Inmigrantes en Estados Unidos

William Sherzer

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La prensa española ha seguido mucho la política norteamericana con respecto a la legalización de inmigrantes ilegales. El tema es, desde luego, muy importante por su conexión a la lucha constante por el poder entre los dos partidos, los demócratas y los republicanos. También es importante con respecto a los últimos dos años de Obama como presidente, en su situación de pato cojo, es decir, presidente que no puede volver a habitar la Casa Blanca. Y esto es lo que se ha enfatizado, sobre todo porque lo que más interesa a los lectores de la prensa son las luchas políticas, lo actual, las controversias que existen entre las diferentes ideologías. Pero la cuestión de la inmigración de extranjeros, desde donde sea, es mucho más que una cuestión de política o ideología. La inmigración existe en Estados Unidos desde que los primeros emigrantes llegaron a Jamestown, Boston y Filadelfia, entre otros lugares. La única gente que no es inmigrante son los indios, como bien explica la india Buffy Saint Marie en su canción Welcome, Welcome, Inmigrante. Esas masas de inmigrantes, al llegar en barco a Nueva York, vieron la Estatua de Libertad, donde uno puede leer aquellas palabras tan famosas: “Dame vuestras cansadas, exhaustas, hacinadas masas, deseando respirar el aire libre”.

 

Casi todos los antepasados de los norteamericanos llegaron pobres a una tierra que les abría los brazos para que pudieran mejorar su suerte, con la excepción de los negros africanos, tristemente. En las siguientes generaciones, sus herederos han podido escaparse de la pobreza de los primeros que llegaron, educarse, mejorar el nivel de vida de sus familias, y llegar a alcanzar posiciones muy importantes tanto a escala nacional como internacional.

 

Lo que más ha contribuido a estos éxitos ha sido la educación pública, y cierta tolerancia entre las varias etnias. Es verdad que en Estados Unidos, por lo menos hasta bastante recientemente (y en ciertos casos todavía), la gente de una misma etnia suele vivir junta en el mismo barrio, pero en cuanto a la vida pública, y sobre todo la educación, se ha tolerado la mezcla. Ahora, digo etnias, no razas. La segregación en las escuelas ha sido constante, y existe todavía. No hay mejor ejemplo que la ciudad de Nueva York, que ha sido señalada como la ciudad con la mayor segregación del país en sus escuelas públicas. Es todavía difícil para un negro recibir la educación que recibe un blanco, no tanto por los profesores sino por las condiciones que se encuentran en aquellas escuelas.

 

Pero cuando pensamos en inmigrantes históricamente no pensamos en los negros, quienes ya estaban aquí, habiendo sido esclavos. Pensamos en irlandeses, escapándose de la hambruna; italianos, huyendo de la pobreza, y judíos, de la discriminación y los pogromos. Es decir, pensamos en gente blanca. Y esa es la gente que ha podido disfrutar de los beneficios de una buena educación pública y ascender así en la sociedad hasta llegar a altos niveles no solo económicos sino intelectuales y políticos. Sólo hay que mirar la biografía de premios Nobel para entender lo que Estados Unidos ha ofrecido, mejor dicho ofreció, a las familias que llegaron a sus costas a finales del siglo XIX y principios del XX.

 

Sí, la gente blanca se aprovechó de esa educación, sobre todo durante la guerra fría con la Unión Soviética por la competencia que hubo entre los dos países. Pero al transcurrir los años han surgido dos problemas graves. Primero, como acabamos de decir, los hijos y nietos de aquellos inmigrantes, al educarse, hasta el nivel de másters y doctorados, pudieron competir en igualdad de condiciones con los hijos y nietos de los ricos. Segundo, los nuevos inmigrantes ya no eran tan blancos. Muchos de China, de India y Pakistán, y también, cada vez más, de Latinoamérica. ¿Cuál sería la reacción, la estrategia, de una sociedad que ya había llegado a buen nivel y no quería que sus hijos tuvieran que competir por un trabajo con un hijo de uno de estos inmigrantes? Bajar el nivel de la educación pública, frente a la privada, y subir los precios de las universidades, privadas y públicas. Si uno decía esto hace treinta años lo criticaban, y lo llamaban un radical, un antiamericano. Al pasar los años, sin embargo, más y más gente ha aceptado esa perspectiva; es demasiado difícil no entenderla y aceptarla.

 

Otra cuestión es la de hoy, la legalización. Es verdad que mucha gente entra ilegalmente desde México y Centroamérica, pero esa gente, como los irlandeses, italianos y judíos, llega escapándose de la pobreza, del hambre y de la violencia. Y, tristemente, muchos llegan con menos interés de mejorar significantemente su condición social, lo que no les ayuda en cuanto a su posible intento de integrarse en la sociedad estadounidense. Por otro lado, la actitud de muchos norteamericanos es, cuando menos, ambigua. Tienen miedo, sobre todo los republicanos, de un inmigrante legalizado y con derecho a votar, pero no tienen problema con que a ese inmigrante, mientras no se legalice, se le contrate en trabajos que a los hijos de los norteamericanos no les interesan, trabajos de mucho esfuerzo pero poco sueldo, sobre todo en el caso de un obrero que no tiene derecho a quejarse porque no tiene derecho a vivir en el país.

 

Allí tenemos la paradoja. Los corresponsales tienen razón al escribir sus columnas concentrándose en las luchas políticas. El Partido Republicano se opone al decreto de Obama, porque en muchas democracias, o supuestas democracias, ese es el trabajo de un partido de oposición, oponerse, como bien hemos visto en España en los años que el país lleva de democracia. Pero esa perspectiva, aunque es un claro reflejo de los varios discursos que se están pronunciando sobre el tema, evita hablar de lo que es la inmigración en Estados Unidos, de lo que ha sido históricamente, y de que estos inmigrantes de hoy deben tener el mismo derecho a beneficiarse de lo que el país ofrece, de lo que se lee en la base de la Estatua de la Libertad, lo que puede mejorar la vida de millones de personas que en sus países de origen han sufrido horriblemente.

 

 

 

 

William Sherzer, profesor de la City University of New York. En FronteraD ha publicado ¿A quién defendemos?Salir de Guatemala...

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