Broche usado por las enfermeras de la División Azul. Fuente: militariamania.blogspot.com.es

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    'Gritad concordia'. Combatiente en Rusia, Ridruejo se entrevista con Franco

    Rafael Fraguas - 13-11-2012

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    —Don Dionisio, soy Jacinto Esquivel y le telefoneaba porque don Luis Carrero quiere verlo esta tarde en su despacho, a las cinco en punto.

    —De acuerdo, allí me tendrá a esa hora —respondió con un picor extraño dentro del pecho, el mismo que solía anunciarle acontecimientos de desenlace complejo.

     

    Barruntó la causa posible por la cual el marino y confidente de Franco lo había mandado llamar. Tal vez el pretexto sería poner broche al asunto del marino de Santoña, se dijo, aunque, a ciencia cierta, Carrero no dejaría pasar la ocasión para averiguar más cosas. Pero ¿cuáles? ¿Se había informado quizá de la identidad de la persona que se hacía llamar Dionisio Ridruejo? Aquellas dudas martillearon su cerebro hasta la tarde, en que acudió con cierta antelación a la importante cita, en la plaza de la Marina Española, no lejos del Palacio Real.

     

    —Pase, pase. —Carrero le hizo un gesto con la mano—. Acomódese, por favor. Verá, Ridruejo, he dispuesto que Frutos Vallina Santos figure en la estela mortuoria con nuestros héroes de la Cruzada que vamos a inaugurar el próximo otoño en Santoña. ¿Qué le parece?

    —Me parece excelente, don Luis. Creo que merece figurar en el lugar de honor que le corresponde.

    —¿Ha recibido buen trato de mi teniente Esquivel? —preguntó con una leve sonrisa.

    —Bueno, a decir verdad, don Luis, las gentes del mar son especialmente rigurosas y severas, pero conmigo ha sido atento, seguro que por su indicación.

    —Entendido, ya le diré que sea más cordial —sonrió de nuevo Carrero—. Verá, Dionisio, tengo una inquietud grande. Desde que ha regresado usted y algunos de sus compañeros heridos de Rusia, el punto de vista sobre el curso de esa guerra parece haber variado sustancialmente en Madrid. Usted es un hombre muy bien informado, también muy relacionado, y a mis oídos han llegado noticias de que ve las cosas allá muy mal —comentó con cierta, aunque medida, intimidad.

    —Señor, nada más lejos para un hombre leal como yo que el dar versiones..., cómo diría..., pesimistas o derrotistas de una guerra en la que uno se halla concernido... combatiendo... —dijo Teobaldo tartamudeando.

    —Claro que sí, Dionisio, tiene razón, una cosa es el derrotismo y otra bien distinta, el realismo: quiero que me diga exactamente cómo ve el curso de esa guerra en Rusia, con llaneza.

    —Voy a darle mi interpretación de lo que allí sucede.

    —Eso es, precisamente, lo que deseo, Dionisio, hable con toda franqueza, pero le ruego que eso que me va a contar se lo diga antes a nuestro Caudillo.

     

    Con sorpresa, Teobaldo averiguó que era preciso ponerse en pie, cosa que hizo al punto. Esperó ver al general cruzar la acristalada puerta del despacho de Luis Carrero Blanco. Pero no fue así. Éste lo invitó a seguirle y a subir hasta un rellano de la escalera del palacio y allí tomó con él un montacargas metálico que descendió hasta un cuarto sótano. Pasillos alfombrados y decorados con esa disposición típicamente masculina de los cuarteles guiaron a Luis Carrero y al doble de Dionisio Ridruejo, Teobaldo Aparicio, hasta el corazón del que un día fuera residencia del valido de Carlos IV, Manuel de Godoy, luego residencia del gobernador de Madrid impuesto por Napoleón, Joachim Murat, con posterioridad Ministerio de Estado y Marina y, ya en el siglo XIX, palacio del Senado. Fue preciso cruzar por una ensenada de escaleras, desde cuyas barandillas se apreciaba la hondura hacia la que ambos descendían. La profundidad de la cámara donde ahora se hallaban le hizo pensar a Teobaldo en algunas de las dependencias más recónditas de la Lubianka de Moscú, donde en más de una ocasión él había conversado con la mano izquierda de Laurenti Beria, Anatoli Merkulov, y de su brazo ejecutor, Pavel Sudoplatov, del cual Jacinto Esquivel, dedujo, debería estar recibiendo por conductos en extremo reservados las instrucciones precisas para desplegar más aún aquella misión secreta, que Moscú consideraba crucial.

     

    De un salón circular con cortinajes de raso rojo acordonados con cingulillos trenzados de hebras doradas surgió Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España “por la gracia de Dios”, según rezaban las últimas monedas españolas recién troqueladas. Teobaldo Aparicio, alias Dionisio Ridruejo, no lo había visto más que en dibujos de mala calidad, años atrás, cuando era combatiente en la Guerra Civil y ojeaba en algunas pausas del combate la Prensa comunista. Franco era en verdad de muy baja estatura aunque sin llegar a ser enano, claro, como la propaganda rusa lo definía; el cabello negro, con entradas; voz aflautada, pecho alzado y el trasero ligeramente respingón; de andar resuelto y movimientos precisos, mostraba sus manos enfundadas en guantes marrones, en piel de cabritilla, que no se quitó ni antes ni después de estrechar las suyas. Había un perenne ademán altanero en sus modales que confundía sobre su verdadera actitud: a Teobaldo le resultaba difícil distinguir si la mediocridad buscaba en él a ciegas el talento o el talento se ocultaba siempre, y sin remontarla nunca, bajo la sombra de la mediocridad.

     

    La proximidad del general Franco provocaba en Teobaldo una especie de zozobrante dentera, muy acentuada todavía por la agudeza de su voz y el recorte, seco, de sus frases, que buscaban con denuedo plegar toda la realidad sobre sus palabras, a modo de un rollo embutido y átono: no parecían perseguir la confrontación, ni el debate con el interlocutor, ni su enriquecimiento mediante el concepto allegado a las suyas por palabras otras, sino más bien trataba de conseguir a toda costa la nuda aceptación sin rechistar de aquel hacia el que las enviaba.

     

    Teobaldo lo miró detenidamente, con oculta perplejidad: se decía que allí mismo, ante él, estaba el flagelo de la España trabajadora; la marioneta perfecta de los ganaderos, terratenientes y oligarcas de Salamanca, de Extremadura y de Andalucía; de los empresarios-pistoleros de Cataluña; de los industriales lameculos de Asturias y de Bilbao; la expresión más burda del yugo del latifundismo y del retrógrado capital agrario sobre la historia española desde que los Trastámara, en pleno siglo XIV, para colocarse la corona de Castilla sobre sus sienes y hacerse perdonar su bastardía, comenzaran a entregar privilegios sin cuento, las mercedes de Enrique II, tierras, predios, armas y blasones a aquella recua maldita de señores de la sangre, cuya avidez tanto los había desde entonces encumbrado gracias a la destreza en blandir el puñal, en enunciar distraídamente las más viles amenazas. Ah —Teobaldo se decía—, recua infecta, señorío pelón, crueles, fatuos, ignorantes, carne de escuela...

     

    —Caramba, Dionisio, parece usted otro —le dijo Franco.

    —Usted sigue siendo nuestro Caudillo invicto, señor —replicó azorado Teobaldo.

    —Dejémonos de cortesías, Dionisio. Ya sé que ha visto a Ramón y a Zita; mi esposa, Carmen, me lo contó hace días. También sé que se ha entrevistado en Palma con Hedilla Larrey y yo me pregunto: ¿qué juego es éste?

     

    Duro le entraba su anfitrión. El territorio comenzaba a definirlo él. Pero Teobaldo no vaciló más que un instante. Un segundo pensó cómo replicaría Ridruejo al lance recién planteado por el general.

     

    —Verá, señor, yo sigo siendo falangista y compañero de mis compañeros. Sólo he ido a decirle a Manuel en su retiro que, a mi vuelta de Rusia, Falange ha demostrado con su sangre derramada en las tierras rusas que el ejemplo de José Antonio sigue vivo en miles de camaradas que allí combaten —explicó sabiendo que Franco percibiría su mensaje.

    —Precisamente... tengo testimonios de ese heroísmo... y me regocija saber que así sea aunque creo, por el contrario, que sus puntos de vista sobre las cosas en el frente ruso no son nada esperanzadores.

    —Créame, señor, no quiero en absoluto que mis palabras puedan indicar pesimismo o derrotismo de ningún tipo —respondió Teobaldo con un ademán de contrición.

    —Mire, Dionisio, usted no se ha caracterizado precisamente por endulzar la verdad, más bien por describirla incluso con crudeza; ya sabe que mi memoria es muy buena y recuerdo bien el papel que desempeñó usted en Salamanca cuando se encabronó tanto tras el necesarísimo Decreto de Unificación, que tan mal les sentó a usted y a Hedilla... así que le pido que nos cuente la verdad de su opinión sobre lo que allí está pasando —le espetó Franco con premura, mirándose las puntas de los dedos de sus enguantadas manos.

     

    Teobaldo intentó recordar velozmente los sucesos de Salamanca, acaecidos seis años atrás, cuando la desaparición física por fusilamiento en Alicante de José Antonio Primo de Rivera, cuyo carisma mantenía unidas a las dos alas de Falange, populista y aristocraticista, había hecho saltar en añicos la organización, en una gravísima guerra interna que se saldó con más de 400 detenciones, un centenar de penas de muerte, luego conmutadas, y la completa sujeción por Franco de la organización mixta por él creada, FET de las JONS...

     

    —Antes quiero darle una información preliminar que considero importante —apuntó Teobaldo, con la mente enfebrecida intentando idear un discurso mínimamente coherente.

    —Adelante, adelante, Dionisio —respondió Franco con interés.

    —Asistí al interrogatorio de un comisario político de alta graduación, creo que era coronel-general, muy gordo..., perdón..., muy importante —corrigió Teobaldo—, de nombre Kaspar Yefremovich Polanski, al que habíamos hecho prisionero en un asalto a las posiciones soviéticas en Vnukovo, en el que participé a las órdenes del teniente De la Rasilla... —explicó.

    —Sí, sí, conozco a su familia, algunos son de Béjar... —apuntó el general Franco.

    —¿Y qué os contó ese judío?

    —Era coronel-general, os decía. Estaba malherido y le golpearon mucho hasta reducirlo. Mientras llegaban los interrogadores de la Policía Militar alemana, que mandaba un hombre vestido de paisano llamado Rudolf Nagelfeldt, nos dijo que un infiltrado de su red en Berlín estaba al tanto de una serie de entrevistas discretas, en horas intempestivas y de carácter “estrictamente político”, de don Agustín con un tal Martín Bormann, del círculo más íntimo del Führer. Eso es lo que nos dijo...

     

    Se hizo un incómodo silencio. Franco lo miraba con ojos cuya expresión en principio burlona preludiaba algo mucho más grave y otro de cuanto mostraba...

     

    —Pero debo apuntar, señor, que los rusos son especialistas en lo que ellos llaman desinformatzia, que aquí podríamos traducir por manipulación o intoxicación informativa, y que puede tratarse de una operación para sembrar dudas sobre la honorabilidad del mando...

    —Eso ya lo valoraré yo, Ridruejo. Lo que me interesa es saber si usted ha visto... miras políticas... Eso, miras políticas... en la actitud del mando nuestro allí —le preguntó Franco sin rubor, mientras sonreía entre dientes y su sonrisa se distanciaba inexorablemente de su mirada.

     

    Teobaldo comenzó a sudar y un vértigo súbito se adueñó de él, haciendo pender de su estómago hacia un abismo raro y otro. Sufrió un ligero desvanecimiento...

     

    —¿Qué le sucede, Dionisio, se encuentra usted mal?

    —No, señor, tal vez la medicación que sigo tomando me hace de vez en cuando sufrir estas jugarretas. ¿Me permite pasear por la sala, por favor?

    —Naturalmente que sí, pasee cuanto necesite... La medicación contra la úlcera gástrica es muy dura —le dijo el general mientras mantenía su mirada sobre los guantes.

    —Más bien contra la neumonía, señor —precisó Teobaldo, que intentaba ganar tiempo para responder a la pregunta de Franco como lo hubiera hecho Dionisio Ridruejo. Pero pugnaba con denuedo para apartar de su propia actitud la evidencia de que su conocimiento sobre el ser y el actuar del jerarca falangista soriano, paisano suyo, al que Franco sin duda conocía bastante bien, más que en sus fugaces encuentros durante su infancia en El Burgo, en Segovia y en el frente de Leningrado, lo había ido adquiriendo en las escasas semanas que llevaba en Madrid y siempre por testimonios tamizados por intermediarios que lo conocieron. Teobaldo había intentado reconstruir sobre sí la figura, el pensar y el actuar de Dionisio, también su arqueo de hombros, pero sin más guía que las proyecciones que sobre su naciente hechura sus amigos y allegados perfilaban. Todo aquel turbión de pensamientos cortos se desplegaba sobre él en fracciones de segundo que cruzaban por la mente de Teobaldo con vertiginosa velocidad, pero dejaban el poso de lo que, en ese preciso momento, él necesitaba. Sabía que el menor error podía costarle la vida a él, a Jacinto y a toda la red de informadores y cuadros comunistas que, con verdadero heroísmo —creía él que en Moscú pensarían— mantenía infiltrado hasta sus tuétanos el régimen de ese general que ahora tenía enfrente. Lo más grave no era su caída por un error en sus palabras, ni el piquete de fusileros cuyos imaginados rostros le obsesionaban en pesadillas desde su regreso a España con otra personalidad impostada sobre la suya; lo que en verdad resultaría letal —se dijo— sería el alcance de su captura sobre el devenir de la feroz guerra que se libraba en los campos de Europa con millones de muertos, heridos y fugitivos que, precisamente, esa misión que él y otros muchos desplegaban en España podría contribuir grandemente a paliar.

     

    Recordó a su paisano Dionisio Ridruejo, avejentado por la vida en el frente pero casi aún un muchacho, preso, asustado y conmovido en la aldea de Trbiskino, en los arrabales de Leningrado, sollozando al ver aquel niño torturado destrozado por los nazis. Teobaldo sintió una náusea al saberse enfrente del general amigo de Hitler, cuyos hombres, borrachos de poder, también habían arrasado la casa de su familia en Ucero y eliminado a decenas de miles de hermanos proletarios, sembrando España de sufrimiento y de pena; a él mismo lo había obligado a exiliarse a Francia primero, y marchar hasta la Unión Soviética después, para regresar ahora aquí, a este búnker bajo la plaza de la Marina Española que ocultaba, quizás, uno de los numerosos escondites del general Franco para huir de la justicia del proletariado, pensaba Teobaldo, al cual con tanta saña persiguió hasta diezmarlo. Teobaldo deseó tener en sus manos un revólver, siquiera un cortaplumas, para ahorrar a los españoles el sufrimiento que aquel allí apacible militar, paranoico profundo a su juicio, ya le había administrado con extremada frialdad y cálculo, y que aún le reservaba, pero la sonrisa de su monitor en los Urales, el maestro de espías Alexander Preobrazensky, más conocido como Maximovich, le hizo recordar su frase preferida: “Tus pasiones no cuentan, sólo cuenta culminar con éxito la tarea revolucionaria e histórica que te ha sido encomendada”.

     

    Tras unos interminables minutos fingiendo una indisposición que resultara creíble, Teobaldo se recuperó gracias a un profundo sentido de dignidad que de su interior afloraba en los momentos en los que se enfrentaba con la muerte, esa vieja conocida suya que, desde el comienzo de la guerra de España, topaba con él con endiablada frecuencia. Pero el frescor de la identidad entre su ideal comunista y su realidad humana, latente sobre la piel, sobre sus venas, el recuerdo de las sonrisas de sus compañeros la víspera de su caída en combate, los senos de tanta madre española desconsolada por la muerte del hijo, los ojos serenos y azules de tantas mujeres soviéticas, le embargaban entonces y le hacían cobrar una estatura blindada a los errores.

     

    “Verá, Excelencia... En Rusia no hay una unidad de mando español, lamento decirlo pero es así. Los españoles creemos que mandamos, pero todo pasa por los alemanes, que parecen funcionarios, más que militares. Para ellos, la iniciativa está prohibida. Entiendo que la disciplina y la jerarquía son completamente necesarias en un ejército, pero es imposible conjurar los asaltos de los soviet sin la iniciativa necesaria para asaltarles a ellos primero. No sólo en Leningrado, sino también en los alrededores de Moscú y en el Cáucaso, los soviet plantean una guerra principalmente de guerrillas, mientras que los alemanes les oponen una guerra abierta, de grandes movimientos de tropas, totalmente visible, que la guerrilla partisana soviética, los spetznatz, reciben con alborozo y fácilmente desmontan con atrevidas acciones puntuales de comando: su osadía procura devastadoras pérdidas al ejército del Reich. Si me permite”, prosiguió Teobaldo, “yo lo veo igual que si se tratase de las tropas de Napoleón en España y como si nosotros fuéramos los partisanos rusos... Tal vez Hitler y sus generales emplean esos imponentes movimientos de tropas y de carros de combate con fines intimidatorios, para así reducirlos, digamos que para imponerles la aplastante presencia de su superioridad... pero, desde luego, en la pelea, me parece completamente ineficaz. Además, no hacen nada por ganarse a la retaguardia, donde la policía política y las SS hacen estragos sobre toda la población, no sólo sobre los que no colaboran con ellos...”.

     

    —¿Cómo dice que se llaman esos guerrilleros...? —preguntó con desconfianza Franco.

    Spetznatz, señor.

    —Caramba, qué buena pronunciación, Ridruejo, ¿no me diga que también ha aprendido ruso allí? —señaló Franco con retintín—. Porque ¿usted sabe también alemán, no?

    —Quien más sabe es el camarada y profesor Antonio Tovar, pero, en cuanto al ruso, yo sólo he aprendido algunas palabras, Excelencia. —Teobaldo bajó los ojos al suelo, él sí hablaba el alemán, pero en ese momento no recordaba si Ridruejo lo sabía o no.

    —Algo vamos avanzando, Dionisio, porque antes, en Burgos, usted siempre me llamaba camarada-general... —Franco se relamió los labios con una lengua brillante y puntiaguda, que contrajo hacia un lado, para clavar luego sus pequeños ojos negros sobre los de Teobaldo, que mantuvo la mirada con un destello de desafío que al punto corrigió por otro de fingido afecto.

    —Así que, en resumidas cuentas, nuestro mando no existe en Rusia, ¿verdad, Ridruejo? —volvió a la carga Franco—, y, por si fuera poco, me ha parecido escucharle que los rusos dicen que ese mismo mando nuestro chapotea cerca —o por detrás— de Hitler, ¿o no?

    —Sí, señor, así es —admitió Teobaldo mientras pasaba su mano derecha por la frente, en un gesto de cansancio.

    —Luis, por qué no dice que nos traigan un cafelito, porque ¿quiere un carajillo, verdad, Ridruejo? —Teobaldo asintió en silencio.

     

    Luis Carrero dio un súbito timbrazo con su puño sobre un artificio curvo rematado por un botón, a modo de teta niquelada, que atronaba la estancia, ya que la profundidad a la que se hallaba esa cámara subterránea hacía resonar con fuerza hasta el rumor más leve.

     

    —Como puede ver, Dionisio, hemos adaptado este viejo palacio para nuevos cometidos... Esto era una galería de tiro de un cuartel de Artillería que hubo aquí cerca y lo hemos incorporado como refugio antiaéreo... Espero que a sus camaradas no les moleste que nos defendamos mejor...

     

    Teobaldo percibió que Franco lo retaba y volvía a conducirle hacia el otro peligrosísimo frente de conversación ante el que él se sentía enormemente inseguro: Falange.

     

    —Usted sabe, camarada-general —dijo Teobaldo con una sonrisa advertida de inmediato por Franco—, que yo, antes que nada, soy o pretendo ser un poeta. Puse mi pluma al servicio de mi patria porque José Antonio me lo pidió y, ahora, también he puesto mi pistola de soldado raso para defenderla en el confín de Europa...

    —Los soldados rasos no llevan pistola —le interrumpió Franco con una mueca de sorna dirigida a Carrero que, inmediatamente, la festejó con una carcajada a medias.

    —Pero se procuran todo lo que tienen a mano para pelear, señor —expresó Teobaldo con un poso de indignación, calculado hasta el quicio mismo de su alcance para hacerse valer ante Franco en tan delicado trance. En ese momento se vio en la obligación de ponerse en el pellejo de miles de falangistas de toda España, de los que en verdad combatieron por la idea de una patria mejor, que compartirían la indignación por él mostrada, ya que de su ideario Franco había suprimido la mayor parte de cuanto implicara revolucionar el ingrato pasado que España había vivido desde la invasión napoleónica.

     

    Un ujier de uniforme azul marino con entorchados y guantes blancos entró en la cámara con una bandeja, tres cafés, dos jarritas de leche y unas piezas de bollería, cuyo aroma llegó a la nariz de Teobaldo y despertó su agrado. En el Madrid de aquellos días no era nada frecuente percibir olor tan dulce. Las alfombras parecían gozar, estrujadas, al paso del joven camarero, cuya llegada había hecho enmudecer simultáneamente a los tres comensales.

     

    Una vez que el ordenanza hubo abandonado la cámara, Franco retomó la conversación y, con firmeza, le dijo a Teobaldo: “No se encabrite con lo de la pistola, Dionisio, que no quiero tomarle el pelo. Era sólo una broma. Un soldado raso excepcional como usted debe llevar pistola siempre... Pero vamos al grano: ¿considera positivo su viaje a Rusia?”.

     

    —¿Para España o para mí, Excelencia?
—Para ambos —dijo Franco con cierto pesar.
—Señor, yo he empuñado las armas que no pude tomar el 18 de julio de 1936 por hallarme destinado en funciones de Propaganda en retaguardia, por lo cual la experiencia no ha podido ser más positiva, aunque bañada por el dolor de haber visto caer a muchos camaradas. Pero, y bien que me apena decirlo, creo que a España esta experiencia puede costarle muy cara. Muchos de los nuestros van a seguir cayendo, no porque no sepan guerrear, que lo saben hacer con bravura y heroísmo, sino porque la inexistencia de mando español y los errores en el planteamiento general de las batallas por parte de los hombres del mando de Hitler, al menos de los que yo he tenido noticia o he tratado, convierten en imposible cualquier progreso en los frentes —dijo Teobaldo con aplomo.

    —¿Ves, Luis?... No, si el cerdo del embajador sir Samuel va a tener ahora razón —dijo Franco abriendo mucho los ojos. Y volviéndose hacia Teobaldo, agregó—: Ya sabe, Dionisio, que los ingleses dicen que sin Marina de combate, Hitler no ganará esta guerra.

     

    Sus palabras marcaron una perpleja elevación de las cejas, muy pobladas, de Luis Carrero Blanco, que, al poco, mostró cierto gesto de satisfacción, como Teobaldo pudo comprobar mientras su mente seguía el tortuoso curso de los papeles que el camarada Preobrazensky le había entregado a él y que él, a su vez, había depositado en manos de Jacinto Esquivel, quien, con certeza, los tradujo y preparó para el propio Carrero. Éste era ahora quien se deleitaba por la propiedad mostrada por Franco respecto de sus siempre discretos consejos.

     

    Teobaldo pensó que, si Franco se sinceraba tanto ante él, no albergaba ya dudas consistentes sobre quién en verdad era y, lo que resultaba más importante, se mostraba decidido a actuar en ese sentido. Parecía buscar en él argumentos con los que asentar su decisión o bien dejar la responsabilidad de esta decisión sobre los argumentos de los demás. Pero interpretó que Franco le hacía tal confidencia para que él la transmitiera a su protector, Ramón Serrano Súñer, decidido beligerante a favor de la intervención española junto a los nazis en la guerra de una manera bastante más comprometida y eficaz que a través de la División Azul. Teobaldo se sintió seguro.

     

    —Ya sabe usted, Excelencia, que en Falange, sobre todo en los sectores más jóvenes y audaces, se quiere seguir adelante en el compromiso español con Hitler —dejó caer ahora Teobaldo con la mirada fija sobre la alfombra.

    —Por eso, precisamente, por eso le pido que diga a quien deba decirlo cuál es su valiosa opinión sobre este asunto —repuso velozmente Franco en demanda de diligencia a su interlocutor, mientras miraba a Carrero con un movimiento de cabeza llamándole a la aquiescencia, que llegó al punto desde el arqueo de sus enormes y boscosas cejas.

    —Así que ya lo sabe, Ridruejo. Mantenga sus puntos de vista con gallardía, aunque no quieran escucharle, porque, hoy como ayer, sus juicios tienen mucho que ver con lo que una parte importante de España piensa —concluyó Franco, mientras Carrero movía la cabeza con la mirada fija en un punto perdido bajo la mesa que delimitaba el centro geométrico de la cámara subterránea.

     

    Ya incorporado, Franco se volvió hacia él y le dijo:

     

    —Ah, se me olvidaba. Vaya a visitar al doctor Riquelme, es nuestro mejor especialista de pulmón. A mi primo Francisco lo trató de un enfisema y hoy está totalmente repuesto. Y por favor, Dionisio, no maree con lo de Hedilla, que no están los tiempos para mucha diatriba. Escriba, eso sí, que lo hace usted muy bien, con el recuerdo en nuestro tan llorado José Antonio, pero no visite extemporáneamente a los indultados de condena a muerte por traición, que esos gestos agitan los corazones de nuestros más jóvenes... Dé usted recuerdos a mi cuñado Ramón, que quizá lo ve antes que yo.

     

    Teobaldo, en pie, dio un taconazo y siguió con su mirada la salida de Franco de la cámara.

     

    Acompañado hasta la puerta por Carrero, salió a la calle con las mejillas enrojecidas por la tensión y por un aluvión de emociones que, al modo de una lluvia infiltrante, fuera anegándolo por dentro y tomando posesión de su ánimo desde que se hallara enfrente del general. Una sensación de gozo, enjundioso y manso, le inundó luego el pecho al comprobar que su misión avanzaba de manera veloz y sorprendente.

     

    La gran mole del cercano Palacio Real, junto a la que caminaba Teobaldo, se hallaba débilmente iluminada de manera que los escasos faroles cercanos hacían resaltar el brillo de la caliza de sus cornisas. Encaramadas arriba, varias estatuas de reyes visigodos parecían montar guardia ante la noche, mientras que, desde el hondón donde se hallaba el cercano Campo del Moro, ascendía un aroma a tierra mojada y a corteza de pino que Teobaldo aspiró profundamente, como para cargarse de recuerdos y añoranzas en una ciudad como Madrid, que amaba desde su primer viaje, por la belleza de sus rincones y la sinceridad de sus gentes. Recordó que, de niño, había escuchado que una reina italiana de España, Isabel de Farnesio, sufrió una horrible pesadilla cuando supo que su esposo quería emplazar las estatuas de toda la estirpe de los reyes hispanos sobre el remate de la azotea del enorme edificio palaciego, para resaltar así el poderío de su cetro. En el sueño de la reina, aquellas figuras habían caído con estruendo al suelo y se habían hecho añicos. Lo interpretó como un presagio. Por ello, la reina persuadió a Felipe V para que desistiera de su propósito y algunas de aquellas efigies en caliza agujereada, de grandes manos y atuendos a veces anacrónicos, se mostraban ahora sobre pedestales de granito a pie de calle en la plaza de Oriente, un semicírculo desierto y oscuro por donde Teobaldo cavilaba, para intentar asimilar cuanto había presenciado en el escondite del dictador.

     

    Así, se convenció de que el aliado español de Hitler buscaba argumentos para trabar una coartada y dejarle, de paso, en la estacada; y, mientras tanto, su amigo Jacinto Esquivel Urrutia, por escrito, y él mismo, Teobaldo Aparicio Huete, de viva voz, se los habían brindado gratamente.

     

    Pensó en Jacinto, conforme le había relatado su aventura, con sus gafas redondas, su pelo al rape y esa energía que parecía atesorar a solas en su pecho. Lo imaginó sobre su bicicleta, pedaleando aceleradamente entre Pamplona y Logroño con una sonrisa a flor de labios en busca de un futuro donde sobrevivir y de una libertad a la que, al poco, voluntariamente renunciaría. Más tarde, ya en Madrid, una vez sepultado en la vida clandestina y rodeado en el Ministerio de Marina por espadones deseosos de desquite, ya que no podían olvidar la aún reciente muerte de algunos de sus deudos encañonados, esposados y tirados al mar envueltos en sacos a manos de comunistas como él, veía a su amigo enfrascado en una lucha casi imposible de ganar, como la que Teobaldo también libraba, con el ánimo puesto en conseguir el pan, el trabajo y la libertad para todos aquellos que anhelaran salir de la esclavitud del régimen de Franco.

     

    Dos lágrimas asomaron entonces a los ojos de Teobaldo. Con aquella reciente conversación con el dictador y el primero de sus edecanes, gracias a una asombrosa conjunción de casualidad, sorpresa e intereses políticos contrapuestos cuyos ecos aún zumbaban en sus oídos, aquel espía casi improvisado, apenas aún un muchachote soriano, hijo de gente pobre, nieto de gente pobre, comunista y celoso de la dignidad de un pueblo rebelde, tal vez había contribuido de manera eficaz —por el esfuerzo de muchos otros, pensó Teobaldo—, a alejar de la muerte a centenares, quizás a miles, de mozos españoles; quizás en ese mismo momento se hallaran sentados junto a la lumbre de sus hogares o jugando a hacer travesuras con hermanos pequeños, ya despejada la amenaza de recibir súbitamente una orden de movilización que los llevara a la muerte segura en un inhóspito frente que, quizá, jamás ya existiría. También su puesta en escena de aquella tremenda pieza había coadyuvado, tal vez, a que Franco se desprendiera de Agustín Muñoz y debilitara la presencia española en Rusia...

     

     

     

    Este fragmento es el capítulo cinco de la novela Gritad concordia, que acaba de publicar por Plaza y Valdés editores y que discurre en unos años cruciales de la vida de Europa en los que jugó un papel de gran importancia Dionisio Ridruejo, jefe de Propaganda de Falange durante la guerra civil, que combatió en Rusia con la División Azul

     

     

     

    Rafael Fraguas (Madrid, 1949) es periodista, miembro fundador de la redacción de El País, experto en asuntos islámicos y en organizaciones de inteligencia. Licenciado en Sociología por la Universidad Complutense, como escritor es autor de Todo sobre el mundo árabe (Asesa, 1996); Madrid, los placeres gratuitos (Acento-SM, 2000) y Espías en la transición (Anaya-Oberon, 2004). Gritad concordia es su primera novela

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