Ilustración: Lantus Kwikpen

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    El fútbol, la ilusión en Lisboa, la estupidez

    Doménico Chiappe - 19-06-2014

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    En la ilusión colectiva, el Atlético de Madrid es el equipo del esfuerzo y el sacrificio, de la colectividad frente al individualismo, y su triunfo se interpreta como la imposición de una justicia poética por encima de lo que dictan las circunstancias. La final de la Champions, jugada en Lisboa, acentuaba la impresión de que se enfrentaba a un gigante: el Real Madrid cuenta con casi cinco veces más presupuesto; duplica el “valor de mercado” (510 millones de euros tasados al club del Bernabéu, por 280 al equipo del Calderón) y multiplica lo que puede desembolsar por fichar a un jugador (casi 100 millones por 13 millones de la ficha más pagada del Atlético).

     

    Esa ilusión gremial va más allá de las cifras. El Real Madrid congrega a la España del talonario, del dinero por encima de la moral, de competir con ventaja, de la fuerza inmisericorde sobre cualquier acto de cortesía o caballerosidad. Del franquismo. Ahora que es tan sencillo medir sentimientos en las redes sociales, se observa que en la final de la Champions esta idea planeó y contaminó cada minuto del partido. Y fueron muchos. Suficientes para, de un primer vistazo, darle la razón al inconsciente colectivo. Fotograma tras fotograma del palco: Florentino Pérez, el hombre de una constructora, ACS, emblema de los sobrecostes en obra pública, al lado del presidente del gobierno, Mariano Rajoy, que le da un codazo –gesto cómplice y confianzudo donde los haya– cuando Ramos marca el gol del empate. Y más tarde, ya triunfador, apretón de manos con el expresidente Aznar.

     

    Al menos en el subconsciente de la clase obrera –si es que existe aún en un país que aceptó gustoso la deslocalización de su industria–, en el palco Rajoy no era un jefe de Estado. Era un hincha, un fanático, como lo era también el alcalde Ruiz-Gallardón cuando recalificaba y permutaba terrenos del club. En la antigua ciudad deportiva se levantan ahora cuatro torres, una operación que dio réditos de varios cientos de millones de euros. Todo queda en casa, y el skyline madrileño recuerda cómo se hacen las cosas.

     

    El presidente del equipo blanco –esa sola definición ya dice mucho de la elite que pretende–, se blindó con una presidencia que se augura vitalicia: quien quiera disputarle el sillón debía, en 2009, aportar una fianza de 50 millones de euros, monto que aumenta según suben los gastos del equipo (es la ley). Los banqueros, con quien el gran constructor tiene inmejorable relación, no avalarán contrincante alguno. Se vería como una OPA hostil, así que Pérez gana elecciones sin contendientes. En el inconsciente justiciero, perder la copa de Europa debía servir de escarmiento a la soberbia capitalista. Un total de 467 millones de euros en fichajes en nueve años para lograr la plantilla actual (sin contar inversiones ruinosas como las de Kaká: 65 millones de euros perdidos) no valdría de nada contra el coraje de ese ejército opositor de manos encallecidas. Esta esperanza se desvaneció en el minuto 93. Sin embargo, tras el espejo roto hay otro que sigue escondiendo la trampa de este juego de ilusionismo.

     

    El sistema también protege al presidente del club de la supuesta meritocracia. Es una sociedad anónima donde la mayoría de las acciones pertenecen a la familia Gil. Y Enrique Cerezo, empresario audiovisual y beneficiado con un canal autonómico, es también, a su manera, heredero de otra figura polémica del mundo político empresarial, aunque menos elegante y menos impune: Jesús Gil. En ese mismo palco donde todo es visible, el presidente del Atlético, ese club del proletario, del desposeído, del republicano por contraste a la monarquía dictatorial de la España posfranquista, se sentaba al lado de la Reina. Nada de esto parece verlo el fanático del Atlético cuando ejercita sus analogías, más aun cuando se encuentra mareado por el gol de Ramos y ofendido ante la vergonzosa bravuconería de Ronaldo que corta la cabeza de un cuerpo ya vencido por otros, en un innecesario e histérico despliegue de fuerza al final del partido. Pero ese es el verdadero juego. El todo por la foto. La imagen nutre el subconsciente y es esencial en el discurso irracional del fútbol y sus alrededores.

     

    Pues tampoco es cierta la imagen desvalida del Atlético. Un total de 120 millones de presupuesto este año, 73 millones por los fichajes de la plantilla actual, más de 500 millones de deuda (muestra de apalancamiento y venia bancaria). Para forjar la gesta, poco importa que en la liga española haya equipos más débiles que el del Calderón, y son mayoría. El palco hiede a negocios, recalificaciones, privilegio. La fantasía obrera de los buenos contra los malos estalla cuando se ven modos más que cifras. El Atlético también ha sido bendecido por el ayuntamiento de Madrid, en la compra venta de sus terrenos, una especie de dumping para la Comunidad Europea. Cuando se cocía lo de la ciudad deportiva del Real Madrid, se fraguaba la venta del estadio para construir una urbanización en el solar que dejaría la demolición del cincuentenario Calderón. El negocio futbolístico se nutre de un sentimiento, pero sobre todo alimenta a una elite.

     

    En esas redes sociales que dejan al descubierto el inconsciente colectivo, se pueden encontrar lecturas políticas previas y posteriores a la final de la Champions. Que el perseverante pobre venciera al impúdico rico era metáfora posible para un final de la lucha del pueblo frente al gobierno de derechas. Se jugaba un desquite. En este acto de prestidigitación del mago Simeone se combatía la mal llamada austeridad –que no es otra cosa que el trasvase de los recursos públicos hacia las entidades financieras y otras instituciones privilegiadas, entre las que se cuentan estos dos equipos–. El pensamiento de que el Atlético de Madrid merecía más el triunfo que el Real Madrid era análogo al de la virtud del trabajo duro contra la vida fácil. Los hinchas del Atlético no querían ver un partido de fútbol, querían (queríamos) presenciar el desenlace de una telenovela.

     

    Porque el delirio sembrado por la metonimia que lleva del Atlético a la Cenicienta genera estupidez, y cala hasta los huesos. En esta quimera comunal, ser del Madrid es lo fácil. Quien se hace del Real Madrid no oculta que quiere ganar. Quien se quita del Atlético lo hace cansado de perder. Ser del Real Madrid no tiene más mérito que lavar bien la blanca camiseta de 90 euros, pero resistir como hincha del equipo rojiblanco encierra pundonor.  O eso quieren hacer creer los ilusionistas: ojalá los resistentes del Atlético mostraran esa garra, esa furia, esa valentía, esa dignidad en la calle ante los recortes, más que en la grada. Ganara quien ganara en Lisboa, ganaría el mismo equipo, cuyo mayor símbolo es el Bernabéu pero que a orillas del Manzanares se quiere remedar con desesperación. En el fútbol no hay dos realidades. No ahora.

    Al espectador le amodorran el juego, la liga, las copas variadas, el Mundial. El triunfo repleta su espíritu, aunque su existencia sea la misma al día siguiente, porque en su ficción personal el bienestar de los jugadores y gestores millonarios le alcanzan. Del mismo modo, se drena la furia del joven desempleado y se siembra el sentimiento patriótico. Pero sobre todo es útil cuando perder da paso a la frustración, pues la causa del malestar se identifica con lo exterior –el partido perdido en el último minuto, la liga arrebatada a falta de un par de goles, el descenso a segunda–, y no con lo real, lo que en verdad determina si su vida mejora o no, si sus hijos le sobrevivirán o no, si la justicia existe más allá de las decisiones del árbitro.

     

    El fútbol es una cuestión de Estado. Y estos días, el Mundial. Cada cuatro años, como las elecciones. Pero ahí, en Brasil, tampoco juegan los países. Solo sus elites más identificadas con los fondos de inversión que con la educación o la sanidad de una sociedad. Y otra vez los equipos-corporaciones aplaudidos por la gente apabullada, sedienta de ilusorias luchas de clase o disputas geopolíticas.

     

     

     

     

    Doménico Chiappe es escritor y periodista. En FronteraD coordina la sección de ciberliteratura y ha publicado, entre otros artículos, El cacique quiere una Blazer. Un litigio olvidado en la selva venezolana, La vida bajo tierra. Suiza en un búnkerEl Evangelio, según san Trópico y WikiLeaks y el mal periodismo, y mantiene el blog Lo sublime y lo grotesco. Su web y en Twitter: @domEnicochiappe

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