Panorámica de la isla de Taboga, con el pueblo descansando entre la costa y la selva.

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    Gauguin y el sueño (frustrado) de Panamá

    Texto y fotos: Manuel Ruiz Rico - 20-12-2012

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    “Mi fama de artista crece cada día pero, mientras espero, paso a veces hasta tres días sin comer, lo cual destruye no solamente mi salud, sino también mi energía. Quiero recuperar esta última y me voy a Panamá para vivir como un salvaje”, escribió Paul Gauguin a su mujer Mette en una carta a principios de abril de 1887. El pintor francés, tras descartar Madagascar, ya tenía un destino fijado: “Conozco una pequeña isla del Pacífico, casi deshabitada, libre y fértil, situada a una legua en el mar de Panamá. Me llevo mis pinturas y mis pinceles y me haré fuerte lejos de los hombres. Seguiré teniendo que soportar la ausencia de mi familia pero ya no soportaré esta mendicidad que me asquea”.

     

    La pequeña isla del Pacífico a la que se refería era Taboga. Allí tuvo el pintor parisino un contacto trascendental, aunque efímero y decepcionante, con las colonias y su población indígena, que lo llevaría a emprender otra nueva huida, esta vez desde Taboga hasta la Martinica y, desde allí, a Tahití y las Islas Marquesas, donde finalmente encontraría el paraíso de color, naturaleza y exotismo que marcaría su pintura y su estilo, trascendental para comprender la historia de la pintura del siglo XX, como muestra la exposición Gauguin, el viaje a lo exótico en el Museo Thyssen de Madrid.

     

    Un monolito en la calle Francisco Pizarro de Taboga recuerda la estancia de Gauguin en Taboga: maestro francés del postimpresionismo, quien visitó esta isla entre mayo, junio y julio de 1887 plasmando en sus lienzos el fascinante aspecto de su belleza y colorido. El pintor buscaba una vía de escape, una huida. Llevaba una vida acomodada en su París natal e incluso llegó a poseer una pequeña colección de pintura.

     

    A través de su tutor, Gustave Arosa, un próspero banquero y hombre de negocios, Gauguin, por entonces marinero sin cualificación (había viajado por el mundo enrolado en la Armada Francesa entre 1865 y 1871), logró un empleo en la oficina del agente de bolsa Paul Bertin. El pintor disfrutó así de la típica vida burguesa en el París de finales del siglo XIX.

     

    Pero en 1882 una crisis bursátil derrumbó la actividad financiera y, con ello, la asentada vida de Gauguin junto a su mujer, la danesa Mette-Sophie Gad, y sus cinco hijos. Entre 1883 y 1885 trató de asegurar la subsistencia de su familia aceptando trabajos en Ruán y Dinamarca, con escaso éxito, sobre todo a la hora de introducirse en la vida artística del país escandinavo.

     

    Fue entonces cuando comenzó a madurar la idea de la huida. Fue así como llegó a Panamá, una elección en la que fue fundamental la esperanza de Gauguin de poder encontrar trabajo en el Istmo gracias a su cuñado Juan Uribe, esposo de su hermana Marie.

     

    El 9 de abril de 1887 embarcó rumbo al país de Centroamérica, entonces parte de la República de Colombia o la Gran Colombia, el gran proyecto libertador de Simón Bolívar al que Panamá se había sumado en 1821, el año en que se independizó de España y al que dejaría de pertenecer poco después, en 1903, para ubicarse bajo la tutela militar de Estados Unidos, interesado en concluir la construcción del Canal y controlar este punto estratégico del comercio y la comunicación mundiales.

     

    Así que hasta allí llegó Gauguin acompañado de su amigo el también pintor Charles Laval. La promesa de exotismo no podía ser más absoluta: el vocablo Panamá significa en la lengua autóctona abundancia de peces y mariposas.

     

    Apenas arriba Gauguin al Istmo, el 30 de abril de 1887, se dirige hacia su sueño: la isla Taboga, que se convierte en su gran decepción, su fracaso personal. Aquella pequeña isla del Pacífico comenzaba a borrar los rastros del exotismo indígena y a esbozar la Taboga de hoy: un pequeño enclave a unos 20 kilómetros de Ciudad de Panamá y de unos 1.500 habitantes, destino turístico típico panameño y lugar de segundas residencias de veraneo, cuyo horizonte está asaltado por decenas de grandes buques que hacen sus idas y venidas por el Canal de Panamá. Un enclave donde se materializa el capitalismo global en detrimento de cualquier explosión de lo salvaje, como anhelaba Gauguin.

     

    Taboga sigue siendo conocida como la Isla de las Flores y, de hecho, casi toda la isla exhibe una espesa y frondosa vegetación y calles estrechas jalonadas de casas coloridas. De acuerdo con una placa instalada en un pequeño jardín de la isla, hasta allí llegaron los españoles comandados por Vasco Núñez de Balboa en 1513, mientras que la población fue fundada por el padre Hernando de Luque el 29 de junio de 1524 y bautizada entonces con el nombre de San Pedro. También la llaman San Pedro de Taboga o Isla de las Flores, reza la inscripción. El poblado original se desarrolló en torno a su iglesia, la de San Pedro, que es la segunda más antigua de América.

     

    Todo suena a único en Taboga, todo llama a la historia y apela al mito. Sin embargo, la realidad, en los días de Gauguin y aún más de hoy, es otra muy distinta y se nota si se mira brevemente en derredor: turistas que llegan en barco desde Ciudad de Panamá pertrechados incluso de toallas, sombrillas y neveras; varios pequeños hoteles y restaurantes para acoger al visitante; casas en alquiler o en venta como residencias de verano; el skyline de la capital en lontananza y, mar adentro, los inmensos buques que van y vienen por el Canal. La realidad rechaza con dureza cualquier proyección del exotismo romántico que uno lleve dentro.

     

    Enfrente, a unos dos kilómetros al noroeste, se divisa Taboguilla, una pequeña isla que exhibe sus depósitos de petróleo que los buques que transitan el Canal usan para repostar. La globalización arraiga en medio de lo autóctono. Cada día, temprano, Rolando, que nació y siempre ha vivido en Taboga, toma su barca y lleva hasta allí a varios habitantes de la isla que trabajan en esas instalaciones. Nada de vivir como un salvaje, precisamente.

     

    “Mi hijo”, cuenta Rolando, “trabaja en Panamá, que vive en auge económico ahora, pero yo siempre he vivido y trabajado en Taboga”. ¿Y qué hay de Gauguin, el pintor francés? “Me suena… he oído hablar de él, pero no sé muy bien qué hacía”, confiesa una de las empleadas del Vereda Tropical, un hotel y restaurante típico de Taboga, a unas decenas de metros de la playa principal, repleta de turistas que se bañan, pasean o toman el sol con el ruido de fondo de temas salseros tan del gusto local y que arrollan cualquier tentativa de sonido generado por la naturaleza: la llegada de las olas, el cantar de los pájaros, el avanzar del viento.

     

    Las relaciones son recíprocas. La que tuvo Gauguin con la isla se equipara a la que los taboganos tienen ahora con el pintor francés. Una relación que apenas existió sino unos días y que, acaso por eso, es tan endeble.

     

    En 1887, la isla empezaba a adquirir este perfil a medias industrial y a medias destino de veraneo y descanso de los empresarios dedicados al faraónico proyecto del Canal de Panamá, cuya construcción había comenzado en 1880.

     

    Siete años después, cuando Gauguin llegó, éste rozó en Taboga el paraíso que buscaba pero el sueño, exagerado e irreal, que había pergeñado en Francia se le escurrió entre las manos y la decepción fue instantánea y rotunda. Sin embargo, en Panamá logró descubrir su destino: Martinica, en el corazón del Caribe. Para viajar hasta allí necesitaba dinero, así que regresó a Ciudad de Panamá para acabar empleado en las obras del Canal y lograr el dinero necesario para huir del país hacia otro destino, hacia lo salvaje.

     

    “Mañana”, escribe a su mujer en una carta fechada a primeros de mayo de 1887, “voy a ir a trabajar en el istmo, a 150 piastras al mes; y cuando haya podido ahorrar otras tantas, es decir, unos 600 francos (es cuestión de dos meses), me iré para la Martinica”. El tono de esperanza renovada se mezcla sin embargo con el de la desolación más absoluta: “Tengo que cavar desde las cinco y media de la mañana hasta las seis de la tarde bajo el sol de los trópicos y con lluvia todos los días; y por la noche me devoran los mosquitos”.

     

    Durante su estancia en Ciudad de Panamá, Gauguin es incluso arrestado por orinar en la vía pública, por lo que recibe la humillación de ser conducido por la ciudad a punta de pistola por un policía, quien finalmente le impone la severa multa de una piastra (cuatro francos).

     

    Su compañero Laval logra capear mejor la situación porque se decidió a pintar retratos de los oficiales del Canal (de los que no se conserva ninguno). Gauguin siempre rechazó esta forma de ganarse la vida puesto que, como escribió en sus cartas, sólo se venderían los retratos realizados “de una especial y mala manera”. Así es cómo acabó “envenenado” por el calor húmedo de la ciudad e incluso adoptando una fuerte aversión hacia los panameños. Con todo, fue también así como emergió la emoción de Martinica como destino deseado y correspondido.

     

    Sin embargo, lo inesperado ocurrió y volvió a condicionar sus planes, esta vez a acelerarlos. Los recortes económicos llegaron a las obras del Canal y Gauguin, despedido, tuvo que abandonar el país mucho antes y mucho más pobre de lo previsto. Apenas trabajó dos semanas en las obras, como confesó a su esposa en una carta del 20 de junio, ya en la Martinica: “Te escribo desde la Martinica aunque esperaba venir bastante más tarde… Hacía 15 días que trabajaba en la Sociedad cuando llegaron órdenes de París de suspender muchos trabajos, y el mismo día despidieron a 90 empleados, y así sucesivamente. Naturalmente, como recién llegado, yo pasé a incorporarme a la lista. Cogí mi maleta y me vine aquí”.

     

    En Ciudad de Panamá había vivido el horror de ser empleado entre esclavos; en medio de enfermedades (malaria, fiebre amarilla, viruela) y de las intensas lluvias tropicales, decenas de ellos morían cada mes. Finalmente, en Martinica, halló por primera vez lo que buscaba y había imaginado desde la cosmopolita y urbana París. Con emoción y optimismo renovado y contenido, se lo describe a su mujer: “Negros y negras van y vienen durante todo el día con sus canciones criollas y su eterno parloteo. No creas que resulta monótono, al contrario, es muy variado… La más rica de las naturalezas y el clima cálido pero con períodos intermitentes de frescor… Hemos empezado a trabajar y espero estar en condiciones de enviar algunos cuadros interesantes”, escribe.

     

    Martinica fue el primer escalón de su búsqueda, de su destino, que acabaría en Tahití y las Islas Marquesas, en medio de la inmensidad desconcertante del Pacífico, donde falleció a un mes  de cumplir los 55 años, en la localidad de Atuona, a las once la mañana del 8 de mayo, enfermo de sífilis.

     

    El Thyssen es ahora el escenario de estas obras en Madrid. Una exposición a la que se ha sumado Gauguin, el sueño de Panamá, en el Museo del Canal, en la zona antigua de la ciudad, la más ambiciosa de cuantas se han hecho sobre el pintor en este su primer país de huida.

     

    De nuevo, dos continentes, sus dos continentes, unidos por el mismo sueño, por la misma mirada del pintor que huyó de Europa rumbo a lo exótico para vivir y morir como un salvaje.

     

     

     

     

    La exposición Gauguin, el viaje a lo exótico, en el Museo Thyssen de Madrid,  permanecerá abierta hasta el 13 de enero. Gauguin, el sueño de Panamá se exhibe en el Museo del Canal, en Panamá, hasta el 10 de marzo.

     

     

     

    Manuel Ruiz Rico es periodista. Ha sido corresponsal en Etiopía y actualmente en Panamá. Es doctor en Periodismo por la Universidad de Sevilla y ha publicado el libro Antonio Muñoz Molina. El Robinson en Nueva York

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