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    Entre Marrakech y Nueva York: aduaneros, taxistas, perros, gatos y fes

    Anne Serrano - 23-04-2015

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    Aeropuertos

     

    Lo que iguala a Marrakech y Nueva York, lugares a los que he viajado este invierno, son los múltiples controles y las largas colas en los aeropuertos por los que he pasado hasta llegar a mi destino y repetidas después para regresar a casa. Los aeropuertos, definidos por el antropólogo francés Marc Augé como “no lugares”, son también espacios de “no lógica” y “no respeto del tiempo ajeno”. Una tierra de nadie donde después del 11-S todos nos hemos convertido en presuntos terroristas. El consejo a seguir es no perder la calma, a pesar de que se te hielen los pies descalzos, te hagan preguntas estúpidas y el detector de metales se obstine en pitar, con el consiguiente cacheo posterior como si hubieras robado algo. Aunque lleves los envases de líquidos en la bolsa transparente de rigor, no te debes preguntar por qué te dejan pasar mecheros, perfumes de bolso y otros líquidos inflamables en los que nadie parece reparar.

     

    Al llegar a Marrakech la cola en el control de pasaportes era de pronóstico reservado. Los árabes, más afortunados que nosotros, hacían una cola mucho más rápida. Era la otra cara de la moneda. Los niños lloraban, los padres perdían la paciencia, los más ancianos el equilibrio y había hasta quien tuvo un conato de desmayo. Los funcionarios de aduana examinaban los pasaportes como si se los estuvieran aprendiendo de memoria. Lo más curioso, por usar un eufemismo, es que dos metros más adelante otro agente te volvía a pedir el pasaporte y repetía la operación. En total fueron casi dos horas perdidas. Encontramos las maletas de chiripa. Mareadas de dar vueltas en la cinta, algún empleado había tenido la idea de dejarlas tirarlas en un rincón. Otros pasajeros tuvieron peor suerte y no encontraron su equipaje.

     

    Dos semanas después en Nueva York se repitió la misma escena. Aquí era inevitable sentirse como los inmigrantes cuando llegaban a la Isla de Ellis. El ambiente era más tenso que en Marrakech, quizás porque los funcionarios daban las consignas en voz muy alta, aunque luego, la verdad, no eran muy antipáticos y trataban de entretener a los niños de la cola. Toda la información está rigurosamente traducida al español y yo me entretenía comprobando las variantes lingüísticas que usan. Las cosas se pusieron más serias cuando me tocó el turno en la garita de la aduana. El personal es la mayoría hispano, pero aunque les hables en su lengua sistemáticamente te responden en inglés haciendo gala de un acento estadounidense que lo suyo les habrá costado conseguir. Después de comprobar que has hecho el ESTA (autorización para viajar a Estados Unidos) y que lo has pagado y de hacerte algunas preguntas, ante tu sorpresa te hacen una foto como si acabaras de llegar a la cárcel y te toman las huellas dactilares. Esto a mis compañeras de viaje italianas les resultaba más chocante que a mí. Recuerdo que en Italia hubo polémica cuando se habló de incluir las huellas en el carné de identidad. Lo veían como si el Estado los tomara por delincuentes. Nosotros hemos pasado por esa experiencia con los antiguos carnés. Pero que te hagan una foto en el aeropuerto, como poco, impacta.

     

    Concluidos los trámites, mis amigas y yo nos dimos mutuamente la enhorabuena. Tras el papeleo previo al viaje y después de haber pasado todos los controles, Estados Unidos nos consideraba aptas para hacer turismo durante cinco días.

     

     

    Taxis y comercio

     

    Me dijeron que en Marrakech pactara el precio del taxi que nos llevaría a nuestro riad (casa tradicional que funciona como un hotel). Me aconsejaron pagar setenta dirhams (unos siete euros), lo mismo que indicaba un cartel en el aeropuerto. El taxista me pidió 120 dirhams. Le dije lo que me habían dicho y lo que había visto. Respondió que era la tarifa nocturna, y como mi compañero insistió en que se los diera, se los di. Eran las siete de la tarde. No nos pudo llevar al hotel porque estaba en la medina y por la noche era zona peatonal. Pero nos escribió en árabe las indicaciones para que alguien nos ayudara. Era el preludio de cinco días en los que tendremos que regatear por cada cosa que compremos. Cuando preguntamos el precio de algo nos piden el triple de lo que costaría en Europa. Como vivo en Italia me han prevenido los amigos: “habla español, a los españoles nos consideran más pobretones que a los italianos y nos tratan mejor”. “España bancarrota, pero nosotros más”, me dicen cuando se percatan de que soy española. Compramos algunas cosas sabiendo que cuestan mucho menos de lo que nos piden. Si no compramos, nos siguen hasta que consiguen que lo hagamos. Decididamente nosotros no sabemos regatear. Mi compañero insiste en que hay que darles lo que piden porque es lo justo. Me recuerda las circunstancias en las que viven y dice que si pagamos el riad sin regatear por qué lo vamos a hacer con ellos que necesitan más el dinero. Sus razonamientos me parecen marcianos, especialmente cuando se pregunta cómo harán para seguir la trazabilidad del dinero si nunca nos dan el tique cuando compramos. Le respondo que sería como pedir la licencia de armas en una batalla.

     

    El primer día de viaje gastamos casi todo el presupuesto que tenemos para el viaje. Decidimos no comprar más que lo imprescindible. Caminamos siempre por la mitad de la calle, alejados de los puestos y nunca nos paramos para evitar que piensen que estamos perdidos y se ofrezcan a acompañarnos, porque también por eso hay que pagar. Una amiga española que trabaja allí hace años nos explica que para los comerciantes de la medina los turistas somos un billete que camina.

     

    Bajo una copiosa nevada buscábamos un taxi Manhattan. Se detuvo un coche blanco. Le dije a mis amigas que en Nueva York los taxis eran amarillos, que eso lo sabía por las películas. Una de mis amigas me respondió que era un taxi de una agencia. Nos montamos. Cuando noté que no había taxímetro les comenté a mis amigas que nos convenía pactar el precio como en Marrakech. Me dijeron que ya era tarde. La amiga del asiento delantero mantenía una conversación animada con el taxista árabe. Le dijo que tenía un hermano en Milán y mi amiga le contó que yo acababa de hacer un viaje a Marrakech. Ella le preguntó el significado de UBER, escrito en el salpicadero. Él dijo que era el nombre de la agencia. Por una carrera de unos diez minutos nos extendió una factura de 168 dólares. Mi amiga, la que se había sentado delante, le dijo que qué se había creído, que si nos estaba tomando el pelo. Le explicó enfadada que veníamos de Italia y no de África (esto no le sentó muy bien al taxista). Cuando entendí qué estaba pasando, le alargué a mi amiga un billete de veinte dólares. Me parecía lo justo por el trayecto pensando que en Nueva York los taxis costarían más que en Génova, aunque luego tuve ocasión de comprobar que no es así. Le advertí: “No le des más. Está haciendo como hacen en Marrakech”. El taxista no se movía de su precio ni nosotras del nuestro. Le propusimos ir a la policía y él dijo que íbamos a perder mucho tiempo. La amiga que estaba sentada a mi lado dijo que a lo mejor le podíamos ofrecer más dinero, unos cincuenta dólares. Yo me mantenía en mis trece y la otra amiga me seguía la corriente. El taxista empezó a mandarnos a tomar por culo y lo repitió varias veces, cada vez más cabreado. Nos paró en la mitad de una avenida y cuando nos apeamos, arrancó con nuestras maletas. La amiga que había propuesto darle más dinero, corrió tras el coche y se subió en marcha. La otra también corría gritándole que abriera el capó inmediatamente. Yo presenciaba alucinada una escena de película que me cuadraba perfectamente con la idea de la ciudad que nos da el cine. Cuando el conductor abrió el capó, yo cogí las maletas a toda prisa. Los conductores de los otros coches, parados en la mitad de la calle, parecían acostumbrados a estos números y no movieron un dedo. Ni sombra de un policía en las inmediaciones. Luego todavía tuvimos que andar un trecho para llegar a los apartamentos donde nos íbamos a alojar. Le contamos lo sucedido al conserje. Nos pidió perdón por lo ocurrido y nos dio la bienvenida a Nueva York.

     

     

    Gorriones caseros, gatos y perros callejeros, y mascotas con zapatos

     

    Los gorriones en Marrakech son del color de la tierra africana. En el riad Dar al Asad donde nos hospedábamos vivía una pareja. El conserje nos explicó que traen buena suerte y que a los gorriones que entran en las casas no se les hace ningún daño ni se les echa. Por la mañana nos despertaban con sus trinos, que en realidad era su forma de llamarnos para desayunar. Se subían a la mesa y picoteaban las migas. Les gustaban las que tenían restos de mantequilla o mermelada, pero sus favoritas eran las de cruasán. Aunque se acercaban hasta casi el borde del plato me fue imposible tocarles cuando lo intenté. Eso sí, respondían siempre cuando les hablaba. Nunca salían del riad, ni siquiera cuando se abría el techo corredizo del patio. El portero de noche me enseñó que dormían separados, cada uno en un farolillo, y aunque se encendiera la luz no se despertaban. Eran un matrimonio moderno en un país donde las parejas musulmanas tienen que demostrar que están casados para dormir juntos.

     

    Los gorriones del riad Dar al Asad no tenían nada que temer a la cantidad de gatos callejeros que hay en Marrakech, aunque asad signifique león en árabe. Gatos flacos que comen en las basuras o roban algún resto donde pueden. Gatos viejos, maltrechos y otros demasiado pequeños para sobrevivir solos. Gatos tristes que duermen sobre las lonas que cubren las piscinas en la curtiduría. Un lugar digno de una foto de Sebastião Salgado que huele a infierno, donde los hombres trabajan sin mascarilla y en duras condiciones. Los perros salvajes forman jaurías y deambulan por la jungla del tráfico de Marrakech. Los vi enzarzarse en una pelea encarnizada en medio de una carretera. El grupo arremetió contra uno de ellos que no parecía distinto a los demás, ni más pequeño ni más débil. Lo sometieron y quedó en medio de la carretera patas arriba tratando de defenderse mientras los otros le mordían y gruñían rabiosos.

     

    En nuestras ciudades occidentales ya no es común ver a los perros luchar por la supervivencia. Una supervivencia que no preocupa a los perros de Manhattan que pasean con las patas envueltas en una especie de zapatos para que la nieve no les queme las almohadillas. Salen con el indio de turno que los pasea o con el portero de la finca de las casas de lujo cercanas a Central Park. Pocas veces los vi con sus dueños. Llevan abrigo o impermeable y algunos incluso la capucha puesta. Perros de pelo limpio y brillante, bien comidos y atendidos. A veces esta escena se cruza con la de los mendigos que arrastran todo lo que poseen en un carro de supermercado, y uno se pregunta cuál es la vida perra. Los perros con zapatos de Manhattan me hicieron recordar a aquellos que el 11-S trabajaban para recuperar a las víctimas de las Torres Gemelas. Se les quemaban las patas y se deprimían cuando dejaron de encontrar sobrevivientes porque pensaban que era por su culpa. Los miembros de los equipos de rescate a veces se escondían en los escombros para que los perros los encontraran y se convencieran de que estaban haciendo bien su trabajo.

     

     

    El lugar de la vida y el lugar de la muerte

     

    La plaza Xemaá-el-Fná de Marrakech es la metáfora de la vida, el aleph al que se refería Borges. Uno podría no ver nada más en la ciudad porque todo está allí. Es fácil perder la noción del tiempo. La plaza congrega pasado y presente en un desfile continuo de personajes que parecen salidos de Las mil y una noches. Aguadores, encantadores de serpientes, amaestradores de monos, dibujantes de tatuajes, cuentacuentos, bailarines, acróbatas, músicos, poetas. Un teatro a cielo abierto. Un lugar para quedarse. Uno puede hacerse fotos con un mono disfrazado, con los aguadores cuyos trajes tradicionales resultan surrealistas, o con unas cuentas serpientes colgadas al cuello mientras una cobra contempla la escena mareada después de horas de encantamiento ininterrumpido. Puedes dejar que las diestras mujeres bereberes te decoren la mano como para una boda, aunque puede que luego te pique durante el resto del día, según dicen ellas, porque usan limón para que la henna se fije. Pasar de una atracción a otra es también una excelente manera de conocer la música autóctona, en ocasiones mucho mejor que la que se escucha en los hoteles de lujo. Todo ello perfumado por el olor de los pomelos y las naranjas recién exprimidas de los tenderetes que rodean la plaza. Los artistas de calle montan sus pequeños tinglados y ponen sillas para la gente. El público es una extraña mezcla de pueblos del mundo donde para nada cuentan el color de la piel, la religión o la lengua.

     

    Todos los días a primeras horas de la tarde llegan puntuales los carros que transportan los restaurantes ambulantes, con sus cocinas, mesas y bancos. La plaza se prepara para una especie de cena colectiva envuelta en humos y olores a brasas, pescado, carne, verduras, sopas, especias, dulces de todos los colores. Después llega la noche y con ella una oscuridad con corazón de luz artificial que se aprecia sobre todo desde las terrazas de los muchos bares y restaurantes que la circundan, entre ellos el Argana, donde hubo un atentado terrorista en 2011. El negro es entonces el color de la Xemaá-el-Fná, que según se dice debe su nombre a que allí ajusticiaban a los delincuentes y exhibían sus cabezas formando un macabro círculo.

     

    Por algún extraño motivo las fuentes de la Zona Cero de Nueva York me recordaron la Kaaba de La Meca. Dos cubos negros con agua que se desliza por las paredes hacia el vacío de otro cubo central que se pierde en la profundidad. Yo no quería visitar este sitio, pero una de las amigas con las que viajaba insistió. Temía que iba a ser un lugar amargo. Los rascacielos, entre ellos la altísima Torre de la Libertad, aún acrecientan más la sensación de pérdida que representan las fuentes, frías, desoladoras. Alrededor un jardín de nombres cincelados en la piedra en cuyas letras la gente introduce sus flores. Aquel día helador de principios de marzo había palomas blancas en las fuentes.

     

     

    El refugio de King-Kong y el palacio que fue

     

    En el piso 86 del Empire State una paloma equivocada buscaba a Dios. Cuando la vi tan fresca, me asomé para ver lo que ella ya veía. No estaba por allí el diablo para tentarme, pero sentí que se me acercaba a la nariz toda la “ferralla de la ciudad”, como dice Alfonso Armada en su Diccionario de Nueva York. Menos mal que nadie reparaba en los malabares que el vértigo me obligaba a hacer para sacar fotos: asomar los brazos entre el enrejado, sujetar la cámara con firmeza venciendo el deseo de tirarla abajo y después esperar un rato hasta que por fin me atrevía a mirar la pantalla. La sensación era que cada parte de mí expuesta al vacío se iba precipitar en el vacío. Superados los primeros momentos, me envalentoné y di toda la vuelta al mirador que rodea el piso. El día era radiante, pero muy frío, aunque no pude entender cuánto hasta que me dirigí hacia el lado norte del mirador. De esta zona hice menos fotos porque la mano se me quedaba tiesa y tenía que ponerme el guante enseguida. Desde lo alto entendí la forma de Manhattan y cómo los ríos se juntan en la punta de la isla. Reconocí las partes de la ciudad y algunos lugares que ya había visitado. Me acordé de una amiga de infancia que pedía a su madre que le mostrara su casa desde lo alto de un monte. Cuando la madre lo hacía, ella le decía que no podía ser aquella, que era imposible caber en un sitio tan pequeño.

     

    Pensaba yo en cómo habrían hecho los obreros, que había visto en fotos algunos pisos más abajo, para trabajar sin ningún tipo de protección. Por el Diccionario de Nueva York sabía que murieron seis. También en el libro me había llamado la atención que la gente acelere el paso cuando pasa por debajo por si acababa siendo blanco de “alguno de los desgraciados que lo usan como trampolín postrero”. Al comprar la entrada me habían dado una sofisticada guía que me sirvió para instruirme mientras esperaba el ascensor. Las explicaciones eran tan elogiosas hacia el edificio y la ciudad que resultaban ingenuas. Eran bonitos los vídeos que mostraban fragmentos de películas en las que aparece el edificio y las distintas iluminaciones con las que lo adornan en las principales fiestas. A menudo se compara el Empire con un zigurat, las torres de las iglesias o con un alminar. Para mí será siempre el refugio de King-Kong y de su historia de amor imposible. Me gusta pensar que sus entrantes y salientes de tarta colosal, su línea elegante y armoniosa dieron seguridad al gorila y lo eligió para refugiarse del asedio de los humanos.

     

    El despojado palacio El Badi, o Badia, de Marrakech fue uno de los edificios más espléndidos de África. Para su construcción se inspiraron en los planos de La Alhambra. Según reza la leyenda cuando se inauguró, un invitado declaró: “cuando lo derriben será una bonita ruina”. El sultán se quedó atónito. El siniestro augurio se verificó a finales del siglo XVII, cuando el sultán Moulay Ismail decidió trasladar la capital de Marrakech a Meknes saqueando por completo el palacio. Se dice que su riqueza solo duró cien años. Ahora es el reino de las cigüeñas, que anidan por doquier, algunas muy viejas. La grandiosidad del complejo se aprecia en la vasta explanada central. Un patio de planta cuadrada con un estanque rectangular donde nadan los patos y a ambos lados otros cuadrados que debieron ser también estanques más pequeños y ahora se han convertido en parterres con naranjales. Hay otros palacios mejor conservados en la ciudad, pero El Badi propone un interesante ejercicio de imaginación. A partir de lo poco que queda hay que imaginar lo que fue “el Incomparable”, con sus más de trescientas habitaciones construidas con los mejores materiales procedentes de varios rincones del mundo, un palacio de cristal y numerosos pasadizos subterráneos. De aquel esplendor dan fe los altos muros todavía en pie y restos de elaborados mosaicos en suelos y paredes. El crotoreo de las cigüeñas es la banda sonora del palacio y ayuda a que el visitante imagine suntuosos pavos reales que despliegan su cola en el jardín para competir con los colores de la seda y el oro de techos y paredes procedente de Tombuctú.

     

    Desde la terraza se divisa toda la ciudad roja y, si el día está despejado, también el Atlas. Marrakech desde lo alto es un laberinto de callejones, coches, antenas parabólicas, vertederos y azoteas. En algunas de estas se pueden ver tiendas de campaña usadas como habitaciones. Enfrente de la muralla del palacio, una mujer manchada de sangre limpia pollos en una terraza mientras unas niñas juegan con sus muñecas. Como en las estrechas ciudades italianas, donde las casas están tan cerca unas de otras que antaño los nobles y la gente común vivían hombro con hombro, aunque solo fuera por lo que se refiere a la distancia.

     

     

    La llamada del almuédano y la misa góspel

     

    Cuando el almuédano llama a la oración, en la Xemaá-el-Fná los encantadores de serpientes dejan de tocar sus flautas, pero las cobras siguen moviéndose por inercia, como hipnotizadas por la letanía. Sucedía cinco veces al día. La llamada siempre se inicia de la misma manera, con la frase Alá akbar (Dios es el más grande), que el almuédano repite alargando mucho los sonidos, aláááá akkkbarrr, con tono severo. Al igual que me sucedía de niña cuando el cura pronunciaba la homilía, al oír la llamada a la oración desde le alminar de la plaza tenía la sensación de que me habían pillado in fragranti. Las llamadas al rezo del almuédano me recordaban el ojo de Dios que había en mis libros de religión. La idea de que ese ojo me observaba hiciera lo que hiciera me llevaba a pensar que siempre estaba haciendo algo malo. Creo que dejé de ir a misa porque me daba miedo. El segundo o tercer día en Marrakech ya me había acostumbrado a las llamadas y como la mayoría de los habitantes de la ciudad, las oía sin prestarles demasiada atención.

     

    Al contrario de lo que ocurre en Estambul, en Marrakech los turistas no pueden entrar en las mezquitas. El frutero marroquí de mi barrio en Génova me dice que para poder entrar habría tenido que ir con alguien del lugar y vestirme como ellos para pasar inadvertida. Desde las terrazas de la plaza veía a la gente salir de la mezquita, los hombres y las mujeres separados, silenciosos, ensimismados…, pero enseguida se dejaban engullir por la vitalidad de la plaza. El personal de los bares y restaurantes a menudo se ponían a rezar detrás del mostrador mientras sus compañeros seguían con sus tareas. A veces rezaban mientras hacían otras cosas. Rezaba el señor que nos cambia el dinero, los comerciantes de bazar, los vendedores ambulantes de té. La oración forma parte de la vida.

     

    En la madrasa Ben Youssef ochocientos estudiantes memorizaban el Corán en angostas celdas cuya desnudez contrastaba con la decoración exuberante del patio de abluciones y de la sala de rezos. Me pregunto por qué el estudio de las religiones está unido a la austeridad y se realiza de espaldas a la vida.

     

    Mi maestra de interpretación, Adela Escartín, que se fue a estudiar teatro a Nueva York en 1947, me contaba emocionada los conciertos de música góspel a los que asistía y en los que la gente entraba en trance. Fue su recuerdo el que me llevó una mañana fría y soleada de domingo a la Iglesia Bautista Abisinia, en Harlem. En el lugar donde se casó Nat King Cole yo asistí a un concierto góspel como los que me contaba mi maestra, aunque en realidad era una misa. Una misa en la que el reverendo bromeaba, la gente reía y aplaudía, y las canciones se coreaban y acompañaban con palmas. Después de hacer una cola con los demás turistas, unos negros vestidos de smoking y con guantes blancos nos dieron la bienvenida. Nos condujeron al anfiteatro porque la parte de abajo está reservada a los feligreses negros, justo lo contrario de lo que sucedía durante la segregación. La única advertencia fue que no podíamos hacer fotos ni grabar. Por los laterales del patio de butacas entraron las cantantes, todas mujeres, vestidas con túnicas granates adornadas con una franja dorada alrededor del cuello. Ceremoniosamente se fueron situando en el coro, la mitad a la derecha y la otra mitad a la izquierda. También ocupó su puesto el organista. El pastor hizo ponerse de pie a los turistas y la comunidad nos saludó con un aplauso. Luego empezó la función, o la fiesta, que allí eran lo mismo. Sentía que todo era perfecto a mi alrededor: la luz cálida que filtraban las vidrieras, las mujeres vestidas de blanco con sombreros de plumas y flores, los hombres de los guantes blancos apostados a los lados, el reverendo con su alegría y sobre todo el coro. Estaba en perfecta comunión con una comunidad totalmente desconocida para mí hasta entonces. Hacia mitad de la celebración el coro cantó la canción más larga y emocionante de todas. La gente coreaba algunas frases y seguía el ritmo con las palmas, como en un concierto de rock. La música lo envolvía todo. Dejé de pensar y me empezaron a brotar las lágrimas. No podía hacer nada por detenerlas. Así que lloraba feliz sin importarme lo más mínimo qué pensaban mis vecinos de banco. No sé si sería esto el trance al que se refería mi maestra. El teólogo luterano alemán Dietrich Bonhoeffer, del que se dice que participó en el atentado contra Hitler, frecuentó esta iglesia en los años treinta del siglo pasado. Suya es la frase: “Jesús nos llamó, no a una nueva religión, sino a una nueva vida”. Como dice la canción, si me dieran a elegir, yo me quedaría con una religión que fuera siempre gozosa.

     

     

    Chuparquías y cookies  

     

    La medina de Marrakech huele a especias, pero sabe dulce. Las chuparquías me las recomendó mi amigo Juan Antonio Vizcaíno, que es septaui y muy goloso. Es un dulce de miel y anís. Se come en Ramadán, según me explicaron acompañando la sopa harira, que tiene mucha grasa. Pregunté por las chuparquías en la Xemaá-el-Fná nada más llegar. El vendedor ambulante de dulces no las tenía, pero se fue a buscarlas no sé dónde y nos las trajo en un santiamén. Ya me lo había dicho Juan, y es verdad, que la comida marroquí es exquisita. En más de una ocasión me sentí como Proust recordando sabores olvidados, como el de las naranjas, fresas y todas las frutas y verduras en general, pero especialmente la nata que se formaba encima de la leche. Me trasladaba a la Rentería de mi infancia cada mañana.

     

    Las cookies de Starbucks son las chuparquías de Nueva York. El café de estas cafeterías no tiene comparación con el italiano, pero las galletas de uvas pasas o de chocolate son muchos mejores que las que se comercializan en Europa y son blandas, no duras como mazacotes. Los perritos calientes, sin embargo es mejor idealizarlos en las películas que comerlos. Me llamó la atención que muchos puestos de perritos calientes son de veteranos de guerra. Algunos de los vendedores son puertorriqueños y hablan un español con mucho acento americano. Un par de veces me encontré con hispanos que me bendijeron al despedirme y me dieron recuerdos para la madre patria.

     

     

     

    Otros escenarios

     

    Es hispano también todo el equipo del Repertorio Español, un pequeño teatro de la Calle 27 donde se representan solo obras en castellano. Allí vimos Mala hierba nunca muere, una divertida comedia que cuenta lo que pasa cuando un dictador continúa viviendo más allá de su época y se niega a aceptar lo mucho que ha cambiado el mundo a su alrededor. El dictador en cuestión es Fidel Castro interpretado por un actor que parece el sosias del comandante. Tuve oportunidad de comprobar lo que siempre me decía mi maestra, que los actores en Nueva York tienen una preparación formidable. Ella contaba en sus clases que ser actor allí es una ardua tarea. Contaba una anécdota macabra que lo demostraba. Una pareja de actores que recientemente ha hecho un casting para una obra recibe un telegrama. Ambos corren a abrirlo. Después de leerlo el chico le dice a la chica: “Mi madre ha muerto. Qué susto, creí que no habían cogido en la prueba”.

     

    Para llegar a la Isla de la Libertad las medidas de seguridad son casi las mismas que para entrar en el país. Resulta inevitable sentirse como los inmigrantes que llegaban a la Isla de Ellis. La estatua de la Libertad nos recibió de espaldas. La nieve acumulada en el paseo nos impidió verla por delante. Como suele suceder a veces, me pareció más pequeña de lo que imaginaba. Mi amigo Juan Antonio dice que es la Madonna de Nueva York. No me quedó claro si se refería a la cantante o a la forma de nombrar a la Virgen en italiano. En los dos caso la comparación me parece correcta. El símbolo de la ciudad atrae como una vedette y ha sido (y sigue siendo) objeto de devoción de soñadores y desesperados. Como mis compañeras de viaje eran italianas la visita a la Isla de Ellis era obligada. Es difícil encontrar familias italianas en las que no haya alguien que fuera a fare L’America. El Museo de la Inmigración es un relato de muchas historias que todos conocemos antes de llegar allí. Del edificio recuerdo el resplandor del suelo del enorme salón principal y las dos banderas estadounidenses que cuelgan a ambos lados, tan grandes que resultan poco auspiciosas. Observando la ciudad a través de una de sus muchas ventanas pensaba en una escena de la película Nuovomondo, de Emanuele Crialese. El barco que conduce a la familia de sicilianos a Nueva York zarpa del muelle separando a los hombres que están a bordo de los que se quedan a tierra, como si un mismo cuerpo se rompiera por la mitad.

     

    Ajenos al viaje al que muchas veces se enfrentan los mayores, los niños de Marrakech jugaban en la calle, como ya no se ve jugar a los niños. Había una niña de largas trenzas que recorría en bicicleta el callejón donde estaba nuestro riad. Le pregunté varias veces si me dejaba hacerle una foto, pero siempre se negó, no sé si sería porque pensaba, como los indios, que si alguien la fotografiaba le robaba el alma, o quizá porque estaba aleccionada por sus padres. Un día les di unos pines que llevaba de Italia. Los chicos los cogieron y salieron corriendo. La niña se me quedó mirando como esperando que yo le pidiera la foto, pero no lo hice. Fue enseguida a enseñarle a su padre el broche que yo le había dado.

     

    El de los besos es un idioma universal que nos iguala a todos. Cuando le devolví sus orejeras al señor negro que quitaba la nieve en las calles de Manhattan, mirándome a los ojos, hizo el gesto que hacen algunos hombres al besar la mano a una mujer, pero no con mi mano, sino con la suya. Nadie me ha besado nunca con tanta elegancia.

     

    La mujer árabe que limpiaba el riad me dio dos besos inesperados y sonoros cuando le entregué unos bolis para sus niños. En el aeropuerto de Nueva York una muchacha de color me abrazó y me estampó dos besos al saber que yo también iba a Italia, el país donde se dirigía a trabajar, como si tener el mismo destino fuera un presagio de buena suerte.

     

     

     

     

    Anne Serrano es actriz y profesora de español en la Universidad de Génova. En FronteraD ha publicado Toni Servillo, artista artesano, lleva su teatro a MadridRecordando a Adela en Madrid y La HabanaHistoria de ZoeBerlusconi, rey de AbsurdistánHace diez años el G8 puso a Génova en estado de sitio y El camino de las migas de pan.

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