Ilustración: Gluco, a partir de una foto de una instalación de Chiharu Shiota

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    La colaboración como escudo protector del periodismo ante los Papeles de Panamá

    Sebastiaan Faber - 12-05-2016

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    Son solo 190 en el mundo entero, pero están estacionados en más de 65 países. Se comunican mediante correos cifrados. Usan sistemas seguros para compartir fuentes y datos. Hablan muchos idiomas y representan culturas muy diferentes. Algunos son famosos pero muchos otros trabajan en la oscuridad. Les une un mismo compromiso. Solo admiten a compañeros que hayan demostrado su total fiabilidad y su valía en el campo de la batalla por la verdad, contra la corrupción y los abusos de poder. Juntos integran una poderosa hermandad: el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, por sus siglas en inglés). “Una vez que estás dentro, ya no sales”, bromea David E. Kaplan, director del Consorcio entre 2008 y 2011. “El Consorcio es como la mafia”.

     

    Hace tiempo que los periodistas comprendieron que, para sobrevivir, había que sobreponerse al paradigma romántico del lobo solitario. En Estados Unidos los reporteros de investigación empiezan a formar redes de colaboración y apoyo en los convulsos años 70, cuando el trabajo de compañeros como Bob Woodward y Carl Bernstein desvela las maquinaciones ilegales del poder político y cuando el asesinato del periodista Don Bolles, a manos de la misma mafia que se atrevió a investigar, mueve a un grupo de colegas indignados del IRE (Investigative Reporters & Editors) a emprender una investigación para aclarar las circunstancias del crimen. En los 80, las redes profesionales de periodistas se empiezan a plasmar en centros innovadores que pretenden desarrollar sus propias investigaciones al margen de los medios comerciales, como el pionero Center for Investigative Reporting (CIR) en San Francisco.

     

    El Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación nace en el otro extremo de Estados Unidos, en la misma capital de Washington. Su cuna es el Centro por la Integridad Pública (CPI), una organización sin ánimo de lucro fundada en 1989 para desarrollar un periodismo de investigación independiente y de largo alcance, con el apoyo financiero de grandes fundaciones como la Carnegie, Ford y MacArthur. En 1997, los periodistas Charles Lewis y Maud Beelman invitaron a un primer grupo de periodistas por todo el mundo a entrar al Consorcio con la idea de fomentar los proyectos de investigación transfronterizos.

     

    Desde entonces la red se ha ido extendiendo. Bajo el liderazgo de Gerard Ryle, un periodista australiano que asumió la dirección del Consorcio en 2011, el ICIJ ha venido desarrollando una serie de investigaciones basadas en filtraciones masivas de datos sobre cuentas opacas offshore, incluida la Lista Falciani. Aun así, pocos lectores de periódicos eran conscientes de la existencia del ICIJ. Esto ha cambiado con la publicación de los Papeles de Panamá, un proyecto de investigación colaborativo sin precedentes: una filtración de 11,5 millones de documentos que ha tenido ocupados durante un año a más de 400 periodistas de más de 100 medios en más de 80 países.

     

    Lo que les ha permitido analizar esa ingente cantidad de materiales es la pericia especializada de la Unidad de Datos que forma parte de la modesta plantilla permanente del ICIJ. La dirige la joven española Mar Cabra (Madrid, 1983), licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense y Máster en Periodismo de Investigación por la Universidad de Columbia de Nueva York. Hablamos en Madrid, donde Cabra está basada, unas tres semanas después de las primeras revelaciones de los Papeles de Panamá, publicadas en España por El Confidencial y La Sexta.

     

    —¿Cómo entró al Consorcio?

    —Yo entré a trabajar al Consorcio en 2011, cuando me ficharon para investigar la industria pesquera española, que era un proyecto de ocho meses. Después ya me contrataron de forma fija. En aquel momento el Consorcio tenía un modelo diferente del actual. Recaudaba dinero de fundaciones para su funcionamiento general y para proyectos concretos, para los que contrataba a colaboradores temporales, como entonces lo era yo. Después, concluidas las investigaciones, los reporteros nos cambiábamos el gorro para ponernos el de editor y nos acercábamos a medios para ver si les interesaba publicar la historia. Los medios los veíamos pues sobre todo como canal. En 2011, cuando entró Gerard Ryle de director, se cambió de modelo. Desde entonces vemos a los medios no solo como canal sino como partícipes de la investigación desde el principio. La existencia de filtraciones exclusivas hizo más fácil convencer a algunos medios de que prestaran sus recursos. Esto nos permite montar equipos mucho más grandes, extendiendo nuestros brazos para hacer reporteo en todas partes del mundo. Así, en los Papeles de Panamá hemos tenido a más de 370 periodistas trabajando juntos.

     

    —¿Entonces el Consorcio tiene empleados y miembros?

    —El Consorcio tiene una plantilla fija de la que yo formo parte como jefa de la unidad de periodismo de datos, que se creó hace dos años. De la plantilla fija de 12 personas, seis pertenecen a mi unidad, entre periodistas y programadores. Pero además, el ICIJ somos una red de casi doscientos periodistas en más de 65 países. Solo entras después de que se haya revisado tu background y has demostrado ser de fiar como periodista de investigación. Más que nada es una red de confianza. El consorcio tira de esa red de contactos cada vez que quiere hacer una investigación. Con los Papeles de Panamá, por ejemplo, contactamos con un miembro nuestro que trabaja en Le Monde para que hablara y convenciera a sus jefes e involucrara a su periódico.

     

    —¿Qué significa que usted esté estacionada en España?

    —El hecho de que yo esté en aquí España significa que me contactan a mí para cubrir las historias que afectan a España. Y también me ha tocado encontrar medios españoles que quisieran colaborar en los proyectos del consorcio. No siempre ha sido fácil. Para el proyecto de Offshore Leaks, en 2013, por ejemplo, la primera gran investigación de filtración que tuvimos, me acerqué a El País, pero no quiso. Entonces fuimos a El Confidencial, donde teníamos un buen contacto. Ellos sí quisieron poner los recursos. Y la colaboración resultó tan bien que hemos seguido colaborando con ellos.

     

    ¿El País no quiso?

    —No. Hay que recordar que antes no nos conocía nadie. En la investigación sobre la pesca en la que participé, por ejemplo, demostramos que El Corte Inglés etiquetaba mal su pescado. Vendía merluza de la peor calidad como si fuera de la mejor calidad. Entonces llamaba yo al Corte Inglés y decía que era del Consorcio y me decían, Pero ¿qué es esto? ¿Sois agencia? Claro que este es un modelo muy raro porque no somos una agencia. No hay intercambio monetario entre los medios nosotros.

     

    —¿Cómo se forjó la colaboración entre La Sexta y El Confidencial?

    —De hecho, el que La Sexta colaborase con El Confidencial para la Lista Falciani y ahora lo haga en los Panama Papers se debe a algo tan trivial como que un día yo estaba conduciendo y se me ocurrió la idea. Yo había pasado por El Objetivo de Ana Pastor varias veces para explicar nuestras investigaciones y pensé que sería fantástico que colaboraran. Entonces hablé con mi jefa, que me dio el visto bueno. Fue la primera vez en España que un medio televisivo colaboraba de una forma tan estrecha con un medio escrito.

     

    —¿No es difícil promover la colaboración en un mundo tan competitivo como el periodístico?

    —Sí lo es. Pero, claro, tener una filtración ayuda. Tienes la sartén por el mango. Puedes decir: yo te doy la filtración si tú sigues las normas, y una norma es que tienes que colaborar. WikiLeaks también ha ayudado mucho a difundir la idea de la colaboración como algo positivo. Como dijo hace poco en The Guardian Chuck Lewis, el fundador del Centro por la Integridad Pública: El futuro del periodismo cabe resumirse en tres palabras: colaborar, colaborar, colaborar. Y es un modelo que engancha. En Offshore Leaks todavía nos costó que la gente colaborara de verdad. En Swiss Leaks nos fue ya mejor. Por tanto, el éxito de los Panama Papers se debe a que esta no es la primera vez que lo hacemos. Es el cuarto gran proyecto en tres años de paraísos fiscales basado en una filtración. Ya se empieza a ver como algo natural. Porque funciona. De hecho, Frederik Obermaier y Bastian Obermayer, los dos periodistas alemanes que recibieron la filtración de Panamá, pusieron la colaboración como una de las condiciones. Se colaboraba o se estaba fuera.  

     

    —¿Qué pasa cuando las filtraciones afectan a políticos o empresarios que pueden ejercer presión sobre los medios que colaboran con el Consorcio?

    —En la práctica, nuestro modelo ayuda a proteger al periodista ante su gobierno y su propio medio. Permite resistir presiones corporativas o políticas para que un medio no publique cierta noticia. Porque si no la saca ese medio, la saca otro. En ese sentido el grupo colaborativo sirve como escudo protector, sobre todo en países difíciles. 

     

    —El propio Consorcio también tiene fuentes de financiación. ¿Hay dependencia en ese sentido?

    —He visto varias teorías conspiratorias que ven en el ICIJ, por ejemplo, el brazo de George Soros. Pero puedo decir que yo nunca me he sentido más independiente como periodista. En ningún momento de mis casi seis años aquí he sentido presión alguna. En el Consorcio la separación entre quién da dinero y la línea editorial es brutal. Y por más que la Open Society Foundation sea el brazo filantrópico de la fortuna de Soros, es una organización superprofesional que nunca se mete en nada de lo que hacemos a nivel editorial. En el momento que lo hicieran tendríamos que cortar las relaciones con ellos. Además somos hipertransparantes. Nuestra web publica todas nuestras cuentas. En otros medios españoles en que he trabajado sí he recibido presiones para modificar lo que salía publicado. Pero en el ICIJ nunca.

     

     

     

     

    Sebastiaan Faber es catedrático de Estudios Hispánicos en Oberlin College, Estados Unidos e investigador visitante en la Radboud Universiteit de Nimega. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Hispanismo militante. Cómo un anarquista holandés fundó el PCE, tradujo a Ortega y Gasset y murió como exiliado republicano¡Todos mediocres! Crítica e inclemencia en España. El caso Gregorio MoránJavier Cercas y ‘El impostor’, o el triunfo del kitsch y “Hemos sido corresponsables activos del deterioro del Estado”. Jordi Gracia o las ganas de pelea.

     

     

     

     

    Mar Cabra es periodista del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. Con Mort Rosenblm publicó en Fronterad El último pez: La depredación del Pacífico Sur, y con Kate Wilson Pescadores, piratas y subvenciones.

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