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    Dos visiones del exilio cultural español: Vicente Llorens y Jordi Gracia

    Pedro García Cueto - 30-04-2015

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    No sólo fue Gil-Albert y su peripecia, sino que muchos otros pensadores o creadores vieron cómo sus vidas se dirigían a lugares donde fueron, en general, bien acogidos, y donde crearon importantes lazos humanos para combatir la soledad creada por la lejanía de la patria amada. Para comprender la importancia del exilio de los intelectuales que abandonaron España por culpa de la Guerra Civil es necesario un estudio que aclare qué dimensión tuvo este desarraigo en la vida de muchos de los hombres que habían cimentado la cultura en los años anteriores a la Guerra.

     

    El exilio cultural español ha interesado a muchos investigadores. La mirada de Vicente Llorens en Estudios y ensayos sobre el exilio republicano de 1939 es imprescindible. También es de gran utilidad el libro de Jordi Gracia A la intemperie (Exilio y cultura en España). El investigador catalán abre una vía de estudio muy interesante sobre el destierro y las decisiones que los intelectuales tomaron en ese momento crucial de la historia de España. Y no hay que olvidar un texto que contiene toda la fuerza del hombre que lo escribió. Me refiero a Guerra en España (prosa y verso) 1936-1954, de Juan Ramón Jiménez. Con un excelente prólogo de Soledad González Ródenas, responsable de la edición del año 2009 de la editorial Point de Lunettes, amplía la que hizo anteriormente el poeta Ángel Crespo. Las opiniones que se detallan, las cartas que escribió y todos los documentos que se reflejan son de importancia trascendental para tener una visión de primera línea acerca del conflicto bélico, del destierro y de la posición del poeta ante el mismo.

     

     

    Vicente Llorens

     

    Fue el maestro Llorens una de las personalidades que más ahínco puso en el estudio del exilio cultural español. En el prólogo a Estudios y ensayos sobre el exilio republicano de 1939 Manuel Aznar Soler recuerda que el autor fue el mejor historiador de este fenómeno social. También explica lo que fue su propio destierro, su llegada a Ciudad Trujillo, lo que convierte al investigador valenciano en una figura fundamental para entender el tema, pues fue una de sus víctimas:

     

    “Vicente Llorens, exiliado de la España Peregrina, llegó a Ciudad Trujillo con ganas de dejar de ser un desterrado errante” (página 35).

     

    Es cierto que su periplo ya era largo para aquel entonces, en 1940. Había estado en Francia y le había parecido una eternidad, pero en México inicia un interesante viaje por el mundo académico, como cuenta Aznar Soler:

     

    “Acababa de ser nombrado profesor de Literatura española en su Universidad (Ciudad Trujillo) y recuperaba la ilusión de reanudar su carrera académica…” (p. 35).

     

    El profesor Llorens quiso rescatar muchos de los libros que tenía en Madrid, pero ignoraba que su casa fue saqueada: perdió su ingente biblioteca.

     

    Le regalaron algunos y compró otros, hasta conseguir doscientos volúmenes, pero en dos años se muda a Santo Domingo. El exilio no ha terminado. Entre 1945 y 1947 ejerció como profesor de Literatura española en la Universidad de Río Piedras, en Puerto Rico. Para entonces, Llorens ya había iniciado un trabajo esencial sobre la poesía española del destierro. Pasará después a la prestigiosa John Hopkins University de Baltimore, en 1947 (fue Pedro Salinas quien le consiguió el puesto).

     

    “La vida del desterrado apenas merece tal nombre. Rota, frustrada, vacía, fantasmal, está en realidad más cerca de la muerte que de la vida” (p. 105).

     

    Pone el ejemplo de Ovidio, que escribió Las tristezas en su exilio, bello poema que aún conmueve. Para el que le destierran, la muerte en vida es una realidad, una sensación que pesa en el espíritu y en el cuerpo:

     

    “Ya no habla un ser viviente, sino un ser que pertenece al pasado. Por lo menos, la existencia del desterrado, y este es uno de sus rasgos más característicos, se proyecta anormalmente hacia el pasado. Como el anciano, el desterrado, viejo prematuro, vive casi del recuerdo” (p. 105).

     

    Acierta Llorens. El tiempo del exilio no es el mismo, es como si todo se fragmentara. Las horas son distintas a las que el desterrado siente en su patria. Ese desarraigo pesa en el espíritu del hombre sin patria.

     

    Pero el exiliado, prosigue Llorens, vive para volver, porque sí tiene patria, aunque ya no lo parezca. Una patria que vive en su imaginación, que crece en sus sentimientos, que se fragua dentro de él:

     

    “Ante la imposibilidad de desprenderse del pasado, pero temiendo perecer en él al mismo tiempo, el desterrado, tendiendo la vista hacia adelante, acaba por crearse otro futuro, tan estrechamente vinculado al pasado que casi parece la transposición hacia el porvenir de lo que ya pasó: la esperanza del retorno a la patria” (p. 106).

     

    Todo lo citado pertenece a Estudios y ensayos sobre el exilio republicano de 1939, en concreto al apartado titulado ‘El retorno del desterrado’, escrito en 1948. Pero es muy interesante el que lleva por título ‘La actividad literaria de la emigración española’, escrito en 1949, en el que se desvelan algunas sugerentes ideas, como el peso que tiene el exilio tras la Guerra Civil, que supera en número de exiliados al de otros que se han producido en otras épocas en nuestro país:

     

    “Numéricamente, la emigración republicana española de nuestros días supera a cada una de las emigraciones de afrancesados, constitucionalistas, carlistas, moderados y propagandísticas del siglo pasado, y aún a todas ellas juntas” (p. 129).

     

    También explica que el exilio español excedió barreras geográficas con respecto a otros periodos, pues muchos de los desterrados fueron a América:

     

    “Mientras las emigraciones anteriores no rebasaron en general los límites del occidente europeo, la actual ofrece el hecho nuevo del contacto con América, y especialmente con el mundo hispanoamericano. Factor de extraordinaria importancia no solo por lo que ha contribuido a condicionar la existencia del emigrado sino también por su repercusión en el orden intelectual” (p. 129).

     

    Además, señala la imposibilidad de escribir para los de su propia tierra. Debido a la censura, las obras tienen su público preferentemente en Hispanoamérica. La ventaja, naturalmente, fue la lengua común. Los exiliados que desconocían el idioma inglés o francés pudieron expresarse en su mismo idioma, y los lectores gozaban del privilegio de compartirlo.

     

    Cita a intelectuales importantes, como los poetas Pedro Salinas, León Felipe, Juan Ramón Jiménez, Emilio Prados, Moreno Villa, Rafael Alberti, Benjamín Jarnés, Ramón J. Sénder, Ortega y Gasset o José Gaos.

     

    De todos ellos destaco su apreciación de la obra de León Felipe:

     

    “Es casi el único representante de la poesía combativa, de larga tradición entre expatriados políticos y cuyo más inmediato antecedente español se encuentra en Unamuno. Pero el sentido nostálgico de la patria y otros motivos líricos del destierro aparecen fugaz o insistentemente en la obra de casi todos. La evolución de la tierra nativa adquiere particular interés en los poetas andaluces: Cernuda, Alberti, Prados, Garfias, Rejano” (p. 132).

     

    También apunta la labor creativa y docente que tuvo lugar en el exilio, como el Colegio de México, donde muchos intelectuales españoles pudieron desarrollar su trabajo:

     

    “Por fortuna, casi todos ellos tuvieron acogida en diferentes universidades o en instituciones como el Colegio de México, donde además de la labor docente han podido proseguir sus estudios o iniciar nuevas investigaciones” (p. 135).

     

    Indica nombres tan importantes como Américo Castro, Navarro Tomás o Claudio Sánchez Albornoz, entre otros.

     

    En ‘La imagen de la patria en el destierro’, escrito en 1949, habla de la figura de Luis Cernuda, gran poeta sevillano y un exiliado doliente en Inglaterra, Estados Unidos y México. Se trata de un artículo donde Llorens describe la visión de la patria que tiene el autor, el contraste entre el mundo práctico que supone la vida del exiliado y el mundo interior que tiene Cernuda, donde sobrevive una imagen de España hecha de luz y de sombra. Para Llorens, la lejanía en la que vive el escritor sevillano hace más vivo el recuerdo; el poder de la memoria está más presente:

     

    “Las cosas adquieren nueva claridad porque están iluminadas por el amor, que quiere fijarlas para siempre, sin que la distancia o el tiempo logren borrar su contorno” (p. 151).

     

    Habla el investigador de “revelación” para referirse a ese poder de la memoria: las cosas se revelan, surgen con nuevos contornos ante la luz del tiempo, como si no fueran iguales a las que conoció entonces.

     

    Refiriéndose a la visión que tiene Cernuda de El Escorial, Llorens comprende que el desterrado mira de otra manera, hace que el pasado renazca en el presente con nuevas tonalidades, donde se adivina lo eterno que hay en nosotros. Y dirá lo siguiente:

     

    “El desterrado, perdido cual ningún otro ser en lo movedizo y transitorio, al buscar anhelante un asidero firme a su vivir insatisfecho, ha convertido al Escorial, como creación armónica del hombre ante la naturaleza, en el símbolo del gozoso y trágico vivir humano que aspira a eternidad; a una eternidad no de muerte como en la visión de Gautier, sino de vida” (p. 154).

     

    Cernuda sabe que hay una aspiración a lo eterno, que solo se consigue en el instante, cuando podemos crear una nueva realidad de aquello que recordamos. Solo así somos verdaderos dioses en un mundo de barro.

     

    Llorens dedica otro interesante apartado a la lengua del exiliado. En ‘El desterrado y su lengua. Sobre un poema de Salinas’, resulta valioso lo que el profesor valenciano señala acerca de la lengua ajena y la imposibilidad de expresarnos adecuadamente, perdidos los recursos de la nuestra, donde podemos encontrar todos los matices que la otra no sabe darnos:

     

    “Habituado a manejar sin esfuerzo los más sutiles resortes del propio idioma, necesitaría poder moverse con igual desenvoltura dentro del ajeno para sentirse a gusto. Por su condición intelectual está llamado a convivir entre gentes de su calidad, tan hábiles en su lengua como él en la suya. Mantener tal convivencia en términos decorosos es poco menos que imposible” (p. 156).

     

    Considera Llorens que el poeta no sabe expresarse, desde el romanticismo, en otra lengua que no sea la suya. Sabe el pensador valenciano que todos volvemos a nuestro idioma, que el ímprobo esfuerzo de traducir los pensamientos a otro distinto son temporales. Para la poesía y para la propia vida, nada tiene la homogeneidad de nuestra propia lengua:

     

    “De todos modos, el emigrado es más bien un escritor bilingüe; la adopción de la lengua ajena, debido a circunstancias muy diversas, suele ser temporal; tarde o temprano acaba por volver a la suya” (p. 157).

     

    La idea del desterrado que se aleja, que se vuelve hierático, que deja de comunicarse, en una suerte de ensimismamiento, como le ocurrió a Juan Gil-Albert, refuerza el amor por su idioma, único eslabón que le queda a un mundo que ha querido y sigue queriendo en el recuerdo. Cita el ejemplo de la prosa de Pedro Salinas, el gran poeta de la Generación del 27, cuando dice:

     

    “El lector menos atento puede observar en la obra de Salinas que la prosa de sus años de destierro no es como la anterior, y que esa diferencia no parece deberse a un cambio deliberado ni a un proceso de madurez literaria” (p. 158).

     

    La explicación reside en el goce que tiene la propia lengua en un mundo extranjero, donde su idioma no tiene la importancia que los amantes del verbo le dieron en el suyo. La identificación con su propia vida es total:

     

    “Su raíz es más profunda: el afán de afirmación propia a través de la lengua, con la cual se identifica plenamente. Salvarla es salvarse; por eso teme también perderla” (p. 159).

     

    Al final de este capítulo, donde comenta un poema de Salinas dedicado a su lengua, en el libro Todo más claro, llegará a decir lo que considero una declaración de amor a un idioma que no abandona, sino que es compañero de infortunios en la soledad infinita del exiliado:

     

    “Gracias a la lengua, el poema será posible; pero sus santas palabras, además de hacerle poeta, tienen la virtud de mantenerle ligado a su origen. Al sentirse así vivir dentro de su milenaria comunidad tradicional, patria verdadera y permanente de la que nadie puede arrancarle, el destierro quedará abolido” (p. 166).

     

    El destierro es sólo un sueño, incomparablemente inconsistente al lado del poder de arraigo a su tierra, a la lengua madre, al amor que siente por ella y que le sustenta en el difícil camino de vivir en otro país.

     

    En ‘La emigración republicana de 1939’ se refiere más a personajes determinados, y abandona los temas y las reflexiones expresadas hasta ahora. Fechado en 1976, es el más extenso sobre el destino de los republicanos en el exilio.

     

    Le dedica un interesante apartado a la emigración a Francia, de la que documenta alrededor de 400.000 los refugiados. Hay que destacar la mención al destino de los exiliados, pues muchos de ellos acabaron empujados por las fuerzas armadas francesas a campos de concentración. Algunos muy conocidos como el de Saint-Cyprien , donde estuvo Gil-Albert:

     

    “Tristemente célebres fueron los de Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, que en marzo de 1939 contenía ciento dos mil hombres, y Bacarès, el más reciente y mejor establecido, que gracias a la organización de los propios confinados llegó a disponer hasta de una biblioteca” (p. 291).

     

    También menciona otros campos, localizados en Gurs, en los Bajos Pirineos, donde se reunieron miles de vascos, combatientes de las Brigadas Internacionales, que dieron clases de lengua, matemáticas, física y aerodinámica a los otros exiliados. En Agde, en Hérault, hubo numerosos catalanes que aprendieron francés de maestros de escuela de poblaciones vecinas.

     

    Los campos no se sustentaron sin una ayuda, que, como era previsible, venía de los propios republicanos españoles: el SERE (Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles), aunque también hubo ayuda de grupos políticos o humanitarios de diferentes países. Esto facilitó que se organizaran recitales poéticos, estudio, lectura y juegos (ajedrez, fútbol).

     

    Pero existen muchas diferencias entre los que se refugiaron en Francia con respecto a los que emigraron a México y a otros países de Hispanoamérica.

     

    “La situación de escritores y periodistas emigrados –cuyo deslinde profesional difícilmente puede trazarse en España desde tiempos de Larra– no fue la misma en la América de habla española que en los países europeos. Mientras en México encontraron unos y otros ocupación en la prensa mexicana como redactores o colaboradores, en Francia hubieron de confinarse, salvo raras excepciones, a los periódicos que ellos mismos fundaron” (p. 298).

     

    La principal divergencia se halla en el hecho de que los exiliados en Francia colaboran en revistas esencialmente políticas, donde muchas veces no percibían remuneración por sus colaboraciones; frente a los exiliados en México, donde sí hubo publicaciones que tocaron temas literarios y cobraban un dinero por escribir.

     

    Menciona Llorens diferentes intelectuales que fueron a Hispanoamérica, como Corpus Barga, que en 1957 se trasladó a Perú para dirigir una escuela de periodismo; o Federica Montseny, conocida como escritora anarquista, que residió en Francia.

     

    Trágico destino sufrió el escritor Julián Zugazagoitia. Junto con otros hombres de trayectoria política como el sindicalista Juan Peiró, ministro con Largo Caballero, y Luis Companys –uno de los fundadores de la Esquerra Republicana y sucesor de Maciá en la Presidencia de la Generalitat–, fue detenido por la policía en la ocupación alemana de Francia y devuelto a España, donde lo sentenciaron a la pena capital por tribunales militares y fue ejecutado.

     

    También hubo emigrantes en el norte de África. Antonio Turiel fue profesor en el Liceo de Rabat. O Max Aub, famoso escritor que estuvo en el campo de castigo de Djelfa, en Argelia. Allí se asentaron muchos militares, muy activos en política. En 1946 empezó a publicarse en Argel el periódico III República, portavoz del Consejo de Gobierno de la Tercera República.

     

    A la Unión Soviética se exiliaron muchos personajes muy comprometidos políticamente con la izquierda, como Dolores Ibárruri, La Pasionaria; Enrique Castro Escudero, o Jesús Hernández, un murciano que murió en México en 1971. Fue antiguo director de Mundo Obrero y ministro del gabinete de Largo Caballero durante la guerra.

     

    También emigraron muchos militares: Antonio Cordón, subsecretario del Ejército de Tierra con Negrín; Manuel Márquez, jefe de Cuerpo de Ejército; Enrique Líster, jefe del famoso Quinto Regimiento de Madrid; y Valentín González, El Campesino, que se distinguió en la famosa batalla de Teruel.

     

    Se exilió el escritor y periodista César Muñoz Arconada (Astudillo, Palencia, 1900-Moscú, 1964). Novelista de tipo social antes de la Guerra Civil, en Moscú estuvo encargado desde 1942 de la edición española de literatura internacional.

     

    Inglaterra  fue  el  destino  de  gentes  tan  importantes como Juan Negrín, refugiado en Londres. Fue presidente del Consejo de Ministros desde mayo de 1937 hasta el final de la guerra y catedrático de Fisiología en la Facultad de Medicina de Madrid. José Castillejo falleció en Londres en 1944. Era catedrático de Derecho Romano en la Universidad de Madrid, formado como educador por Giner de los Ríos y la famosa Institución Libre de Enseñanza. Fue secretario y animador desde su fundación en 1907 de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas.

     

    En Oxford estuvo otro prestigioso educador, Alberto Jiménez Fraud, que murió en Ginebra en 1964. Fue director de la Residencia de Estudiantes de Madrid al ser fundada por la Junta para Ampliación de Estudios en 1910.

     

    Casos de poetas que vivieron en Inglaterra tenemos los de Pedro Garfías, quien no pasó mucho tiempo antes de trasladarse a México. Diez años estuvo Luis Cernuda. También en Londres murió, en 1965, el escritor andaluz Esteban Salazar Chapela.

     

    Arturo Barea, autor de La forja de un rebelde, fraguó en Inglaterra su mundo literario. Otro hombre de letras, periodista de prestigio, Manuel Chaves Nogales, vivió en Londres hasta su muerte en 1944. Fue muy conocido por su biografía del torero Juan Belmonte y por varios relatos de gran calidad. Cabe decir que en Inglaterra también estuvo Salvador de Madariaga, el más renombrado de los intelectuales españoles en Londres. Madariaga no fue un exiliado por la guerra sino por su implicación en labores diplomáticas para conseguir una vuelta a los valores democráticos en España, desde la posición de ente social con los ingleses para que ayudasen a la facción republicana.

     

    Bélgica y Suiza fueron otros destinos de exiliados, pero fue México donde fue a parar la mayor parte de los hombres de letras y de ciencias. Llorens destaca en su libro que a 1 de julio de 1940 había unos 8.625 emigrados republicanos. Se calcula que llegaron a ser entre quince mil y veinte mil.

     

    Por hablar solo de los poetas y escritores que llegaron a aquellas tierras, destacaría los siguientes: Enrique Díez-Canedo, poeta y crítico, murió en México en 1944; León Felipe, que estuvo en varios países de Hispanoamérica antes de la Guerra Civil y volverá a ellos como consecuencia del exilio; José Moreno Villa, poeta, ensayista y crítico, que murió en 1955; sin olvidar a Juan Larrea, escritor surrealista, secretario de Cuadernos Americanos en México, para ocupar luego una cátedra en la Universidad de Córdoba, en Argentina. Juan José Domenchina y su mujer, Ernestina de Champourcin, Emilio Prados, Pedro Garfías y, naturalmente, el ya citado Luis Cernuda, quien después de un tiempo en Estados Unidos e Inglaterra pasó sus últimos años en México.

     

    El caso de Juan Rejano fue el de un largo exilio, pues murió en México en 1976. También falleció en este país Max Aub, en 1972; Paulino Massip, en 1963; o Cipriano Rivas Cherif, que terminó sus días allí en 1968, tras haber sido director del Teatro Escuela de Arte de Madrid, y cuñado de Azaña. Del mundo de la música podemos destacar a Rodolfo Halffter y Adolfo Salazar, quien murió en México en 1958. Los pintores Aurelio Arteta y Salvador Bartolozzi, entre otros, dejaron su vida en tierras mexicanas.

     

    A Argentina llegaron profesores tan prestigiosos como Luis Jiménez de Asúa, muerto en Buenos Aires en 1970. Fue uno de los redactores de la Constitución de 1931, además de catedrático de Derecho Penal en la Universidad de Madrid. También Claudio Sánchez Albornoz, catedrático de Historia Antigua y Medieval de España en la Universidad de Madrid, ministro durante la República y académico de Historia. No hay que olvidar a Francisco Ayala, catedrático de Derecho Político en la Universidad de la Laguna y oficial letrado del Congreso.

     

    Buenos Aires, una de las ciudades de más vida teatral de la época, recibió a dramaturgos como Jacinto Grau, que murió en Buenos Aires en 1958. O Alejandro Casona, que regresó a España, donde falleció en 1965, pero al que le dio tiempo a estrenar obras que no había podido ver representadas antes en su país.

     

    Resulta interesante la fecunda labor que los emigrantes españoles tuvieron en la prensa argentina o en sus publicaciones literarias. La revista Realidad fue creación de Francisco Ayala, y la famosa revista literaria Ínsula contó como colaborador con un amigo de Juan Gil-Albert, Máximo José-Khan, quien murió en la ciudad bonaerense en 1952. Hubo muchos intelectuales gallegos, vascos y catalanes en Argentina. Uno de los más famosos fue Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, dibujante, escritor y diputado a Cortes. También Rafael Alberti y Arturo Serrano Plaja hicieron una gran labor en la editorial Schapire; o Rafael Dieste (otro amigo de Gil-Albert, igual que Plaja), en la sección literaria de la editorial Atlántida.

     

    Aunque México fue el destino más apreciado y donde la mayoría hicieron su hogar, una parte de su vida o el resto de ella, Puerto Rico también recibió emigrantes. Allí estuvo Juan Ramón Jiménez, fallecido en San Juan, la capital del Estado Libre Asociado, en 1958, o el famoso violonchelista Pau Casals, muerto en Hato Rey en 1973. Hubo también profesores visitantes en la Universidad de Puerto Rico, como Pedro Salinas o el filósofo José Gaos, invitado en varias ocasiones. Otros conferenciantes ilustres fueron Gustavo Pittaluga, Francisco Giral, Luis Jiménez de Asúa, Jorge Guillén y María Zambrano. Sin olvidarnos de que Pedro Salinas o Francisco Ayala fueron promotores de revistas literarias que tuvieron su importancia en la vida cultural puertorriqueña.

     

    Otros intelectuales eligieron como destino Estados Unidos. Américo Castro, investigador y profesor español, ocupó una cátedra desde 1941 hasta 1953 en la Universidad de Princeton, donde realizó su encomiable estudio de la historia española. Pedro Salinas, magnífico poeta y eminente miembro de la Generación del 27, fue profesor de Literatura española en Wellesley College y, desde 1940 hasta su fallecimiento, en la John Hopkins University de Baltimore. También estuvo en el Wellesley College su buen amigo Jorge Guillén.

     

    Se debe mencionar, como muy justamente cita Llorens, a las mujeres profesoras que pasaron por las Universidades americanas: Gloria Giner de los Ríos, Concha de Albornoz, Pilar Madariaga, Laura de los Ríos García Lorca, Carmen Aldecoa, Margarita Ucelay, Joaquina Navarro, etcétera.

     

    Para no extenderme más con la larga lista de nombres citaré a Fernando de los Ríos, tan significativo en la cultura española, quien se desempeñó, entre otras muchas tareas, como dirigente del Partido Socialista, catedrático de Estudios Superiores de Ciencia Política en la Universidad de Madrid y embajador durante la guerra española en Washington. Además, fue profesor en la New School for Social Research de Nueva York, institución fundada para acoger a intelectuales europeos emigrados por causas políticas.

     

    Me gustaría terminar este repaso a este esclarecedor libro de Llorens con unas palabras de su primer capítulo, ‘El retorno del desterrado’, de 1948, que resumen la sensación del exiliado cuando regresa a su país, un sentimiento agridulce que tiene como causa principal la huella que el destierro le ha dejado para siempre:

     

    “La desilusión del retorno no es en último término sino la consecuencia del  íntimo desasosiego que consume al desterrado. Ni alejándose de su patria ni volviendo a ella podrá encontrar ya cabal satisfacción. Su expatriación es un mal y un bien al mismo tiempo; vive muriendo, pero no deja de vivir; la gran actividad que despliega por fuera oculta un vacío interior; quiere olvidar su pasado, pero sólo en él se goza; sueña con el retorno y lo rechaza. Toda su existencia es un vivir a medias” (p. 126).

     

    Quizá esté en estas palabras la clave de todo: el exilio ha dejado honda huella, ha cambiado conductas y ni el país que ha acogido al emigrante ni el país al que vuelve (si es que lo hace) son suyos de verdad. Algo se ha perdido en el camino, una sensación de desarraigo queda para siempre en el corazón del desterrado.

     

    Por ello, Llorens dice estas palabras pensando en el largo dolor del exiliado, que también fue el suyo. Esa herida que no la cura el tiempo, porque prevalece aunque el corazón pueda volver al lugar amado (en muchos casos, totalmente distinto, como nos contó de forma excepcional Max Aub en La gallina ciega, cuando visitó España a finales de los años 60 y encontró todo lleno de mediocridad, exento del espíritu que tenía cuando dejó el país).

     

    Sin duda, Gil-Albert, que estuvo pocos años en el exilio, sintió el peso del destierro y, por diversas razones, tuvo que volver, para enfrentarse a otro tipo de exilio, el interior, en una lucha por crear literatura fuera de los mundos sociales y literarios que realmente merecía y había conocido.

     

    La obra de Llorens indaga no sólo en el mundo del exiliado, sino en su dolor. Grandes mentes que tuvieron que recomponer sus sueños en otros lugares, muy lejos de su amado país.

     

     

    Jordi Gracia

     

    Jordi Gracia es catedrático de Literatura española en la Universidad de Barcelona y colaborador del periódico El País. Nacido en 1965 en Barcelona, es también un notable investigador del exilio cultural español y ha publicado, entre otros, el ensayo La resistencia silenciosa, premio Anagrama de Ensayo en el año 2004, donde hace un magnífico repaso a las posturas políticas de los intelectuales ante la Guerra Civil española. No hay que olvidar tampoco su libro Estado y cultura, Premio Internacional de Ensayo Caballero Bonald en 2005, y otros textos de indudable interés, publicados todos ellos en Anagrama: El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo y La vida rescatada de Dionisio Ridruejo.

     

    Pero su última obra toca el interesante tema del exilio cultural español, que ya había estado presente en otros volúmenes de su bibliografía. Su título: A la intemperie (Exilio y cultura en España). En el primer capítulo del libro, titulado ‘La ilusión de una tregua’, hay un interesante apartado donde se hace una valoración de los exiliados hacia diferentes lugares del mundo, en la línea de Llorens:

     

    “Muchos de los exiliados en Francia entre enero y febrero de 1939 (en torno a unos 40.000) volvieron muy pronto. Quienes no podían documentar familiares allí, ni amigos que los avalasen, ingresaban a la fuerza en los campos de refugiados franceses”.

     

    Para los desterrados que se encontraban en esa situación existían dos posibilidades: el alistamiento militar en la Legión extranjera o la vuelta a España. Volvieron alrededor de 250.000.

     

    Las cifras que ofrece Gracia sobre los otros exiliados a Hispanoamérica y otros ámbitos son coincidentes con las de Llorens: a Chile fueron unos 2.300 refugiados; a la Unión Soviética, unos 1.000; a la República Dominicana, unos 3.000; a Argentina, Colombia y Cuba, unos 2.000, y a México, alrededor de 5.000. Pero llegaron muchos más durante los años cuarenta.

     

    El apartado titulado ‘La libertad del exilio’ informa del destino de muchos de los que se quedaron y de los que se fueron. Tal es el caso de Dámaso Alonso, que no obtuvo la autorización para salir del país por parte de las autoridades republicanas, aunque (según Gracia) es probable que no hubiese salido de España, al igual que Vicente Aleixandre, enfermo, o el joven profesor e ilustre investigador Rafael Lapesa. El caso de Gerardo Diego fue de adhesión al régimen franquistas, como Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco o Dionisio Ridruejo, militantes en la Falange.

     

    Parece ser que Aleixandre recibía noticias de los desterrados. Se conoce la comunicación que mantuvo con Jorge Guillén (quien siempre despreció el avance comunista en la Guerra Civil española) o las noticias que le llegaban de Dámaso Alonso en su grata y continua comunicación con Pedro Salinas.

     

    El caso de Rafael Lapesa fue un triste proceso de depuración. Nuy cercano a Américo Castro, fue considerado simpatizante del Partido Socialista por la Comisión Depuradora en enero de 1940. Además se le culpó de su extrema dedicación hacia el Centro de Estudios Históricos, por su lucha por mantener su actividad cultural durante la guerra. Otros miembros del Centro, como Tomás Navarro Tomás, director en el período anterior a la Guerra Civil, se exilió al final del conflicto junto a Corpus Barga para acompañar al ya enfermo Antonio Machado en su lamentable y trágico final en Colliure. Lapesa, vencido por las acusaciones, pudo entregar ficheros y códices valiosos a Joaquín de Entrambasaguas (otro hombre del franquismo) y a Miguel Herrero García.

     

    Desde 1938 se creó, por orden del general Franco, la agrupación de todas las Academias, en la que se incluyó el Centro de Estudios Históricos. Entre febrero y agosto de 1939 se realizó el proceso de expulsión de la Universidad de Madrid a la nómina más brillante de profesores no afines al Régimen. Lapesa publicará más tarde su famosa Historia de la Lengua Española, en 1942, obra en la que llevaba trabajando mucho tiempo, y en 1948, La trayectoria poética de Garcilaso. Pese a ese proceso de depuración, el autor consigue la cátedra que dejó vacante su maestro Américo Castro en la Universidad Central de Madrid. Lapesa no cede a la tentación del exilio, pese a que se le ofrece una oferta en la Universidad de Harvard. Aceptará estancias en Universidades americanas por corto espacio de tiempo, pero nunca se quedará allí. También Dámaso Alonso será profesor visitante en Estados Unidos varias veces.

     

    El caso de Adolfo Salazar, crítico y ensayista clave para la música, fue también digno de atención, ya que acaba en México, entre otras cosas porque desde el patronato de la Casa de España Daniel Cossío Villegas le cuenta en noviembre de 1938 que ya están allí amigos como José Moreno Villa, León Felipe, José Gaos o Enrique Díaz-Canedo. Otro exiliado con Salazar en la ciudad de México fue Rodolfo Halffter, hermano mayor de Ernesto, importante figura de la música. Rodolfo fue miembro del Consejo de colaboración de Hora de España y profesor del Conservatorio Nacional de Música en México.

     

    Hubo casos, sin embargo, como el de Luis Felipe Vivanco, que optaron por adherirse al régimen surgido de la contienda civil. Vivanco fue el encargado de terminar la colonia de El Viso tras el exilio de Rafael Bergamín a Caracas en 1938.

     

    La pronta vuelta a España de algunos exiliados es interpretada como connivencia con el régimen. Ya vimos la forma en que algunos se dirigieron a Juan Gil-Albert por haber traicionado los principios de la República y regresar a la patria.

     

    La figura de José Ortega y Gasset fue una de las más controvertidas, ya que había dudado seriamente sobre la adhesión a la República y había cuestionado duramente el comunismo. Estuvo en Buenos Aires entre 1939 y 1942, pero viajó a Lisboa en 1942, cuando nada parecía prever un cambio de régimen en España. La gran decepción que sintió José Gaos por la decisión de Ortega de volver finalmente a España viene por esa supuesta aproximación del prestigioso filósofo hacia ideas reaccionarias:

     

    “Tras su fallecimiento en Madrid, en 1955, Gaos afina su análisis, más allá de la decepción y seguramente más completamente informado. Subraya entonces el fracaso del magisterio de Ortega tras la guerra sobre dos certezas: ‘la doble imposibilidad de alistarse entre los defensores de la República y entre los sostenedores del régimen actual de España, ha debido ser un patético drama entrañado en lo más radical y sensible de la intimidad de Ortega que ha debido de hacer singularmente penosa su vida en los últimos lustros en el fondo incluso de su éxito internacional de los últimos años’” (pp. 62-63).

     

    Ciertamente, Ortega vive la encrucijada de una no adhesión a los vencedores y de una desconfianza e incluso de un cierto desprecio hacia los vencidos. En el interesante libro de Gregorio Morán sobre Ortega, titulado El maestro en el erial, merece la pena el apartado que desvela los privilegios de los que el filósofo disfrutaba frente a otros intelectuales con el régimen y con adláteres como el gobierno de Portugal:

     

    “Nuestro pensador goza de un rango excepcionalmente privilegiado, utilizando el término privilegio en las encogidas acepciones del momento. Tanto la embajada española en Lisboa, regida por el hermano del caudillo, Nicolás Franco, como los periodistas institucionales que pululan por la capital, tienen regulares contactos con Ortega, al que no se cansan de visitar y escuchar reverencialmente. Hacerle volver a España es un objetivo prioritario” (p. 83).

     

    Su desprecio hacia los “rojos” es también una de las muchas informaciones que nos transmite el polémico libro de Gregorio Morán. La figura de Ortega queda así envuelta en sombras difíciles de desenredar.

     

    De vuelta al texto de Gracia, resulta destacable la necesidad de los exiliados de colaborar en revistas españolas. Lo harán en los años cincuenta, hastiados de vivir lejos y de no estar presentes en un panorama que podía cambiar mucho, intelectualmente, con sus voces y opiniones. Surge, con el apoyo de un censor y adicto al régimen, Camilo José Cela, los Papeles de Son Armadans (creada en 1956), donde colaboran Américo Castro, María Zambrano, Emilio Prados, León Felipe o Rafael Alberti, entre otros. Termina este apartado con el reconocimiento de la importante labor que realizaron, desde Madrid, Menéndez Pidal y sus amigos, Rafael Lapesa y Dámaso Alonso, en el Centro de Estudios Históricos (recordemos que ya se había perdido el espíritu que lo alumbrara y que el franquismo lo había convertido en una sección más de otros estudios intelectuales). Gracia dice, con razón, que no podía igualarse al Colegio de México y al trabajo que se estaba haciendo allí, en libertad y exentos de la censura que padecía España. No obstante, Pidal, Lapesa, Alonso y otros tejieron los mimbres de una operación encomiable y silenciosa, como la de las abejas, para restablecer la luminosidad de los antiguos estudios de antes de la guerra, sin que el régimen tuviese inteligencia suficiente para detectar la clandestina labor de estos grandes personajes de la historia de España.

     

    Tanto fue así que en los años cuarenta en España se empezó a realizar una labor intelectual que dio sus frutos en la vuelta a la imprenta de la Revista de Occidente, en la creación de la colección de poesía Adonais y en otros pequeños impulsos hacia una cultura en libertad a través de eruditos que vivían las dificultades de trabajar en España sin apoyar al régimen, pero sin enfrentarse a él, como método de supervivencia.

     

    En el apartado ‘Vivir de veras’, el investigador y profesor catalán indaga en las dudas de algunos intelectuales ante la posible vuelta a España o la permanencia en el exilio. Uno de los casos de mayor renombre fue el del director de cine Luis Buñuel, que se pregunta qué debe hacer. La respuesta es la permanencia en el destierro, ya que el regreso a España sería muy problemática y poco segura. Como sabemos, en su período mexicano el director aragonés intensificó su carrera, filmando algunas de sus mejores películas.

     

    Sin sospecha de haber claudicado al poder franquista volvió Carles Riba, y Joan Oliver, que tuvo que visitar la cárcel Modelo de Barcelona en varias ocasiones, durante un par de meses. En una de esas estancias fallece su mujer. Oliver es un hombre abatido por la mala suerte y por la inquina de unos hombres sin moral y sin escrúpulos. Pese a todo ello, se recompone y prepara y edita él mismo sus poemas en la editorial Aymá y estrena en el teatro Romea su versión de El misántropo en 1950.

     

    En el caso de José Ferrater Mora el exilio supuso un duro trance en el que incluso soportó extremos ataques intestinales en Chile, antes de pasar por Princeton en 1948 (residió en la casa que le prestó entonces Américo Castro). Fue prolífico en el exilio, ya que decidió, como muchos otros, sobreponerse al dolor de vivir fuera de su país a través de la creación. Concibió su Diccionario de Filosofía en 1941 y un grupo de ensayos que reúne en Las formas de la vida catalana (1944). Joan Oliver aconseja  a Ferrater Mora en 1950 que regrese a España.

     

    No todos los exiliados llevan con pena su destierro. Es el caso de Buñuel, que se siente a gusto en México. Sus palabras sobre la idea de España comparada con la Edad Media que a veces se imagina resultan hoy dolorosas, pero no lo eran tanto ante una España que había quedado detenida en el tiempo por el nuevo régimen.

     

    Gracia también alude en este apartado a Juan Gil-Albert, que regresa a España en 1947. Lo que le interesa destacar al investigador catalán es la imagen que el escritor alicantino encontró al volver:

     

    “Cuando lo hizo en 1947, Juan Gil-Albert encontró ‘un fantasma que cobraba realidad’, un fantasma porque pareció durante un tiempo que la España negra, la España eterna, había sido arrumbada por fin” (pp. 108-109).

     

    Lo que cuenta el autor hace hincapié en ese espectáculo de Edad Media al que se refería Buñuel y que también lo fue para los ojos asombrados de Juan Gil-Albert:

     

    “Lo que él encontró a su regreso fue la inflación religiosa, la exhibición impúdica de la fe, la artificiosidad teatral y exacerbada, combinadas con una moral ciudadana ‘de baja factura y, para el que volvía a la patria que dejó, visiblemente deteriorada’” (p. 109).

     

    Otro caso muy distinto fue el de Ramón Gómez de la Serna. Vivió su exilio interior a la vuelta a su país y no tuvo (hasta bien entrada la democracia) reconocimiento alguno, salvo el abrazo de los poetas jóvenes de los setenta que encontraron en él un modelo a seguir. Regresó para recibir audiencia de Franco, con lo que su ideología reaccionaria queda de manifiesto. La fotografía de media página puede verse en el diario ABC el 26 de mayo de 1949. En el apartado ‘La cortina de hojalata’ se explica su connivencia con el régimen:

     

    “Al exiliado se le detiene la historia en la memoria porque los cambios suceden mientras él no está, pero no sólo porque no habita su lugar de origen, sino porque ese lugar ha dejado de expresarse y de vivirse como fue: los olores y las calles, los colores y las fachadas…” (pp. 121-122).

     

    Hay una imposibilidad, concluye Gracia en este fragmento, de vivir con la realidad, ya que pesa el recuerdo idealizado y la vuelta a un lugar que ya no es el mismo, les hace vivir ensimismados.

     

    Por último, destacaré una cita de este apartado, referente a la imagen que el régimen tuvo del exilio, porque llegó un momento en que era necesario crear una apertura para dignificar un sistema con muchas sospechas y sombras:

     

    “El exilio fue para el régimen un problema aplazado a conciencia, reprimido y represaliado como lo fueron los testigos mudos de la derrota en el interior. Pero dentro del propio sistema franquista irrumpió de nuevo la realidad: para las clases intelectuales del régimen, para sectores universitarios e ilustrados, para algunos jerarcas falangistas, la evolución y la estabilidad del sistema aconsejó cambiar de estrategia, aunque fuese solo de manera transitoria o de prueba” (p. 139).

     

    Volvieron entonces, en los años cincuenta, científicos exiliados, y se procuró cierta tolerancia con respecto a escritores antes marcados. Se empezaron a leer artículos de Max Aub, Guillén, Juan Ramón Jiménez, León Felipe, Ayala o Ferrater Mora.

     

    En el último capítulo, ‘Democracia caníbal’, sobresale un apartado titulado ‘Huir de aquí’, donde Gracia examina diferentes actitudes ante un futuro que no se vislumbraba con claridad. Como comenta el profesor catalán, Max Aub nunca entendió lo que le dijo el gran poeta Ángel González cuando éste le comentó que le hubiese gustado haber estado en el exilio mucho antes de su periplo americano, ya que, para el poeta asturiano, la vida en España estaba presidida por una mediocridad latente en cada rincón.

     

    Desde 1946 empieza una nueva etapa de emigración, como le ocurrió a Manuel Tuñón de Lara, que se exilió a Francia ese año. La paradoja es inevitable: el exilio de algunos hombres de la cultura “asfixiados del interior” que les tocó vivir, y la vuelta de otros que viven el “agobio exterior” y que desean volver a su país, pese a la falta de libertad. Personas tan importantes para el mundo cultural como José Ángel Valente, Alfonso Costafreda, Joan Ferraté o Esteban Pinilla de las Heras se marchan al exilio para encontrar una situación laboral mejor que la que tienen en España. Otros, como Juan Goytisolo, Fernando Arrabal, Eugenio de Nora, Gonzalo Sobejano o Emilio Lledó ven un mejor futuro fuera de nuestras fronteras.

     

    En 1954 se crea una nueva plataforma de contacto entre los exiliados y los que viven en España, Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura. Se trataba de contrarrestar la influencia comunista en la clase y la vida intelectual española. Fue fundada por iniciativa de la CIA (Agencia Central de Inteligencia; conocida es la inquina le tenía el gobierno estadounidense al comunismo). Los liberales que hicieron propaganda antimarxista desde esta plataforma editorial fueron, entre otros, María Zambrano, Rosa Chacel o Luis Araquistaín. También el filósofo Ferrater Mora formó parte de este grupo. No hay que olvidar otra revista en el exilio, Ibérica, fundada por otro hombre de la izquierda, pero nada sospechoso de veleidades comunistas, Salvador de Madariaga.

     

    Un caso llamativo que cuenta Gracia es el de Rosa Chacel, gran amiga de Juan Gil-Albert. La escritora ya sostuvo desavenencias con los miembros de la revista Hora de España por la forma de luchar intelectualmente en la guerra. Fue presa de una importante depresión que la persiguió muchos años, pese a la beca Guggenheim que disfrutó en la ciudad de Nueva York entre 1959 y 1961. Mantuvo buenas relaciones con el joven exiliado Jaime Salinas, con Jorge Guillén, con Juan Marichal o Joaquín Casalduero, y volvió a España durante seis meses, a Madrid, a caballo entre los años 1961 y 1962. El motivo: sus problemas oculares y la necesidad de ser atendida en condiciones, ya que en Nueva York los tratamientos médicos eran muy costosos.

     

    Se marchó después a París y de allí regresará a Madrid en un segundo viaje, esta vez durante año y medio. Estamos en 1963 y la escritora inicia una nueva colaboración con la segunda etapa de la Revista de Occidente, reaparecida recientemente. Son los años en que vieron la luz libros como Ritmo lento, de Carmen Martín Gaite, o el prestigioso y muy reseñado Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos.

     

    En 1962 se había producido el famoso contubernio de Múnich, cuando se inicia una notable apertura hacia la democracia por parte de intelectuales que estuvieron al lado del franquismo. Ejemplo de ello: Dionisio Ridruejo, quien inicia uno de los procesos de cambio desde su falangismo hacia la crítica al régimen, hacia una visión necesaria de aperturismo y de democracia, lo cual le traerá períodos de detenciones.

     

    Son tiempos de cambio, con el régimen notablemente desgastado. Muchos empiezan a demostrar sus diferencias con la dictadura. No sólo fue Rosa Chacel quien inició tímidos viajes a España (cortos y desencantados). También Max Aub vuelve a Barcelona en 1969, como lo cuenta magistralmente en La gallina ciega. A Max Aub le fue denegado el visado en 1963 y el desengaño de la vida española, llena de mediocridad y en un mundo que en nada se parece al que conoció, marcó de lleno los días de su estancia en nuestro país.

     

    “Ni el poder franquista acabó pronto ni el exilio pudo ganar apoyos para acabar con el franquismo; ni el franquismo logró proteger a la cultura peninsular del contagio del exilio ni el exilio se desentendió de la España del interior; el exilio no encarnó heroica y exclusivamente la derrota porque fueron muchos los derrotados y resistentes del interior; el telón de acero se fue haciendo cortina de hojalata y, con todo, tampoco la ilusión del regreso pudo mantenerse viva demasiado tiempo porque no hay ruta de regreso a la memoria” (p. 194).

     

    Tiene razón Jordi Gracia, el regreso a la memoria es imposible. Por ello, nunca volvieron a ver su país como lo habían presenciado en los tiempos anteriores a la guerra Aub o Chacel. Tampoco Gil-Albert encontró su misma Alcoy natal, algo significativo había ocurrido. La Guerra Civil, el dolor inmenso que había causado, el rencor que dejó en los dos bandos pesan todavía hoy en algunas generaciones e, incluso y para desgracia nuestra, en la clase política. El exilio lo era para siempre, porque no hay, como dice impecablemente Gracia, regreso a la memoria.

     

    Su libro nos informa y nos hace meditar sobre un tiempo que ha dejado huella en muchas generaciones, que truncó proyectos, planes humanos. Sin embargo, dada la constancia y la fuerza del ser humano, también enriqueció otros países, como México (la gran labor del Colegio de México, por ejemplo), ya que se siguió creando, publicando, investigando. La dictadura no pudo ni supo cortar la comunicación entre los de dentro y los de fuera, una corriente que fue muy fluida en algunos casos. Tanto que algunos de los que pertenecieron al falangismo, como Ridruejo, encontraron otras formas de pensamiento, amparadas en un mundo más libre, lejos de su  primera ideología.

     

    Rosa Chacel, herida por dentro y por fuera, volverá a España definitivamente en 1973 con una beca de la Fundación Juan March para terminar su conocido libro Barrio de maravillas. Murió en Madrid en 1994.

     

    Max Aub, sin embargo, volvió a México, tras su estancia en España en 1969, y murió allí en 1972. Su visión de España, desencantada y agria, le dejó un triste y amargo sabor, quizás porque su vida tampoco había sido fácil. Nos quedan sus libros para tener otra visión de la Guerra Civil y la posguerra, fundamental para cualquier estudioso de esa época desgraciada.

     

     

     

     

    Pedro García Cueto (Madrid, 1968) es doctor en Filología Hispánica y antropólogo por la UNED, profesor de Lengua y Literatura en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid. Crítico literario y de cine y colaborador en diversas revistas, ha publicado dos libros sobre la obra de Juan Gil-Albert y un estudio acerca de doce poetas valencianos contemporáneos que escriben en lengua castellana. En FronteraD ha publicado Muerte en Venecia: el arte, el deseo y la muerte. De Thomas Mann a ViscontiVisiones del exilio y de los escritores a través del libro ‘Guerra en España’, de Juan Ramón JiménezJohn Banville: el mar, la pérdida y la memoria y Homenaje a Félix Grande, poeta, amigo del flamenco

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