Maria Osten

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    Devorados por Stalin. La vida de la periodista Maria Osten

    Sergio Campos Cacho y Elisabeth Rudolph - 21-08-2014

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    Las fotografías que se conservan de Maria Osten la muestran risueña; en sus ojos, un fulgor juvenil que oculta lo que pudiera haber en ellos de picardía o de ingenuidad. Maria Osten era el pseudónimo de la periodista Maria Greßhöner. Había nacido el 20 de marzo de 1908 en Muckum, en la región alemana de Westfalia, cerca de Osnabrück. Murió a los treinta y cuatro años, supuestamente fusilada en Sarátov, a unos tres mil kilómetros de su tierra natal. Los últimos datos fidedignos que se tienen de ella remiten al juicio al que se la sometió en Moscú el 8 de agosto de 1942, donde fue acusada de espionaje y condenada a muerte por la NKVD.

     

    Se había afiliado al partido comunista alemán en mayo de 1926, cuando tenía dieciocho años. Comenzó a trabajar para la editorial Malik, creada por Wieland Herzfelde, y conocida especialmente por las míticas cubiertas creadas por el genio del fotomontaje John Heartfield (éste utilizaría una imagen de los ojos de Maria Osten para la cubierta de la novela de Ilyá Ehrenburg Die Liebe der Jeanne Ney). En 1929 fue incluida con su nombre original en la antología 24 neue deutsche Erzähler [24 nuevos narradores alemanes], junto a escritores como Joseph Roth, Ernst Glaeser, Erich Kästner, Anna Seghers, Ernst Toller o Ludwig Renn. Tres años después lo haría igualmente en la antología de la editorial Malik 30 neue Erzähler des neuen Deutschland [30 nuevos narradores de la nueva Alemania]. Maria Osten permanecería en la editorial hasta finales de agosto de 1932, poco antes de que los nazis llegaran al poder y se pusieran a trabajar por su nueva Alemania. Posteriormente se trasladó a Moscú para colaborar en la Editorial de los Trabajadores Extranjeros en la URSS y en la editorial Jourgas; publicó artículos en la revista Das Wort y fue corresponsal a partir de 1934 del Deutsche Zentral Zeitung. Durante esa época, y hasta el verano de 1936, viajó continuamente por toda Europa y en París formó parte de la Association des Écrivains et Artistes Révolutionnaires. Fue una trayectoria intensa, propia de todo intelectual que se trabajaba al servicio de la revolución mundial. La cinética arrolladora de la juventud alcanzaría su punto álgido en España.

     

     

    El hijo español

     

    Maria acompañó durante sus viajes a Mijail Koltsov, uno de los periodistas estrella del diario Pravda. Aunque estaba casado con Lisa Ratmanova, nunca ocultó que Maria Osten era su amante. Koltsov aterrizó en España el 8 de agosto de 1936 como corresponsal de guerra y, para muchos, como los ojos y oídos de Stalin en el país. Maria llegó a Madrid a principios de septiembre procedente de París. De ella guardó un afable recuerdo Heinz Hoffmann, quien durante veinticinco años fue ministro de Defensa de la República Democrática Alemana (RDA):

     

    “A través de Mijail Koltsov conocí a su amiga Maria Osten, que al igual que él trabajaba como periodista en España desde hacía tiempo. Ha quedado en mi recuerdo como una persona afectuosa y cariñosa [...] Por más que me alegrara con cada una de sus visitas por la fruta y los cigarrillos que me traía, lo cierto es que el verdadero premio de mi amistad con ella fueron nuestras conversaciones, siempre estimulantes. Maria estaba conmovedoramente preocupada y se mostraba muy comprensiva, sin que eso supusiera que le hiciera sentir a uno digno de lástima o de compasión. ¡Al contrario! Ella sabía dirigir la conversación de tal forma que me hacía olvidar que estaba en el Hospital Militar. Maria Osten mostró gran interés por mis años de juventud y quería conocer con todo detalle mi carrera como comisario de guerra del Batallón Beimler. A menudo mis descripciones le parecían muy vagas, así que preguntaba y profundizaba hasta que consideraba que ya sabía lo esencial. Una vez le pregunté qué iba a hacer con todos esos chismes, y la periodista me explicó que quería escribir un libro sobre un comunista alemán que había dirigido su camino hacia España. Le respondí, riéndome, que tenía que haberse escogido a ella misma para hacerlo, ya que era una persona mucho más interesante y experta que yo. Mi vida no difería de la de muchos otros jóvenes obreros alemanes que habían ingresado en el Partido Comunista.

     

    ‘¡Precisamente! Por eso mismo quiero saberlo todo con exactitud’, respondió Maria. ‘No hay mejor historia que la que escribe la vida misma’”.

     

    “No hay mejor historia que la que escribe la vida misma”. Debería constar como lema de todo periodista que se precie de serlo. La vida de Maria Osten cambiaría mucho a partir de noviembre de 1936 y su destino final estaría por siempre ligado al de Koltsov.

     

    Sus reportajes tienen el nervio de la escritura factual, de todo aquello que se cuenta como se vive, especialmente en los días dramáticos del asedio de Madrid. Su reportaje Spanische Kinder [Niños españoles] está datado el 16 de octubre de 1936, cuando los bombardeos eran habituales en la capital y las tropas de Franco cercaban sus puertas. Osten transmite la tensión de la vida diaria, el mundo violento y trastocado en que vivían los niños, usando un lenguaje militar que se había asentado cotidianamente entre la población, como se puede comprobar si se buscan en la prensa de la época las palabras que hoy en día nos parecen inusuales. Cada línea trasuda el entusiasmo de Maria por la adscripción heroica de los niños a la causa comunista.

    Los bombardeos se intensificarían durante el mes de noviembre, y la Junta de Defensa de Madrid, en la que estaban representados todos los partidos políticos del gobierno republicano, decide “evacuar” a los presos políticos que estaban en las cárceles de la ciudad. El resultado fueron las matanzas de Paracuellos de Jarama y de Torrejón de Ardoz. Como ha demostrado Jesús F. Salgado en su biografía Amor Nuño y la CNT: crónicas de vida y de muerte (Fundación Anselmo Lorenzo, 2014), “La responsabilidad de las sacas es total y absolutamente española y comienza en los Gobiernos de la República y sus ministros de la Gobernación [Ángel Galarza] y de Guerra [Francisco Largo Caballero]”. Durante años, los historiadores se han preguntado por el papel de Mijail Koltsov como instigador o colaborador de las matanzas, debido a las maquinaciones de un personaje que aparece en su diario español, Miguel Martínez, pseudónimo bajo el que supuestamente se oculta él mismo. En cualquier caso, e independientemente de que fuera o no uno de los responsables directos de la planificación de las matanzas, no cabe duda de que Koltsov era consciente de que tras las “evacuaciones” de las cárceles se escondían realmente asesinatos en masa dirigidos principalmente por el Partido Comunista de España.

     

    Un año después, en noviembre de 1937, Koltsov regresó a Moscú. Había sido requerido por Stalin y en principio tuvo un buen recibimiento, pero no tardaría en ser juzgado y fusilado. Paulina y Adelina Abramson, intérpretes rusas durante la guerra, escribieron conjuntamente sus memorias, Mosaico roto, testimonio fundamental de la estancia de los soviéticos en España durante esos días. En ellas, Paulina cuenta en qué momento conoció los detalles de la muerte de Mijail Koltsov: “El 1 de junio de 1991 el periódico Vechernaya Moskva (La Tarde de Moscú) inserta una noticia bomba: se conoce con exactitud, gracias a documentos, que Mijail Koltsov, periodista número uno de la URSS, allá por los años 30, fue condenado a muerte el 1 de febrero de 1940, siendo fusilado al día siguiente. También se ha demostrado que fue enterrado, después de ser incinerado, en la fosa común número uno de inhumación de restos mortales no reclamados, que se encuentra en el Monasterio Donskoi de Moscú”. Acerca de Maria Osten dice: “Hasta la fecha no se tienen noticias de su amiga alemana, a quién conoció en España [sic], la periodista María Osten (en España), siendo su verdadero nombre María Gresshener [sic]. Se supone que fue detenida el mismo día que Koltsov”.

     

    Maria Osten, que ya conocía a Koltsov años antes del inicio de la guerra civil, no fue detenida el mismo día que el periodista de Pravda. En los archivos de la Comintern, donde se guarda su expediente, figura que fue detenida más de un año después, el 25 de junio de 1941 y que, ya el 14 de octubre de 1940, la Comisión Internacional de Control de la Comintern había tratado su caso. En aquel momento Maria Osten estaba sin trabajo. Su miedo y su preocupación, empero, venían de mucho antes, como demuestra la carta que le mandó en 1939 su amigo Bertolt Brecht: “deseo de veras que los rumores [sobre la detención de Koltsov] sean falsos [...] Sencillamente no puedo pensar qué es lo que ha podido hacer, en verdad sólo le he visto trabajar siempre, infatigablemente, por la Unión Soviética. ¿Tiene usted alguna idea de qué se le acusa?”.

     

    “No hay mejor historia que la que escribe la vida misma”. Hiere ese adjetivo optimista. Murieron Mijail Koltsov y Maria Osten. Pero no fueron los únicos que sufrieron ni la carnicería stalinista ni la caída del caballo de aquellos comunistas que pensaron que sólo con la sangre de sus enemigos podrían encauzar la revolución mundial. Osten y Koltsov no tuvieron hijos, pero sí habían adoptado a dos en diferentes momentos de sus vidas: uno en Francia en 1933 y otro en España en noviembre de 1936. Ambos sobrevivieron a sus padres adoptivos.

     

    Aunque las sacas de las cárceles habían comenzado en octubre, las más numerosas y letales comenzaron el día 6 de noviembre. Pero cuatro días antes Maria Osten ya había abandonado España junto a un bebé de año y medio. Koltsov lo describe en su diario: “Masha [diminutivo de Maria] consiguió sitio en un coche y salió hoy. En el último momento trajo en brazos a la habitación  a un hombrecillo de cara ovalada, pensativa y soñadora, con sonrisa bondadosa, con largas guedejas de un pelo suave y claro. Es el hijo. Es el hijo español”.

     

    El niño recibió el curioso nombre de Chemino. Cambiaría luego a Jusik, cuando tuvo que cruzar la frontera y llegar a Rusia. Lo habían encontrado abandonado en un vagón de tren. Tras una breve estancia en París, Maria y Chemino se dirigieron en tren hacia Moscú tras cruzar Zúrich, Viena, Praga y Polonia. Chemino sobrevivió a su madre y a la segunda guerra mundial. De su vivencia moscovita, de la peripecia de ser hijo de una fusilada bajo el régimen de Stalin, apenas se sabe nada. Solamente Ursula El-Akramy consiguió seguirle la pista. En Transit Moskau (Europäische Verlagsanstalt, 1998), una estupenda investigación en la que traza las vidas paralelas de Maria Osten y Margarete Steffin, la actriz y escritora que unió su vida a Bertolt Brecht, El-Akramy cuenta que en el momento de escribir el libro, Chemino “se ganaba la vida como taxista en la metrópolis rusa”.

     

     

    Hubert en el país de las maravillas

     

    Chemino no fue el único hijo adoptado por Maria y Mijail. Heinz Hoffmann dio también noticia de Hubert, el primer niño.

     

    “En septiembre de 1933 Mijail Koltsov había recibido el encargo del diario Pravda de viajar a Alemania como corresponsal e informar sobre el proceso del incendio del Reichstag. Sin embargo las autoridades fascistas le rehusaron el visado de llegada, así que Koltsov fue a París para recabar la información con el apoyo de camaradas y colegas franceses. Maria Osten le acompañó, y cuando el proceso se interrumpió durante unos días en octubre de 1933, ambos periodistas soviéticos fueron a la región del Sarre para conseguir algunas impresiones de la lucha de los comunistas contra la proyectada anexión del Sarre por parte del imperio alemán fascista.

     

    Encontraron alojamiento en casa de una familia de obreros comunistas en el pequeño pueblo fronterizo de Oberlinxweiler. El hijo, Hubert, contaba con diez años y era miembro de un grupo comunista infantil, y naturalmente no podía saber que ambos periodistas, que charlaban con él tratándole como un adulto, eran oriundos de la Unión Soviética. Él les contaba de la vida en el pueblo, de la brutalidad de los fascistas y de cómo su padre y sus camaradas luchaban por la justicia y una vida sin explotación, sin paro y sin miedo. Allá en el este, en la Unión Soviética, todo era ya una realidad, les confiaba Hubert a ambos huéspedes, y les contaba acerca de la Unión Soviética, de su entusiasmo por Lenin y hablaba como si un gran milagro hubiera surgido de un cuento particularmente hermoso.

     

    A Mijail Koltsov y a Maria Osten les gustaba este muchacho tan despierto, con su amor y su entusiasmo por un país que nunca había visto, de manera que les propusieron a sus padres que Hubert viajara con ellos a Moscú para que conociera la Unión Soviética por sí mismo.

     

    Así fue. El joven obrero del Sarre, Hubert Lhoste, fue a Moscú y descubrió en el primer país socialista de la tierra que el ‘milagro’ del socialismo existía como obra de la mano humana.

     

    Maria Osten trató esta historia veraz en un libro publicado en Moscú en 1935 bajo el título Hubert en el país de las maravillas. Tres o cuatro años más tarde leí este libro en Moscú. Me gustó –no tanto como la primera versión que le oí– y me recordó aquellas conversaciones memorables en el Hospital madrileño con esta compañera tan magnífica”.

     

    El país de las maravillas devoraba a sus ciudadanos, comunistas convencidos que fueron víctimas de la demencia de Stalin. Fueron detenidos decenas y decenas de políticos, militares e intelectuales que habían servido con fanático rigor a la propaganda del régimen. Las órdenes de arresto se redactaban días después. Los interrogatorios eran duros y demenciales, plagados de acusaciones inverosímiles que los detenidos aceptaban bajo tortura. Maria, Masha, refulgía vitalidad en las fotografías y sus ojos aún encandilan en las imágenes en blanco y negro. Pero fue detenida y fusilada. Como casi todas las víctimas de las purgas estalinistas, fue fotografiada antes del juicio. Vestía un abrigo grueso en el momento de su detención. No estaba maquillada. Unos ojos alucinados miraban a la cámara revelando vestigios de sorpresa e incomprensión. Su libro sobre Hubert fue retirado del comercio y de las bibliotecas.

     

    Tampoco fue la Rusia soviética un paraíso para el primer hijo adoptado por Maria Osten y Mijail Koltsov. En 2012, Wolfgang Brenner publicó la biografía de Hubert L’Hoste. Hubert im Wunderland: vom Saargebiet ins rote Moskau (Conte, 2012) [Hubert en el país de las maravillas: del Sarre al Moscú rojo], tras varios años de una investigación portentosa que merecería el interés de alguna editorial española por traducirla y publicarla.

     

    El país de las maravillas se convirtió en todo lo contrario para Hubert a partir de 1941. De nada le valdrían los honores recibidos años antes por el régimen de Stalin.

     

    Hay en Berlín un cementerio de diez hectáreas que alberga los restos de siete mil soldados rusos caídos en la batalla por la capital nazi. Lo capitanea una estatua de doce metros de altura y setenta toneladas; en la parte opuesta, otra estatua de tres metros, la Madre Patria, rinde honores a los muertos. Los laterales del recinto lo adornan dieciséis sarcófagos de mármol donde están esculpidas otras tantas frases de Stalin. A un lado en ruso, al otro en alemán. Y en todos, la fecha de la Gran Guerra Patria: 1941-1945. La guerra empezó para los rusos en junio de 1941, con la entrada de las tropas alemanas en el país. Hasta entonces había imperado el pacto de no agresión entre las dos potencias, el pacto Ribbentrop-Mólotov, firmado en agosto de 1939. Los alemanes habían sido los enemigos primero, amigos después y de nuevo enemigos. “Nuestra dialéctica es fantástica”, diría al respecto uno de los miembros españoles de la Internacional Comunista.

     

    Los comunistas alemanes en territorio soviético se convirtieron en sujetos sospechosos. Fueron reclutados en las milicias. Hubert, que estaba a punto de cumplir los 18 años, fue enviado a Karaganda, en Kazajistán, y esos primeros días los cuenta con precisión un compañero suyo, Wolfgang Leonhard, autor de uno de los libros más fascinantes sobre la vida de los niños alemanes refugiados en la URSS, Die Revolution entläßt ihre Kinder [La revolución despide a sus hijos].

     

    Hubert terminó trabajando en una granja colectivizada y las penurias iniciales fueron superadas por su extraordinaria capacidad manual, lo que le permitió mejorar su calidad de vida trabajando como mecánico. Al final de la guerra se casó con una chica llamada Amalie.

     

    El rumbo de la vida de Hubert, que parecía agraciado con vientos favorables, volvió a torcerse por circunstancias aún no aclaradas. Unos camaradas le denunciaron y fue condenado por un delito político a cinco años en uno de los gulags de la región kazaja. Al poco, nació su hija Ella. Hubert tenía 23 años cuando fue encerrado. Fue liberado en 1951 y pudo, al fin, ver a su hija. Por poco tiempo, porque ese mismo año volvió a ser detenido acusado de haber provocado el incendio de una máquina durante su internamiento en el Gulag. Volvió a prisión, esta vez no por motivos políticos, encerrado junto a criminales que le hicieron imposible su estancia. Sufrió agresiones y torturas y estuvo a punto de morir ahorcado por sus compañeros de celda.

     

    Salió de la cárcel en 1955, con 32 años. Quería dejar Kazajistán como fuera y recurrió a Boris Jefimov, hermano de su padre adoptivo, Mijail Koltsov. Jefimov movió los hijos adecuados y Hubert y su familia consiguieron tránsito libre por territorio soviético. Se instalaron en Crimea. Sufría de depresiones, tenía ataques de melancolía y una nostalgia ingobernable por su patria primigenia. Volvió a recurrir a Boris Jefimov. Quería salir de Rusia, algo imposible pese a que Stalin ya había muerto. En plena Guerra Fría era impensable dar al enemigo un arma propagandística de gran calado: el retorno al oeste de quien fue el pionero que renegó de su patria para vivir en el oasis bolchevique. Los intentos de Hubert fueron infructuosos, pero tan intensos que finalmente logró un permiso del Kremlin para que su familia del Sarre, su madre y su hermana, le visitaran en la URSS. Cuando regresaron, Hubert volvió a quedarse solo con su familia. Sus últimos alientos de libertad le llevaron a construir un bote con el que cruzar el Mar Negro y huir de Rusia. Nunca lo logró. Murió durante una operación de intestino el 5 de agosto de 1959.

     

     

    *     *     *

     

    Hasta ahora, sólo hay traducido un texto al español de Maria Osten. Se trata de ‘Primavera en Madrid’ y fue publicado originalmente en El Mono Azul el 30 de septiembre de 1937. Ana Pérez lo incluyó en 2008 en su antología El exilio alemán (1933-1945): textos literarios y políticos, editada por Marcial Pons. El que presentamos ahora fue publicado originalmente, como el anterior, en el Deutsche Zentral Zeitung, periódico alemán editado en la URSS. Posteriormente fue compilado en 1937, junto a otros artículos, en ruso bajo el título Reportajes españoles.

     

     

    Niños españoles, por Maria Osten

     

    A finales de julio el artista Jean Effel hizo un dibujo titulado Niños en Europa Occidental. El dibujo muestra a dos niños campesinos. Sobre sus cabezas vuelan dos mariposas. Uno le pregunta asustado al otro: “¿Esto qué es, un avión de caza o un bombardero?”. Este dibujo representa exactamente la manera de pensar y de sentir de los niños españoles, así como su forma de entender los acontecimientos de España.

     

    En el transcurso de los combates, los niños españoles han aprendido a distinguir entre el impacto de proyectiles de los cañones y las explosiones de las bombas lanzadas por los aviones, tal como hacen los milicianos en el frente. Hoy en día, y sobre todo en las zonas de combate, los niños saben diferenciar exactamente entre el disparo de un cañón y el estampido de una granada o de un shrapnel en el momento de explotar. El año pasado, en Alemania, se invitó a muchos alumnos a participar como espectadores en las maniobras de otoño que tuvieron lugar en los alrededores de Berlín. Este año, en España, las bombas y balas alemanas han matado a muchos niños o los han expulsado de sus pueblos. Aprendían lo que es el fascismo a través de la propia miseria y de las bestialidades cometidas por los líderes fascistas contra mujeres y niños.

     

    Un pequeño acontecimiento: hace unas semanas estuvimos con Dolores Ibárruri en Madrid y nos asomamos a la calle desde la ventana de una casa. En la acera de enfrente, en la entrada de una casa señorial, jugaban algunos niños. Reían contentos y alegres y escribían algo con color rojo en la pared. “Qué simpáticos”, dijo Dolores mientras les miraba y sonreía como solo una madre sabe hacerlo cuando disfruta de sus hijos mientras observa atentamente el trasiego de los niños. De repente apareció en la puerta una señora alta y muy digna; era la portera. Amenazó a los niños y les gritó: “¿Por qué ensuciáis las paredes? ¡Largaos! ¡Compraos un cuaderno para escribir vuestras tonterías!”. En la fachada de la casa los niños habían escrito Viva la Revolución, Viva el Frente Popular. “¿Por qué un cuaderno?”, preguntaron los niños, “Lo hemos escrito para que lo leas tú”.

     

    Otro acontecimiento: Un campesino de Extremadura perdió a su familia y se quedó solo con su hijo de once años en casa. “Padre, ahora vamos a luchar”, dijo el niño. Y el padre, sin inmutarse, como si fuera  algo evidente, cogió la mano del niño y se registró en las milicias. Llegados a las milicias, quisieron separar al niño de su padre, pero el niño se negó a dejarle solo. “Quiero luchar contigo”, explicó categórico. El batallón de las milicias adoptó al hijo del campesino. Tanto en el frente como en el cuartel del regimiento, el niño no se movió del lado de su padre. “¿Sabes qué vamos a hacer?”, preguntó a su padre, respondiendo seguidamente: “Vamos a reconquistar nuestro pueblo”.

     

    A finales de septiembre, se reunieron muchos pioneros en su cuartel en Madrid. Todos habían venido para ver y saludar a Domingo Bernabé, un camarada de Sevilla. Domingo tiene catorce años, es pequeño y flaco. Hace tres años ingresó en la organización de pioneros de Sevilla. Respondiendo las preguntas curiosas de los pioneros madrileños dice: “Vivíamos en la Calle Rabadanes. Un día entró a nuestra casa un grupo de fascistas, unos en uniforme, otros de paisano. Abrieron la puerta de un golpe, se lanzaron sobre mi padre y mi madre y les mataron delante de mí. Yo me había escondido en un rincón. Tras haber asesinado a mis padres me cogieron a mí y me dijeron: ‘Has visto lo que hemos hecho con tu padre y con tu madre, ahora vamos a hacer lo mismo contigo, rojo de mierda’. Con un movimiento rápido hacia la izquierda me zafé de uno de aquellos asesinos y salí corriendo hacia la oscuridad del pasillo. Me dispararon por la espalda pero gracias a que estaba oscuro los disparos no me alcanzaron. La misma noche me marché de Sevilla. Tardé casi dos meses en llegar a Madrid. Por el camino me ayudaron obreros, campesinos y milicianos”. 

     

    Ésta es la breve historia de un pionero de catorce años con conciencia de clase. Su aterradora experiencia es la que sufren cientos y miles de niños cuyos padres han sido asesinados de manera bestial por bandidos fascistas que han sido provistos de armas, munición y dinero por parte del fascismo internacional. No se sabe el número de los niños, e incluso de los bebés que han sido asesinados a golpes por los criminales fascistas porque no tuvieron la oportunidad de huir. 

     

    Durante estos mismos días se unió a las tropas gubernamentales que luchaban en Aragón un muchacho de ocho años que contempló la ejecución de su padre en la plaza del pueblo. Su padre fue asesinado solo por haber sido miembro de un partido de izquierdas. Hoy en día viven en España muchos huérfanos cuyos padres han sido asesinados por los fascistas o en la lucha contra el fascismo. Familias enteras se han hecho pedazos entre ellas. Muchas veces una parte de una familia se encuentra en una región ocupada por las tropas gubernamentales y la otra en una región tomada por los rebeldes. Solo de vez en cuando les llegan noticias inciertas, pero normalmente no saben nada las unas de las otras.

     

    La organización de pioneros de Madrid está sobrecargada de trabajo. Once pueblos se encuentran en zonas de batalla y están en peligro inminente. Muchos refugiados van a Madrid. Si bien en Valencia y Barcelona se encargaron de acoger diez mil niños madrileños, parece que no es alivio suficiente. La cantidad de trabajo de la organización de pioneros aumenta de día en día. Se ocupa de los orfanatos, de las escuelas, de la edición de periódicos y de la organización de diversos actos. Al fin y al cabo, Madrid es una ciudad de más de un millón de habitantes con muchos niños que requieren el cuidado de los pioneros. Simulacros de defensa antiaérea, preparativos para casos de ataques de gas, primeros auxilios, servicios de información… una sociedad preparada con orden y disciplina para la guerra agobia a los padres de tal manera que no pueden hacerse cargo de sus hijos.

     

    También las madres están sobrecargadas de trabajo. Además de llevar la casa tienen que trabajar para el frente, de manera que apenas tienen tiempo de ver a sus hijos durante el día. Aquí es cuando interviene la organización de pioneros, que se siente obligada a cuidar y a dedicarse a los niños.

     

    Los pioneros de Madrid tienen mucho interés por la vida y el trabajo de los niños soviéticos y de la organización de pioneros de la URSS, y piden a los pioneros del colegio Karl Liebknecht en Moscú, igual que a los pioneros de otras escuelas en Rusia, comunicarse por correo con ellos. Piden que envíen las cartas directamente a la Federación de Pioneros en Madrid, Calle de los Madrazo, nº 17. Los pioneros soviéticos van a saber mucho de la vida de los niños españoles gracias a la correspondencia con los pioneros madrileños. Se ruega a los pioneros soviéticos que manden contribuciones y fotos a la misma dirección.

     

    Madrid, 16 de octubre de 1936

     

     

     

    Bibliografía consultada

     

    Barck, Simone. ‘Ein schwarzes Schaf mit roten Stiefeln- Eine unbekannte antifaschistische Schriftstellerin’, en Brüche und Umbrüche: Frauen, Literatur und soziale Bewegungen. Ed. de Margrid Bircken, Marianne Lüdecke, Helmut Peitsch. Potsdam: Universitätsverlag, 2010.

    Biographisches Handbuch zur Geschichte der Kommunistischen Internationale [CD-ROM]. Berlín: Akademie, 2007.

    Brenner, Wolfgang. Hubert im Wunderland: vom Saargebiet ins Rote Moskau. Saarbrücken: Conte, 2012.

    El-Akramy, Ursula. Transit Moskau: Margarete Steffin und Maria Osten. Hamburgo: Europäische Verlagsanstalt, 1998.

    Hoffmann, Heinz. Mannheim, Madrid, Moskau: Erlebtes aus drei Jahrzehnten. Berlín: Militärverlag der Deutschen Demokratischen Republik, 1981.

    Koltsov, Mijail. Diario de la guerra española. Traducción de José Fernández Sánchez. Madrid: Akal, 1978.

    Leonhard, Wolfgang. Die Revolution entläßt ihre Kinder. Colonia: Kiepenheuer & Witsch, 1955.

    Osten, Maria. ‘Spanische Reportagen’, en Neue deutsche Literatur, n. 7 (julio 1986), p. 10-22.

     

     

     

     

    Elisabeth Rudolph es estudiante de Filosofía y Filología Hispánica en la Universidad de Potsdam. Sergio Campos Cacho es bibliotecario, coautor de Aly Herscovitz y colaborador de Arcadi Espada en su libro En nombre de Franco: los héroes de la embajada de España en Budapest

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