la función de ecónomo en dicho lugar. Su abuelo materno, Gheorghe Comaniciu, era originario de Venetia de Jos, localidad de la provincia de Fagaras, y durante el imperio austrohúngaro ejerció de notario y recibió el título de barón.

     

    “Ese maldito, ese espléndido Rasinari”, como lo llama Cioran, cuya imagen lo persiguió sin cesar como un lugar que libera y luego atrae hacia sí de tal modo que marca indeleblemente toda una vida, es una de las poblaciones rumanas más antiguas de Transilvania. Un documento de 1488 y posteriores testimonios de origen sajón retrotraen los orígenes del pueblo hasta “Atila, rey de los hunos” y, en todo caso, hasta mucho antes de la llegada de los sajones a Transilvania y de la fundación, en la segunda mitad del siglo XIII, del “burgo de Hermann”, Hermannstadt (o Sibiu para los rumanos). Hasta fines del siglo XIV, esa aldea fronteriza situada a diez kilómetros de Sibiu cambió muchas veces de jurisdicción, de los reyes de Hungría a los voivodas rumanos, para después, durante siglos, permanecer bajo dominio húngaro hasta que, en 1918, en el tratado de Trianon, Transilvania se segrega del imperio austrohúngaro y se une a Moldavia y Muntenia para dar origen al reino de la Gran Rumanía.

     

    ¿Qué sutil metabolismo fue necesario para que esta saga, salpicada de episodios con frecuencia trágicos, perdiese sus rasgos localistas y participase en la genealogía abstracta de un suspiro inmemorial? “Esa muchedumbre de antepasados que se lamenta en mi sangre…”. (3) Cioran siempre estuvo convencido de que en su familia se había acumulado un inagotable capital de tristeza, inquietud y nenoroc [mala suerte]. “En efecto, soy unzufrieden, (4) pero así he sido siempre y este es un mal que nos ha afectado a todos en nuestra familia, una familia torturada y angustiada”.(5) El recuerdo de su madre está ligado, sobre todo, a su melancolía: “En nuestra familia, el nenoroc no es una palabra hueca, sino algo que no puede ser más concreto”.(6) Con su hermano, Aurel Cioran, que, según un amigo, estaba poseído por la “melancolía de Avram Iancu”, se sintió siempre emparentado en matière d'abîme. Parentesco sutil, difícilmente visible en dos seres a quienes los separa toda la distancia que existe entre la voluptuosidad del verbo acompañada de una jovialidad aparentemente frívola y el silencio monumental punteado de sonrisas ausentes y enigmáticas.

     

    “Los dos padecemos el mismo mal, sólo que él, taciturno por naturaleza, no tiene acceso al verbo, mientras que yo, parlanchín impenitente, exhibo mis miserias y, para ponerlas en evidencia, las convierto en caprichos”. (7) Toda la vida de Cioran se desarrollará en el horizonte del cansancio (“¡El cansancio es la especialidad de mi familia!”) y estará dominada por la sensación intolerable de “llevar una carga”. La obra, a su vez, toma cuerpo en esta vertiente negativa de la existencia, del mal prescrito que actualizamos por el hecho mismo de nacer.

     

    Sin embargo, para que el mal pudiese actuar, era menester que la vida de Cioran comportase un período de felicidad que permitiera la exaltación de la “caída” y a esta encontrar su verdadera dimensión. El tiempo pasado en Rasinari hasta cumplir los diez años, en que marchará a Sibiu para estudiar el bachillerato, se plasmó en la mente de Cioran como la imagen del “paraíso terrestre” (“Si la palabra paraíso tiene algún sentido, se aplica a ese período de mi vida”), (8) ya que el resto de su vida no fue más que un apartamiento constante de aquel momento de plenitud. “No existe un solo instante en el que no haya estado consciente de encontrarme fuera del Paraíso”. (9)

     

    La topografía de este paraíso tiene unas sólidas referencias: primero, la “callecita de la infancia”, que se abría a mano derecha justo con la casa de la familia Cioran. Las ventanas de las tres habitaciones dan a los nogales (hoy desaparecidos) de la calle Mayor y al río Caselor. Frente a la puerta, en medio de un grueso muro de cerca que oculta a la vista el patio interior, se hallan los peldaños que conducen a la entrada de la antigua Iglesia Unida. (10) Desde el campanario sito en la torre de la iglesia, que abre y flanquea la parte izquierda de la calle, la mirada recae en el patio de la casa y, en la lontananza, más allá del confín de la aldea, se detiene en un terreno escarpado cubierto de pastos y, a trechos, de bosque: la famosa Coasta Boacii, el anhelado lugar de juegos que incesantemente evoca Cioran a lo largo de su vida. Pasadas diez casas, la calle desemboca en un lugar abierto bordeado a la izquierda por el imponente edificio de la escuela y a la derecha por la vieja iglesia donde oficiaba el sacerdote Emilian Cioran. Desde la plaza de la iglesia y de la escuela, el camino atraviesa el río Caselor para entrar en la calle donde se encuentra la casa de Octavian Goga (11) y subir serpenteando hasta el cementerio. Junto al camposanto de la colina, lindando con las primeras tumbas, la familia tenía un huerto adonde, en el verano, Cioran iba cada día. “¡Cuántas veces le habré hecho compañía al sepulturero! No puedes imaginarte lo hondo que se me han clavado en la mente todas aquellas imágenes: entre ellas y yo se interpuso, pero sin empañarlas, un período estúpido que a uno le da vergüenza haber vivido”. (12) Más tarde, Cioran dirá que los años de su niñez, por lo que tienen de extraordinario, se desgajaron paulatinamente de su vida y cobraron la prestancia de un “acontecimiento premundano”, de una suerte de “preexistencia”, de “otra vida”. (13)

     

    Él explicó su pesimismo por el desastroso contraste entre los primeros años de su vida y todo lo que les siguió: “Si hubiese tenido una infancia triste, habría sido mucho más optimista en mis ideas […]. Eso me destruyó interiormente en cierto modo”. (14) El elogio de la infancia, feliz por su ignorancia, encontrará en la obra cioraniana su correspondencia directa mediante la exaltación de los estados precognitivos, (15) o sea, en el orden mítico la fase precedente a la caída en el tiempo (es decir, en la historia), en el orden natural a la existencia preverbal y en el humano a la proximidad con la naturaleza por oposición a la vida civilizada y cultural. “Cualquier pastor rumano es más filósofo que un intelectual de aquí”. (16) Con la mente puesta en ese período único de su vida, Cioran escribirá en 1973 a su amigo de la infancia Bucur Tincu: “¡Cuánto desearía volver a ver calle por calle, rincón por rincón, ese maldito, ese espléndido Rasinari y concluir el día juntos en una taberna, si es que aún existe alguna!”.

     

     

     

     

    Notas

     

    1. E. M. Cioran, Breviario de podredumbre, trad. y pról. de Fernando Savater, Taurus, Madrid, 1972, p. 77. (Advertencia del traductor: Salvo indicación en contrario, las notas son de la edición original rumana.)

    2. “Une Américaine à l'écoute de l'Europe”, conversación con Susan Sontag, en La Quinzaine littéraire, 16-31 de julio de 1979.

    3. E. M. Cioran, Silogismos de la amargura, trad. de Rafael Panizo, Editorial Laia, Barcelona, 1986, p. 108.

    4. Hosco, en alemán. (N. del T.)

    5. Carta a Aurel Cioran, 29 de junio de 1967. La fuente de la correspondencia es Scrisori catre cei de-acasa [Cartas a los de casa], Humanitas, Bucarest, 1995. Inédito fuera del rumano. (N. del T.)

    6. Carta a Aurel Cioran, 23 de noviembre de 1967. En carta a su amigo Bucur Tincu (26 de marzo de 1973), Cioran se refiere al concepto de nenoroc que “significa tanto mala suerte en su acepción corriente, como también en sentido metafísico (e histórico, debería añadir)”.

    7. Cioran continúa: “En cualquier caso, lo que se vuelve siempre contra mí es mi comportamiento frívolo, tanto en presencia de mis amigos como de desconocidos. De ahí, la impresión de juego, de comedia y de falta de autenticidad. […] Es indudable que existe una ruptura entre lo que creo que soy y lo que parezco ser”. A Gabriel Liiceanu, 28 de junio de 1983.

    8. A Aurel Cioran, 24 de agosto de 1971.

    9. E. M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido, trad. de Esther Seligson, Taurus, Madrid, 1985, p. 33.

    10. También denominada Iglesia greco-católica, es una iglesia de rito oriental pero dependiente de Roma. Los comunistas la prohibieron en el año 1948 y el clero y los fieles fueron obligados a pasarse a la Iglesia ortodoxa. (N. del T.)

    11. Político y poeta rumano. (N. del T.)

    12. A Gabriel Liiceanu, 12 de febrero de 1983.

    13. “Todo lo que se refiere a nuestro pueblo me conmueve profundamente; al propio tiempo, tengo una sensación de irrealidad, de algo inconcreto y lejano, como de otra vida”. A Bucur Tincu, 1 de septiembre de 1971.

    14. E. M. Cioran, Conversaciones, con Helga Perz, trad. de Carlos Manzano, Tusquets, Barcelona, 1996, pág. 29.

    15. Desde el momento en que la fuente del sufrimiento es la conciencia, la lucidez, la superconciencia. “La conciencia es algo más que la espina, es el puñal en la carne”. (Del inconveniente…, op. cit., p. 49)

    16. “Cuanto más primitivo se es, más cerca se está de la sabiduría originaria que los seres civilizados han perdido. El burgués occidental es un bruto que no piensa más que en el dinero. Cualquier pastor rumano es más filósofo que un intelectual de aquí”. Carta a Aurel Cioran, 6 de abril de 1972. El mismo tema en la conversación con Fritz J. Raddatz en Die Zeit de 4 de abril de 1986 (“Oceanógrafo del horror”): “Hoy pienso que habría valido mucho más que hubiera permanecido guardando rebaños en el pueblecito del que procedo. Allí habría comprendido las cosas esenciales tan bien como ahora. Allí

    estaría más cerca de la verdad. […] Habría valido más que viviera en compañía de los animales, de gente sencilla, como son los pastores precisamente. Cuando voy a lugares totalmente primitivos –a España, por ejemplo, o a Italia– y hablo con gente totalmente sencilla, tengo siempre la impresión de que en esa gente se encuentra la verdad. […] En lo esencial, la cultura, la civilización no es necesaria. Para comprender la naturaleza y la vida, no se necesita ser culto”. En Conversaciones, op. cit., p. 129.

     

     

     

     

     

    Fragmento de la biografía E. M Cioran. Itinerarios de una vida. El apocalipsis según Cioran (última entrevista filmada), de Gabriel Liiceanu, que con traducción de Joaquín Garrigós acaba de publicar ediciones del subsuelo.

     

     

     

     

    Gabriel Liiceanu (1942) es un filósofo y escritor rumano, autor de una veintena de títulos, entre estudios de filosofía y obras de narrativa. Se graduó en la Facultad de Filosofía en 1965 y en la de Lenguas Clásicas en 1973. Discípulo de Constantin Noica, es profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Bucarest desde 1992. En 1990 fundó la editorial Humanitas, una de las referencias culturales más importantes de Rumanía.

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