La isla de Selkirk, 4

Eduardo Lago

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LA ISLA DE SELKIRK -4

 

Ficción, Interior, Noche

 

Manhattan 14 de abril de 2016,

Día de la República Española

 

Desde que lo concebí, quise que este proyecto tuviera dos facetas, una en clave de no ficción, el diario, y otra en clave de ficción, una novela “en directo”, cuyo primer capítulo presento, por fin, hoy. Incumpliendo una de las normas que yo mismo establecí al final de la última entrega (parece tan lejana): la entrega correspondiente a marzo llega con dos semanas de retraso.  

 

Qué extraño es estar en Nueva York. Qué extraño haber vuelto de las islas, haber dejado atrás Selkirk (donde sigue estancado el diario, esperando que su cronología se restablezca). Qué extraño haber pasado de Más Afuera a Más a Tierra, haber estado después en Valparaíso, escribiendo en el hotel Brighton. Qué extraño ver cómo los elementos de la realidad (siempre me acuerdo de que Nabokov decía que el término debía ir siempre entre comillas), a la ficción (¿habría que entrecomillar también la palabra ficción?)…

 

Acabo de volver de un rally de Bernie Sanders, aquí abajo, en Washington Square. Ha sido bastante impresionante oír su voz de anciano airado. Había una verdadera multitud escuchándole. Todo Manhattan Sur se ha colapsado. Todavía escucho helicópteros y sirenas.

 

No voy a escribir demasiado ahora, ni a corregir lo que escriba, sólo haré algunos comentarios al proceso de construcción imaginativa de Los papeles de Lexington (novela en curso). Comentaré el paso del elemento ficcional al no ficcional… y al revés… expresaré mis temores…

 

Incumplí la norma de entregar un capítulo en el estado en que se encontrara, por imperfecto que fuera. Sencillamente, no me resultó posible. Con enorme esfuerzo conseguí tener un borrador el día 31 de marzo, estando en Valparaíso. La fecha de mi vuelo a NY era el 6 de abril. Estuve trabajando de manera incesante en el texto cada día. Y en NY seguí haciéndolo hasta dar por acabado el capítulo 11 de abril.

 

El capítulo tiene dos partes nítidamente diferenciadas, la primera comprende los fragmentos 1 al 5 y la segunda, los fragmentos 6 al 9. La segunda parte es la que trabajé más durante mi estancia en Robinson Crusoe. Mientras pulía las entradas del diario, por las noches, en la cabaña de Ilka Poulentz, junto a la del cazatesoros Bernard Keiser, que se coló en la novela, arrogándose un importante papel, escribía paralelamente la historia de Lexington. Me imaginaba un pub y un cementerio, no sabía bien en dónde estaban. Oxiel (el nombre del barman) es como se llamaba el anciano que barría el jardín de infancia donde hay cañones de guerra, en la isla, frente al mar. El buen hombre se interrumpía al verme cuando me cruzaba con él cada día, y se ponía a hablar conmigo. Quería que le enviara una mecha de quinqué (eso me dijo) y unas camisas de España. El fragmento 6 es un homenaje al hotel de Valparaíso donde me hospedé dos años consecutivos al volver de la isla, mientras hacía tiempo para volar a NY. Una tarde fui a los cementerios que hay en el Cerro Panteón de Valparaíso, y la vista del Brighton desde allí es escalofriantemente hermosa. No sabía que hay un lugar llamado Selkirk en Escocia. Estaba buscando un buena ubicación al que enviar a Zhivago, para que se viera con el tipo que guarda los papeles de Lexington (no sé bien qué son). Lo lógico hubiera sido enviarlo a Largo, en el Condado de Fife, pero un hallazgo toponímico como el de Selkirk, que me encontré por casualidad en google maps es algo insuperable. Todo quedaba en Escocia. Pensé que debería ir allí mientras escribo la novela, pero no creo que pueda.

 

El fragmento 7 lleva como título otro hallazgo, el nombre del pub (“The Railway”). En el pueblo escocés de la “realidad” (no es Selkirk), el pub y el hotel están juntos. Me pregunto qué pensará el bueno de Peter Houdun, pequeñito y buena persona, al verse convertido en el hombre alto y fuerte y de oscuro pasado, depositario del misterio de Lexington (le cambié el primer nombre a William, pero el apellido pesa, trae su recuerdo). ¿Qué demonios, me pregunto, habrá en el sobre negro? ¿Para qué lo querrán los abogados de Scott and Johnson? El nombre se inspira en el de la firma de abogados Baker & MacKenzie, que se ocupa de gestionar los permisos de excavación de Bernard Keiser. Bernie me habló mucho de ellos.

 

El fragmento 8 (“Death and Company”) tiene un origen enigmático. Hay una oscura conexión con Irlanda, Joyce, el capítulo 6 del Ulises, y con el Pub de los Enterradores. La señal de tráfico que prohíbe ir a más de 10 kmh la vi con mis amigos de la Orden del Finnegans en el cementerio de Glasnevin, en Dublín. Sigue allí.

 

El incidente de los ojos (fragmento 9) es real, sólo que los ojos que la persona que entró en Barnes & Noble creyó ver eran los de Clarice Lispector. Yo presencié el hallazgo en la librería de Union Square. Cuando la persona que pasó velozmente por delante de una torre de libros y sintió que unos ojos la miraban dijo: “Creo que he visto los ojos de Clarice Lispector”. Siguió hacia el interior de la librería, adquirió un libro, y al cabo de quince minutos, al salir, fue directamente a la mesa donde había percibido aquella mirada y comprobó que efectivamente los ojos que la habían descubierto a ella eran los de Clarice Lispector. Lispector está en lo más alto de mi estimación en el ámbito de la escritura de ficción, en cualquier tiempo y lugar. Como el de Zhivago, el nombre es demasiado bueno como para no dárselo a un personaje. Cambié los ojos de Clarice Lispector por los de Eudora Welty. Tenían que ser los ojos de una escritora tan enigmática como la brasileña, aunque no pueden ser más distintas.

 

La primera parte del capítulo (fragmentos 1 a 5) la escribí después, y me costó un trabajo infinito. Me dio lástima, pero también me divirtió, ser testigo de los ímprobos esfuerzos que tuvo que hacer  Jimmy Zhivago, cuando  Lispector (el enviado de Pedersen) le pedían detalles sobre su oficio, y él trataba de explicarlo. La conversación tiene lugar en el domicilio de Zhivago, en San Francisco. El fragmento 2 (“Historias de Cumberland”), integra información verídicos acerca de la historia de las islas. Yo pasé dos años recopilando esa información, que recogí de primera mano en Más a Tierra, yendo a casas de la gente, porque la Biblioteca la arrasó el tsunami. De todos modos, no quise interferir demasiado en la conversación entre Zhivago y Lispector, por respeto a sus nombres, más que nada. Me limité a aportar datos los datos históricos que tanto interesaban a Pedersen.

 

“La isla del tesoro” (fragmento 3), impuso por sí misma su presencia. No hay novela más cercana a la de Defoe que la de Stevenson; son casi dos caras de un mismo acto de magia narrativa. Hay que ser inglés para imaginar así. En cuanto a Keiser, era mi vecino de cabaña, y me hice muy amigo de él. Todo lo que dice Zhivago de Bernard Keiser es rigurosamente cierto. El Friday´s Bar (Viernes Bar en la “realidad”) existe y está siempre desierto. Tengo una foto en él, que me sacaron el año pasado. El restaurante y el hotel también existen, y el chef chileno-catalán es el que nos servía. Las escenas que describo en el restaurante ocurrieron realmente hace unas semanas. No he cambiado el más mínimo detalle. Todo lo que digo de la aparición de los ingleses excéntricos (¿hay muchos ingleses que no lo sean? me pregunto) es rigurosamente cierto. Todo lo que se cuenta en el epígrafe titulado “Las cenizas de James English” sucedió exactamente tal como lo cuento. Se pueden comprobar los datos sobre Gambia en Google… Estuve a punto de cambiar los nombres de Bernard Keiser, James English y Lawrence Williams, pero al final decidí no hacerlo. En este sentido nada de lo narrado ahí es ficción (no hay parte inventada). Es cierto que tengo una cita con Williams en Gambia.

 

LO QUE ME ASOMBRA ES QUE EL CAPÍTULO TENGA 22 PÁGINAS (CÓMPUTO DE MI ORDENADOR). Es la extensión que pensé que sería ideal cuando se me ocurrió escribir una “novela en directo”: 6 capítulos de 22 páginas, uno por mes. ¿Ocurrirá lo mismo con los que faltan?

 

Insisto: ESTE CAPÍTULO CORRESPONDE AL MES DE MARZO.

 

En cuanto al diario, hoy compré un billete de avión con destino a Madrid, y he reservado un modesto alojamiento en la isla de Hydra, Grecia, a partir del 1 de mayo. En aquella isla fue donde escribí el prólogo de la edición de los Cuentos Completos de Doctorow. Cuando ponía fin a aquel texto, de madrugada, fallecía el novelista americano en Nueva York. Me llamaron de El país para pedirme que escribiera su obituario (por fortuna escuché los mensajes con retraso, y no lo pude hacer. El mejor obituario era el prólogo). Hydra: en aquella isla donde está prohibidos los vehículos (bicicletas incluidas), terminaré el siguiente capítulo… en el que no he pensado aún. No sé cómo será. No sé si en los 6 meses que va a durar el proyecto lograré o escribir los 6 capítulos de la novela.

 

En septiembre debe desaparecer todo del espacio virtual y viajar hacia su destino en papel.

 

Tengo muchísima curiosidad por saber qué va a pasar con el sobre que le ha entregado William Houdun a Jimmy Zhivago…

 

Se publicó mi reseña de Ciudad en llamas. La envié desde Robinson Crusoe el mismo día que llegué a la isla, y salió seis semanas después, cuando ya estaba en la isla de Manhattan. Ahora estoy escribiendo una reseña de un libro extraordinario que leí hace más de 20 años, cuando se publicó la primera edición: Low Life, de mi amigo Luc Sante.

 

Espero poder enviar pronto mi siguiente entrega del diario. Tengo unos deseos inmensos de volver a lo que escribí en Selkirk…  En más de un modo, sigo allí…

 

 

 

LA ESTELA DE SELKIRK

Novela en curso

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

Los papeles de Lexington

 

1

 

JIMMY ZHIVAGO

 

A fin de simplificar las cosas diré que soy escritor, aunque el término no sirve a la hora de explicar lo que hago. Mi nombre, como sabe, es Jimmy Zhivago. Soy natural de Akron, Ohio, aunque desde niño no he parado de viajar un solo instante por todos los rincones del planeta. Eso es algo que les debo a mis padres. Por mi profesión tengo que desplazarme a sitios muy dispares, que no siempre elijo yo. Quiero decir que aparte de los lugares a los que viajo por decisión propia, hay otros a los que voy por cuenta ajena, cuando me hacen un encargo. En realidad no hay mucha diferencia. En los dos casos se trata de llevar a buen término una historia. No sé si es ésta la clase de respuesta qué está buscando, Lispector.

 

La razón por la que en Scott & Johnson tenemos interés por usted es que estamos al tanto de su viaje a Juan Fernández. Según tenemos entendido ha regresado hace poco.

 

Así es.

 

Luego nos ocuparemos de eso. Entretanto, siga hablándome de usted. ¿Por qué viaja tanto? Da la impresión de que si no lo hiciera sería incapaz de escribir.

 

Es algo más elemental. Viajar es mi manera de vivir, una necesidad, y puesto que estoy condenado a hacerlo, donde quiera que voy estoy pendiente de lo que me rodea. Eso es lo fundamental, estar en todo momento al acecho, como un buen depredador, y cuando llega el momento, actuar. Una vez atrapada la historia empieza el trabajo de verdad, que consiste en darle forma. No sé si lo que hago le podrá ser de utilidad a una firma como la suya. ¿Qué más quiere saber de mi trabajo?

 

¿Qué hace con sus historias una vez las da por acabadas?

 

Si se trata de encargos, cuando las entrego me desentiendo del asunto. Es cosa de quien haya contratado mis servicios. En cuanto a las historias que considero verdaderamente mías las suelo vender a distintas publicaciones.

 

¿Y se las compran?

 

Hasta ahora sí. Lo cierto es que hay bastantes editores a los que les gusta lo que hago. El trabajo de vender es cosa de ellos. Mi nombre atrae a cierto tipo de lectores, aunque soy bastante disperso, y a veces los despisto, cosa que no me conviene demasiado, porque puede ser perjudicial para las ventas. Aunque por otra parte muchas veces he pensado que es posible que ésa sea la razón por la que juego a despistar. 

 

¿Vender menos?

 

No es que sea un objetivo en sí, pero no quiero depender de eso. En todo caso, a lo que no renuncio jamás es a viajar. Incluso cuando no tengo ningún encargo entre manos, siempre estoy yendo de un lugar a otro, con la esperanza de dar con una buena historia.

 

¿Y suele tener suerte?

 

En general sí. De hecho siempre encuentro más historias de las que después soy capaz de escribir. Y de vender, claro. Hablo de las mías. Con las que me encargan es un poco diferente. En ese caso depende del instinto de quien me contrate.

 

¿Vende todo lo que escribe?

 

Naturalmente que no. Sólo someto al criterio de los demás una pequeña parte de lo que escribo para mí.

 

¿Cómo enfoca en general su trabajo?

 

Como en todo oficio hay que tener un método, una técnica, aparte de una ética profesional. Siguiendo con el símil del cazador, es importante conocer bien el terreno en que se encuentra uno y una vez en él, agazaparse y esperar con paciencia a que aparezca la presa.

 

¿Quiere decir que se puede provocar la aparición de una buena historia?

 

No se puede provocar la aparición de una buena historia, como tampoco el cazador puede hacer que surja una presa de la nada. O está allí o no lo está, como ocurre (es uno de los ejemplos en los que estaba pensando antes), con la búsqueda de un tesoro. En inglés, el término que se aplica a quienes dedican su vida a buscar tesoros es “cazador”. Por más pistas que se tengan sobre cómo dar con el tesoro, no hay certeza de que exista. En cuanto a las buenas historias, encontrarlas no es mérito de quien las busca. No hablo de suerte, sino de cómo funcionan las cosas de hecho. Muchas veces son un regalo que te hacen, pero eso no es algo que ocurra por casualidad, sino que es consecuencia de la actitud del buscador. En mi caso, muchas veces es la gente la que se dirige a mí espontáneamente. Lo hacen porque perciben algo de manera más o menos inconsciente. Sin que yo les haya pedido nada me ponen sobre una pista que me veo en la obligación de seguir si quiero obtener buenos resultados. Cuando sólo se tiene una historia incompleta, en embrión, el punto de partida no importa demasiado. Si lo único que se tiene es un comienzo, una historia de la que sólo se conoce una pequeña parte, da igual de dónde proceda. Lo importante es que yo, como narrador, me veo en la obligación de completarla y eso me resulta fascinante. La mayoría de las veces lo que falta de la historia existe en la realidad, aunque no siempre es posible dar con ello.

 

¿Y en ese caso qué ocurre?

 

Que el trabajo de completar la historia recae sobre la imaginación, aunque yo en principio procuro evitar eso. Normalmente la historia misma te indica el camino a seguir, aunque a veces resulta difícil distinguir entre las dos maneras de proceder... Esto… ¿Le puedo hacer una pregunta, Lispector?

 

Naturalmente.

 

Cuando Pedersen me llamó por teléfono habló de los papeles de un tal Lexington, pero no entró en detalles. ¿Quién es Lexington?

 

Es una mujer, pero si Pedersen no le ha dicho nada tampoco debería hacerlo yo. De todos modos no sé gran cosa. El asunto no se está llevando desde las oficinas que tenemos aquí en San Francisco. Se lo hemos encargado Omar González, nuestro hombre en Valparaíso. Me temo que tendrá que desplazarse allí para tratar esto con él.

 

Lo malo es que llegué de Valparaíso apenas hace una semana.

 

Lo sabemos, pero todo lo relacionado con los papeles de Lexington se tiene que llevar desde allí, que es donde tenemos todo el material relacionado con las islas. Y esa es también la razón por la que queremos hablar con usted. Sabemos que ha estado hasta hace poco en Juan Fernández y tenemos mucho interés por conocer los detalles de su viaje.

 

 

2

 

HISTORIAS DE CUMBERLAND

 

¿Qué fue a hacer a la Bahía de Cumberland, Zhivago?

 

Mi interés primordial era llegar a la Isla de Selkirk. Para mí Robinson Crusoe no era más que un lugar de paso, aunque después me llegué a interesar bastante. Mientras esperaba la oportunidad de trasladarme a la Isla de Alejandro Selkirk  me dediqué a recopilar datos sobre historia del archipiélago.

 

¿Qué se proponía hacer con esos datos?

 

No lo tenía muy claro. Cuando le dije a mi editor que me iba de viaje allí, me sugirió que aprovechara la ocasión para escribir un libro. La idea no me acababa de convencer. Toda mi obsesión era llegar a Selkirk.

 

¿Por qué? ¿Qué buscaba yendo allí?

 

No sé qué responderle. ¿Llegar a lo más hondo de mí mismo? ¿Y eso qué quiere decir? En parte me atraía el hecho de que es prácticamente imposible llegar. Tuve que hacer bastante tiempo antes de encontrar una lancha que accediera a llevarme. Lo cierto es que el compás de espera resultó más productivo de lo que había previsto. Más a Tierra es un hervidero de historias. Los escritores que a lo largo de los siglos han pasado por allí buscándolas son legión. En la avioneta de Ata que efectúa el trayecto entre el aeródromo de Pudahuel y la pista de aterrizaje para pilotos suicidas que hay en Punta Isla, junto a la Bahía del Padre, venía un escritor inglés que andaba a la busca de datos sobre los piratas que han pasado por el archipiélago, un tal Mike Preston. Hablé bastante con él.

 

¿Todos estos libros que tiene aquí son sobre Juan Fernández?

 

Sí. Me costó mucho reunirlos.

 

¿Qué piensa hacer con ellos?

 

Desde luego no escribir mi versión de la historia de las islas, aunque no hay ninguna decente y no estaría mal que alguien lo hiciera. Tal vez elija alguna que otra historia con intención de publicarla. Las hay muy interesantes.

 

Cuénteme alguna.

 

¿A qué viene este súbito interés de una firma de abogados como Scott & Johnson por un lugar tan remoto como Juan Fernández?

 

Necesitamos un mínimo de contexto. Le podríamos pedir un informe escrito, pero llevaría demasiado tiempo. Con que nos dé algunos datos será suficiente. Le pagaremos lo mismo que si escribiera el informe.

 

¿Qué datos quiere que le dé?

 

Cuénteme algo relacionado con la historia de las islas, lo que se le ocurra a usted..

 

¿La historia de su descubrimiento, por ejemplo?

 

Ese tipo de cosas.

 

El archipiélago lo descubrió en 1574 un piloto portugués que estaba al servicio de la Corona Española, Juan Fernández. Se le ocurrió una estrategia para acortar la duración del trayecto marítimo entre los puertos de El Callao y Valparaíso… ¿Se puede saber qué hace, Lispector? ¿No irá a grabar lo que estoy diciendo?

 

Es para revisarlo después en mi despacho, así no se nos escapará ningún detalle que pueda resultar relevante. ¿Tiene algún inconveniente?

 

Lo encuentro un tanto absurdo, pero en fin…  Decía que los buques de la época llegaban a tardar hasta seis meses en efectuar el trayecto, ya que tenían en contra la corriente de Humboldt, además de los vientos que soplaban de manera constante desde el sur. Fernández pensó que si se dirigía mar adentro en dirección oeste antes de poner rumbo al sur evitaría esos inconvenientes. ¿Es este tipo de cosa lo que quiere oír?

 

Siga, por favor.

 

Algo más de una semana después de la fecha de partida, el piloto portugués descubrió las Islas Desventuradas (San Félix y San Ambrosio). Siempre en dirección Sur y tras avistar constantemente ballenas a lo largo del trayecto (personalmente me encantaría hacer el viaje solo por contemplar el espectáculo, aunque ya no tiene nada que ver con cómo era entonces), a finales de noviembre, unas tres semanas después de haber zarpado de El Callao, Fernández avistó unas cumbres misteriosas que emergían del mar envueltas en nubes. Dicho de otro modo, que descubrió el Archipiélago que lleva hoy su nombre. Unos días después hacía su entrada triunfal en el puerto de  Valparaíso. En total, había empleado tres semanas para realizar una travesía que duraba entre tres y seis meses. Como avistó las islas el día de Santa Cecilia, ése fue el nombre que les puso. En cuanto a las islas individuales las distinguió con poética precisión, llamándolas respectivamente Más Afuera y Más a Tierra, según su mayor o menor lejanía con respecto al Continente. Al islote que colindaba con la Isla Mayor le puso el nombre de Santa Clara. Hay más nombres alternativos para las islas… Creo que los apunté por algún sitio. Déjeme ver mis notas… Aquí está… Más a Tierra o Santa Cecilia; Más Afuera o de los Perros, y Santa Clara o de las Cabras…. ¿Podemos dejarlo, Lispector? Si lo que quieres es una buena historia para robarla le pago una suscripción al Discovery Channel o a National Geographic.

 

¿Quiere hacer el favor de no interrumpirse a sí mismo cada dos por tres?

 

De acuerdo, pero a condición de que apague ese maldito aparato.

 

Apagado.

 

¿De qué hablábamos?

 

De robar historias.

 

Ah, sí. Lo dije pensando en Defoe, así hablamos un poco de literatura. ¿Le parece bien?

 

Hable de lo que quiera, con tal de que tenga que ver con las islas.

 

¿Ha leído Robinson Crusoe?

 

De pequeño, como todo el mundo.

 

El mayor robo literario de la historia. Defoe no sólo escribió el libro más famoso relacionado con la isla sin poner un pie en ella, sino que además su novela sigue siendo la más vendida de todos los tiempos a fecha de hoy. Defoe leyó la historia de Alexander Selkirk en un periódico de la época y la publicó como si fuera suya. ¿Conoce la historia de Selkirk?

 

Sólo el nombre.

 

Después de su descubrimiento, las islas siguieron estando deshabitadas hasta el siglo XVIII. Ocasionalmente recalaba allí algún barco que hacía la ruta del Pacífico Sur, normalmente porque tenía algún problema. En 1704 fondeó en la Bahía una pequeña goleta, la Cinque Portes. A su mando estaba un oficial de 21 años, William Stradling, que tuvo que reemplazar al capitán, que había fallecido víctima del escorbuto. En realidad por eso buscaron refugio allí. La tripulación estaba enferma y la nave infestada de termitas…

 

¿Y Selkirk?

 

Era el primer piloto. Escocés, 27 años, un tipo díscolo y temperamental. Le dijo a Stradling que la goleta no estaba en condiciones de navegar, pero éste no quiso escucharle. Cuando Selkirk vio que se hacían a la mar pese a sus advertencias dijo que él no zarpaba con ellos, así que lo dejaron allí con un mínimo de provisiones: pólvora, tabaco, etc… Cuando  vio que la nave partía sin él se arrepintió. Adentrándose en el agua pidió a voces que lo recogieran, pero Stradling ignoró sus gritos. Selkirk resultó tener razón. La Cinque Portes se hundió poco tiempo después, frente a un islote llamado Malpelo, tiene gracia el nombre, ¿no cree? Claro que el naufragio no le sirvió de consuelo…  El barco de Stradling navegaba al alimón con otra goleta, la Saint George, que comandaba un bucanero llamado William Dampier, que también estaba al frente de la expedición. Por cierto, que Preston, el escritor de quien le hablé antes, es autor de una biografía de Dampier. En su día le hicieron una reseña muy buena en The Guardian. Volviendo a Selkirk, se chupó cuatro años y cuatro meses de absoluta soledad en la isla, al cabo de los cuales… no se lo va a creer… lo rescataron unos piratas ingleses que iban en sendas embarcaciones que respondían al nombre de Duque y Duquesa. ¿Y quién era el capitán de la expedición?

 

¿William Dampier?

 

El mismo que vestía y calzaba. Bueno, el jefe de la expedición era un tal Woodes Rogers, un corsario de primer orden. Con el tiempo llegó a ser gobernador de las Bahamas. Dampier era el capitán de uno de los dos barcos, ahora mismo no caigo exactamente cuál de ellos. Se acordaba perfectamente de cuando habían abandonado a Selkirk y no daba crédito a que lo hubieran encontrado con vida después de tanto tiempo. Además le tenía aprecio, y decidió embarcarlo como segundo piloto. Tras varios meses e innumerables peripecias, la expedición regresó por fin a Inglaterra.

 

¿Y entonces es cuando entra en juego Defoe?

 

Creí que iba a decir la ficción. Exactamente. Primero escuchó la historia de Selkirk en los mentideros de Londres y luego la leyó en los periódicos. Defoe era un genio del periodismo y un panfletista de un talento excepcional, lo cual le costó que le condenaran a la picota en un par de ocasiones. Lo que no había hecho nunca es escribir una novela. Se estrenó con Robinson Crusoe. Después escribió otras, algunas muy buenas, pero ninguna se acercó de lejos a lo que alcanzó con la primera.

 

Suele pasar.

 

El libro fue un best-seller instantáneo. Por cierto, Defoe no lo presentó como una obra de ficción sino que lo publicó como si fuera el relato autobiográfico de un tal Robinson Crusoe. La única pista eran las dos vocales finales del apellido, Defoe, Crusoe. Nadie pensó que aquello fuera una invención. Nadie dijo que el libro fuera una novela. Bueno, tampoco lo hubieran podido decir, puesto que el género aún no existía, al menos en Inglaterra, donde hasta entonces sólo había habido romances.

 

Por fin se ha soltado a hablar, Zhivago, creí que nunca se decidiría a hacerlo.

 

No es fácil llevarle la contraria, Lispector, aparte de que me paga bien por ello… En fin, seguiré… ¿Ve este manuscrito que tengo aquí?

 

¿Qué es?

 

Apuntes sobre la historia de la isla. Más de seiscientas páginas de notas… con las que sospecho que al final no haré nada. Sería verdaderamente endiablado meterse a poner orden en eso. Demasiados personajes… No tengo mentalidad de historiador. Soy narrador. Me gustan las historias colaterales, que en apariencia no son importantes. Dejar que una me lleve a otra… Me divierten las incidencias aparentemente menores, las coincidencias insospechadas, como lo que le conté antes de Dampier.

 

¿No dice que su historia la escribió Preston?

 

Preston es historiador. Le interesan los grandes frisos de época. Le dedica un espacio escandalosamente reducido a la historia de Selkirk. Lo mío son los juegos literarios.

 

¿Por ejemplo?

 

Los cambios de nombre. No sé por qué, pero me fascinan. ¿Por qué la Bahía de Cumberland se llama así si la toponimia de la isla es enteramente española? No es que sea un secreto, sólo que el dato está enterrado entre montones de anécdotas irrelevantes, y tuve que hurgar bastante hasta que logré dar con la explicación. El nombre original era Bahía de Todos los Santos.

 

¿Quién le puso Cumberland?

 

Uno de los personajes de más relieve en la historia de la Isla, George Anson,  Lord Almirante de Su Majestad Británica. Buena historia la suya, pero a mí lo que me interesa son los enigmas, como el del nombre de Cumberland. Es como si exigiese que se hiciese algo con él. Si alguna vez escribo un libro sobre la isla sería un ramillete de historias de ese tipo. Puede que sea el destino de las notas que tengo en este manuscrito…

 

También las islas cambiaron de nombre.

 

Una idiotez mayúscula. No hay ninguna historia ahí. Fue ocurrencia de una escritora uruguaya, Blanca Luz Brum… Llevaba más de un cuarto de siglo viviendo en Juan Fernández cuando le dio por enviarle una carta a Eduardo Frei, a la sazón presidente de Chile, proponiéndole cambiar el nombre originario de las islas, aprovechándose de la leyenda de Robinson Crusoe con el fin de promocionar el turismo. Frei aceptó. Más a Tierra pasó a llamarse Robinson Crusoe mientras que Más Afuera recibió oficialmente el nombre de Selkirk.

 

¿Y eso cuándo fue?

 

En 1966.

 

Oyéndole hablar creo que sería bueno que escribiera un libro sobre la isla a su manera, saltando de historia en historia.

 

La historia de la Isla está llena de episodios protagonizados por personajes sumamente interesantes, como el Barón Alfredo de Rodt, un noble suizo que invirtió toda su fortuna en colonizarlas. Hay crímenes célebres, como el de los Maurelio (no disponemos de tiempo para que se lo cuente ahora), catástrofes como la del Dresden, un acorazado alemán hundido por los ingleses en 1914. El casco se encuentra en el fondo de la Bahía de Cumberland, a 70 metros de profundidad. Los buzos se entretienen bajando a ver los restos. Y muchas otras… Ha habido numerosos accidentes aéreos, en los que llegaron a perecer celebridades… En 2010 el poblado de San Juan Bautista fue devastado por un tsunami. Las historias están ahí, sólo que yo no vine a ocuparme de ellas. Estaba de paso. Mi objetivo era Selkirk, un lugar infinitamente más remoto y misterioso.

 

 

3

 

LA ISLA DEL TESORO

 

¿Dónde vivió mientras estuvo en Robinson Crusoe?

 

Alquilé una cabaña y mi vecino resultó ser un buscador de tesoros, del que me hice muy amigo. Con eso entramos en otra novela, y no quiero seguir por ahí.

 

¿Qué novela?

 

La isla del tesoro. No ponga esa cara. Lo digo de broma.

 

Para nosotros el asunto es muy serio. De hecho es ahí a donde Pedersen y yo queríamos que llegara. Todas las historias que he insistido en que me contara no eran más que una excusa para llegar ahí.

 

¿A La isla del tesoro?

 

Al tesoro que se supone que hay en la isla, mejor dicho al hombre que lleva 13 años buscándolo, Bernard Keiser. Tenemos entendido que usted trató bastante con él. ¿Lo llegó a conocer bien?

 

Así es. Al final nos hicimos bastante amigos.

 

Hábleme un poco de él.

 

Tiene 66 años. Es un hombre de carácter muy abierto, a quien le gusta hablar con todo el mundo. Lo conocí el año pasado, aunque entonces apenas lo traté. Me acerqué en barca a donde está llevando a cabo las excavaciones, un lugar conocido como Puerto Inglés.

 

¿Dónde queda eso?

 

En un recodo de la costa. Es un sitio muy especial. Hay allí un minúsculo bosque de álamos que plantó hace algunas décadas un granjero australiano. Entrevisté a Keiser allí mismo. No llegué a ordenar las notas, pero las conservo. Su historia es bastante curiosa. Keiser es un multimillonario norteamericano, judío de origen holandés. Nació en Amsterdam, pero siendo muy pequeño su familia se trasladó a Chicago. Hizo su fortuna fabricando tapices para muebles. Todo empezó en 1988, un día en el que estaba viendo un programa de televisión, en el Discovery Channel, creo recordar que me dijo. De repente apareció en la pantalla una isleña llamada María Luisa Beeche, (hija de Blanca Luz Brum, la mujer que cambió el nombre de las islas). Beeche  mostró ante las cámaras unas cartas que había heredado en las que se daban detalles muy específicos acerca de la ubicación del tesoro de Lord Anson. Cuando Keiser vio aquello, estuvo a punto de darle un ataque al corazón. Compró el primer billete de avión que encontró y nada más llegar a la isla se presentó en casa de Beeche, con quien previamente se había puesto en contacto por teléfono. Keiser le preguntó si podría ver las cartas, y ella le dijo que no tenía ningún inconveniente en dejar que las examinara. Los datos que Keiser encontró en ellas le llevaron a recorrer diversos archivos y bibliotecas en Sevilla e Inglaterra. Contrató a investigadores profesionales, que le ayudaron a ahondar en sus pesquisas y con toda la información reunida determinó que el lugar donde estaba enterrado el tesoro de Lord Anson era el Puerto Inglés. Tras obtener los permisos legales inició las excavaciones. Año tras año ha ido acotando el terreno donde se supone que está el tesoro, hasta llegar al punto en que se encuentra hoy. Al principio los isleños lo rechazaron, llegando incluso a plantarse delante de su casa con pancartas que decían “El tesoro es nuestro” (con lo cual daban por hecho que existía), pero con el paso de los años, han acabado por aceptarlo y goza de las simpatías de la gente del lugar. Keiser emplea a un total de 10 trabajadores a los que paga unos 50 dólares diarios. El año pasado me permitió fotografiar las excavaciones, pero las cosas han cambiado este año, porque siente que está muy cerca de alcanzar su objetivo, y no consiente que nadie tome fotografías en Puerto Inglés. Es difícil saber lo que acabará ocurriendo. El año pasado me pareció simplemente un chiflado, y su historia no me resultó en absoluto convincente. Este año me ha mostrado ciertas pruebas que indican que lo que dice pudiera no ser necesariamente una locura. Conforme a sus cálculos encontrará la cueva del tesoro la próxima temporada. El gobierno chileno autoriza de manera periódica las excavaciones, pero las restricciones que le imponen son mayúsculas, sobre todo ahora que ha empezado a excavar en roca, no en tierra, como había venido haciendo todos estos años. Nuestra firma se ocupa de obtener los permisos y renovarlos, por cierto, y no es asunto precisamente fácil.

 

¿Qué opinión le merece Keiser?

 

Me cae muy bien. Lo que no sé es si va a encontrar algo o no. Me gustaba hablar con él porque además de su peculiar búsqueda del tesoro, me dijo que a lo largo de los 13 años que lleva en la Isla ha acumulado una enorme cantidad de historias. Está escribiendo un libro, pero me ha dicho que no lo va a publicar hasta que no haya encontrado el tesoro. Me dio un poco de envidia en ese sentido. Más que las historias de la isla, que son relativamente conocidas y sólo falta ordenarlas, me interesaron las de los viajeros que recalan constantemente aquí. En cuanto al propio Keiser, es un firme creyente en las virtudes del capitalismo y no hay nada de idealista, o eso dice, en su búsqueda. Tiene la total certeza de que acabará encontrando el tesoro. Y su único interés, eso dice, estriba en la inmensa riqueza de lo que espera hallar. Le pregunté en cuánto lo valoraba y me dijo que muchos miles de millones de dólares. No es que me intentara ganar su confianza poco a poco. Me la ofreció él sin que yo se lo pidiera. Me hacía confidencias de manera espontánea. Venía a mi cabaña, llamaba a la puerta y me invitaba a tomar café en la suya. Me contaba una historia tras otra. ¿Conoces la historia de Mel Fisher, el cazador de tesoros? La gente le preguntaba lo mismo que a mí: ¿Cuántos años piensas seguir haciendo esto? Bueno, tardó 17, cuatro más de los que llevo yo hasta la fecha, pero al final lo encontró. Sabía que había un galeón español hundido frente a las costas de Key West, el Virgen de Atocha, y no paró hasta encontrarlo. Un día me vino a buscar y me invitó a tomar el té en su cabaña. Tenía mucho interés porque le echara vistazo a un artículo que tenía en el ordenador. Se quedó observándome atentamente mientras lo leía en la pantalla. El artículo guardaba relación de manera indirecta con el tesoro (no quiero ahora entrar en detalles). Me pareció bastante curioso. Luego me enseñó unas fotos en las que aparecían ciertos hallazgos reveladores que me hicieron pensar por primera vez que quizá Keiser no sea el viejo chiflado que mucha gente piensa que es. No sé qué le llevó a enseñarme aquellas fotos, pero me hizo prometer que no escribiría sobre ello, y no lo pienso hacer.

 

Como le digo, amigo Zhivago, Keiser es el punto de engarce con el encargo que le queremos hacer.

 

¿Se refiere a los papeles de Lexington?

 

En parte. Es un asunto bastante complicado.

 

Está bien. Sea lo que sea me vendrá bien olvidarme un poco de Selkirk.

 

Me temo que eso no va a resultar posible.

 

¿Por qué?

 

Enseguida lo entenderá. ¿Hay algo más que nos pueda decir acerca de Keiser que crea que nos pueda resultar de utilidad?

 

No sé bien qué quiere decir con eso. Estando con él me salió al paso una historia escalofriante, no sé si querrá que se la cuente. Es larga.

 

¿Está de broma? Por supuesto que quiero que me la cuente.

 

 

4

 

FRIDAY´S BAR

 

 

En el extremo occidental de la Bahía de Cumberland, junto a la barra de un local misterioso en el que nunca he visto entrar ni salir a nadie y que responde al nombre de Friday´s Bar, hay un restaurante al que Keiser acude a cenar todas las noches sin excepción. Un día me sugirió que lo acompañara. Cuando llegamos había otras dos mesas ocupadas, aparte de la nuestra. En una había un nutrido grupo de isleños, en la otra tres personajes que me llamaron poderosamente la atención: una pareja de ancianos y un individuo que aparentaba tener algo cincuenta y tantos años. Los ancianos tenían un aspecto bastante convencional, incluso levemente vulgar. Parecían dos jubilados a quienes les hubieran dado permiso en el asilo para irse de copas. El hombre tenía junto a sí un bastón de metal de color gris, de gran tamaño. El tipo de menor edad tenía el pelo cortado a ras de cráneo y los lóbulos de las orejas deformados debido a que se había hecho abrir en ellos dos grandes orificios en los que había encajado sendos discos metálicos de color negro. Delgadas tiras de piel circundaban los pendientes incrustados en la carne, remedando la manera en que se adornan las orejas los guerreros de ciertas tribus africanas. Además, tenía todas las partes visibles de su cuerpo cubiertas de tatuajes muy aparatosos, incluidos el rostro y el cuello.

 

Como todos los solitarios, Keiser es completamente imprevisible en sus acciones. Camino del restaurante cantó las alabanzas del chef, que había vivido muchos años en Barcelona, y me aconsejó qué platos elegir, pero cuando se acercó a  atendernos, le pidió una sopa y para beber una coca-cola (champán americano, por favor, le dijo, y me explicó que era abstemio). No entabló conversación conmigo. Como quien no quiere la cosa, sacó un iPad que conectó a internet a través de su móvil, y se puso a leer las noticias del día y a contestar correos como si yo no estuviera delante de él. Sólo cuando reparó en que los tres personajes que ocupaban la mesa contigua a la nuestra hablaban en inglés, salió de su ensimismamiento y trabó conversación con ellos. Al principio no hice mucho caso a lo que hablaba Keiser con nuestros vecinos, pero cuando capté el sentido general de la conversación no pude dejar de seguirla. En cierto momento, se levantó y se acercó a donde estaban. A una pregunta que le hizo Keiser, el inglés de los tatuajes, de pronto se puso de pie él también y metiendo la mano por debajo del cuello del jersey de lana fina que llevaba puesto, extrajo tres collares, dos de color oscuro y un tercero algo más claro, alrededor del cual había una serie de vainas o saquitos que llevaba cosidos al grueso cordón que era el collar. Sonriendo con orgullo, el inglés los sostuvo en alto a fin de que los pudiéramos ver bien.

 

Son collares africanos, explicó.

 

¿Qué hay en las bolsas? quiso saber Keiser.

 

Las cenizas de un amigo, fue la respuesta. En cada saquito hay una cantidad minúscula, que voy dispersando por distintos lugares del mundo, todos muy especiales.

 

¿Y en qué lugar de Robinson Crusoe arrojó las cenizas? siguió preguntando Keiser.

 

En el Mirador de Selkik, respondió el viajero inglés.

 

A Keiser se le escapó un bufido involuntario. Extrañado, el inglés le preguntó si creía que no había elegido un buen lugar.

 

No, no, el lugar es perfecto.

 

Me dio la impresión de que le había sorprendido la elección.

 

No, no… Está muy bien. Es el nombre y la leyenda. Sólo que no es desde allí desde donde Selkirk escrutaba el mar.

 

Pues hay varias placas que dicen justamente eso. Una la ha erigido la Municipalidad de Juan Fernández, otra las autoridades de la reserva forestal y hay una tercera que pusieron recientemente los tripulantes de un barco inglés.

 

Idioteces. También hay una placa que dice dónde estaba la cueva original de Selkirk, en Puerto Inglés. Y un japonés ha escrito un libro ridículo en el que dice haber encontrado los restos de su cabaña.

 

¿Entonces desde dónde escrutaba Selkirk los barcos? Porque el personaje sí es real.

 

El punto desde el que se puede observar el movimiento de los barcos que se acercan a la Bahía es la cima del Cerro Centinela. Casi todo lo que se cuenta en los libros sobre la historia de Selkirk es falso, incluida la novela de Defoe, que es una patraña, añadió.

 

La conversación se prolongó un poco más. Keiser volvió a la mesa, hizo una montaña con trocitos de una barrita de pan que fue desmenuzando encima del plato de sopa y cuando terminó de zampárselo todo me dejó plantado, diciéndome que había quedado con unos amigos en su cabaña.

 

Al cabo de un rato, cuando vi que los ingleses se levantaban, le pregunté al tipo de los tatuajes si le importaría que tuviéramos una conversación tranquila en algún momento.

 

Me dedico a recopilar historias, y la suya me parece asombrosa, aclaré.

 

Sí, por supuesto. No hay ningún problema. Sólo que nos vamos mañana por la mañana temprano. Tendría que ser esta misma tarde.

 

Por mí sí. ¿A qué hora le viene bien?

 

¿Qué le parece a las 7?

 

Muy bien. Si le parece nos podemos encontrar en la salita de estar que hay justo a la entrada de las habitaciones. Es un sitio perfecto para hablar.

 

Estupendo. Nos vemos entonces.

 

 

5

 

LAS CENIZAS DE JAMES ENGLISH (HISTORIA VERÍDICA)

 

A las 7 en punto, se abrió la puerta del salón, que por cierto queda justo encima del local eternamente desierto del Friday´s Bar y apareció el rostro de la anciana inglesa con la que Bernard y yo habíamos coincidido en el restaurante la noche anterior.

 

Lawrence, ya está aquí el escritor americano, dijo la mujer, dirigiéndose a alguien que al parecer venía detrás de ella. Unos instantes después entró en la sala el viejo del bastón seguido del individuo de los tatuajes.

 

Subo a la habitación un momento, enseguida vuelvo, dijo este último tras saludarme.

 

Tómese su tiempo. Aquí estaré.

 

Gracias por acceder a verse conmigo, le dije cuando regresó. Su historia me pareció fascinante y me gustaría saber más. ¿Le importa que tome notas?

 

En absoluto.

 

Gracias. Muy bien. Empiece por donde quiera.

 

Me llamo Lawrence Williams y soy londinense. Tengo dos hermanos. Desde siempre he sentido pasión por viajar. De joven iba a los lugares donde había conciertos para ver actuar a mis grupos de rock favoritos. Cuando conocí a James yo estaba aún en la universidad. Sentía una viva admiración por él porque era un viajero extraordinario. Nunca había conocido a nadie que hubiera estado en tantos lugares. Me fascinaba lo que hacía y aspiraba a emularlo. James era propietario de un terreno en Gambia, un bosque sagrado. Lo compró con idea de preservarlo de las acciones de los habitantes de la región. Decía que era el lugar más bello del planeta, y su opinión es digna de tenerse en cuenta porque James había estado literalmente en todo el mundo… Bueno, casi, matizó. En 1992, cuando me dijo que se disponía a viajar a Gambia le pregunté si podía ir con él y accedió. Me pareció un lugar bellísimo, créame, como no he visto jamás otro en todos los días de mi vida.

 

¿Qué diferencia de edad había entre James y usted?

 

Él era 30 años mayor que yo.

 

¿Qué profesión tenía?

 

Era ingeniero, pero realmente se dedicaba a viajar. Era su única ocupación.

 

Lo que tenía de especial su manera de viajar era la profundidad con lo que lo hacía, penetraba en lo más hondo de los lugares. Se quedaba mucho tiempo en ellos. Se relacionaba con la gente. Cuando fui a Gambia con él, algo cambió en mí. Entendí perfectamente lo que sentía James por aquel país y sus gentes.

 

¿Cuánto tiempo se quedó en Gambia?

 

Unos meses. James ya había abierto unas cabañas donde ofrecía alojamiento a un tipo muy especial de viajeros, no todo el mundo tiene interés por ir a una zona así, y me ofreció trabajar con él. Le dije que lo haría cuando terminara la universidad.

 

¿Qué estudió en la universidad, Lawrence?

 

Arquitectura, diseñaba platós de cine y televisión. Luego eso lo apliqué al Parque Nacional que creó James. Cuando me gradué, lo primero que hice fue comprarme un Land Rover, en el que me desplacé hasta Gambia desde Londres, atravesando el desierto del Sahara. En Gambia, recorrimos en canoa el río Mandinga, y llegamos a un bosque de una belleza indescriptible, y allí instalamos una tienda de campaña. James había empezado adquiriendo 4 acres de tierra. Su intención era proteger el bosque. El proyecto que creó James, el Parque Makasutu, que quiere decir Bosque Sagrado en mandinga, se inauguró en 1992. Hacíamos toda suerte de trabajos. Los tatuajes que tengo simbolizan lo que siento por Gambia. La gente es allí muy espiritual. Venían de distintos poblados. Nos hablaban de un sueño en el que aparecían dos blancos que iban a rescatar el Bosque. No es un delirio colonialista, Zhivago. El bosque había sido escenario de terribles luchas tribales. Según la leyenda lo descubrió un rey que llegó de Mali y yendo hacia la costa se tropezó con el bosque sagrado. Hubo una batalla en la que el rey fue capturado y decapitado. Esa es la historia mítica del lugar. Nosotros construimos allí un lodge que salió en un artículo del suplemento dominical del Times de Londres. El Sindicato Británico de Escritores de Viaje, que tiene más de 700 miembros, declaró que nuestro lodge de río Mandinga era el mejor del mundo. Entretanto James siguió adelante con su sueño de ir a todos los países y territorios del mundo, no sólo a las 161 naciones oficialmente reconocidas por la ONU sino también todos los territorios, cuyo número es muy superior; el último es la Isla Sakutu, que queda frente a Yemen. James y yo teníamos una cabaña en Alaska a la que íbamos todos los años y de allí viajábamos a todas partes, sobre todo a países africanos, como el Congo, Zaire, Ruanda, Burundi, Liberia, Sierra Leone. Así pasaron muchos años, durante los cuales James siguió acumulando lugares donde había estado. Hasta que… hasta que un día, de manera inesperada, todo cambió.

 

Williams se llevó la yema del índice al hombro izquierdo.

 

Le salió un lunar aquí, dijo. Se lo extirparon y la biopsia dio positivo. Le hicieron una intervención tras la cual la zona quedó totalmente limpia. Los resultados de los exámenes médicos a los que se sometió ulteriormente fueron negativos. Los nódulos estaban limpios, eso dijeron, pero un día, el 25 de julio de 2011 para ser exactos, James perdió el conocimiento. No sabiendo bien las causas, pensamos que lo mejor era que viajara a Inglaterra para someterse a un examen exhaustivo allí. No esperábamos que fuera nada grave, de modo que no le acompañé, pero cuando al cabo de una semana hablamos por teléfono lo encontré devastado. El cáncer se había extendido y era demasiado tarde. No había nada que hacer. Inmediatamente acudí a su lado. James duró apenas unas semanas más. Cuando falleció, incineramos el cadáver y volví a Gambia con sus cenizas.

 

En ningún momento de su relato Williams se dejó llevar por la emoción. Hablaba pausadamente, con total naturalidad, sonriendo levemente de cuando en cuando.

 

Como ve, tengo todo el cuerpo tatuado, dijo. Señaló los dibujos negro-azulados que le cubrían los brazos y las piernas, que quedaban al descubierto porque llevaba una camisa sin mangas y pantalón corto. También James, añadió, siguiendo con los dedos el trazado de los tatuajes, que tenía en el cuello. Cuando terminó desplegó las manos, mostrándome las palmas, que también tenía tatuadas.

 

¿Cuántos años tenía James cuando murió?

 

72.

 

Un rápido cálculo me permitió determinar la edad de Lawrence Williams. Si tenía 30 menos que su amigo, eso significa que en el 92 Lawrence tenía 42 años. Por lo tanto, en el momento de la conversación tenía 56 años, los que aparentaba.

 

Lawrence distribuyó las cenizas de James English en las minúsculas bolsitas que formaban parte de uno de los collares. Además, me indicó, acariciando los tatuajes, mezclé las cenizas de James con tinta.

 

No pude evitar un pensamiento cínico. Teniendo en cuenta la cantidad de destinos donde Lawrence Williams tenía intención de arrojar las cenizas de su amigo, me pregunté cuál puede ser el volumen de ceniza resultante de la incineración de un cuerpo humano. También me acordé de la extraña relación literaria que hay entre las cenizas y la Isla de Selkirk. Interrumpiendo su relato, le conté a Lawrence Williams el singular destino que corrió una pequeña parte de las cenizas de David Foster Wallace (como en el caso de los saquitos que lleva como si fueran las cuentas de un collar: lo que cabe en una caja de cerillas, le expliqué). Lawrence Williams dejó de escucharse a sí mismo por un momento. Me lo imaginé (como a Keiser), contando una y otra vez la misma historia a quien la quisiera oír, en su caso en cada uno de los lugares donde dispersa un saquito en el que hay una pequeña porción de las cenizas de James English. La gente que padece una obsesión tan atroz como la de Williams o el mismo Keiser, no es consciente de la enormidad de su desvarío. No obstante, mi interlocutor me escuchó atentamente. Cuando terminé me confesó que jamás había oído mencionar los nombres de Franzen ni de David Foster Wallace. Los viajeros como él siempre llevan consigo algún libro que leer y cuando llegan a un sitio lo dejan, cogiendo otro que a su vez ha dejado alguien que ha pasado por allí antes que ellos. Eludí preguntarle a Williams qué clase de libros le interesaban. Con Keiser sí lo hice. Es un lector voraz que tiene en su cabaña montañas de best-sellers de calidad (es un decir), pero no es éste el momento de señalar qué autores le interesan a mi amigo el buscador de tesoros.

 

Cuando volvió a tomar la palabra, Williams se puso a disparar de manera indiscriminada ráfagas de nombres de lugares donde había estado. Eran tantos y tan dispares, que me resultó imposible seguir el trazado. En cuestión de segundos se desplazó de México DF a Alaska, de Grecia a Argelia, de Timbuctú a Kyoto. Sentí verdadero vértigo, intentando visualizar los itinerarios que describía.

 

Al morir James, le oí decir, le faltaban 32 lugares por visitar (no sé si se refería a países o a territorios) para alcanzar su objetivo, que era obtener el certificado de la Asociación de Viajeros del Globo, documento que hubiera acreditado su paso por todos los territorios del planeta. Me pareció que tenía la obligación moral de dispersar sus cenizas en los sitios a los que la muerte le había impedido llegar. En 2014, tres años después de su fallecimiento, tomé la firme resolución de poner el plan en práctica. El primer viaje lo hice por Europa.

 

¿Qué países?

 

Chipre, Malta, San Marino, Andorra, Irlanda del Sur (esto último sólo lo puede decir, obviamente, un inglés). Le dejé que siguiera recitando nombres. La enorme cantidad de datos que me dio acabó por confundirme y dejé de prestar atención. En algún momento empezó a hablar de distintas clases de récords. Cuando hubo terminado el cómputo de naciones y territorios, empezó con el recuento de sitios (fue el término que empleó, tal vez quisiera decir regiones). Conforme a este último cómputo, al parecer establecido por alguna sociedad internacional de viajeros (no sé cual, mencionó los nombres de varios clubs y asociaciones de viajeros, de viajeros locos, en el sentido clínico del término, pienso al escribir esto) el número de sitios oficialmente homologados a efectos de lograr una acreditación oficial era de 870. (Esa fue la cifra que dijo, y la que anoté en el cuaderno, pero ahora que la veo empiezo a dudar si le oí bien. Ningún cuerpo es capaz de generar la cantidad de ceniza necesaria para dispersarla en tantos sitios, a menos que Lawrence utilizara dosis microscópicas). Me sentí un poco culpable porque me vinieran a la cabeza pensamientos tan irónicos, pero no lo podía evitar. Cuando por fin dejó de enumerar lugares, le pregunté si podía volver a ver los collares que le había mostrado a Keiser en el restaurante. Se los quitó con gran solicitud y los sostuvo en alto, sonriendo. Su expresión de orgullo era idéntica a la de la noche anterior.

 

Son collares mágicos, puntualizó, talismanes animistas, bendecidos especialmente por brujos africanos. Este es de madera, dijo, señalando el más claro. Los otros dos son de cuero.

 

¿Cómo se llaman sus padres? le pregunté, por temor a que se me olvidara recoger el dato en el cuaderno.

 

Pat e Ian, respondió. 

 

Lawrence Williams me explicó que estaba profundamente agradecido a sus padres por los sacrificios que habían hecho siempre para que él pudiera viajar.

 

Ahora me corresponde a mí recompensarlos, comentó.

 

¿A qué lugares piensa ir con ellos después de Chile?

 

India, Bhutan, Nepal, Israel, Palestina y Argelia.

 

El mapa que tiene Lawrence Williams en la cabeza es particularmente endiablado.

 

Fui a buscarlos hace una semana. Volé desde Gambia. En Londres, pasé 11 horas, el tiempo necesario para llegar a casa, dormir allí y regresé con ellos al aeropuerto. De Londres volamos directamente a Río de Janeiro. Después hemos estado en distintos países de América Latina (creo recordar que mencionó La Paz, Buenos Aires y la Isla de Pascua, pero a aquellas alturas había dejado de anotar nombres). Describió la singular disposición de los moai de piedra que se daba en el lugar de la Isla de Pascua donde dispersó el contenido del último saquito de cenizas que había arrancado del collar antes de venir a Juan Fernández. Tras decir eso, guardó silencio durante un largo rato.

 

Le pregunté si le importaba que le sacara unas fotografías, a lo que accedió de buen grado. A sugerencia suya salimos un momento al balcón, donde había mejor luz. Cuando volvimos a la sala de estar, llevábamos una hora y cuarto hablando, pero Lawrence Williams tenía ganas de seguir la conversación.

 

¿Le gustaría ver un documental que he hecho en Gambia? preguntó. Dura sólo 6 minutos.

 

Se titulaba 59 días de independencia y era una variación sobre el tema de los países y lugares, con un matiz político. Gentes de la zona donde Williams tiene su resort bailaban al son de una música pegadiza mientras sonreían desplegando mapas de distintos lugares del mundo. Los danzantes mostraban primero el anverso del mapa en el que aparecía inscrito el nombre de un país que había sido colonia de Inglaterra. Cuando le daban la vuelta al mapa, se veía la fecha en habían logrado la independencia. El documental me pareció bastante bueno. Cuando se dejaron de ver los créditos, Lawrence Williams cerró el ordenador y me preguntó cómo era Selkirk.

 

Nunca había oído hablar de esa isla, dijo cuando terminé de contarle por encima cómo fue la experiencia de mi viaje, del que acababa de volver apenas unos días antes. De haberlo sabido habría dispersado allí parte de las cenizas de James, pero nuestro avión sale mañana.

 

Seguramente hubiera desistido, le expliqué. No es fácil ir allí. La única manera de hacerlo es en lancha, y aparte de las 16 horas que dura cada trayecto, nunca se sabe con antelación cuándo habrá alguna travesía, además de que es prácticamente imposible encontrar a quien te lleve. Teniendo en cuanta la velocidad a la que se desplaza usted por el mundo, no creo que lo hubiera podido encajar en sus planes.

 

Venga a Gambia a verme algún día, dijo sonriendo. Pero antes póngame una nota para asegurarse de que estaré allí cuando usted vaya.

 

 

6

 

CITA EN EL BRIGHTON                                     

 

Para mí, el Hotel Brighton es el centro de gravedad visual de Valparaíso, una mansión victoriana, con un doble juego de tejados verdes que caen a dos vertientes, orientadas respectivamente hacia los cerros o el mar. Hay tres niveles de habitaciones que dan a todos los puntos cardinales, unas con balcón, otras con ventanas o medallones de cristal. Uno de los laterales del edificio cae sobre una pared de piedra que desciende en picado, asomándose a una plaza hundida en la parte baja de la ciudad. En torno a la altura central de la construcción hay una elegante terraza de suelo ajedrezado, protegida por balaustradas de madera blanca desde la que se dominan todas las vistas que ofrece la ciudad: el puerto, la bahía, los cerros, los palacios y edificios de colores, los árboles y tumbas de los cementerios. La silueta del Hotel Brighton, con sus paredes de color calabaza, es visible desde cualquier ángulo del irregular espacio urbano. El conjunto tiene aspecto decrépito y destartalado, pero conserva íntegro el encanto, sobre todo en los espacios interiores, como el bar, con sus mesas tapizadas ,y las ventanas emplomadas, con rombos de cristales coloreados. González me citó en la terraza al atardecer. Desde el primer momento se dirigió a mí en español, tratándome de tú.

 

Estoy al tanto de tu reputación, me dijo nada más verme. Sé lo que piensas con respecto a quién corresponde la propiedad de las historias, y tengo que decirte que la de Lexington me pertenece por derecho pleno a mí, quiero decir a nuestra firma. A lo que me refiero es a que aunque sea misión tuya dar con ella, cuando la encuentres, la historia no te pertenece. No la puedes escribir ni publicar, ni siquiera contar. La historia es propiedad de Scott & Johnson.

 

No te preocupes, Omar. Seguiré las instrucciones que se me den al pie de la letra.

 

Te pagaremos tanto como si tuviéramos intención de publicarla. Pero nos estamos adelantando. Todavía no sabemos bien cuándo llegarás a dar con ella, si es que lo llegas a conseguir, aunque creo que exagero. En cuanto la encuentres, avísanos inmediatamente. A efectos prácticos, no tienes que preocuparte de nada. Nosotros corremos con todos los gastos. Además de las dietas y un buen honorario, te daremos un suplemento especial.

 

¿Cómo se llama el tipo que tengo que buscar? ¿O tengo que seguir esperando a que me podáis dar algún detalle?

 

Jonathan Houdun.

 

¿Y dónde se supone que tengo que ir a buscarlo?

 

A Selkirk.

 

¿Selkirk? Eso no puede ser, González. Para ir a Selkirk…

 

No hablo de tu Selkirk.

 

¿De qué Selkirk hablas?

 

De Selkirk, Escocia.

 

Omar, si lo que te propones es…

 

González sacó el iPhone del bolsillo y levantándolo, me conminó a callar. Tras desbloquearlo, buscó algo rápidamente y anunció, con una sonrisa de triunfo:

 

Aquí lo tienes, Selkirk, Escocia. Compruébalo tú mismo.

 

Me pasó su teléfono. Asombrado, amplié y reduje varias veces la imagen, acariciando la pantalla con la yema de los dedos.

 

No puede ser… balbucí.

 

¿Qué es lo que no puede ser? ¿Qué haya un Selkirk en Escocia? Difícil encontrar un nombre más escocés que Selkirk.

 

No tenía la menor idea.

 

Está en la frontera con Inglaterra, como puedes ver. No es el único en el mundo, hay otro Selkirk en el estado de Nueva York. Y no me extrañaría que hubiera alguno más. Los americanos sois así. Camino de la casa que tiene mi amigo Tony Walls, el pintor, en los Catskills, se pasa por un pueblo llamado Delhi, y unas millas después por otro llamado Cairo.

 

¿Y dices que Houdun está allí?

 

Creemos que se dejará caer por el pueblo tarde o temprano. Es un villorrio en realidad.

 

¿Tienes idea de cuándo será?

 

Yo diría que pronto, pero no te lo puedo garantizar.

 

¿No me vas a dar más datos sobre Houdun?

 

No hace falta. Son irrelevantes a efectos de lo que queremos que hagas. Lo único que se espera de ti es que te encuentres con él y te dé algo que pertenece a mi cliente. Para encontrarlo basta con el nombre y la foto que te hemos dado. No es bueno que nadie sepa demasiado del asunto. Tú menos que nadie. Se puede volver en tu contra. Confía en mí.

 

¿Y Houdun sabe que vais a enviar a alguien para que os entregue lo que tiene?

 

Hace tiempo que lo sabe.

 

¿Puedo saber quién es vuestro cliente?

 

Por ahora no. La discreción es una de las marcas de identidad de nuestra firma. Lo sabrás en su momento.

 

Está bien, dije, y repetí en voz alta el nombre de Jonathan Houdun.

 

Eso es todo, Zhivago. Cuando des con él nos lo haces saber. Suerte.

 

¿Y cuándo quiere Pedersen que viaje a Selkirk, Escocia?

 

Tienes un billete para el vuelo de Londres que sale de Santiago pasado mañana. Mi secretaria te lo mandó hace unas horas a tu correo electrónico. Tendrías que haberlo recibido ya.

 

Luego lo miro. Me he olvidado el iPhone en el hotel.

 

 

7

 

THE RAILWAY PUB

 

Selkirk me pareció un lugar más bien triste. Alquilé un cuarto en un hotelito cerca de un parque. Al final de la calle estaba el pub por el que González me dijo que seguramente se pasaría Houdun cuando fuera a Selkirk: The Railway. Me dirigí allí nada más dejar el equipaje en el hotel. Acababan de abrir y no había aún ningún cliente. Tampoco había nadie atendiendo. Encima del mostrador vi un timbre junto a un cartel pegado con celofán a la madera en el que se leía, escrito con rotulador negro: Si tiene hambre vaya a un restaurante. Si tiene sed, toque el timbre. Me disponía a apretarlo cuando se abrieron las puertas giratorias que había detrás del mostrador y apareció un tipo de unos 40 años. Tenía la parte superior de la cabeza completamente calva, el pelo recogido en una cola de caballo y gastaba unos bigotes rubios descomunales.

 

¿Qué va a ser? preguntó sin preámbulos.

 

Hay sidra caliente con especias, decía una frase escrita con tiza en una pizarra. Señalé el letrero:

 

Una sidra.

 

Tardará un poco. Hay que prepararla.

 

No tengo prisa. 

 

El camarero se metió en la cocina sin decir nada. Eché un vistazo a mi alrededor. Desde el ventanal que queda frente a la barra se podía ver perfectamente quién entraba o salía del cementerio.

 

¿Qué le trae por aquí, amigo? me preguntó el encargado del local cuando  volvió. 

 

Le mostré la foto de Houdun que me había dado Omar González.

 

¿Lo conoce?

 

El camarero hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

 

Estuvo aquí ayer.

 

Dejé la foto en el mostrador.

 

¿Llegó a hablar con él?

 

Muy poco. Quería ir al cementerio, pero Willy tuvo que ir al hospital con su mujer.

 

¿Quién es Willy?

 

El sacristán. Lo más seguro es que después se pase por el pub.

 

¿Quién, Willy?

 

No, el tipo que anda buscando. Al menos eso fue lo que me dijo ayer; Willy no bebe, cosa insólita por estos pagos.

 

¿Sobre qué hora dijo que se pasaría?

 

No lo dijo, pero depende.

 

¿De qué?

 

Del tiempo que esté ahí. Señaló en dirección al cementerio. En todo caso antes de las 5, que es cuando cierra Willy.

 

El camarero cogió la foto del mostrador y masculló algo que no entendí. En aquel momento rompió a llover violentamente.

 

Desde que llegué no ha parado de llover, comenté. ¿Siempre es así?

 

No. En invierno nieva, contestó sin un asomo de ironía. Pasó un trapo húmedo por el mostrador. ¿Con quién tengo el placer de hablar?

 

Jimmy Zhivago. Le di la mano. ¿Y usted cómo se llama?

 

Oxiel. ¿Americano?

 

Sí.

 

¿De dónde?

 

Ohio.

 

Mi hermana vive en Nueva York. Detesto Nueva York.

 

¿Ha ido mucho por allí?

 

Nunca. No me gusta viajar. Todo lo que necesito está en este condado. Como mucho me acerco a Edimburgo. Lo digo por lo que se ve en las películas. Alzó la vista hacia el reloj que había en la pared. Falta un cuarto de hora, observó.

 

En ese momento se abrieron las puertas abatibles de la cocina y apareció una mujer que llevaba una taza de loza humeante sujeta por el asa.

 

Cuidado que quema, advirtió, dejando la taza justo al lado de la foto.

 

Gracias, Gillian.

 

¿Para qué falta un cuarto de hora? pregunté.

 

Para que Willy abra el cementerio.

 

Le di un sorbo al brebaje y me pareció que humedecía los labios en cal viva. Sacudí la cabeza.

 

¿Qué clase de sidra es ésta? Parece alcohol de quemar.

 

Tiene un toque de whisky. Bébasela de un par de tragos y verá lo rápidamente que entra en calor.

 

Ya me imagino.

 

Si no le gusta no hace falta que me pague.

 

Lo seguiré intentando. Volviendo a nuestro amigo, ¿cuando habló con él le contó algo especial?

 

Ya le he dicho que no hablamos gran cosa. Sólo le pregunté qué se le había perdido en el cementerio.

 

¿Y qué le contestó?

 

No me contestó. Ahí va Willy.

 

Me di la vuelta y vi la silueta de un hombre alto y encorvado que cruzaba por delante del los cristales emplomados de ventanal del bar. Me acerqué hasta la puerta para observar mejor sus movimientos. Willy llegó hasta la reja del cementerio, quitó el candado y la dejó entornada. Volví a la barra. La foto de Houdun seguía en el mostrador. El camarero y yo la miramos a la vez.

 

¿Por qué no se da una vuelta por el cementerio mientras hace tiempo hasta que venga su amigo? Puede que tarde.

 

No dije nada.

 

¿Quiere otra cosa? Veo que no puede con la sidra.

 

Intenté darle un sorbo, pero no me resultó posible pasar el trago. Me ardía la garganta. Cuando me recuperé, le dije al camarero, casi sin voz:

 

Hágame un favor, Oxiel.

 

¿Otra sidra?

 

Voy a descansar un rato al hotel. Cuando llegue… mi amigo, llámeme, por  favor.

 

Guardé la foto de Houdun en el bolsillo de la camisa, y dejé mi tarjeta encima de la barra junto a un billete de 20 libras.

 

Oxiel cogió la tarjeta y empujó el billete hacia mí.

 

No estamos en una película de los años cincuenta. Invita la casa…

 

Gracias.

 

Dése una vuelta por el cementerio. Es un lugar bastante especial. A veces yo mismo lo hago, y eso que no se me ha perdido nada ahí.

 

 

8

 

DEATH & COMPANY

 

Vi su silueta desde lejos y pese a la distancia y a que era alto y fuerte, me pareció un hombre desvalido. Hablaba solo, o eso me pareció desde donde me encontraba yo. Tal vez estuviera rezando, o quizás fuera una falsa impresión mía. Al principio lo observé desde un sendero que quedaba separado del suyo por varias hileras de tumbas, así no me descubriría fácilmente si de pronto le daba por volverse. Cada poco se detenía y leía alguna inscripción, u observaba la disposición de un grupo de lápidas. No sé muy bien. En todo caso no se demoraba mucho tiempo delante de ninguna tumba. Poco a poco fui aminorando la distancia que me separaba de él. Llevaba un sobre grueso, de gran tamaño, en la mano; lo dejó encima de una tumba mientras encendía un cigarrillo. Se quedó un largo rato así, pensando. Estábamos los dos solos en el cementerio. Después de observarlo unos minutos lo más sigilosamente que pude, me acerqué algo más. Aparentaba la edad que Lispector me había dicho que tenía, cincuenta años. Me separaban de él unos diez metros, demasiado pocos para estar acechando a nadie. Agucé la vista y me pareció adivinar el nombre de Lexington, por el perfil de las letras. Debajo, algo que sólo podían ser las fechas de su nacimiento y de su muerte y una inscripción. Di unos pasos más y cuando estaba a unos seis o siete metros de distancia de él, por fin se percató de mi presencia.

 

Se puso tenso y giró sobre sí, muy lentamente, como si fuera un muñeco mecánico que alguien estuviera accionando desde lejos. Primero clavó la vista en el suelo y después ladeó la cabeza muy despacio, arrastrando tras ella el resto del cuerpo, hasta quedar frente a mí. El sol le dio de lleno en la cara. Llevaba gafas negras, así que no me resultó posible ver bien su expresión. Buscó la sombra de un ciprés que tenía justamente a su lado y se quitó las gafas. Me observó apenas un momento y volvió a darse la vuelta efectuando los mismos movimientos que antes, sólo que en sentido contrario, hasta quedarse exactamente en la misma posición que cuando se percató de que lo estaban observando, envuelto de nuevo en la soledad que yo había interrumpido brevemente, terminando de hacer lo que hubiera ido a hacer allí. Pensé que no tenía derecho a seguir espiándolo del modo en que lo estaba haciendo, violentando su intimidad, pero me resultaba imposible apartar la vista de donde estaba. Me daba miedo que de algún modo pudiera desaparecer, aunque sólo había una entrada al cementerio.

 

Sin darme la vuelta, me alejé unos pasos y entonces escuché el ruido de un motor, al principio muy amortiguado, y luego cada vez más fuerte hasta que vi cómo al fondo del sendero aparecía un pequeño vehículo descubierto, conducido por un hombre joven, pelirrojo. En el volquete iban sentados varios tipos que llevaban unas herramientas que no acabé de identificar, jardineros probablemente, más que enterradores, pensé. Recordé que al entrar me había llamado la atención una señal que había en una pared blanca, prohibiendo circular a más de 10 kilómetros por hora. Obviamente era una indicación para quienes trabajaban en aquel lugar de muertos.

 

El vehículo se detuvo justo delante de la tumba donde se encontraba Houdun. El pelirrojo fue directamente hacia donde se encontraba él y se quitó la gorra que llevaba puesta.

 

¿Jonathan Houdun?

 

Escuché la pregunta con perfecta claridad. En lugar de contestarle, Houdun hizo un gesto, dándole a entender al pelirrojo que esperara. Inmediatamente, se dirigió hacia donde me encontraba yo.

 

¿Le envían de Scott & Johnson, no es cierto? me preguntó.

 

Así es.

 

Ya. Si no le importa espéreme en The Railway, dijo. No tardaré mucho.

 

Asentí.

 

 

 

 

9

 

LOS OJOS DE EUDORA WELTY

 

Houdun se quitó el sombrero y se sentó en el taburete que había junto al que ocupaba yo. Sin que mediara palabra Oxiel le sirvió una cerveza. La jarra se perló de gotas frías. Houdun dejó un billete de cinco libras encima de la mesa y cuando le pusieron delante el cambio no se molestó en mirarlo.

 

Le pido disculpas por la intromisión de antes, añadí. Tenía miedo de perderlo de vista, después de tanto tiempo esperando a que apareciera.

 

Houdun me miró con una fijeza que me hizo sentirme incómodo.

 

Antes no tuve ocasión de presentarme, dije intentando rebajar la tensión. Me llamo Jimmy Zhivago y… Pensé darle la mano pero tuve la certeza de que Houdun me dejaría con ella en el aire y me detuve a tiempo.

 

Lispector me dijo que usted… empecé a decir.

 

Aquí está lo que anda buscando Lispector…, cortó, señalando el sobre, que tenía pegado a la gabardina, sujeto por el brazo. Hablaba con voz áspera y cortante. De repente se llevó la mano al cuello y acarició una pequeña cruz de oro que colgaba de una cadena muy fina. Me extrañó la brusquedad con que efectuó aquel movimiento.

 

Soy judío, dijo siguiendo la dirección de mi mirada.

 

¿Ésa es la razón por la que lleva un crucifijo al cuello?

 

Era de Lex. Estaba aquí, con el resto de sus cosas. Me he tomado la libertad de quedarme con esto. Es un regalo que le hice.

 

Bajé la mirada hacia el sobre. 

 

Todavía no, dijo él, poniendo la mano encima. En el sobre había dos botones de cartulina, unidos entre sí por un hilo fino de color rojo. Houdun le dio un último trago a la cerveza y miró hacia el fondo de la barra, donde estaba Oxiel.

 

¿Quiere que le pida algo? me preguntó, haciéndole una seña al camarero. Al instante Oxiel se materializó a nuestro lado.

 

¿Qué quiere beber? preguntó.

 

¿Usted qué quiere beber? repitió Houdun.

 

Lo mismo que usted, repliqué

 

Que sean dos sidras, dijo, mirando hacia el fondo del local. ¿Por qué no nos sentamos allí? Estaremos más cómodos en una mesa.

 

Houdun echó a andar y le seguí dócilmente.

 

Estábamos los dos solos en el bar, como en el cementerio. Houdun puso el sobre encima de la mesa. Pensé que diría algo, pero estuvo callado un tiempo interminable. Me costó mucho, pero logré no decir nada.

 

Los ojos de Eudora Welty, dijo de repente.

 

¿Cómo dice?

 

De nuevo siguió un larguísimo silencio, que también logré resistir.

 

Oxiel se acercó con las dos sidras y las dejó encima de la mesa.

 

Estarán algo más suaves, dijo, mirándome. Han podido reposar un poco.    

 

Un día, empezó a decir Houdun, entré con ella en Barnes & Noble. Le pedí que me acompañara a comprar un libro.

 

¿Cuál?

 

No me acuerdo. Nada más entrar, pasamos rápidamente por delante de una mesa donde había varias torres de libros. Cuando ya la habíamos rebasado me dijo: Creo que acabo de ver los ojos de Eudora Welty. Al salir, volvió a la estantería y efectivamente, allí estaban los ojos que creía haber visto, asomando por encima de otros títulos. Sólo los ojos.

 

¿Qué me quiere decir con eso?

 

Es largo de contar. Me extrañó que una mujer así se cruzara de ese modo en mi vida. Sucedió de manera inesperada y duró muypoco tiempo.

 

Se quedó callado. Pensé que seguiría hablando de la mujer, quien quiera que fuese, pero al cabo de un rato, empujó el sobre hacia mí.

 

¿Qué hay en el sobre?

 

Objetos, recuerdos, la historia.

 

Desatando el hilo  que ataba los dos redondeles de cartulina, Houdun introdujo la mano en el sobre y sacó un cuaderno muy delgado, de tapas marrones, que inmediatamente volvió a guardar. Un instante después, metió de nuevo la mano en el sobre y sacó una foto. Su intención no era mostrármela, pero me dio tiempo a vislumbrar la imagen de una mujer de unos treinta años que tenía la tez muy blanca, pelo moreno y ojos muy oscuros. No me dio tiempo a retener nada más. Houdun tanteó el interior del sobre una vez más, hasta dar con algo. Lo sacó con cuidado. Era un segundo sobre, más pequeño, de color negro, sellado con lacre. Aquí está, dijo para sí, y lo volvió a guardar. Cerró el sobre de mayor tamaño, volviendo a atar los botones de papel con la tira de hilo rojo.

 

Dígale a Lispector que todo lo que busca está ahí.

 

Estaba claro que su intención era retirarse cuanto antes.

 

Gracias, Houdun. Estuve a punto de ir a darle la mano otra vez.

 

De nada, alcanzó a decir.

 

¿Algún mensaje para Lispector?

 

Los ojos de Eudora Welty, dijo.

 

¿Cómo?

 

Límítese a decirle eso.

 

Encima de la mesa estaban las dos tazas de sidra, humeantes.

 

Houdun bebió un trago de la suya, me dio espontáneamente la mano y se dirigió a la barra a pagar. Cuando el camarero le devolvió el cambio, miró un instante en dirección hacia donde estaba yo, se llevó la mano derecha a la cabeza a modo de despedida y salió del local.                                               

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