Portada del libro

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    Las hadas. El (post)feminismo despistado (o la refeminización de la pobreza)

    J. S. de Montfort - 29-08-2013

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    1.

     

     

    Resulta casi redundante llamar la atención acerca del creciente interés del New Medievalism por (re)significar una serie de rasgos que compartirían el medioevo y la sociedad postmoderna (el policentrismo del poder, la precariedad de las relaciones, la ausencia de un concepto de jurisdicción que esté ligado a un territorio bien definido, etcétera. Véase ¿Retorno al medioevo?, Tommaso di Carpegna Falconieri en el suplemento ‘Cultura/s’, de La Vanguardia). Pero, entre todas estas similitudes, hay una que aquí es la que más nos interesa: las hadas, y que estaría vinculada a la crisis del capitalismo que fuerza a que ciertas tareas (generalmente ejercidas por mujeres y que tienen que ver con el cuidado de los que nacen, crecen, enferman o mueren) queden fuera de la profesionalización y la responsabilidad pública, y así retornen al arcano e invisible mundo doméstico. En otras palabras, que las antaño idealizadas hadas se han convertido en (h)adas (o simplemente adas, mujeres corrientes que habitan lo cotidiano) forzadas a la precariedad, la invisibilidad y el destierro de la arena pública por causa de la interminable, y cada vez más furibunda, crisis actual.

     

    Y es que este es el punto central del libro de Remedios Zafra (H)adas: mujeres que crean, programan, prosumen, teclean (Páginas de Espuma, 2013), ese sutil paralelismo entre los tiempos actuales y los oscuros tiempos bárbaros del medioevo, tomados aquí como mito que ha de ser superado (pues su efecto aun colea) en contraposición a unos nuevos y esperanzadores tiempos, los actuales. Y ello a través de esa figura de las hadas (mujeres símbolo que hoy vuelven desterradas al hogar). Claro que esto se produce a fuerza de necesidad, espoleada ésta por el notable retroceso que se percibe en el estatus de ciertos colectivos marginales y, en especial, en lo que respecta a la de uno que siempre ha estado en riesgo de exclusión: las mujeres. El reciente concierto organizado por Chime for change (y promovido por Gucci) en Londres, con Beyoncé, Jay Z, Madonna o Jennifer López el pasado 01 de junio, así lo atestigua. Una organización que pretende hacer ruido por el cambio, y que pide la igualdad para las mujeres. Hoy. Repito: hoy, cuando se nos asegura que los objetivos de los primeros feminismos ya se han logrado (y esto sería la causa por la que apenas un 1,7 % de los españoles se define como feminista).

     

    Vale la pena destacar que la organización del concierto Chime for change corrió a cargo de Harvey Goldsmith, quien fuese responsable también del emblemático Live Aid en 1985, junto a Bob Geldof. Eugenia de la Torriente, aprovechando el evento, recogía para El País unas declaraciones de la actriz Salma Hayek (una de las tres personas que forma parte del comité fundador de la organización, junto a Beyoncé y Frida Giannini) en las que esta decía que “la tecnología supone una gran oportunidad para cambiar algunas de las peores estadísticas sobre la situación de la mitad de la población del planeta”. Y concluía: “en la era de la información, ya no hay observadores inocentes. Todos somos responsables y tenemos las herramientas para actuar y saber a dónde va el dinero”. Para Hayek la tecnología no parece ser un instrumento emancipador, sino más bien una gran hucha de dinero y, al tiempo, un gran medio de comunicación global que se supone sirve para que se nos abran los ojos antes las desigualdades ajenas y para que actuemos, sí, pero con nuestro dinero por delante. Y es que ha de decirse que el gran propósito de Chime for change es recaudar dinero para luchar en favor de la mujer en temas tan sensibles, vitales y básicos como son la salud, la justicia y la educación. Así, resulta algo excéntrico hablar de la mujer en términos de creatividad y tecnología tomando en cuenta esa precariedad de tantas otras mujeres. Muestra de esta contradicción es el así llamado postfeminismo. Escribía en un reciente artículo publicado en El País Semanal la periodista Joana Bonet: “un poso de insatisfacción persiste siempre, como si siempre, siempre, a las mujeres les faltara algo y no dependiera ni del sistema, ni de los hombres, ni de las cuotas, sino de un afortunado equilibrio ente la biología y la cultura, lo real y lo ideal, el sexo y el género”. El malabarismo quimérico, entre el estatus de las hadas y el estatuto de las (h)adas.

     

     

    2.

     

    De primeras, el mayor handicap que uno le encuentra a (H)adas es justamente esto de lo que acabamos de hablar, ese ejercicio de abstracción que identifica a un grupo de personas llamadas mujeres y que necesariamente no han de corresponderse –imagina uno, presiente, intuye, sopesa– con la realidad, con toda la realidad. Y es que, en su intento de subjetivizar ese “ser mujer” suyo en un plural, en ese obligar a la identidad (la suya propia) a ser una razón de escritura –polivalente– y en un modo de “construir futuro”, comete Zafra –sospecho– un error de bulto. La autora lo sabe, y así escribe en un momento determinado: “la historia de las mujeres que pueden elegir es demasiado reciente. Es todavía frágil. La historia de las mujeres que pueden elegir está además localizada en una parte del mundo”.

     

    Como descargo, Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, España, 1973) opta por evitar la militancia y teje una miscelánea creativa para indagar en el asunto de las mujeres y la tecnología.

     

    (H)adas no consigue pues –ni parece pretender– ser una manual de nada, sino más bien un estímulo (“una combinación de la lectura reflexiva con la historia, la imaginación y la deriva subjetiva”). No dictamina, ni propone, sino que sugiere o acaso muestra un modo posible de actuación. O ni eso. Quizá no sea más que un tratar de entenderse a una misma en esta complejidad global del presente. Y ese es, sin embargo, su mayor mérito.

     

    El texto parte –como no podía ser de otra manera– de todos los trabajos precedentes de la autora (vinculados al arte, el feminismo y la cultura digital), siendo así una construcción que hibrida sus intereses anteriores. Y lo hace mezclando la ficción, la especulación fantasiosa y la creatividad ensayística, y se quiere carta amistosa al lector (o a la lectora, más bien). No es filosófico, para entendernos, sino imaginativo. Un ensayo-ficción. Sobre él dice la autora que no es “un experimento vacío, la forma es discurso y crítica logocéntrica”. Así, Zafra, en su afán literario, llama la atención sobre cómo ese conjunto suyo heterodoxo de palabras e imágenes tiene la voluntad de ser ideario, desde el momento en que rompe la forma tradicional –lineal, ordenada y clara- del discurso, para así convertirse en una crítica de la tendencia dominante en el discurso occidental (una tendencia masculina) y que obliga a que la finalidad de cualquier texto sea la ejemplificación de una verdad y la búsqueda de un sentido. Así, Zafra, en su libro, con la intención de dinamitar las bases de la lógica del sentido, incluye –sin ningún tipo de relación jerárquica– gráficos, ilustraciones, símbolos, juegos con las tipografías, fotografías, narraciones, extractos de obras ajenas, apropiaciones, etcétera. Y esto, quede dicho, le da un interesantísimo halo poético.

     

     

    3.

     

    Una de las ideas centrales de Zafra es que la afición (antes la máquina de coser, la máquina de teclear en la actualidad) y a cuyo cultivo se entrega la mujer en su tiempo propio, hoy deviene otra cosa, y que el gusto y la intensidad por esa afición será lo que la llene de posibilidades, tal que un “proyecto de futuro”. Dice Zafra que internet ha permitido transgredir parcialmente el lugar canónico de las prácticas artísticas y que ello, unido a la erosión de la dicotomía profesión/afición, ha permitido que se produzca una transformación en “la visibilidad y el destino potencial de cada práctica”. Esto se vincula a una idea que ya expresó con anterioridad en su libro El cuarto propio (inter)conectado (Fórcola, 2010), una actualización contemporánea de la idea de Virginia Woolf y que ahora sería un lugar donde el tiempo no es triste, nos dice. Una realidad que, sin embargo, no deja de ser en cierta medida un espejismo, ya que las posibilidades de uso del tiempo propio no son iguales para unos y para otros. Dice Zafra: “no sabría discernir cuándo el sonido de las teclas martillea y domestica y cuándo emancipa”. Zafra defiende el poder político del tecleo y entiende que es un modo de poner en reflexión “algunas de las condiciones en las que se relacionan las mujeres con las máquinas”. Sobre su propia afición, que ejercitaba de niña, dice: “los resultados no importaban, incluso a menudo eran igual a nada, algunas nadas, pero siempre llamaban a volver al día siguiente”. En definitiva, que aquí se defiende el proceso, el movimiento y no tanto los resultados.

     

    La hipótesis de Remedios Zafra en (H)adas (y se trata, en realidad, de una sospecha) es que se está promoviendo y condicionando a determinadas personas (y no solo son éstas mujeres, acoto yo) a “un tiempo orientado al consumo de lo que producen y rentabilizan sólo unos pocos”. Pues el exceso es también “un espejismo de oportunidad […] la neutralización de nuestra capacidad de atención y la cesión a nuevas formas de opresión simbólica”. La falla aquí, creo, es que Zafra sospecha que se sigue orientando “el empleo de nuestro tiempo en función de nuestras identidades y cuerpos”. A mí me parece que no es así, y que es un problema de orden general, no necesariamente vinculado a las mujeres; aunque también.

     

     

    4.

     

    Pero hablemos de las adas, o (h)adas.

     

    Son, para Zafra, esas mujeres “que manejan máquinas para tejer, producir, programar, prosumir, teclear, desmontar e imaginar sus trabajos, cosas y vidas a través de las tecnologías”. Personas, dice la autora, “que prefieren programar sus vidas y sus máquinas antes que ser programadas por ellas”.

     

    Un  franco homenaje a Ada Byron (también conocida como Ada Lovelace), la primera programadora de la historia (y a quien Zafra dedica una cincuentena larguísima de páginas de su ensayo). Y una vuelta –de paso– a los orígenes del ciberfeminismo, ese difuso proceder, indefinido (por voluntad), y que nació en 1997, en la Primera Internacional Ciberfeminista que tuvo lugar en Kassel, Alemania y cuyo texto fundacional sería las 100 Anti-Tesis. Un movimiento del que decía Yvone Volkart que es un mito, lo cual implica mitificarlo, decía, sino “sólo admitir que el Ciberfeminismo existe únicamente desde la pluralidad”. Un movimiento fundamentalmente académico y teórico, el ciberfeminismo, en opinión de Cornelia Sollfrank.

     

    La figura de las modernas (h)adas le sirve a Zafra para hablar –entre otras cosas– de las tareas domésticas, entendidas como una forma clásica del prosumo, es decir, una actividad no remunerada relacionada con la producción pero valorada en el ámbito del consumo, y proponer que éstas sean transgénicas, es decir, que no se circunscriban a  ningún género, que no caigan necesariamente en el eje binario masculino/femenino. Con ello, intenta Zafra elucidar un modo posible para que se produzca un reparto igualitario. Apela Zafra a que se supere la asimetría entre hombres y mujeres y que hace que la culpa sea vista por las mujeres como “miedo a perder algo que importa, por no tener claro a quién importa y en qué medida; por miedo a reivindicar un pago con amor ecuánime para todos, una implicación solidaria y justa, sin losas”. Y es en este punto donde reivindica –con no poca timidez– a los sujetos postgénero. Quiere Zafra que desaparezca, pues, la conciencia de la sumisión y, con ello, se produzca la muerte definitiva del “ángel del hogar”, siguiéndose de ese ejercicio que Rosi Braidotti llamaba de encarnación: “bajar al ángel del cielo, liberar a los hombres de la abstracción de la masculinidad, encarnarlos y reconciliarlos con sus cuerpos […] también con el mundo de los cuidados, de la materialidad y los afectos”.

     

    Sobre esta idea del “ángel del hogar” es ilustrativo un reportaje sobre la así llamada opt-out generation y que acaba de aparecer hace unas pocas semanas en el magazine del New York Times. Sucede que en 2003 el rotativo americano identificó con este nombre (opt-out generation, literalmente “la generación que decide no participar”) a una generación de mujeres (educadas en las mejores universidades, con trabajos exitosos y bien remunerados) que prefirió salirse de la arena pública y volver al hogar para dedicarse a tiempo completo de la crianza de sus hijos. Diez años después, la escritora Judith Warner ha ido a hablar con esas mismas mujeres, que ahora quieren reincorporarse de nuevo a sus vidas públicas, y se ha encontrado con que no todo fue tan idílico como parecía en un principio.

     

     

     

    5.

     

    El cuarto propio (inter)conectado es una noción que Zafra ya exploró en su libro anterior, y su idea central es que “el espacio privado desde el que nos conectamos a internet pueda operar como lugar de concentración, frente al flujo incesante y disperso de voces, datos e información que caracteriza a la época”. Esta sería para la autora “la más potente tecnotopía creativa”, por la razón de que el cuarto propio conectado no está marcado por una tradición masculina. Sería, a priori, un espacio postgénero, “un lugar de estudio e intervención donde pensar y construir lo público”, funcionando así como lugar idóneo para “la motivación y la atención sin renunciar a la sociabilidad”.

     

    El cuarto propio como un lugar para la resistencia al presente continuo y a la velocidad, dice Zafra, “allí donde la concentración quiere neutralizar la dispersión de un mundo acelerado y recuperar la capacidad de atención, haciendo viable una vida no domesticada”. A mí esto, he de decir, me provoca bastantes dudas, pues es justamente en el cuarto propio conectado donde se nos hace más evidente ese mundo (hiper)veloz, por la razón de estar conectados, por la razón de la distracción que procede de esa facilidad del click (y del montón de tonterías y pasatiempos que nos ofrece). Vale la pena recordar que la escritora inglesa Zadie Smith da las gracias en los créditos de su último libro NW (Hamish Hamilton, 2012) a dos aplicaciones que cortan la conexión a internet, Freedom y Self Control. Dice Smith que les da las gracias a estos dos programitas porque le facilitaron la construcción de un tiempo en el que escribir. Además decía en sus 10 rules of writing (la número 7): trabaja en un computador que esté desconectado de internet. Y esto está en la misma línea de lo que dice Zafra un poco después, y que es un poco contradictorio si no difícilmente conjugable con lo que expresa antes, que “todo pensamiento es deudor del silencio y del tiempo de producción frente a la captura del instante”.

     

     

    6.

     

    La última parte de su libro lo dedica Zafra a reflexionar sobre la creación. Y nos habla del copiar “que implica observar, conocer y reproducir” y que es hoy más fácil que nunca ya que la reiteración queda delegada “en la máquina como apéndice-archivo”. En otras palabras: que no es necesaria la memoria, que el copiar hoy tiene que ver con la identificación y la gestión de los recursos. En tanto que crear consistiría en hacer “extraño lo familiar y familiar lo extraño, interpelando a las cosas”. La copia, el tecleo, le parece a Zafra que ha sido por mucho tiempo una tarea feminizada y que así se ha utilizado a las mujeres como mediadoras, como posibilitadoras. Y que el problema de estos trabajos repetitivos y mecanizados es que causan frustración y estrés. De acuerdo, pero no más que el trabajo en una línea de producción o el servir quinientos gin-tonics en un bar de copas durante una noche entera de sábado, por ejemplo.

     

    El reto sería pasar del teclear/copiar al teclear/crear, ya que esto implicaría “pasar de la copia que infiere una repetición a su comprensión, apropiación y modificación”. Se fija entonces Zafra en las prácticas artísticas, un territorio donde “nos encontramos ante la paradoja de ser símbolo y ser sujeto simultáneamente”. Y se fija Zafra no solo en prácticas artísticas legitimadas como tal por el establishment artístico sino en aquellas de cualquier sujeto o colectivo “que surge con intensidad estética, política o reflexiva y no siempre inscrita en el marco de la institución Arte”. Según la autora, la práctica creativa permite al feminismo penetrarlo para hacerlo pensativo sin victimismos ni dolor, pues además se produciría éste en un territorio utópicamente igualitario, en un territorio ciborg, postgénero. Y así uno se pregunta, ¿si es un territorio postgénero a qué venimos hablando todo el rato de feminismo?

     

    En cuanto a las prácticas artísticas, Zafra se sigue de la idea de la indiferencia apasionada de Donna Haraway, para fomentar el ejercicio de la parodia, las estrategias de igualación, pero también a la representación afirmativa de la alteridad o las performances de lo cotidiano basadas en formas de reiteración o bien aceleradas o ralentizadas. También la creación de figuras de dicción, sugiriendo nuevas formas alternativas para la subjetividad. Estrategias todas que, dice Zafra, gozarán de una mayor potencia política si son capaces de rebasar la frontera artística, pues en su opinión “hoy internet es ese escenario central de los imaginarios, donde la acción política creativa es más que nunca necesaria”.

     

    A esto podríamos ponerle dos objeciones: una, el mito de la creatividad; y dos: el declinar de lo político en el debate público, más dirigido a otras cuestiones como la ética o los valores. Ser creativo hoy no significa gran cosa, no es transgresor ni siquiera apenas ya efectivo. Si todo el mundo es creativo, nadie es creativo. Esto es un axioma, pues todos se copian a todos. Y en la reiteración alterada de la copia puede que haya una intención satírica, pero difícilmente tendrá una consecuencia política más allá de la risilla que provoca por un instante, en mi opinión.

     

    En esto no acaba de profundizar Zafra (y me parece un asunto central): en la paulatina e irremediable pauperización de los contenidos de la red, por causa justamente de la afición, del volcado masivo de subproductos creativos, y del que el propio feminismo es causante, al preferir –à-la-Derrida– la escritura (frente al discurso) y favorecer la ausencia de significado. Dicho de otra manera, entiendo toda la estrategia de la crítica al sentido y la búsqueda de la verdad y a la jerarquización, pero comúnmente un ideario se refrenda con la práctica. Así, me llama poderosamente la atención que la autora incluya una ilustración en la página 229 donde se ve una web abierta con el navegador Internet Explorer, propiedad de Windows y de Bill Gates.

     

     

    7.

     

    Leo el exergo del libro y ahí escribe Zafra:

     

    “no están en el poder los saberes de los descalificados, de las mujeres; historias que acumulan el polvo de la oscuridad y de la indiferencia del poder. Ese saber no ha sido integrado en el poder […] (h)adas se escribe para reivindicar el poder político que acompaña a esta periferia, para hacerlo compartido, para hacer reflexivas algunas de las condiciones en las que el poder de repetición del mundo actúa, algunas maneras de enfrentarlo desde la conciencia crítica y la creación, reclamando una vida donde todos podamos producir y transformar el (tecno)mundo que imaginamos, pero también cuidar(nos), incluso amar(nos), lo que sea que sintamos y negociemos que esto último significa”.

     

    Y esto me hace volver al principio, a esa idea de Joana Bonet de la insatisfacción y pienso en que (H)adas, en su nombrar indiscriminado, en su deriva subjetiva, me ha hecho no colegir pero sí sentir ese malestar, esa insatisfacción de Remedios Zafra, ese descontento más o menos indiferente, pero apasionado y que la ha llevado a buscarse por aquí y por allá, en unos y en otros. Sin embargo, no acabo de tener fe en la representatividad de la tal insatisfacción, siendo que (H)adas se (me) parece más a un libro de artista (a un objeto) que no a un manual de acción o a un ideario político. Además, me parece que, en el fondo, lo que reclama Zafra es que las mujeres estén en el poder, pero teniéndolo todo. Vale la pena a este respecto que el lector curioso le eche un ojo o recuerde aquello que dijo Anne-Marie Slaughter cuando dejó recientemente su puesto de directora de Planificación de Políticas Extranjeras en el Departamento de estado norteamericano para ocuparse de su familia: “solo cuando las mujeres ostenten el poder en un número suficiente, se creará una sociedad que funcione realmente para las mujeres, para todas las mujeres. Será esa una sociedad que funcione para todo el mundo”.

     

     

     

    Remedios Zafra, (H)adas: mujeres que crean, programan, prosumen, teclean, Premio Málaga de ensayo 2012, Páginas de Espuma, Madrid, 2013, 282 páginas.

     

     

     

    J. S. de Montfort (Valencia, España, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Forma parte del consejo editorial de la Revista Literaria Hermano Cerdo y es miembro de la AECI (Asociación Española de Críticos Literarios). En FronteraD ha publicado, entre otros, Dilemas de un alemán franófiloMaría Zambrano: Algunos lugares de la pinturaCartas del verano de 1926 (Tsvietáieva, Pasternak, Rilke). Este es su blog

     

     

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