La isla de Selkirk

Eduardo Lago

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                La idea de este proyecto es combinar un diario de viaje a la Isla de Selkirk, en el Archipiélago de Juan Fernández, con el proceso de gestación de una novela. El arco temporal comprende un total de seis meses, desde marzo hasta agosto de 2016. El compromiso por parte del autor consiste en entregar un capítulo de la novela en curso al final de cada mes. No se trata exactamente de publicar una novela por entregas sino de observar en directo el proceso creativo. Los textos pueden fluctuar a medida que se van gestando. Todo es provisional y está sometido a posibles modificaciones, pero la idea es que el lector interesado pueda ir siguiendo el proyecto en directo. Escribo esta breve nota en Bahía de Cumberland, Isla Robinson Crusoe, Archipiélago de Juan Fernández, a unos 800 kilómetros de la costa de Chile. Había previsto iniciar la historia el 29 de febrero, día en que comenzó el viaje. Es mi segunda visita al Archipiélago. La primera la efectué a finales de 2014. Entonces salí de Nueva York el día de Navidad, y llegué al aeropuerto internacional de Santiago de Chile el día 26 por la mañana. Allí me esperaba un vehículo de la compañía de transportes aéreos ATA. Me trasladé inmediatamente a la avioneta, que despegó a las 11 de la mañana. Aunque llevaba años soñando con hacerlo, nunca pude viajar a la segunda isla del Archipiélago, Selkirk. Los detalles de esta imposibilidad se cuentan en el diario de navegación que sigue. El año pasado, cada día, desde la terraza de la Petit Bruhle, un hostal de la Isla, contemplaba la lancha Abbe Müller, sabiendo que tendría que volver a Nueva York sin haber podido viajar en ella.

 

 

29 de febrero de 2016

 

Manhattan

 

La fecha es deliberada; el nombre, un hallazgo casual. Me lo proporcionó mi amigo Brian Cullman, el músico. Hace unos días apareció en uno de los cafés donde suelo bajar a escribir por la mañana, el Lafayette. A mi lado, en el mostrador que da a la calle, había una mujer cuyo rostro me resultaba familiar. La miré atentamente y caí en la cuenta de que era Zadie Smith, la escritora. Recordé que está dando un curso en NYU este semestre. No pude evitar mirarla de manera disimulada, aunque ella se percató inmediatamente de que la había reconocido. Como en muchas de las fotos que aparecen en la contraportada de sus libros, llevaba un pañuelo que le recogía todo el pelo, una bandana. Es buena novelista, sin duda, pero lo que más me interesa de lo que escribe son sus ensayos. Me interesó sobremanera uno en que proclamaba sin ambages la genialidad de David Foster Wallace. Al verla me di cuenta de que tenía en común con él algo totalmente extra-literario: la costumbre de recogerse el pelo con un pañuelo de colores. Dejé de mirarla, consciente de lo incómodo que les resulta a los famosos que los reconozcan en lugares públicos. De todos modos, precipitó su partida. De manera un tanto apresurada le dio un último sorbo a su expresso, recogió la carpeta que había dejado en el mostrador y salió del local. La vi pasar por delante del ventanal, en dirección a Astor Place. Cogí el New York Times, que a los dueños del Lafayette ahora les ha dado por ensartar en una vara de madera que hace que su lectura resulte sumamente incómoda, cuando vi que alguien me llamaba por mi nombre. Bajé la sábana del Times y frente a mí vi la cara sonriente de Cullman.

 

                Tras repetir mi nombre y decirme que se alegraba mucho de verme, me mostró un objeto plano, de forma cuadrada y color naranja que llevaba en el bolsillo.

                Mi último CD, dijo, y volvió a sonreír. Mantuvo el disco en el aire sin que yo supiera si tenía intención de regalármelo o volvérselo a meter en el bolsillo.

                El viernes tocamos en el Webster Hall, me dijo. Si quieres, te hago llegar una invitación.

                Me voy de viaje hoy por la tarde, dije.

                ¿Adónde?

                La Isla de Selkirk, en Chile, contesté, y le pregunté por el amigo que nos había presentado hacía unos años, Ian Johnson, un periodista inglés cuya afición por el fútbol raya en la enfermedad mental. Brian me miraba con el CD aún en alto.

                Está en Birmania, dijo, con aire levemente ausente. Es como si todos mis amigos se hubieran puesto de acuerdo para irse de viaje con tal de no tener que asistir a mi concierto.

                Se rió y por fin me regaló el disco.

                Ya que no puedes venir, aclaró.

                En la mesa de la que se acababa de levantar había un individuo que no dejaba de mirarnos.

                Oh, perdón, lo siento… Te presento a Jimmy Zhivago, mi productor. A su vez le dijo mi nombre a su acompañante. Zhivago y yo nos dimos la mano.

                Buena suerte en Selkirk, dijo Brian. Cuando todo el mundo regrese nos tenemos que juntar.

                Cuando me volví a quedar solo miré los créditos del disco, y vi que en efecto el productor se llamaba Jimmy Zhivago. Acababa de descubrir el nombre de uno de los personajes de mi proyecto de novela, que en estos momentos no tengo la menor idea de cómo será.

 

 

Aeropuerto de Newark, New Jersey, 5:00 pm.

 

Miro hacia atrás como si se hubiera acabado de derrumbar una pared que hubiera aplastado a los moradores de una casa que llevara mucho tiempo sumida en un silencio inexplicable. Me doy cuenta de que el sentido de este viaje encierra aspectos que no acabo de entender del todo. Uno de ellos es la idea de ir dando forma a una novela a medida que escribo un diario. El diario no es lo que aparece aquí, sino el material en bruto que voy acumulando en los cuadernos. Imposible prever el resultado final. Habrá varios niveles de escritura: el diario original, lo que aparezca de él filtrado aquí, la novela en sí, y los comentarios al proceso de gestación. Si la imaginación es de algún modo un músculo, se trata de ejercitarlo, es decir, de imaginar bien, pero eso no depende exactamente de mí. Tendré que escribir al menos en dos planos temporales, una de las historias tendrá que mirar desde el presente, la será un intento de recuperar el pasado. La protagonista del capítulo de Manhattan se llamará Lexington, Lex. Tal vez debiera haber escrito el protagonista. La verdad es que no sé mucho de la historia todavía, aunque ayer vislumbré una escena en el diario. Lexington, que en el bosquejo que descubrí ayer era un hombre, estaba de pie delante de una tumba. Alguien, posiblemente Zhivago, lo observaba atentamente. No sé bien dónde acabará estando el cementerio. Al principio pensé que podía estar en Brooklyn, pero en el boceto se habla de Glasnevin. De ser así, parte de la historia podría tener lugar en Dublín. Veremos.

 

                Me dirijo a un lugar que es una materialización de la idea de soledad en estado puro.

Busco otra forma de silencio, más verdadera, aunque no sabría explicar bien en qué consiste. Regreso a Selkirk, un lugar en el que nunca estuve. El silencio ha tenido diversos soportes al ir cambiando de cuaderno: piedra, humo, lava, ceniza. Las gradaciones del silencio tienen configuraciones materiales muy distintas. En la maleta solo llevo libros. En algún momento, tal vez, diré cuáles.

 

                Al salir no sé bien quién me acompaña, aunque llevo varios testigos conmigo. A algunos se lo he pedido explícitamente, y han dicho que sí, sin saber exactamente qué significaba aceptar una cosa así. A otros no les he dicho nada.

 

                Se me ha olvidado traer el cuaderno en el que llevaba los apuntes de una novela que tenía intención de escribir, aunque la que nace ahora es diferente. Tal vez sea mejor así, empezando desde cero. Los textos que me vayan quedando han de ser textos muy limpios.

 

                Estoy inquieto. Será una dosis muy profunda de soledad. Un viaje hacia la matriz del mito que cristalizó en la novela de Defoe. Tengo que asegurarme de que voy a tener todas las provisiones necesarias para la escritura. Puntos de referencia para la novela que quiero escribir: Nueva York, Juan Fernández (no sé bien si Robinson Crusoe o Selkirk, o tal vez las dos islas). Después, no sé muy bien en qué orden, Berlín, Lisboa, Hydra... Nada de eso existe aún. Otros lugares posibles: Funchal, Dublín. Incluso la remota ciudad de Cochín, en India, aunque no me resulte posible volver allí en este viaje.

 

                Hace unos días, leyendo las cartas de Nabokov a Véra, el escritor ruso-americano (así es como lo veo yo) hablaba de una novela en embrión, todavía en la fase de sentimiento, no del pensamiento. Un poco más adelante: “Tengo unas ganas furiosas de ponerme a escribir un relato, pero no está listo todavía”.

 

 

1 de marzo de 2016


Santiago de Chile 

 

                Querido Url: Acabo de llegar a Santiago. Como te adelanté el otro día cuando te llamé por teléfono desde Nueva York, se me ha ocurrido una idea descabellada: escribir una novela en directo. No tengo una idea muy clara de lo que quiere decir una cosa así. Pensando en ello ahora, me viene a la cabeza una novela de Unamuno titulada Cómo se hace una novela. No tengo la menor idea de lo que quiere decir la expresión “novela en directo”. Cuando se lo intenté explicar a Wilcox, mi editor, me dijo que le parecía una nocillada. No captó la idea. Tampoco tú, a juzgar por los correos que me mandas. No es una novela por entregas. Hay escritores de talento incomensurable que han hecho eso: Dickens, Dostoievski… Pero no es lo que me propongo hacer yo. La verdad es que no sé del todo bien qué intención me guía. Wilcox me ha advertido de los peligros que me acechan: “Todo lo que sale en internet se quema nada más aparecer, se convierte en un material completamente inservible para la publicación en papel”, me ha advertido. “Te lo digo como amigo… no como editor”, añadió. Me quedé pensando en lo que hice con la traducción de Anna Livia Plurabelle, que cuelgo de manera periódica en el blog de EVM desde hace tres años. De hecho, ya está terminada. Estando bastante avanzada la traducción, Enrique me dijo que lo más interesante del proyecto era la manera en que la traducción en sí (la traducción, entiéndase, de un texto imposible, o para ser más exactos, la traducción imposible de un texto imposible) se entrelazaba con los interludios, comentarios de orden más personal. En ellos hay de todo, desde enlaces que remiten al propio Joyce leyendo un fragmento de su texto hasta un grupo de violinistas que interpretan una de las suites de Bach para cello en un vagón de metro, o un diálogo ficticio entre Buster Keaton y Samuel Beckett, como preámbulo a la traducción de un fragmento fluvial de Anna Livia Plurabelle, rematado por un fragmento de un film de Beckett protagonizado por Keaton y que responde al escueto título de FILM.


                Mi idea es hacer algo semejante ahora.

 

 

                                                                              §

 

 

Url aceptó la idea inmediatamente y puso a su equipo a trabajar a fin de hallarle un lugar adecuado en su publicación. Al cabo de unos días, desde Santiago, le dije que no estaba seguro de querer publicar la novela (entre otras cosas porque no tenía ni tengo claro qué forma acabará teniendo todo esto). Visiblemente molesto, me envió un correo con copia a sus colaboradores, en el que me decía que ya les había advertido de mis peculiaridades e inconsistencias. Le expliqué lo mejor que pude cómo me sentía, y en su respuesta me dijo que hiciera lo que quisiera como quisiera y cuando quisiera.

 

Le di las gracias y me puse a darle vueltas a la idea, mientras me dedicaba a pasear por Santiago de Chile, ciudad que me gustó mucho más de lo que me esperaba.

 

2 de marzo


Santiago de Chile

 

                Seis capítulos, de 22 páginas (¿por qué 22? No tengo la menor idea, es lo que se me ocurrió, seguramente no acabe siendo así) a razón de uno por mes. Cada capítulo asociado a un lugar. Esa parte es la que hay que definir bien. El esquema crono-espacial de partida es:

 

MARZO: MANHATTAN

ABRIL: JUAN FERNANDEZ

MAYO: HYDRA

JUNIO: LISBOA

JULIO: BERLÍN

AGOSTO: POR DETERMINAR (¿FUNCHAL? ¿DUBLÍN?)

 

                ¿Cómo se distribuirá la sustancia narrativa en los distintos receptáculos de tiempo y de espacio?

 

3 de marzo de 2016

 

Santiago de Chile

 

                Ayer estuve perfilando la reseña de Ciudad en llamas, la novela de Hallberg que ha dado tanto que hablar. Si no la termino antes de viajar a Juan Fernández no sé muy bien cómo la podré enviar al periódico. Se publicará en Babelia. Resulta inquietante estar tan cerca de la creación poética en su hacerse. Alivio porque el desencuentro con Url se resolvió bien. Visita al Centro Cultural Gabriela Mistral. En un patio había más de cien jóvenes haciendo juegos malabares con unos bolos que lanzaban al aire, a gran altura. En los semáforos hay también grupos de jóvenes malabaristas y acróbatas, mendigando.

 

Escribiré el texto de la novela, la zona más sagrada del territorio textual probablemente sea ésta. Son los silencios lo que articula este viaje microgramático (Walser). En El Mercurio leí una noticia acerca de unos científicos rusos que están investigando nuevos sabores, mezclando chocolate con polvo de estrella de mar y erizos.

 

 

4 de marzo de 2016

 

Isla Robinson Crusoe

 

Querido Url: Acabo de llegar a la Isla. Las comunicaciones son extremadamente precarias, pero no te preocupes, la idea sigue en pie. También le he escrito a Wilcox, contándole qué tengo en la cabeza.  

 

La emoción que sentí al abordar la avioneta de ATA es indescriptible (perdón por el cliché). Todo lo relacionado con esta Isla es extremadamente difícil. El año pasado llamé por teléfono desde Nueva York al patrón de Lalo, una de las lanchas que va a Selkirk, Danilo Paredes. Paredes me dijo la fecha en que tenía previsto zarpar si todo iba bien. Teniendo en cuenta lo que me dijo, compré un pasaje Nueva York-Santiago, y reservé un asiento para el trayecto de Santiago a Robinson Crusoe en avioneta. En el aeropuerto de Santiago me esperaba una van que me trasladó a un pequeño aeródromo. El copiloto filmó el aterrizaje, que colgué al final de una de las entradas de mi traducción de Anna Livia Plurabelle (ALP). Es un documento escalofriante. Del pequeño aeródromo, cuya pista es tan exigua como la cubierta de aterrizaje de un porta-aviones, nos trasladamos en una ranchera hasta una bahía atestada de leones marinos. Estuve hablando un buen rato con el patrón, un tipo fornido y torvo, de humor turbio, que se apellidaba Recabarren, como si fuera un personaje de Onetti.

 

La llegada a la Bahía de Cumberland fue uno de los momentos más emotivos de mi vida. La razón por la que fui a la Isla de Juan Fernández merece comentario aparte.

 

Todo empezó hace 5 años en el puerto de la ciudad árabe de Acre, en Israel, que fui a visitar mientras GB participaba en unas jornadas científicas en la Universidad de Haifa. En el lobby del hotel había unos ejemplares sueltos de revistas muy atrasadas, entre ellas un New Yorker en el que aparecía un artículo de Jonathan Franzen publicado hacía un año, titulado Farther Away. En él se cuenta la historia de cómo, tras la publicación de Freedom, cuyo éxito fue descomunal, sintió la necesidad de ir a un lugar apartado de todos los lugares, eligiendo la Isla de Más Afuera.

 

¿Dónde diablos queda eso? ¿Cuál es su historia?

 

De manera muy apretada: Juan Fernández, navegante portugués al servicio de la Corona Española, halló una manera de acortar la ruta del Pacífico Sur, alejándose de la costa en dirección oeste. Al hacerlo avistó un archipiélago en el que el hombre jamás había puesto pie. Era un conjunto de tres islas. A la primera, un islote de proporciones mínimas, le puso el nombre de Santa Clara. Las otras dos las designó con poética simplicidad como Más Afuera y Más a Tierra, en función de su proximidad al Continente. La Corona decidió poner al Archipiélago el nombre de su descubridor: Juan Fernández.

 

Todo eso es sumamente interesante, pero el descubrimiento del Archipiélago de Juan Fernández me planteó un grave problema. El artículo de Franzen plantó una semilla diabólica en mi imaginación. La historia de su viaje a Selkirk, nombre actual de la isla de Masafuera (aunque la denominación sigue viva entre los habitantes de Juan Fernández) se coló sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, en la novela que estaba escribiendo entonces, Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee. Conozco bien cómo opera mi imaginación y sabía que no me resultaría posible hacer nada por evitar aquello. Otro tanto me ocurrió cuando, hablando con mi traductor, me contó la historia de Daniel Auster, el hijo de Paul Auster y Lydia Davis. Cuando se la oí contar supe inmediatamente que tenía que integrarla en la novela. Mi editora de entonces me dijo un millón de veces que le parecía un elemento superfluo, que debía suprimir. No lo hice, por supuesto. La historia del viaje de Franzen revestía caracteres menos dramáticos, pero antes de explicar lo que hice con ella terminaré de contar lo que hizo el propio Franzen.

 

Franzen viajó a Masafuera, o Selkirk, con una tienda de campaña, un teléfono satélite y un ejemplar de Robinson Crusoe, descrita en su artículo como la primera novela de la lengua inglesa. Además, llevó una caja de cerillas con una pequeña parte de las cenizas de su amigo David Foster Wallace, como le pidió a la viuda del escritor, con la idea de dispersarlas allí. En los años 60, por sugerencia de una poeta uruguaya que vivió un tiempo en Masatierra, el gobierno chileno cambió los nombres de las islas. La más cercana al continente pasó a llamarse Robinson Crusoe y la más lejana Alejandro Selkirk.

 

Alexander Selkirk era un marinero escocés de 24 años que un día se rebeló contra el capitán de su barco, como consecuencia de lo cual fue abandonado a su suerte en Masatierra. Al cabo de dos años de soledad absoluta un barco español recaló en la isla. Selkirk corrió a su encuentro, pero cuando los españoles lo avistaron lo tomaron por una alimaña o tal vez por una criatura demoníaca y la emprendieron a disparos con él, estando a punto de acabar con su vida. Dos años después volvió a repetirse la situación, esta vez con unos navegantes ingleses. La diferencia fue que, en esta ocasión, al oírle utilizar el idioma de la madre patria, concluyeron que era un ser humano y no una alimaña, lo cual le salvó la vida.

 

Cuando Selkirk llegó a Inglaterra publicó su historia en la prensa, dándose la circunstancia de que su testimonio cayó en manos de Daniel Defoe, quien se inspiró en ella para escribir no ya la primera novela de la lengua inglesa, sino la novela más vendida en la historia de la humanidad, sólo superada por una obra de ficción de carácter muy distinto, la Biblia.

 

Volviendo a Franzen, tras sufrir una serie de penalidades un tanto irrisorias que superó con mentalidad de boy scout, como la voladura de su tienda en un alto risco de la escarpada Isla de Selkirk, decidió regresar primero a Robinson Crusoe y después al continente, publicando su aventura en el New Yorker y luego en una recopilación de ensayos a la que dio el título de la crónica de su viaje a Juan Fernández. ¿Por qué Franzen eligió para su artículo un título como Farther Away (el nombre antiguo de la isla) y no el actual de Selkirk?

 

Probablemente porque quería resaltar la idea de ir más allá  de todo, más allá de sí mismo, de su realidad, su éxito, su fama, más allá de lo que significó para él la muerte de su amigo. Lo cierto es que los nombres de las islas responden a una extraña disposición: Masatierra recibió el nombre del personaje de ficción imaginado por Defoe, Robinson Crusoe, en tanto que Masafuera fue bautizada con el nombre del personaje que vivió realmente la historia: Selkirk.

 

En Aurora Lee describo la pista de aterrizaje, que sólo había visto precariamente en internet, el viaje en barca alrededor de la Isla, la llegada al muelle de San Juan Bautista, en la Bahía de Cumberland. Me inventé que las casas eran de madera pintada de colores e hice que mi protagonista transportara las cenizas de un multimillonario californiano, cuya historia había estado escribiendo, con el fin de dispersarlas en Selkirk. Cuando, poco antes de morir, el millonario le explica al escritor fantasma que quiere que dispersen sus cenizas en Selkirk, el escritor fantasma, que está al día de las historias literarias en boga, le comenta que la ocurrencia no es muy novedosa, y le refiere la historia de Franzen y las cenizas de Foster Wallace. Encogiéndose de hombros, el millonario le dice que no tiene la menor idea de quiénes son los escritores de quienes habla (“Me quedé en Hemingway”, confiesa).

 

Cuando tras la muerte del millonario la viuda le pide que cumpla la última voluntad de su marido el escritor viaja a la isla. Una vez allí se presenta en el cuartel de carabineros y mantiene una entrevista con un oficial de corta estatura cuyo nombre de pila es Carlos Fuentes (el apellido no viene ahora al caso). En la pared del despacho hay un poema de Gabriel Mistral.

 

                Cuando llegué a Robinson Crusoe, me alojé en una pensión que respondía al nombre de Petit Bruhle. Su dueño, don Ramón Baeza, había sido el jefe de carabineros de la isla durante cuarenta años, y llevaba varios retirado. El cuartel que había estado a su cargo era una casa de colores, como la que describo en la novela. Nunca entré, por lo que no sé si en la pared hay o no un póster con un poema de Gabirela Mistral, pero en la puerta acristalada de un cubículo del puerto que hace las veces de capitanía había un cartel con un poema de Nicanor Parra titulado “El hombre imaginario” (un poema magnífico, dicho sea de paso). Viajé a la Isla con un ejemplar de La broma infinita. En la pensión había una terraza desde la que se dominaba una bellísima vista de la Bahía de Cumberland, en cuyas aguas flotaba una lancha roja que respondía al nombre de Abbe Müller, una de las embarcaciones que viaja con periodicidad a la Isla de Selkirk, adonde tenía intención de viajar yo.

 

                Viéndome leer y escribir en la terraza a todas horas, don Ramón Baeza me preguntó si era escritor. Aproveché para preguntarle si recordaba a un escritor americano que había ido a Selkirk hacía unos años, y le dije el nombre. Me dijo que del nombre no se acordaba, pero cuando se lo describí dijo que un escritor alto, de gafas ovaladas, se había alojado en su pensión, en la misma habitación que yo.

 

                En la avioneta que me llevó a  Robinson Crusoe viajaban un periodista americano y su mujer, Mike y Shirley. Me explicaron que el motivo por el que habían viajado a Juan Fernández era que un amigo suyo, naturalista y profesor de la Universidad de Seattle, que llevaba 15 años yendo a la isla, les había dicho que tenían que ir allí alguna vez. Una tarde Mike y Shirley me invitaron a ir a ver a su amigo en las Oficinas de Oikonos, el organismo para el que trabajaba su amigo. Se llamaba Peter Houdun. Houdun nos habló de su trabajo y nos mostró ejemplares de  una especie avícola en peligro de extinción. Las hembras incubaban a sus crías en orificios que se encontraban a varios metros de profundidad. Introduciendo unos cables de gran longitud rematados por una cámara en los orificios, pudimos ver cómo los pájaros protegían a sus recién nacidos. Tras la visita mantuve una larga conversación con Houdun en su despacho. Le expliqué el origen de mi interés por la isla y cuando mencioné el nombre de Franzen me interrumpió para decirme que la idea de llevarlo allí había sido suya y de sus colaboradores. Franzen tiene pasión por los pájaros y ha viajado a distintos lugares del mundo con intención de observarlos. Houdun me explicó que la asociación de naturalistas para la que trabajaba pensó que si lo convencían de que fuera a la isla y escribiera un artículo, dada su fama, podría ser un buen apoyo para la labor que estaban ejerciendo. Franzen accedió y Houdun se ocupó de organizar su viaje a Selkirk. Uno de sus objetivos era observar una especie única en el mundo, dificilísima de ver, el rayadito de Masafuera. A lo largo de los años Houdun ha podido observarlo en numerosas ocasiones. Para gran frustración suya, Franzen no llegó jamás a verlo. A diferencia de lo ocurrido con otros muchos escritores que visitaron la isla a lo largo de los años, Franzen no ha dejado huella alguna entre la población. El año pasado pregunté por él en muchos lugares, pero nadie lo recordaba. Casi todos los autores que habían escrito sobre la Isla dejaban ejemplares allí. Él no lo hizo. Cuando le pregunté al profesor Houdun por Franzen me dijo que era un tipo más bien antipático y estrecho de miras. Otra persona que me habló de Franzen fue don Iván Leyva, un hombre de unos cincuenta años, de grandes barbas y lentes metálicas. Leyva es el director de CONAF, la organización que vela por la preservación de las condiciones del ecosistema de Juan Fernández. Es un hombre sabio, de carácter muy afable, que me mostró los numerosos volúmenes que se han escrito sobre la naturaleza de las Islas. Leyva me explicó que la obsesión de Franzen era ir más allá de todo límite. En el caso de Selkirk, que es una isla de gran elevación, pese a su reducido tamaño, el más allá era un risco elevadísimo donde se empeñó en estar solo. “No quería que lo viera nadie, que nadie estuviera cerca de él”. Le dejaron hacer lo que quisiera, y allá que se subió con sus artilugios y su tienda de campaña, que el viento se encargó de desbaratar. Viajó a Selkirk en la lancha de Danilo Paredes, el piloto a quien llamé desde Nueva York tratando de asegurarme una plaza en su lancha la primera vez que viaje al Archipiélago.

 

                No contando con ningún apoyo oficial, tuve menos suerte que Franzen. Cuando fui a ver a Danilo poco después de llegar, su lancha estaba a punto de zarpar. Pese a lo que me había dicho por teléfono, cuando le recordé nuestra conversación de hacía unas semanas, me dijo que no le iba a resultar posible llevarme, porque el cupo de su lancha estaba completo. Es más, había una larguísima lista de espera, por ser Navidades, fechas en las que las familias acudían a Selkirk para estar junto a los pescadores.

                Mi estancia en Robinson Crusoe fue maravillosa en todos los sentidos. La historia del viaje es muy larga y la quiero contar con detalle en otro lugar. Aquí daré una versión muy resumida. En el puerto inglés, del que hablo en mi novela, vi los olmos que plantó un granjero australiano y conocí a Bernard Káiser, el millonario americano que lleva casi dos décadas excavando en una zona de la que se tiene constancia de que hay un tesoro. Recorrí la isla a pie de punta a punta, en compañía de Mike, Shirley y una joven geóloga. Cuando tras varias horas de caminata llegamos al mirador desde el que Selkirk avizoraba el horizonte, quise apuntar unas impresiones, y descubrí que el cuaderno se había caído de la bolsa que llevaba a la espalda en algún lugar del camino. Había escrito más de 400 páginas. La geóloga que venía con nosotros, Francisca, salió corriendo en su busca. Al cabo de una hora regresó con él. Lo había encontrado en la mitad del sendero, en una zona agreste. Le sacó una foto antes de recogerlo.

 

                De vuelta a Cumberland, se nos sumó un chico joven que respondía al nombre de Siggi (Sigifredo), un isleño que tiene una relación sagrada con la flora y la fauna del país. Siggi nos llevó a conocer las zonas altas de la isla, explicándonos la historia de las distintas especies animales y vegetales, distinguiendo entre las endógenas y las que habían llegado de fuera. Entre los personajes que fui conociendo entonces estaban don Victorio, un hombre de 81 años, historiador y maestro retirado, actual director de la Biblioteca Alejandro Selkirk. La biblioteca originaria estaba en los muelles, pero la arrasó el tsunami de 2010. Don Victorio me presentó a una joven periodista, Rocío Lafuente, que escribe reportajes para El Mercurio y otras publicaciones. Rocío ha accedido a ser el escritor fantasma de Don Victorio. Su misión es contar la historia de la isla a través de los ojos del buen bibliotecario antes de que muera. Durante mi primer viaje hice muchos amigos y en los lugares que visité vi ejemplares de los innumerables libros que se han escrito sobre la isla a lo largo de los años, lista larguísima, que no en algún momento quisiera detallar y que no deja de crecer. Tan sólo tuve una frustración, aunque fue terrible: Nunca pude llegar a Selkirk. A medida que se acercaba la fecha de mi regreso a Nueva York, me causaba más daño ver la silueta de la pequeña Abbe Müller en la Bahía de Cumberland. Una tarde, tras visitar el Jardín Mágico que cuida el joven Siggi, un lugar lleno de especies botánicas sumamente raras, llamé a la puerta de la casa del patrón del Abbe Müller, Ramón Salas. Teníamos la misma edad, sólo que él había nacido el 13 de enero y yo el 31. ¿Seguro que no ha cambiado los dígitos de orden?, le pregunté.

 

                Me dijo que si volvía con tiempo suficiente seguramente me podría llevar el año siguiente. La Abbe Müller zarpó a Selkirk el 4 de enero de 2014, unos días después de que yo volviera a Santiago de Chile, a fin de abordar el vuelo en que debía regresar a Nueva York. Hasta hoy, es una espina que tengo clavada. La razón por la que he vuelto al Archipiélago es intentar viajar allí.

 

5 de marzo de 2016


Isla Robinson Crusoe 

 

                Antes de emprender el viaje, escribí a Peter Houdun un par de veces. Me contestó, con muchísimo retraso al primero, y me explicó que no tenía una idea muy clara de cuándo volvería a Juan Fernández, aunque tenía un año sabático en la Universidad y tenía intención de ir con su familia. Le volví a escribir y a llamar, pero nunca volví a saber nada más de él. Ayer fui al Mare Nostrum, un local donde sirven buen capuccino, a cinco dólares (uno más, absurdamente, que en el Café Lafayette, de Nueva York). Yo estaba tomando notas en mi cuaderno cuando vi aparecer a Peter Houdun, acompañado de su hija, una niñita rubia con muy buenos modales. Houdun me miró un instante sin reconocerme y me saludó en español. Al ver la cara de sorpresa que ponía yo, cayó en la cuenta de quién era. Quedamos en almorzar al día siguiente en Brisas del Mar, el bar de Elo, un isleño cuyo padre es chef de un restaurante de la carrera de San Jerónimo en Madrid. Elo vivió muchos años en España. Está casado con una gallega y sus tres hijos nacieron en España, los dos mayores en Madrid y la pequeña en La Coruña. Peter se presentó en el Brisas del Mar acompañado de su mujer, Natalie, una canadiense muy agradable, también naturalista y con su hija. Después de comer, fuimos a tomar café en su casa. Mientras charlábamos tranquilamente en el jardín me llegó un mensaje de Url, respondiendo a uno que le había enviado yo diciendo que todo seguía en pie aunque no tuviera noticias mías de mi texto, que me había resultado imposible enviarle. La única forma de comunicación que tengo con el mundo son los breves mensajes y correos que, con mucho retraso y dificultad puedo enviar desde el iPhone.

 

                ¿Qué quieres decir con eso de que todo sigue en pie? Decía Url en su correo. He tenido a mi gente preparando un portal para tu proyecto y no hemos recibido nada. Espero que estés disfrutando mucho.

 

                Aquel mensaje me hizo ver que había atravesado una línea de luz que me separaba irremediablemente del mundo del que había huido. Pensé en el título del artículo de Franzen. Evidentemente, sabía muy bien de qué hablaba.

 

                Lo primero que hice, nada más llegar a Robinson Crusoe, fue ir a ver a Ramón Salas, el piloto del Abbe Müller. Se acordaba de mí y me recibió con suma amabilidad, garantizándome que esta vez sí me llevaría. Hubo otra persona que también me garantizó que podría viajar a Selkirk, en un barco de envergadura mucho mayor, el Antonio. El Antonio lleva provisiones cada dos semanas a la isla. Jaqueline, la madre de Felipe Paredes, el alcalde de la municipalidad, me dijo que podía viajar en el barco de más tonelaje. El problema es que, debido al mal estado de la mar, no había podido descargar ni se sabía cuando podría hacerlo. La Abbe Müller lo haría antes, sin la menor duda. A Rocío Lafuente, la periodista que está escribiendo la historia de don Victorio también la vi el mismo día que llegué. Fue muy simpática y como era viernes y estaban a punto de cerrar la biblioteca, que no volvería a abrir hasta el lunes siguiente, lo primero que hizo fue llevarme corriendo a ver a don Victorio, que se acordaba perfectamente de mí.

 

                El año pasado hablé bastante con Rocío. Juntos mantuvimos una larga conversación con don Victorio. Aunque al principio ella no tenía demasiado interés por ir a Selkirk, con el tiempo acabó por tener tantos deseos de hacer el viaje como yo. Cuando me fui, tampoco ella lo había conseguido, pero hay que tener en cuenta que en la Isla uno nunca hace lo que quiere, sino que debe esperar a que los acontecimientos le indiquen el camino a seguir. Un día, varias semanas después de que yo me hubiera ido, el capitán del otra lancha que viaja ocasionalmente a Selkirk, la Sunnan II, vio a Rocío paseando por el puerto y le dijo: ¿Eres tú quien tiene interés por ir a Selkirk? Rocío le dijo que sí. Pues nos vamos dentro de un rato. Apenas le dio tiempo para ir a recoger sus cosas. Volvió al cabo de dos días. Unos meses después, escribió un reportaje para El Mercurio sobre su viaje a Selkirk. En él cuenta la historia de un escritor español que le había contado la historia de Franzen y Wallace, haciendo hincapié en el hecho de que, pese a su obsesión por ir allí, el escritor español jamás había logrado llegar a la isla.

 

El artículo me gustó, aunque fue como una puñalada en las costillas. También lo fue el escueto correo de Url que había leído mientras hablaba con Houdun en el jardín de su casa.

 

Por favor, confía en mí, le había dicho en mi respuesta, que envié un par de horas después. Tengo numerosas dificultades aquí, entre ellas dar con un alojamiento adecuado. No estoy tomando daiquiris mientras busco maneras originales de tomarte al pelo a ti y a tu equipo.

 

Vale, contestó con sequedad Url. Un abrazo.

 

                El sentido del proyecto de novela en directo o lo que quiera que sea esto que voy pergeñando aquí, consiste en buena medida en observar y describir de cerca el proceso creativo de una narración, la historia extraña y extrema (como dijo Enrique a propósito de Aurora Lee) de las relaciones entre ficción y no ficción. Todo el mundo anda en eso hoy. Ese parece ser el trance en que se mueve la novela del futuro.

 

                El libro que estaba leyendo cuando salí de Nueva York son las cartas de Nabokov a Véra. Está lleno de ideas sumamente interesantes. Una, que leer es releer, como si el primer paso por un texto fuera algo necesariamente incompleto. Creo que está en lo cierto, lo cual, aplicado a la idea del viaje, se traduce en que viajar en realidad es regresar. Sólo que al volver a un lugar por segunda vez nada es lo que parece.

 

Es el caso de Recabarren, el marinero torvo que se ocupa de trasladar a los pasajeros que viajan entre el aeródromo y San Juan Bautista. El año pasado, durante el trayecto de vuelta al aeropuerto, me vi forzado a darle una respuesta cortante cuando empezó a burlarse de mí. Le cambió el gesto y se le endureció la mirada de tal modo que me hizo pensar en una reyerta de navajas en una pulpería. Al final nos reconciliamos y accedió a que lo entrevistara, aunque es un tipo de una inteligencia animal, que no tiene nada que contar. Recabarren es un marino experimentado que conoce la superficie del mar como si fuera un camino de tierra, pero fuera de eso, no hay nada de inteligencia en él. Fue el primer rostro que vi al bajar de la avioneta. Le pregunté si me recordaba y se rió.

 

                ¿Qué tal todo? le pregunté.

                Se me fue mi mujer, dijo. En algún lugar de su voz, muy escondido, había un atisbo de dolor y tristeza. Le apreté el hombro, pero pronto volvió a sus burlas, de manera más contenida que antes cuando tuvimos nuestro incidente. Recabarren me dijo algo que me permitió entender la inmensa separación que hay entre la isla y el resto del mundo.

                ¿Viaja mucho al continente?, le pregunté.

                No me gusta el continente, dijo con un gesto difícil de explicar.

 

                ¿Cómo nace un poema? ¿Cómo nace una historia? ¿Cómo se escribe una novela? ¿Cómo se lleva a cabo una traducción imposible de un texto imposible? ¿Cómo se transmite la experiencia en vivo de la creación de un relato ex nihilo? ¿Cómo nace un personaje? ¿Cuándo se escribe cómo se pasa a la ficción desde un plano que no es imaginario? Empecemos por el personaje. Lo primero es darle el nombre. Normalmente surgen de la nada, de la bruma, como el productor del disco de Brian Cullman. Cuando Brian se acercó a saludarme me presentó fugazmente a su acompañante. Creo recordar que me dijo que era periodista, pero no estoy totalmente seguro. El dato que se me quedó fue el del nombre del productor, que sí figuraba en la carátula del CD. Jimmy Zhivago. No sé si acabaré o no escribiendo una novela aquí. Puede que este sea su primer boceto, aunque las leyes que me impongo a mí mismo excluyen la posibilidad de rectificar, un poco como cuando se escribía a máquina y antes a mano. Jimmy Zhivago, gran hallazgo. Lástima que no exista en la realidad. O tal vez todo lo contrario. ¿Cuándo y dónde volverá a aparecer?

 

                Lo convierte a Zhivago en un personaje con grandes posibilidades es su apellido. El caso de Recabarren es diferente. Su nombre también tiene mucha fuerza, aunque no tanta como su personalidad.

 

                                                                                              §

 

 

10:00 pm

 

Me encuentro en una cabaña situada a la misma orilla del mar, enfrente de la Abbe Müller. He podido hablar con su capitán en varias ocasiones. La salida está prevista para mañana, pero una notificación de última hora anuncia un temporal que puede retrasar la salida. El mar rompe con fuerza inusitada, y hay unas marejadas de una potencia anormal. Anoche, a las tres de la madrugada, mientras retocaba el texto que tenía intención de enviar, me despertaron unas voces. Eran dos jóvenes que habían aparcado sus motos de cuatro ruedas en el camino de tierra que pasa justo por delante de mi cabaña. Las corrientes del mar tenían tanta fuerza que lanzaban peces de gran tamaño, conocidas aquí como vidriolas, hacia los cantos rodados de la orilla, donde daban saltos frenéticos, al verse fuera del agua. Observé el espectáculo con suma atención. Los jóvenes recogían los peces de entre las rocas y los iban echando en unas cestas de gran tamaño que tenían en sus vehículos. Durante el tiempo que los estuve observando capturaron, cogiéndolos por la cola, al menos dos docenas de ejemplares. Llevaban unas linternas con las que inspeccionaban los resquicios que había entre las rocas. Esta tarde se ha levantado un fuerte viento, que es lo que impide saber si mañana zarpará o no la Abe Müller. La Abe Müller es una lancha de color rojo y blanco, muy pequeña. A su lado hay un buque unas veinte veces mayor, de color verde… [He dejado de escribir unos momentos porque he oído otra vez el ruido de un motor. Esta vez es un solo vehículo. Ha bajado de él un hombre joven, que lleva un casco de color granate. Recorre la orilla con mucho detenimiento, pero durante el tiempo que lo he estado observando, no ha encontrado ningún pez]. El buque de color verde es el Antonio. Todavía no ha podido descargar. Ha efectuado varios intentos, pero la fuerza de la marea le ha impedido por el momento atracar. Edwin, que ocupa una cabaña cercana, se acercó para charlar conmigo hace dos días. Los dos estuvimos observando atentamente las maniobras del Antonio. Edwin tiene 69 años y vive en Buenos Aires, aunque es chileno. Ha venido a ver a su hermana Ilca, que es algo menor que él. Ilca es la propietaria de las cabañas, y además tiene una escuela de buceo. “Mi padre”, me explica Edwin, “era el práctico del puerto de Valparaíso. Falleció hace mucho tiempo. Él hubiera sabido atracar el buque hace días, pero aquí no hay práctico, y la experiencia del capitán no es suficiente”.

 

                He vuelto a Juan Fernández para poder cumplir una parte muy importante de mi proyecto: llegar por fin a la Isla de Selkirk. Hace unas horas me encontré con Gabriel, un joven nacido en Juan Fernández, que viaja mañana conmigo en la Abe Müller. No está seguro de que la lancha vaya a poder salir, aunque eso es algo que nunca se sabe con certeza. Su impresión es que habrá que retrasar la salida. “Son 93 millas, y con la mar en este estado el viaje puede durar 16 horas”. Las condiciones son muy precarias en la lancha. Hay una pequeña cabina donde se pueden acomodar de mala manera tres personas. “¿Quiénes va mañana?”, le he preguntado. “Sólo usted y yo”, ha sido su respuesta. “Suponiendo que salgamos”.

 

Mensaje de whatsapp enviado esta tarde:

 

Don Ramón Soy su pasajero Eduardo Lago Estoy a la espera de sus instrucciones.

 

8 de marzo de 2016

 

Bahía de Cumberland, 1:30 am.

 

Mensaje de Whatsapp enviado por Ramón Salas:

OK. Le aviso de la hora de zarpe.

 

Esta mañana le envié a Url un correo electrónico comunicándole mi intención de hacerle llegar la primera entrega del proyecto. Él se encuentra al otro lado de la línea de luz que separa a Selkirk del mundo. Es normal que no entienda mi situación aquí. A fin de que supiera un poco mejor lo que sucede, le envié por whatsapp (el método de comunicación que usa todo el mundo aquí, el año pasado no era así) una foto de un artículo de periódico cuyo titular dice DECLARAN PERSONA NON GRATA A BACHELET EN JUAN FERNÁNDEZ.

 

El alcalde, Felipe Paredes, y su corporación tomaron tan insólita medida como protesta por la falta de atención prestada a la isla por parte de las autoridades. El artículo menciona de manera particular lo poco que se ha hecho por la comunidad desde que el 27 de febrero de 2010 la Isla fuera devastada por un tsunami (las huellas de la desolación siguen siendo patentes por toda la población de San Juan Bautista). Una queja particularmente aguda guarda relación con la precariedad de internet. “Para poder descargar ciertas páginas, tenemos que ir a la municipalidad a las 4 de la mañana”. En un mensaje que le envié a Url esta mañana le decía que hoy creía que le podría enviar esta entrega del proyecto. “Cruzo los dedos”, terminaba diciendo. No contestó.

 

En Selkirk no hay teléfono ni electricidad. La única manera que tienen de comunicarse con sus familiares las 70 personas que viven en la isla, dedicados a la captura de la langosta, es por radio. En el puerto hay una estación puesta a disposición de quienes necesiten utilizarla, dentro de un horario cuidadosamente establecido. Ayer por la tarde fui con Rocío a buscar a Catherine, a quien quiere entrevistar para que le cuente la historia del tsunami, que vivió de manera dramática, en toda su intensidad. Cuando salió del cubículo donde se encuentra la emisora, Catherine estaba llorando. Se iba hoy al continente, y había estado hablando con su hija de dos años, que deja Selkirk al cuidado de su abuela.

 

9:00 am.

Mensaje de whatsaap enviado por Magdalena Labbé, desde las dependencias de CONAF: Abbe Müller recepcionará carga a Isla mañana miércoles 9 de marzo de 9:00 am a 12:00. Zarpe a mediodía.

 

Mensaje de whatsapp de Ramón Salas, patrón de la Abbe Müller: Zarpe, miércoles 12:00 horas.

 

Esperemos que sea así. Me dirijo ahora a la municipal. Grabaré esto en un pen-drive y espero que efectivamente se pueda enviar bien el texto a España.

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