Manifestantes en pleno movimiento. Venezuela. Abril 2002

    1    2       Siguiente »


    El Evangelio según san Trópico

    Doménico Chiappe - 04-10-2012

    Tamaño de texto: A | A | A

     

    Las fotografías que ilustran este texto fueron tomadas en abril del año 2002 por profesionales de la agencia estatal Venprés, cuyos nombres se reservan para preservar su integridad. Cuando el editor vio lo que atestiguaban ordenó destruirlas. Algunas, como estas, se salvaron. Es la primera vez que se publican.

     

     

     

    Introducción

     

    1
    Según está escrito en la historia tropical:

     

    “He aquí que regresa a las naciones la imagen del caudillo que salvará de la miseria. Voz que grita en el desierto: Preparad el camino del Mesías. Aclamad la sumisión”.

     

    Aparecieron los fantasmas de los viejos dictadores, predicando la necesidad de un hombre todopoderoso para guiar los destinos. Y todos los del Pueblo repetían que en las épocas en que gobernaba un general se vivía mejor.

     

    Un intelectual, investido de rebeldía y toga, clamaba mientras se mecía en la hamaca: “Detrás de la corrupción y la impunidad, viene el que sembrará la sed de venganza y aplacará el resentimiento”.

     

     

    Bautismo y tentaciones del Mesías. Por aquellos días salió el Mesías de una cárcel, donde estuvo apresado por intentar derrocar al gobierno constitucional, y fue bautizado por el voto popular, que perdonó sus pecados. Cuando salía del Congreso donde fue investido como Presidente, sonó una voz en su interior que decía: “El Pueblo nunca se equivoca”. Y estuvo en la transición durante cuarenta días, siendo tentado por los valores democráticos, y vivía entre civiles, pero los militares le servían.

     

     

    Presidencia en la transición

    El Mesías llega al gobierno. Después que nació la primera criatura del año del vientre de una de las diez mil niñas menores de 14 años que alumbran cada mes, vino el Mesías al palacio presidencial ganando las elecciones democráticas, predicando su Evangelio y diciendo: “Se ha cumplido el tiempo y la Asamblea Constituyente es inminente. Arrepentíos y creed en la Revolución”.

     

    Llama a cuatro articulistas. Pasando junto al periódico vio a los articulistas más leídos blandiendo sus plumafuentes, y el Mesías les dijo: “Venid conmigo y fundaréis un nuevo país”. De inmediato recogieron sus columnas de opinión y lo siguieron.

     

    Fija su residencia en el fuerte. Va al fortín militar enclavado en la ciudad y enseña a los soldados del cuartel. Maravilla con su predicamento, porque adoctrina como militar y no como civil.

     

    Cura a un endemoniado. Se encontraba entonces en el Tribunal Supremo un hombre poseído por un espíritu democrático que le gritó: “Hay que reformar la Carta Magna antes de convocar una Asamblea Constituyente. ¿Has venido a perdernos?”. El Mesías le increpó: “Calla, que haré referéndum y preguntaré al Pueblo soberano si desea la Constituyente”. Y el espíritu inmundo retorciéndose y gritando vio cómo el Comando Patriótico Constituyente y la Comisión Presidencial Constituyente fueron creadas.

     

    Todos quedaron estupefactos y se preguntaron: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva con tanta autoridad que manda sobre la Constitución y todos le obedecen!”. Y se extendió rápidamente su fama por el resto de los países del Trópico.

     

    Cura a las Fuerzas Armadas. Saliendo luego de los tribunales, el Mesías fue al cuartel. Las Fuerzas Armadas estaban inquietas y con fiebre, y al punto le hablaron de ella. Y acercándose, él las tranquilizó, tomándoles la mano y otorgándoles las riquezas del país. La dejó la fiebre y se puso a servirlo.

     

    Ya tarde, le llevan a todos los comandos impacientes y se agolpan en su palacio. El Mesías curó a muchos oficiales y soldados.

     

    El Mesías recorre el país. Muy de mañana se levantó y se marchó a un lugar solitario y allí meditaba con la espada dorada del Prócer de la Independencia en su regazo. Sus discípulos le buscaron y cuando le encontraron, le dijeron: “Todos te buscan”. Y él les dijo: “Vamos a recorrer el país entero para predicar que hay que aprobar el referendo que invalidará la Constitución y todas las demás leyes para poder redactar unas nuevas reglas de juego. ¡No puedo gobernar atado de manos!”. Y se marchó a predicar por el país y desprestigió a muchos oponentes.

     

     

    2

    Cura a un durmiente. Llegó hasta el Pueblo, que de rodillas le suplicaba: “Si quieres puedes despertarme”. Y él, apiadado, lo tocó y le dijo: “Quiero crear un Poder Moral, despertad y convocad a los creyentes para le quiten la autoridad al Congreso”. Y el Pueblo comenzó a divulgar a voces lo ocurrido.

     

    Cura a los jueces paralíticos. Cuando se supo que estaba de vuelta al palacio, acudieron tantos que no cabían en la puerta. Le trajeron una muestra de que los jueces estaban paralizados por la Oposición. Y el Mesías, viendo que algunos perdían la fe, dijo: “Me río de aquellos que tienen sus días contados”. Y algunos de los magistrados criticaban entre sí: “¿Quién puede estar por encima de la ley? ¡Ni siquiera el Presidente!”.

     

    Al punto, conociendo el Mesías lo que se discurría dentro del Poder Legislativo, les dijo: “¿Creéis que es difícil imponer mi voluntad para hacer que el país camine por la senda de la Revolución?”. Y buscó a los jueces paralíticos y les ordenó: “Levantaos, cargad contra las leyes y legalizad todos los referendos que vendrán”. Los paralíticos se levantaron y arremetieron contra la Oposición a la vista de todos y todos se maravillaron, diciendo: “¡Jamás hemos visto cosa igual!”.

     

    Vocación de la guerrilla. Salió otra vez a hacer campaña, y toda la gente acudía a él, y él la adoctrinaba. Al pasar vio a los líderes de la guerrilla, secuestrando y extorsionando, y les dijo: “Seguidme”. La guerrilla lo siguió.

     

    Y estando en el palacio, se pusieron también corruptos y narcotraficantes a la mesa con el Mesías y sus ministros. Los militares al verlo comiendo con la guerrilla y otros malhechores, decían a los ministros: “¡Come con los enemigos!”. Oyéndolos, el Mesías les dijo: “No necesitan de policías los ricos sino los pobres y no he venido a llamar a los justos sino a los revolucionarios”.

     

    La cuestión sobre el ayuno. Los del Pueblo pasaban hambre. Llegaron y dijeron: “¿Por qué nos sometemos a la austeridad y, en cambio, los tuyos ostentan sus nuevas riquezas? El Mesías les dijo: “¿Pueden evitar tocar el oro quienes lo extraen del subsuelo y lo reparten? Mientras trabajan, no, pero ya vendrán días en que se les arrebaten los tesoros y entonces ayunarán”.

     

    La cuestión del sábado. Un sábado leía convenios internacionales y ordenó a sus discípulos que desconocieran los tratados que se hubieran suscrito con el Imperio más cercano y con los países del entorno y se buscaran nuevos aliados allende los mares. Entonces los fariseos dijeron: “Mirad cómo destruye décadas de diplomacia”. Y él les respondió: “La política está hecha para la Revolución y no la Revolución para la política. Así que el hijo de la Revolución es dueño también de todos los convenios suscritos por la Nación”.

     

     

    3

    Vagó de nuevo por el mundo y llegó al Foro Mundial. Había allí un hombre que hablaba sobre la democracia representativa. Y los demás acechaban para ver si el Mesías defendía su tesis sobre los sistemas participativos. Él dijo al hombre: “¿Qué pasó con la democracia en mi país? Que no supo defenderse y sus propios errores la extinguieron. Perdonó al irredento, cuando otros sistemas lo aniquilan”. Ellos callaban.

     

    Entonces mirándolos indignado y apenado, dijo: “Yo no cometeré los mismos errores porque la democracia, como vosotros la entendéis, ha muerto”. El hombre que defendía la democracia representativa intentó hablar del sistema como un organismo vivo que debe fortalecer sus órganos; es decir, educar a sus ciudadanos para defenderse a sí mismos, para no quedar sujetos a sus sentimientos más primitivos.

     

    Las multitudes siguen al Mesías. Pero el Mesías no quiso oírlo y se retiró con su comitiva y mucha gente lo siguió. Otra gran multitud de pobres del mundo, al oír las cosas que hacía, vinieron a él. Dijo entonces a sus discípulos: “Preparadme la reelección, incluyéndola en la nueva Constitución”.

     

    El Mesías elige a los once apóstoles. Después subió al monte y llamó a los que él quiso, para que controlaran todos los poderes y las instituciones. Y designó a once para que mandaran en la Corte Suprema de Justicia, en la Fiscalía, en la Procuraduría, en el Banco Central, en el Fondo Social, en los ministerios, en la Contraloría, en la Superintendencia Bancaria, en las universidades, en los aparatos policiales y en las gobernaciones regionales. No quiso doce, para que no hubiera quien lo traicionara.

     

    La justicia se avergüenza. Cuando se supo la noticia, una juez de la Corte Suprema salió a buscar al Mesías, y decía: “Está fuera de sí. Debe continuar el hilo constitucional”.

     

    El Mesías refuta una calumnia de sus enemigos. Y los fariseos decían: “Siembra el odio social. Quiere dividir al Pueblo”. Entonces, él los llamó y les dijo en parábolas: “Solo soy una paja en el viento revolucionario”.

     

    La blasfemia contra la Constituyente. “En verdad os digo que se perdonarán a los hombres todos los pecados. Pero quien blasfeme contra el sagrado poder del Soberano, que convocará la Asamblea Constituyente por medio de un decreto mío, no tendrá perdón, y será perseguido por los revolucionarios eternamente”.

     

    Los verdaderos financistas del Mesías. Llegaron los empresarios nacionales y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. Las compañías multinacionales estaban sentadas a su alrededor cuando le dijo un apóstol: “He aquí que te buscan quienes financiaron tu campaña electoral”. El respondió: “¿A quién le debo mi presidencia?”. Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Quien no contradiga mi voluntad, ese será quien saque todas las riquezas de este suelo”.

     

     

    4

    Parábola del sembrador. De nuevo comenzó a enseñar en sus mítines públicos, donde enseñaba muchas cosas en sus parábolas y decía en sus enseñanzas: “Escuchad: Salió a sembrar un sembrador y, al sembrar, parte de la semilla cayó al lado del camino y las rapiñas se la comieron. Otra parte cayó en el pedregal, y brotó enseguida, porque la semilla no tenía profundidad, pero el sol la abrasó. Otra cayó entre espinos y al crecer los espinos la sofocaron. Otra parte, en fin, cayó en buena tierra, produciendo los mejores granos. El que tenga oídos para oír que oiga”.

     

    Razón de la parábola. Cuando se quedó a solas, los once apóstoles le preguntaron la razón de la parábola. Y él les dijo: “A vosotros os ha sido confiado el gobierno, pero a los demás, a los que no se benefician directamente de esta Revolución, todo lo que les toca es retórica, para que mirando el mundo no vean y oyendo no entiendan, no sea que se vuelvan en contra”.

     

    Explicación de la parábola del sembrador. Y les dijo: “¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo entonces vais a servir al Pueblo? El sembrador siembra la Revolución. Los de junto al camino son los intelectuales que apenas la han oído quieren un cargo público y por no obtenerlo reniegan de la doctrina sembrada en ellos. Igualmente los sembrados de pedregal son los oligarcas que mientras hacen negocios reciben la Revolución con alegría pero cuando comienzan a empobrecerse, se escandalizan. Hay otros que reciben la Revolución en la pobreza. Estos son los que la oyen, pero en los que brotan las ambiciones y se sofocan. Los que la reciben en buena tierra son los que participan de la administración del gobierno y vigilan para que los que hacen infructuosa la Revolución sean aniquilados por cualquier método”.

     

    El Pueblo del reino. Decíales también: “¿Acaso se saca al Pueblo para que gobierne? ¿No es para gobernarlo? Porque no hay reclamo que no acalle, ni ningún antojo que yo no realice. El que tenga oídos para oír, ya sabe qué hacer”.

     

    No juzgar a los demás. Les decía también: “¡Atención a lo que oís porque hay quien me llama loco y clasifica mi gobierno como de alto riesgo! Con la misma medida con que midáis vosotros, seréis medidos y se os dará con creces. El que me entregue la llave que conserva los restos del Libertador en el Panteón Nacional, recibirá. El que me ponga la banda presidencial, recibirá. El que invierta en mi gobierno, recibirá. Al que critique, se le quitará; al que contraríe, se le encerrará; al que subvierta, se le ejecutará”.

     

    El souvenir que vende solo. Les decía también: “La revolución es como un hombre que pinta de rojo su boina. El hombre se la pone y sin saber cómo, la boina se reproduce y se vende en todas las esquinas”.

     

    La semilla del referéndum. Les decía asimismo: “¿Con qué compararemos la Revolución? Es como el referendo, que cuando se me ocurre es la más pequeña de todas las ideas, pero una vez sembrada, se decreta y se hace la mejor hazaña que ha visto el país”. Con muchas convocatorias por el estilo, gobernaba el Mesías.

     

    La tempestad calmada. Se levantó una fuerte borrasca y las impugnaciones contra el referendo llovían sobre la Corte Suprema y los opositores la mentaban “mamarracho”. Y el Mesías viajaba por parajes europeos y caribeños y los discípulos lo llamaron por teléfono y le dijeron: “¿No te importa que anulen el decreto?”. Él regresó y ordenó a la Corte Suprema: “Escucha la voz del Pueblo”. Después dijo a sus discípulos: “Que expertos redacten otro decreto que enmiende las fallas del primero”. Ellos quedaron sumamente atemorizados y se decían unos a otros: “¿Quién es este, que hasta los jueces y abogados obedecen?”.

     

     

    5

    El Mesías cura a un poseso. De los sepulcros, le salió al encuentro un periodista poseso, experto en denunciar escándalos por televisión sin contraste y sin pruebas, amparado siempre en el secreto de las fuentes. Al ver desde lejos al Mesías, corrió y se postró ante él, diciéndole a gritos: “¿Qué es lo que hay entre tú y yo? ¡No me atormentes!”. Y le rogó que lo incluyera en su aparato político para que así expulsara todo el rencor de su corazón.

     

    Había por allí la oportunidad de un cargo diplomático y el periodista poseso suplicó al Mesías: “Envíame a un consulado para que entre en la Revolución”. Y él se lo permitió con creces. Entonces el periodista poseso entró en la Cancillería y se lanzó al exterior. La gente se pasmó al ver que aquel denunciador de oficio publicara ahora alabanzas al Presidente y ocupara un alto cargo dentro del régimen.

     

    El Mesías cura a una desempleada y resucita el espionaje. Cuando el Mesías regresó al palacio, se reunió a sus puertas la multitud. Llegó su jefe de Inteligencia y al ver al Mesías se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi departamento de espionaje está muriéndose y tu integridad depende de él”. El Mesías le acompañó. Una gran multitud lo seguía.

     

    Y una desempleada que había gastado toda su hacienda en viajar a la capital para mendigar al Presidente, llegóse a él burlando la vigilancia de la Casa Militar y le tocó el uniforme de gala, pues ella se había dicho a sí misma: “Si yo logro tocar aunque sea uno de sus botones dorados, obtendré empleo”. Al instante, un sargento la detuvo y ya la iba a arrestar, cuando el Mesías, sintiendo el peñisco de la mujer, volvióse a la multitud y preguntó: “¿Quién me ha tocado?”. Y la mujer gritó cuando ya le colocaban los grilletes y le dijo toda la verdad. Él le dijo al sargento que custodiaba a la mujer: “Emplee a esta buena mujer”.

     

    Aún estaba hablando cuando llegaron unos defensores de las libertades civiles, diciéndole al jefe de Inteligencia: “Tu espionaje murió porque violaba el Estado de Derecho. ¿Por qué molestas al Presidente?”. Y el Mesías dijo: “Deja de temer las leyes”. Y no permitió que le acompañaran más que tres de sus ministros más fieles. Y al ordenar que una partida secreta pasara a manos del jefe de Inteligencia, dijo: “No estaba muerta, sino dormida”. Y el Mesías les recomendó vivamente que nadie lo supiera. Luego mandó que intervinieran los teléfonos de todos los que antes habían protestado.

     

     

    6

    El Mesías rechazado en su comarca. Marchó a su comarca natal. Allí sus oyentes suplicaban dinero y él dijo: “No me pidáis trabajo o dinero para hoy”. En respuesta, la gente sonó por primera vez las cacerolas a su paso; sin embargo, el gobernador pudo reunir una multitud que trabajaba para él y la llevó para que escuchara el mitin del Mesías.

     

    Instruye y envía a sus discípulos. Recorrió después las demás provincias del país enseñando la necesidad de que él obtuviera plenos poderes. Y llamando a los once les advirtió de la pérdida de popularidad que comenzaba a sufrir y los envió de dos en dos hacia el Congreso, donde existía un equilibrio de fuerzas entre sus seguidores y la Oposición. Les ordenó que acudieran a cada legislador para que negociara y firmara su rendición. El Mesías les dijo: “Donde no os quieran recibir ni escuchar, dejen testimonio en contra de ellos y amenácenlos con un Decreto de Emergencia”. Ellos marcharon sobornando o intimidando a muchos congresistas.

     

    Opinión del Imperio sobre el Mesías. El Imperio oyó hablar del Mesías, pues su nombre se había hecho célebre y se decía a sí mismo: “El caudillo, totalitario y, por qué no, terrorista tropical ha resucitado de entre los muertos: de ahí el poder de cautivar a la muchedumbre que hay en él”. Otros en cambio decían: “Es un estadista, como otros grandes generales”. Pero el Imperio, al oír hablar de esto, decía: “Es el Populista a quien yo hice decapitar, que ha resucitado”.

     

    Martirio del Populista. El Imperio, en efecto, años atrás, había mandado apresar al primer populista tropical y lo había encarcelado a causa de su negativa a aceptar las recetas políticas, económicas y sociales que el Imperio proclamaba como condición para acogerlo en su seno. El Populista decía: “No es lícito intervenir en la soberanía de los pueblos”. El Imperio, que amaba a los dictadores tropicales que sí le obedecían, odiaba a este que predicaba en su contra. Y quería derrocarlo pero sin que sus ciudadanos pensaran que se manchaban las manos de sangre.

     

    Y llegó el día oportuno. El Imperio celebraba un banquete para agasajar a los magnates y mandatarios y otros grandes personajes. El Capitalismo entró, danzó y agradó al Imperio y sus invitados. Entonces, el Imperio dijo al Capitalismo: “Pídeme lo que quieras y te lo daré”. Y juró: “Te lo daré aunque sea la mitad del mundo”. El Capitalismo contestó: “La cabeza del Populista tropical”. El Imperio obedeció y, al punto, difundió sobre el peligro que entrañaba el caudillo y ordenó a un batallón que invadiera el país del Populista y, por qué no, terrorista, y le trajera la cabeza de aquel primer Mesías. El batallón fue, invadió y trajo la cabeza en un plato de plata y se la dio al Imperio que, a su vez, la entregó al Capitalismo. Al oír esto, llegaron los discípulos del Populista, que intuían la inmoralidad del Imperio, y lo convirtieron en mártir revolucionario.

     

    Regreso de los ministros. Reunidos de nuevo los ministros, él les dijo: “Venid conmigo a un lugar apartado en el desierto, que recorreré todos los países árabes en el próximo viaje, buscando aliados que quieran desafiar conmigo al Imperio”. Al regreso, la muchedumbre corrió hasta ellos y el Mesías se apiadó porque eran como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles largamente: “Los oligarcas se oponen a que salgamos de la corrupción y la pobreza. No me dejan gobernar. Necesito destruir todas las leyes existentes para imponer las mías propias. Hay que redactar una nueva Constitución con urgencia. Necesito vuestro apoyo”.

     

    Primera multiplicación de las fincas. Siendo ya muy tarde, se acercaron sus ministros y le dijeron: “Despídelos para que vayan a las aldeas del contorno a comprarse algo de comer”, pero el Mesías les respondió: “No aplacemos más las reivindicaciones que piden con su mendicidad y su lamento. Dadles las tierras para sembrar”. Ellos dijeron: “Las tierras que posee el Estado necesitan inversión y preparación antes de dárselas. ¿Vamos a comprar cientos de miles de tractores y cabezas de ganado para darles de comer?”. Mas el Mesías les dijo: “¿Cuántos catastros tenéis ahí?”. Habiéndolo averiguado le dijeron: “Las tierras del Estado suman la tercera parte del país”.

     

    Él ordenó sentarlos por grupos en los matorrales. Y se sentaron en corros de ciento y de cincuenta. Tomó entonces el Mesías los catastros de tierra pública y levantó los ojos al cielo y bendijo y partió los mapas y echó al fuego y sacó un listado de propiedades privadas y lo entregó.

     

    Dijo: “Invadid, podéis apropiaros de las tierras que ahora son productivas aunque pertenezcan a otros”.

     

    El Mesías camina sobre los ingresos nacionales. Después obligó a sus discípulos a iniciar el Consejo de Ministros mientras él despedía a la multitud y, luego que la despidió, se fue al monte a meditar. Ya anochecido, como el Mesías vio a sus ministros gobernar fatigados porque tenían que preparar los presupuestos nacionales, fue a ellos caminando sobre la independencia del Banco Central, e iba ya a pasar de largo cuando al verle ellos decidir que todos los ingresos de la minería y el petróleo irían directamente a su gabinete, creyeron que el país quebraría. Todos, en efecto, se asustaron. Pero el Mesías en seguida les habló diciéndoles: “Tranquilizaos. ¡Mis arcas son las del Pueblo! ¡No temáis!”. Así calmó las protestas. No salían de su asombro los ministros, pues no habían entendido las parábolas del Mesías y temían que el dinero no alcanzase para todos.

     

    Curaciones en la barriada. Acabada la travesía que finalizó con la habitual rendición de cuentas gubernamentales, atracaron en una barriada popular. Al desembarcar fue reconocido y las gentes de toda aquella comarca corrían a donde oían que se hallaba el Mesías, llevando los nombres de los menos afectos al régimen y le pedían que a cambio de su fidelidad les diera dinero para pagar las deudas y él les daba sacando monedas de su bolsillo porque las arcas del Estado estaban ahora todas bajo su tutela y los presupuestos habían dejado de existir como uno más de sus milagros. Abundó entonces la publicación de nombres de aquellos que osaron protestar contra el Mesías y los escarmientos se hicieron conocidos.

     

     

    7

    La ley de la Revolución y las prescripciones editoriales. Los editores se reunieron con el Mesías. Al ver que en sus alocuciones públicas, les insultaba a ellos y a sus progenitores, los editores preguntaron: “¿Por qué no observas la tradición y dejas de amenazarnos por hablar libremente?”. Él les contestó: “¡Hipócritas! Vosotros, para salvar vuestra supuesta libertad de expresión, violáis el mandamiento de la Revolución”.

     

    Y saliendo al Balcón del Pueblo y llamando a la multitud, les dijo: “Oíd todos y entended bien: Nada de lo que esté fuera de los periódicos os puede hacer impuros, pero lo que emiten los medios de comunicación sí os contamina”. Al volver a la reunión, sus discípulos le interrogaron acerca de la parábola y él dijo: “Lo que defienden los opositores corroe, porque promulgan la abstención, la defensa de las minorías, la denuncia del poder. Y se sirven de los medios de comunicación independientes para hacer sus llamados”.

     

    El Mesías cura una Asamblea. El Mesías viajó a los confines del mundo en otro periplo oficial de veinte días. Pero no pudo evadir los problemas domésticos pues en cuanto la Oposición oyó hablar que la Asamblea Nacional Constituyente que se instalaría, si el Mesías ganaba el referendo, sería “originaria”, es decir, no tendría que acatar las leyes existentes, se postró ante el tribunal para impugnar tal medida. El Mesías volvió y calmó a sus aliados. Dijo: “Originaria”, y la asamblea fue originaria, pudiendo hacer lo que quisiera.

     

    Curación de un vespertino crítico. Enterándose de un largo proceso judicial por una herencia que ponía en jaque a un diario vespertino que criticaba directamente al Mesías, ordenó que le llevaran al propietario. Lo tomó el Mesías aparte de la multitud, le mostró cómo podía meter los dedos en la sentencia, y alzó los ojos al cielo, suspiró y le dijo: “¡Expulsa al director y cambia la línea editorial!”. Y al punto se hizo lo que exigía y se soltó el nudo legal que perjudicaba la herencia del propietario. Les encargó a sus discípulos que no lo dijeran a nadie, pero cuanto más lo ordenaba, más se sabía. Y en el colmo de la admiración, decía su ministro: “Todo lo ha hecho bien, hasta los opositores se cambian de bando”.

     

     

    8

    Segunda multiplicación de las fincas. Por aquellos días, habiéndose reunido de nuevo una gran multitud que no tenía qué comer, el Mesías llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta muchedumbre, que cree en la pureza de las elecciones, que está desempleada y cuyo ingreso familiar cae dos puntos cada mes. Si los despido sin darles nada, no creerán en mí”. Dijo entonces: “Invadan más propiedades privadas”.

     

    Piden al Mesías una señal de honestidad. Se acercaron los escribas y comenzaron a disputar con él y para provocarle le pidieron que descubriera a los culpables del dolo hecho con los recursos para obras sociales. El Mesías, dando un profundo respiro, dijo: “Soy el padre de la criatura y os aseguro que nada de lo que decís es cierto. Abandonar a los militares que manejaron esos recursos para que les abran una averiguación sería irresponsable”.

     

    La levadura de las masas. Los discípulos se quejaban del descontento que existía en las calles y el Mesías, dándose cuenta, les dijo: “¿Aún no entendéis? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis ya de cómo me obedecieron las multitudes cuando ordené invadir las fincas? ¿Cuántos votos saqué de ventaja en mi primera elección?”. Ellos respondieron: “Un millón”. Y él les contestó: “Y todavía no entendéis”.

     

    Curación del incrédulo. Le llevaron un incrédulo y le rogaron que le hablase. El Mesías le habló y sus palabras se transmitieron a través de la radio. Las llamadas a la emisora para que curara a más incrédulos fueron tantas, que él decidió hacer un programa todos los domingos.

     

    Profesión de fe. Durante la campaña para pedir el voto positivo a la redacción de una nueva Constitución, el Mesías salió con los discípulos y les preguntó: “¿Qué dicen las encuestas?”. Y ellos respondieron: “De los once millones de votantes, 60 por ciento no votará, y, del resto, la mayoría te favorecerá”. Y el Mesías les encareció severamente que no mencionaran a los abstencionistas en los discursos.

     

    Primer anuncio de la Pasión. Seguidamente comenzó a enseñarles que después de un período de gobierno legal en el que controlará absolutamente todo el país, se eternizará en el poder por medio de la reelección indefinida que será rechazada por el Pueblo. Pero él logrará permanecer en el poder gracias al favor de un sector de las Fuerzas Armadas y de un poderoso aparato paramilitar. Costará muchas vidas y más riqueza, y finalmente le derrocarán.

     

    Y decía esto con mucha claridad y uno de sus discípulos se acercó para disuadirle: “Pacta ahora con los partidos para que no tengas que perder el poder después”. Pero el Mesías le increpó: “Fuera de mí, Satanás, que tus pensamientos no son los de un revolucionario, sino los de un político cualquiera”.

     

    Necesidad de incondicionales. Llamando a los oficiales del Ejército, les dijo: “El que quiera venir en pos de mí, que se atreva a jurar lealtad al margen de las críticas que puedan escuchar por su actitud o de la amenaza de la persecución internacional. No hay más ley que mi palabra. Pues el que renuncie a su seguridad hoy, se salvará, y el que se avergüence de esta Revolución, perderá la gloria”.

     

     

    9

    La Transfiguración. Días después, se alejó con tres discípulos hacia un elevado y apartado monte y se transfiguró ante ellos: su vestido se convirtió en uniforme rojo como ninguna sangre podría teñirlo. Y a todos se les aparecieron los dictadores iconos del mundo, que conversaron con el Mesías. Se formó una nube de cuerpos desnutridos y rostros embrutecidos que los cubrió con su sombra y los dictadores se dirigieron a esa nube y le dijeron: “Este es nuestro sucesor, el nuevo caudillo. Escuchadle”. Los discípulos miraron alrededor pero ya no vieron a nadie, solo al Mesías.

     

    Mientras bajaban del monte, el Mesías les prohibió que contasen lo presenciado, hasta que la dictadura resucitara de entre los muertos, gracias a las sucesivas reelecciones presidenciales que vendrían en el futuro. Ellos guardaron el secreto preguntándose qué entendería el Mesías por dictadura. Y le preguntaron: “¿Por qué la Iglesia solicita ahora un quórum mínimo para validar el referendo?”. Y él contestó: “Hay demonios bajo algunas sotanas”.

     

    El Mesías cura a las autoridades electorales posesas. Al llegar el día del referéndum, vio que mucha gente rodeaba el Consejo Nacional Electoral y que muchos abogados discutían con sus discípulos. Y les preguntó: “¿De qué discutíais?”. Uno de la muchedumbre le advirtió: “Presidente, los jerarcas aseguran que tú incurres en falta electoral por usar los recursos del Estado en avasallar a tus contendientes, y que tendrán que suspender la votación”. Y el Mesías le respondió: “¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar?”.

     

    Él fue hasta la sede del Consejo Electoral. Al ver que crecía el concurso de la gente, increpó a las autoridades diciendo: “Yo tengo la chequera lista para pagar las multas y, por si acaso no alcanzan los fondos, organizar una colecta pública”. Y el Consejo Electoral calló y quedó como muerto, tanto que la gente decía que las elecciones no serían válidas.

     

    Pero el Mesías, inyectando cuantiosos recursos y propaganda, levantó los comicios y se mantuvieron en pie. Cuando el Mesías llegó a la reunión de los ministros, le preguntaron: “¿Por qué nosotros no pudimos controlar la situación?”. Y el Mesías les contestó: “A la ley solo se le puede vencer atemorizando a los hombres”.

     

    Segundo anuncio de la Pasión. Saliendo de allí, recorrieron las mesas electorales para conocer el resultado de la contienda, que el Mesías no quería que se supiera. Estaba adoctrinando a sus discípulos y les decía: “El caudillo de esta Revolución reformará la Carta Magna que acabamos de redactar cuando ya no responda a sus necesidades y crearé un ejército paramilitar con el Pueblo al que daré cien mil kalashnikov. Pero mi gobierno plenipotenciario será rechazado por el Pueblo, que lo derrocará. Y yo, el cacique, tres días después de defenestrado, resucitaré”. Pero ellos no entendían sus palabras y no se atrevían a preguntarle.

     

    Los asambleístas en el reino del Mesías. Ganó el referéndum y 120 de sus seguidores serían los encargados de redactar la nueva Constitución. En la celebración, él les preguntó: “¿Qué discutían en la instalación de las sesiones?”. Ellos callaban, porque habían debatido cuál de ellos había sacado más votos y debía presidir la Asamblea. Entonces él les dijo: “El que quiera ser vicepresidente que sea bedel y sirva a todos”. Luego abrazando al asambleísta más anciano, dijo: “El que vote por este viejito para presidir la Asamblea, votará por mí y el que vote por mí no es por mí por quien vota, sino por la Revolución”.

     

    La horda anónima. Un ministro dijo al Mesías: “Presidente, hemos visto pobladas de gente que arremete contra los periodistas en tu nombre y no discrimina a quién ataca y se lo hemos prohibido”. El Mesías dijo: “No se lo prohibáis, porque nadie que ejerza la violencia contra los desestabilizadores en mi nombre puede, después, hablar mal de mí, y quien no está a favor de nosotros, está en contra. Quien escribiere bien de nosotros por ser discípulos de la Revolución, en verdad os digo que no se quedará sin recompensa”.

     

    El escándalo. “A quien se escandalice por la actuación de uno de mis seguidores más le valdría que le frieran la cabeza y la colgaran de una estaca en medio de la plaza. Y si los medios de comunicación son ocasión de pecado, censuradlos: es mejor para el Pueblo ser gobernado sin libertad de información que entrar a la Revolución con dudas. Y si la Contraloría es ocasión de pecado, desintegradla: es mejor para el Pueblo no tener justicia que vivir intrigado por la corrupción. Y si los Sindicatos son ocasión de pecado, deshacedlos: es mejor para el Pueblo entrar a la Revolución sin aumento de sueldos que vivir en una democracia donde las huelgas no cesan”.

     

     

    10

    Presidencia en Asamblea Originaria

    El Mesías va al reinado pasando por la Asamblea. Partiendo de la victoria electoral que logró una Asamblea Constituyente dominada por los revolucionarios, llegó, sin embargo, el Mesías al límite de su poder, y de nuevo se le juntaron las multitudes y él, según su costumbre, empezó a enseñarles que los oligarcas todavía lo ataban de manos.

     

    El Soberanísimo es todopoderoso. Se acercaron unos fariseos al Mesías preguntándole, con intención de tentarle, si es lícito seguir siendo Presidente cuando hay una Asamblea Originaria. Pero el Mesías les respondió: “¿Qué os mandó el Soberano?”. Ellos dijeron: “El Soberano ordenó legitimar nuevamente todos los poderes incluso el tuyo”. El Mesías dijo entonces: “Nadie está exento del poder del Soberanísimo y yo renuncio a mi cargo de Presidente de la República”. Ya en el palacio, sus discípulos le preguntaron acerca de esto y el Mesías les dijo: “La Asamblea Constituyente me ratificará ante el acta de la nueva independencia tropical”.

     

    El Mesías y los embrutecidos. Le llevaron gente atolondrada con la intención de que se les armara y organizara como Grupos de Autodefensa, y los discípulos reñían a los que los presentaban para tales tareas. Pero el Mesías, al advertirlo, se indignó y les dijo: “Dejad que los irracionales se acerquen a mí, no se lo estorbéis, porque de los que son como ellos es la Revolución. En verdad os digo que el que no reciba la Revolución sin pensar no entrará en ella”. Y abrazando a los embrutecidos, les organizó en brigadas.

     

    Peligros de las riquezas. Un oligarca le preguntó, arrodillándose ante el Mesías: “¿Qué debo hacer para que la Revolución me proteja?”. El Mesías le dijo: “¿Por qué me llamas peligroso? Nadie amenaza sino solo el Pueblo. Ya conoces los Mandamientos. No robarás, no especularás, no harás oposición a este gobierno, honra a tu comandante y a la Revolución”. “Caudillo –replicó él- todo eso lo he observado desde que ganaste las primeras elecciones”. El Mesías lo miró con indulgencia y le dijo: “Te queda una cosa por hacer: Anda, dona todo lo que tienes a mi gobierno para que yo lo reparta a los pobres y tendrás un lugar en la reconstrucción del país. Luego, ven y sígueme”. A estas palabras, aquel hombre frunció el ceño y se marchó entristecido, pues tenía muchos bienes.

     

    Mirando entonces alrededor, dijo el Mesías: “Hijos, qué difícil es que entren en la Revolución los que no entregan sus bienes. Más fácil es que entre un camello por el ojo de una aguja, a que un oligarca entre a esta Revolución”. Ellos, extrañados, se dijeron: “¿Quién puede salvarse entonces?”.

     

    Premio a la intentona golpista. Un soldado, expulsado de las Fuerzas Armadas por participar en el intento de golpe de Estado que había liderado el Mesías antes de su bautismo, se puso a decirle: “Nosotros lo dejamos todo por seguirte aquella vez”. El Mesías respondió: “En verdad os digo que nadie deja sus galones, pensión y prebendas por mí o por la Revolución o por el Pueblo, que viene a ser lo mismo porque somos uno solo, sin recibir el ciento por uno en ascensos, ministerios, embajadas, consulados, ya sea en este período presidencial o en cualquiera de todos los que me quedan”. Y sentenció: “Muchos generales serán rasos y muchos rasos, generales”.

     

    Tercer anuncio de la Pasión. Una vez que se redactó la nueva Constitución, el Mesías decretó la Emergencia Constitucional y ordenó la creación de un Congresillo, compuesto por sus once discípulos. Ordenó que el Congresillo usurpara todos los poderes, removiera a los jueces, incluyera militares en todos los órganos de la administración e ilegalizara las agrupaciones que no estuvieran de acuerdo con las reformas. Los discípulos lo seguían asombrados y las gentes con miedo.

     

    Tomó de nuevo consigo a los once del Congresillo y comenzó a decirles lo que iba a suceder. “Mirad que el hijo de la Revolución será entregado al Imperio y a los oligarcas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los demócratas; se burlarán de él, lo llamarán delirante y loco, lo humillarán y lo matarán, pero, cuando crean restaurar la democracia, la ignorancia del Pueblo resucitará al Mesías de entre los muertos, y volverá a dictar los designios del Trópico”.

     

    El Mesías corrige los libros de texto. Dos discípulos encargados de la Educación Nacional se le acercaron y dijeron: “Maestro, queremos que los niños de colegio estudien la gesta patriótica y revolucionaria que has emprendido”. Y el Mesías les dijo: “No es obra mía reescribir la Historia Contemporánea en los libros de los estudiantes, sino de vosotros, pues es para lo que habéis sido preparados. Todos conocen las proezas de los próceres, pero de las mías aún no se ha dicho lo suficiente, aun cuando he venido para la redención de nuestro Pueblo”.

     

    Mesiánica, el nombre de la República. La República, sentada a la vera del camino, le gritó: “Cámbiame de nombre”, y los discípulos le mandaron callar, pero el Mesías dijo: “¿Qué quieres?”. La República le respondió: “Llamarme como tú”. Y el Mesías le dijo: “Tu idolatría te ha cambiado el nombre”. Al punto se añadió al nombre de la República, el del Mesías, y a partir de ese momento se comenzó la labor de destrucción de todo vestigio del nombre antiguo.

     

     

    11

    Entrada triunfal. Una vez que el Congresillo se encargó del cumplimiento de la nueva Constitución y renovó a todas las autoridades, por insulsas que fueran, con leales a la Revolución, el Mesías se acercó al lugar donde efectuaría el primer discurso de la refundación de la Patria. El Mesías envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “En el cuartel de enfrente encontraréis un tanque que nadie ha utilizado aún; traedlo. Y si alguien os dijere: ¿Por qué hacéis eso?, decidle: “El comandante en jefe lo necesita”. Los discípulos fueron y, a las preguntas de los oficiales al mando, respondieron como les había dicho el Mesías, y los dejaron.

    Llevaron el tanque y el Mesías montó en él. Muchos alfombraban el camino con flores y gritaban: “¡Caudillo! ¡Comandante! ¡Salvador!”.

     

    Bendice al Poder Militar. Al día siguiente, el Mesías sintió necesidad de tener más apoyo público y pensando desde lejos que los militares le eran afines, dijo: “Los militares podrán votar y los ascensos son competencia exclusiva del Presidente y, si alguien os dice por qué se hacéis eso, decidle: Ejército y Pueblo son uno solo”.

     

    Expulsa de los barrios a la Oposición. Guiaron a las hordas que defendían la Revolución hasta cada una de las sedes que los opositores tenían en las barriadas más pobres y arrojaron de allí a cualquiera que no demostrara su idolatría al Mesías; volcaron sus mesas y sillas y luego ocuparon cada una de esas casas para crear las Brigadas Populares de Defensa de la Revolución o acoger a un sistema sanitario paraestatal, compuesto por médicos sin título válido, que entregaban aspirinas junto a la propaganda del régimen. La Oposición acudió entonces a sus partidarios, que eran muchos y tenían ollas y cucharas, y se produjo una estruendosa cacerolada. El Mesías acusó a la Oposición: “Vosotros habéis hecho un show bochornoso”.

     

    Los asesores se alzan. Al leer la prensa, observaron que varios asesores políticos e intelectuales hablaban en contra del Presidente. Acordándose, un discípulo le dijo al Mesías: “¡Los que bendijiste te volvieron la espalda!”. Y el Mesías le respondió: “En verdad os digo que toda afrenta será respondida con el vilipendio y la afrenta personal”.

     

    La autoridad del Mesías. Cuando andaba el Mesías organizando los fastos del aniversario de su alzamiento militar, le preguntaron: “¿Con qué autoridad reivindicas el golpe de Estado en el que fracasaste?”. Pero él les dijo: “Yo también os haré una pregunta. Respondedme y entonces os diré de dónde viene mi autoridad. ¿Sabéis la diferencia entre golpe de Estado y rebelión militar? ¿Entre dictadura legal y revolución pacífica? ¡Respondedme!”. Pero ellos dudaban. Temían ofender a la gente con su respuesta, porque gran parte de la población tenía al Mesías como un salvador. Respondieron: “No sabemos”. Y el Mesías les dijo: “A mí la autoridad me la da el Pueblo”.

     

    Parábola de los demócratas homicidas. Y se puso a hablarles en parábolas. “Un hombre plantó un nuevo modelo de gobierno; y trajo asesores de otros caudillos para que lo ayudaran a preservarla; ahorcó al aparato productivo de su país, exterminó a las instituciones por medio de referendos, se rebeló a la política del Imperio y utilizó todos sus recursos en contrarrestar la información que emitían los medios de comunicación. A su tiempo, quiso exportar su modelo político. Envió enlaces con la guerrilla del país vecino y también lo denunciaron. Financió una campaña electoral en un país centroamericano, pero su candidato perdió los comicios; mandó igualmente a sus siervos a entrenarse a las órdenes de un genocida, pero las fuerzas democráticas derrocaron al régimen y sus conexiones se hicieron evidentes. Cuando perdió el poder en su propio país, aún le quedaba un siervo, su amado hijo. Lo mandó, por último, pensando que vencería con un golpe militar. Pero aquellos demócratas dijeron: “¡Ea!, encarcelémosle y acabaremos con la amenaza”. Lo rindieron y encarcelaron. “¿Qué hará el Viejo Caudillo? Irá él y convencerá al Pueblo de que toda democracia es corrupta, y su hijo volverá al poder”.

     

    Los opositores al Mesías intentaron denunciar su maniobra pero temían a las hordas que le aupaban, porque se sabían señalados por la parábola. E intentaron mantener sus parcelas de poder creyendo que si jamás denunciaban que la legalidad se utilizaba para destruir la democracia, el Presidente les dejaría en paz.

     

    El tributo de la información. Le enviaron entonces algunos periodistas para cazarle en alguna palabra. Llegaron y le dijeron: “Presidente, sabemos que hablas tal como el Pueblo quiere escuchar y que enseñas los dogmas de la Revolución sin que te importen los derechos civiles. ¿Es fundamental preservar la libertad de expresión?”. Conociendo el Mesías de su hipocresía, les dijo: “¿Por qué me tentáis? Traedme un periódico para que lo vea”. Y se lo llevaron y les dijo: “¿Qué intereses tiene este diario? Protege a la oligarquía. Dejad al oligarca lo que es del oligarca y al Pueblo lo que es del Pueblo. Yo seguiré emitiendo en cadena de varias horas al día en las televisoras y radios del Estado, que son del Pueblo”.

     

    La elección del vicepresidente. Se le acercaron también otros demócratas que creían en las elecciones populares y le preguntaron: “Se crea la figura del vicepresidente, como un cargo que sirve para controlar el gran poder del Presidente, pero el vicepresidente será nombrado por el propio Presidente y no por el Pueblo, y podrá ser removido por la Asamblea, que controla el Presidente, y nunca por el Pueblo. A la hora de controlar tu poder, ¿de quién será el vicepresidente?”. El Mesías les respondió: “¿Cómo no vais a tener dudas si no tenéis fe en que el Pueblo habla por mi boca?”.

     

    Los dos mayores mandamientos. Un escriba, que había oído la discusión y viendo que les había contestado bien, se le acercó y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”. Y él contestó: “Desenvainar la espada para defender la soberanía del Pueblo ante la conspiración internacional que se fragua”. Y el escriba preguntó otra vez: “¿Y cuál es el segundo?”. Y él respondió: “No creer que porque ocupas un alto cargo público, aunque haya sido obtenido por elección popular, puedes decidir por ti mismo y sin consultarme”.

     

    La naturaleza democrática del Mesías. Tomando el Mesías la palabra, decía al Pueblo durante sus locuciones: “¿Cómo pueden decir los enemigos que aquí no hay democracia? El Pueblo mismo se organiza en comités para controlar los recursos de las regiones e informar de planes desestabilizadores. El Pueblo mismo eligió la nueva Constitución que me convierte en un instrumento de sus deseos. ¿Cómo, pues, se atreven a decir que pongo en peligro la democracia?”.

     

    Hipocresía de la Iglesia. Y en su programa radial de cada domingo decía: “Guardaos de la Iglesia, que gusta desestabilizar al gobierno desde el púlpito, y de los curas inmorales. Ellos serán investigados para hacerles un exorcismo y dejarles sin fondos públicos para sus obras”.

     

    El óbolo de las Organizaciones Supranacionales. Sentado frente a la Organización Mundial de Países presenció cómo muchos opinaban que el Mesías intervenía en la soberanía de otras naciones. Él reunió a sus discípulos y les dijo: “En verdad os digo que esta sociedad es muy estúpida y tenemos que hacer la nuestra propia”.

     

     

    13

    Discurso escatológico

    Ocasión del discurso. Finalizado el período presidencial, el Mesías convocó elecciones y volvió a postularse. Al ganar la reelección, un discípulo le dijo: “Maestro, qué dicha siento de haber nacido en el siglo en que tú has creado una nueva Patria”. Y él le respondió: “¿Ves cada uno de mis decretos? No quedará aquí piedra sobre piedra, todo será destruido”.

     

    Y luego, sentado en el cuartel, le preguntaron tres de sus discípulos: “Dinos, ¿cuándo sucederá eso y cuál va a ser la señal que indique que todo lo que dices será cumplido?”.

     

    Señales precursoras. El Mesías les contestó: “Mirad que nadie os engañe. Muchos usarán la nueva Constitución para decir que yo no puedo hacer tal o cual cosa. Y dirán: ‘Nosotros somos el Pueblo que reclama libertad’. Cuando oigáis hablar que he perdido un plebiscito y que desconozco la voluntad del Soberano porque dicto lo contrario a lo que votó, no os alarméis; es necesario que eso suceda, pero todavía no será el fin. Porque se levantará el Pueblo contra el Pueblo, y los hermanos contra los hermanos; habrá guerra civil, habrá hambre. Ese será el comienzo de los dolores”.

     

    Señales de la destrucción del Trópico. “Cuidad de vosotros mismos. Os entregarán a los tribunales y compareceréis ante jueces internacionales por causa mía. Es necesario, por encima de todo, reivindicar la Revolución. No os angustiéis por lo que habréis de contar. Decid que todo se hizo por los ideales y no por lucro. El ministro acusará al ministro y los súbditos se levantarán contra sus líderes, pero el que soporte hasta el final, vivirá un exilio dorado”.

     

    Señales de la segunda venida del Mesías. “Cuando veáis, pues, la abominación de la democracia puesta donde no debe estar (que el lector entienda), entonces los que estén en el Trópico que huyan a los paraísos fiscales; el que esté en su casa que no vaya a su despacho a abrir la caja fuerte y el que vaya a los países aliados que no regrese por su bastón de mando. Rogad que no caiga eso en temporada de tifones. Porque aquellos días serán de una angustia tal, cual no hubo desde el principio del régimen que el caudillo creó, hasta ahora, ni lo habrá. Y si yo no acortara esos días en atención a mis súbditos, abandonando el país, nadie se salvaría”.

     

    La segunda venida del Mesías. “Entonces, si alguien os dice: ‘Yo soy el nuevo Presidente’ o ‘he ganado las elecciones porque he sacado más votos que el Mesías’ no le creáis. Porque surgirán falsos mesías y falsos profetas y harán señales para asegurar haber pactado conmigo o harán prodigios que camuflarán preceptos democráticos bajo el disfraz autoritario, para engañar, si fuera posible, a mis lacayos. Estad alerta, surgirá mucho político que querrá convertirse en un nuevo caudillo”.

     

    ¿Cuándo será la segunda venida del Mesías? “En aquellos días, después de esta angustia, el Imperio denigrará la validez de los resultados electorales, se me acusará de fraude, las masas se movilizarán en contra de los decretos y el autogolpe de Estado, el alto mando militar se pronunciará a favor nuestro y someterá a los opositores, bajará la cotización de nuestra riqueza, habrá huelgas de trabajadores. Entonces, se verá venir al Pueblo, coreando las consignas de la Revolución, presto a defenderse. Y yo desde mi exilio exhortaré a los fieles a enfrentarse a los invasores y traidores, desde un extremo de la Patria hasta el otro extremo del mar”.

     

    Exhortación a la vigilancia. “Sirva esta comparación con la parábola de las Patrullas Ideológicas. Cuando el ministerio del Poder Popular se declare en ofensiva cultural para derrocar a los saboteadores internos, sepan que se trata de luchar contra el capitalismo desde dentro, que los revolucionarios no deben cobrar en dinero sino en especies, para que todos sean iguales en su diversidad. Y así sumar felicidad. Así también vosotros, cuando veáis que me denuncian por vivir con lujos, sabed que la lucha se hace inminente. En verdad os digo que no pasará mucho tiempo antes de que sea la hora del bravo. Las votaciones y las purgas pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

     

    “Estad alerta. Velad porque aquella hora la conocen tantos pueblos, cuyo Mesías ha sido derrocado. Es como aquel caudillo que marchó de viaje para curarse una enfermedad que podía acabar con su vida, y al dejar su gobierno puso todo en manos de su vicepresidente, señalando a los demás ministros y generales sus tareas, y encargó a su hermano que velase. Velad porque no sabéis cuándo viene el caudillo, si en una semana, en quince días o en un mes; no sea que llegue de repente y os halle conspirando. Lo que os digo a vosotros, os lo digo a todos: ¡Velad!”.

     

    Y con estas palabras se lanzó a la tercera reelección, pues el tiempo había pasado aunque no lo pareciese. La Oposición alcanzó más votos y el Mesías desconoció los resultados y los poderes públicos le secundaron.

     

     

    14

    Rebelión y caída

    Conspiración del policía. Los partidarios del Mesías se lanzaron a la calle para acallar las protestas populares que comenzaban a escucharse y, como había violencia, un jefe de policía decidió proteger a la gente que se emancipaba. Puso a sus hombres a custodiar las manifestaciones opositoras, haciendo que el trabajo de los revolucionarios fuera más difícil.

     

    Unción en el palacio. Estando el Mesías en su residencia, llegó un comando civil con un contingente de armas automáticas; cargaron las kalashnikov y se apostaron a defender el palacio. Algunos de sus discípulos se mostraban indignados: “¿A qué viene tanta agresividad?”. Y se enfurecían. Pero el Mesías dijo: “Dejadlos, ¿por qué hablar de paz? Ellos vienen a defenderme de todo el que venga a protestar. Hacen lo que pueden. Se apresuran a luchar por mí, antes de que caiga el gobierno. En verdad os digo que donde renazca la Revolución, por todo el mundo, se hablará también de lo que ellos han hecho y se venderán carteles y calcomanías con sus rostros bajo una boina”.

     

    Traición del guerrero. Entonces, uno de sus discípulos, actual ministro de Guerra, fue a donde la Oposición para poner al Presidente en sus manos. Ellos, al oírlo, se alegraron prometiéndole un cargo en el gobierno que sucediera al régimen. Y él alentó un plan para que los paramilitares se confrontaran con los civiles. La matanza sería una buena excusa para el alzamiento y legitimaría la traición de las Fuerzas Armadas.

     

    Último recuento. Institución del fraude. El primer día que comenzaron las movilizaciones populares exigiendo la ida del Mesías, le dijeron sus discípulos: “¿Dónde quieres que nos protejamos de los desestabilizadores?”. Mandó entonces a dos discípulos y les dijo: “Debéis ir al aeropuerto militar y os saldrá al encuentro una avioneta. Subid y donde aterrizase, una isla, decidle al Viejo Caudillo: El Mesías dice: ¿Dónde está mi cuartel donde guarecerme con mis discípulos mientras dure el recuento de votos? Él os mostrara una mansión en un malecón con guaguancó, grande y habitada por mulatas. Preparad allí para nosotros”. Marcharon los discípulos, llegaron al aeropuerto y hallaron todo tal como se les había dicho.

     

    Caída la tarde, llegó él en su avión privado. Y estando en aquella costa, dijo el Mesías: “En verdad os digo que uno de vosotros admitirá ante el Pueblo que hicimos fraude electoral, mostrará las pruebas y pedirá perdón”. Comenzaron a entristecerse y a decirse, uno tras otro: “¿Seré yo?”. Él les dijo: “Es uno de vosotros. Sí, el hijo de la Revolución se va, según sucede siempre en la historia del Trópico; pero ¡ay de aquel que lo traicione! ¡El Mesías retornará y no olvidará la afrenta!”.

     

    Y mientras comían, planeó la estrategia para defenderse del alzamiento que se avecinaba. “Tomad este oro y llamad a los paramilitares”. Luego les enseñó una lista y les dijo: “Tomad este armamento y llamad a las Brigadas Populares. En verdad os digo que yo no empuñaré personalmente ya ningún arma hasta el día que vosotros venzáis y yo pueda festejarlo”.

     

    Predice el abandono de sus discípulos. Después de haber aparecido en la televisión tropicalísima junto al Viejo Caudillo, salió con sus discípulos de vuelta a su propio país. Y les dijo: “Todos tendréis en mí ocasión de huida, porque está escrito: ‘Derrocarán al dictador y sus esbirros se exiliarán’. Pero después que resucite, volveré a llamaros para gobernar otras docenas de años”. El jefe de Inteligencia Militar le dijo: “Aunque fueras para todos ocasión de huida, yo moriré defendiendo la Revolución”. El Mesías respondió: “En verdad te digo que antes de que caigan todas las defensas, habrás acudido a la Fiscalía a entregarte y llevarás expedientes de casos de corrupción en los que querrás involucrarme para salvarte”.

     

    Agonía en la capital. Llegaron al palacio presidencial y dijo a sus generales: “Quedaos aquí, y velad”. Adelantándose comenzó a sentir terror a morir o a perder todo el poder amasado durante esos años y llamó por el teléfono rojo al Viejo Caudillo de la isla y le dijo: “¡Aparta de mí este cáliz! ¡Deja que me exilie en tus dominios! ¡Todo te es posible!”. Pero el Viejo Caudillo le dijo: “Y si abandonas, ¿quién mantendrá mis gastos? Quédate a luchar. No es todavía la hora de huir”. El Mesías le respondió: “Que no sea lo que yo quiera sino lo que tú puedas”. Volvió y encontró a los militares durmiendo: “¡Generales! ¡Comandantes! ¿No habéis podido velad ni una hora? Velad y disparad, para que no podáis caer en la tentación de rendiros o negociar”.

     

    De nuevo se alejó y al volver los encontró inactivos y dijo: “¿No habéis impartido la orden de ataque? Vestid vuestros uniformes y cargad vuestras armas, para que no caiga el gobierno sin sangre”. De nuevo se alejó para cerciorarse de que los comandos paramilitares vigilaban tanto a los generales como a los civiles, listos para impedir cualquier maniobra contra él. Volviendo otra vez, encontró que los escuadrones de autodefensa y los mercenarios habían arremetido contra las miles de personas que hacían vigilia en las calles de la ciudad, pero el Ejército había intervenido para calmarles. “Levantaos. Ya no hay tiempo para salir del país pero todavía podemos garantizar que se respeten nuestras vidas”.

     

    Pidió que los medios de comunicación que todavía tenía a su servicio le filmaran en vivo y directo y dijo: “¡Se acabó! ¡Ha llegado la hora! He aquí que el Pueblo va a ser desposeído de su poder y toda la Revolución va a quedar a la deriva. Pero, aunque por ahora no hemos logrado nuestros objetivos, prefiero esta rendición momentánea para que los traidores no provoquen más muertes”.

     

    Prendimiento del Mesías. Aún estaba hablando cuando llegó el ministro de Guerra y con él una gran multitud que representaba a la Oposición. El traidor había dado esta señal: “Al que yo bese, ese es”. Y cuando se acercó, le besó como solo se saben besar los militares entre ellos. Y la Oposición le echó mano y lo arrestó.

     

    Pero uno de los miembros de las Brigadas Populares estaba apostado en un puente y disparó contra la multitud, matando a un par de civiles desarmados. Tomando la palabra, el Mesías les dijo a los militares: “¡Habéis venido a prenderme como a un invasor! ¡Todos los días os enriquecí y nunca me acusasteis! ¡Pero es para que me conviertan en un mártir!”.

     

    Todos lo abandonaron y huyeron cuando trasladaban al Mesías hasta las dependencias militares donde permanecería preso. Un presidente de una nación vecina, Mesías en su propia Patria, le seguía, vestido solo con una chompa tejida con lana. Le echaron mano pero él, desmadejando la chompa, se escapó desnudo.

     

    El Mesías ante el fiscal. Llevaron al Mesías ante la Junta de Transición que gobernaría hasta que se convocaran nuevas elecciones presidenciales. El jefe de Inteligencia le había seguido de lejos hasta el juzgado donde le enjuiciaron. El nuevo fiscal buscaba un testimonio que presentara pruebas contra el Mesías, para encarcelarlo y, sobre todo, inhabilitarlo políticamente de manera definitiva, pero no lo encontraba.

     

    Los cómplices que habían disfrutado de cargos en su gobierno pero habían sido relegados con el tiempo, atestiguaban sin demostrar nada. “Corrompió a las Fuerzas Armadas, desvió recursos para beneficiar a sus familiares y amigos, dividió al Pueblo, dio la orden de disparar contra civiles, quebró las leyes una tras otra”. Levantándose, el nuevo fiscal le preguntó: “¿No respondes nada a lo que atestiguan contra ti?”. Él callaba y nada respondió. El fiscal preguntó: “¿Eras tú quien daba las órdenes de todo lo que se hacía en tu gobierno?”. El Mesías dijo: “¡Yo soy el Pueblo! ¡Y veréis cómo resucita la Revolución y os condena a vosotros vuestras injusticias!”.

     

    Entonces, el fiscal, rasgándose las vestiduras, dijo a la Junta de Transición: “¿Qué necesidad tenemos ya de más testigos? Habéis oído su propio testimonio que le incrimina”. Lo sentenciaron a permanecer en una cárcel aislada durante 30 años, lo que significaba que ya no podría volver al ruedo político. Y el Pueblo se burlaba de la Revolución mientras saqueaba los comercios que encontraban a su paso y se dirigía a las haciendas del Mesías y sus familiares, para desguazarlas.

     

    Triple acusación del jefe de Inteligencia. Estando el jefe de Inteligencia Militar en el juzgado, otro fiscal lo miró y le dijo: “¿También tú eres cómplice?”. El lo negó, enseñando los expedientes que tenía en sus manos. El fiscal lo llevó ante el juez: “Este era culpable también de los actos del gobierno”. El jefe de Inteligencia lo negó otra vez, enseñando los papeles que había acumulado para cubrirse las espaldas. Lo llevaron ante la Junta de Transición: “Ciertamente, estas pruebas incriminan al Mesías”. Entonces le pidieron que descubriera todo lo que sabía, que era mucho, a cambio de inmunidad.

     

     

    15

     

    El Mesías ante el Ejército. Luego que lo enjuiciaron, el Alto Mando Militar celebró una reunión con la Junta de Transición, que fue velada al público. A la salida, el nuevo general supremo dijo: “En las Fuerzas Armadas la responsabilidad es institucional”. La Junta de Transición aseguró también que ningún oficial sería acusado por los desmanes cometidos durante el régimen del Mesías.

     

    El Mesías ante el Pueblo. Después esposaron al Mesías y lo llevaron y entregaron a un nuevo juez de la Corte Suprema. El nuevo juez le preguntó: “¿Eres tú el responsable de la antigua revolución?”. Y él respondió: “Tú lo dices”. Y el fiscal lo acusaba de muchas cosas. El juez de nuevo le interrogó: “¿No te defiendes? ¿Hiciste todo esto solo?”. Pero el Mesías se compungió hasta el punto que el juez se maravilló con tal sensibilidad.

     

    Por el enunciado democrático participativo, que seguía vigente aún con el nuevo gobierno, recién instaurado, el pueblo elegiría de viva voz si indultaba al Mesías o votaba cuál sería la representante anual del certamen Miss Universo. Y el nuevo Consejo Electoral preguntó: “¿Qué preferís?”. Las televisoras estatales aclamaron el concurso de belleza y se olvidaron de su Mesías.

     

    El nuevo juez preguntó entonces: “¿Qué quieren que haga con el Mesías?”. Y los del pueblo respondieron: “¡Mételo preso y acaba con su revolución!”. Y el juez preguntó: “¿Y no creéis que haya algo que se pueda rescatar?”. Y la gente, azuzada por la Oposición, clamó más alto: “Nada, mételo preso y acaba con su revolución”. El juez, entonces, queriendo satisfacer al Pueblo, hizo desfilar a las misses y mandó al Mesías a la cárcel.

     

    Coronación de quiebras. Los fiscales acusaron al Mesías y llamando a las autoridades bancarias le involucraron en la quiebra que sufrían las instituciones financieras públicas y las entidades privadas propiedad de sus amistades y familiares, y comenzaron a recitarle: “Los auxiliaste subrepticiamente sin que quedara registrado el dinero que les dabas”. Y le sacaban evidencias de tener cuentas cifradas en el exterior, al mismo tiempo que le embargaban los bienes que tenía en el país, aunque todavía no sabían el nombre de todos sus testaferros.

     

    Crucifixión. Desposeído de poder y de riqueza, transmitieron el proceso en su contra por todos los medios de comunicación. Lo condujeron a un lugar donde habían sido enterrados sus enemigos en sepulturas anónimas y colectivas. Le mostraron imágenes de adoloridos familiares de víctimas de la represión que pedían justicia. Lo embargaron y repartieron los bienes de su propiedad que encontraron en las residencias que todavía no habían sido saqueadas por el Pueblo, echando a suerte entre los vencedores de la contienda lo que se llevaría cada uno.

     

    Los titulares de prensa decían de él: “¡Tirano!”. La confiscación de los bienes se extendió a los secuaces que permanecieron fieles a la Revolución. Los que le juzgaron le insultaban y decían: “¡Bah! ¡Tú que te hacías llamar redentor de la Patria, redímete a ti mismo y limpia tu imagen de sanguinario y ladrón!”. También los que veían cómo requisaban sus tesoros le pedían que los salvara del despojo y del suplicio de la opinión pública. “Todavía puedes exculparnos”, le decían.

     

    Muerte del Mesías. Desde la hora sexta hasta la hora nona, los noticiarios transmitieron los escándalos financieros, políticos, sociales e, incluso, familiares de los que podían enterarse. Y en horario estelar se oyó el grito que profirió el Mesías cuando ingresaba en prisión: “¡Enemigos del Imperio, por qué me habéis abandonado!”. Algunos de sus antiguos aliados, al oírle, firmaron comunicados deslindando su política internacional de aquella revolución, con minúsculas.

     

    El Mesías expiró políticamente cuando fue encerrado en la mazmorra de donde no saldría en tres décadas. Y el Trópico se rasgó en dos nuevamente. Una parte del Pueblo frente a él, al verle encarcelado así, exclamó: “Verdaderamente era un revolucionario”. Había varias personas mirando de lejos, que le habían apoyado en todas sus reelecciones, y otras muchas que se habían enriquecido con la política del caudillo.

     

    Sepultura del Mesías. Llegada ya la tarde, el nuevo general supremo de las Fuerzas Armadas se atrevió a ir hasta el juez para pedirle que le entregara el cuerpo del Mesías, ahora que, desprovisto del favor del Pueblo, yacía sin vida política. El juez admirado que el Pueblo le volviera la espalda tan pronto, preguntó a uno de sus discípulos si aquello era cierto y él le respondió que así era. Al saberlo, concedió que el Mesías fuera con el nuevo general supremo, que le compró un sombrero y un habano y lo depositó en la isla del Viejo Caudillo. Algunos de sus fieles seguidores miraron a dónde se exiliaba.

     

     

    16

     

    Mensaje de la Resurrección. Pasadas tres lunas de la instauración de la Junta de Transición, el gobierno había realizado una serie de reformas para equilibrar las cuentas del Estado, subiendo los impuestos y reduciendo los servicios sociales. Buscando apaciguar a los militares que todavía veneraban al Mesías, y que permanecían al frente de las Fuerzas Armadas, decidió indultarle y permitir que regresase del exilio.

     

    Cuando los generales fueron a buscarle, encontraron al Viejo Caudillo, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dijo: “No os turbéis. El que buscáis, resucitó. No está aquí. Ha regresado a su Patria. Volved y decid a sus discípulos y a todos aquellos que lo extrañan que pronto lo veréis como él os dijo que sería la segunda venida del Mesías. ¡El Soberano ha resucitado!”.

     

     

    Apéndice

     

    Apariciones. Resucitado el Mesías, se apareció primero al general supremo que le había sacado de la cárcel. Él fue a decírselo a los demás altos miembros de las Fuerzas Armadas, que se preguntaban cómo podrían volver a saquear al país. Al escuchar ellos que el Mesías había regresado con ganas de volver a ser candidato presidencial, no lo creyeron.

     

    Después de esto, volvió a aparecerse a dos de sus militares fieles, que habían sido retirados del Ejército, pero a los que no habían confiscado sus inmensas riquezas, para que sufragaran su nueva campaña electoral. Estos volvieron a la capital para dar la noticia pero tampoco les creyeron. Después se apareció a los diez discípulos, que estaban reunidos en un partido político poco exitoso ahora que el Mesías no estaba con ellos, y les reprendió su incredulidad porque no habían creído que él podía resucitar de entre los muertos políticos.

     

    Mensaje final. La Entronización. Y les dijo: “Id a todas las comarcas y predicad la Revolución a toda criatura en edad de votar. El que crea y acate mis órdenes, se salvará; pero el que se oponga, esta vez sí será exterminado. A los que obedecieren les acompañarán estos prodigios: en mi nombre ocuparán propiedades, condenarán a sus enemigos, tomarán en sus manos los poderes municipales y, aunque infrinjan la ley, no se les enjuiciará; pondrán su voluntad sobre la de los demás y estos se doblegarán”.

     

    El Mesías, después de haber hablado con sus discípulos y militares, y haber recabado ingentes recursos para su campaña, se lanzó a la Presidencia, la ganó por mayoría de votos y volvió a promulgar una nueva Constitución, donde no existiera grieta alguna con la que discutir su hegemonía. También evitó anteriores errores, de tal manera que parecía otro: pactó con el Imperio, amordazó a los medios de comunicación con golosos contratos, purgó las Fuerzas Armadas, legalizó las milicias, impuso una administración oral que no dejara nada por escrito, centralizó los recursos financieros en sí mismo, y se proclamó Mesías vitalicio.

     

    Sus seguidores fueron financiados para predicar por todas partes del mundo, confirmando su doctrina con los milagros que la acompañaban. Su Evangelio perdurará aun cuando su cuerpo abandone la tierra, pues su espíritu fecunda mentes que alumbran mesías una y otra vez, por los tiempos de los tiempos.

     

     

     

    Doménico Chiappe vivió en Venezuela entre 1975 y 2002 y trabajó como periodista en medios como Primicia, El Nacional y TalCual, donde dirigió la sección de Economía. Vive en Madrid, donde se dedica a la escritura y ejerce como profesor de periodismo literario. En FronteraD coordina la sección de ciberliteratura y ha publicado, entre otros, WikiLeaks y el mal periodismo. Su último libro, publicado por la editorial Laertes, es el ensayo de periodismo literario Tan real como la ficción. Su web y en Twitter:  @domEnicochiappe

    ¿Erratas o imprecisiones? ¡Escríbanos!

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    Compartir

    ImprimirImprimir EnviarEnviar
    Inicie sesión o regístrese si quiere identificar sus comentarios.

    Comentarios

    Enviar un comentario nuevo

    El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
    • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

    Más información sobre opciones de formato

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    (*) Campos obligatorios

    Al enviar tu comentarios estás aceptando los términos de uso.

    ISSN: 2173-4186 © 2018 fronterad. Todos los derechos reservados.

    .