Deliro y miserias de una política galáctica

Rubén Pardiñas

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Haciendo gala del clásico oportunismo de los populistas, Esperanza Aguirre se ha despachado recientemente en ABC con una ocurrencia genial: hagamos del negocio del fútbol –tan próspero en España que ha conseguido colocar al Madrid y al Atleti en la final de Champions– el modelo para la educación de nuestros niños y mayores. No se trata de una boutade, ojo. Es oportunista su apelación al circunstancial éxito europeo de dos equipos madrileños. Pero la idea de fondo que la expresidenta de la Comunidad de Madrid defiende se basa firmes convicciones, las cuales le han ido reportando cierto prestigio en esos círculos liberales donde puedes pasar por persona ilustrada con solo haber leído un poco a Milton Friedman; lo de menos es que escribas cartas plagadas de errores ortográficos dirigidas precisamente a los profesores.

 

Friedman –el apóstol de la “libertad para elegir” que a la hora de ensayar sus teorías sobre la liberalización de la enseñanza y otros servicios públicos eligió como laboratorio el Chile de Pinochet– es el héroe de Aguirre, pero no el único. Los tres pilares del modelo futbolístico que también querría educativo tal vez habrían sido suscritos por los Chicago Boys, pero más bien compendian el credo madridista de Florentino Pérez, ese millonario igualmente apasionado de la “libertad para elegir” que en los estatutos del Real Madrid introdujo como requisito para ser elegido presidente, adivínenlo, el ser millonario. Esas tres patas que Aguirre destaca son: los cracks extranjeros (que gozamos en la Liga, dice, gracias a una liberalización del mercado modélica), la perfecta compatibilidad de estos cracks con el desarrollo de “futbolistas nacionales”, y la importancia suprema del resultado. ¿Les suena?

 

En qué consiste esta política basada en Zidanes, Pavones y resultadismo nos lo ha enseñado ya la historia: básicamente en gastarse lo que uno no tiene (pero Bankia sí, aunque –¡ay! – al final tampoco) comprando un montón de Zidanes, relegar a los Pavones a un papel accesorio (por no decir nulo) y obtener como resultado ocho grandes títulos (de 33 posibles). La causa de que este pobre balance deportivo no haya conducido al Madrid a la quiebra –y aquí llegamos a lo importante– es que en el modelo de Florentino Pérez Real Madrid no significa tanto un equipo de fútbol como un negocio de venta de camisetas: una inversión que llama a más inversiones. Así, cuando los resultados que cuentan no tienen que ver con el deporte sino la rentabilidad, uno puede, con toda la razón, esgrimir orgulloso la clasificación de Deloitte, que el Madrid ha encabezado los últimos nueve años. Se trata, por otra parte, de la senda que transita el fútbol de élite desde hace tiempo, donde con cada vez mayor frecuencia vemos clubes transformados en marcas globales cuya prioridad es ampliar mercados, hasta el delirio si es necesario.

 

Da miedo imaginar a tipos como Florentino Pérez gestionando las escuelas en las que los niños reciben su educación más temprana como si estas fuesen no ya fábricas de Copas de Europa, sino mercados de dividendos. Lo escalofriante es que ya sucede. Porque el oportunismo de Aguirre es doble. Su artículo ha aparecido en medio de una lucha por la gestión de la educación infantil pública madrileña, en la que al proyecto de las cooperativas de educadoras sin ánimo de lucro que tienen la concesión de varias escuelas municipales se enfrentan empresas de servicios asistenciales como Clece –propiedad de Pérez–, que presentan una oferta mucho más competitiva (al tiempo que conciben las escuelas como meras guarderías donde aparcar niños y no como centros formativos). La lucha es, por supuesto, desigual. Sobre todo debido a que en 2008 el gobierno de Aguirre transformó el concurso público para otorgar esas concesiones en una subasta. Así, se da la circunstancia de que cuando las bases del concurso tenían en cuenta en al menos un 60% los criterios educativos, el equipo docente de una escuela como Las Nubes pudo convertir a esta –en opinión de un periódico nada sospechoso de izquierdismo– en la mejor de la Comunidad de Madrid, mientras que con el sistema de subasta, que prima la rentabilidad económica, esas educadoras simplemente no podrán competir con la reducción de salarios y recortes a la que Clece o Eulen fían su higiene presupuestaria. Este 2014 la concesión termina, y pueden suceder dos cosas: que el proyecto consolidado de las cooperativas que llevan Las Nubes, Hiedra o Patas Arriba tengan continuidad, o que, como viene ocurriendo desde 2008, sea sustituido por una gestión orientada hacia el beneficio económico de la empresa de turno.

 

Este es el tipo de política que realmente tiene ocupados a los amigos de la “libertad para elegir”, y no la libre contratación de profesores de inglés nativos en secundaria (“los Zidanes que hay que fichar” en los que Aguirre enfoca su artículo para hacer parecer muy razonable la idea de liberalización de la enseñanza). El plan es tan sencillo como reducir los presupuestos de la educación pública hasta lo mínimo que el mejor postor pueda ofrecer para convertirla en un negocio rentable (subida de tasas incluida), mientras se subvenciona a quienes directamente optan por centros privados a través del célebre cheque escolar, esa perversa fórmula imaginada por Friedman en 1955 cuya destilación más miserable la consejera Lucía Figar no se ha resistido a catar.

 

El modelo futbolístico que Aguirre reclama es, en definitiva, el ensayado por especuladores a quienes lo único que les interesa del fútbol es el dinero que mueve, ya sea en un puesto de merchandising o en el palco de autoridades. Tiburones cuya incompetencia en fútbol o en educación es al final irrelevante, pues para ellos todo son piezas intercambiables, divisiones de negocio de las que uno puede deshacerse en cualquier momento si la cuenta de resultados no es la deseada.

 

La crisis del sistema financiero (dinero circulante que genera más dinero para unos pocos sin producir nada para el resto) nos ha ofrecido ya suficientes pistas sobre cuál es el legado último del resultadismo. Pero la respuesta también la pueden encontrar los madridistas (y los aficionados de muchos otros equipos, incluido un Barça adicto a los Neymar y rehén de las Qatar Foundation) en su propia parcela deportiva, correlato de la económica. Mientras otros han formado a unos niños que incluso a veces llegan a convertirse en estrellas de sus selecciones (esta cantera a largo plazo y no los fichajes galácticos son su base; parece mentira que haya que apostillar también en esto a Aguirre), mientras que durante generaciones otros hablan del buen juego de sus equipos y de qué ideas han aportado a la evolución del fútbol (independientemente de lo que hayan ganado), los resultadistas no tienen nada, o mejor dicho: solo tienen una lista de títulos. Una cuenta de resultados que enumerar, una y otra vez. A la vista está que tal bagaje colma a muchos. Pero quienes contemplamos el mundo como una larga conversación –en expresión de Stanley Fish–, no creemos que las cuentas de resultados vayan a enriquecerla demasiado.

 

 

 

 

Rubén Pardiñas (Vigo, 1976) ha publicado los libros Emancipació, de qué? Una visió pragmatista de l´art contemporani (Premi Espais a la Crítica d´Art en 2001) y Seamos serios, pero no tanto. Arte, filosofía y la persistencia de lo sublime (Premio Caja Madrid de Ensayo en 2003), así como numerosos artículos y entrevistas en medios como Papers d’Art , artszin.net, Enfocarte, A Peneira, Caviar Izquierda, Jot Down o Praza Pública. Fue director de contenidos del desaparecido portal arte-net.org. De vez en cuando escribe y dirige documentales: Lo más profundo es la piel  (2004), Fronteiras (Premio AvidHoc en el II Festival Internacional de Documentais de Tui Play-Doc 2006), A terceira póla (2008) y La mirada del pintor (2012). Escribe el blog GrayStar. En Twitter: @rubenpardinhas

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