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    Generación tech

    Benjamín Escalonilla - 06-10-2011

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    Generación Tch! es una apasionante mirada a las recientes postrimerías de la década 00. La época de Peterpanismo y postmodernidad tardía entre jam sessions, restaurantes fusión y mails cruzados; el dibujo de las entrañas de la ciudad que humean ya con los negros augurios del desencanto y el fin de ciclo (no necesariamente inmobiliario).

     

    Generación Tch! se desarrolla sobre el telón de fondo de un Madrid en los divertidos años de pelotazo y símbolos huecos en el que, a la manera del Long Island del Gran Gatsby, las cosas pueden explotar en cualquier momento, y donde nada (excepto el amor y el odio) es lo que parece.

     

    Benjamín Escalonilla introduce al lector en una turbadora historia que se sale de la ficción para crear una red multidisciplinar y en tiempo real de referencias vitales y artísticas, incluyendo una web propia con diversos enlaces a vídeos, temas musicales (e incluso recetas), que aparecen en la narración.

     

    Generación Tch! no termina en su propio texto escrito sino que crece como hiedra sobre una actualidad donde internet (ahora más que nunca) imprime el mundo, con el propósito de  descubrir/entender mejor nuestro pasado inmediato y con ello también, quizás, nuestro devenir.

     

    Miguel Ángel Gara

    (poeta, premio ciudad de Badajoz por luz previa a la luz)

     

     

     

    Extracto de la novela

    http://www.colectivotch.com/novela_extracto.html 

     

    0.

    Tengo tomada la decisión de no obsesionarme con lo acontecido en torno al Colectivo Tch!, pero es difícil. Tienta darle vueltas a cada uno de aquellos días, buscando en la memoria detalles, trazas que lleven a dilucidar lo que sucedía en torno al colectivo y, por supuesto, entre Tala, el Cerdo y yo.

    Me gustaría tener grabados estos dos últimos años para analizar lo sucedido con detenimiento, pausas y rebobinados, y sin esta mirada distorsionadora que da el hecho de saber cómo acabó. Me gustaría ese imposible. Pero es mejor no pensarlo. Debo olvidar y hacer borrón, abrir una cuenta nueva, dejar atrás tanto juego de espejos, tanta intensidad… Aunque es difícil. De repente me arrastra la iluminación de un recuerdo casual y todo parece revivir. ¿Cómo pude estar tan ausente?, ¿cómo no sospeché lo que estaba pasando?

    No me arrepiento de haber montado el colectivo. Pero qué razón tenía Tala. Aquello solo fue «un juego postadolescente,
    un color chillón, un mosquito que se posa en el brazo y ni siquiera llega a picar». Acabó mal, y pudo haber acabado peor.

    Eso sí, he de reconocer que también gané algo tonto, efímero y falso, pero inmenso: han sido los únicos años de mi vida en los que me he sentido dentro de este mundo, o al menos parte de él.

    Además, ¡jodimos bien al Cerdo!

     

     

    PRIMERA PARTE
    Ella y yo

     

    1.

    Viernes, hace un año. Volviendo a casa.
    —Tch! (http://www.generaciontch.com/sonido)
    Ese hombre no le quita ojo al magnífi co tubo de cartón que llevo bajo el brazo. Lo observa, cierra los ojos e intenta adivinar su contenido. Yo habría hecho lo mismo, estos tubos despiertan la curiosidad, y el traqueteo del vagón ayuda a desperezar la imaginación. No es el único que lo mira: ese otro de ahí parece curioso, intrigado, este que tengo enfrente le echa un vistazo con cara de «¡Planos secretos!», y ahora comparte el descubrimiento con el niño que va cogido de su mano. Señala el tubo. Me lo cambio de brazo y le pongo cara de espía. El niño ni pestañea.

    Todos nos inclinamos un instante hacia el mismo lado (frenazo), y nada más parar se abren las puertas. Es mi estación. Me despego del rígido asiento con algo de teatro y salgo al andén simulando una cojera. El hombre sonríe, el niño está fascinado. Cuando el tren se marcha, el chaval está vuelto hacia mí, con toda la cara aplastada contra el cristal. Enseguida desaparece por el túnel. Me da por abrir la tapa del tubo y oler dentro. Es como asomarse a la infancia. Huele a papelería.

    Al salir del metro por la boca de siempre me fijo en un grafiti nuevo que hay en el retranqueado del número 29. La fachada es una pared de ladrillo que suelen pintar de blanco una vez al mes (ideal para novedades). El grafiti es de una mujer con las tetas cuadradas y un móvil entre las piernas. No trato de pillarle el simbolismo, pero me gusta.
    Sin aflojar el paso le saco una foto con el teléfono (http://www.generaciontch.com/grafiti). La acera está hoy hasta los topes y me voy chocando con gente a cada paso. Llego a la esquina de mi edificio, y puedo ajustarme a ella porque la prostituta de costumbre no está; debe de haber ido al supermercado. En los pasillos del metro, sobre todo, pero también en las calles, me gusta ceñirme a las esquinas igual que en coche me ciño a las curvas. Lo hago para acortar las distancias, abreviar los trayectos. A pesar del ahorro, esta forma de trazar mis recorridos provoca incómodos roces y encontronazos.

    «Perdón», me excuso. A una mujer casi le tiro el bolso.

     

    Entro en casa y reviso el correo electrónico. Hay algún jodido spam, mensajes sobre una quedada con los colegas para esta noche y un par de correos de trabajo («¿Podrías pasarte por la tarde con los bocetos de la tarjeta digital?»; y el siguiente: «Mejor lo dejamos para el lunes a lo largo de la mañana: me han puesto una reunión a última hora»). Mucho mejor. En los mensajes de la quedada, Tala proponía a las diez en nuestra casa. El mensaje se lo había enviado a Berta, una amiga suya, y a mis colegas de la carrera, Alejandro y Óscar. A Álex le ponía una nota: «Alejandro, podrías sacarte unos pases del garito ese cool en que está currando tu amigo… Besos, Tala.» Había bastantes respuestas. Empiezo a leer según la hora de llegada. El primero en contestar fue Alejandro.

     

     

     

    ----- Mensaje -----
    > De: Alejandro
    > Asunto: Re: Quedada viernes

    Y la pregunta es:
    Tell me boys & girls? ¿Para cuántos se necesita pase? ¿Viene
    todo el mundo? ¿Traéis acompañante? Lo digo porque mi colega
    es duro de pelar y no puedo pedir a lo loco. Además tomorrow
    viene un DJ sueco q es la hos y va a estar hasta los topes.
    Álex


    Escucho la voz de Álex como si tuviese un reproductor implantado dentro de mí. Creo que nos pasa a todos: los correos electrónicos, mucho más que los clásicos, transmiten fielmente el tono de quien los escribe. El agudo gallito de Álex cuando dice «la hos» me saca una sonrisa y repito en voz alta la expresión, pero no me sale. Soy malo imitando. Leyendo el siguiente correo, lleno de prisas y con postdata para mí, acaba brotándome la risa:

     

    ¡vamos vamos!
    quien venga que diga, ¡voy!
    quien no venga que diga, ¡no voy leche!
    quien no lo sepa hasta esta noche que diga, ¡y yo qué sé!
    ¡pero decid algo, por Buda!
    Álex
    PD: Por cierto muchacho, ¿tienes ya los carteles? Acuérdate que la acción es dentro de dos semanas!


    A continuación había uno de Berta confirmando: 

     

    Intentaré ser puntual a pesar de mi fama. Óscar, ¿qué tal tu planta?, mejorando espero, me dijeron que había sufrido una plaga con bichitos que revoloteaban alrededor, pobrecita, esta noche me cuentas. Bueno gente, id contestando que Álex se está sulfurando. Solo hay que poner unas letritas…


    Extrañado de que Óscar no responda, me doy cuenta de que le están escribiendo a su antigua dirección. Borro todo el spam, contesto el asunto de trabajo («Me pasaré con los bocetos el lunes, sin falta») y escribo a los amigos, continuando el estilo de Álex:

     

    Os espero en casa.
    A Óscar escribidle al nuevo mail.
    Al desconfiado Álex: Los carteles ya los he recogido. Los
    pegaremos el lunes o martes noche, y sí, me he acordado: la
    palabra «intrusismo» sale en el rojo apagado que tú querías.
    A Óscar: no mires más tu planta, se pondrá bien.
    A mí: déjate de tanta gilipollez
    A todos: todos a
    YO


    Le doy a «Enviar y recibir».

    Tala no tardará en llegar, así que me pongo a preparar algo de comer. Mientras se rehogan unos ajos, abro un ginger ale y le echo unos hielos y una rajita de limón: a tope de extras, que hay que celebrar que es viernes.

     

    … Si alguien entrase en este momento para advertirme de lo que va a ocurrir, reiría. Es inaudito creer, hoy por hoy, que mi relación con Tala, el propio Colectivo Tch! y mi amistad con Álex y Óscar vayan a sufrir grandes cambios; pero en menos de un año nada o casi nada de esto quedará en pie…

     

     

     

    2.

    Llega Tala del trabajo. De negro, alta, tan delgada. La oigo hablar ya desde el rellano. Según entra va tirando sus cosas por cualquier sitio —chaqueta, maletín, zapatos— y sigue hablando hasta el cuarto mientras se desnuda y se viste con ropa de casa: piratas de cordón y camiseta. Tiene un manos libres para el móvil que, de diminuto, parece que habla sola, como una loca. Me saluda tirando un beso al aire. Habla con Berta de la quedada de esta noche…
    Como la comida ya está lista, voy al salón y me pongo a revisar detenidamente los carteles, que he recogido por la mañana. Encuentro fallos de imprenta, «coño». Tala termina y se viene a ver qué hago.

    —Berta se pasará por aquí a eso de las nueve. ¿Qué haces?
    —A la luz del día se ven fallitos —le digo, enseñándole los carteles.
    —¿A ver?
    —(Tch!) ¿Ves que aquí se ha ido un poco el tramado?
    —(¡Bah!) Nadie se va a dar cuenta de eso. Olvídate de los carteles, que ya son las tres. Tengo un hambre que me muero.

    Ser freelance tiene estas pegas. En las horas o los días libres, uno sigue con los proyectos en la cabeza. No es que piense en ellos todo el rato, pero están ahí. En los trabajos por cuenta ajena no es tan así. Tala llega y se olvida, desconecta por completo, deja los problemas en la ofi cina, y allí se quedan. Es cierto que sufre calentones en el trabajo que a veces le duran hasta la almohada, y que el domingo por la noche ya piensa en algún mal rollo del día siguiente, pero en general es distinto, más suave. Yo tendría que olvidarme de los jodidos carteles, y en cambio les daré vueltas hoy, mañana y pasado. Quizá logre evadirme cuando esté de marcha.

     

    Después de comer, como todos los viernes por la tarde, Tala no va a la oficina, y se dedica a leer. Tiene libros a miles. Pone un directo de Coltrane en el Village Vanguard. Como hoy no tengo trabajo pendiente, puedo sentarme con ella. Empiezo a releer el Batman de Miller, pero enseguida acabo ensiestado…

     

    Tala me despierta para que nos dé tiempo a ver una película antes de salir. Durante la película picamos algo (ensalada de palmitos). Luego nos arreglamos.

    Por la noche salimos con Berta, Alejandro y Óscar. Álex no ha conseguido los pases para el garito cool (su colega no se ha dejado pelar), así que después de tomar la primera en casa decidimos ir al Aeropuerto, el nuevo bar de un viejo conocido. La música es del gusto de todos y no dan garrafón. «A ver si me escribís a mi nueva dirección… —se queja Óscar de camino— me siento desplazado.» Nos reímos, y Alejandro le da una colleja.
    Llegando al bar le comento a Álex que los carteles han salido bien, aunque la imprenta ha vuelto a cometer errores.
    Le resta importancia y me llama tiquismiquis. No he oído esa palabra en años, y le río el revival. Acelero el paso porque al fondo de la calle se ven ya las luces del Aeropuerto. Tiene un curioso proyector fuera que ilumina el suelo con una animación que les hice de la silueta de un avión estrellándose contra una torre de control.
    Ya dentro, nos sentamos al fondo y pedimos unas copas. El ambiente del Aeropuerto, y en especial un grupo de chavales junto a la cabina del DJ, me recuerda la fiesta de la película que hemos visto Tala y yo antes de arreglarnos: apasionadas conversaciones de principio de borrachera, defensa de teorías, hermanamiento por gustos coincidentes… Le hablo a Berta de la película Amor y otras catástrofes. Le comento que es una comedia de los noventa que grabamos el martes en la 2 a las dos de la madrugada. Nos ha parecido una gozada y la hemos dejado en nuestra colección particular. Hasta le he dibujado una bonita carátula a base de lápices de colores. Berta, que es una cinéfila empedernida, dice que no la ha visto, así que aprovecho para explayarme y comentar las bondades de la película. Pide que se la dejemos; se nos olvidará:

    —… En fin, es un poco amateur, pero guionazo. Le pongo un ocho.
    —Me la tenéis que dejar.
    —Fijo. No se me olvida —afirmo, totalmente convencido.

    Cada vez hay más gente en el local y estamos muy pegados unos a otros. Eso incomoda. A partir de la una, el Aeropuerto se queda muy bajo de luces y pone la música demasiado alta. Nos oímos entrecortadamente. Sería el momento de irse a otro lado, pero, por no arriesgarnos a perder los asientos, decidimos tácitamente quedarnos en el Aeropuerto y levantar la voz; los demás locales de la zona estarán llenos.

    —¿Qué vais a hacer el puente? —pregunta Berta, que ya tiene las vacaciones contratadas. A Tala no le va mucho hablar de futuro y los planes por anticipado no le gustan nada, así que se queja de que falta más de medio mes para el puente:

    —¡Pero si falta más de medio mes!
    —Eso no es nada. Medio mes pasa en un descuido.

    Además, estoy aburridísima de la muerte con el trabajo y solo pienso en las vacaciones… O mejor, ¡¿cuánto falta para jubilarnos?! Todos nos reímos. Con un gracioso gesto se hace la ofendida, recordándonos que no es para tomárselo a broma, que está cerca de los cuarenta y mañana mismo va a contratar un plan de pensiones. Más risas. Para terminar se adorna a lo torero: bebe lentamente de su copa, la posa con suavidad y sentencia: «No sé a qué viene tanta risa, ¿tanto os queda a vosotros?» Incluso levanta el mentón. Aplausos.

    La verdad es que ninguno de nosotros está ya lejos de los cuarenta. Nunca lo había pensado. Álex se gira en su asiento hacia el centro del local, y veo que entre el cabello le asoma un pequeño claro monacal.

     

     

     

    A estas alturas ya me ha hecho efecto el alcohol y por fin he olvidado los carteles. Me fijo en que tengo la copa medio vacía, pero los hielos todavía sobresalen por encima de la boca del vaso; curioso. Cada vez que bebo se me vienen encima, y molesta. De repente los hielos se desmoronan. En el bar siguen entrando más de los que salen. Me da la impresión de que estamos un poco mayores para un local de este tipo. La mayoría no llega ni a los veinticinco. En la mesa de al lado sí. Ahí se ha sentado un tío de cincuenta que aparenta lo menos setenta. Habla a voz en grito con otro más joven. Los escucho mejor a ellos que a la propia Berta, que ahora profundiza con Óscar sobre el tema de las prejubilaciones. Álex, que no encuentra buenos culos libres, se vuelve hacia nosotros tocándose el hoyuelo y, con cierta desgana, se pone a hablarnos a Tala y a mí de un libro que está de moda y le ha gustado. Es de intriga. No le presto mucha atención porque han puesto una canción que me gusta. Una chica al fondo da un salto y tira de una amiga para que se levante a botar, me entran ganas de bailar. Tala, en cambio, siempre alerta ante cierto tipo de posibilidades, tira el anzuelo: «Ése es un libro polémico, gordo y sin estilo, como todos los superventas.» Era la excusa perfecta para criticar la venta masiva; todo libro de moda es malo por sistema. Estoy seguro de que ni siquiera se lo ha leído. Álex muerde el anzuelo: «Los libros de autor están escritos por gente que se mira el ombligo. Por lo menos con los superventas te lo pasas bien, tanta gente no puede equivocarse.» Tala sonríe, se remanga, se pone cómoda.

    Al fondo del bar se ha puesto a bailar más gente. Aquellas chicas están animando la noche. Me vibra el bolsillo, saco el móvil y es un mensaje de alguien que no tengo en la agenda: «Nos vemos esta noche.» Llamo al número que sale en el mensaje y me salta una voz grabada. El número no existe (¿?).

    Álex y Tala siguen con su «peligrosa» discusión, así que me pongo a escuchar a los de la mesa de al lado. De repente, en un tono bastante alto, oigo un sorprendente «¡Que me toque el glande!». Por un instante me quedo paralizado; parece que solo lo he oído yo: Berta está riéndose, pero de algo que le ha dicho Óscar, y los otros dos, a lo suyo… Me giro, curioso, a ver quién ha soltado aquello y veo al más joven inclinado hablándole muy bajito al otro, el que aparenta lo menos setenta, que está tieso como un poste. Me vuelvo de nuevo hacia nuestra mesa, pero sin despegar el oído. Casi inmediatamente el individuo del glande vocifera «QUE NO, ¡COÑO! Que no pienso volver a otro programa de los que organiza ese Cerdo». El vozarrón es tan escandaloso que varias personas se giran, e incluso interrumpe por un instante el apasionado speech de Tala. Después de unos segundos, y con el apoyo de la música de fondo, todo vuelve a la norma lidad, cada uno a su tema. Tala me mira, integrándome en el alegato: «Los que de verdad pueden resultar entretenidos son Italo Calvino, Stevenson, Du Maurier…» Asiento con cada autor que menta, aunque mantengo la atención en la otra mesa. «¿Quién es Du Maurier?», pregunta Álex. No logro escuchar nada más de lo que dicen al lado; han bajado la voz y el bar está ensordecedor.

    Óscar y Berta han saltado al tema preferido de Óscar, su planta, que desde hace un año más o menos es su pasión y que hace poco estuvo a punto de morirse por unos bichos que se la comían. «Actualmente está muy bien. Lo ha pasado fatal, así que ahora, en cuanto le noto las hojas tristes, ya estoy encima…» «Bueno… —interrumpo— y ¿ya ha dicho "pa-pa"?» Óscar responde a mi sorna con una mueca, y sigue con su rollo botánico sin inmutarse. Me levanto: «¿Pido otra ronda?» Todos dicen que sí.

    En ese momento alguien que aún no conozco, el Cerdo, entra en el Aeropuerto, pide una copa y recorre el local con la vista, y luego a pie. Se encuentra con alguien (Gabi) y le da un beso. Me cruzo con él. Tropezamos. Dice «perdón». Yo también a él. Al volver a la mesa, propongo un brindis por nosotros. Euforia, jaleo, chin, chin. No me fijo en que el Cerdo, después de tropezar conmigo, se ha sentado justo a nuestro lado, en la mesa del glande. En cualquier caso, no tiene importancia: es un desconocido. No le prestamos atención. Él sí nos la presta a nosotros. Especialmente a Tala. Se pasará el resto de la noche observándola sin que nos demos cuenta, ajeno a las peroratas del setentón. No lo reconoceré cuando me lo presenten unas semanas más tarde.

     

     

     

    3.

    Facto: cuando se traga,
    se mueve la nuez.

    Pagamos todo sin descuento alguno (tch!) y salimos del Aeropuerto. Óscar, Alejandro y Berta comparten taxi, y Tala y yo volvemos a casa andando, que estamos cerca. En el camino no comentamos nada, no vamos abrazados, ni siquiera de la mano. Algo está cambiando entre nosotros, aunque no soy capaz de darme cuenta de qué ni de por
    qué. Si en este momento me preguntasen, diría que nos va bien, como siempre, pero no. Es signifi cativo que por mucho que haga memoria no pueda decir qué libro está leyendo Tala, cuál es la última batalla de su despacho… y estoy seguro de que ella tampoco sabe mucho de mí últimamente, y menos aún del colectivo: nunca quiso saber demasiado de eso… Saco un chicle, lo desenvuelvo y me lo meto en la boca. Me acerco a una papelera y lanzo el envoltorio. Cae al suelo. Estoy deseando llegar a casa: después de unas cuantas copas, se duerme como un muerto.

    Por la mañana, y con esa curiosa atmósfera en que te envuelve la resaca, me doy cuenta de un interesante gesto que se hace antes de follar: se traga. Siempre. Tala se ha levantado, ha abierto las cortinas para que el mediodía entre en el dormitorio y se ha quedado ahí, de pie, mirándome, con su silueta de perfil y yo tumbado en la cama. He visto su diminuta nuez subir a contraluz y bajar de golpe. Ha tragado. Yo también trago, fuerte y perceptiblemente. Por curiosidad trato de evitarlo, pero resulta imposible, es involuntario. No creo que nadie deje de hacerlo. Es útil saber si al otro le apetece. Facilita el acercamiento, da seguridad, fomenta la inspiración.
    Encima de mí, con el pelo tocándome el pecho, Tala se mueve.
    No me gusta el cigarro de después. Si es en el sofá o en el suelo, puede, pero en la cama jamás, y con luz del sol, menos: sabe a seco. A ella tampoco. Es mejor quedarse un rato largo quietos, en cuchara, acurrucando pensamientos. 

     

    Después de un día de marcha nos apetece comer fuera a base de limón exprimido: paella, tacos al pastor, carpaccio, marisco… Supongo que limpia el organismo. Pongo música mientras nos arreglamos (Whisper Not, de Keith Jarrett), y en la ducha (el agua no tan caliente como de costumbre) cada uno piensa en el restaurante al que le apetece ir. Es un nuevo momento tentador: a veces se traga sin efecto, a veces se reinicia el proceso y acabamos con un hambre atroz. Hoy no. 

     

    El cuarto de baño en el que tragamos por primera vez no olía ni la mitad de bien que éste. Era diminuto. Habíamos entrado a fumarnos un porro, pero no terminamos de liarlo. Axilas, la ropa puesta, Tala con camiseta de tirantes, apoyada en cada uno de los grifos, las bragas retiradas a un lado y el calzoncillo a otro, la cremallera bajada, el pantalón sin desabotonar siquiera. Si alguien hubiese entrado en el baño del Equis, que no tenía cerrojo, al menos no habría visto culos. El Equis era el antiguo bar del que hoy es dueño del Aeropuerto. Allí nos presentó. «Esta chica se llama Tala, y le gusta la misma música que a ti. A ver si os dais la paliza entre vosotros y me dejáis un poquito en paz.» Nos conocíamos de vista: íbamos a ese bar todos los fines de semana y pedíamos música durante toda la noche. Unos pesados.

    A veces Tala venía trajeada al bar, acompañada por algún compañero de la oficina. Hasta entonces no había conocido a ningún ejecutivo con esos gustos… ni esa alegría en la voz.

    Me ponían sus trajes. Me ponen. 

    Después de ducharnos, elegimos la ropa (la elige ella, en realidad) tratando de combinar colores entre nosotros (cosas de Tala). Le digo que paso, que hoy no combino. Me molesta estar cambiándome hasta dar con la prenda complementaria. Tala pone una cara neutra y lo deja estar. «Es que no me apetece —insisto, y cambio de tema—: ¿A qué restaurante quieres ir?» «Al que tú digas», responde. «Yo digo paella.» Pero pone morritos hacia la izquierda, y eso significa que le apetece otra cosa.

    Termino de arreglarme y sostengo, impepinable, mi candidatura a un restaurante de paella, a pesar de que sé que acabaremos yendo a un peruano que se le ha antojado últimamente. Se mete en el cuarto de baño y decide lavarse el pelo. Lo había dudado mientras se duchaba, pero al verlo ahora no tiene más remedio: está sucio de ayer. «¡No tardo nada!» Renuncio definitivamente a mi arroz y me tumbo en el sofá. 

    Ocasionalmente, pero sobre todo en los días de resaca, me embobo con pequeños detalles. Es delicioso el disfrute de lo pequeño. Ocurre pocas veces, pero cuando uno se ensimisma con algo es magnífi co: lo pequeño se hace grande. Me están pareciendo grandes las ventanas con la cortina descorrida, grande el olor de la piel recién duchada, ahora que Tala abre la puerta del baño, grande el ligero cambio en la humedad del cuarto, grande el surco de la pana fi na del pantalón que lleva en la mano, grande la camisa de hombre que ella lleva sin abrochar, grande el beso que me da cuando pasa a mi lado. Se mete en el cuarto y se oye el sonido de las perchas deslizándose.

    Al «No tardo nada» le queda todavía un rato. Subo el volumen y me centro en Keith Jarrett. Ya vamos por la segunda audición del disco. Me fi jo en el contrabajo, cierro los ojos y disfruto de ese instrumento por encima del resto. Otro día tengo que hacer lo mismo, pero con la batería. Tala sale y va al cuarto de baño. Se mira. Vuelve directa hacia el armario. Deja la puerta abierta. El viaje se repetirá varia veces. Me enciendo un cigarro. El contrabajo, aislado en tu cabeza, cobra una fuerza tremenda. Es otra manera de escuchar un tema que ya conoces, de reinventarlo. Recuerdo, en formato déjà vu, haber hecho este mismo ejercicio tiempo atrás, pero con un bajo en vez de un contrabajo. Hasta podría asegurar que fue con Subbacultcha, una de las primeras que grabaron los Pixies (Purple tape). ¡Qué tiempos!

    Bajo el volumen y abro la ventana porque pasa un grupo de gente cantando y bailando, haciendo sonar pequeñas castañuelas metálicas. Me acodo a mirarlos. Entra el olor a día fresco, que no frío, de septiembre, fi nales de septiembre. Libra. Sale Tala, aparentemente lista. Se acerca a la ventana con una corbata de color ocre anaranjado que le queda perfecta. «Te queda muy bien», le digo. «¿Qué miras?», pregunta, curioseando por la ventana. «Nada. ¿Estás lista?» «¿Es que no ves que todavía estoy sin peinar?» «¡Pues venga!» Y se va, dejando caer, con cara de duendecillo, un susurrado «Antes no tenías prisa… ». Hago ademán de perseguir esa broma maliciosa, y huye a terminar de arreglarse. Se va mirando su corbata, cortísima, a la altura de las costillas-en-las-que-yo-me agarraba un rato antes. La veo coger el secador. Tiene el pelo mojando la camisa por los hombros, se transparentan las tiras del sujetador. Grita «¡Cebiche!».
    Llegamos al peruano justito para que nos den de comer. Con un par de cervezas de guarnición, se nos sube de nuevo el alcohol de ayer… 

    Para mí nos va igual de bien que al principio, pero nuestra ropa no va a juego. Es un precedente. No volveremos a combinar colores nunca.

     

     

     

    4.

    Verde vivo, fluorescentes y estallidos.

    Domingo. El haz azul de los retropropulsores se agota y el gran robot cae a plomo sobre la superficie curvada de un satélite diminuto. Dañado por las últimas ráfagas de los turboláseres, tiene problemas para mantenerse erguido.
    Activa su escudo protector y consigue repeler el nuevo ataque luminoso. Abro la segunda bolsita. Las naves humanas rodean el satélite…
    En la pronunciada curvatura de esa esfera sin brillo, el robot se resbala irremisiblemente. El cuenco con las cáscaras se me vuelca encima. Los poderosos turboláseres de color violeta apuntan a sus pies y sueltan toda su descarga. El almirante de las tropas humanas arenga a sus hombres. Aunque no logran atravesar el escudo, están desestabilizándolo, y pronto conseguirán hacerlo caer. Oscuros vapores chisporrotean entre ecos metálicos y luces eléctricas. La victoria está cerca.

    (Anuncios.) Me pongo a recoger las cáscaras vacías. ¡En una bolsa habrá lo menos doscientas pipas! Oigo a Tala cerrar la puerta del cuarto: en los anuncios el volumen se sube y ha acabado por despertarla. Lo bajo.
    Óscar me había enviado la dirección de uno de esos canales de televisión digital que hay en Internet. Emite cantidad de series clásicas y puedes elegir el capítulo que quieres ver, e incluso bajártelo. Yo solía ver los de Astro boy, una serie de estética retro (con turbos, megas, ultras…) en la que el robot protagonista se debate internamente entre el bando humano (sus creadores) y el de los robots (sus congéneres). Me gustan los mundos de un futuro anticuado, a lo Blade Runner o Hijos de los hombres. Precisamente gracias a nuestra pasión por la ciencia ficción nos hicimos amigos Óscar y yo.

    —¿Qué le pedirías a una tía?

    En la carrera había un profesor (más de uno, en realidad) que solía llegar tarde a clase por sistema. Durante esos previsibles lapsos nos juntábamos en la puerta y charlábamos con quien estuviese por allí. Un día alguien se puso a hablar de qué tenía que tener una mujer para que fuese ideal, y cada uno daba su disparatada idea. Hubo mucha anatomía por respuesta, y mucha risa y carcajada. Le preguntábamos a todo el que pasaba. Óscar, al que hasta ese momento conocía únicamente de vista, respondió:

    —Que se haya leído Yo, robot.

    Ese año compartimos nuestros libros y películas, nuestras series, e incluso escribimos juntos un relato en el que Mazinger Z volvía a caminar como un gigante por las calles. Después de una amarga victoria en la que el centro de investigaciones y la ciudad habían sido totalmente destruidos, vagaba sin rumbo entre las ruinas hasta agotar el resto de su energía. Su tripulante, Koji Kabuto, sin posibilidad de bajar siquiera del robot, se quedaba pegado al ventanal de su planeador, absorto. Ajeno a la vorágine, un grupo de ratas jugueteaba entre los cuerpos. Se publicó en la revista Asimov de ciencia ficción. 

    Solíamos discutir, y aún hoy lo hacemos, sobre si es mejor Alien o Aliens, sobre el incierto final de 2001, sobre los fallos e incoherencias de la saga de las galaxias (fantásticas la segunda, la cuarta y la quinta, según el orden final)… Óscar compra muñecos antiguos de segunda mano, tiene expuesto en su biblioteca un ciborg de Galáctica junto a una edición ilustrada del Cita con Rama de Clarke. Sostiene que después de Matrix no ha salido nada sobre lo que merezca la pena discutir, que el tema robots está agotado… Yo le martirizo con el genial Alegria de Antònia Font, que canta de robots y astronautas (http://www.generaciontch.com/robot), pero él lo ve como una parodia casi peor que la de Transformers.
    En fin, que nuestras tardes nos teletransportan a otro lugar fuera de este sistema y lo pasamos en grande. 

     

    Tala deambula por casa en pijama, sufriendo la televisión tan temprano (mis dibujos animados) y con el mal del inminente lunes encima. Pobre Mafalda. Acaban los anuncios. Me cercioro de que el cuenco para las pipas está bien asentado entre el brazo del sofá y el cojín mientras una ráfaga destruye las piernas del robot, que cae sin remedio del satélite. Sin propulsores, flota como un desecho espacial. Los humanos no pierden más tiempo con él y focalizan un nuevo objetivo. Su escasa energía registrará el vuelo sin rumbo por un tiempo indeterminado. Alejándose en el brillante azul oscuro del espacio, el robot se hace cada vez más pequeño. Parece una diminuta i griega que rota lentamente, sin piernas, con los brazos extendidos…

    (http://www.erres.com/4)

    Esta noche tenemos pegada de carteles.

     

     

    5.

    «Google almacena tus búsquedas.» Así, en grande, carteles tamaño A0 con la fi rma en rojo: Colectivo Tch!
    Veníamos eligiendo las cuatro de la mañana para la hora de la pegada. Empezamos cerca de la sede, entre risas, con un Alejandro inspirado que nos acicatea a base de retahílas de significado cómplice dentro del grupo, como la de aquel extraño ratón Mickey volador de la infancia: «¡Supervitamínense, mineralícense!»

    Saca la petaca. Un trago. Corremos de nuevo hacia otra pared. «Aquí mismo.» Se para. La pared tiene ya carteles que están aún frescos. Solemos respetar ese acuerdo entre muraleros de no pisarse unos a otros, pero esta vez no. Son de una campaña de telefonía móvil. «¡Multinacionales abusivas! ¡Hay que tapar todo esto INMEDIATA, COMPLETA, CONCIENZUDAmente…»

    Exaltados como un atajo de criaturas, nos aceleramos en nuestro regocijo, salpicando pegamento y colocando nuestros carteles… Es, será una gran noche de algazara, con Alejandro como maestro de ceremonias, que acabaremos con el día amaneciendo. Es, será a la postre (siempre hay un «pero») una de las últimas que disfrute de veras.
    «Google almacena tus búsquedas.»
    «¡Google almacena tus búsquedas!»

     

     

     http://www.generaciontch.com

     

     

     

    Novela híbrida, por B. E.

     

    La novela que sale a la venta este 11 de octubre, y que publica Booket http://planetadelibros.com/l-53444  , la ideé como una novela híbrida en la que el papel se debía relacionar de forma natural con el entorno digital. Para ello, y como refleja la nota del editor, confeccioné y referencié diferente material audiovisual que, aunque prescindible, como diría Cortázar, otorga una dimensión adicional a la novela en su forma tradicional y la enriquece. Encontraremos sonidos, capítulos adicionales, videos e incluso un blog, que el protagonista principal confecciona mes a mes, dando continuidad a una novela que no acaba en el último capítulo.

     

    Por poner un ejemplo, qué mejor que el enlace a un artículo y una obra que se publicó precisamente en esta revista: http://www.fronterad.com/?q=node/1234  

     

    Es una apuesta que parte de un convencimiento y de una trayectoria marcadamente digital, como lo es mi toda mi obra anterior, y que recopilo en la web: http://benjaminescalonilla.info/ 

     

     

     

    Nota previa del editor

     

    Esta novela refleja el papel fundamental de Internet en la comunicación de la generación tch!

    A lo largo de los capítulos se han incluido llamadas que redirigen a la página web y que complementan la experiencia de la lectura. Por un lado, hay enlaces que remiten a contenido propio de la novela que, por sus características (sonido, animación, ilustración…), se han publicado en el entorno digital. Por el otro, hay remisiones a las obras de los artistas que se mencionan en el texto. Los enlaces a estas creaciones se han recopilado en la página web (http://www.colectivotch.com/referencias.html), clasificados por capítulos.

    http://www.generaciontch.com, es una web viva que periódicamente incluye, altera o mejora su contenido, tanto en los dos aspectos ya mencionados, como en el resto de información que te ofrece.

    Si deseas recibir información sobre dichas actualizaciones, puedes enviar un correo a: informa@generaciontch.com.

     

     


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