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Malabo el blog de Juan Tomás Ávila Laurel


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13 de agosto, 2012

Los goles en la lucha contra la dictadura guineana

 

El título de este artículo hace mención a lo que ya se conoce de sobra, la dictadura corrosiva dirigida por Obiang, pero uso la palabra gol en su doble acepción, la inglesa, entendida como meta, objetivo, y la española,  entendida como logro. Antes de hablar de los logros y objetivos pendientes en nuestra lucha contra la dictadura, haremos un recordatorio de la situación del país a días fecha:

 

Unos señores que heredaron el poder colonial se vieron abrumados por una realidad desconocida para ellos y casi se tiraron al monte, en vez de sentarse a gobernar. Entre ellos dejaron irreconocible el país que recibieron, cometiendo tantos crímenes que incluso se asquearon y decidieron darse un respiro. Se repartieron las tareas, pero uno se fue de la lengua y hubo un refriega. De ahí emergió la figura de Obiang, quien se atribuyó la victoria y desde aquella fecha se asentó en la silla vacante. Guinea conoció calamidades, pasó el tiempo y al día de hoy el país tiene un montón de dinero, hecho que permitió que el jefe tuviera muchos hijos, a los que va paulatinamente colocando por los mejores puestos del país, al tiempo que les consiente todas las fechorías que cometen.

 

A todo esto, los ciudadanos no tienen ninguna esperanza de que serán libres ni de que les tocará una vez gozar de los recursos del país. O sobreviven a base de palos, o se van del país. O se idiotizan cerrando los ojos para no ver qué hará el verdugo de turno con ellos. Si siguen vivos, alaban al dictador y se suman a sus filas. Mejor dicho: Con el dinero que hay, estos tíos del poder se pegan la gran vida por todo el mundo y no dejan nada a nadie que no sea de su familia, amigos y aduladores sin alma. Con el dinero sobrante, que sería el que debería destinarse a dar vida el resto de los guineanos, se compran armas en el extranjero y se pagan mercenarios. Armas y mercenarios para entrenar y pertrechar a los que vayan a reprimir a la población, tarea en la que llevan 30 años. ¿Alguien se imagina esta irrealidad? Con tu dinero se arman y te machacan. Y encima, vives en la miseria más atroz.

 

De esto que estamos contando saben todos los guineanos, y alrededor de este hecho hay unos señores que el régimen da un trato vejatorio, los opositores. Estos, estén donde estén, deben saber muchas cosas:

 

—Deben saber que necesitan muchos compañeros, incluso que involucren a todos los guineanos.

 

—Deben saber que no están luchando por el poder, sino por la libertad de su comunidad. ( O no deberían estar luchando por el poder).

 

—Por el hecho anterior, la tontería esa de que “quien aguanta, triunfa”, que alguna vez han soltado por ahí, no tiene sentido. Consecuentemente, no serían considerados más listos si esperan que otros partan el pecho por todos y aparezcan para gozar. Y es que de listos estamos escaldados.

 

En todo este asunto están los que se llama peyorativamente pueblo. Bueno, el pueblo guineano. Sobre este pueblo ya no hay nada que decir. ¿Pero no suena raro que haya gente que viva, goce, se ría, baile y diga sandeces en un país donde por discrepar te impiden ganar para vivir? Y relacionando a la gente que actúa sólo para sí, que vive ajeno a lo que hacen los opositores, ¿cómo justifico la situación del hombre que “no se mete en política”, y por esto tampoco “se mete en problemas” con los verdaderos opositores, estos que no pueden ganar nada al mes porque el régimen no deja que trabajen? Creemos que si existe este pueblo, es una situación de la que se tiene que encargar. Entonces debería estar muy claro que estos opositores no sólo luchan por el poder. Eso no lo dijimos para llenar páginas. No puede triunfar nuestra lucha si el pueblo no se implica. Los héroes salvadores ya no existen. Y hablando de héroes, no hace falta ser uno para saber que algo no funciona en mi comunidad si hay unos que pueden perder la vida si piden una vida mejor para todos. Y esto es normal en Guinea Ecuatorial.

 

Relacionado con todo lo que acabamos de decir, está la cuestión esta de esta docena de malos guineanos que antes se llamaron opositores, y sin probar siquiera los rigores de su elección, pasaron a engrosar las filas de los aduladores de los que mandan. Esto es una traición que, de primeras, debe merecer el desprecio de esto que llamamos pueblo. Y porque si empezamos a asquearnos por estos hechos, enseñaremos a los que piensan seguir en esta vida parásita que es algo feo, un hecho que va en contra de los deseos de los guineanos. Afear esta conducta es urgente y necesario.

 

¿Hemos metido algún gol? ¿Queda goles pendientes que meter? Sin duda alguna, por la presión ejercida en muchas partes hemos conseguido que el mismo desgobierno guineano admita que dilapidar los recursos naturales del país es normal, y no es considerado un delito. Lo ha dicho con voz propia en el asunto de los bienes confiscados en París, la capital de uno de los países que más ha incurrido en injerencia en los asuntos africanos. El asunto de los bienes mal adquiridos ha mostrado una cara del régimen que no conocíamos: no se enfrentan a la justicia como era de esperar, amparados, incluso, en leyes sobradamente conocidas. Ladran desde lejos, como cobardes. Dejaron atrás la bizarría de la que hacían gala. Mostraron su punto débil. Mostraron una vileza impar.

 

Relacionado con este hecho, está el descubrimiento de que el extranjero más lejano ya no desconoce nuestra situación. De hecho, las noticias sobre las pesquisas de la justicia extranjera sobre los manejos criminales de la cúpula dictatorial ya son conocidas. Si persisten en las mismas, dentro de poco quedarán pocos países donde guardar lo hurtado al pueblo. Este es un gol bien metido a los criminales que nos mangonean impunemente.

 

Ahora ya sabemos que creen que cualquier hijo del que manda no puede disponer de los recursos nacionales para sus caprichos. Lo hará, pero en ámbitos tan privados para que no les alcance la ley extranjera. Lo peor, todo hay que decirlo, es que este descubrimiento de su lado débil suponga más represión interna. O sea, estos golpes de la verdad los sufren los que están en casa. Los guineanos.

 

Con los vientos corrientes, es urgente meter otro gol. O sea, quedan todos los objetivos pendientes. Uno de ellos es rescatar el país de las potencias mundiales que lo parasitan con la excusa del beneficio de sus recursos de su subsuelo. Y es que ya no sorprende  saber que los individuos que mejores migas hacen con la dictadura provienen de países donde la marginación a la raza negra se hizo sin ningún tapujo. ¿Alguien dudaría en ver el paralelismo entre la batida de negros que se hacía en tiempos de la esclavitud con este infame trato que el régimen ha dado a los fugados de la cárcel? Y es que el régimen guineano tiene lo peor de los peores regímenes de los últimos 300 años.

 

En la lucha contra esta oprobiosa opresión a la que estamos sometidos nos encontramos con obstáculos diversos. Uno de ellos tiene que ver con problemas relacionados con la misma opresión, y es la cuestión de quién se siente maltratado y quién maltrata a quién en la no-república de Guinea Ecuatorial.  La prosa sería esta:

 

Yo soy fang, y como tal, no doy mi brazo a torcer porque la mayoría es la mayoría. Como bubi que soy, no perderé mi tiempo en una lucha de la que se beneficiarán los de siempre. Ya hicieron lo mismos estos salvajes del bosque. Ahora quedaremos con los brazos cruzados hasta que… Y como annobonés, ya desde siempre no somos nadie, que  luchen ellos. Estos fang harán lo mismo, lucharemos por ellos para que alcancen el poder. Los individuos de las minorías no quieren luchar, sólo quieren gozar del régimen. Si estos alcanzan el poder, nos echan al mar. Si estos gobiernan un día, nos crucifican. La cuestión guineana es que los fang han pactado mantener este poder hasta siempre, así que no vale la pena luchar. El poder en manos de la mayoría garantiza la paz, la unidad nacional, etcétera. Hay que seguir así y punto. Cualquiera que asuma el poder haría exactamente lo mismo, así que, ¿para qué cambiar nada?

 

Esta prosa pecaminosa debe ser desterrada, y por una sencilla razón: el mal nunca debe tener ni la justificación más pequeña. En nuestro empeño personal por alcanzar la libertad, nuestra determinación deberá estar intacta hasta que eliminemos todos, absolutamente todos los impedimentos de nuestro goce de la libertad. No quedará resquicio alguno por el que se filtre la posibilidad de que unos hombres dispongan de la vida de otros. O sea, los que luchan deben creer que buscan una liberación total. Si van con este empeño, en este caso sobran justificaciones que retrasan o estorban su lucha. Conocido lo que me oprime, no necesito otra razón para emprender mi lucha. Y de este punto ya hicimos mención cuando hablábamos de los opositores que no luchan. El que verdaderamente siente sobre sí el peso de la opresión no repara en otros condicionamientos humanos para luchar. Es un mal signo, pues, buscar justificaciones para no hacer nada. Peor signo pensar beneficiarse de la lucha de otros.

 

El abordaje de otros goles pendientes en la lucha contra la dictadura nos permitirá decir que es la obscura realidad de un régimen inhumano el que nos impide saber que la recompensa por la lucha por una causa justa nos alcanza más allá de la muerte. Aunque suene cursi, para los que verdaderamente luchan por la justicia y por un mundo mejor, la muerte no es el final. Esta es la única creencia por la que se alcanza el estado inmortal de héroe. Vivir más allá de una proeza es un regalo inesperado del destino.

 

Ya no son tiempos para la esclavitud, los tiempos de la esclavitud terminaron. O así creíamos hasta que nos vimos envueltos en la dictadura de Obiang. Sabiéndonos esclavizados,  no tiene sentido ninguno que me quede lamentando en el triste rincón donde me tiene recluido el que se adueña de mi vida. Lucha pues, o entrégate al destino que ha trazado para ti el amo que te esclaviza. Sonroja, por esto, creer que podemos sostener las razones de nuestra inacción.

 

Barcelona, 13 de agosto de 2012

 

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