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    En torno a ‘Sumisión’, el último libro de Michel Houellebecq: ¡Es feo!

    Maite Larrauri - 05-03-2015

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    No acostumbro a escribir sobre lo que no me gusta. Pero voy a hacer una excepción. Me mueve a ello el modo en el que se habla de este libro. La polémica que suscita gira en torno al anti-islamismo o no de este relato de política ficción: en 2022 las elecciones en Francia enfrentan a dos formaciones políticas, el ultraderechista Frente Nacional de Marine Le Pen, que ya conocemos, y un nuevo partido emergente, la Fraternidad Musulmana. Los socialistas tienen que elegir entre apoyar el racismo de Le Pen o el moderado y anti-racista, aunque también anti-laicista, Frente Musulmán. Se inclinan por este último, que gana así las elecciones, y la vida comienza a cambiar en nuestro país vecino.

     

    Pero si esto es lo que Michel Houellebecq y la prensa desean que aparezca como el tema principal, lo bien cierto es que para mí, una mujer libre occidental, y también feminista, este libro tiene como objetivo meternos miedo. El propio autor reconoce que la perspectiva que plantea su ficción política podría “aterrorizar a las feministas”. “A las feministas”, dice Houellebecq, porque según él el mundo femenino se divide entre feministas irredentas y el resto de mujeres susceptibles de convertirse a unos valores morales y religiosos anti-ilustrados. La verdad, creo yo, es otra: en esta parte del mundo, en Europa, existen mujeres occidentales libres, la inmensa mayoría, de entre las cuales algunas son feministas declaradas; y existen pocas mujeres dispuestas a prescindir de su libertad. Pienso que muy pocas desearían que se les impidiera votar, ganar dinero, viajar, casarse y divorciarse cuando quieren, elegir ser madres o no. La interpretación de Houellebecq no está inspirada en un cambio de régimen, como el que imagina en su libro: es la suya ya ahora, independientemente de que gane o no una Fraternidad Musulmana anti-laicismo.

     

    El protagonista de este libro incorpora rasgos propios de autorretrato de autor. No es una novedad, un escritor extrae de su experiencia los elementos que podrían haberse desarrollado a partir de ese haz múltiple y diverso que es su propio impulso vital; encuentra en sí mismo los argumentos que después adornará y coloreará para construir una imagen nueva. Pero las piezas de esta imagen-puzzle estaban ya en él. Puede así crear personajes diversos y complejos. Ahora bien, en el caso de esta novela sucede que todas las voces masculinas a las que se les dota de discurso vienen a ser una y la misma: ya sea el protagonista, el ministro de Educación, el espía de la policía secreta, el profesor de la Universidad, lo que cada uno de ellos dice es una prolongación de lo que dicen los otros. Es un discurso monocorde, no hay voces disonantes (y, desde luego, no hay voces femeninas con argumentación). Es decir que Houellebecq no encuentra en sí mismo ninguna contradicción, ni antítesis, ni matiz: su mundo es plano, pobre, monolítico. O ideológico.

     

    Para muestra, varios botones. Estas son algunas de las perlas que el discurso único del libro nos ofrece acerca de las mujeres:

     

    1.- Hay una desigualdad de base entre los hombres y las mujeres: el envejecimiento en el hombre altera su potencial erótico muy lentamente, el desplome en la mujer es brutal, sucede a veces en pocos meses.

     

    2.- La rectora de la Universidad de París III: puede que sea una lesbiana 100%, o quizá podemos imaginar cómo, entre “sus muslos fornidos”, presiona la cabeza de un joven profesor arrodillado ante ella.

     

    3.- El amor, en los hombres, no es sino el reconocimiento por el placer sexual recibido.

     

    4.- El patriarcado tenía la virtud de ser un orden. No está claro que haya sido bueno conceder a las mujeres el voto.

     

    5.- La evaluación de los atractivos sexuales de las mujeres está bien representada en la expresión española (nuestra aportación patria a esta novela) “tetas y culo”.

     

    6.- Diferencia entre las mujeres occidentales y las mujeres musulmanas: las primeras dan asco cuando están en casa y, en cambio, se arreglan para salir; las segundas son una maravilla en casa y, en cambio, se cubren para salir.

     

    7.- De una profesora de Universidad: es fea, la sonrisa aún la hace más fea. Es increíble que con ese rostro de sapo haya podido ser deseada y tener un marido.

     

    8.- Cuando las mujeres cocinaban, al menos establecían una relación tierna y alimenticia con sus maridos: eran femmes pot-au-feu, o sea mujeres-puchero. 

     

    Cuando el protagonista visita a la profesora universitaria con cara de batracio, mientras su marido –el que extrañamente se había casado con ella a pesar de su ausencia de sex-appeal– mantiene el discurso único acerca de la situación política en Francia, ella cocina: al protagonista le cuesta hacer cuadrar esa imagen de mujer-puchero de su colega con los seminarios de doctorado acerca de Balzac que ella imparte en la Sorbonne. No sabemos cómo son sus cursos, no nos lo dice, pero sí el deleite que sus platos provocan. Sólo puedo transcribirlos en francés, traducidos perderían parte de su sabor: tartelettes au cou de canard et aux échalottes, salade de fèves avec pissenlits et copeaux de parmesan, souris d'agneau confits avec pommes de terre sautées, croustade landaise aux pommes et aux noix.

     

    Houellebecq dice que su novela tenía que haberse titulado originariamente La conversión. En varias ocasiones se habla en este libro de los acuerdos posibles entre las religiones católica y musulmana moderada, y la mayoría de ellos tiene como objeto el anti-laicismo y su traducción en la vida de las mujeres: contra el aborto y la contracepción, contra el divorcio, por una enseñanza en valores morales religiosos. La trascendencia religiosa –se puede leer– es una ventaja selectiva: los creyentes tienen más niños. La religión musulmana aprueba la poligamia porque gracias a ella los más fuertes, capaces de mantener hasta a cuatro mujeres, se reproducen más. O catolicismo o religión musulmana, pero una religión es necesaria, según declara Houellebecq comentando su novela: en un primer momento, nos dice el autor, planeó que el protagonista se convirtiera al catolicismo y de ahí el título La conversión. En la versión final, el protagonista se encamina hacia una conversión al islam. No hay gran diferencia, pues.

     

    Pero finalmente el título fue Sumisión. Y en la elección del título juega un papel fundamental la única mujer admirada en la novela. Aunque en este caso, mezclando realidad y ficción, se trata de una mujer de carne y hueso, una mujer real. En efecto, uno de los personajes –antiguo pro-palestino convertido al islam, miembro de la Fraternidad Musulmana, presidente del Consejo de Rectores de todas las Universidades francesas, Ministro de Educación y finalmente ministro de Asuntos Exteriores– vive en un apartamento en el que siempre deseó vivir: se trata de la casa de Jean Paulhan, el que fue amante secreto de Dominique Aury, la autora de Histoire d'O, un relato de sumisión sado-masoquista.

     

    Es interesante saber que Dominique Aury es el seudónimo andrógino con el que se conocía a una mujer llamada Anne Desclos. Una mujer occidental, libre donde las haya, la primera chica francesa admitida en khâgne (curso de preparación para el acceso a la prestigiosa École Normale Supérieure), periodista y con una carrera brillante en la editorial Gallimard. Tuvo amantes hombres y mujeres. Jean Paulhan era mucho mayor que ella y la famosa Histoire d'O la escribió Anne Desclos para su amante, o más bien para responder a un reto de su amante, que había declarado que las mujeres eran incapaces de escribir novela erótica como los hombres (como Sade o Bataille). El libro apareció firmado por Pauline Réage, un nombre inventado para ponerse a cubierto del posible escándalo que, en efecto, se desencadenó tras la publicación.

     

    Anne Desclos buceó en su propia experiencia para elaborar una relato de sumisión. A partir de su marido, al que abandonó porque la maltrataba, de sus amantes a los que amó apasionadamente, elaboró un conocimiento de los extremos a los que el amor puede conducir, y con ese material escribió un relato por el que Paulhan pudiera admirarla. Y lo consiguió.

     

    Así pues el título del libro Sumisión elegido por Houellebecq es un homenaje a una mujer que escribió un relato de sumisión. Pero Houellebecq no sé si quiere ver que Dominique Aury escribe como mujer libre una historia de una mujer sometida. Justamente puede permitirse escribir una novela erótica porque es una mujer libre en un país occidental. El discurso monocorde del libro de Houellebecq valora la sumisión de las mujeres y, por ende, la sumisión expresada en el libro de Dominique Aury, pero ella, en tanto mujer, demuestra que es capaz de seducir a su amante con un relato y no sólo satisfaciéndolo sexualmente. O sea demuestra lo contrario de las tesis del discurso ideológico de Sumisión .

     

    Algunos críticos han dicho que el libro de Houellebecq era una sátira llena de humor. Me he reído una sola vez y creo que, en ese punto, no era la reacción buscada por el autor: el nuevo ministro de Educación musulmán trata de convencer al protagonista de que se convierta al islam y, de esa manera, pueda conservar su puesto en la Sorbona. Discuten ambos sobre la doctrina y uno de los argumentos gira en torno a la poligamia. Nuestro protagonista está preocupado porque ha entendido que la poligamia sólo se concede a algunos varones fuertes, y él duda de su físico. El ministro le aclara que el hombre es un animal cuya arma más potente es la inteligencia y que, por lo tanto, los profesores de Universidad están considerados como pertenecientes a la categoría de machos dominantes con derecho a la poligamia. Ahí me eché a reír, pensando en cuántos varones respirarían aliviados.

     

    El islam, como Nietzsche –la comparación no es mía sino de Houellebecq–, acepta el mundo tal cual, la creación divina es una obra de arte: las mujeres o son guapas y jóvenes (tetas y culo) y sirven para la reproducción, o son feas y viejas, pero buenas cocineras (mujeres-puchero); y los varones, guapos o feos, jóvenes o viejos, si pertenecen a castas intelectuales o políticas, pueden gozar de todo tipo de beneficios, incluida la poligamia. No está mal el reparto: a Houellebecq ese mundo no le parece una catástrofe, así lo manifiesta en sus entrevistas. Está claro que siempre sale ganando: feo por fuera pero inteligente, o sea dominante. O no, también feo por dentro pero perteneciendo a una categoría intelectual que le permite tener éxito con este libro.

     

     

     

     

    Maite Larrauri es escritora y profesora jubilada. En FronteraD, donde mantiene el blog Filosofía para profanos, ha publicado, entre otros artículos, “Un viejo maniaco de la felicidad es lo que soy”. La imagen de Albert Camus¿Qué es ser de izquierdas? Rosa Luxemburg: atreverse a criticar a MarxLa valentía es Hannah ArendtReformar la políticaEntre la pobreza y el sol: Albert Camus.

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