El presidente libio Muammar al-Gaddafi, en 2009.

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    Europa en la jaima de Gadafi

    Lino González Veiguela - 17-02-2011

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    En diciembre de 2007, Nicolas Sarkozy llevó a cabo una visita de estado a Argelia acompañado por varios de sus ministros y más de un centenar de empresarios franceses. El objetivo principal de la visita era asegurar unas inversiones del grupo petrolero Total y la renovación de un contrato de suministro entre la compañía de gas francesa Gaz France y la argelina Sonatrach. Además, la empresa francesa Alstom firmó un provechoso acuerdo para construir en el país una central eléctrica de ciclo combinado junto a la empresa egipcia Orascom. En total se aseguraron unas inversiones de varios miles de millones de euros (algunos analistas hablaron de que el monto total pudo haber ascendido a 5.000 millones de euros). Francia buscaba recuperar el terreno perdido como uno de los principales países europeos inversores en Argelia (los Estados Unidos eran y siguen siendo el principal comprador de los hidrocarburos argelinos). Las cuestiones espinosas en las relaciones bilaterales franco-argelinas -la autodeterminación del Sáhara Occidental o la negativa por parte de Sakozy a pedir disculpas por el pasado colonial- no supusieron un obstáculo para la firma de contratos. Tampoco la situación de los derechos humanos en Argelia.

           Pocos meses más tarde, en abril de 2008, Sarkozy hacía una visita similar a Túnez. En esta ocasión, la mayoría de los medios españoles y europeos recogieron la noticia a causa de un detalle al parecer fundamental en las relaciones bilaterales entre ambos países: la mujer de Sarkozy, Carla Bruni, le acompañaba en ese viaje. En el encuentro bilateral franco-tunecino se discutió sobre todo de dinero -noblesse oblige-, de mucho dinero. Alstom quería asegurarse la construcción de una central térmica por valor de unos 300 millones de euros. También estaba en juego el futuro de la fábrica de componentes que Airbus tiene en Túnez. El acuerdo entre Sarkozy y Ben Alí se logró de forma cordial, según informaron los medios franceses. Se firmaron contratos, y entre firma y firma se discutió un poco de inmigración y otro tanto de terrorismo. Al ser preguntado por la situación de los derechos humanos en el país norteafricano, un incómodo Sarkozy declaró que él no había viajado a Túnez para dar lecciones de gobierno a nadie.

           Un mes antes de su visita a Túnez Sarkozy había patrocinado la puesta en marcha de la Unión para el Mediterráneo (UPM), un instrumento para articular la política de la Unión Europea en la región que reemplazase Proceso de Barcelona, en vigor desde 1995 y que, en palabras del primer ministro francés, no había dado todos los resultados deseados. Francia era, y es, el principal inversor y socio comercial europeo de los países del norte de África, seguido de Italia. Tras unas reticencias iniciales, Angela Merkel, la canciller alemana, dio su apoyo a Sarkozy para poner en marcha la Unión para el Mediterráneo. Se trataba de establecer un sistema de relaciones entre la Unión Europea y los países del arco Mediterráneo basado en los intereses comerciales y en la promoción de las libertades. Cabe suponer que Sarkozy convencería a Merkel vendiéndole, por ejemplo, la promesa de jugosas inversiones para las empresas alemanas en Túnez, el país norteafricano con el que Alemania mantiene unas relaciones comerciales más sólidas. Además, por esas fechas Alemania se había asegurado ya el suministro de gas a través del gasoducto Nord Stream, un acuerdo millonario y estratégico entre Alemania y Rusia, liderado por la empresa de gas rusa Gazprom a punto de comenzar a operar y que atravesará el Báltico. Los países del sur de Europa tenían también el derecho a perseguir sus intereses energéticos y comerciales en los países del mediterráneo.

           Curiosamente, el ex canciller Gerhard Schröeder comenzó a trabajar, poco después de dejar el cargo de canciller, como presidente del consejo de administración del consorcio Nord Stream. La contratación de Schöreder por Grazpom en abril de 2005 desató en Alemania un pequeño revuelo político. La razón es que Schöreder había firmado el acuerdo entre Alemania y Rusia para la construcción del gasoducto sólo unas pocas semanas antes de cesar como canciller de Alemania y anunciar su nueva ocupación en Nord Stream. Schöreder no fue obligado a dimitir de su cargo en el consorcio gasístico porque en Alemania no hay normas expresas que regulen el comportamiento de los ex cancilleres alemanes.

           Juan Ignacio Castién, profesor de la Universidad Complutense dedicado desde hace años a estudiar el Magreb y Oriente Próximo, duda de las buenas intenciones que en principio albergaban los países europeos cuando en 2008 desecharon el Proceso de Barcelona a favor de la UPM: “Habría que preguntarse si se pretendía realmente alguna ampliación real de libertades en la zona. Los países de la UE han sido, y son, cómplices de los regímenes autoritarios de la región. Han demostrado tener una concepción muy peculiar de la democracia. Por ejemplo, cuando Hamás ganó limpiamente las elecciones en Palestina le aplicaron un boicoteo total, que curiosamente nunca han aplicado a la potencia ocupante, Israel”. El boicoteo político de la UE a Hamás se mantiene. En su reciente visita a Palestina, en 2010, la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Catherine Ashton, evitó reunirse con representantes de Hamás. Su política en Israel y Palestina es uno de los principales barómetros para medir la influencia y prestigio europeos en los países árabes. Se trata del conflicto regional con una mayor cobertura mediática, mucho más plural desde que Al Jazeera se ha consolidado como un referente informativo en el mundo árabe.

     

     

           El periodista de El País Javier Valenzuela, que acaba de publicar De Tánger al Nilo. Crónica del norte de África (Libros de la Catarata, 2011), critica el papel especialmente reprobable de Francia como impulsora de la Unión para el Mediterráneo: “El papel de la Francia de Sarkozy en el momento actual es vergonzoso . Fue su ministra de Exteriores, Michèle Alliot-Marie, la que, en vísperas de la caída del pe Ben Alí, ofreció más ayuda policial al dictador. Vergonzoso. El proceso de Barcelona y la Unión para el Mediterráneo se pensaron para promover la cooperación comercial y económica entre ambas orillas del Mediterráneo a fin de que en la ribera meridional se produjera un desarrollo económico con un mínimo de equidad social que terminara con el surgimiento de clases medias. Pero, aunque los acuerdos explicitaran cláusulas que los vinculaban al progreso de los derechos humanos en los países receptores de la ayuda europea, nadie se ha preocupado nunca de que se cumplieran. Europa ha hecho la vista gorda ante toda suerte de tropelías y corruptelas”. En su opinión Europa debería reconsiderar la Unión para el Mediterráneo como el instrumento idóneo para encarar el futuro de sus relaciones con el norte de África: “O terminamos con ese paripé de la Unión para el Mediterráneo, y de paso los contribuyentes europeos nos ahorramos unos euros en altos cargos y burocracia, o la convertimos de veras en un instrumento para el desarrollo político, social y económico de la ribera meridional, lo que debe llevar aparejado el romper con cualquier gobierno de esa zona que no avance un día sí y otro también hacia los siguientes objetivos: Estado de derecho con democracia representativa y separación de poderes, libertades individuales y públicas, igualdad de los géneros y niveles básicos de protección social”

           Richard Youngs, director del think-tank español FRIDE (Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo), que se ha venido ocupando de las políticas Europeas en el norte de África durante años, explica que la Unión para el Mediterráneo no se pensó con una dimensión de democratización y derechos humanos tan amplia como el Proceso de Barcelona, que rigió la política de la UE para el norte de África entre 1995 y 2008. “Sin embargo”, matiza Youngs, “no podemos decir que la UE no ha hecho esfuerzos en estos últimos años para tratar de proteger y fomentar los derechos humanos en los países norteafricanos. En estos momentos, por ejemplo, se están financiando proyectos y organizaciones que valoran los derechos humanos. Lo que sí podemos afirmar es que en los últimos años algunos países europeos decidieron reforzar su cooperación con regímenes de la zona, como el de Ben Alí, y no calcularon bien las consecuencias que podría tener este apoyo”. También comenta que la Unión para el Mediterráneo, pensada para enmarcar las relaciones de la Unión Europea con la región, establecía unos principios y unas políticas comunes europeos. Sin embargo, los países europeos no siempre han perseguido sus intereses nacionales manteniendo al menos un mínimo común que representase una voz europea común en la región.

     

     

    Dinero a cambio de inmigrantes

     

    Uno de los líderes norteafricanos que mejor ha entendido y sabido aprovechar la descoordinación de los países europeos a la hora de equilibrar sus intereses económicos y la defensa de las políticas de la Unión Europea basadas en la promoción de la democracia es el dirigente libio, Muamar el Gadafi. Se permitió el lujo de no aceptar la inclusión de Libia en la Unión para el Mediterráneo, sabedor de que la importancia de su país como suministrador de hidrocarburos le permitía no plegarse a las exigencias europeas, por mínimas que fueran.

           Gadafi, en el poder desde 1969, ha encontrado en el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, uno de sus interlocutores más comprensivos para dejarle representar sus bufonadas, como celebrar conferencias sobre el Corán ante 200 modelos contratadas para la ocasión, hacer una ostentosa exhibición de “mártires de la colonización” italiana, reclamar la islamización de Europa o asegurar que en Libia las mujeres son tratadas mejor que en Europa puesto que no se les permite realizar ciertos trabajos no acordes con su físico.

           Además, Gadafi ha conseguido que el Gobierno italiano, a diferencia del francés, pidiera perdón por su etapa colonial.

           En septiembre de 2010, una patrulla costera libia disparaba contra un pesquero italiano que faenaba fuera de las aguas territoriales libias, y fuera por tanto de su jurisdicción. Entre las explicaciones ofrecidas por las autoridades libias para justificar el supuesto error, que por suerte no causó víctimas, se encontraba una con vocación de broma macabra: los patrulleros libios habían confundido al pesquero italiano con uno de los muchos barcos cargados de inmigrantes que usan los puertos de Libia para tratar de alcanzar las costas italianas. La prensa italiana destacó la paradoja de que los disparos de los guardacostas libios contra el pesquero italiano se habían realizado con toda probabilidad con armas italianas desde una de las patrulleras italianas que Italia había entregado a Libia para “controlar” el flujo migratorio. El acuerdo entre Italia y su ex colonia, que Miguel Mora, corresponsal de El País en Roma resumió como “dinero a cambio de inmigrantes”, supone uno de los acuerdos más importantes de un país europeo con el gobierno de Trípoli.

           A la cabeza de la inversión italiana en Libia está el emporio energético italiano ENI, aunque también existen intereses comerciales en varios sectores económicos de un país que registra una alta tasa de crecimiento anual. El dinero no fluye sólo en una dirección. A Italia ha llegado capital libio para adquirir acciones en importantes empresas, como la automovilística FIAT o la propia ENI, además de recapitalizar bancos tan importantes como Unicredit. Esto no explica por sí sólo, sin embargo, que Berlusconi consienta a Gadafi representar sus bufonadas en cada una de sus visitas a Roma. Berlusoni ha comprometido importantes cantidades del erario público italiano en forma de un acuerdo de cooperación con Libia a cambio de un trato preferencial a las empresas italianas, entre las cuales se encuentran muchas pertenecientes a su propio imperio empresarial. En otras palabras, con interlocutores europeos como Berlusconi no es extraño que Gadafi pueda permitirse el lujo de despreciar las políticas europeas.

           De todas formas, Gadafi no ha recibido una buena acogida en Europa sólo por parte de Berlusconi. En su primera visita a España en 2007, plantó su jaima en los jardines de El Pardo y fue recibido por el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y por el Rey. En juego estaban los 12.000 millones de euros en contratos que, según el Gobierno, se preveían firmar. La relación con España comenzó en 2003, cuando el entonces primer ministro, José María Aznar, hizo la primera visita oficial de un presidente de gobierno a Trípoli pocos días después del levantamiento de las sanciones de la ONU contra Libia. Aznar elogió la buena labor que Gadafi estaba realizando en la lucha contra el terrorismo islamista y en el control de la migración, un asunto este último también abordado por Zapatero en sus reuniones con Gadafi. Aznar y el déspota libio se han encontrado en varias ocasiones desde que el dirigente del Partido Popular dejara la presidencia, se supone que para hablar de la vulneración de los derechos humanos que sufren los inmigrantes en Libia. De igual modo, Sarkozy recibió a Gadafi en París con todos los honores. En juego estaban acuerdos entre Libia y Francia por valor de unos diez mil millones de euros.

     

     

    Islamismo, inmigración, Israel e hidrocarburos

     

    La relaciones bilaterales de Francia, Italia y España con Libia -comportamiento esperpéntico de Gadafi mediante- resumen y condicionan la relación de las instituciones de la Unión Europea con las dictaduras norteafricanas: son condenables, pero las necesitamos. Estados Unidos, que obviamente no reciben el importante flujo de emigrantes subsaharianos que los países meridionales de la UE, también ha justificado sus estrechos vínculos con los sátrapas de la región en base a sus intereses energéticos y geoestratégicos, igualmente relevantes para la UE.

           Sobre el papel jugado por Estados Unidos, Juan Ignacio Castién señala que “ha logrado con bastante éxito, hasta el momento, someter a la región a una situación semicolonial. Ha mantenido en el poder a regímenes clientelares y ha prestado un apoyo absoluto a Israel. Desde este punto de vista, ha sido un obstáculo para el desarrollo regional”.

           A la hora de valorar el papel de Washington en el norte de África, Valenzuela distingue entre la etapa de la administración Bush y de la Obama, al menos en las formas: “Durante el gobierno de George W. Bush, con la guerra de Irak, los vuelos secretos de la CIA, Guantánamo, la inanciación de los torturadores de islamistas, el respaldo incondicional de cualquier acción militar israelí y la visión neocon del Choque de Civilizaciones, fue nefasto para el mundo árabe y musulmán y para sus relaciones con Occidente. Sólo alimentó odio y extremismo. Barack Obama empezó muy bien con su valiente Discurso de El Cairo. Proclamó el final de la visión trazada por el “choque de civilizaciones”, expresó su respeto por los árabes y musulmanes, defendió su derecho a buscar la libertad y se declaró partidario de una solución justa del conflicto de Oriente Próximo con el nacimiento de un Estado palestino. Luego ha podido hacer poco, cierto es. Los halcones israelíes, con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a la cabeza, le han ninguneado, le han planteado incluso el pulso de los asentamientos en Jerusalén y Cisjordania y se lo han ganado”.

           Richard Youngs explica que tanto las políticas europeas como las de Estados Unidos en la zona hay que entenderlas sobre la base de la consecución de tres objetivos: “Había tres preocupaciones respecto a la estabilidad de la región: proteger los intereses económicos, incluidos los energéticos, la lucha contra el islam radical y el proceso de paz entre Palestina e Israel. Al considerar esos tres ámbitos se calculó que un cambio de régimenes en la región podría producir efectos muy negativos, tanto para la zona como para los intereses europeos y estadounidenses”. En relación a Europa, Youngs señala que no ha sabido mantener un equilibrio adecuado entre sus temores y sus deseos: “En mi opinión, el problema ha sido que si bien la UE tenía claro que a largo plazo la democracia era la mejor alternativa para la región, a corto plazo optó por la estabilidad, y no se dedicó a construir un puente entre el corto y el largo plazo que le permitiese por una parte garantizar sus intereses en la región dando los pasos necesarios para lograr al mismo tiempo la apertura política de esas sociedades. Lo que estamos viendo ahora es que esa apariencia de estabilidad en la región era sólo una fachada. Si los regímenes hubieran puesto en marcha políticas de apertura en los últimos diez años no estaríamos ahora ante estas revueltas tan dramáticas”

     

     

    El islamismo radical

     

    Uno de los temores compartidos tanto por Europa como los Estados Unidos, señalados por Youngs, el auge del islamismo radical, se ha esgrimido como la principal amenaza a la que tendrían que enfrentarse los países norteafricanos en caso de contar con elecciones libres. En este sentido, según Juan Igancio Castién, “habría que preguntarse si Occidente es de verdad tan contrario a los islamistas, habida cuenta de sus excelentes relaciones con el régimen ultra-fundamentalista de Arabia Saudí. Aparte de esto, podemos decir que en la región existe un cierto tipo de islamismo “moderado” y conservador en lo económico, como el turco, con el que nos podríamos entender bastante bien. Los Hermanos Musulmanes egipcios y el movimiento Ennahda, liderado por Rachid Gannouchi en Túnez, no parecen ser tan diferentes”. Castién opina que detrás de este rechazo visceral por parte de Occidente al auge del islamismo político en la zona tal vez se escondan temores que nunca se explicitan en los discursos políticos: “No es descabellado preguntarse si los países occidentales, aparte de al islamismo más yihadista, no temían ante todo la posibilidad de un cambio verdaderamente democrático y la emergencia de gobiernos que intenten superar la situación de dependencia económica en la que se encuentran sus países y desarrollen además una política exterior menos sumisa a los intereses occidentales y menos complaciente en la práctica con Israel. Desde este punto de vista, el discurso acerca del islamismo tiene mucho de coartada para ocultar otros intereses menos defendibles”.

           Al hablar de la influencia real de los partidos y los movimientos islamistas en el norte de África, Richard Youngs toma como ejemplo a los Hermanos Musulmanes en Egipto: “No se puede tener un proceso democrático sin contar con la organización que a día de hoy parece contar con más apoyo entre los egipcios. Al mismo tiempo, es cierto que parte de la popularidad de los Hermanos Musulmanes se debe a que el régimen ha prohibido los partidos políticos y no ha podido vetar, sin embargo, la actividad religiosa. Así que es posible que en un futuro otros partidos, al ser legalizados, ganen una popularidad que no han podido tener en estos años de prohibición. Lo que parece claro, como digo, es que no podemos dejar al margen de la transición a los Hermanos Musulmanes solo porque temamos que pueda afectar a las relaciones con Israel, al funcionamiento del canal de Suez o porque no nos gusten sus posiciones políticas. Esta estrategia del temor es la que hemos mantenido en los últimos años y no ha funcionado”.

           Juan Igancio Castién coincide con Richard Youngs en señalar la dificultad de establecer con absoluta certeza cuál es la influencia real de los movimientos islamistas: “En ausencia de democracia es difícil medir el grado de influencia social de ningún movimiento. Por ello, es fácil equivocarse y creer que un movimiento minoritario, pero muy activo, tiene más fuerza de la que realmente posee. En el caso mismo de España, es lo que ocurrió con el Partido Comunista (PCE), al que en los últimos años del franquismo se le atribuía una influencia en la sociedad mucho mayor de la que luego demostró cuando se celebraron elecciones democráticas. Todo parece indicar que los Hermanos Musulmanes podrían ganar unas elecciones democráticas en Egipto y que el grupo de Gannouchi sería una fuerza muy votada en Túnez. Pero habría que ver si la capacidad de influir en ciertos movimientos sociales, o de contar con simpatías, por su labor social, se va a traducir luego en votos”.

     

     

    El desprestigio de las potencias

     

    Aunque existen muchas incertidumbres sobre cómo evolucionarán los países del norte de África, lo que parece innegable es que tanto la Unión Europea como Estados Unidos se han desprestigiado como actores benéficos y han perdido credibilidad entre las poblaciones norteafricanas. Para Castién, ese desprestigio y esa pérdida de credibilidad “no han sido causados sólo por su sostenimiento las dictaduras locales, sino también por su apoyo absoluto a Israel. El discurso occidental sobre la democracia y los derechos humanos se encuentra en absoluta contradicción con su práctica real en estas sociedades”.

           Javier Valenzuela, reconociendo esta visión negativa del papel de Europa y de Estados Unidos, valora la actitud de Obama ante las revueltas: “Con su respuesta, Obama ha recuperando parte de la credibilidad perdida. A diferencia de los europeos, ha expresado su apoyo a la revolución democrática de Túnez e incluso ha instado a Hosni Mubarak a escuchar a su pueblo y concederle las libertades elementales. Es probable que Estados Unidos, si Obama puede materializar su visión, se convierta para los demócratas árabes en lo que fue para los europeos del Este: una referencia más seria que la Vieja Europa”. Richard Youngs, por su parte, cree que el papel de la UE y de Estados Unidos les pasará factura, aunque aún están a tiempo de rectificar: “Mi impresión es que tanto a la UE como a Estados Unidos les va a costar reconstruir su legitimidad entre las poblaciones del norte de África. Aunque admite matices, es una impresión hasta cierto punto correcta. Y tendremos que trabajar para mejorar nuestro prestigio moral. Tendremos que escuchar a la gente para saber qué quieren realmente”.

     

     

    España en su laberinto

     

    La evaluación de la política española en la zona no es precisamente positiva. Valenzuela señala que las relaciones bilaterales con Marruecos no comenzaron del todo mal con la entrada en el poder del Gobierno Zapatero: “La visión de Zapatero y Miguel Ángel Moratinos de terminar con el enfrentamiento con Marruecos producido en la época de Aznar era correcta. El interés nacional de España es sostener buenas relaciones con Marruecos y que este país progrese política, social y económicamente. Pero es cierto que la amistad implica decir la verdad y también es cierto que la España de Zapatero podría haber sido más clara a la hora de pedirle desde la amistad al Marruecos de Mohamed VI que avanzara mas decididamente hacia la democracia, la transparencia, la descentralización y una solución negociada y aceptable por todas las partes del conflicto del Sáhara Occidental”. Para Juan Ignacio Castién la política española en la zona, especialmente en lo referente al conflicto palestino-israelí, es igual de cuestionable que la de otros países europeos: “Se han limitado a un mero seguidismo con respecto a los grandes y han sido incapaces de articular una alternativa en distintas cuestiones como la palestina. Por supuesto, en el caso palestino han asumido plenamente el discurso israelí y norteamericano. Su actitud durante el ataque a Gaza de hace dos años no pudo ser más reveladora. La famosa amistad de Moratinos hacia los árabes no ha demostrado ser tanta en realidad”. Richard Youngs recuerda la transición española a la hora de comentar la política española en el norte de África: “En mi opinión, España podría haber hecho mucho más en la región. Tal vez sería el momento adecuado para revisar su estrategia, del mismo modo que les toca a Francia, a Italia o a Alemania revisar sus políticas. Lo que no deja de sorprenderme a mí como extranjero es que un país como España que tuvo una transición tan reconocida, casi perfecta, no haya jugado un papel más proactivo para ayudar a estos países a alcanzar la democracia”.

     


     

    Madrid, 15 de febrero, 2011. Lino González Veiguela es periodista. En FronteraD ha publicado Bielorrusia, en los ojos de Olga Karatch, una disidente, y La Santa Muerte.

     


     

     

     

    BIBLIOGRAFÍA

     

    Libros:

     

    Mohamed VI. El príncipe que no quería ser rey, de Ferran Sales Aige, Libros de la Catarata, 2009

    Suníes y chiíes. Los dos brazos de Alá, de Javier Martín Rodríguez, Libros de la Catarata, 2008

    El hombre mojado no teme la lluvia: voces de Oriente Medio, de Olga Rodríguez , Editorial Debate 2009

    Historia del Túnez moderno, de Kenneth J. Perkins, Ediciones Akal, 2010

    Hamás. La marcha hacia el poder, de Carmen López Alonso, Libros de la Catarata, 2007

    La gran guerra por la civilización , de Robert Fisk, Booket, edición de bolsillo, 2010

    Historia del Egipto contemporáneo, de Bárbara Azaola Piazza, Libros de la Catarata, 2007

     

     

    Enlaces:

     

    Algeria Watch: noticias en francés sobre Algeria (http://www.algeria-watch.org/francais.htm)

    FRIDE: think tank español con informes actualizados, en español y en inglés, sobre los países del norte de áfrica (http://www.fride.org/)

    Al Fanar: portal marroquí con traducciones al español de artículos publicados en y sobre el mundo árabe (http://www.boletin.org/index.jsp)

    Al Jazeera: página con reportjaes, análisis y la emisión en directo -en inglés- del canal árabe más influyente (http://english.aljazeera.net/)

    Foreign Policy: edición española de la revista de temas internacionales con numerosos análisis sobre el norte de áfrica (http://www.fp-es.org/)

     

     


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