Fotograma intervenido de "Viridiana" (1961) de Luis Buñuel

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    La cripta de Franco. Cultura y memoria histórica en España desde 1936

    Jonathan Blitzer - 20-03-2014

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    En agosto de 1954 el escritor estadounidense Richard Wright hizo un viaje a España después de haber pasado casi toda una década evitando sus ideas sobre el país como si fueran  “el mal recuerdo de una aventura amorosa fracasada”. Hacía tiempo que sus amigos le venían insistiendo para que la visitara. Según el recuento de Wright en su diario de viaje La España pagana, publicado en 1957, fue Gertrude Stein quien le dijo: “Ve a España. Allá descubrirás el pasado. Verás de qué está hecho el mundo occidental”. Para Stein, España se le antojaba como una especie de corredor africano, una protuberancia provinciana de Europa. Wright sentía la misma fascinación. Mientras conducía hacia el sur desde Francia observaba los Pirineos como si fueran los límites externos del continente: “el mundo parece oscurecerse; cierta austeridad del ánimo se cierne sobre el paisaje”. Además, Wright empezaba a desarrollar una visión crítica acerca de la tradición occidental y todo lo que ella implicaba, lo que hacía que España le resultase aún más atractiva. No obstante, algo lo contenía: lo que él llamaba un “estado de ánimo” desconcertante. “Para mí los gobiernos y modos de vida totalitarios no eran un misterio”, escribió. “Entonces, ¿por qué evitaba la vida bajo el franquismo? ¿A qué le temía?”.

     

    Cuando Wright escribió esas líneas, en algún momento durante una serie de visitas entre 1954 y 1955, los españoles se asfixiaban bajo el gobierno totalitario del general Francisco Franco, con el país sumido en la pobreza y acorralado por la represión. Wright tenía la intención de que su libro reflejara todo ese sufrimiento, pero finalmente se conformó con una valoración más esquemática. La vida en España bajo el régimen de Franco, explicó, era la culminación de siglos de formación del carácter y de la idiosincrasia nacionales. El país estaba moldeado por supersticiones proto-religiosas, obsesiones rituales, misoginia, cultos místicos y atracción por la sangre. España es tan española, concluyó.

     

    Con La cripta de Franco, el crítico británico Jeremy Treglown intenta devolverle España a los españoles y quiere “hacer un análisis más lógico” de la España contemporánea a través de una indagación de la “influencia que tuvo Franco en la cultura española” durante las casi cuatro décadas de su mandato –que culminó con su muerte en 1975– hasta la actualidad. La idea de Treglown es hacer que los españoles reclamen su historia –y que nos la cuenten, para variar–. Con toda la visibilidad que tuvo la Guerra Civil española internacionalmente, lo que se percibe de España desde fuera se vuelve típicamente borroso cuando se trata de una de las dictaduras más largas de Europa. En varias ocasiones Treglown hace hincapié en la necesidad de contrarrestar lo que él llama el “efecto Franco”. El trabajo artístico e intelectual desarrollado en España durante la dictadura está “contaminado por asociación”, escribe, y es frecuentemente pasado por alto. Para enmendar esta situación, Treglown estudia las creaciones artísticas, literarias y urbanísticas de España durante y justo después de la dominación franquista, las que en su certera opinión han sido ignoradas por los críticos y periodistas fuera de España.

     

    Treglown vive en una finca remota de España durante parte del año y escribió su análisis para la revista Granta. Como otros antes que él –incluyendo a Giles Tremlett, corresponsal de The Guardian, autor de España ante sus fantasmas (2007), guía intelectual y diario de viaje–, Treglown hace todas las paradas de rigor. Su libro comienza con una visita a fosas comunes recientemente desenterradas, en las que los cuerpos sin identificar de los republicanos y sus simpatizantes fueron enterrados apresuradamente por sus enemigos durante la Guerra Civil. Hasta hoy continúan las discusiones con respecto a las excavaciones para identificar restos humanos. Para todo estudiante del país, estos lugares son crisoles ideales para analizar las guerras de la llamada “memoria histórica”.

     

    Treglown también visitó el Valle de los Caídos, una enorme cripta que Franco obligó a construir a los prisioneros republicanos después de la guerra como monumento en homenaje a él mismo y a la causa nacionalista. Una escena típica de todos los libros anglófonos sobre la España contemporánea es la visita a este monumento sombrío el 20 de noviembre, día de la muerte de Franco y –en una coincidencia macabra– de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española. Todos los recuentos coinciden en lo espeluznante de tales ocasiones. Derechistas furibundos aparecen en el Valle de los Caídos junto a cabezas rapadas y un surtido elenco de rufianes, que con muchos gritos y aspavientos crean un ambiente amenazante en general. Treglown construye un capítulo entero alrededor de la concentración anual –el propio título de su libro hace referencia al Valle de los Caídos– aunque el recuento de Tremlett es mejor.

     

    La cripta de Franco es un libro bienintencionado cuyo autor tiene demasiada conciencia de que, a pesar de todas sus indagaciones, esta lastrado por su condición de extranjero. Su página de agradecimientos parece, quizás de un modo un poco consciente, un Who’s Who de los intelectuales españoles. En ocasiones, concretamente cuando Treglown trata de explicar debates y polémicas contemporáneos de especial complejidad, hacen aparición figuras prominentes como el novelista Antonio Muñoz Molina, y no es que Treglown esté muy lejos de sus pareceres. Para los hispanófilos, su diligencia puede ser percibida como un ejemplo de escrúpulos de autor. Sin embargo, su enfoque hace predecible la parte más jugosa del libro: su tesis acerca de las “políticas de la memoria”.

     

     

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    “Al tratar de identificar lo que hace especial a España, pronto me percaté de que buena parte de ello tiene que ver con la obsesión políticamente manipulada y culturalmente amnésica de la memoria”, escribe Treglown. La historia de la Guerra Civil y de la época franquista es una gran fuente de acritud en España –hasta ahí estamos de acuerdo–. De una parte existe un movimiento que llama al escrutinio exhaustivo del pasado. A su cabeza se encuentran los descendientes de los muertos en la Guerra Civil que, en conjunción con activistas y antropólogos, han recorrido todo el país buscando respuestas a los crímenes y atrocidades cometidos por Franco y sus seguidores. Años después del comienzo de su lucha, en 2007, los socialistas aprobaron una ley que facilita el levantamiento de las fosas comunes. Sin embargo, el apoyo político a su proyecto, aunque apasionado en algunos sectores de la izquierda española, ha sido generalmente inestable. En el otro extremo del espectro político se encuentra la intransigencia renovada de los conservadores españoles, que perciben la pesquisa de los activistas como una especie de persecución sin fin. En su opinión, la empresa que pretente restitución de la “memoria histórica” es partidista y oportunista, una cacería de culpables o, lo que es peor, una amenaza para el orden social.

     

    La controversia no muestra signos de abatimiento, incluso si tenemos en cuenta que “la excavación del pasado podría parecer una nueva versión de enterrar la cabeza en la tierra”, como opina Treglown con respecto a la malograda economía española. Lo que no quita que para un español contemporáneo e insatisfecho su cólera por el desempleo actual prime frente a su indignación ante los crímenes sin resolver de la época de Franco. Treglown parece un turista cuando ahonda en el contexto y los intereses enfrentados en torno al debate de la memoria. Se fija en tendencias como la cantidad de españoles contemporáneos con una visión negativa de Franco (50%, según una acotación a pie de página). Ello presume, evidentemente, que todos se refieren al mismo Francisco Franco. Para un español de 30 años en el año 2013 Franco no es necesariamente el caudillo venerado/despreciado por su padre o abuelo. Lo que no quiere decir que sus concepciones acerca del dictador sean incorrectas o artificiosas, sino que su el objeto de su observación está, para bien o para mal, evolucionando. “Efectivamente, la vieja generación tiene una comprensión más certera y compleja de lo que fueron los mediados del siglo XX que la más joven”. ¿Pero en qué país no sucede lo mismo? La idea es que España no ha dejado de vivir con Franco y lo que dejó a su paso: cadáveres, crímenes, reclamaciones eternas… han marcado la tierra firme de la España contemporánea. Por eso a veces los españoles más jóvenes se proyectan con más desenfado y superficialidad con respecto al pasado. Por eso con el paso del tiempo el dictador se ha convertido en algo más y menos de lo que fue. Eso hace que el país se torne en algo mucho más difícil de descifrar.

     

    En todo caso, Treglown tiene razón en dos aspectos: en que esencialmente la “política de la memoria” es un frente abierto en las guerras culturales en curso y en que la exacerbación del desencanto y el oportunismo se debe a circunstancias históricas específicas. “Franco murió en su cama”, dicen los españoles: nunca fue derrocado. Su declive fue lento y prolongado, una contingencia que todos habían previsto pero a la que nadie sabía exactamente cómo hacerle frente. Lo que siguió fue un rápido período de transición, iniciado desde los propios altos rangos del régimen franquista, que se percató de lo inevitable del cambio. Se trataba de la Europa Occidental de 1975 e incluso entre los miembros sureños más atrasados de la comunidad europea (Grecia, Portugal y hasta cierto punto Italia), España fue la última autocracia que cayó. Los políticos cambiaron su discurso de la noche a la mañana: los más intransigentes se “suavizaron” y se convirtieron en conservadores más tolerantes; los partidos de izquierdas fueron legalizados y los comunistas irredentos le brindaron su apoyo al Rey (su único billete para reinsertarse en el sistema político). Casi todos hicieron el amago de acercarse al centro, el único modo de nivelar el terreno en tiempos inciertos que requerían el cese de animadversiones que habían durado toda una vida. El acuerdo fue a la vez formal e informal –una amnistía aprobada en 1977, que protegía a los criminales de la época franquista de toda persecución y que fue conocida como pacto del olvido–. Treglown tiene motivos para elogiar su pragmatismo: “puede que sea ridiculizado en la actualidad, pero sirvió para lograr un objetivo crucial”, afirma. La transición española a la democracia no habría podido ocurrir con tanta rapidez ni seguridad si los partidos políticos no se hubieran puesto de acuerdo para hacer la vista gorda ante las viejas heridas. Sin embargo, el pacto fue víctima de su éxito: fue un cálculo político en vez de un consenso cívico verdadero, y era de esperar que no lograra aguantar el paso del tiempo.

     

    Una de las consecuencias más obvias y desconcertantes del pacto del olvido han sido las demandas de justicia a voz en cuello que irrumpieron décadas después de que los crímenes fueran cometidos. Como apunta el antropólogo Francisco Ferrándiz, el movimiento a favor de la excavación de las fosas comunes surgió en 2001, durante un periodo de calma económica, y más adelante fue cogiendo más fuerza. Treglown, que no es el único que ve con recelo ese reciente fervor, se remite a la saga del gobierno del primer ministro socialista José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2011). Treglown es diligente en su recuento del movimiento de la memoria histórica aunque es evidente que sus simpatías acerca de los miembros de dicho movimiento tiene sus límites. Opina que es una causa “fútil”, incluso mientras le hace un cumplido hacia una de sus integrantes que tiene doble filo: “Cualquiera que la conozca no haría más que respetarla por su interés, aunque subjetivo, en un cataclismo que afectó tanto a su familia”. Al decir de Treglown, la “manipulación política” –o apropiación– del problema de la memoria comenzó cuando Zapatero, en 2004, “inmediatamente hizo presión para que se aprobara la Ley de la Memoria Histórica, con el efecto posiblemente intencionado de exacerbar la oposición de miembros claves del Partido Popular”. La ley condenó el régimen franquista, prometió ayuda estatal en los planes de exhumación, propició la oportunidad de reclamar la ciudadanía española a las familias exiliadas durante y después de la guerra y prohibió los mítines en el Valle de los Caídos. Hubiera sido mejor si Treglown hubiera explicado la ley con más detalle, pero bajo su óptica la relevancia de la ley fue más bien política: los socialistas sacaron un viejo lamento de la manga y de ese modo hicieron que los conservadores mordieran el anzuelo y mostraran su verdadero rostro.

     

    Treglown no logra captar la ironía –parte esencial de la historia–. Con la Ley de Memoria Histórica Zapatero no estaba adelantándose a los conservadores sino más bien librándose de sus rivales socialistas ya que, más que nada, la ley fue concebida para consolidar sus credenciales progresistas al proyectarse como un político dinámico y prometedor en un sistema socialista apoyado por Felipe Gonzáles, primer ministro desde 1982 a 1996. A principios de la décda que abrió el año 2000, Zapatero era un izquierdista genérico sin credenciales y frente a una disyuntiva: ¿Cómo distinguirse del neoliberalismo creciente de su partido tras la adopción del euro? La vieja guardia del partido, más conocidos como felipistas, seguían la línea tradicional hasta el momento: una visión más bien satisfactoria de la transición del franquismo y reticencia ante la reanudación de debates acerca del pasado. Los españoles más jóvenes se sentían atraídos por la promesa del joven Zapatero, al igual que los votantes socialistas que habían sido alienados por la corrupción desenfrenada del partido durante los años 90. La memoria histórica no era una frivolidad para el creciente número de seguidores de Zapatero, aunque sus críticos aciertan cuando afirman que es un intelectual perezoso. Realmente parecía un ser diferente y –estrategia partidista o no–, el moralismo en torno a la memoria histórica fue un producto genuino de los tiempos que corrían (del mismo modo que la conciliación y el paternalismo fueron las virtudes retóricas de los políticos de la transición). El presidente compaginó el tema de su abuelo republicano (uno de sus preferidos) con una agenda más amplia que daba prioridad a la igualdad de género y los derechos de los homosexuales. Si Zapatero fue culpable de alguna indiscreción política, fue de haber dividido su propio partido al hacer visibles sus contradicciones latentes con la dirección. Su biógrafo oficial lo resume de este modo: “No le debe nada al pasado. Simplemente puede cumplir con los principios que siempre ha tenido”.

     

    La actitud de Zapatero fue percibida como una provocación por parte de de la izquierda establecida, que sintió su orden amenazado. Sin tener en cuenta el contexto, Treglown acepta las opiniones de los críticos de Zapatero a pies juntillas, en especial cuando insiste que “el tema de la memoria está exagerado por los medios”., Nos podríamos preguntar a qué medios se refiere ya que el más influyente incluye al grupo PRISA y su prestigioso diario, El País, que más bien tiene tendencia a inclinarse por la calma y la reconciliación cuando se trata del pasado franquista. En una ocasión Treglown se pregunta en voz alta si “los problemas de España con su pasado no son”, entre otras cosas, “resultado de unos medios ávidos de controversia”. Es cierto que las pasiones se exacerban cuando se toca el tema del pasado de España y es cierto que los debates tienden a generar más calor que luz. Pero ese no es el único asunto que se discute en España. Hasta donde pude ver cuando trabajé allí como reportero, no se puede decir que sea un tema preponderante o dominante del diálogo político –mucho menos en los últimos tiempos en que la crisis económica está en la mente de todos–.

     

    Por su parte, a los conservadores tradicionales les conviene recurrir a la historia, no tanto por desvergüenza sino por el revanchismo de toda la vida. Su historia es un poco más predecible, lo que bien puede que sea la razón por la cual Treglown no pasa mucho tiempo con ellos. El Partido Popular es el partido de base más amplia de España, abarcando desde el centro hasta la extrema derecha, por lo que un líder nacional como el actual primer ministro, Mariano Rajoy, siempre está en un terreno movedizo, aunque nunca menos que en la actualidad: la crisis económica desbancó a los socialistas en 2011 y le dio a los conservadores la oportunidad de gobernar sin una oposición verdadera. Las dificultades recientes de la austeridad se concretan en una serie de medidas (por ejemplo, en el ámbito de la educación) que le hacen guiños con destellos franquistas a la extrema derecha.

     

    Hasta la Real Academia de Historia, una entidad pública que acoge a un elenco de viejos académicos, ha perdido credibilidad. En 2011 publicaron un diccionario bibliográfico oficial con una entrada sobre Franco que obvió mencionar el hecho de que era un dictador represivo. También había entradas relacionadas que fueron empañadas por pifias ideológicas e ineptitud  profesional. El capítulo de Treglown que da cuenta de este incidente que explotó (y se consumió rápidamente) hace dos años, es impecable y bien detallado desde el punto de vista factual. Sin embargo, su empeño en restarle importancia es tal que a veces no logra contar las cosas como realmente pasaron. No hay que tener una afiliación partidista específica para indignarse ante un hecho de este tipo, y la ecuanimidad de Treglown a veces parece más frialdad que simple objetividad.

     

     

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    Solo una pequeña parte del libro de Treglown trata sobre la política de la memoria histórica de España, lo cual hace que le falte contexto para enmarcar el resto del estudio, en donde realiza una investigación género por género que incluye obras públicas, monumentos, cuadros, literatura y cine a lo largo de varias décadas. En general, las secciones son resúmenes independientes muy bien investigados –algunos minuciosos y otros más breves–. Las temáticas están esparcidas en aproximadamente 300 páginas. Hubiera sido mejor organizar sus análisis en temas o sujetos, por ejemplo: mujeres en España o la mujer bajo el franquismo, por una parte, o la juventud bajo represión, podría haber sido otro. Sagazmente, Treglown se decanta por esas líneas de análisis que desafortunadamente nunca logran cuajar.

     

    La cripta de Franco se lee como una especie de libro de consulta o, mejor, como una colección de ensayos. En cualquier caso, es difícil discernir lo que es. La mayor parte del tiempo estamos en España con artistas y autores que nunca lograron triunfar bajo la sombra de Franco, o al menos esa es la opinión de Treglown. Aunque en ocasiones también estamos en el exilio con algunos de los nombres más importantes del siglo español, como Max Aub y Ramón J. Sender.

     

    Con el objetivo de articular las entradas del libro, Treglown cae en una práctica desafortunada: concluye sus descripciones de las piezas insistiendo en que son tan buenas como las obras maestras más conocidas del siglo XX y lamenta que su falta de difusión se debe al “efecto Franco”. “Todos han oído hablar del Godot de Beckett”, escribe, “pero pocos fuera de España conocen El Jarama, de Ferlosio”. Es cierto que ése es un buen libro –pero de una serie de novelas social-realistas sin gracia, que tratan de la construcción de presas y la destrucción de los pueblos en los años 40 y 50–. Treglown afirma que en su crítica del régimen el autor descubría “una emoción que uno pudiera encontrar en alguna obra de Arthur Miller o de Arnold Wesker. La diferencia radica en que fueron publicadas durante la dictadura”. A veces su insistencia socava sus propios argumentos, ya que las muletillas llegan a parecer súplicas a favor del reconocimiento de trabajos que no son lo bastante buenos. Y mientras más insiste en el “efecto Franco” más parece que su premisa está equivocada. Del mismo modo, cuando Treglown hace demasiada presión termina con una verdad de Perogrullo: puede que la vida haya sida árida bajo el franquismo, pero no fue un completo desierto intelectual ni artístico. Pero en buena ley, ¿quién pensó que lo fuera? 

     

    ¿Cómo hacer una crónica de las artes bajo el franquismo? Podría escribirse una historia sobre el auge y la caída del realismo social. En el cine, donde los directores eran, en palabras de Treglown, “más cosmopolitas que la mayoría de sus compatriotas”, en parte debido a sus “vínculos con la industria italiana”, el realismo social ofrecía diversas posibilidades. El joven Carlos Saura, quien más tarde dirigió la inquietante La prima Angélica (1974), durante su juventud se sintió estimulado por el hecho de que “se podía filmar en la calle con gente corriente”. ¿Qué mejor modo de retar la vida bajo el régimen que utilizando un medio respetado internacionalmente? Treglown hace bien en señalar que los censores franquistas raramente entendían la sátira social, particularmente en el caso del cine. El único filme hecho por Buñuel en la España franquista es un ejemplo clásico: la increíblemente subida de tono Viridiana (1963) contorneó la censura, ganó la Palma de Oro en Cannes y más adelante, para vergüenza del régimen, fue denunciada por el Vaticano. Treglown, que define a la película como una “obra moralista social-realista”, recuera fríamente la trama para demostrar su punto de vista.

     

    En el caso de Luis García Berlanga –un apasionante homólogo de Billy Wilder– la sátira es atinadísima. En El verdugo (1963), un joven y desafortunado empleado de una funeraria se casa con una mujer cuyo padre es verdugo y es obligado a adoptar el oficio del suegro una vez que éste se retire. El empledo de pompas fúnebres se siente aterrorizado por la posibilidad de tener que llevar a cabo tal trabajo y cuando le llega el momento de su primera ejecución entra en pánico, lo que hace que al final sea el verdugo, y no el condenado, quien caiga en la desesperación de la víctima. Como Treglown observa, la sátira se convierte en una crítica que abacar desde la pena capital hasta el nepotismo común. Sin embargo, su estilo es lo suficientemente ligero como para camuflar su sagacidad tras el encanto de sus bufonadas. Berlanga también tenía puntos de contacto con el humor negro del gran cómico español Miguel Gila, cuyos monólogos de los años 50 sobre la Guerra Civil todavía perduran en las conversaciones actuales. Uno desearía que Treglown hubiera explorado las vidas y el trabajo de Gila y de los que eran parecidos a él, ya que la comedia de la era franquista –evidencia de vida a pesar de la dictadura– se hubiera adaptado bien a los objetivos y los temas más omnicomprensivos de su libro. Además, Berlanga y Gila son dos de las raras figuras de la época franquista que activistas de la actualidad han traído a colación para denunciar los estragos de la austeridad y los pasos en falso de la clase política.

     

    A los escritores no les fue tan bien como a los directores de cine. En la mayoría de los casos Treglown pone tanto énfasis en el compromiso crítico de los escritores de la España franquista que minimiza el modo en que lo hicieron. (Las notables excepciones incluyen a la novelista Carmen Laforet y a Camilo José Cela, ganador del Nobel, a los que analiza con pertinencia). Con frecuencia incluso su mismo modo de expresión se convirtió en un problema. Franco precipitó una crisis del estilo literario de los 60 y, cuando editoriales clave apostaron por los experimentos de los escritores del boom latinoamericano, se suscitó algo parecido a un complejo de inferioridad. Un crítico español habló en nombre de un grupo creciente de sus compatriotas cuando dijo: “Ya no podemos soportar el aburrimiento de este país… Cuando leemos [a los latinoamericanos] nos damos cuenta de una cosa: están vivos… escriben en una lengua viva”. Otro elemento fascinante que Alejandro Herrero Olaizola describe en su libro Los expedientes de la censura (The censorship files, 2007), es que los censores de Franco restringieron menos la distribución de las novelas latinoamericanas por las editoriales españolas ya que esperaban grandes ventas internacionales y un consecuente beneficio nacional.

     

    En general, Treglown pasa por alto las guerras de estilo de los 60, cuando el realismo cayó en desgracia como modo de escritura bajo el franquismo. Antes de que el régimen liberara la prensa, el realismo tuvo una función básica informativa, según Mario Santana en su excelente Extranjeros en la Patria (Foreigners in the Homeland, 2000). Pero el paisaje cambiante de España –y del mundo– en los 60 evadió las viejas ventajas del estilo. Lo que también contribuye a explicar por qué tanta literatura de mediados del franquismo ha permanecido en penumbra: con su intenso localismo y su estilo escueto, muy poco ha podido superar el paso del tiempo e, inevitablemente, en muchos casos sus traducciones al inglés la hicieron perder en profundidad.

     

    Fiel a su costumbre, Franco aparece en todas partes y en ninguna de La cripta de Franco. Treglown nos ofrece un buen resumen de Raza (1942), su novela hagiográfica escrita bajo un seudónimo y luego convertida en película. Sin embargo, en la mayoría de los casos el Caudillo aparece indirectamente en las obras analizadas. En todo los momentos que los escritores, artistas y cineastas padecieron, pasaron por dificultades o perduraron, en general hay una impresión de que Franco está “aleteando por las esquinas oscuras”, tomando prestada una expresión de Joseph Conrad. Primero como un líder sanguinario y despiadado al mando durante los 40 y 50, luego como la tambaleante pero peligrosamente volátil figura insigne de los 60 y los 70. Cualquiera que fuese su personificación, siempre fue amenazador.

     

    El difunto pintor catalán Antoni Tàpies contaba cómo Franco, en una importante exposición de arte, se paró ante sus obras mientras sus consejeros le decían: “esta es la sala de los revolucionarios”. La respuesta del dictador fue tan bienhumorada como siniestra: “Mientras  hagan la revolución de esta manera…”. O al menos es eso lo que se cuenta. Puede que sea apócrifo, pero era la imagen que Tàpies utilizaba para recordarse a sí mismo, y a los demás,  no se sabe si aliviado o si desalentado por tal emasculación de su obra, de un efecto Franco de un tipo completamente distinto.

     

     

     

    Jonathan Blitzer es periodista y traductor, ahora vinculado a The New Yorker. Ha colaborado con The New York Times, The Nation, The New Republic, The Wall Street Journal y n+1. En Fronterad ha publicado ‘El País’, o el futuro ya no es lo que era y Ningún hombre es una isla. Malvinas: ficción, trauma, guerra. Con Doménico Chiappe, mantenía el blog Lo sublime y lo grotesco. Este texto se publicó originalmente en el semanario estadounidense The Nation.

     

     

     

    Traducción: Vanessa Pujol Pedroso

     

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    Curioso, en el fotograma de "Viridiana" que encabeza este artículo, el cuarto personaje por la izquierda es igualito igualito igualito a la cabeza del inferiocre en los sellos de Correos de la época, sólo que mostrando el perfil derecho en vez del izquierdo. ¿A que sí?

    Pues sí, el mismo.

    Que Dios te conserve la vista, que de saber utilizarla te bastas sólo

    ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

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