En el salón de la casa, con Erik, Nuria y Fidel Raso

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    En casa de Erik el Belga, el ladrón de arte más famoso del mundo

    Tamara Crespo - 02-05-2013

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    Erik el Belga, el más famoso y el mayor ladrón de arte del mundo, como él mismo confiesa, vive en un barrio que se llama El Palo. Curioso. Esta es la primera referencia que su mujer, Nuria Gutiérrez de Madariaga (a quien conoció como abogada), ofrece a las visitas para que encuentren su casa en Málaga. Es el comienzo de una singular conversación, tan singular como el protagonista, que define su vida como un “encanto”. Con Erik sacar conclusiones no es fácil. Puede pasar por un señor y por un caradura, por un hombre sensible y místico o por un materialista impenitente. A priori cabe pensar que es un canalla que se lucró con el expolio del patrimonio, pero también, como no se cansa de argumentar él mismo, que salvó mucho de ese arte, abandonado a su suerte, despreciado, carcomido y podrido en una España corrupta e inculta o, al menos, insensible a su inmenso valor. Todo ello representa la vida de este hombre, que aún en la vejez conserva ese aire de guapo y rico heredero, de hijo crápula de familia bien, educado y culto, embaucador y simpático, irónico. Ni siquiera en la distancia corta y tampoco la cercanía de su mujer, a la que conozco desde hace unos años y parte fundamental de estas reflexiones al alimón, ayuda a desenredar la madeja.

     

    La cita tiene lugar poco después de publicarse la hagiografía que de él ha escrito Nuria (previa supresión por la editorial de los exabruptos que tanto abundan en el lenguaje de ambos). La invitación a un café da pie a esta crónica sobre El Belga. Al comienzo de nuestro encuentro se muestra inquieto, quiere ir a su estudio, tiene cosas que hacer, dice. Pero enseguida se suma a la propuesta de una charla en casa. Su mujer le abronca, entre rendida y harta, por tomarse un sol y sombra de sobremesa en el bar donde nos encontramos, El Sheriff –cuyo dueño resulta, por cierto, que pinta acuarelas-. Después nos conducen a la morada del ladrón, un piso normal de gente normal cuya apariencia induce a engaño acerca de la personalidad de sus residentes. La casa está llena de pequeñas sorpresas y decorada con cuadros pintados por Erik. También se dedica en su estudio –incansable a pesar de las enfermedades que le acosan-, a representar vírgenes góticas sobre tablas realmente antiguas. Posamos con una de esas pinturas, bellísima, para la foto, de teléfono móvil por lo improvisado de la “entrevista” que nos propone Nuria de pronto. Ambos son impulsivos y constituyen una mezcla explosiva: abogada cristiana-ladrón de arte religioso.

     

    Es tanto lo que se ha escrito sobre él que al teclear su nombre en internet sólo le supera en referencias Erik el Rojo, apodo con el que al comienzo de su carrera se le llegó a identificar. A Erik le llaman así, y no con su nombre de bautismo, René Alphonse Ghislain (el segundo, por el abuelo), porque a su madre, a su idolatrada Eglantine, le dio la gana. Y de joven le llamaban El Vikingo o Erik el Rojo por “problemático”, asegura su mujer. Poco tiene que ver sin embargo este Erik belga con el legendario guerrero medieval, salvo que en su caso historia y leyenda también se confunden. Nuria explica que escribieron la biografía (Por amor al arte, Planeta, Barcelona, 2012) precisamente para contar “solo verdades”, pero el estilo sarcástico, lleno de humor negro y el aire onírico que caracteriza la obra de la abogada y escritora (al igual que la forma de expresarse de su marido) desdibujan la frontera que separa los hechos de las invenciones, al verdadero Erik, loco o cuerdo, del personaje que parece haberse creado para justificar sus delitos y eludir a la justicia.

     

    “Fuera de España no tiene nada, es pura leyenda urbana”, zanja Nuria respecto a uno de los miles de titulares que se han publicado sobre él, en el que se afirmaba que viendo cercana la muerte, cuando fue operado del corazón, se mostró dispuesto a donar al Estado español su “colección” de arte, guardada en el extranjero. Desde luego, en su casa no se ve ni rastro de algo que pueda llamarse “colección de arte”. Hay, eso sí, cuadros (la mayoría pintados por Erik) y restos de su pasado tan fuera de lugar como el fragmento de un retablo, un trozo de moldura. El valioso pedazo de madera está colocado en una estantería, entre los objetos comunes de un armario de salón corriente, lacado en blanco, el color favorito de los interiores de la Costa del Sol. Tiene dos clavos oxidados en la parte posterior y Nuria me lo regala a “escondidas” de Erik.

     

     

    La familia Vanden Berghe-De Madariaga

     

    El matrimonio Vanden Berghe no vive solo. Erik, el menor de los dos hijos de la pareja (él tiene otras tres), no ha abandonado aún el hogar familiar y cuida de su padre cuando Nuria se ausenta. Les acompaña su nuera, dueña de un perrazo, Brandy, tan grande como afectuoso. La gata Tamy se sumó de forma fugaz a la familia el día de nuestro encuentro, pero en cuanto pudo saltó desde terraza para hacer vida social en El Sheriff, de modo que Nuria la ha dado en acogida a una “amigacha” suya, aristócrata, que tiene un jardín y otra gata a la que lleva por su mal camino de callejera. Así es al menos como lo explica Nuria, que parece una señorita decimonónica de provincias con alma de oveja negra.

     

    Detrás de esta apariencia de familia media costasoleña con padre extranjero –casi un tópico-, hay un torbellino de extrañas vidas, de experiencias poco comunes protagonizadas en un tiempo en exclusiva por Erik, pero de las que su quinta y última esposa se convirtió en merecida coprotagonista hace treinta años. Creo que debieron gustarse por su excentricidad. La abogada, menuda, con aspecto de misionera seglar y criada en un ambiente de niña bien, devoto y machista, parecía abocada a cualquier papel menos al de compañera de un celebérrimo ladrón, aunque fuera de arte.

     

    Erik Vanden Berghe (Nivelles, 1940) no evidencia tampoco el término medio de un hombre gris. Excepcional y extremo en su vida y en sus opiniones, que tanta polémica generan.

     

    Aunque ha tenido que ser sin duda multimillonario, Erik vive hoy, a sus 73 años, en ese piso, amplio pero modesto (quizá para lo que se espera de alguien como él), de la capital malacitana. El aspecto del hogar que ha creado con Nuria (el segundo de la pareja, pues el primero estuvo en un caserón familiar de los Madariaga, en la misma provincia y que abandonaron por lo insano de sus humedades de pantanal) está alejado del lujo de las obras de arte que han pasado y pasan aún por sus manos expertas, muy demandadas para tasaciones. El edificio, un bloque de viviendas, se sitúa, eso sí, muy cerca del mar, como él ha querido siempre, pero con esa cercanía cercenada por el urbanismo salvaje que caracteriza la costa mediterránea española. Para ver el mar hay que atravesar la línea de casas bajas que se han construido sobre la playa y que taponan la salida natural de una escorrentía convertida en calle que asusta a Nuria cuando llueve.

     

    En el piso apenas hay nada que recuerde el pasado de un ladrón de arte, tan sólo obras propias, como un lienzo con 24 pájaros rojos pintado para su hijo pequeño por su cumpleaños. Pero de repente, te encuentras en las manos una tabla del siglo XV sobre la que ha pintado una virgen, o con el trozo de retablo de la misma época que te llevas como obsequio. Nuria cuenta que el fragmento se desprendió de una obra y que Erik lo encontró en el coche, tirado tras el robo. En un rincón hay una muñeca rara, una viejecita de pueblo con una pañoleta y ropas negras, regalo de Erik a su mujer. Ella guarda también dispersos por la casa objetos que pertenecieron a su abuela o a la bisabuela. Es el caso de un viejo cuadernito de Mi puesta de largo, un delicado estuche de marfil para agujas o la última pieza de un juego de café de porcelana que saca de un armario y regala de nuevo a una amiga a la que sabe le gustan esas cosas viejas que tantas historias cuentan.

     

    En su casa Vanden Bergue no recibe a periodistas para que le entrevisten. Solo ha entrado un equipo de Televisión Española, según Nuria. Encuentro, en efecto, entrevistas en plató, en la calle o en otros lugares, como su estudio, y un único caso, el de un programa de TVE2, con imágenes de recurso obtenidas en su residencia.

     

    Nosotros improvisamos la entrevista propuesta por Nuria en torno a un café que sirve con amabilidad su nuera, la educada y estudiosa pareja de su no menos educado y estudioso hijo menor, un muchacho agradable que va para abogado, siguiendo los pasos de su madre y de su hermano mayor. La tradición del padre parece haber terminado con él: ni ladrones de arte ni artistas entre sus hijos.

     

    La aparentemente humilde forma de vida actual de Erik Vanden Berghe es, según cuenta, fruto del expolio que sufrió por parte de un gestor ladrón. Como les ha ocurrido a otros hombres ricos y famosos, de acuerdo con su biografía oficial, fue desplumado por un administrador que se dio a la fuga con lo que tenía ahorrado para “empezar una nueva vida” en España, en su idealizada Sefarad. Ocurrió después del último golpe, que perpetró en el “corazón” de Alemania: el retablo de Oberwesel, a modo de venganza contra los alemanes, a los que por diversos motivos –pero sobre todo, por los crímenes nazis contra sus admirados judíos-, aprecia casi tan poco como a los franceses, a quienes culpa de la muerte de su padre, que no superó que pidieran la extradición de Erik desde España para “condenarlo a muerte”. Erik el pintor muestra con satisfacción sus trabajos “honrados”, los cuadros que no han dejado de salir de sus manos durante toda su vida, tanto de propia factura como copias. Del famosísimo El grito hizo seis réplicas mientras estuvo preso en Bélgica. Diabético y, hace apenas un año, a punto de quedarse ciego, finalmente pudo ser operado en Barcelona y ha recuperado la visión. Si no hubiera podido seguir pintando se hubiera muerto, dice Nuria.

     

     

    ¿Ladrón de guante blanco?

     

    “He cometido más de 600 robos en 11 países europeos”, recuerda ufano... Y en ninguno le han pillado con las manos en el retablo. Con todo, no se considera un vulgar ladrón, pues no ha robado sino obras de arte y presume de que nunca se ha ensuciado las manos con dinero, joyas u otros objetos de valor, ni por supuesto, con sangre, aunque tanto él como sus hombres iban armados y Erik fue de hecho herido de bala en un tiroteo con la policía alemana.

     

    Y si para algo ha servido tanto expolio a alguien que no fueran él, su banda y los ricos destinatarios todo ese arte, hay que reconocer que ha sido al menos para poner de manifiesto el abandono y falta de respeto patrio por el patrimonio nacional. No hay caso igual en Europa, sentencia: “No existe”. “En Bélgica terminamos el inventario en el año 66, Francia lo hizo en el 74; todos los países de Europa han inventariado y aquí no hay ni un archivo de sacristía, ni del clero, que pasa de los libros que hay en sus sacristías”, dice con un marcado acento francófono.

     

    Pero estas reflexiones reflejan sólo una pequeña parte de sus vivencias que dice no tener mayor interés en divulgar. Es Nuria quien le empujó a publicar sus memorias. Según sus cálculos, en los últimos meses ha respondido a centenares de preguntas en las ochenta  entrevistas que ha concedido. Formaba parte de la promoción de la “primera parte” de su biografía. Ella no pudo acompañarle a causa de su trabajo como columnista, aunque según decía era un alivio ausentarse. La vida con Erik se antoja complicada, no debe de ser fácil. Tiene un carácter muy fuerte que no se ha atemperado con los años. Se ha vuelto inestable. Nuria dice que un día salió a buscarle a la calle con una pistola. No hace caso de los tratamientos médicos...

     

    Yo no he conocido más que la cara amable, cariñosa y risueña de El Belga.

     

    —Se ha escrito tanto sobre él..., y tantas mentiras, que tenía que contar su propia historia –explicaría ella después de la entrevista.

    —Gano más dinero pintando –aclara él durante la conversación en referencia a la que ha sido su ocupación tras retirarse del arte de robar obras de arte y quedarse casi en la ruina.

     

    Sigue empeñado en la restauración. Estima que ha recuperado “más de mil” retablos. Después de tres años de trabajo, una de estas obras de arte, que devolvió a la iglesia a la que había despojado, acabó tirada en el suelo de la sacristía, boca abajo y con la policromía “toda despegada”. Son sus palabras, que adorna con elocuentes gestos y una sonrisa de desdén hacia lo que tacha de incultura e insensibilidad. De estos episodios tiene más de uno que contar.

     

     

    Un hombre “feliz”

     

    A su modo, esa es la historia del patrimonio histórico español. La suya es menos oscura porque se considera un hombre “feliz”.

     

    —Soy feliz, siempre lo he sido –sentencia.

     

    A la pregunta de si ha habido algo que no haya querido llevarse responde que todo lo que ha robado se lo han “encargado”.

     

    —Hombre, si no tienes un cliente vas a la cárcel; no puedes pasearte con arte gótico y románico en ningún lugar del mundo sin tener el cliente. Es absurdo robar algo que te va a dar problemas y que nadie te va a pagar.

     

    Respecto a si ha querido robar para sí mismo o se ha encaprichado siquiera de una de las muchas piezas vistas en media Europa, afirma que el apego era temporal. Lo más valioso, por su rareza, lo ha guardado al lado de su cama “diez o quince días...”, dice, consciente de que después iba a “desaparecer” de su vida.

     

    —He dormido con tallas al lado de mi cama, incluso las he metido en la cama, no es broma (…). Es importante el mensaje místico de esas obras, aunque también las hay que no lo tienen.

     

    Al hilo de este comentario sobre el misticismo o la belleza de determinadas obras de arte religioso, Erik reconoce que tenía un “problema”, y es que algunos de sus clientes poseían “por ejemplo” seis cristos, y si él les traía un séptimo tenía que ser “mejor” que los otros. “Y eso era muy difícil”, no se podía robar “porque no lo había”. “Si querían un San Juan románico había de ser más bello que el anterior”, insiste. Entonces comenzó su carrera de anticuario reconvertido en ladrón. “Soy el mayor experto del mundo en gótico y románico porque me enseñaron mis coleccionistas. Teníamos todo el dinero que queríamos para comprar, pero no existían esas piezas, no estaban a la venta, por eso tuvimos que ir a buscarlas”.

     

    ¿Y por qué el arte gótico? Por algo igual de prosaico: “Las circunstancias..., mis coleccionistas...Yo era especialista en arte religioso ya en Francia [donde comenzó sus negocios] y venían a mi casa y no me compraban nunca nada y me preguntaba por qué. Uno de ellos me invitó un día a su casa y cuando vi lo que tenía allí me quedé pequeño, porque entre todas las piezas que yo había tenido no había ni una que valiera lo que las suyas...”. “Soy el mayor experto del mundo porque me enseñaron mis coleccionistas –insiste-, ellos me decían: esto es gótico, pero sin la ropa, porque tiene tal significación, o ese Cristo es italiano por esto o por lo otro, y todo así...”.

     

    Lo que más ha admirado ha sido el trabajo de los artistas del románico y el gótico, aunque por encima de todo están las piezas con mensaje. “Miras algunos cristos y no te dan nada, pero los hay... Como uno que tengo ahora, uno de coral, hay muy pocos, no existen iguales en todo el mundo, o una virgen que guardo en mi casa... Una virgen de Guadalupe del siglo XV, no hay otra a la venta, porque todas están en sus santuarios”.

     

    —En el arte, es lo que vale, un Picasso cuesta 10 millones de dólares, pero si tienes un Picasso azul, son, yo qué se..., 30 millones de euros o 40..., un talón al portador cuando quieras venderlo, porque es raro. Lo importante para que las obras funcionen es que sean raras. Pueden ser obras góticas, pero para estos coleccionistas que esperan una calidad superior quizá entren en lo corriente, en la decoración y no en la excepción. La rareza es lo que marca el precio.

     

    Es posible que la rareza de su vida sea de igual modo lo que le da un valor excepcional. Llama la atención que hable de sus robos en presente, como si aún estuviera vigente una historia que hoy día sería difícil de repetir. Por supuesto que se roba arte en la actualidad, ¿pero en Europa y como lo hizo Erik? No parece posible. El Belga es el último pirata, o mejor, el último corsario, ya que siempre trabajó para otros y lo hizo a la vieja usanza, como jefe de una banda, inutilizando alarmas, escalando paredes, descerrajando puertas, forzando ventanas, con nocturnidad.

     

    Cuando se le pide una opinión acerca de si la España contemporánea tampoco sabe valorar su arte (sin precisar que nos referimos al arte antiguo, al patrimonio histórico) Vanden Berghe contesta con una referencia a Picasso y Dalí, “y muchos importantísimos artistas modernos, incluido Tàpies”. “España ha sido la tierra, al menos en el siglo pasado, de los mejores creadores del mundo. Dalí está consagrado como el mejor pintor del mundo porque inventó nueve perspectivas”, apunta.

     

     

    Patrimonio público dilapidado

     

    ¿Y el papel del Estado?, insistimos. ¿Ha sabido el Estado español hacer una lectura correcta del patrimonio nacional? Erik, que no quiso contar en la que dice es sólo una primera parte de su biografía los robos en España por “respeto” al lugar en el que vive, lo tiene claro: “Nunca ha sabido hacerlo, y menos después de cuarenta años de censura y de una venta masiva de todo”. El arte en España ha sido “muy mal cuidado y muy mal inventariado, y todavía hoy no hay un inventario; en subasta  pública se venden, en España y en el extranjero, centenares de obras por 3.000 o 4.000 euros. ¿Por qué? Pues porque no tienen paternidad, no saben a qué escuela pertenecen, ni de qué autor de una determinada época son, porque los archivos están todavía en las sacristías de las iglesias”. Es más, el patrimonio eclesiástico no ha sido inventariado “ni por el cura mismo; hay bibliotecas en las que no saben lo que tienen”. “Pero ahí está..., preguntas quién fue el constructor de un castillo, pongamos árabe, que hay en un pueblo y nadie lo sabe, no existe ni siquiera un camino para ir a verlo y está todo derrumbado”. Para Erik el Belga la iglesia española es “la más nefasta que ha habido nunca en un país. Han guardado benévolamente muchas obras, pero luego han vendido miles en la calle como si fueran zapatos, sin saber lo que vendían. ¡Uy!, esto está desconchado, podrido, esto no vale para nada...”, ironiza imitando a uno de tantos curas e incluso obispos a los que declara haber visto malbaratar y despreciar el patrimonio eclesiástico.

     

    Viene a la memoria el reciente caso del Ecce Homo que se hizo tristemente famoso al destrozarlo una parroquiana, pintora amateur. “Cuarenta años por lo menos de abandono, de censura y de venta masiva”, insiste, para agregar que “no ha habido interés por nada, porque no podían tenerlo; nadie se preocupaba de lo que hacía el clero, que encima era propietario absoluto por la connivencia política que ha habido hasta hoy. El problema es que el arte siempre ha sido político, un asunto político. ¿Quién se va a meter con el clero cuando la mayor parte del patrimonio procede de él? Los dirigentes políticos dejan hacer a la iglesia lo que quiere con sus obras, con su arte, y encima cobra y no deja nada”.

     

    “Al que ha robado el Códice Calixtino habría que darle una medalla, porque gracias a él todo el mundo conoce ahora el libro”, sentencia respecto a otro sonado caso. “Hay 3.000 libros más de los que nadie sabe nada porque no tienen inventario, se encuentran en mal estado y llenos de hongos”, argumenta. En cuanto al ladrón confeso, asegura que había robado ya “diez o doce copias que estaban en su casa”, y que quizá alguien “le pidió el original”. “Era invendible..., sobre todo [ríe con una carcajada socarrona] porque existen un facsímil y copias; si no los hubiera, se vendería como quisiera; sólo el viejo que estaba ahí [en la catedral] sabía lo que había dentro. Y así de etcéteras”, opina.

     

    Cuando se le menciona que existe un programa del Ministerio de Cultura para inventariar el patrimonio eclesiástico responde, casi con enfado, que habría que leer la ley del 85 [de Patrimonio Histórico]. “Vamos a ver..., los muros son de ellos, el jardín quizá también..., pero todo lo que está dentro pertenece a los ciudadanos. Si no proporcionan su inventario, si no se respeta la ley, la legislación no sirve de nada, todo el mundo la ignora, nadie la ha leído, ni un alcalde, nadie en un pueblo ha leído la legislación del 85”. Esta protección, la de los inventarios, es imprescindible a su entender, y lo ejemplifica con lo que mejor domina: “La ley obliga al clero a la entrega del patrimonio al Estado, pero también al alcalde a inventariarlo, porque si no está preservado por el Estado... Si yo robo en una iglesia son cinco años de prescripción, pero si está inventariado por el Estado son 30”.“Es muy grave, todo lo que está dentro de las iglesias pertenece los ciudadanos, y la gente lo desconoce y encima ni lo enseñan porque no saben lo que hay dentro”.

     

     

    Un retablo en la basura

     

    ¿Algo que Erik el Belga haya visto que no va a olvidar? Ríe una vez más y emite una onomatopeya: “En la provincia de Huesca, un día fui a ver a un gitano, un marchante, y me dijo, mira si quieres un retablo, el cura acaba de tirar uno a la basura. Fui con el gitano al basurero del pueblo y lo cargué ¡gratis! Era del siglo XVI”.

     

    Erik trata en este punto de hacer recordar a su mujer el nombre de un periodista local que escribió esa historia: “Mamá, tú sabes dónde era esto..., estuvimos con un periodista..., tengo la foto contigo”. “No me acuerdo, son tantos, papá...”, responde ella cómplice.

     

    “¿Que si se ha tirado mucho? Desmontaban retablos porque estaban viejos y desconchados y los dejaban ahí tirados..., nadie sabía, nadie decía nada. Una vez vimos uno con las columnas podridas y alguien para taparlo le había puesto un mantel...”.

     

    —Una telita preciosa... –ironiza su compañera.

     

    Erik ha restaurado, según sus cálculos, más de mil retablos, y se ha encontrado con algunos en tan mal estado que no pudo llevárselos. “El más famoso, el más conocido en España –relata- es el de Paredes de Nava”. Hace unos años fue a verlo, había sido recuperado tras su robo y se lo encontró “lleno de xilófagos”. “No lo han desinsectado, no se han gastado un duro, no lo han sabido hacer”, cuenta ayudado por su esposa, que traduce de vez en cuando las palabras y expresiones que no entendemos.

     

    En este punto de la conversación es Nuria la que pregunta: ¿Erik, cuál fue ese retablo que devolviste, que estuviste años restaurando y cuando fuiste a verlo estaba debajo de una lona en el suelo?

     

    —Siresa. Sí, el de Siresa, en Huesca, se llevó un retablo, maravilloso, hecho polvo, hizo una maravilla con él, y cuando cayó en la cárcel lo devolvió, con la idea de descontar pena. Al salir fue a ver cómo lo habían instalado y estaba tirado en el suelo, debajo de una lona.

     

    Es el contrapunto a tantas obras que le acusan de haber destrozado o mutilado al robarlas, como este retablo de San Pedro de Siresa, del que faltan dos piezas. No obstante, aunque fue sustraído en 1979 y devuelto en el 83 no se abordó su restauración y montaje hasta 16 años después, en 1999, con un presupuesto de 10.500.000 pesetas. Lo cuenta en un artículo publicado en La Vanguardia el entonces director general de Cultura y Patrimonio de Aragón, Domingo Buesa, y promotor del proyecto de recuperación de la obra, a propósito de un reportaje del programa de TVE Informe Semanal en el que se le invitó a participar. Buesa afirmaba que si bien “como consecuencia del impacto que produce el robo, posteriormente a su recuperación [sic] se restauren las tablas y se adecue su presentación”, no debe aceptarse la “infantil excusa” de que muchos retablos hoy están salvados porque se robaron.

     

    Lo que con más inquina suele achacarse a Erik como algo terrible es la quema de la silla de San Ramón, obispo de Roda, una pieza medieval única robada también en 1979 en Huesca –en este caso, en el museo catedralicio de Roda de Isábena-, de la que sólo se recuperaron fragmentos. Erik asegura que la destrozaron sus hombres como venganza por su detención y torturas en Barcelona.

     

    Mucho se ha escrito y hablado acerca de la colaboración de El Belga con las autoridades en la recuperación de obras de arte. Según Erik, hubo un jefe de la policía que fue nombrado director de seguridad del museo del Prado y que antes de incorporarse a su nuevo puesto de trabajo “quemó” todos los archivos que había sobre los casos relacionados con él, de modo que la policía no podía decir “lo que faltaba” en lugares como Siresa. “Lo habían metido en la sacristía, pero tenía un suelo de tierra y estaba así, bocabajo, se despegaba toda la pintura”, insiste. La iglesia se restauró en 1990 con un proyecto, por cierto, no exento de polémica.

     

    “Estuvo Erik tres años trabajando en él. Era maravilloso, valía un capital, solamente la restauración que hizo podía costar 50 millones de pesetas y lo habían tirado en una sacristía”, recalca Nuria sin dejar el tema. “Yo sabía dónde estaban el resto de las piezas, pero como la policía no quería que las recuperara sin saber de dónde venían, sin meterme preso... Lo que quería era hacer un viaje por Europa... [para negociar la recuperación]”. Al final de estas reflexiones apenas se comprende lo que quiere explicar, pero su mujer remata las frases y se ve qué pretendía decir: “En la cárcel ha entrado solo y ha salido solo, nunca ha sido chivato”. No quiso contar dónde ni de manos de quiénes recuperaba las piezas. Él recuerda que le decían: “Tú, ladrón, jefe de la banda”. “¿Y dónde está la banda, si estoy solo en la cárcel?”, dice que les replicaba él. “Tú, el cerebro..., el cerebro de la banda...”, repite con una sonrisa.

     

    Le preguntamos si ha ayudado a recuperar obras sólo para “rebajar” pena, aunque nunca llegó a ser condenado en España, o por convencimiento o deseo propio e incluso por arrepentimiento, como se ha reflejado en algunos reportajes sin que él lo aclarara del todo.

     

    —Me dejé detener porque estaba cansado, sabía que iba a caer, tenía tres o cuatro peticiones de extradición... Entré en la cárcel, pero fui torturado durante seis días, con bolsas y todo... Treinta y seis meses de preventiva y después siete años en libertad provisional. ¡Siete años sin un papel!

    —Pudimos casarnos porque la Audiencia Nacional le identificó –agrega ella divertida.

     

    El Belga fue detenido en Barcelona en el 82, salió de prisión en 1985 y en 1992 pasó a juicio.

     

    —Estaba todo prescrito –explica quien era entonces su abogada.

    —Mira, soy el mayor ladrón del mundo y nunca he sido condenado por robo...; por receptación sí, en Bélgica, a diez años, pero me fugué de la cárcel [en realidad no regresó de un permiso].  También me fugué del hospital penitenciario de Madrid y me detuvieron por un control de la ETA casi en Burgos. Me faltaban 19 kilómetros para llegar al lugar donde había una persona que me esperaba con un coche.

     

     

    Colaboración con el Gobierno socialista

     

    ¿Es cierto entonces que evitó años de prisión a cambio de colaborar con la policía? “No, con la policía nunca. Yo estoy en cinco páginas del último libro de Alfonso Guerra..., léelo. Tuve el apoyo del Gobierno socialista, de Zapatero, Virgilio Zapatero, que era presidente del Congreso y es amigo mío. Ellos me dieron la solución de que no importaba de dónde venían [las obras] si aterrizaban en cualquier lugar del suelo español, y así se recuperó, se devolvió”. Hasta 1.500 piezas fueron apareciendo de esta manera en España entre 1982 y 1985, según recogen crónicas de la época. “Después, el tío que me torturó y quemó el archivo [retoma el asunto] se fue de jefe de seguridad del Prado para tapar algo. Felipe González pidió que se hiciera el inventario de los fondos del museo y faltaban 3.200 obras [de nuevo ríe con una carcajada contenida], y se tapó eso, se tapó bien y ya está”.

     

    ¿Y cómo se consigue que los coleccionistas devuelvan 1.500 obras de arte que han pagado? “Indemnizando”, dice. “Pagando, Erik les pagaba, pagó mucho dinero, recompraba las obras”, aclara ella. Pero su marido y en aquellos días cliente, remata: “Y a través de amistades mías también, gente de dinero..., para que saliera de la cárcel”.

     

    “¿Arrepentimiento?... Mira, mira... ¿Tú me ves cara de arrepentido?, por favor..., estaría arrepentido si no hubiera cobrado, pero como cobré...”, responde un vez más con la sonrisa pintada, a la pregunta de si devolvió algo por mala conciencia. Eso no, pero por fe sí, aunque fuera por la de los demás. Si había devoción por una virgen, él nunca se la llevaba, asegura su mujer y biógrafa. “Jamás me llevé una virgen de un pueblo. ¿Por qué iba a llevarme una si en una sacristía había quince allí tiradas?”. “No, no, las que tenían devoción de la gente Erik no las robaba, una patrona nunca”, completa Nuria, que tiene a gala, como él, ser fervorosa creyente cristiana, esenia en su caso, para más señas. “Nunca he tocado una patrona –confirma él-, he comprado muchas a los gitanos, que serían robadas..., puede ser, en Zamora, en Toro... yo qué sé, en todos los sitios, en Estella, en Vitoria..., y al clero”.

     

    La huella de Erik y su banda está dispersa por casi todo el territorio nacional y buena parte de Europa, y sus lugares “especiales” están clasificados según la dificultad que entrañara el robo. “Cuanto más difícil era, mejor. Además, nunca me han pillado, en la vida. Hasta en Rumanía he estado, en Hungría, en Checoslovaquia, en Bosnia, con iconos y todas esas cosas...”. Dice que nunca le han sorprendido durante un robo porque lo “huele”, intuye si es el día idóneo para actuar. “He nacido en un bosque, es una sensibilidad o algo...”, deduce el hijo del guarda forestal. También calcula que ha recorrido cuatro millones y medio de kilómetros y presume de que sólo ha tenido dos accidentes, uno de ellos con un Mercedes 70 cuando circulaba “a 200 por hora”. “Y no me pasó nada, aunque el coche quedó..., destrozado”.

     

     

    El extraterrestre de Aralar

     

    Su mujer interviene de nuevo para que explique algún episodio llamativo de su vida: “Erik, ¿y cuando viste el extraterrestre en la piedra aquella de Aralar?, que te animaron, coge la piedra, coge la piedra..., y dijiste si, yo la cojo, pero para mí...”.

     

    —Nadie sabe eso, pero no fue así. Lo encargó un mexicano, me pagó 70 millones de pesetas y primero me adelantó 30, pero hubo gitanos mezclados, y ya no quiso el robo [aunque le pagó]. Antes me advirtió de una cosa, me dijo: ‘Atención, hay en el santuario algo que no puedes robar, es un astronauta así de pequeño’. Y yo me subí allí para ver lo que había dentro, y había un astronauta... Es una talla en San Miguel in Excelsis...,y había un astronauta, totalmente. Y, atención, ¡siete personas lo robaron y a unos les pillaron en Francia y los ejecutaron, otro fue colgado en un árbol por el clero..., otros tres, asesinados..., y el único que lo ha conseguido he sido yo!

     

    Otra vez ríe con una mueca casi infantil, como la de un niño inteligente que sabe que ha sido malo. El caso es que ríe y sonríe a menudo.

     

    Erik robó el retablo de Aralar en 1979, aunque cuenta que dados los antecedentes prefirió no llevarse esa pieza “misteriosa” sobre la que parece pesar una maldición parecida a la de la tumba de Tutankamon. Cuando esboza su teoría y habla de que en el monte Aralar han caído “meteoritos”, todos reímos.

     

    —Es verdad. No es una broma. Puedes ir y verlo allí, es de madera, así de pequeño, esculpido, y tiene un chisme de gorro.

     

    “Después –continúa, sin salir aún del santuario navarro-, había una arqueta... en un sitio donde pensaron que hubo una ventana...; tiraron el muro, pero no..., yo sé algo. Era una pieza así..., de esmalte de Limoges y piedras preciosas, y grande. Era de madera y se pudrió, se cayó al suelo y pusieron una tabla plana. Nadie conoce su aspecto original, pero yo he descubierto que hay piezas de este retablo en dos museos de Italia. ¿Dónde?”, se pregunta a sí mismo para volver a reír con la risa de un niño malo que se las sabe todas. “Nadie sabe cómo era..., las piezas que no pudieron poner en el retablo frontal que construyeron en esa época, a finales del siglo XVIII, se vendieron a dos museos de Italia y sé cuáles son. Es una historia que nadie conoce. Además dicen que es románico y no es románico, es del siglo VIII, bizantino, y nadie lo sabe en España. Es el más bello retablo del mundo, y creen que es de esmalte de Limoges, pero no, es bizantino, yo lo puedo probar...; y además en los dos museos de Italia está probado que es bizantino, y aquí, ni puta idea...”.

     

    A Erik el Belga le apasiona el arte. “Increíble, esa es la pieza más extraña del mundo”, concluye acerca de San Miguel de Aralar mientras de fondo se oye a Nuria hablar en paralelo de las apariciones de ovnis y las piedras “raras” que se han encontrado en la sierra del mismo nombre.

     

    En cuanto a las falsas certificaciones, las atribuciones erróneas y la autenticidad de las obras de arte también tiene Erik algo que contar. “Bueno, bueno..., las de Goya, de Rubens que he visto que dicen: ‘esto es Goya o Rubens’ y no es, y lo saben ellos, pero por cobrar... Está en la guía, y la vas a ver y no es..., coño, pero lo cobran”. ¿En los museos hay mucha falsificación entonces? “Como no hay análisis científicos... Los análisis actuales determinan con cuatro años de error y cuestan 1.500 euros fuera de aquí, nada más”, afirma. “A mi casa, y lo sabe mamá, han venido con un montón de goyas..., uno valorado en seis millones de euros..., pero no tenían análisis científico. El último que he analizado estaba pintado 68 años después de la muerte de Goya y lo vendían por seis millones de euros”. Son casos de “mala paternidad, malas atribuciones” por falta de esos estudios técnicos. En su opinión, en España faltan “cincuenta años de trabajo y un montón de gente de laboratorio” para que se pueda “arreglar el tema”, y además “pagado por el turismo –propone-, porque somos el país donde más turistas hay en Europa, 56 millones de personas que vienen al año”.

     

    A lo largo de la historia de España “nadie se ha preocupado” por su patrimonio, entiende Vanden Berghe. Recalca que lo peor llegó con Franco, durante cuyo régimen se dio “el mayor expolio del mundo. Además, el Concilio Vaticano II dijo que era obligatorio vender todo lo que sobraba en las iglesias porque había muchos santos... ¿Cómo iba a oponerse Franco a esto?”. Erik compró tablas del siglo XV “a los curas”, que pedían “permiso” a los alcaldes. “Eran 2.000 años de historia”, se lamenta. Entre sus adquisiciones más sonadas destacan los restos de “todo” un convento en Ávila. “Lo tenía un gitano repartido en habitaciones, por todas partes, y llovía dentro de las casas viejas en las que guardaba las cosas”. Recuerda de aquella adquisición un retablo neogótico cincelado en bronce “de cuatro o cinco metros de altura y tres de ancho o más. Había una parte en un lado y la otra en otro lugar. ¿Te acuerdas?, estabas tú conmigo”, le dice de nuevo a su compañera de excursiones por la ruta histórico-artística de Erik el Belga.

     

     

    Un robo “imposible”

     

    ¿Lo más difícil? “Todo ha sido difícil... Aralar era imposible, porque allí arriba no hay nada, 13 kilómetros de carretera y si te cerraban abajo no podías salir. A la historia de Aralar todavía le queda recorrido. “Y calla, calla –dice como sorprendido por un recuerdo-, hago el robo, recorremos los 13 kilómetros..., y cuando llegamos abajo resulta que habían lanzado una granada contra el cuartel de Lekunberri. Los de ETA... ¡digo, los de ETA!”, recalca con su acento y giros francomalagueños. “Como teníamos un coche importante y vieron que éramos extranjeros, les dijimos: hemos subido para ver si había un hotel. No, allí no hay hotel... Estábamos alojados en uno de Pamplona que es el más caro, uno de cinco estrellas”, detalla. En el santuario “había monjes que dormían dentro, era complicado”. Pero el robo de Roda de Isábena fue aún más difícil, tuvieron que matar a dos perros. Años después, regresó con Nuria de visita al lugar y un vecino le gritó ¡Asesino, asesino! Se excusa por no haberlo entendido al principio: “No me acordaba de que había matado a sus perros”. “Intentamos que se acercaran, pero empezaron a ladrar. Había 18 habitantes en el pueblo y si empieza a ladrar un perro ladran todos... No podíamos... y acabamos con eso..., pero claro, con silenciador”, rememora con cierta frialdad mientras el perro de su nuera, un precioso bóxer, juguetea a nuestro alrededor y se acerca de vez en cuando para que lo acariciemos y se le echa encima para lamerle la cara. La vena de cazador le viene de su padre.

     

    En cuanto a la caja de herramientas que empleaba en los robos, se la preparaban “ingenieros”, indica su mujer. “Normalmente, profesionales de Valencia me hacían todo el material especial”. En una ocasión entró en el Palacio Real de Aranjuez a robar los abanicos de una colección “del rey”. Se llevó sólo una parte porque en esa ocasión le sorprendieron en el interior del edificio, aunque logró escapar antes de que entrara la policía. Eran los años 60 y después “hicieron el inventario sin poner que eso faltaba, nadie dijo lo que había desaparecido”. “De 14 bolsas sólo pude llevarme dos porque nos pillaron dentro. ¡Dentro! Habíamos serrado unos barrotes, pero era feria, había petardos y todo...”, relata en lo que parece el guión de una película de serie B. Les descubrieron unos “guardas” que se percataron de que había algo extraño en la ventana, a pesar del esfuerzo de los ladrones por disimularlo mediante una provisional recolocación de los barrotes. “Mamá vino a verlo un día conmigo”, desliza de otra de las curiosas excursiones del matrimonio por los lugares donde ha actuado.

     

    Las herramientas no las guarda porque al terminar cada robo se deshacía del material: “todo, incluso los zapatos”. Se cambiaba, se vestía “de traje” y no quedaba nada en el coche. “Si me pillaban a 30 o 100 kilómetros decía que lo acababa de comprar a un gitano, y se acabó”. Y todo con matrículas falsas, advierte. Su banda, sus “hombres”, como él los llama, venían del extranjero. “Había una gasolinera en Madrid, antes de entrar en la ciudad, les paraba allí, cogían un taxi y ya tenían el vuelo a las nueve y media de la mañana para volver a Bélgica o a París. Entonces ya no había nada, ni hombres ni nada”, explica sobre su modus operandi. “No se quedaban en España ni 24 horas, trabajaban y se iban”, subraya Nuria.

     

    Pero no menos sorprendente que estos relatos resulta el calificativo con que Erik el Belga, el ladrón de arte más famoso del mundo, define su vida: como un “encanto”. “Fue un placer vivir así. Miré el coche un día... [pone como ejemplo tras mencionar también fugazmente la palabra mujer], tenía un Mercedes Cupé y no le funcionaba el chisme, no entraban bien las marchas. Esto es una mierda..., pensé, y lo vendí por un euro simbólico y me compré otro que había sido del embajador español en Bruselas, porque a él no le gustaba que tuviera un bar dentro”. ¿Que si dio algún palo con este coche? “Claro, y vine aquí a España con él, tenía un cacharro para meter la bandera. Metí una pequeña triangular, una cualquiera, antes de pasar por la frontera, y ni me pararon. Era un coche negro precioso”, se recrea.

     

     

    Los amores de Erik

     

    ¿Puede decirse que Erik el Belga ha vivido como ha querido, con libertad? Una vez más, respecto a esto es tajante: “Hombre, claro, y hasta hoy”.

     

    —Y ha sido una vida artística –añade su mujer.

    —Además, he sido muy querido por mis coleccionistas, por todas las mujeres que han vivido conmigo [siete], por mis amigos, mis hombres...

     

    Pragmático, amante del dinero y de los coches de lujo, pero marcado por el amor, el amor al arte, a sus padres (por los que expresa una devoción casi enfermiza), marcado por el amor de sus mujeres..., e incluso por el de sus hombres, en forma de lealtad inquebrantable y mutua.

     

    El amor al arte le viene, cree, de familia. Recuerda la época en que su padre fue vigilante de una fábrica de papel por la noche, en Braine le Comte. “Allí murieron millones de libros después de la guerra, para hacer papel”, rememora, en un pasaje de su infancia que no recoge en la biografía. “Después de la guerra el papel valía mucho dinero y se tiraron muchas bibliotecas, bibliotecas enteras. Todos los libros que tenían una cobertura de cuero o similar no les valían, porque estropeaban la maquinaria, era un desastre. Mi padre cogía los mejores y los llevaba a casa”. “Primeras ediciones de Julio Verne..., recuperaba lo que podía”, señala Nuria. “Uf, hasta tres y cuatro ediciones completas de Jules Verne”, completa él. En la casa de su infancia había, dice, “cuatro mil libros”.

     

    Su madre, Eglantine, que imagino como una maga o una ninfa después de lo que cuenta su hijo en sus memorias, pintaba herbarios para su cuñada, que era conservadora del Museo de Ciencias Naturales de Bruselas. “Todos los hermanos de mi padre fueron universitarios, algunos médicos. Mi hermano [mayor que él] era profesor de idiomas en la universidad y uno de sus hijos es conservador de todos los museos del centro de Bruselas”. Desde los seis años Erik pinta flores. “¡Y mira qué flores pinta!”, exclama su mujer. Nos levantamos porque quiere enseñarnos un cuadro que pintó a los 18 años. Representa un jarrón con flores. Mientras, le oigo decir: “Yo soy del mundo, por donde paso nadie me olvida, he sido siempre feliz”.

     

    Cuando se le pregunta por Nuria, contesta: “Me enamoré de ella..., y hasta hoy, ¿qué voy a hacer...? Tenemos..., ¿cómo se dice?, nuestras diferencias, pero...”. Para ilustrar esas diferencias su mujer le insta a que nos pregunte si alguna vez ella ha hecho “otra cosa” que no sea “trabajar, estudiar y leer”.

     

    —Nada más, ni divertirme, ni salir, ni fiesta, nada –agrega. Hay quien se divierte así y otros prefieren las discotecas, proponemos.

    —Yo sin embargo conozco todas las de la costa –termina de aclarar El Belga. El amor, desde luego, tiene esas cosas.

    —Dile, papá, el regalo de todos los años el 1 de febrero.

     

    Esa es la fecha de su cumpleaños, el de Nuria es el 22. “Todos los impresionistas son acuario”, afirma Erik. Sin embargo, cuando se le pide una definición de los acuario, responde gamberro: “Son chismes para meter peces”. Después de unas risas compartidas, vuelve a ponerse serio para sentenciar, como algo que no viniera a cuento: “La suerte no existe, sólo existe la que te haces”.

     

    —Cada 1 de febrero desde hace 28 años, Erik se va al quinto pino, viene de barro hasta la cintura y me trae la primera rama de almendro en flor. Se va por los montes a buscarlos –termina de contar ella.

     

    ¿Es esta la Sefarad con la que soñaba Erik?

     

    —Creo que sí, porque Andalucía es la Florida de Europa, como Miami. Tengo la playa cerca, la gente, los pescadores... Si no, no estaría aquí, me largaría a Portugal, que me gusta, tengo amistades allí, tengo amigos en el mundo entero. En Bélgica hace frío, siempre llueve.

     

    ¿Y qué tiene Nuria? “Eso no se dice”, reniega, con la discreción de los hombres duros a los que les cuesta exteriorizar algunos sentimientos. Aunque luego repite que todas sus ex mujeres le quieren “todavía”, y admite que con mamá es con la que mejor se lleva: “Si me ve aburrido me da 50 euros y me dice, toma, vete a tomar una cerveza... Y todas las semanas me hace un regalo, ¿es verdad o no?”, le pregunta, cómplice.

     

    Al terminar la conversación, cuando comentamos que ha sido diferente a una entrevista, concluye: “Pero puedes poner todo lo que digo, porque es verdad”.

     

    Después de robar tanto arte, alguien debería robar a Erik el Belga para conservarlo, bromeamos.

     

    —¡En formol! –asiente su mujer.

     

    Él dispara una de sus frases cáusticas:

     

    —Tranquilos, voy a vivir 104 años para dar por culo a todo el mundo.

     

     

    Posdata

     

    Pregunto a Nuria, una vez terminado el reportaje, si lo que tomaba Erik el día de nuestro encuentro era un sol y sombra o simplemente anís. Su respuesta vuelve a ser una sorpresa. Es una  declaración de amor (en el Día de San Valentín) con pinceladas negras, claro: “A Erik le gusta la cerveza de distintos sabores, pero sobre todo la belga negra que se hace en los monasterios y, como es diabético, por más que le encanta una copita de anís no se la puede permitir. Creo que sí que se llama sol y sombra, pero también toma café con leche con un chupito de whisky. Es un gran cocinero de delicatessen y prepara como nadie la caza: venado, faisanes, patos... Sus frutas preferidas son las del bosque, moras, arándanos y fresas. Le encantan los pasteles de manzana y las chucherías, pero no los puede tomar, solo lo hace cuando se pone en plan rebelde”. Luego me propone enviarme “escaneado” su último “certificado médico de la seguridad social”, y me avisa de que “pone que está moribundo”. Me ofrece además una foto en exclusiva de su boda: “Nunca se ha publicado”, subraya. La foto prometida acabaría por convertirse en todo un álbum familiar.

     

     

     

    Tamara Crespo es periodista

     

     

     

     

     

     

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