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    Goliat contra Goliat en el Mar de China Meridional

    Javier San Martín - 26-09-2012

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    Y David mató a Goliat. El pequeño pastor derribó al gigante filisteo con solo una horda y una piedra. Si se hubiesen enfrentado dos gigantes en aquellas tierras bíblicas, seguramente hubieran acordado una guerra fría, al estilo Truman-Stalin. China parece destinada a convertirse en el segundo Goliat que, frente el gigante estadounidense, quiere consolidar su lugar en el mundo. Uno de los tableros diplomáticos más candentes se encuentra en el Mar de China Meridional, donde ambas potencias se observan detenidamente. Con el resurgimiento del país de los pandas, los analistas se preguntan si será posible un equilibrio pacífico o los roces con Washington terminarán en un conflicto armado inevitable aunque a largo plazo.

     

    Como en otros tantos conflictos, la madre del cordero en este caso se encuentra en los combustibles fósiles que tanto necesita China –y el resto de los países- para alimentar su rápido crecimiento económico. Pekín alega razones históricas para reclamar la mayor parte de las islas y aguas de este mar al que llegó a calificar como el “Segundo Golfo Pérsico”. Por su parte, Taiwán, Vietnam, Filipinas, Indonesia y Brunei también reclaman parte o casi la totalidad de las islas e islotes, principalmente en los archipiélagos de las Spratly y Paracel, asentados en potenciales reservas de petróleo y gas.

     

     

    De Sandokán a la guerra del Pacífico

     

    El Mar de China Meridional evoca más a Sandokán, el tigre de Malasia de las novelas de Salgari, que al posible escenario de una guerra. El escritor norteamericano Tom Clancy sí vio el potencial bélico de este rincón del Pacífico en su novela SSN (1996), que relata las peripecias de un submarino estadounidense durante un conflicto dramatizado entre China y Estados Unidos en las islas Spratly. En la película de James Bond El mañana nunca muere (1997) es un malvado empresario el que hunde un barco británico en estas aguas con el objetivo perverso de provocar la tercera contienda mundial.

     

    En el mundo real las cosas no están tan mal. Las escaramuzas entre navíos, la mayoría chinos contra filipinos y vietnamitas, no han igualado la virulencia de otros choques ocurridos hace décadas. Sin embargo, la ascensión del poder económico y militar de Pekín frente a Estados Unidos y sus ambiciosas aspiraciones en estas aguas siembran los vientos que pueden escalar en tempestades bélicas en el futuro.

     

    A ningún gobierno le conviene un conflicto armado en estas aguas, que también son un importante caladero para la pesca y una de las principales vías marítimas de cargueros y petroleros del mundo. China, con diferentes tensiones internas a veces contradictorias, ha reiterado que aboga por la diplomacia, aunque se muestra bastante inflexible en sus reivindicaciones y de vez en cuando aumenta el tono de sus amenazas.

     

    Recientemente, un experto chino alegó que su país no reclama todo el Mar de China Meridional: “Sólo el ochenta por ciento”. Así lo explicaba Wu Shicun, del Instituto Nacional para los Estudios del Mar de China Meridional en la isla china de Hainan, en un artículo publicado en el International Herald Tribune. China podría imponer su poderío militar sobre el resto de los contendientes, pero esto desencadenaría un enfrentamiento con Estados Unidos, convertido en el adalid de las pequeñas naciones contendientes, aunque siempre desde una ambigüedad medida.

     

    Los americanos temen que con el dominio chino sus barcos no puedan navegar libremente por este mar. Washington no oculta su apoyo a Filipinas, su protegido en la región, y pide soluciones “diplomáticas”. Los yanquis, en definitiva, no quieren perder además la hegemonía que ha ejercido en el Pacífico, y en resto de los océanos, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

     

     

    La guarnición del lejano Este

     

    Como en las heroicas y controvertidos fuertes del Viejo Oeste norteamericano del siglo XIX, las autoridades chinas establecieron el pasado julio una guarnición militar en un islote del Mar de China Meridional. La isla de Yongxing (también conocida como Woody) está situada en las Paracel y a unos 200 kilómetros de la provincia china de Hainan. Mide sólo unos 2 kilómetros cuadrados, la mitad de la isla de Lobos en Canarias, pero su importancia estratégica es capital. Desde este enclave, el gigante asiático pretende “administrar” los archipiélagos Spratly y Paracel, así como las islas Zhongsha (también conocidas como el Banco Macclesfiel).

     

    Yongxing tiene su propio hospital y un aeropuerto con la mitad de su única pista de aterrizaje construida sobre el mar. El ayuntamiento de columnas y bóveda blancas neoclásicas parece una pequeña Casa Blanca construida en una postal tropical del Pacífico. De sus 3.000 habitantes, un tercio son policías y militares. Estados Unidos protestó inmediatamente cuando el Ejecutivo chino elevó al estatus de ciudad la localidad en este islote, Sansha, el 24 del pasado julio.

     

    Una periodista china me contó un día que si estas aguas han sido bautizadas como Mar de China Meridional, por lógica, deberían pertenecer a China. Era una broma, pero refleja el sentimiento de muchos ciudadanos e historiadores del país natal de Confucio. La guerra de nombres ha llegado al punto de que Vietnam y Filipinas han bautizado a este mar como el “Mar Oriental” y el “Mar de Filipinas Occidental”, respectivamente.

     

    China alega que sus navíos han surcado estas aguas durante muchos siglos. “Los chinos hemos pescado y realizado actividades económicas en ese mar. Y tenemos muchas pruebas, incluidos mapas que datan de la dinastía Ming, elaborados por Zheng He, un famoso almirante chino, o un libro llamado Yiwuzhi, de la dinastía Han”, explicó el profesor Li Jiming, de la Escuela de Estudios del Sudeste Asiático en la Universidad de Xiamen, en China.

     

     

    China se arma

     

    La mayoría de los enfrentamientos en el Mar de China Meridional no han pasado de escaramuzas, principalmente entre navíos de vigilancia y embarcaciones de pescadores o barcos de exploración petrolera.

     

    Los choques, de más o menos virulencia, se repiten periódicamente. Un caso ocurrió en 2009, cuando un navío chino acechó a un barco de exploración estadounidense que navegaba a unas 120 millas náuticas de Hainan. Filipinas llegó a enviar un buque militar al atolón de Scarborough el pasado abril, tras el enfrentamiento con navíos chinos, pero terminó retirándolo.

     

    Pese a los temores de escalada bélica, estos enfrentamientos están aún lejos del choque letal que protagonizaron las fuerzas armadas chinas y vietnamitas en 1974, que terminó con la victoria de Pekín, que se hizo con el control de las Paracel. La batalla se saldó con 18 muertos del lado chino y 53 del vietnamita. En 1988 se volvieron a enfrentar en el archipiélago de las Spratly, donde murieron decenas de militares vietnamitas. Ambas batallas, no las únicas pero sí las más sangrientas, han dejado heridas aún por cicatrizar en ambas naciones.

     

    En los últimos años, China ha levantado un ejército de 2,3 millones de efectivos. Su marina cuenta con 29 submarinos armados con misiles, cuando en 2002 sólo tenía dos. Se prevé que gaste este año más de 100.000 millones de dólares en sus fuerzas armadas, aunque algunos analistas hablan de hasta 160.000 millones. Según la consultora SIPRI, podría superar para el 2035 la inversión militar de Estados Unidos, actualmente cinco veces superior. Pekín fletó el año pasado su primer portaaviones, al que las autoridades han bautizado Shi Lang en honor al almirante que conquistó Taiwán en 1681, recuerda la revista Jane’s especializada en temas militares.

     

    Aunque se trata de la remodelación de un viejo modelo soviético que será utilizado principalmente como base de entrenamiento, el ejército planea la construcción de al menos tres más. Con el aumento de las tensiones y el ascenso chino, Estados Unidos ha iniciado un traslado de sus fuerzas al Pacífico. El año pasado, las autoridades norteamericanas anunciaron que para el 2020 habrá trasladado el 60 por ciento de su flota a este océano. Su superioridad es hoy día indiscutible. Washington tiene garantizada la hegemonía de los mares, y por ende del mundo, con sus 11 portaaviones, los mismos que suman el resto de las naciones del mundo y de los que 6 se encuentran ya en el Pacífico.

     

    “Nuestra inclinación hacia la región de Asia-Pacífico no es un intento de contener a China. Tiene el objetivo de colaborar con China e incrementar su papel en el Pacífico”, ha dicho el secretario de Defensa de Estados Unidos, Leon Panetta, tras su reunión en Pekín con vicepresidente chino, Xi Jinping, postulado a convertirse en el máximo líder del país a finales de año.

     

    China no parece creer demasiado en las intenciones estadounidenses y por eso se arma y se prepara para el día en que eche el órdago sobre sus reivindicaciones. Espera que Estados Unidos baje alguna vez la guardia o pierda capacidad para sostener su superioridad militar. Además, en caso de un eventual conflicto en el Mar de China Meridional, las autoridades chinas contarían con la ventaja de encontrarse a un paso de sus líneas de abastecimiento desde tierra.

     

    Por cierto, ambas potencias tienen la bomba nuclear. La apocalíptica arma que causó una de las mayores matanzas de civiles de la historia al final de la Segunda Guerra Mundial y también mantuvo a raya a Estados Unidos y a la Unión Soviética durante décadas.

     

     

    La ley del mar

     

    El mapa que ilustra las reivindicaciones de Pekín en el Mar de China Meridional es conocido como las Líneas de nueve trazosLengua de vaca, en referencia a su silueta. Su trazado parte desde el norte de Filipinas y, bordeando la antigua colonia española, desciende hasta la isla de Borneo y vuelve a subir pegado a las costas vietnamitas. Los chinos arguyen que no reclama el mar en sí, sino las islas (principalmente Spratly y Paracel) y su derecho sobre sus aguas jurisdiccionales. Por ello, se arrogan el derecho a reclamar soberanía sobre islas y aguas, incluso a escasos kilómetros de Vietnam, Filipinas o Taiwán.

     

    El problema con este planteamiento, además de los otros países que de facto o de iure reclaman los mismos archipiélagos y aguas, es que la mayor parte de los islotes en Spratly y Paracel no tienen entidad suficiente para ejercer soberanía marítima, según las leyes internacionales.

     

    El factor determinante del resto de los países contendientes es la falta de unidad. El Gobierno del Kuomintang elaboró el primer mapa de la Lengua de vaca en 1947. Tras su exilio a Taiwán, el Kuomintang conservó sus reivindicaciones, que también asumió el bando victorioso de los comunistas.

     

    El resto de los países con reivindicaciones en este mar pertenecen a la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). Entre éstos, Vietnam exige derechos sobre Spratly y Paracel, mientras que Filipinas, Malasia, Brunei e Indonesia sobre grupos limitados de islas.

     

    El mayor desafío diplomático es que China se niega a aplicar la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, que reserva 200 millas marinas (370,4 kilómetros) a partir de la costa del país soberano. Indonesia insiste en buscar una voz común dentro de la ASEAN, aunque no consigue cosechar ningún acuerdo, en parte debido a la ascendiente china en algunos de sus miembros como Camboya. Las autoridades de Pekín han reiterado su exigencia de abordar las diferencias de forma bilateral.

     

    En su registro más conciliador, China habla de “dejar de lado las disputas y comprometerse en la explotación conjunta” de los recursos de este mar. Se trata de la propuesta realizada en los años 80 por el difunto dirigente chino Deng Xiaoping en una visita oficial a Filipinas.

     

    Pero ni los filipinos y menos los vietnamitas se fían de su hermano mayor. En una conferencia reciente en Bangkok, Henry Bensurto, de la Comisión Marítima del Ministerio de Exteriores filipino, lo describió de forma muy gráfica: “Es la diplomacia de te pido la mano y te cojo el brazo”. Todos tienen claro que una guerra no beneficiaría a nadie, menos a los más pequeños. Pero en caso de conflicto, países como Vietnam han demostrado su tenacidad. No sólo en la guerra contra Estados Unidos, sino en la que libró en la frontera con China en 1979.

     

    Un refrán vietnamita advierte de que este país “no empieza las guerras, pero sí las termina”.

     

    Aún están lejos los nubarrones que desaten las alarmas. Pero es evidente que China incrementa el tono de sus reivindicaciones soberanistas, no sólo en el Mar de China Meridional, sino en los mares e islas en la franja del Pacífico que considera clave para su seguridad nacional. Las tensiones con Japón por el archipiélago de las Diaoyu (Senkaku en japonés) es otro capítulo de la estrategia china en lo que considera su espacio vital.

     

    Puede que el Goliat chino y el estadounidense continúen jugando a la estrategia de la contención, pero no hay garantías. Estados Unidos siempre ha seguido una política de intervención y nunca ha dudado en usar la fuerza. Y China parece que tiene meridianamente claro su ventaja en el caso del Mar de China Meridional. Y si no, lean estas palabras que pronunció el ministro de Exteriores chino, Yang Jienchi, en una cumbre de la ASEAN: “China es un país grande y otros países son pequeños, se trata tan sólo de un hecho”.

     

     

     

    Javier San Martín es periodista 

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