Caricatura de Mario Varas Llosa / Raúl

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    Forget Vargas Llosa

    Isaac Risco - 14-10-2010

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    Una conjetura fácil: el futuro inmediato será vargasllosiano. Se reeditarán sus obras completas y su nueva novela se venderá a raudales en las librerías. Los que no lo han leído lo harán por primera vez, y los que ya lo conocen buscarán ávidos lo que les queda por descubrir. También algunos escribidores volverán a estar a la orden del día; émulos de “Varguitas”, el “poeta” y “Zavalita”, admiradores de la literatura como protesta y el compromiso político a rajatabla. En contra de lo que esperaban hace más de 15 años los mexicanos del crack, lo engagé estará en boga. No será un cansancio, sino un renacimiento de lo engagé. Es a este autor al que le debemos, al fin y al cabo, la versión latinoamericana de la literatura es fuego, inconformismo y rebelión.

              En realidad, es mucho más lo que le debemos a Vargas Llosa. Le debemos una primera novela como un misil, una irrupción de la modernidad literaria de Faulkner, Joyce y Flaubert, y, para los más cercanos a las groseras realidades de América Latina, una erupción de conciencia de nuestras miserias. No en vano La ciudad y los perros era y sigue siendo uno de los mejores análisis de la tragedia del microcosmos peruano. En términos estrictamente literarios, los tejidos narrativos de Vargas Llosa de esa época son un condenado prodigio. Un entramado asombroso de historias, monólogos interiores potentísimos, virtuosa oralidad y, más adelante, el vertido magistral de los artilugios visuales del cine en las páginas de un libro. ¿Quién se atrevería a negar que Conversación en La Catedral es una obra maestra? Su culmen personal del montaje narrativo cinematográfico, además de un texto de una trascendencia estética innegable. Capaz de condensar en una sola frase lo jodido que ha sido el transcurrir de la historia en todo un país, e incluso en una región entera.

             Con Vargas Llosa, sin embargo, pasa lo mismo que le pasó a él con el Sartre que idolatraba de manera enfermiza en su juventud: que llega el desencanto. (Un desencanto literario, para no ahondar en debates cargados de virulencia ideológica que no vienen a cuento ahora). Novelas como Historia de Mayta o El hablador, escritas en sus años de madurez, son por ejemplo dos de las más olvidables. Bastante dignas del olvido, no big deal. Textos henchidos de crítica fácil, que apuntan con el dedo del sabelotodo a las supuestas causas del atraso de sociedades retrógradas. Casi de forma simbólica, los dos libros tienen a un narrador peculiar como instancia máxima, juez implacable de las desventuras y fracasos de los infortunados protagonistas: un exitoso escritor ficticio que vuelve de un paraíso hallado en el extranjero a desgajar las iniquidades y vicios de su lugar de origen.

            La comparación vale la pena. Ya no está la miríada de voces de La casa verde planteando interrogantes en torno a las circunstancias reales de los personajes, a sus problemas y sus grandes taras colectivas, sino una sola, una sola voz que dicta sentencia y que pretende conocer todas las respuestas. La propia forma de las novelas de Vargas Llosa refleja esa involución. En otra obra tardía, Lituma en los Andes, la prosa ya no es la maravillosa fragmentación de Conversación, ni siquiera la virtuosa voz grupal de Los cachorros. Es una prosa brillante, sí, pero que ya no comulga con lo narrado y, sobre todo, que ha perdido su antigua capacidad de sorprender.

          El último Vargas Llosa sigue buscando como el escritor de pluma fulminante de sus primeros tiempos, pero la diferencia es que ahora sabe de antemano lo que quiere encontrar. Varguitas ya no extrae arte hasta de los culebrones radiofónicos ni se adentra en la novela histórica para descubrir la actualidad eterna de la guerra de Canudos; su crítica social, la gran baza de sus novelas, suele degenerar en los últimos años a menudo incluso en pantomima. Estoy por ello convencido de que no hay motivo para esperar gran cosa de El sueño del celta, de igual forma a como ocurrió con varias de sus novelas de los últimos años. Para atravesar las tinieblas del Congo seguirá estando por un buen tiempo sobre todo el buque de Conrad.

            En el futuro, y pese a las modas académicas, convendría mucho que nos olvidemos de Vargas Llosa. C’est fini. Ya colmado de honores, bien quedará retomar sus propias palabras de que la literatura es inconformismo, las mismas que decía cuando recibió hace muchos años uno de sus primeros premios, el Rómulo Gallegos. Y sobre todo: la literatura es más que eso. Más que su crítica social, más que su compromiso sartriano y su afán de novela total en un mundo plagado de certezas. Es la vida tras el boom, al que bien se le puede rendir tributo con un merecido epitafio. Y después pasamos página. Un poco podría resultar si no como se quejaría el gran inspirador del ethos vargasllosiano, el mismísimo Flaubert desde la torre de marfil: que las muchas honras acaben finalmente por deshonrar.

     

    Madrid, 12 de octubre, 2010

     

     

    *Isaac Risco es periodista y escritor. En fronterad ha publicado, entre otros, El ex recluso de Guantánamo y Cita con Bibi a las seis.

     


     

     

     

     

     

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    Tampoco es que lo haya leído todo. Aún soy joven y el tiempo vuela, sobre todo, cuando no tienes mucho que hacer, como es mi caso. Pero por una vez estoy con los suecos y estoy con Varguitas, un tipo de derechas como dios manda ultimamente, excelente escritor y mejor playboy. Ello no quiere decir que los vecinos del norte hayan sido siempre infalibles y prueba de ello es echar un vistazo a la lista de los Nobel de Literatura. De Echegaray se acuerdan los que viven en su calle en Pontevedra, más que nada porque quieren seguir recibiendo cartas. Reto a cualquiera a que me diga quien era o que citen una obra del susodicho. Una pena que no quede nadie vivo de la Generación del 98, le podríamos preguntar qué opinaban de este gran ingeniero de puertos, caminos y canales. Luego llegó Jacinto Benavente que vete tú a saber si tenía o no intereses creados. Hubo que esperar a 1956 para que la cosa fuera en serio y la academia sueca reparó en Juan Ramón Jiménez. Mejor hubiera sido que pasaran de largo porque dos dias después murió su mujer y, dos años después, él mismo, dicen que de pena, dado que se trataba de un poeta me parece una muerte de lo más adecuado. En 1977 la lotería le tocó a Vicente Aleixandre, otro poeta que a mi, negado para el ripio, ni me va ni me viene. Este también llegó demasiado pronto, aun me faltarian años para leer. Hoy que los tengo tampoco es que Aleixendre ocupe un lugar destacado en mi estantería. Un año antes del Mundial de Italia 90, en el que la volvimos a cagar pese a que Michel empezó haciéndole tres a Corea para recorrer la banda al grito de ¡¡¡¡Me lo merezco, me lo merezco!!!!! y acabó pagando la eliminación, en octavos y contra Yugoslavia, cuando se aparto para evitar el balón en la falta que nos envió a casa, Cela consiguió lo que llevaba buscando desde que ejercía de censor del Franquismo. El autor del Pascual Duarte venía avisando con insistencia mucho tiempo atrás cada vez que tenía un micrófono delante o algún plumilla le echaba huevos a hacerle una entrevista a don Camilo. Un par (tres o cuatro) de novelas escandalosas en el buen sentido y dos hechos incontestables hacían presagiar que la medalla sueca era su destino: Escribía con la punta del capullo y era el único tipo sobre la faz de la tierra capaz de absover un litro de agua con el culo. Cualquiera de los dos méritos son merecedores del Nobel. Cela, que jamás escribió en gallego pero será siempre -mucho me temo- el Nobel de Galicia, ha sido el último de la lista de escritores nados en la Piel de toro. Por qué incluyo a Varguitas en esta lista. Puede que tenga que ver con que llevo todo el día escuchando en los medios españoles que se trata del escritor hispanoperuano, así que se me debe haber quedado. Antonio hubiera visto fantasmas coloniales en esto, coincidiendo además con el 200 aniversario de la Independencia, pero yo tampoco quiero ir más allá aunque dudo que en el Perú se acuerden de que el padre de Pantaleón mantiene una doble nacionalidad por obra y gracia de los acuerdos bilaterales. En todo caso, la lista de escritores en la lengua de Cervantes galardonados por los suecos la completan el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1967), los chilenos Gabriela Mistral (1945) y Pablo Neruda (1971), el colombiano Gabriel García Márquez (1982) y el mexicano Octavio Paz (1990). Desconozco el estado de sus pasaportes. Me alegro de que Varguitas se haya llevado el Nobel. En primer lugar porque es un (gran) escritor hasta cierto punto legible. Nunca agradeceré suficiente a los suecos que miraran para otro lado el día que pasó por allí un tal Borges. Antes de que comiencen a gritar, sí, no me gusta Borges. Y sí, es culpa mía, nadie es perfecto, no me gusta porque no entiendo, me parece un coñazo (esto no es una cualidad que te invalide para el Nobel, van la lista) y además tengo la manía de desconfiar de la gente que, a las primeras de cambio, va y suelta: mi escritor preferido es Borges. ¿Acaso te conozco de algo, guapa? Me alegro porque La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo son para que los demás dejemos de probar a juntar palabras. Y me alegro a pesar de Conversación en la catedral. No puedo evitar mi fijación con los coñazos. Me alegro porque Varguitas viene, de nuevo, a quitar la razón a aquellos que siguen creyendo que el Nobel sólo premia a comunistas. Por favor, los resentidos que ven fantasmas por doquier vean la lista, incluso la de hispanos. Pero sobre todo, Varguitas, me alegro porque por fin, de una santa vez, podrá sacudirse ese complejo de inferioridad que lleva arrastrando desde que Gabo le recomendó a su (segunda) santa esposa que mejor lo dejara. Un hecho que se saldó como se saldan las buenas afrentas de honor: con una buena hostia.

    como hipérbole, más que como boutade, estimado ricardo bada. gracias por el comentario. a diferencia de varias otras obras de vargas llosa como las que nombro aquí, no analice nunca con profundidad "la fiesta del chivo" (ni siquiera la leí íntegra). por eso no la menciono. y aun a riesgo de ser impreciso en lo que respecta a esta novela, me reafirmo en lo escrito: las grandes obras de vargas llosa fueron escritas ya hace mucho tiempo.
    más allá de lecturas personales en relación con el franquismo, que me parecen muy válidas, creo que vargas llosa no refunda ni mucho menos la novela de dictadores latinoamericana con "la fiesta del chivo". no es "yo, el supremo", ni siquiera el fallido experimento de "el otoño del patriarca". un novela histórica narrada de forma brillante, sí, pero jamás una revolución literaria como "la ciudad y los perros". otra vez: vargas llosa ya nos dio lo que nos tenía que dar.
    la lectura de "la fiesta del chivo" con el prisma del franquismo, por otro lado, me parece ciertamente muy interesante.

    Hola, Isaac. Leo muy tarde tu respuesta a mi comentario. Y lamento que no hayas leído La Fiesta del Chivo en profundidad. Pienso, y es la sola puntualización que deseo hacer, que cuando hablamos de "la novela del dictador" (latinoamericano) nos hacemos culpables de un ejercicio reduccionista, al menos  si lo dejamos en esa generalización. Porque yo diría que hay una novela del dictador lírica, impresionista (Tirano Banderas), una novela del dictador épica, expresionista (Yo, el Supremo) y una novela del dictador documental, realista (La Fiesta del Chivo). Y el único común denominador que tienen es la figura del dictador. Elijo por otra parte las tres que me parecen cimeras cada una en su género, las demás --empezando por la que justamente llamas "fallido experimento"-- no están a la altura de ninguna de estas tres. Bien entendido que se trata nada más que de mi opinión personal, y que no pretendo sentar cátedra. Vale.

    convengamos en que todo análisis literario es subjetivo, y por tanto opinión personal. además de ejercicio reduccionista, claro.

    el realismo documental es una buena fórmula, aplicable en principio a gran parte de la obra de vargas llosa. en la novela del dictador, sin embargo, me quedo con la de roa bastos y esa forma tan bien definida como épica expresionista, maravillosa para ese grotesco prototipo que describe. y de la obra de vargas llosa me quedo con novelas como las ya mencionadas, no sólo compendios documentales, sino también mucho más. saludos.

    A no ser como boutade, no entiendo la argumentación según la cual convendría que nos olvidemos de Vargas Llosa. En España al menos no se debería olvidar "La Fiesta del Chivo", novela que para nada se menciona en el texto del colega Risco, y es raro, porque se trata de una de las cumbres de la narrativa varguillosiana. Pero no me extraña, por otra parte, porque "La Fiesta del Chivo", cosa de la cual no se suele hablar en España (y fuera de ella menos, porque se ignora), es además la mejor novela escrita nunca sobre el franquismo. A "La Fiesta del Chivo" se le saca todo lo relacionado con la rijosidad de Trujillo, el dictador dominicano --porque Franco no posaba de chivo, sino más bien de capón--, y es un retrato fiel de lo que fue el franquismo hasta las últimas boqueadas de su inferiocre mandamás. Yo, que he sido niño, adolescente y joven durante los años más duros del franquismo, puedo garantizar haber estado casi constantemente al borde de la náusea leyendo esa novela, por lo vomitivamente homologable de las situaciones que se describen en ella. ¿O nos nos acordamos de los muchos demócratas actuales de toda la vida que declararon en público, entonces, su "lealtad inquebrantable al Caudillo"? Vale.

    Enhorabuena, un enfoque novedoso. Esperamos con ansia la traducción al español, sobre todo de "de igual forma a como ocurrió..." y "un poco podría resultar si no como se quejaría el..."
    La fecha de entrega es divertida, también.
    Forgotten but not forgiven. Enhorabuena al primer Nobel Hispanoamericano no comunista ( a la recepción). Vale

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