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Los paseos del señor Alpeck el blog de Andrés Ibáñez


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14 de mayo, 2012

Dios no existe

 

No hay Dios. Pero sí hay luz. Las discusiones sobre la existencia o la inexistencia de Dios son inútiles. Los racionalistas, los positivistas, los llamados “ateos”, etc. escriben sesudas diatribas demostrando lo absurda que es la idea de Dios, lo innecesaria, lo falsa que es la creencia en Dios. En realidad lo que están haciendo es hablarse a sí mismos. Están diciendo: esta idea de Dios que yo me he formado en mi cabeza, quizá a partir de cosas oídas en la infancia, es un absurdo sin sentido. Y tienen razón, toda la razón.

 

La ciencia habla de la naturaleza, pero la religión debería hablar del mundo interior. La ciencia habla de lo objetivo y la religión debería hablar de lo subjetivo, eso que por definición queda fuera del alcance de la ciencia. El problema es que la religión se ha olvidado del mundo interior y sólo habla del mundo externo. En occidente, hemos mantenido el contacto con el mundo interior a través del arte y de la poesía, y más tarde a través de la psicología, siempre temerosa de no ser tomada en serio.

 

En efecto, la religión pertenece al pasado. Igual que la idea de la monarquía de origen divino, la creencia en razas superiores e inferiores o la convicción de que las epidemias son castigos causados por los pecados.

 

Dios, ese Dios del que hablan los cristianos, ese Dios al que tanto temen los musulmanes, ese Dios tan indiferente de los judíos, en efecto, “no existe” del mismo modo que existen la fuerza de la gravedad, las granadas o el número Pi. Pero posiblemente ese Dios es la representación simbólica de una fuerza o de un conjunto de fuerzas que, desde luego, tienen una existencia absolutamente real. Si observamos con atención la acción de esa fuerza, veremos que no es exactamente amiga del hombre, y que su función parece ser la de controlar el mundo y establecer límites.

 

Cristo habla de un Dios de “amor”, un amor luego reinterpretado por San Pablo como una mera virtud sentimental y ética. En realidad, el amor del que habla Cristo es de otra clase: se trata de una energía capaz de transformar la conciencia. Porque la simbología de Cristo como “hijo de Dios” o “Dios hecho hombre”, tan mal comprendida por el cristianismo paulino, quiere decir simplemente que Cristo eres tú, que tú eres Dios. San Pablo comprendió otra cosa: que había que ser bueno. Pero no se trata de ser bueno o malo, sino de ser Cristo.

 

No existe Dios, pero existimos nosotros. Y nosotros tenemos luz, o la posibilidad de la luz. La luz es lo que libera, lo que vincula, lo que resuelve las contradicciones. La luz nos ayuda a ver. ¿A ver qué? Algo muy sencillo: lo que tenemos delante de los ojos. Sobre todo, a los otros. Cuando vemos realmente a los otros, no como molestias, como incidentes del paisaje o como animales peligrosos, cuando vemos a los otros como seres humanos igual que nosotros, entonces comprendemos que lo más importante que hemos venido a hacer aquí es ayudar a los otros.  Porque los otros tienen un yo igual que yo. Y porque todo tiene un yo: la tierra, los seres vivos, los libros. Todas las cosas tienen cara. Todas las cosas tienen ojos. Todas las cosas escuchan. Todas las cosas hablan.

 

¿Dónde está la luz? Está en nosotros y fuera de nosotros. Este es un misterio que debemos estudiar. ¿Dónde está la conciencia? ¿Dentro del cerebro? En realidad, la conciencia no es “mía” ni está dentro de mí. O, más bien, no está sólo dentro de mí: está también fuera de mí, en un campo con el que yo estoy  siempre en consonancia. No, ese Dios intencional, personal, justo, creador, no es más que un símbolo, una herencia cultural, una construcción cultural. Pero la luz de la conciencia es real.

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