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El diván del indolente el blog de José Luis Madrigal


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22 de diciembre, 2012

Final de semestre

 

Acabo de entregar las notas. Otro semestre terminado. Muchos años ya cumpliendo con el mismo ritual, aunque ahora las calificaciones las envíe por internet, desde casa, sin necesidad de más papeleos. Todo profesor no es sino un juez obligado a repartir premios y castigos. Me encanta la enseñanza en las aulas, pero cada vez me gusta menos corregir exámenes y calificar a los alumnos. No juzguéis y no seréis juzgados. Habría que dejar al alumno que evaluara lo aprendido en clase, pues, salvo contadísimos casos, es el propio alumno quien sabe mejor que nadie la nota que merece. A pocos se les escapa la distancia que media entre la excelencia y la ineptitud. Fomentaríamos, además, el sentido de la justicia que cada uno lleva en su interior. Un profesor no puede ni debe ser un guarda de tráfico que pone multas, ni menos aún un repartidor de cacahuetes. Se dice que los alumnos estudian más si tienen ante sí un premio material, pero yo no lo creo. Ni el palo ni la zanahoria consiguen nada verdaderamente bueno en las labores intelectuales.

 

Un examen, en todo caso, sirve para muy poco. Uno puede medir la estatura de una persona o el tiempo que se tarda en recorrer a la carrera cien o doscientos metros en una pista de atletismo, pero es mucho más complicado evaluar una habilidad o una destreza. Sabemos, sí, quien es muy bueno y quien es muy malo en algo, pero hay toda una zona intermedia de competencia que se difumina en un haz de colores grises. Se debe animar al alumno a que picotee aquí y allá, que explore, que se pierda en nuevos territorios, pero al final uno debe de encontrar aquello para lo cual está llamado, su vocación, lo que más le gusta, en donde más destaca. No creo en la especialización a edad temprana, pero tampoco en el hombre o la mujer universal. El inglés tiene un dicho definitivo al respecto: "Jack of all trades, master of none", aunque el refranero español tampoco le vaya a la zaga con este otro: “el maestro Liendre, que de todo sabe y de nada entiende”, de sentido algo distinto, pero en el cual se subraya esa verdad indiscutible de que quien mucho abarca poco aprieta, que es, por cierto, otro refrán que viene ni que pintado.

 

Y hablando de refranes y de dichos, me acuerdo ahora de aquel texto de Nietzsche sobre la educación titulado “Schopenhauer como educador”, en el cual, muy al principio, se hace referencia a un viajero que tras viajar mucho y ver todo tipo de países y de gentes, llega a la conclusión de que los hombres actúan en todos los sitios por dos principios inextricablemente unidos: la pereza y el miedo. Pereza y miedo a enfrentarse con la verdad de su existencia, que no es otra que la absoluta singularidad de su persona, lo cual les lleva, en lugar de profundizar en sí mismos y desarrollar sus propias habilidades, a parapetarse en las convenciones, en los clichés, en toda la parafernalia mostrenca que aporta la cultura. Nietzsche añade que solo los artistas “odian ese indolente caminar según maneras prestadas y opiniones manidas y (se atreven a revelar) el secreto, la mala conciencia de cada uno, la proposición según la cual todo hombre es un milagro irrepetible…”.

 

Todo ser humano, en efecto, es un milagro irrepetible, como lo es que cada niño y casi cada adolescente es un artista. Los educadores lo sabemos, pero por temor e indolencia preferimos seguir el curso hollado de los exámenes y las notas sin atrevernos a avivar ese fuego único que lleva todo estudiante en su interior.

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