Una dosis de historia y una sobredosis comunitaria

Paco Gómez Nadal

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La pregunta qué hacer sin apellidos es tramposa. Da la sensación de que la responsabilidad recae en cada uno de nosotros. Ya se sabe: un individuo puede cambiar el mundo. No es así. Ahora que se celebra el día de Nelson Mandela es buen momento para recordar que la fuerza del líder sudafricano de nada sirvió ante las negociaciones secretas de Thabo Mbeki con los verdugos del apartheid y con los técnicos del Fondo Monetario Internacional. El resultado fue que el hombre que estaba cambiando Suráfrica se tuvo que conformar con una reforma formal de un régimen racista y vio cómo se consagró un estado de las cosas tan racista como la anterior.

 

Igual ocurre, por ejemplo, con urgencias como el cambio climático y el límite ya superado de explotación de la Pacha. El discurso oficial insiste en que reciclemos latas como locos como si así se pudiera salvar a la Humanidad del desastre mientras los grandes contaminadores industriales compran certificados de carbono para lavar lo indeleble. 

 

 

Un poco de historia

 

Al qué hacer, por tanto, le tenemos que sumar... ¿Qué hacer colectivamente? La primera recomendación sería retomar la historia. Una de las engañosas sensaciones que genera esta postmodernidad capitalista es la de que la historia empieza con nosotros. Parece evidente que no es así. Todo lo que está aconteciendo en este momento tiene una explicación razonable en la historia reciente (y en la no tan reciente). Somos la herencia del fin de la Guerra Fría, del golpe de Estado global de la Escuela de Chicago y de los banqueros y empresarios que cabalgan a lomos de las ideas de Hayek y Friedman, del fracaso del socialismo soviético, de la patética colaboración socialdemócrata con el capitalismo (obligado a disfrazarse de oveja mientras permanecía la tentación comunista)...

 

Leer, releer, dudar, revisar... la historia es tan necesaria como el pan. Si sabemos escuchar... nos explica muchas cosas... Por ejemplo: nos demuestra que la rancia derecha española hizo el trabajo bien durante la guerra civil y, especialmente, después de ella. Cuando algunos amigos no españoles me preguntan por qué cuesta tanto movilizar a esta sociedad ante las agresiones constantes que está sufriendo yo recomiendo leer historia. Los fusilamientos, la represión, el miedo, la censura pública al disenso primero... y, luego, tras la inconclusa transición, la ficción de clase media, el pelotazo, el nuevorriquismo, la europeización maquillada... Spain is not different. De hecho, lo que vive ahora es la reedición de los ataques neoliberales a Latinoamérica, China o los tigres asiáticos a finales de los ochenta y principios de los 90.

 

 

Un mucho de colectivo

 

La historia no debe servir para deprimir o paralizar, sino para activar procesos colectivos. Y es que lo primero es transmitir un mensaje claro a la ciudadanía: no hay salvación individual (ni silenciosa). Tampoco basta con patalear [he escuchado demasiado estos días eso  de que a los ciudadanos hay que permitirles el derecho al pataleo].

 

Las soluciones a la crisis civilizatoria [que no económica] que sufrimos serán colectivas o no serán. Da igual que usted se ajuste el cinturón, que plante un huerto en casa o que aprenda alemán... igual que no servía de nada apadrinar a un niño en el llamado Tercer Mundo para acabar con la pobreza, de nada sirve el cambio individual si no está insertado en una dinámica colectiva.

 

Lo que ha hecho el capitalismo salvaje de las últimas tres décadas es profundizar el individualismo y eso no ha sido casual. Se suele argumentar que esa estrategia estaba relacionada sólo con el consumo. Considero que, en realidad, tiene mucho más que ver con la desactivación de los procesos colectivos, bien fuera en clave de solidaridad o de lucha. Si ya no pertenezco a nada (excepto a un club de vinos, de fútbol...)... me toca salvarme solo y eso significa “contra el Otro”.

 

Emmanuel Levinas y su ética del Otro es más necesaria que nunca. Levinas trató de encontrar en esa relación ética la recomposición del pensamiento y de los afectos colectivos tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy sigue estando vigente porque, tras el intencional entierro de la Historia de Francis Fukuyama, vivimos en un paréntesis ético de peligrosa duración.

 

Es cierto que reconstruir lo colectivo en Europa va a ser una tarea titánica. Primero, porque no me refiero al Estado del Bienestar, una farsa de lo colectivo construida sobre las teorías de Keynes, con la ecuación socialdemócrata del “renuncia a la justicia social a cambio de los servicios fundamentales”, y con la inteligente estrategia de la derecha de “dar un poco a los muchos para que los muchos no se levanten en contra del poder”. Lo colectivo va más allá porque exige participación activa de la ciudadanía, supone un proceso de emancipación personal que cristalice en redes amplias y diversas. Segundo, porque el control de los medios de comunicación, el sistema educativo y, en general, de todos los mecanismos de socialización, está en manos de los poderes financieros. Esos poderes comenzaron un largo proceso de golpe de Estado multinacional en los años ochenta que aún no han concluido y no van a permitir que se interrumpa en este momento de altísimos beneficios.

 

Apostar por lo comunitario es ser antisistema [la palabra preferida de la derecha y los poderes financieros para criminalizar a los movimientos sociales]. Sí. Pero es anti-este-sistema. Construir el nuevo sistema requiere de valentía, de paciencia y de urgencia, una combinación difícil de aceptar, pero sin al cual todo se quedará en performances sociales y entonces, como concluía con tristeza Günther Anders, la esperanza no será sino una forma de cobardía.

 

¿Qué hacer pues desde lo colectivo? Todo: crear asociaciones de vecinos, de jóvenes, de parados, de escritores o de lunáticos, colectivos, redes, movimientos... da igual que sean para defender los derechos en el barrio o para crear una cooperativa de consumo... siempre que sean para construir una civilización alterna donde el yo se complemente con el Otro se tratará de una minoría ruidosa que terminará resquebrajando a las mayorías silenciosas que tanto gustan a gobiernos y calificadores del riesgo ajeno.

 

 

Paco Gómez Nadal es periodista.

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