La escritura inmediata

Gabriel Albiac

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Me han hecho ustedes el honor de concederme hoy la palabra en un espacio, la biblioteca de ABC, que necesariamente debe intimidar a todo aquel que tenga presente la historia de la España del siglo XX. Para hablar de un oficio que va a determinar la vida de quienes hoy aquí se inician en ese laberinto exaltador y misterioso que es el del periodista. Y yo sólo puedo enmascarar mi inseguridad al hacerlo. Y decir: gracias.

 

 

*     *     *

 

Entremos, pues, en materia.

 

“…Antaño, cuando yo era joven…”. El hombre que escribe eso se sabe ya hombre viejo. Viejo y de extraordinaria biografía, que su texto evoca. Vio, en dos guerras sucesivas, desplomarse la patria. Y, con ella, sus ambiciones. “Antaño, cuando yo era joven” –sigue–, “sentí lo mismo que les pasa a tantos otros. Y tuve la idea de dedicarme a la política…” Pero, de repente, todo quedó en humo. Cayeron las leyes, cayó la ciudad, “todo iba tan a la deriva” –escribe– “que acabé por marearme”. Al borde del vacío, abrió los ojos, decidió dar el largo rodeo de comprender lo que ya no tenía remedio. Sin esperanza ni miedo. Comprender sólo. Y entonces, sí, las cosas comenzaron a ser interesantes. Y el hombre, el hombre joven, que soñaba con forjarse una vida extraordinaria, supo que lo único de veras extraordinario en el caminar de un humano por su vida es escribirlo. Y, al escribirlo, comprender todo: no mentir, no mentirse.

 

No hay grandeza más alta. Ni puede que tampoco angustia más profunda. Porque en eso que un hombre escribe se juega la fidelidad a todos, a todo: a los suyos, de cuyo esplendor debe dar cuenta, también de sus tinieblas; a cuanto amó y a cuanto le fue indiferente o aun odioso, porque la verdad no puede ceder nunca ante los afectos; a lo escaso auténticamente bello con lo que se cruzó y a lo mucho feo. Y ambos, lo bello y lo feo, deben ser dichos con igual mesura, con igual maestría. Nada será ocultado, se dice a sí mismo ese hombre viejo que vuelve de Siracusa. En todo se perfilará la luz exacta que lo defina. Aunque esa luz proyecte sólo sombras enigmáticas sobre el muro frontal de una caverna. Aunque, en esa decisión de ver la sombras perfilarse, percibamos que estamos presos, que no podemos siquiera dar la vuelta y mirar frente a frente qué es lo que de verdad sucede a nuestra espalda, qué mueve esos perfiles del teatro como de sombras balinesas que, sobre la pared, estamos describiendo. No importa. Saber que no sabemos más que un fragmento manipulado de verdad, es la verdad más áspera y la más profunda. Describamos, sin un temblor, las sombras. Diseccionémoslas. Esa disección es nuestra vida. Y nuestra eternidad está en lo efímero que, implacables, narramos. Sin poner nada. Sin olvidar nada.

 

Y, en el instante de aceptar ese envite, el antaño hombre joven abandona la escena. Y Platón nace. Y, con él, esto a lo que llamamos verdad. Esto que es lo único a lo cual ustedes, que ahora son tan jóvenes como evoca haberlo sido aquel ateniense, van a dedicar sus vidas. Esto que, un día, cuando como este que les habla hoy, sean lo bastante viejos para no creer en nada, sabrán que era una partida perdida de antemano. Y que por eso, precisamente por eso, sólo por eso, por perdida, valía la pena jugarla, era lo único que de verdad valía la pena.

 

Recuerden a Platón:

 

“…Represéntate unos hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto, junto al cual imagínate un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos… Imagínate… que, del otro lado del tabique, pasan sombras que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales…  ¿Qué otra cosa habrán visto, de sí mismos o de los otros los prisioneros que las sombras proyectadas por el fuego en la pared de la caverna que tienen enfrente? …Así somos nosotros”.

 

Todos ustedes conocen el final de la alegoría platónica. Aquel que, entre los prisioneros, logra narrar la verdad, que las sombras enmascaran, corre el riesgo de ser linchado por los demás, que aman su confortable encierro en la tiniebla y no están muy dispuestos a permitir que nadie se lo arrebate: algo, vagamente, les dice que dejar de padecer sería, para ellos, dejar de ser; nada aman los hombres más que su confort en la desdicha y en la servidumbre. Pero el personaje de Platón debe hacer su tarea. Aunque no guste a nadie. Su destino es desenmascarar las sombras. Y, también, pagar por ello el precio de soledad y de rechazo que corresponde. Es el destino al cual ustedes van a atarse.

 

 

*     *     *

 

“El lenguaje del vencedor no se habla impunemente. Ese lenguaje se respira, y se vive en él”. Si algo cometo la descortesía de pedirles hoy es que, como periodistas, no olviden nunca esto que escribió Victor Klemperer.

 

Era un filólogo eminente, un profesor universitario, cuya vida había transcurrido en el encierro y el silencio de las bibliotecas. Pero llegó el año 1933 y el ascenso del nazismo. El profesor Klemperer era judío. Fue expulsado de su cátedra de Dresde. En aplicación de las leyes raciales, le fue vetado incluso el acceso a las bibliotecas. Concibió entonces, para salvar su espíritu, un proyecto en apariencia loco: el de trazar, con todo su refinamiento de gran filólogo, el análisis formal de la lengua cotidiana en la Alemania nazi: para eso, sólo necesitaba su oído y un cuaderno; y toda su sabiduría, por supuesto. Hizo con eso la crónica periodística más fiel que poseemos de aquellos años terribles. La llama irónicamente LTI: Lingua Tertii Imperii. La lengua del tercer imperio (o sea, del tercer Reich). Lean ese libro. Sabrán que el mal no está sólo en lo que se dice. Está, antes que nada, en la textura que impone a la lengua que lo dice. Y que corromper la lengua es ya corromper todo. La moral de un escritor es su sintaxis; por decirlo con una fórmula de Paul Valéry que fascinaba a nuestro Francisco Umbral.

 

Y ése, no lo duden, es el imperativo moral del periodista. Si han elegido estar aquí esta mañana, es porque saben eso. Puede que en ningún periódico el culto de la buena escritura haya tenido un lugar tan sagrado como en esta casa de ABC, por cuyas páginas pasaron –los han visto ustedes, al cruzar la antesala que los condujo a esta biblioteca– todos los nombres más grandes de la literatura española del siglo XX: desde Maeztu a Alberti, desde Unamuno a Valle… Y a Azorín, probablemente, sobre todo. Al Azorín en quien se quintaesencia esa primacía ética del estilo. Al Azorín que sabe su vida cifrada en las innúmeras páginas escritas en la urgencia, que él evoca con triunfal melancolía:

 

“...He escrito en muchos  sitios a lo largo de mi vivir... No sé dónde he escrito con más fervor, con más verdad, con más entusiasmo. He escrito en cuartillas anchas y amarillentas, en cuartillas chicas y blancas. He escrito en un cuartito de estudiante, en la mesa de una redacción, en el campo, en la ciudad, en una estación, en la mesa de mármol de un café. He escrito por la mañana, por la tarde, a prima noche, en las horas de la madrugada, con el alba, con la aurora, a mediodía, a la tarde. He escrito estando bueno, con salud pletórica, enfermo, titubeante, sin sanidad y sin dolencia. He escrito con todas las luces, con sombras y con penumbras; con luz de aceite, grata luz; con luz eléctrica, agria luz; con la blanca y suave luz del gas; a la luz de las bujías, las románticas bujías. He escrito con pluma, con lápiz, con máquina de mesa y con máquina portátil, con pluma de agudo y con pluma de punto grueso. He escrito letra abultada y letra menuda. He escrito con inspiración y sin inspiración; con ganas y sin ganas. He escrito con ortografía y sin ortografía... He escrito novelas, cuentos, ensayos, comedias, artículos, muchos artículos, centenares de artículos, millares de artículos... ¿Cuantas cuartillas faltan. ¿Cuántas por llenar? ¿A qué altura estamos de la vida? ¿Nos quedará algún tiempo, algún tiempo para llenar algunas cuartillas más? ¿Y qué nos proponemos con llenar otras cuartillas? ¿Y qué nos proponíamos cuando llenábamos las cuartillas que representan [nuestros] primeros escritos? ¿Sabe alguien, con certeza, a dónde va cuando escribe?”

 

Claro está que no. Que uno no tiene ni la menor idea. Por eso escribe. En la disección de sombras a la cual ustedes habrán de dedicar su tiempo y su paciencia, dispondrán de este instrumento deslumbrante –y también ambiguo–: la lengua. Toda verdad puede ser rastreada en ella. Y, en ella, tejido todo engaño. Cada día tendrán que decidir qué extraer de su uso. Y cada día contraerán, así, una responsabilidad moral irreversible. Acabará por pesarles, con los años. Y, con los años, sabrán que ese peso es lo único que da sentido a una vida. La responsabilidad del periodista es –y mejor que lo sepan antes de decidir dedicarse a esto– absoluta. Porque arrastra la percepción de lo esencial en la conciencia colectiva. Y las decisiones, aquí, se toman en el vértigo de una aceleración que no puede otorgarse el grave, distante sosiego de la meditación académica. Y errar, en el vértigo, está siempre al acecho. Aprenderán a vivir con esa incertidumbre de lo efímero. Y a hacer de ella su horizonte biográfico.

 

 

*     *     *

 

Pero es que lo intemporal es lo efímero. Cuando sabemos verlo –permítanme el latinajo clásico– sub specie aeternitatis, bajo una cierta especie de eternidad, bajo la perspectiva de verdad que trasciende la anécdota y, al trascenderla, la hace irrevocable. Por eso, el periodismo ha sido, desde el último decenio del siglo XVIII hasta hoy, la plataforma privilegiada de la escritura. El arriesgado laboratorio sobre el cual los más grandes hubieron de poner a prueba su artesanía técnica y sus envites morales.

 

Permítanme que tome como guía al paradigma en el siglo XX de esos que hicieron de literatura y periodismo una misma cosa. Tomen ustedes los cuatro volúmenes que recogen, en la definitiva edición de Pléiade, los escritos de Albert Camus, ese maestro que,  como pocos, aunó decencia insobornable y exquisita manufactura.

 

Estoy seguro de que constatarán la misma paradoja que me sacude a mí, cada vez que he tenido que analizar a Camus en la Facultad de Filosofía: lo que menos ha envejecido de él, lo que podríamos hoy publicar sin cambiar una coma, no son las obras teatrales, que le dieron gloria ante el gran público y que hoy nos parecen en parte anacrónicas; no los dos grandes libros de filosofía –El mito de Sisifo y El hombre rebelde–, que guardan, sí, la fuerza de sus apuestas, pero cuya problemática nos es entrañablemente ajena; lo que –junto a su primera deslumbrante novela– permanece tan inalterado como un geométrico diamante son esos mínimos artículos escritos en la urgencia de la prensa clandestina durante la ocupación, después en la exaltación y las desilusiones de los años de posguerra bajo las múltiples cabeceras por las que Camus fue pasando, en sus sucesivos conflictos con todo lo establecido, también con sus editores. Hasta llegar a ese pasaje majestuoso que, en el discurso de recepción del Premio Nobel, acota la grandeza de escribir, pero también la responsabilidad y los límites de aquel que escribe:

 

“A lo largo de más de veinte años de una historia demencial, perdido sin socorro, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, fui sostenido por el sentimiento oscuro de que escribir era hoy un honor, porque ese acto obligaba… a no sólo escribir. Me obligaba a cargar…, junto a todos los que vivían la misma historia, con la desdicha y la esperanza que compartíamos”.

 

Pero no elude Camus confrontarse a la última tentación: la de soñar al escritor como sucedáneo laico del sacerdote o del profeta. Bien a la vista tiene los delirios a los que esa tentación ha abocado a algunos de los más grandes talentos de su generación. Y su propuesta, en 1957, es humilde, arrogantemente humilde:

 

“Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo” –proclama–. “La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea es quizá más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrupta, en la cual se mezclan las revoluciones fallidas, las técnicas que se volvieron locas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas…, esta generación  ha tenido que restaurar, en sí misma y alrededor de sí y de sus solas negaciones, un poco de aquello de lo cual está hecha la dignidad de vivir y de morir… Y… alzar su doble apuesta de verdad y libertad”.

 

Verdad y libertad –tampoco olviden jamás eso– son lo mismo. Ni la una ni la otra están definitivamente a salvo de confusión, de ilusorio autoengaño. El oficio de ustedes consistirá en delimitar las líneas de ese frontera minada. “La verdad” –concluye Camus, y da con ello una lección impecable de ética periodística–, “la verdad es misteriosa, huidiza, siempre por conquistar. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir cuanto exaltadora. Debemos caminar hacia ambos objetivos, con dificultad, pero con resolución, sabiendo por adelantado cuan desfalleceremos sobre un tan largo camino. ¿Qué escritor, a partir de ahí, osaría, presa de la buena conciencia, erigirse en predicador de virtud?”

 

La predicación –no lo olviden tampoco– y las buenas intenciones matan, en nombre de un futuro trascendente, la verdad de la cual se les debe exigir a ustedes que den estricta cuenta. “¿A qué desvaríos se expone el intelectual cuando se convierte en el mensajero del absoluto, en el substituto del predicador, en el hombre superior que se siente tocado por la gracia?”, se preguntaba Maurice Blanchot. ¿A qué desvaríos? Los conocemos bien: los que forjan el blindaje de palabras a cuyo cobijo alzaron los totalitarismos su monumento al homicidio. Olvídense del don profético, olvídense de los ensueños de salvar a nadie, a nada. Son ustedes –habrán de serlo– espectadores. No protagonistas. Relaten. Con verdad. Sin intenciones. Con verdad sólo. Reconforte, esa verdad, o desespere. Corregir el mundo no es asunto de ustedes. Lo es, contarlo. Alzar constancia de lo que fue y lo que es. Sin que nada, por muy pequeño que sea, quede olvidado en su relato. Les guste o no, en el archivo de las hemerotecas –y en esta casa está la hemeroteca que da un espejo más fiel de la España del siglo XX–, las páginas que ustedes escribieron serán las actas sobre las cuales el futuro habrá de dictar la sentencia de nuestro tiempo. Y esas actas –como la sentencia que un día habrá de alzarse sobre lo que ellas preservaron– son sagradas.

 

Y no crean que ese conflicto del que escribe, de su responsabilidad con cada línea, de su deseo de huir de este paisaje, casi siempre oscuro, del cual debe dar cuenta exacta, no crean –digo– que esa angustia es cosa de nuestro tiempo, de nuestro feroz tiempo sólo. Todos los tiempos son el peor de los tiempos para el que escribe. Relean la queja del Baudelaire, periodista excepcional en el París de 1859. También ustedes habrán de parafrasearla, al cabo de una cualquiera de sus jornadas de trabajo: “Todo diario, desde su primera línea hasta la última, es sólo un tejido de horrores. Guerras, crímenes, robos, impudicias, torturas, crímenes principescos, crímenes nacionales, crímenes privados, una embriaguez de atrocidad universal. Y con ese repugnante aperitivo, el hombre civilizado acompaña cada mañana su desayuno. Todo en este mundo” ­–concluye– “exuda el crimen: el periódico, el muro y el rostro del hombre”.

 

La paradoja es que tan sólo en el decirlo –y en el decirlo sin concesión ni maquillaje– está la luz y la gloria de haber combatido sin esperanza contra todo eso: y en ello se cifra el honor de ser un hombre libre. Y de ser –en tanto que hombre libre– un periodista. Nunca podrán ustedes hallar un destino más grande. Ni tampoco un mayor deshonor, si no saben permanecer inconmovibles ante cuanto y cuantos busquen a cualquier precio silenciarles. La del oficio al cual ustedes se asoman, es una apuesta moral que no admite ser negociada. Quien no se sepa capaz de aceptar ese envite, debe dedicarse a otra cosa.

 

Habrá, en ese recorrido que ahora inician, momentos prodigiosos. Ustedes chocarán con ellos. Todo el mundo choca con lo excepcional algún día. Pero chocar no es ver. Y a ustedes se les exige ver. Como no vio nadie. Aunque todo el mundo haya pasado por delante. A ustedes se les exigirá ver por primera vez el mundo, su mundo. Ése es su oficio. Y no vayan ustedes a pensar que eso no duele.

 

Como Malraux, puede que, a la vuelta del viaje, puedan ustedes proclamar que sus ojos visitaron lo extraordinario: “He visto el océano malayo constelado de medusas fosforecentes, hasta tan lejos cuanto la noche permite a la mirada sumergirse en la bahía, y, después, la tiritante nebulosa de la luciérnagas que cubrían las lomas hasta los bosques ir desapareciendo poco a poco en el gran desdibujamiento del alba…” Algunos de esos momentos marcarán sus vidas. Pero eso es cosa de ustedes. No de su oficio. Su oficio está en hacer que marquen las vidas de todos. Mientras ustedes permanecen impávidos e invisibles. Voz que narra.

 

Yo vi en Berlín, en una de esas glaciales tardes platino del otoño centroeuropeo, caer el muro que dividía Europa y, con ella, el mundo. La foto, que ha rodado su destino propio, de un malabarista haciendo girar sus bolas sobre el paredón a medias carcomido, la hice yo –que ni siquiera poseí nunca una cámara de fotos–, con un aparatito casi de juguete que me endosó para el viaje mi periódico de entonces. La he visto muchas veces luego: en papel, en internet, en reportajes… Casi siempre, sin firma. Y es ese anonimato –créanme– lo importante. Lo digo sin atisbo de modestia. Es la vanidad extrema. Sabrán ustedes que han visto algo, cuando todos crean haberlo visto y ni siquiera sospechen que hubo alguien –ustedes– que impuso esa evidencia ante sus ojos. Sabrán que han escrito algo que valió la pena, cuando escuchen a la cajera del supermercado repetirlo como hallazgo propio. Y entonces será imprescriptible. Y, de ustedes, quedará borrada hasta la sombra. No hay mayor galardón para un periodista: ser nadie, para que lo que escribió sea todos.

 

Porque el prodigio no está en lo que sucedió ante nuestros ojos: sea el muro, ya desmigajado, de Berlín, sea el golpe inesperado de una mañana de marzo que los de mi edad no olvidarán nunca. El prodigio que se les exige –y es esa la exigencia de un oficio– está en saber contarlo. Que es –no se engañen– el único modo de saber verlo. Con la palabra o con la imagen justa: que es sólo una. Con cámara o con estilográfica, con ordenador o con Olivetti. Con aquello de lo que ustedes dispongan. Con lo que sea. Contarlo. Sin retórica: la retórica es un pecado. Se les pide verdad. No epopeya. Ni consuelo. Hay otros profesionales para eso.

 

 

*     *     *

 

Ante el fatal destino de Antígona, Sófocles hace entonar al coro uno de las pasajes más intemporales –si no el más– de toda la historia de la literatura. Habla de ese curioso animal con cuyas andanzas van a tener ustedes que vérselas cada día, ante el ordenador, en la redacción o en la calle, o en los más impensados horizontes. Ese animal que somos cada uno de nosotros:

 

“Muchas cosas terribles existen” –proclama ese coro– “y, con todo, ninguna tan terrible como el hombre…”

 

De ese animal “que se enseñó a sí mismo el lenguaje y el alado pensamiento”,  de ese animal habrán de ser ustedes los cronistas.

 

…Y, puede que sí, puede que eso, a fin de cuentas, sea un combate. Solitario, en todo caso. Y ajeno a la épica de la victoria. Tanto como el del desarraigado aviador irlandés, cuya epopeya poetiza William Butler Yeats en uno de los momentos más intensos de la poesía del siglo XX:

 

“…Ni ley ni deber me invitaron a la lucha,

Ni los estadistas, ni la turba clamorosa,

Un solitario impulso de deleite

Me trajo a este tumulto entre las nubes;

Todo lo ponderé y tuve presente…”.

 

 

*     *     *

 

Y en la fidelidad a esa ponderación y a ese tener presente, que sólo la independiente soledad otorga, un día sabrán ustedes que sí valió la pena la apuesta que acometieron… antaño, en una venerable biblioteca, ésta del ABC. “Antaño, cuando eran jóvenes”. Antaño: es decir, ahora.

 

 

 

 

Este texto fue pronunciado el pasado jueves, 17 de octubre, como lección inaugural de la XXV edición del Máster de Periodismo ABC/UCM. 

 

 

 

 

Gabriel Albiac es filósofo, profesor de filosofía, escritor y articulista. Entre sus muchas obras destacan La sinagoga vacía: un estudio de las fuentes marranas del spinozismo; La muerte: metáforas, mitologías, símbolos, Diccionario de adioses, Palacios vacíos y Una adopción en la India

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