Imogen Cunningham, "Unmade bed", 1957.

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    Las infidelidades, o la gran crisis del deseo

    Laura Ferrero - 21-11-2013

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    Hoteles anónimos. Maletas que se cierran rápido y un beso fugaz en los labios porque la prisa, como la culpa, no tarda en llegar. Restaurantes caros, regalos desproporcionados y la promesa de verse pronto cuando las agendas vuelvan a cuadrar. Cuando los niños no tengan partido de fútbol y los suegros no preparen esa maldita barbacoa en el jardín.

     

    También aeropuertos, estaciones de tren, miradas de reojo cuando el otro no mira, el condicional silbando en los oídos, el teléfono móvil que siempre suena a realidad y a hastío con un Sí, cariño, la cena de trabajo ha ido bien. Literatura y realidad. Realidad y literatura. Un plato complejo con unos ingredientes básicos que no son siempre los mismos. Preguntas, deseos, amor, traición. Unos ingredientes que van cambiando en esa receta siempre tan difícil de preparar: la infidelidad.

     

     

    Uno: Las preguntas

     

    En un auditorio lleno a rebosar, la psicoterapeuta Esther Perel imparte una de esas famosas TED Talks que tiene un título más que sugerente: El secreto del deseo en una relación larga. No deja de ser gracioso que la charla tenga lugar el día de San Valentín y que el público, al que enfocan cada tanto, ojiplático, esté compuesto por muchas parejas que buscan, en efecto, una solución a la pregunta del millón: ¿Podemos querer lo que ya tenemos? Sonríen, algunos incluso se ha puesto rojos, reconociéndose tal vez en el discurso de esa sexóloga de origen belga que pregunta al público cuestiones delicadas e incómodas. ¿Por qué lo prohibido contiene tanto erotismo? ¿Qué tiene la transgresión que hace al deseo tan potente? La famosa sexóloga, que ha escrito libros como Inteligencia erótica (Temas de hoy, 2007), se ha especializado en tratar el tema de la infidelidad en el marco de la pareja, en cómo hacer frente a ella pero sobre todo –y esto es lo más interesante- en el porqué. Sin embargo, Perel no da respuestas milagrosas y apunta a que los dilemas del amor moderno son difíciles de desentrañar. Podríamos empezar por el principio diciendo algo muy sensato: lo queremos todo. Y en ese todo hay cosas contradictorias: un hogar, una pareja estable y que nos cuide, la pareja-mejor amigo, el que nos hace reír. Pero a la vez buscamos el riesgo, la aventura, la novedad del descubrimiento, la tensión sexual no resuelta… llamémosle como queramos. Aquí las cosas se empiezan a torcer. Ignoro si antes las cosas funcionaban de manera distinta, pero actualmente, nos han dicho cientos de veces y por cientos de canales distintos que existe una pareja perfecta. Se trata de esa media naranja en la que se combinan el mejor amigo, el mito sexual, la persona comprensiva y que nos cuida y eso sí, claro, que no tiene ojos para nadie más. A esto tenemos que añadirle que ahora vivimos el doble que antes y hay que mantener todas estas variables a lo largo de los años. ¿No son esas unas exigencias un poco excesivas?

     

    Esther Perel ahonda en la crisis del deseo, que está íntimamente relacionada con nuestra imaginación. Deseamos lo desconocido, lo Otro porque parece que lo previsible no mantiene nuestro interés. No, no nos pone una historia de una pareja aburrida que se cocina brócoli todas las noches pero que son felices. Porque el verdadero problema de la infidelidad es la relación entre el amor y el deseo.

     

    Feliz Valentín a todos, desea a su público Esther Perel. Y hay sonrisas de complicidad pero sobre todo muchas más ganas de seguir preguntando. O sea: ¿Es la crisis del deseo el gran detonante de la infidelidad? Y si es así: ¿ahora, qué?

     

     

    Dos: El deseo

     

    Leonard Cohen dijo que hay una grieta en todo; solo así entra la luz. Siempre me ha parecido una metáfora acertada para hablar del hombre y de esas superficies aparentemente redondas e impermeables que se resquebrajan con tan solo tocarlas. Esas superficies se llaman certezas. Y para muchos, el mundo de la pareja o el del matrimonio no deja de ser una ellas: un ancla. Una de esas boyas que nos mantienen a flote en el mar, incluso en la peor de las tormentas. Sin embargo, siendo honestos, habría que empezar diciendo que más que en el mundo de las certezas, vivimos en de las grietas. Lo cierto es que uno nunca sabe bien por qué aparecen; simplemente están ahí. Y eso es lo que ocurre en el mundo de Irina y de Lawrence, la pareja protagonista de El mundo después del cumpleaños (Anagrama, 2000) de Lionel Shriver. Desde hace años, cada seis de julio cenan –en lo que ya se ha convertido en tradición- con Ramsey Acton, un popular jugador de snooker que es amigo de la pareja. Pero justo ese año Lawrence está fuera y le pide a Irina que cene con Ramsey y ella accede. No hay nada malo en ir a cenar con un viejo amigo que pasa por un momento difícil. Sin embargo, después de esa cena, después del cumpleaños, el mundo da un vuelco y la existencia de Irina se escinde en dos posibilidades que se derivan del nacimiento de un deseo: besar a Ramsey. La primera posibilidad se deriva del sí: besar a Ramsey y tirar la casa por la ventana y la segunda, del no hacerlo: ser una buena chica y no ser infiel a Lawrence. Bienvenidos al territorio de la brújula moral.

     

    Lo original de esta novela de Shriver es que lejos de conformarse con escoger un camino, se queda con los dos y escribe dos novelas en una. De esta manera, alterna capítulos en los que se ven las consecuencias de esa temida decisión vital. Es cierto: uno puede decidir hacerlo o no hacerlo. Pero de lo que no es dueño es de sus deseos. Volvemos al mismo punto: el deseo es el problema. Ahí es donde literatura y realidad se atascan y de ese cruce de caminos surgen las historias. Porque en la actualidad, hablar de infidelidad no es hablar de un tabú.

     

    Sin embargo, hasta hace relativamente poco, al abordar la infidelidad o el adulterio, nos adentrábamos en el territorio del tabú. El adulterio fue un asunto clave en la novela del siglo XIX: las heroínas trágicas como Emma Bovary o Anna Karenina se definen casi por completo por su rebelión en contra de las ataduras de esa institución sagrada que era el matrimonio. Otras novelas que componen un elogio a la infidelidad como la de Choderlos de Laclos y Las amistades peligrosas, Rojo y negro de Stendhal, fueron también duramente criticadas en su momento desde un punto de vista moral. Las leyes castigan el amor ilegítimo que la literatura ensalza. Entonces, ¿cuál es el secreto de esta literatura para atraer a tantos lectores? Tal vez que permite arrojar luz a nuestros deseos ocultos de transgresión.

     

    Pero la historia de la infidelidad en la literatura se remonta a los inicios de la propia civilización. Ya la Biblia daba algún que otro consejo al respecto aunque –visto lo visto-, muchos debieron saltarse el capítulo. Preguntarse por la infidelidad es hacerlo por la naturaleza humana. Y por consiguiente, hablar de la literatura del adulterio es hablar de la literatura en sí misma. No entiende de géneros ni de momentos.

     

    Conclusión: hemos roto el tabú. Ahora sólo hay un problema: el deseo. Volvemos a la misma pregunta de Esther Perel: ¿Es la crisis del deseo el gran detonante de la infidelidad? Parece  que así es. Pero sigue faltando esa pregunta que añado: ¿y ahora, qué?

     

     

    Tres: El amor

     

    Muchas historias de infidelidades son en el fondo grandes historias de amor. Hace poco apareció un libro en el mercado llamado Hace cuarenta años, de Maria Rysselberghe (Errata naturae, 2012). Es un libro cortito y de gran belleza, que narra, después de cuarenta años de que haya sucedido, una relación amorosa entre un hombre y una mujer casada. Lo que hace excepcionalmente bella a esta historia es que dicha relación es más bien mental que física. Se trata de esos amores que nunca llegan a consumarse y que por tanto nunca caducan. Ese es el peligro que tienen las ideas, y más las románticas: que campan a sus anchas por las trampas seductoras de la memoria. Así que más que de una infidelidad en toda regla –que también- se trata de un amor hipertrofiado por culpa de tantos subjuntivos. Un amor que dará sentido a la vida de Maria, la protagonista, que después de cuarenta años se enfrenta de nuevo con esa historia y la fija en la escritura. Poner palabras es una manera de amarrar, y eso es lo que ella hace: darle una realidad –la de la escritura- a lo que nunca sucedió, a esos deseos que nunca llegaron a buen puerto porque tiró por el camino del no. Nos adentramos de nuevo en el territorio de la brújula moral con otra pregunta del millón: ¿qué estatuto tienen los deseos? ¿Es lo pensado también otra forma de traición? Escribir es una manera de que pasen las cosas. Y pensarlas, en muchas ocasiones, no es peor que hacerlas.

     

    La literatura, más que de infidelidades, está llena de deseos que lentamente se confunden con amor. Una combinación de deseos, amor y tristeza. En Un mundo no tan imaginario, un espléndido texto de Leila Guerriero, que forma parte de la serie Formas del amor, la periodista aborda uno de los lados más tristes de la infidelidad. Empieza así: “Un día, ya no se sabe cuándo ni cómo, en uno de esos encuentros, entre las sábanas revueltas de un hotel, él dijo que la quería”. Si antes hablábamos de deseo, aquí hablamos de límite que habita en las cosas, en las relaciones. Esos límites que recuerdan a los de los cuadros de Escher en los que, de repente, los patos se convierten en peces y nadie sabe exactamente cuándo ha empezado a ocurrir. Límites que no se ven. El sexo se convierte rápido en otra cosa y eso no solo lo saben en Hollywood. Y Leila Guerriero condensa en un artículo esa felicidad lunática de los amantes que saben que tienen un tiempo limitado. La caducidad de esos mundos paralelos que suceden simultáneamente y a velocidades tan distintas. La culpa por los que dejan en casa. Las prohibiciones, la idea de que existe otra vida y sobre todo, el miedo de hacer daño.

     

    (“¿Seré capaz?”, “¿habrá dolor?”). Otras veces se miran largamente a los ojos hasta que él dice: “¿Estás bien?”, y ella se queda muda durante unos segundos —y espera que él sepa ver, en eso, una respuesta—, y entonces sonríe y dice: “Sí, estoy bien”. Casi siempre es mentira.

     

    Mentiras que se acaban diciendo a ellos mismos. Eso es: el dolor mezclado con el deseo. Una vida hecha de excusas que llevan otros nombres como trabajo, reuniones. Cobardía, sí, tal vez. La cobardía de abandonar la placidez de una vida que les es cómoda. La literatura está llena de estas historias. Y de todas, en mi opinión, esas son las más tristes.

     

    ¿Y ahora qué? Entonces, en este auditorio imaginario, en esa TED Talk también imaginaria se hace un silencio cada vez más difícil. Las preguntas, el deseo. Cuando añadimos ese tercer ingrediente al plato, el amor, hay que volver a empezar para preguntarse, como lo hizo Raymond Carver, de qué estamos hablando cuando hablamos de amor.

     

     

    Cuatro: La traición

     

    Emma y Jerry están sentados tomando algo.

     

    Emma: Hace mucho que no nos vemos

    Jerry: Bueno, fui a esa exposición privada.

    Emma: No, no me refiero a eso.

     

    Traición, la obra dramaturgo inglés Harold Pinter, está llena de silencios y palabras que no quieren decir exactamente eso. Emma y Jerry han sido amantes durante siete años y a su vez, Emma está casada con Robert, el mejor amigo de Jerry. Sí, la traición aquí es como una manzana podrida, ese elemento que pudre todo lo que tiene alrededor. Mentiras, dobles sentidos y excusas. Porque la infidelidad –en la literatura, en la vida- implica siempre algún tipo de traición. A uno mismo, a los demás, todo depende de cómo se mire. El terreno de la traición es peligroso: estamos cerca del de la venganza, léase Perdida, un bestseller que –aunque muchos tengan sus reservas por ser justamente un bestseller- da mucho que pensar sobre la naturaleza de las relaciones de una pareja.

     

    Hay muchas traiciones literarias que valdría la pena comentar, mis favoritas: la de Howard Belsey en Sobre la belleza, la traición a esa mujer maravillosa que es Kiki por una jovencita –¡ay, los hombres casados!-, la del matrimonio Berglund en Libertad, de Jonathan Franzen. En el papel, nos gustan las traiciones. Porque hay buenos y malos, cielos e infiernos y lo de poner etiquetas siempre nos ha gustado a todos. Hay amantes, maridos engañados e hijos que nunca tienen, los pobres, la culpa de nada. Pero las peores traiciones no son las que perpetramos contra los demás sino contra nosotros mismos. En el relato ‘Como ser la otra mujer’, incluido en Autoayuda (Salamandra, 2002),  Lorrie Moore narra la historia de Charlene, una chica joven que mantiene una relación con un hombre casado, una circunstancia que más que convertirla en la otra, la convierte simplemente en otra mujer distinta a la que creía ser:

     

    Hola soy Charlene. Soy una amante. Es como tener un libro prestado de una biblioteca. Es como tener constantemente un libro prestado de la biblioteca”.

     

    Charlene es el libro que pronto volverá a la estantería porque nadie lo ha comprado, aunque sea de Goethe, de Chejov. La han tomado prestada y nadie va a molestarse en pasar cuidadosamente las páginas. 

     

    “Cuando tenías seis años te creías que ‘amante’ significaba algo molesto, como ponerse un zapato en el pie equivocado. Ahora eres mayor y sabes que puede significar muchas cosas, pero que esencialmente significa ponerse el zapato en el pie equivocado”.

     

    Charlene da –a mi juicio- la mejor definición de traición que he encontrado. Porque a menudo, la traición es eso: confundirse de zapato. Intentar que el pie derecho quepa en el izquierdo y empezar a andar. Al cabo de poco aparecen rozaduras y después es imposible continuar caminando. 

     

     

     

    Cinco: Todo lo demás

     

    ¿Y ahora qué?

     

    I think the history of marriage can be written like this: people want too much”. Esta frase tan lúcida es lo que le dice su padre a Lenny en ‘The year of getting to know us’, un incisivo relato de Ethan Canin. Porque lo queremos todo; eso resume y nos resume.

     

    Quererlo todo, eso es: ahí estaba. Tal vez ese debiera haber sido el punto de partida de este artículo. Porque me preguntaron varias veces por qué estaba escribiendo un artículo sobre la infidelidad. Lo hacían con esa sonrisa pícara de menudos-temas-siempre-igual o pensando, por dentro, que mis razones tendría para estar escribiéndolo.

     

    Había muchas razones. Por un lado, es cierto que en los últimos tiempos, había leído artículos que alertaban acerca del crecimiento de la infidelidad en el Reino Unido y en Estados Unidos. Se referían a ella como si se tratara de una pandemia y estuvieran buscando una cura para esa detestable lacra. También había leído otros artículos pseudo-científicos que hablaban de psicólogos especializadas en el tratamiento de “cónyuges infieles” y parecían saberlo todo, incluso se atrevían a hacer una tipificación de la conducta normal después del adulterio del estilo “la mujer engañada quiere” o “el esposo infiel debe”. Más tarde leí algunos artículos que, supuestamente avalados por encuestas, intentaban dar distintos porcentajes con respecto al adulterio, véase: “un 40% de hombres engaña debido a la insatisfacción sexual y un 50% de las mujeres lo hace porque necesita un romance”. Sólo llegué a una conclusión: cómo nos gustan los datos para entender lo que no puede entenderse.

     

    Después estaba la realidad, claro.

     

    Porque un día, te sientas en un bar y escuchas cómo en la mesa de al lado una chica baja el tono para contarle algo a su amiga y tú solo escuchas que él le ha prometido que va a dejar a su mujer. La miras a ella, y también lleva una alianza y ya no sabes quién tiene que dejar a quién. Porque otro día, te sientas al lado de un extraño en el avión que se quita la alianza nada más abrocharse el cinturón y te dice, con un aliento dulzón a whisky, que no te cases, tú que eres joven, porque mírame a mi, enamorado de una mujer que no es la mía. Piensas que si pudiera abrir la ventana, tiraría el anillo. Pero en los aviones, las ventanas no se abren.

     

    Por último estaba la literatura.

     

    Porque llegas a tu habitación y repasas los libros de la estantería. Suspiras. Así es como la pierdes, de Junot Díaz; Revolutionary Road, de Richard Yates; Saber perder, de David Trueba; El periodista deportivo, de Richard Ford; Ada o el ardor, de Nabokov; La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera; Una mujer difícil, de John Irving, o Un día es un día, de Margaret Atwood. La lista es interminable. Podrías seguir así durante horas. Te das cuenta de que son todos libros muy distintos y que sin embargo comparten en algún momento esa misma temática: la infidelidad. Así pues, ¿qué es lo que hace al adulterio algo tan infinitamente irresistible para los novelistas…y para todos?

     

    En ese punto viene cuando les preguntas a los demás. Cuando la pregunta por las razones de ese exceso de infidelidad en la literatura deja paso a otro cuestionamiento: por qué somos infieles. Ahí ya te pierdes. Algunos te dicen que tal vez sea la crisis. En este bendito país, la crisis siempre tiene la culpa de todo. Otros te dicen que quizás sea la necesidad de aventura o que esta cultura del fast-food se aplica al final absolutamente a todo, incluso a las relaciones. De eso hablaba Zygmut Bauman en Amor líquido. Pero sí, es fácil conformarse con explicaciones filosóficas que pretenden abarcarlo todo. Pero la realidad está lejos de ahí, lejos de Bauman.

     

    Me quedé sin respuestas.

     

    Sin embargo, hace poco, en un bar frente al Retiro, mientras hablaba con una amiga, le comenté que no sabía cómo terminar este artículo. Me había atascado en el final. En un principio, pensé que después de tanto leer, tendría algo concluyente que decir. Y lo cierto es que no lo tenía. Porque lentamente, la pregunta por el tratamiento de la infidelidad en la literatura se fue transformando en esta pregunta un poco más difícil de contestar: ¿Por qué somos infieles?

     

    Mi amiga sonrió y me contestó algo interesante: que la infidelidad no era más que una vuelta de tuerca. ¿A qué? Le dije yo. Pues ya sabes, a la historia de siempre. Chico quiere a chica, chico empieza a salir con chica pero de repente al chico le gusta otra. Y así vale también al revés. Chica quiere a chico, chica se junta con chico, tienen hijos –o no- y a la chica le gusta otro chico pero no deja al suyo. ¿Hay algo nuevo en esto? No, en realidad, no. Me dije.  

     

    Supongo que no hay una respuesta válida a la pregunta de por qué somos infieles. No existe. O existen muchas, que es como decir que no hay ninguna. Busqué en los libros una respuesta que no estaba en los libros. Que no está en ninguna parte. Ya lo dijo Oteiza: buscaba su nombre entre los nombres equivocados de las cosas. Porque preguntarse por qué somos infieles es parecido a preguntarse por qué nos enamoramos. Yo no tengo las respuestas. Si alguno se atreve, que empiece a escribir.

     

     

     

     

    Laura Ferrero es filósofa y periodista. Trabaja desde hace años en el mundo de la edición. En FronteraD ha publicado El Chad: lejos del desencantoEn letras mayúsculas y Miedo de ser William Stoner, y mantiene el blog Los nombres de las cosas

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    Excelso, colmado de inteligencia tu artículo. Soy José Arias, de Santo Domingo, República Dominicana. Periodista del digital www.7dias.com.do Hacia tiempo que no leía a la transgresión como parte de nosotros mismos, o mejor dicho,

    ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

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