Santuario de El Cobre, en las cercanías de Santiago de Cuba

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    El día en que el Premio Nobel de Hemingway salió de su escondite

    Tom Miller - 07-05-2015

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    Cada año, la Academia Sueca concede el Premio Nobel de Literatura a un meritorio escritor. El pasado otoño fue para el francés Patrick Modiano. El primer ganador en la disciplina de Literatura también era francés, el poeta René F. A. Sully-Prudhomme, fue el primero que lo ganó. Entre los laureados irlandeses se encuentran William Butler Yeats (1923) y George Bernard Shaw (1925); América Latina cuenta con Pablo Neruda (1971) y Gabriel García Márquez (1982) entre sus galardonados. Los once ganadores norteamericanos incluyen a William Faulkner (1949), John Steinbeck (1962) y Toni Morrison (1993). Tal vez les sorprenda saber, pues, que yo mismo recibí un Premio Nobel de Literatura. Nadie estaba más sobrecogido que yo.

     

    Hace bastante tiempo, una revista digital de viajes y aventuras llamada Mungo Park me envió a Cuba a preparar una serie de reportajes titulados genéricamente ‘Hemingway en Cuba’. La ya difunta Mungo Park –llamada así por el explorador escocés de hace dos siglos– era propiedad de Microsoft y operaba desde el campus corporativo en Redmond, en Washington. La serie de artículos que publicaba diariamente concluía con declaraciones de Mariel Hemingway, la actriz que nació unas veinte semanas después de la muerte de su abuelo. Voló a Cuba para la ocasión junto a su marido de entonces, Stephen Crisman, que estaba filmando imágenes de la actriz para un documental.

     

    Yo tenía una considerable experiencia en la isla, e hice los mejores preparativos posibles, dada la eterna sospecha de Cuba respecto a los medios extranjeros. El país estaba saliendo entonces de su “periodo especial en tiempos de paz”, un eufemismo para la caída en picado de la economía tras la implosión de la Unión Soviética. La reputación de Microsoft ayudó enormemente en la organización de la logística a lo largo de la “huella de Hemingway”, como le llaman informalmente en Cuba.

     

    “¿Vendrá Bill Gates?”, preguntaban los empleados de las áreas de turismo y comunicación. “Nunca se sabe”, respondía yo con un guiño.

     

    Mi tarea más desmoralizadora fue convencer a la iglesia católica de Cuba para que sacara de su escondite la medalla del Nobel ganada por Ernest Hemingway en 1954 con el fin de que Mariel pudiera verla. Cuando Ernest ganó la medalla de oro de 23 quilates quiso donársela al pueblo de Cuba, en cuya costa norte se ambienta su novela El viejo y el mar. En vez de entregar la medalla al gobierno de Batista, la puso bajo la custodia de la iglesia católica para que la exhibiera en el santuario de El Cobre, un pequeño pueblo en las afueras de Santiago de Cuba, en la costa sudeste de la isla.

     

    El santuario ha sido llamado el Lourdes cubano, y sigue siendo depósito de recuerdos y oraciones de esperanzados y desesperados. La medalla se mantuvo allí hasta mediados de los años ochenta, cuando unos ladrones rompieron su vitrina y la robaron. La policía recuperó la medalla a los pocos días, pero la iglesia católica decidió guardarla en secreto y no arriesgarse a otro robo. Para mí fue un placer peculiar, por tanto, mantener un encuentro privado con el padre Palma de la diócesis de Santiago de Cuba para convencer a la iglesia de que sacara la medalla de su escondite por primera vez desde el robo.

     

    Cuando llegó el momento de comenzar nuestra serie de reportajes, Mungo Park envió a un productor para gestionar los detalles técnicos y a un fotógrafo cuyo trabajo digital se publicaría junto a mis artículos. El día que íbamos a salir online, el acompañante turístico que nos asignaron nos dio una desafortunada noticia: no habíamos recibido la autorización oficial para iniciar la transmisión. La Seguridad del Estado –de la que después supimos que tenía una habitación en nuestro hotel, en la planta inferior a la nuestra– intentó sabotearnos.

     

    Christian Kallen, el productor, respiró hondo y se puso a trabajar. En vez de utilizar nuestra línea con Estados Unidos, vigilada en el hotel, dirigió una línea desde su ordenador portátil a una terminal de Microsoft en Canadá, desde la cual se enviaron diligentemente los artículos y las fotografías para su publicación mundial a la mañana siguiente. Todos los días el acompañante turístico nos decía con tristeza que aún no habíamos recibido la autorización para transmitir, y nosotros asentíamos con pena. Y cada noche preparábamos el paquete para Canadá.

     

    Al final, Mariel llegó con su marido y dos factótums que parecían no tener otra función que entretenerse el uno al otro con chismes sobre cómo sacar dinero de cajeros automáticos descontrolados. Yo estaba demasiado complacido guiando a Hemingway y su séquito alrededor de La Habana y de presentarle personas y lugares de interés, especialmente asociados con su abuelo. Cada vez que llegábamos a uno de estos sitios le contaba el saber popular sobre él, y después le explicaba que la historia popular no encajaba con los datos históricos.

     

    El cartel de un famoso restaurante, por ejemplo, había sido supuestamente autografiado por Ernest Hemingway, pero era una completa invención, fabricada por los agentes de turismo tras su muerte. Se dijo que había escrito Por quién doblan las campanas en un hotel, cuando en realidad escribió la mayor parte del libro en otro hotel donde mantenía una habitación para escapar de su creciente popularidad. Cuando el viejo patrón, con cien años por entonces, se presentó como el modelo de El viejo y el mar, señalé que, como revela una carta de Hemingway a su editor Maxwell Perkins, el verdadero pescador era alguien que había muerto hacía años, dejando el camino expedito para esta nueva figura. El marido de Mariel se iba sintiendo cada vez más molesto a medida que yo agujereaba el gran mito que él había venido a filmar. En un determinado momento, se inclinó desde el asiento trasero de nuestro todoterreno alquilado. “Miller”, dijo con irritación, “cállate”.

     

    Fletamos un avión para volar a Santiago de Cuba, y cuando llegamos al santuario en el cercano El Cobre, el padre vino a la capilla a recibirnos. Me gustaría decir que abrió lentamente una chirriante caja de madera de caoba y que desenvolvió cuidadosamente un talit de seda con flecos del que aparecería la medalla. Pero no, el celebrado Premio Nobel de Hemingway, que pesaba casi un cuarto de kilo, estaba guardado en un gran sobre de papel Manila.

     

    Caminamos hacia el santuario, donde Mariel se arrodilló brevemente y se santiguó, y después recibió la medalla mientras el resto del grupo observaba desde cierta distancia.

     

    Como intérprete, me mantuve discretamente unos pasos atrás y a un lado. Mariel sostenía la preciada medalla, absorbiendo su esencia. Después, como cuando en un partido de rugby el quarterback le da el relevo al corredor, se giró a su izquierda y depositó la medalla de su abuelo en mis manos.

     

    Después de muchos libros, y de décadas de dedicación a la escritura, recibía el más sagrado honor de mi profesión: el Premio Nobel.

     

    No sé qué pasó a continuación. Parecía como si un rayo de luz hubiese atravesado las vidrieras y me hubiese dejado sin habla. Sé que había algo pesado en mis manos que reflejaba el sol, pero no estoy seguro de si lo sostuve durante cinco segundos o cinco minutos. Recuerdo que empecé a sudar copiosamente y a sonreír de manera bobalicona. La voz de Mariel me sacó de la perplejidad: “Bien, Tom, ya es suficiente”. Le devolví el Premio Nobel de Literatura de 1954.

     

    Durante nuestro último día en Cuba, el portavoz turístico, que no tenía la menor idea de lo que habíamos estado publicando a diario durante la semana anterior, nos dijo con entusiasmo que se nos permitiría transmitir a Redmond esa noche. Para complacerle, volvimos a programar el ordenador portátil y lo hicimos a su manera.

     

     

     

     

    Tom Miller es periodista y escritor. Entre sus libros destacan Revenge of the Saguaro: Offbeat Travels Through America's Southwest, On the Border (hay versión española, En la frontera, publicado por Alianza Editorial México), The Panama Hat Trail (en español, La ruta de los Panamás, publicado por Debate) y Trading with the Enemy: A Yankee Travels through Castro’s Cuba. Ha visitado Cuba de forma regular durante más de 25 años. Ha escrito artículos para The New York Times, The Washington Post, The New Yorker, Smithsonian, Natural History Rolling Stone. En la actualidad prepara un libro sobre Don Quijote. Su página web, aquí. En FronteraD ha publicado Mudarse al Oeste, escribir para el Este.

     

     

    Traducción: Verónica Puertollano.

     

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