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El claustro de la carne. ‘Saigón’, de Mercedes Álvarez

J. S. de Montfort - 07-05-2015

 

 

La carne es

una manera de rellenar el aire

de

romper

poner un dique contra la luz

para detener qué

 

Mercedes Álvarez

 

 

 

 

 

 

La trayectoria literaria de Mercedes Álvarez (Tandil, Buenos Aires, 1979) parece que, en los últimos años, viniera a decantarse por su versión poética. Después de un libro de relatos (Vecinos, 2010), una novela corta (Historia de un ladrón, 2010) y un libro de poemas (Imitación de los pájaros, 2013), su última entrega literaria es, también, un libro de poesía: Saigón, que edita Zindo & Gafuri, quienes ya editaron su anterior libro de versos. Si aquel se caracterizaba por “secuestrar del material narrativo apenas el detalle, la idea, el gesto, el tono, y disponerlo poemáticamente, verso a verso”, esto es, se dedicaba en su primer libro de poesía Mercedes Álvarez a un proceso de despiece y demolición de la tradición latina, en lo que respecta a la moralidad del carácter (había, pues, en aquellos poemas una destacada retórica de la ética y la rectitud, en virtud del consejo), en Saigón la escritora argentina vira hacia la materialidad inescapable del cuerpo e indaga en la espiritualidad de la carne. Se entiende aquí el alma como una prótesis del cuerpo (un equipaje mínimo para la vida) y el espacio en liza son los aledaños del yo.

 

Ahí está la guerra: en ese claustro de átomos.

 

El intelecto, la razón, propenden a la naturalidad esencial en estos poemas (lo cual no obsta para que las ideas de la mente sometan a la poeta a ciertas travesuras). Y esas sustancias elementales (fuego, aire, tierra, agua) son los pivotes fundamentales de este libro, y aquellos a los que la palabra desea refrendar, aunque no siempre lo consiga (pues también, a veces, la palabra no se aviene a las órdenes de la razón y desoye al cuerpo, traicionándolo). 

 

Se constata en los poemas de Saigón una especie de naturaleza en pleno proceso de mortificación: un compás de espera. Y es que el yo poético se reencarna en la oscuridad del interior del cuerpo, que guerrea por desperfeccionarse y le gustaría hibernar, tomarse un descanso: librarse del fuego interno que lo asola. “Por favor aire”, grita la autora en uno de los poemas. Una estrategia que se utiliza con tino para evidenciar esa reyerta es la inversión de la lógica esperada (y esperable). Escribe Mercedes Álvarez, por ejemplo: “Mientras la mente responda al impulso de las manos”, o “lleva décadas / hacer que los ojos respondan”.

 

Aquí se entiende el cuerpo en tanto que “carruaje invisible”, en tanto que origen y destino, y la carne como una barrera infranqueable (ahora, pero no antes, en el pasado; dicen unos de los versos: “Hubo un tiempo en que sabía / cómo derribar los muros”). Y Álvarez procede en el diseño estructural por aféresis, pero no en tanto que recurso poético, sino como procedimiento médico. Dicho de otra manera: del torrente de su sangre poética rescata solo lo que le resulta útil en un lento proceso de punción del cuerpo, y esto trae como resultado algunos poemas dispersos que son una especie de calambres musculares (en un puro sentido sintáctico), que se van repartiendo a lo largo del poemario y en los que la autora da cuenta de perdidas batallas del pasado (con otros cuerpos, pero también con el suyo propio). Vítreas son las palabras con las que se refieren estas hostilidades. Y se ha de remarcar este hecho en tanto que suponen esas palabras (el vencimiento del rubor que la autora confiesa que le producen las palabras) una sincera confesión.

 

Una rara victoria póstuma, pues.

 

Una lectura posible del título del libro, Saigón (ciudad a la que se le dedica un poema-prólogo, y un título que recuerda vagamente a la obra primeriza de Pedro Casariego Córdoba) es la de un lugar emblemático para la guerra que, finalmente liberado, ostenta una simbología no solo de pacificación, independencia y ausencia de conflicto, sino de tierra prometida, de espacio en el que hipotéticamente se podría revelar la verdad sobre la armonía entre el cuerpo y el alma. Un lugar que existía, pero ya dejó de existir, como afirma la propia autora. Y es, en ese sentido, un espacio inhabitable, de paso, circunstancial: un no-lugar.

 

Por último me gustaría destacar una dicotomía que se produce en el libro y es aquella que enfrenta al decir con el hacer. Según se colige del poemario, la poética de Álvarez es aquella que no encuentra vergüenza en el hacer, pero sí en el decir. Esto es, la autora se permite el placer, pero no el regocijo, la nostalgia o su corolario: la pena. Quizá es porque en la pura bestialidad del acto no interviene ningún sentimiento o razón humanas. De ahí ese incidir en las inversiones (que obtienen su reflejo en las diferentes impurezas, cicatrices y disfunciones del cuerpo) que se producen en la poética de estos versos, y que no son capaces de escuchar la voz de la divinidad, esa que habría de serenar el conflicto entre lo que se desea y lo que una cree que desea, pero a la que se apela y busca.

 

 

 

 

Mercedes Álvarez, Saigón, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015.

 

 

 

 

J. S. de Montfort (Valencia, España, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Forma parte del consejo editorial de la Revista Literaria Hermano Cerdo y es miembro de la AECI (Asociación Española de Críticos Literarios). En FronteraD ha publicado, entre otros, El viaje sin retorno. Una historia de emigración en el siglo XX bajo la mirada de John BergerSobre la poética de Luis Rodríguez: la subjetividad como interferencia. El hundimiento‘Yo soy Espartaco’: memorias de un rodaje difícil (y de una época convulsa) y La novela de la no-ideología. David Becerra y la literatura del capitalismo avanzado. Este es su blog.

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