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El mundo no se acaba el blog de Lino González Veiguela


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19 de febrero, 2012

Cualquier tiempo pasado fue...

 

 

En el libro El expediente, Timothy Garton Ash narra el viaje que emprendió por su propio pasado tras la lectura en 1992 del expediente que el servicio de inteligencia interior de la República Democrática Alemana, la Stasi, había elaborado sobre él entre 1979 y 1982. En aquellos años de su juventud, el académico y periodista inglés vivió largas temporadas en Berlín -a ambos lados del Telón de Acero- y realizó numerosos viajes a Polonia para ser testigo del movimiento Solidaridad, el hecho social más importante ocurrido en la zona de influencia de la Unión Soviética desde la Primavera de Praga, en 1968.

 

Tras la caída del Muro de Berlín se procedió al desmantelamiento progresivo de la mayoría de las instituciones que habían ostentado el poder en la antigua República Democrática Alemana. Una de las principales instituciones de la Alemania Oriental fue sin duda la Stasi, servicio de inteligencia homólogo del KGB soviético, que consiguió convertir el país en una gigantesca red social -analógica- en la que casi todos espiaban y delataban a casi todos los demás. Tras la disolución de la Stasi, en 1989, se abrieron sus archivos -de aquellos que no se habían destruido por considerarse demasiado comprometedores- para que, además de los investigadores, todos los ciudadanos interesados pudieran tener acceso a los expedientes que la Stasi había elaborado sobre ellos. La información contenida en aquellos expedientes obligó a muchas personas a replantearse su pasado hasta extremos realmente ignominiosos: algunos descubrieron que sus allegados -amigos, hermanos e incluso cónyuges- habían estado informado sobre ellos a la Stasi durante años.

 

La Stasi no se equivocó al sospechar del joven Garton Ash. El inocente propósito inicial de su estancia en Berlín era completar la investigación para su tesis de doctorado sobre la sociedad de la Alemania nazi. Sin embargo, muy pronto comenzó a publicar artículos -firmados con seudónimo- en varios medios ingleses y alemanes sobre el clima de represión que se vivía en la Alemania comunista. Al leer su expediente, Garton Ash descubrió que un número considerable de personas con las que había mantenido encuentros durante aquellos años en el Berlín Oriental estaban al servicio de la Stasi o habían sido interrogados por ésta para conocer el contenido de las conversaciones que habían mantenido con el joven inglés. A pesar de que aparecen tachados todos los nombres propios en la copia de su expediente que le facilitan, Garton Ash consigue descifrar algunas identidades y logra mantener entrevistas -en ocasiones, muy tensas- con esas personas en las que les pregunta por qué informaron sobre él y, en el caso de los agentes a sueldo de la policía secreta, qué motivos les llevaron a colaborar con la Stasi.

 

Las respuestas que le dan los agentes de al Stasi son variadas: algunos eran comunistas convencidos y creían ayudar a su país; los hubo que se vieron enredados en historias personales que facilitaron el chantaje por parte de la Stasi; mientras que otros colaboraron simplemente para beneficiarse de los privilegios materiales que dicha colaboración solía reportar. Tras el hundimiento del sistema, la mayoría opta por el olvido selectivo en alguna de sus varias modalidades. «Lo que encuentras no es tanto maldad como debilidad humana: una vasta antología de debilidades humanas. Y, cuando hablas con los implicados, lo que descubres no es tanto una deliberada falta de honestidad como la capacidad infinita que tenemos todos para engañarnos a nosotros mismos», escribe el historiador británico.

 

Garton Ash dedica muchas páginas El expediente a reflexionar sobre la memoria, sobre lo difícil que resulta recordar con exactitud el pasado, incluso -o sobre todo- el propio pasado. En ocasiones, ni siquiera comparando la información contenida en su expediente con las notas del diario que llevaba por aquel entonces logra rememorar con claridad sus pasos en aquellos días de juventud. En otras ocasiones descubre que anotó frases con ideas y estados de ánimo opuestos a los recuerdos que sí conservaba y que creía recuerdos de una incuestionable fidelidad a los hechos históricos.

 

El auge del movimiento Solidaridad, primero en los astilleros de Gdansk y más tarde en todo el país, hizo que Garton Ash dejase a un lado la redacción de su tesis y viajase a Polonia en 1980. El movimiento surgido en torno al sindicato Solidaridad, como recuerda en su libro, supuso para él lo que supuso España -la guerra civil española- para la generación de sus padres: la lucha entre la libertad y la opresión. Aquellos viajes, no exentos de romanticismo para el joven periodista e historiador, le llevaron a conocer el vibrante mundo de la clandestinidad polaca. A pesar de que la Ley Marcial aún no se había decretado en el país -se implantaría en diciembre de 1981-, entrar en Polonia no resultaba fácil. “Nuestros sueños estaban poblados de guardias fronterizos que nos perseguían”, recuerda Garton Ash. Las crónicas de aquellas aventuras al otro lado del ya por entonces agrietado Telón de Acero las publicó en la revista alemana Der Spiegel.

 

A la vuelta de uno de sus viajes a Polonia -tras ser expulsado por las autoridades polacas- Garton Ash se reúne en Hamburgo con el editor y el jefe de redacción de Der Spiegel. En su libro cuenta una escena que vivió en esa reunión con los dos responsables de la revista alemana que resulta sorprendente:

 

Jefe de redacción, a mí: “¿Habrá invasión de los rusos la semana que viene?”.

Le explico que Varsovia es el peor sitio para emitir un juicio así. Editor, al jefe de redacción: “¿Tenemos tanques?”. Al cabo de un momento me doy cuenta de que se refiere a fotografías de tanques para una noticia de portada. Editor: “La verdad es que los tanques rusos no venden muy bien”. (Con anterioridad, en una portada habían reproducido la foto de un tanque ruso en el momento de aplastar el águila blanca polaca). El editor, volviendo a arrellanarse en su sillón, medio murmura para sí: “Para que sea una buena noticia de primera página, la sangre debe correr en abundancia”. Ésa no era la idea que yo tenía de un chiste.

 

Días después de leer la escena que vivió Garton Ash en las oficinas de Der Spiegel, encontré un artículo reciente de Steven Pinker que comenzaba así: “Si me convirtiese en el gran dominador global, con mi primer edicto impondría a todos los grandes 'opinadores' las siguientes reglas: nadie podrá entonar lamentos sobre decadencia, declive o deterioro sin proporcionar al mismo tiempo a) una valoración sobre cómo es el mundo actual; b) una valoración de cómo era el mundo en un determinado período del pasado; c) una demostración de que a) es peor que b)”. El artículo de Pinker aparece publicado en una revista inglesa que pide a diversas figuras relevantes en sus campos que expliquen la medida más importante que propondrían si se se les entregase el poder para aplicarlas a nivel mundial.

 

Leyendo el artículo de Pinker recuerdo la escena descrita por Garton Ash. Le comento a un amigo periodista, que se lamenta amargamente del mal estado en el que se encuentra el periodismo actual, que al leer escenas como esa se le debería dar la razón a Pinker y matizar el dramatismo de los que afirman que el periodismo ya no es lo que era: ahora es, sin duda, mucho más voluble de lo que era hace unas décadas.

 

Mi amigo me dice que él no está de acuerdo con las generalizaciones tipo Cualquier tiempo pasado fue mejor, pero acto seguido afirma que no le resultaría complicado demostrar que, en el periodismo, a) es peor que b). El problema, me dice, es que los resultados de ese trabajo podrían adolecer de algunas debilidades e inconsistencias, ya que seguramente habría que llevarlo a cabo a toda prisa, sin los medios adecuados y gratis -o casi gratis-. Es decir, en las mismas condiciones de precariedad en las que trabajan la mayor parte de los periodistas desde hace alguno años. Al menos en los tiempos del viejo Spiegel, concluye mi amigo, te pagaban viajes que te permitían salir de la redacción y los periodistas no eran llamados colaboradores externos -o, peor, freelances- sólo para que la empresa se evitase pagarle al periodista, como ocurre hoy en día con demasiada frecuencia, la maldita Seguridad Social.

 

 

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