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    El futuro del pasado y las mentiras de la verdad. Respuesta a Faber sobre Cercas y ‘El impostor’

    Roberto Herrscher - 20-08-2015

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    1. Empieza mal

     

    En España hay poca polémica literaria, y los libros de periodismo literario, literatura de hechos ciertos o no ficción, por su poca repercusión en general y por el poco interés que despiertan en la crítica literaria, suelen ser recibidos con un silencio descorazonador. Por eso me interesó mucho la larga diatriba del catedrático de estudios hispánicos Sebastiaan Faber contra El impostor, de Javier Cercas. Faber ha leído el libro con atención (y saña), lo explica y lo desmenuza. Esto, la base de la crítica, es inusual aquí y se agradece.

     

    Sin embargo, comienza su profundo análisis de una forma asaz superficial, efectista y absurda. Su primer error, que muestra que no sabe de lo que habla, está en la primera frase, contundente: “La ‘novela sin ficción’, cuya patente española tiene pendiente Javier Cercas, es como la cerveza sin alcohol: un producto algo aguado, cuyo empalago apenas sirve para esconder su naturaleza puritana”.

     

    Primero lo superficial pero divertido tratándose de un gran profesor que dictamina cómo escriben los demás: una metáfora debe ser clara, unívoca, y no entrar en contradicción consigo misma. Cuando comienza diciendo que un género es “aguado” y al mismo tiempo “empalagoso”, es que comienza mal.

     

    Pero lo peor viene después: usa como únicas obras para demoler el género una obra anterior de Cercas, Anatomía de un instante, y esta última. “Los dos ejemplos del género producidos hasta la fecha”, dice Faber. ¿Se puede dictar sentencia desde semejante ignorancia?

     

    ¿Cómo justifica tamaña descalificación de todo un género? Con su crítica a El impostor. Punto. ¿Se imaginan una descalificación de todo el cine italiano (o de todo el cine de ficción) a partir de una crítica a La vida es bella? ¿O a las novelas realistas, o todas las novelas, y después hablar sólo de un par de obras de Paulo Coelho? ¿No es un absurdo y un insulto a la inteligencia?

     

    Él mismo delimita su campo al decir que Cercas es el “dueño no oficial” de la marca. Como ha dicho esto, ¿para qué leer a nadie más? Pero si no ha querido leer ninguna de las cientos de obras que entran en este departamento, y que se publican en todo el mundo cada año, debería prometer que hablará de un solo libro.

     

    Lo confieso: yo me siento insultado porque he dedicado un par de décadas a estudiar lo que en Estados Unidos se llama periodismo literario, en Latinoamérica crónica y que, en España, Albert Chillón llama La palabra facticia y yo he llamado en mi estudio del tema Periodismo narrativo.

     

    ¿En serio un estudioso de la literatura puede juzgar una rica tradición que –sin salir de España, va de Chaves Nogales a Pla y de Vázquez Montalbán a Millás– hablando solo de un libro? ¿Y realmente se siente cómodo al darse a sí mismo permiso, ligando el género a un solo autor en la primera frase, y eso lo eximiera después de hablar de ninguno más?

     

    Si Faber hubiera leído a un par de autores del Nuevo Periodismo norteamericano, por ejemplo, jamás tildaría de “puritana” a la “novela sin ficción”. Le aconsejaría la lectura de tres grandes obras literarias “sin ficción”: La mujer de tu prójimo, de Gay Talese; La canción del verdugo, de Norman Mailer y Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter S. Thompson.

     

    Y sí, entiendo perfectamente que no está usando el adjetivo “puritana” en un solo sentido. Es que el Nuevo periodismo es esencialmente la lucha contra el puritanismo tanto en el periodismo al uso como en la literatura de su tiempo, y por eso es una revolución en las letras y un revolcón en las redacciones.  

     

     

    2. Sigue peor

     

    Faber distingue bastante bien los elementos del contenido del libro de Cercas, aunque a sus tres yo agregaría uno. Dice que primero el autor investiga y reconstruye la historia verdadera, la que se oculta detrás de las mentiras de Enric Marco, y que esto lo hace bien. Yo agregaría aquí el elemento del libro que me parece más importante, más original. Se trata de un minucioso examen y destrucción de la narración de Marco sobre su propia vida, las mentiras, que iban mucho más allá de su inexistente paso por un campo de concentración nazi.

     

    La parte narrativa, fundamental en algo que se llama novela, está muy bien investigada y escrita, esto lo reconoce Faber. Y este trabajo de demolición de una historia falsa, que junto con la narración de lo cierto de su vida cubre un 60 o 70 por ciento de todo el texto, es necesaria para explicar y justificar las dos últimas partes que el crítico ataca.

     

    Sin decir que en el libro no solo se narra la historia de la verdadera vida de Marco sino también la historia de sus mistificaciones e inventos y los encuentros con Marco y muchos otros, y que incluyen hasta un emotivo viaje final del autor al campo de concentración donde Marco no estuvo, no se explica bien de qué va El impostor, cuál es su método y qué quiso hacer el autor.

     

    Lo central del libro es este ida y vuelta entre una construcción y una deconstrucción, y es a partir de esta doble tarea que Cercas saca todas sus conclusiones sobre el pasado español.

     

    A Faber el penúltimo ingrediente (para él el segundo y para mí el tercero) es nuevamente una ocasión para atacar a todas las “novelas de no ficción”: la autorreferencia. Quien haya leído la novela fundadora de esta etiqueta en Estados Unidos, A sangre fría, de Truman Capote, o las tres que pueden aspirar a este lugar de pioneros en América Latina (Operación Masacre, de Rodolfo Walsh; Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, y La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska) saben que esta autorreferencia no es de ninguna manera un sello distintivo de este tipo de literatura “de los hechos”. Tampoco si se acerca a algunas de las obras cumbres del padre del actual periodismo literario en Europa, el polaco Ryszard Kapuscinski. El emperador, por ejemplo.

     

    Es como si tras leer solamente Lolita uno dijera que todas las novelas de ficción son relatos en primera persona.

     

    La autorreferencia es un recurso narrativo, y el “yo” de El impostor es obviamente una construcción literaria. Eso de que hay cero grados de separación entre el autor y el narrador del libro, como aduce Faber, es ignorar lo más básico de la construcción de un texto literario. Si aplicáramos este mismo criterio a la poesía amorosa nos la cargaríamos toda.

     

    En el caso de Cercas, hay autorrreferencias que a mí me resultan cargantes, excesivas, de falsa modestia o de sonrojante autobombo, como en sus repetidas referencias a una cena donde Mario Vargas Llosa instó a Cercas a escribir sobre Marco y le dijo que era un tema ideal para él. Pero pelearse con el personaje que Cercas construye para sí mismo, el mismo que viene construyendo desde Soldados de Salamina, no significa descalificar el libro. Yo creo que en muchos momentos esa composición de un narrador falible y en ocasiones desagradable acerca al lector al personaje de Marco, su antagonista. El personaje de Cercas en los libros de un autor con el mismo nombre es una construcción narrativa. La gran mayoría de sus lectores, que él considera conocedores de las corrientes literarias de esta época, lo hemos entendido.  

     

    Esto viene de antes, de hace al menos un sigo. Hemingway, Orwell, Miller, Borges, Rulfo, Muñoz Molina, Vila Matas, el mismo Vargas Llosa: todos se meten en sus historias y construyen personajes que son y no son ellos. Este uso de la autorreferencia asemeja a esta vertiente de la novela sin ficción a la novela con, tanto la del siglo XX como la del XXI. Y de hecho, para irnos a los orígenes, este recurso ya estaba en el Dante, el primero que inventó un personaje literario con el mismo nombre y similar biografía a los del autor.

     

     

    3. Termina fatal

     

    Pero con lo que realmente se ensaña el crítico es con el último ingrediente: “un cuarto de kilo de ensayismo sentencioso y predicador con aderezo filosófico”.    

     

    Faber cita numerosos aforismos sacados de El impostor para demostrar su superficialidad y lo ligero de sus sentencias. Sacadas de contexto, suenan a demasiado rotundas y simplistas. Pero no tanto como la frase que abre la crítica de Faber. Y en su contexto, junto con la historia compleja y analizada con profundidad en El impostor, se entienden como conclusiones más atinadas, y en algunos casos, provocaciones que despiertan la atención, el enojo o la perplejidad del lector. Nos obliga a seguir leyendo.

     

    Porque para mí y para muchos de los miles de lectores de Cercas, el autor sabe despertar el apetito, alimentarnos con buena prosa, contarnos una historia apasionante y reveladora de algo más, algo que no se dice pero que se sospecha o se teme, como pedía Borges, y hacernos pensar.

     

    El historiador Ricard Vinyes, como los clásicos de la memoria colectiva Maurice Halbwachs, Paul Ricoeur, Beatriz Sarlo y Paolo Rossi, tratan el tema de la construcción de la llamada “memoria histórica”. Es injusto pedirle a un relato que abra y recorra todos los caminos de una indagación sobre el tema. Para eso están los historiadores, los filósofos, los ensayistas.

     

    Tampoco Soldados de Salamina es el libro definitivo sobre la Guerra Civil Española, ni se le pide que cuente y analice las distintas aristas y dimensiones de esa guerra y su legado. Es una historia, es la búsqueda de dos personajes que tal vez se encontraron en un momento crucial y uno de ellos tomó una decisión singular, pero que nos ayuda a entender la época, el país y la naturaleza humana. ¿Por qué el tal Miralles, si era él, no mató a Sánchez Mazas? Uno de los valores de esa novela es que nos lleva al sitio donde nosotros, sus lectores, nos atrevemos a contestar esa pregunta por nosotros mismos.

     

    ¿Es El impostor un libro simplista, cursi, “aguado” y “empalagoso”? Yo defiendo con firmeza que no. Creo que es un libro muy bien escrito, que camina del lado de la emoción y no cae en el barranco de la sensiblería, producto de una encomiable investigación documental, que combina dos historias –el camino de las mentiras gloriosas de Marco y el camino paralelo de su vida común y corriente– con una serie de ensayos sobre España y la memoria histórica que al menos a mí me resultaron lúcidos, válidos y buenos para discutir y pensar.

     

    Un buen libro no da todas las respuestas: da las herramientas para que nos hagamos las preguntas correctas y nos ayuda a contestarlas en la soledad de nuestra lectura.

     

    Por eso, aunque le parezca curioso a más de uno, me gustó también el ensayo de Faber. Estoy en radical desacuerdo con él, pero me ayudó a pensar en el libro de Cercas, que acababa de leer. Y me empujó a escribir este intento de refutación.

     

    En resumen, sobre la construcción de un “yo” pedante y sentimental en El impostor, creo que es cuestión de gustos y no nos pondremos de acuerdo. A mí no me molesta, y mucho menos lo condeno por ello. Pero en su condena global a la literatura llamada de no ficción, poniendo un solo autor y un par de sus libros como única prueba, sí creo que Faber no es digno del rigor, la valentía y el buen criterio un crítico literario como él, que se anima a nadar contra la corriente.

     

     

     

     

    Roberto Herrscher (Buenos Aires, 1962) es periodista narrativo, reportero especializado en música, sociedad y medio ambiente y profesor de periodismo. Dirige el Máster en Periodismo BCNY, organizado conjuntamente por el IL3-Universidad de Barcelona y la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, donde enseña desde 1998. Dirige la colección Periodismo Activo de Publicaciones de la Universidad de Barcelona. Es autor, entre otros, de los libros Periodismo narrativo (Publicaciones de la UB, 2012) y del relato de no ficción Los viajes de Penélope (Tusquets, 2007). En FronteraD ha publicado Peligrosos acercamientos al otro en al otro en el nuevo periodismo americano: Bowden, Conover, LeBlanc y Orlean.

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    Estuve de viaje y al volver encuentro la generosa y sabia respuesta de Sebastiaan Faber y con dos agradables sorpresas: que nuestra polémica haya provocado ya al menos dos opiniones externas, una a favor y la otra en contra de Cercas y su “método”. Espero que haya más, pero con lo que hay, creo que Galahat y Javier Sola ya nos justifican a ambos.

    Como a Sola, a mí también El Impostor me dio horas de deliciosa lectura y mucho en que pensar, y como a Galahat (y a Faber), a mí también me molesta la mezcla de “gran escritor” y “pobre tipo” del personaje que Cercas se ha creado.

     

    A propósito de Galahat, me parece muy interesante su comentario de que quien ataca la “industria de la memoria” sea quien más partido sacó de ella. Aunque sigo pensando que Cercas no es de ningún modo un prostituido sino un excelente escritor, para quien la memoria individual y colectiva – como para Hugo, Proust, Joyce, Nabokov, Borges y Modiano – es la materia de la creación.

     

    Para Faber, primero un pedido de disculpas. ¡Yo mismo he sido culpable de caer en la tentación a empezar con sentencias potentes, irónicas y muchas veces injustas! Faber reconoce que su divertida comparación de la literatura sin ficción con la cerveza sin alcohol no es justa, y es mi deber reconocer una injusticia mía que él no me señala: mis tres subtítulos (desde “empieza mal” hasta “termina fatal”) son punzantes pero injustos. Que me sirvan a mí para llamar la atención y para organizar mi texto no significan que lo piense: sus argumentos y su lógica hacen que sea una muy buena crítica con la que, en algunos temas básicos, no estoy de acuerdo.

     

    Ahora leyendo su aclaración, concuerdo con su punto central: su crítica era contra Cercas, no contra todo el periodismo literario o narrativo. Me gusta mucho la explicación de su indignación: es porque Cercas, en su lectura, no está a la altura de sus predecesores. Con lo cual queda saldado lo que más me molestaba, lo que yo veía como descalificación total de un tipo de escritura que en mi opinión ha dado grandes obras y sirve mucho para entender la realidad y verla de otra manera. De modo que no tendremos que batirnos a duelo.

     

    Y sobre El impostor, me gusta el énfasis en la exigencia que ahora noto con mucha fuerza en su respuesta a mi crítica a su crítica. Veo que para Faber tanto el género en el que Cercas decide escribir como el tema mismo tienen mucho potencial. Tanto la forma - a caballo entre la novela, el periodismo y el ensayo, que llega a altas cotas con Kapuscinski y compañía -, como el asunto mismo, la gran metáfora que abre la vida y las mentiras de Enric Marco, merecían mucho arte y mucha profundidad.

     

    Como sucede con los amigos y los amantes, cuanto más espera uno, más fuerte es la decepción. Cercas apunta muy alto, y eso para mí es un mérito en su camino desde Soldados de Salamina hasta ahora. Es un autor con un plan de obra, una misión global, que es tan poco usual en nuestro medio como el debate literario de altura.

     

    Eso lo convierte en blanco de críticas. Apunta muy (para sus detractores, demasiado) alto. Esta respuesta de Faber me vuelve a hacer pensar: me planta la duda de si no seré poco riguroso. El águila de Cercas vuela en un cielo de cotorras. Hay tantos que planean bajo, tanto escritorzuelo sin plan, tanto estilo plano y falta de investigación a fondo, que El impostor destaca en este medio y en este momento.

     

    Me da qué pensar, aunque sigo con mi idea de que el libro es bueno no solo en comparación con su entorno, y que lo recordaré y me servirá para pensar en sus temas importantes y en cómo escribir mis propios libros por muchos años. Pero entiendo perfectamente el argumento de Faber. 

     

    Por último, me gusta y me honra la invitación a seguir conversando. Puede ser en Barcelona o en Madrid… ¡y no tenemos que esperar a que salga el próximo superventas de Cercas!  

    Es curioso cuan diferentes pueden ser opiniones sobre el mismo texto. Donde los críticos ven la novela como la parte principal de esta obra, el libro podría tambien podría considerarse como una reflexión sobre la realidad y la verdad basada en hechos históricos. Para mi, a pesar del rechazo al autobombo y nombrar "amigos" conocidos, que creo que son recursos que a Javier Cercas no le son necesarios, el libro me ha parecido uno de los mejores que he leido en mucho tiempo, porque -sin ser un ensayo que muchos ni siquiera empezaríamos a leer- invita a la reflexión sobre la realidad y la verdad. Y que algo que leamos nos haga pensar... se agradece.

    Le agradezco a Roberto Herrscher su atenta, respetuosa y rigurosa lectura de mis reflexiones sobre El impostor de Javier Cercas. La polémica bien llevada siempre me ha parecido un género estupendo, no sólo para marcar desacuerdos inamovibles sino para afinar y matizar posiciones, a veces hasta el punto de que, inesperadamente, éstas se acerquen. Por más que discrepemos en nuestra apreciación de Cercas, por ejemplo, se me hace que las diferencias entre Herrscher y yo parecen mayores de lo que en realidad son.

     

    Vaya por delante que Herrscher tiene toda la razón del mundo al criticar el gancho de mi texto (“La ‘novela sin ficción,’ cuya patente española tiene pendiente Javier Cercas, es como la cerveza sin alcohol: un producto algo aguado, cuyo empalago apenas sirve para esconder su naturaleza puritana”). Es una analogía poco afortunada y lógicamente coja que quiere sacarle una sonrisa al lector pero que en realidad socava la seriedad del argumento. Herrscher anota correctamente que es difícil que algo sea al mismo tiempo aguado y empalagoso; más grave es que el comienzo de mi texto invite a un malentendido. Herrscher lee en mi primer párrafo dos afirmaciones que no quise incluir y que no suscribo: que toda la literatura no ficticia es aguada, empalagosa y puritana y que sus únicos dos ejemplos serían Anatomía de un instante y El impostor, ambos de Cercas.

     

    Nada más lejos de mi pensar. Comparto con Herrscher una fascinación y admiración por los grandes de la literatura no ficticia, desde Truman Capote, José Martí y Ryszard Kapuściński a Tom Wolfe y Carlos Monsiváis. (Éste en particular me ha parecido brillante desde que le empecé a leer en el doctorado, y le he dedicado algún ensayo.) Lo que quise expresar en mi primer párrafo era algo mucho más puntual: mis reservas ante el género tal y como lo practica Cercas, precisamente en cuanto no llega a la brillantez de esos grandes. En otras palabras, trato la “la novela sin ficción” de Cercas como un fenómeno aparte, del que en efecto se han producido dos ejemplos hasta la fecha.

     

    Aparte de cuestiones estilísticas —como la ocasional cursilería de Cercas que también le molesta a Herrscher— los tres aspectos clave aquí siguen pareciéndome la construcción del personaje del narrador dentro del universo literario pero no ficticio del libro; su relación con el Cercas de carne y hueso; y lo que podríamos llamar el rigor intelectual del texto. Con referencia a este último punto, quiero subrayar aquí que no se me ocurriría pedir que un autor literario adopte las formas propias de un discurso más académico (¡horror!). Eso sí, me parece que Cercas podía haberse esforzado un poco más en sus reflexiones sobre la memoria histórica y no haberse contentado con un puñado de aforismos, un texto de Santos Juliá y largas citas de sus propios artículos de opinión. Sin embargo —repito— mi crítica no quiere imponer pautas ajenas a lo que pretende Cercas. Al contrario, lo juzgo según los criterios que —me parece— corresponden precisamente con las pretensiones del autor. Es decir, con su voluntad de contribuir de forma provocadora, original y decisiva a un debate nacional en el que han participado ciudadanos, políticos, académicos e intelectuales y cuya importancia social y política está fuera de duda.

     

    Un problema similar de desajuste entre pretensión y realización aqueja la relación entre el Cercas narrador (personaje de sí mismo, antihéroe algo patético) y el Cercas de carne y hueso (que escribe artículos de opinión y concede entrevistas en las que vierte juicios bastante contundentes sobre lo que está pasando en su país: el Cercas intelectual público). Herrscher escribe: “La autorreferencia es un recurso narrativo, y el ‘yo’ de El impostor es obviamente una construcción literaria. Eso de que hay cero grados de separación entre el autor y el narrador del libro, como aduce Faber, es ignorar lo más básico de la construcción de un texto literario.” Claro, qué duda cabe. Pero no creo que esa distancia deba librarle a Cercas de que le llamemos a cuenta por lo que afirma el personaje del narrador-ensayista en el texto, entre otras cosas porque coincide con lo que afirma Cercas como intelectual público. Para mí, uno de los problemas tanto de El impostor como de Anatomía de un instante es precisamente esa confusión entre voces —entre la construcción literaria (coqueta, frívola) y el intelectual público (que reclama autoridad)— no por la confusión misma sino porque parece permitirle a Cercas lo que en inglés se suele llamar “to have his cake and eat it, too.” Importa también, claro, el peso y el alcance (ético, político, histórico) de los temas tratados en ambos libros: la naturaleza de la democracia española, los derechos de las víctimas del franquismo, quién se ha beneficiado (ética, política o económicamente) del interés por la memoria histórica, etc.

     

    Ahora bien, la crítica de Herrscher, aguda y bien formulada, me obliga a preguntarme si ando equivocado. ¿Le estoy pidiendo peras al olmo? “Es injusto —escribe— pedirle a un relato que abra y recorra todos los caminos de una indagación sobre el tema. Para eso están los historiadores, los filósofos, los ensayistas.” Un colega me decía algo similar a propósito de mi lectura crítica de Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina —un libro en que, como en el caso de Cercas, creí percibir, además de una actitud valiente, cierta flojera intelectual, cierta falta de ojo autocrítico, cierta retórica fácil—. Dado el propósito del libro y la trayectoria del autor —me decía mi colega— no tiene sentido exigirle más. Puede que tenga razón. 

     

    Y sin embargo, me resisto. Claro que hay que llegar a los libros con cierta benevolencia, dispuesto a conceder el beneficio de la duda. Sin embargo, también creo que los críticos no tenemos por qué renunciar a la evaluación de los líderes de la opinión pública española —como lo son Cercas y Muñoz Molina, por más que también sean novelistas— según criterios intelectualmente exigentes, reconociendo méritos pero también señalando debilidades. Y esa necesidad de aproximarse a los libros con lupa en mano es mayor cuando se trata de textos que, como los de Muñoz Molina y Cercas, generan una enorme atención mediática.

     

    “En España hay poca polémica literaria,” afirma Herrscher. Es verdad, pero también ha escaseado el verdadero debate intelectual, al menos hasta fechas muy recientes. (Por fortuna, los cambios políticos del último año han abierto nuevos espacios de intercambio de ideas, ensanchando además el elenco de participantes.) Los suplementos literarios, por ejemplo, han tendido a tratar los textos reseñados con superficialidad o silencio. Los discursos celebratorios —qué bien escriben todos, qué famosos son, qué brillantes, cuánto hemos avanzado— puede que sirvan para ciertas ocasiones (un brindis, la concesión de un premio). Pero en última instancia la lectura minuciosa, crítica y exigente es un gesto de generosidad: la mejor forma de tomarse un texto en serio. De ahí, de nuevo, mi agradecimiento al colega Herrscher, con el que espero poder seguir dialogando.

    Pero esa condena a la literatura de no ficción es tan global y desmedida como la del propio Cercas cuando habla de la industria de la memoria como “un negocio” que produce “un sucedáneo”, “un abaratamiento”, “una prostitución de la memoria”... Cercas disparó con bala y en su caso tiene doble delito porque el primero que se habría beneficiado de ella sería el propio autor de "Soldados de Salamina" o "Anatomía de un instante". ¿Los otros son unos aprovechados, pero él no"? ¿Quién entraría en la categoría de "prostituidor" de la memoria? También me llama bastante la atención que nunca se acercara a hablar con el hijo de Miralles, aunque solo fuera por curiosidad y por lo que le podía aportar.

    ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

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