La isla de Selkirk, 6

Eduardo Lago

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Envío este capítulo desde Lisboa. Una grave circunstancia familiar me obligó a interrumpir mi estancia en Hydra en plena creatividad. Tras una larga peripecia que me llevó primero a Atenas, luego a Madrid, y posteriormente a San Sebastián y por fin a Nueva York, cuando hacía noche en la ciudad de Hudson a orillas del río, tuve que regresar precipitadamente a Manhattan. Al cabo de diez días emprendí vuelo a Madrid donde hice una escala de varias horas antes de llegar a Lisboa. Presento este capítulo con sentimiento de verdadero terror porque no he tenido tiempo de revisarlo. En parte lo celebro, porque la forma que tiene ahora está muy lejos de la que tendrá algún día. De hecho, en el contexto mismo de esta revista, lo volveré a revisar en breve. Mañana vuelo a Madrid y pasado, día 11 hablaré de este proyecto descabellado con dos buenos amigos: el editor Malcolm Otero Barral, que es también mi hermano mayor, y el novelista Andrés Ibáñez, a quien conocí de cerca en Nueva York. A los dos les agradezco que me quieran acompañar en la Feria del Libro de Valladolid el sábado a las 18:00 horas. En cuanto a las imperfecciones de este capítulo, se trataba justamente de eso: de mostrar las costuras del proceso de creación novelesca sin el menor miramiento.

 

 

 

LA ESTELA DE SELKIRK

Novela en curso

 

CAPÍTULO SEGUNDO

 

Mensaje en una botella

 

 

1

 

HOUDUN SE VA

 

Por encima de la solapa del sobre que Houdun había dejado entreabierto encima de la mesa sobresalía el extremo inferior de una fotografía en blanco y negro. Aunque la superficie granulada que quedaba al descubierto no era más que una mancha de color grisáceo en la que no se podía apreciar detalle alguno, me vino inmediatamente a la cabeza el recuerdo de la foto que atisbé fugazmente mientras Houdun estuvo repasando el contenido del sobre antes de entregármelo. Estuve a punto de tirar del vértice que asomaba, pero en el momento en que me disponía a hacerlo me cruzó por la cabeza un pensamiento que desvió mi atención hacia algo mucho más urgente: Si no quería que Houdun desapareciera para siempre dejando sin respuesta la ingente cantidad de preguntas que tenía necesidad de hacerle tenía salir inmediatamente en su persecución. Cerré apresuradamente el sobre, anudando los botones de cartulina con la hebra de hilo rojo que los aseguraba y me puse de pie. Me disponía a salir cuando me vino a la memoria la desconcertante expresión que había utilizado Houdun al final de nuestro encuentro: Los ojos de Eudora Welty. ¿Qué diablos querría decir aquello? No se olvide de decirle eso a Lispector, fue su respuesta cuando le pregunté por el significado de sus palabras. Al ir a coger el sobre reparé en las jarras de sidra que nos había servido Oxiel cuando Houdun y yo nos sentamos a conversar. La suya la había vaciado él de un trago sin que al parecer le afectara. En cuanto a la mía, después de haberme quemado los labios al rozar la que me había servido Gillian, la camarera por la mañana, no me había atrevido a tocarla. La observé un momento. Las luces del local se reflejaban en la superficie del líquido rojizo. Sin saber muy bien por qué lo hacía, me decidí a cogerla. Sujetándola por el asa, alcé la taza vilo y me la llevé a los labios. Inmediatamente volví a sentir la misma quemazón que cuando intenté ingerir aquel extraño brebaje hacía unas horas. Ello no me impidió vaciar su contenido de un golpe.

 

Nunca me he bebido una pinta de benzina de un trago ni sé que podían sentir los condenados en cuya garganta el verdugo vaciaba un chorro de hierro líquido, según leí en un reportaje sobre torturas orientales, pero esas fueron las imágenes que visualicé mientras la pócima descendía por las paredes del esófago, abrasándome las entrañas. Estará más suave ahora que le ha dado tiempo a reposar, había dicho Oxiel al dejar las jarras en la mesa. ¿Cómo pudo Houdun beber aquel brebaje letal sin inmutarse? Deposité la jarra encima del hule y al instante un espasmo me sacudió el cuerpo como si hubiera tocado un cable eléctrico desnudo. Los ojos se me llenaron de lágrimas, nublándome la vista. Cuanto había a mi alrededor se borró de manera semejante a cuando un ácido corroe lentamente una placa de celuloide. Todo lo que había vivido en las últimas dos horas desapareció de mi conciencia: Selkirk, Escocia; el pub y el hotel que respondían al nombre de The Railway; el cementerio semiabandonado a cuyo cargo había un sacristán llamado Willy. Hice un rápido recuento de todos con quienes me crucé a lo largo del día: Willy, Houdun, Gillian, Oxiel, el grupo de trabajadores que había vislumbrado fugazmente en el cementerio, la joven recepcionista del hotel… Ninguna de ellos era real; todos eran personajes que me habían salido al paso en el interior de un extraño sueño. El sobre que contenía los papeles de Lexington, que era también el nombre de la tumba que había ido a visitar Houdun, no había existido nunca. Todo lo que había vivido en las últimas horas desapareció por un agujero negro del espacio. No sabía bien dónde me encontraba. Me pareció que estaba en el interior de una caverna cuyas paredes no acertaba a discernir. Al cabo de un tiempo indefinido me pareció vislumbrar una silueta que se movía en la periferia de mi visión. Haciendo un gran esfuerzo, conseguí ponerme en pie. El cuerpo me temblaba y me costaba respirar. Intentando no perder el equilibrio, me apoyé en el borde de la mesa y, al hacerlo, derribé la silla. Me pareció que alguien se inclinaba sobre mí, pero al sentir su rostro tan cerca del mío lo intenté apartar de un manotazo, pero lo único que conseguí fuera atravesar una figura de humo. Buscando la manera de salir del espacio nebuloso que se abría en torno a mí, atisbé una suerte de abertura y, dirigiéndome hacia allí con paso tambaleante, logré salir de la caverna. El lugar en el que aparecí era totalmente diáfano. A media manzana de distancia, hacia la izquierda, vi la silueta de un gigante.

 

¡Houdun! grité. El alarido rebotó contra las paredes de mi cabeza, dejando tras de sí un eco amortiguado. De pronto cobré conciencia de dónde me encontraba. Una hilera de casas de dos pisos, todas iguales, se ceñía al trazado de una calle en curva. Los edificios que flanqueaban la calzada en forma de luna creciente tenían puertas de colores con aldabas de metal dorado. En los tejados se veían nidos apretados de chimeneas. Unos cuantos vehículos se alineaban a lo largo de la calzada, que estaba irregularmente cubierta de adoquines. Cuando volví a mirar en dirección a Houdun los contornos de su figura se hicieron algo más precisos. Al oír su nombre el gigante se había detenido en seco y pese a la confusión de mis sentidos y a que aún me encontraba a cierta distancia de él, cuando se volvió a mirarme su expresión me pareció colérica. Seguí avanzando en dirección suya con pasos cada vez menos indecisos y cuando lo tuve enfrente volví a gritar su nombre con toda la fuerza de que fui capaz: ¡¡Houdun!! aullé. Esta vez el grito se escuchó con total nitidez. Alcé la mano derecha, intentando apuntar con el índice en dirección al cementerio, cosa completamente imposible, pues lo único que se veía desde donde nos encontrábamos era la curva que describía la calle y después nada. ¡¡¡Houdun!!! bramé por tercera vez, y al instante me detuve, porque sin saber cómo había alcanzado al objeto de mi persecución y gritar tan de cerca de alguien tenía algo de absurdo. Intenté atrapar su silueta con las manos y al ver que no lo conseguía le empecé a increpar diciendo:

 

¿Me puede decir qué diablos…?

 

No terminé la frase porque algo no iba bien. Houdun me observaba desde la posición de superioridad que le confería su formidable estatura, sin decir nada. Posiblemente fuera mi imaginación pero me pareció que su mirada tenía ahora algo de compasivo. De repente, su rostro se desgajó en dos mitades que empezaron a bailar delante de mis ojos y al cabo de unos instantes se volvieron a juntar. En aquel momento oí una voz que decía en tono de reproche: Está usted totalmente borracho. ¿Cómo demonios lo ha conseguido en tan poco tiempo? Cuando lo dejé no hace ni un minuto estaba perfectamente sobrio.

 

Jonathan Wilkinson Houdun… repuse, apuntándole a los ojos con el dedo índice. Había momentos en los que lograba fijar su imagen, pero enseguida se volvía a descomponer. ¿De dónde demonios, si es que se puede saber…? Fue todo lo que logré decir. Mi voz no acababa de seguir las indicaciones de mi voluntad. La frase anterior, por ejemplo, no está bien transcrita. Las “d” se me adherían a la vez a la lengua y al paladar y, por más que lo intentaba, no lograba despegarlas. Intentando aclarar siquiera un poco la voz, carraspeé. ¿Q-Q-Q-uién… q-q-uién es us–ted…? tartamudeé. Usted… seguí… ha estado hace poco en Selkirk. La expresión con la que Houdun me miraba ahora era de incredulidad. Por fin, logré articular varias frases seguidas: Usted ha estado en Selkirk como yo… Al oír aquello Houdun arrugó la frente: No me refiero a este poblacho de alcohólicos sino a la isla. ¿Qué se le ha perdido en Juan Fernández? Nadie va hasta allí a menos que tenga un motivo claro.

 

Decidí interrumpirme por si Houdun tenía algo que comentar, pero seguía callado, pendiente de lo que yo tuviera a bien decir.

 

La razón por la que Pedersen y Lispector me buscaron, seguí, es ésa, ¿no es cierto? Pensaron que para ponerse en contacto con usted lo mejor sería dar con alguien que hubiera estado antes en la isla y la conociera bien. ¿Es así o me equivoco? Porque si es así son muchas las cosas que tendría que explicarme. Para empezar, Pedersen y Lispector no las tenían todas consigo en cuanto a que usted fuera a aparecer por Selkirk (Escocia), aunque tenían indicios de que acabaría siendo así. Por otra parte: ¿qué conexión existe entre los dos Selkirk más allá del hecho de que comparten el mismo nombre? (Aunque doy por hecho que el nombre encierra la clave de todo). Empecemos por el otro Selkirk... ¿Cuándo ha estado exactamente usted en la Isla, Houdun? Tuvo que ser antes de que fuera yo, puesto que yo acabo de regresar. ¿Y qué diablos hacía allí, si se puede saber? A no ser que le interesen las plantas o los pájaros en peligro de extinción, allí no hay nada que hacer. Bueno, también están las langostas… pero si de algo no tiene pinta usted es de pescador, eso sin tener en cuenta que todos los pescadores de langostas de la isla son oriundos del lugar. Claro que también podría ser armador, o trabajar para una de las compañías que se dedican a explotar a los pescadores. ¿No será usted armador, verdad, Houdun? No, no tiene tampoco tiene pinta de eso, precisamente. En cuyo caso…

 

En cuyo caso, barbotó Jonathan Houdun, agarrándome por el cuello…

 

Al llegar aquí quisiera (con la anuencia de los lectores), hacer una importante precisión: Sería inexacto decir que estaba borracho. Me resulta completamente inexplicable que Houdun se encontrara en el estado de perfecta lucidez y dominio de sí mismo que aparentaba. Yo mismo había visto con estupefacción cómo se había bebido la sidra que le sirvió Oxiel de un trago sin inmutarse. Por el contrario, el brebaje que nos sirvió Oxiel en The Railway había tenido sobre mí un efecto tan potente y extraño que me resistía a aceptar que contuviera sólo alcohol. Llegué a la conclusión de que habían vertido algún tipo de alucinógeno en aquella pócima. De lo contrario ¿cómo explicar el hecho de que en aquel preciso momento me estuviera viendo a mí mismo como si observara a otra persona, como si estuviera en el cine, viendo una película desenfocada? De repente oí que el actor que representaba mi papel le preguntaba a su interlocutor, que era mucho más alto que él:

 

¿Y quién demonios, si es que se lo puedo preguntar, es Lex… o debo decir Lexington? Cuando se lo pregunté a Lispector me dijo que Lexington era una mujer. ¿Es ella quien está enterrada aquí? ¿Quién es Lexington?

 

En el momento en que le preguntaba esto a Houdun escuché el eco seco de unos pasos. Alguien había salido precipitadamente de The Railway y correteaba con nerviosismo en pos de mí. Sabía quién era, pero me di la vuelta para comprobarlo. En efecto era él, me refiero al bueno de Oxiel, el barman. Cuando me alcanzó me puso una mano en el hombro. Se la aparté con cierta brusquedad. ¿Qué hace aquí, Oxiel? Haga el favor de no meterse en donde nadie le ha llamado. Es que se dejó esto en el bar, señor Zhivago, dijo el pequeño barman con la respiración entrecortada, mientras sostenía en alto el sobre con los papeles de Lexington. Al ver aquello, la expresión de Houdun cambió. No sé en qué momento había dejado de tenerme sujeto por el cuello, pero en cuanto oyó hablar a Oxiel dio un paso hacia mí y súbitamente convulso me asió la camisa con una mano y con la otra me volvió a agarrar del cuello: Una cosa debe quedar clara, sibiló … Sentí que una burbuja de gas me subía por el esófago y al llegar a la garganta estallaba, como una bolita de metano en una ciénaga… Me llamo Zhivago, dije, después de soltar un pequeño eructo, y pese a lo incómodo de mi posición, le ofrecí la mano. Tenía un problema con eso. A la menor excusa le ofrecía la mano para que me la estrechara, pero en el mismo instante en que lo hacía, pensaba que me iba a dejar colgado a medio gesto y la retiraba. Estaba vez no la retiré. No hace falta que se haga el imbécil. No es fácil olvidar un apellido como el suyo... Me zarandeó levemente y añadió: Es fundamental que entienda bien una cosa. Asentí, atemorizado. No le pagan para que me interrogue, Zhivago, al revés. ¿Cómo que al revés? ¿Qué quiere decir con eso? pregunté, insistiendo en parecer idiota. Quiero decir, pedazo de cretino, que el trabajo que le han encargado lo debe hacer procurando tener la boca siempre bien cerrada. Houdun dejó de apretarme la garganta y me puso el índice sobre los labios. Tenía la piel correosa, como si en lugar de un dedo me hubiera puesto en la boca uno de los apéndices de la garra de un saurio. No pudiendo hablar, asentí con los ojos, lo cual pareció calmarle. Así muy bien. Eso es. Sobre todo, añadió, bajando el dedo hasta la nuez, donde lo dejó un momento, como si quisiera comprobar que estaba en su sitio… Sobre todo… repitió, sopesándome ahora la trémula protuberancia con el pulgar y el índice, como si me la quisiera arrancar. Por todos los demonios del infierno, Zhivago, ¿cómo se le ha podido olvidar eso? preguntó mirando en dirección al sobre, que Oxiel tenía sujeto con ambas manos. Bruscamente, soltó la garra con la que me había asido el cuello. Pensé que se disponía a darme una bofetada y cerré los ojos, dispuesto a recibirla, pero en lugar de eso masculló entre dientes: ¡Imbécil! e intentó hacerse con el sobre. Hacía unos minutos que no me veía a mí mismo como si formara parte de una escena proyectada en una pantalla de cine. Houdun tenía asido con dos dedos (los mismos con los que me palpó la nuez) un extremo del sobre, mientras yo sujetaba el otro con la mano derecha. A su vez, Oxiel, que en ningún momento se había desprendido de él lo sujetaba por la mitad con las dos manos. Ralenticé la escena, a fin de observar mejor los detalles. Houdun era el más alto de los tres con diferencia. Me sacaba la cabeza y a mi vez yo la sacaba otra a Oxiel, que era bastante corto de estatura, cosa de la que no me había percatado bien en el primer capítulo, cuando estábamos todos juntos en The Railway. Aprovechándose de la doble superioridad que le conferían su fuerza y su estatura, Houdun nos apartó a Oxiel y a mí de un manotazo, haciéndose con el sobre de un tirón. Alzándolo con autoridad por encima de su cabeza, exclamó, mientras me clavaba repetidamente el índice en el hueco de la clavícula, como si la nuez se hubiera desplazado hacia allí y estuviera intentando incrustármela en un omóplato: Me pregunto, mastuerzo, dijo, sin dejar de dar punterazos con el dedo. Me pregunto, Zhivago, a qué se referirían exactamente Pedersen y su socio cuando me dijeron que la persona a la que habían enviado para que se hiciera cargo de los papeles de Lexington era alguien de confianza, porque no es exactamente esa la impresión que me da usted… De repente pareció asaltarle una duda… Porque usted es Jimmy Zhivago, ¿no es cierto? ¿No será un impostor? Sus movimientos eran cada vez más bruscos, violentos casi. Siguiendo con la escalada de forcejeos, ahora me tenía agarrado por las solapas de la chaqueta. Separándolas con violencia, se puso a palparme los bolsillos interiores.

 

¿Qué… qué hace…? empecé a decir, pero para entonces Houdun ya se había hecho con mi cartera y examinaba su contenido… James Garfield Zhivago, dijo, leyendo en voz alta los datos de mi carnet de conducir… 7621 Hollywood Boulevard, San Francisco. Ya veo. En efecto, es usted la persona de quien me habló Lispector… Aun así algo no encaja. Cuando hablé con él Lispector me pareció hombre de criterio. Viéndole dudar me aventuré a hablar:

 

Houdun… empecé a decir, pero enseguida enmudecí. 

 

¿Houdun, qué? replicó él.

 

Alcé la mano dando a entender que necesitaba una tregua. Me seguían ardiendo las entrañas y el paladar, y mi visión era todavía bastante borrosa. Volví a mirarle fijamente a la cara, pero esta vez en lugar de desgajarse en dos mitades, su rostro se desconfiguró, fragmentándose en varias superficies, como en un cuadro cubista. Cuando se pasó aquel efecto pude ver que Houdun estaba desconcertado, esperando que yo dijera algo que lo pudiera sacar de su perplejidad.

 

Es así, Houdun.

 

¿Cómo dice?

 

Que es lo que usted dice. Lispector no es un botarate y yo tampoco. Puede confiar en mí. Ha sido esa maldita sidra. Oxiel dio un respingo. Cuando le vi echársela al coleto de un trago se me ocurrió la brillante idea de intentar hacer lo mismo. No sé qué había en ese brebaje ni por qué a usted no le ha afectado, pero ha sido eso. Puede tener la seguridad de que a partir de ahora no perderé el control del sobre un solo segundo, me tiene que creer. El destello de desprecio que había inicialmente en la mirada de Houdun y que después se transformó en una expresión de perplejidad, volvió a cambiar. Ahora me miraba como si fuera presa de una fuerte sensación de incertidumbre, de inseguridad, casi, como si esperara de mí que le dijera algo que lo tranquilizase. Dándome cuenta de ello me apresuré a decir: No volverá a suceder, se lo aseguro, y por cuarta o quinta vez en menos de una hora volví a extender mi mano, esta vez no para que me la estrechara, sino con la esperanza de que me entregara el sobre. Houdun clavó su mirada en la mía con tanta intensidad que me pareció que me estaba vaciando las órbitas con un rayo láser.

 

Si vio algo o no, no lo sé. Tal vez no viera nada. Tal vez la acción de hurgar en mi mirada fuera una manera de consultar consigo mismo. Lo cierto es que cuando terminó su violento escrutinio, pareció relajarse. De acuerdo, dijo por fin. He decidido creerle, Zhivago. Algo me hace pensar que lo que usted dice es cierto. Espero por su bien y por el mío que sea así. No tengo manera de demostrárselo, Houdun, fue mi respuesta, pero le doy mi palabra de que puede confiar en mí. Su mirada revelaba que estaba luchando consigo mismo, hasta que por fin un destello de un signo diferente del que había tenido hasta entonces (el sexto, si he hecho bien los cálculos), me permitió comprobar que por fin había tomado una resolución. Como si quisiera comprobar la capacidad de resistencia de mis cartílagos, me atenazó la garganta con sus dedos de reptil, pero lo hizo con menos violencia que un momento antes. Tras clavar su mirada en la mía unos instantes me soltó. Después de darme un empellón que dio conmigo en el suelo, me tiró el sobre a la cara.

 

Con cuidado, Houdun, no querrá ser usted quien eche a perder los papeles de Lexington.

 

Volvemos al principio, respondió, pasando la humorada por alto. A cuando usted aún estaba sobrio.

 

Estoy sobrio, protesté. Sé perfectamente lo que digo y lo que hago.

 

Hace un momento no lo estaba. Pero si en efecto lo está, a partir de ahora intente ser más cuidadoso… No sé por qué hago esto, Zhivago, no las tengo todas conmigo… Houdun remató sus palabras escupiendo al suelo. Fue un gesto fuera de lugar cuyo sentido no alcancé a comprender. No era de violencia ni iba dirigido contra mí, sino más bien, me pareció, contra el destino, perdón por la pomposidad. En todo caso, fue su último gesto. Inmediatamente después, se dio la vuelta y siguió su camino. Me quedé observando cómo se alejaba de mí con paso de gigante cansado mientras me preguntaba (como es de rigor en estas lides) si volvería a verlo alguna vez. Para no quedarme a solas con un pensamiento tan trillado interpelé a Oxiel:

 

¿Usted cree que lo volveremos a ver, Oxiel?

 

¿Quién sabe? Eso mismo me estaba preguntando yo con respecto a usted.

 

Por lo menos no me ha escupido a mí. Supongo que eso es una buena señal.

 

Menudo pedazo de buey está hecho su amigo Houdun, me dijo Oxiel, ayudándome a levantarme del suelo.

 

Puede que sea un buey, pero Houdun no es mi amigo, contesté.

 

 

2

 

EL LARGO ADIÓS

 

No volví al pub ni sé cómo me despedí de Oxiel ni tengo noción de cómo llegué al hotel. Lo único que recuerdo es la sonrisa luminosa que desplegó la chica de recepción cuando me vio entrar. En la etiqueta de plástico que llevaba prendida de la blusa leí que se llamaba Carla Stevens.

 

¿Cuándo sale el próximo autobús para Edimburgo, señorita Stevens? le espeté.

 

A las 4:40, señor Zhivago. Sale un autobús cada hora. Consultó el reloj. Faltan 20 minutos. ¿Espera a alguien?

 

No. Soy yo quien se va.

 

Pero si tiene pagada la noche de hoy…

 

No se preocupe por eso… ¿Le puedo pedir un favor, Carla, si puedo llamarla así?

 

Naturalmente. ¿De qué se trata?

 

¿Sería tan amable de mirar qué vuelos salen de Edimburgo a Londres hoy?

 

¿Hoy? No sé si… Permítame un momento.

 

Con gran celeridad, escribió algo en el teclado del ordenador e inmediatamente giró la pantalla de su monitor a fin de que yo pudiera ver los resultados. Había dos vuelos más. Podía estar en Londres aquella misma tarde, el problema…

 

¿Me permite el teclado.…? pregunté. Quisiera consultar los trayectos intercontinentales…  

 

Por supuesto, respondió, y alzándolo en vilo colocó el teclado encima del mostrador.

 

No hay vuelos directos, dije, tras efectuar una breve consulta. Me temo que tendré que esperar hasta mañana.

 

¿Adónde va el señor, si se lo puedo preguntar?

 

Santiago de Chile…

 

¿América del Sur?

 

Tengo entendido que queda por allí, sí.

 

Le devolví el teclado.

 

¿Quiere que le mire qué vuelos hay mañana?

 

No se preocupe, Carla, muchas gracias. Me ocuparé con calma de ello en la habitación.

 

De repente un relámpago de pánico me dejó paralizado.

 

¿Sucede algo, señor Zhivago?

 

¡El sobre! exclamé, aterrado.

 

¿Se refiere a eso que lleva en la mano? preguntó Carla, con expresión entre burlona y compungida.

 

Bajé la vista hacia donde señalaba la recepcionista. Efectivamente, llevaba el sobre firmemente sujeto con la mano. Inconscientemente, lo apreté aún más.

 

Tenía la mirada clavada en Carla, pero no la veía, de la misma manera que tampoco presté atención a las palabras que dije a continuación, como si las hubiera recitado otra persona:

 

Nada está donde debiera estar.

 

¿Cómo dice, señor Zhivago? ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo?

 

Llame al bar, si hace el favor, que me suban un gin-tonic a la habitación cada quince minutos.

 

La mandíbula inferior de Carla se desencajó, descendiendo un par de centímetros.

 

¿Cómo dice? repitió.

 

No me haga caso. Era una broma. Es algo que hacía de verdad un amigo mío hacia el final de su vida.

 

No sabiendo qué decir, Carla Stevens se limitó a sonreír.

 

Una vez en la habitación puse a hervir agua en el calentador y me preparé un té antes de efectuar una búsqueda con más calma en el ordenador.

 

Veamos, dije en voz alta.

 

Después de todos los forcejeos que había padecido a lo largo del día, el sobre que me había confiado Houdun tenía un aspecto bastante maltrecho. Apoyándolo en la mesilla de noche, lo alisé ligeramente y me senté encima de la cama. Acercando el sobre hacia mí, lo coloqué sobre la almohada, como si se tratara de un amuleto que pudiera traerme suerte o de una mascota inerte y empecé a arrastrar el cursor por la pantalla. En efecto, no había vuelos directos entre Londres y Santiago. Las opciones eran todas bastante disparatadas. Al final las reduje a dos. Tenía que elegir entre hacer escala en Miami o en Sao Paulo. Teniendo en cuenta cuál era mi destino final, opté por la última. El precio en business eran 4.738 $, impuestos incluidos. Lispector había dicho que no repara en gastos, de modo que decidí comprarlo.

 

Va a ser un viaje largo, dije poniendo la mano encima del sobre. 17 horas de vuelo hasta llegar a Santiago. Tenemos que hacer escala en Sao Paulo. Al trayecto transatlántico hay que añadir dos horas por carretera, hasta Valparaíso. Eso sin contar que primero tenemos que ir hasta Edimburgo, algo más de hora y hora y media. Por lo menos el autobús nos deja en el aeropuerto, algo es algo.

 

Le envié un mensaje a Lispector. Se mostró muy satisfecho cuando supo que Houdun me había hecho entrega de los papeles de Lexington. Échele un vistazo al contenido cuando le parezca, escribió. Dentro encontrará un sobre negro. Es lo único que no debe abrir, precisó. Decidí no tocar nada de momento y encendí el televisor, cambiando de canal hasta que tropecé con un programa de los Simpson y lo dejé, sin voz. Las imágenes de la pantalla se mezclaban con escenas que había vivido a lo largo del día. Houdun avanzaba por una calle en curva seguido muy de cerca por Homer Simpson. De repente se dio la vuelta y le preguntó dónde había dejado los papeles de Lexington. Oxiel apareció de manera repentina con el sobre en la mano. Apagué el televisor, pensando que después del forcejeo que mantuvimos a la salida de The Railway, Houdun se echaría atrás y se negaría a entregarme el sobre. Sigo sin tener muy claro qué fue exactamente lo que vio en mí cuando escrutó mis ojos y se decidió a entregármelo. Desde entonces no me despegué del sobre un solo instante, aunque todavía no lo había abierto para examinar su contenido. El momento adecuado para hacerlo, pensé, sería cuando estuviera sobrevolando el Atlántico.

 

 

Al final de un pasillo, en un recodo poco transitado de la terminal de Heathrow desde la que salía mi vuelo hay un minúsculo establecimiento por el que siento especial predilección, una tetería donde ninguna de las veces que he estado he visto a ningún cliente. De hecho, más de una vez he ido al aeropuerto con más antelación de la necesaria para estar allí un tiempo. La misteriosa tiendecita también me gusta porque venden los productos de Fortnum & Mason, mi marca favorita de té. La encargada es una mujer de unos sesenta años, de rostro agraciado y pelo entre cano y rubio. Es idéntica a Marianne Faithfull, y así es como llamo yo en mis cuadernos al lugar, la tetería de Marianne Faithfull. Pedí una tetera de lapsang-souchong y me senté a esperar. Tenía una extraña forma de resaca, como si, conforme a mis sospechas, hubiera estado bebiendo alguna sustancia psicodélica, o un cóctel a base de óxido de hierro, más que alcohol puro. Cuando me sirvieron el té, su sabor a tierra y a humo mitigó la sensación que había dejado en mí la resaca. Mientras leía el Times de principio a fin sin registrar una sola palabra de lo que decía ningún artículo, intenté poner orden en mi cabeza y calibrar la situación. Apuré el último sorbo de té, ya casi frío, y dejé el periódico plegado encima de la mesa. Las preguntas sin resolver que tenía en la cabeza eran tantas que decidí anotarlas en una hoja de papel. Aunque no tuviera modo de responderlas, al menos me servirían para recapitular todo lo que había pasado desde que Pedersen se presentó en mi casa de San Francisco pidiéndome que le explicara las claves de mi oficio. Cuando terminé la lista, a todas luces incompleta, leí las preguntas a media voz, para mí mismo, bajo la mirada intrigada de Marianne Faithfull, que me conoce de otras veces y me trata siempre con suma amabilidad. En una columna anoté los dígitos del 1 al 10 y a continuación fui escribiendo una serie de preguntas junto a cada uno de ellos:

 

 

1. ¿Quién es Oscar Pedersen?

 

2. ¿Qué clase de agencia dirige?

 

3. ¿Cómo se llama la agencia?

 

4. ¿Quién es Philip Lispector y en qué consiste exactamente el trabajo que hace para la agencia?

 

5. ¿Cómo tuvieron Pedersen y Lispector noticias acerca de mis actividades profesionales y por qué les interesa tanto algo tan difuso e impreciso como lo que hago yo? (buscador de historias, escribí junto a la pregunta, pero me pareció pretencioso y lo taché con un firme trazo del rotulador azul).

 

6. ¿Quién contrató los servicios de Pedersen y Lispector, poniéndoles sobre mi pista y cómo sabía ese individuo, quienquiera que fuese, de mi existencia?

 

7. ¿Qué papel juega en todo esto una firma de abogados tan seria como Scott & Johnson?

 

8. ¿En qué consiste el cometido de Omar González, gerente de la oficina que mantienen S & J en Valparaíso?

 

9. ¿Qué conexión hay entre la isla de Selkirk y el pueblo escocés del mismo nombre donde me entrevisté con Jonathan Houdun?

 

10. ¿Quién es Lex? ¿Cuál es su historia? ¿La tumba que fue a visitar Houdun era la suya?

 

Todavía me quedaban dos preguntas más. Escribí los números correspondientes y a continuación las formulé:

 

11. ¿Por qué tengo que ir a Valparaíso antes de volar a San Francisco?

 

12. ¿Quién es el destinatario final de los papeles de Lexington? ¿Cuál es su relación con Jonathan Houdun y con la propia Lex?

 

Volví a examinar el papel y cuando terminé de leer las preguntas añadí:

 

13. ¿Qué quiso decir Houdun cuando habló de los ojos de Eudora Welty?

 

 

 

Una cadena con demasiados eslabones que además no están lo que se dice bien trabados, pensé para mí. Alzando la hoja de papel la volví a contemplar como si se tratara de un dibujo cuya calidad estética estuviera intentando calibrar. Cuando me cansé, arrugué el folio, hice una bola con él y lo arrojé a la papelera. En aquel momento una voz engolada anunció por el sistema de megafonía la salida del vuelo 3321 de British Airways con destino a Sao Paulo. Encima de la mesa estaba el sobre de manila con los papeles de Lexington. Lo recogí y pagué la consumición. Antes de abandonar mi local secreto saqué de la papelera el folio arrugado donde había escrito las preguntas, lo alisé y lo fotografié con el iPhone… Falta una pregunta, dije para mí, antes de volver a deshacerme de él. Marianne Faithfull observaba mis movimientos con expresión de extrañeza. Es cierto, dije, esta vez hablando con Marianne… las galletas de limón. Siempre le compro una lata. Cuando se la fui a pagar, se negó a aceptar el dinero. Me despedí de ella y eché a andar por los corredores de la terminal. ¿Qué pregunta dices que falta? eije en voz alta. Ah, sí. La pregunta más básica de todas. ¿Cuál? insistí. No tengo claro cuál es mi papel en todo esto, ¿Qué vela se me ha perdido en este entierro? En un letrero leí que faltaban 7 minutos para llegar a la puerta de la que salía mi vuelo. ¿Sabes una cosa, Jim? pregunté, retomando la conversación. La verdad es que no sé muy bien a qué te refieres. Lo sabes perfectamente, no te hagas el idiota. Te aseguro que no, ¿puedes ser un poco más explícito? No es necesario que te tortures. Todas las respuestas están ahí. ¿Qué quieres decir con eso de que todas las respuestas están ahí. ¿Dónde? ¿Dónde va a ser? En el maldito sobre. Lo comprobarás cuando te decidas a abrirlo. No estoy tan seguro de lo que dices sea tan cierto. Pues deberías estarlo. Un ejemplo… ¿Te acuerdas de la primera conversación que tuvimos con Lispector, cuando nos vino a ver a casa a San Francisco? Sí, claro que me acuerdo. Tú no le querías dejar pasar. Se te metió en la cabeza que era un vendedor de seguros, y le diste con la puerta en las narices. Tuvo que poner un pie para interceptarla… Ya, tú te ríes, pero casi le rompes el empeine. No me río de eso, tú sigue. ¿Por dónde quieres que siga? El interrogatorio… ¿No te pareció interesante? ¿A qué te refieres? A cuando te preguntó a qué te dedicabas, y tú le dijiste, muy solemne, aquello de que no era fácil explicar una profesión como la tuya… A falta de una palabra mejor, diré que soy escritor. Me dedico a buscar historias. Eso fue lo que le dijiste. Ya… ¿y qué? No sé bien adónde vas a parar con eso. Es inútil, hasta que no abras el sobre no lo podrás ver. No seas impaciente. Lo haré durante el vuelo…

 

El sistema de megafonía apremiaba a los pasajeros del vuelo de British Airways con destino a Sao Paulo a que se presentaran sin dilación en la puerta de embarque. Evidentemente para llegar a ella hacía falta más tiempo del que decían los carteles. Me divertía escuchar la dicción engolada de la voz grabada, parecía un locutor de la BBC con problemas de estreñimiento. Miré el sobre como si se tratara de un ser vivo, pensando que la voz que me había hablado hacía un momento tenía razón. Las respuestas a todas las preguntas que había escrito en el papel estaban allí. Soy un buscador de historias, dije para mí, remedando la voz engolada del sistema de megafonía y cambiando a la segunda persona añadí: Zhivago, usted no es escritor, sino buscador de historias, que es un oficio mucho menos trillado, ¿no cree? En efecto, así es como me presenté a Lispector cuando me vino a ver al despacho. Siempre has sido un poco pedante, Zhivago, pero nos queda más remedio que aceptarlo.

 

Llegué a la puerta de embarque. Por el altavoz invitaban a abordar a los pasajeros de business. Me puse en la exigua cola de los privilegiados…

 

 

3 

 

LÍNEAS AÉREAS

 

Media hora después estaba cómodamente instalado en mi asiento de primera clase, leyendo un perfil de Roger Federer en The New Yorker mientras daba sorbos distraídamente a un zumo de tomate. Esto del zumo de tomate es muy interesante. Mi amigo Matteo Rini, que es científico, escribió un artículo sobre la neurología del gusto en el que analizaba los matices del umami, el quinto sabor. Un porcentaje muy elevado de gente a la que jamás se le ocurriría pedir un zumo de tomate en circunstancias normales, es lo primero que hace en cuanto se sube a un avión. Tipo listo este Rini. Coloqué el sobre de manila en la redecilla, fiel a la obsesión de no perderlo de vista un solo instante. Me imaginé una conversación con un empleado de aduanas al llegar a Miami. ¿No llevará ahí ninguna sustancia prohibida, verdad? Con lo de sustancia prohibida se referiría no a la cocaína ni a ningún tipo de droga de esa especie, sino a algún producto de charcutería… Sacudí la cabeza (con esto no quiero decir que le daba una respuesta negativa al aduanero, sino que había decidido alejar de mí aquellos desvaríos absurdos) y me abroché el cinturón, esperando ya el momento propicio para efectuar una exploración preliminar de los contenidos del sobre. Cuando empezamos a ganar altura, eché un vistazo por la ventanilla. Empezaba a anochecer. Una azafata se acercó a preguntarme si todo estaba bien. Le dije que sí. ¿Seguro? ¿No quiere que le ponga un poco de vodka a ese zumito? No, gracias. Si cambia de idea, hágamelo saber. Eché un segundo vistazo por la ventanilla. Ráfagas deshilachadas de nubes pasaban por debajo del avión como alfombras voladoras que cubrían a retazos la retícula de luces que abarcaba el área inmensa del Gran Londres. Al fondo, como un piélago adormecido, la mancha luminosa de una ciudad por la que desde niño he sentido especial debilidad. Al cabo de unos instantes, la capa de nubes lo ocultaba todo. Lo único que podía divisar era el parpadeo de la luz que había en un extremo del ala. Tras observarlo unos segundos decidí que había llegado el momento de abrir el sobre, que llevaba algún tiempo acariciando. Pensando en el ofrecimiento que me había hecho la azafata poco después del despegue, pulsé el botón rojo que tenía encima de la cabeza. Sin que tuviera que decirle nada, al cabo de unos instantes apareció con una botellita helada. Estaba segura, dijo sonriendo con los ojos. Hice un gesto seco con la cabeza, y cuando se hubo ido pensé de mí mismo que como pasajero era bastante antipático. Si fingiera que se le caía lo que me sirviera a continuación por encima de la camisa me lo tendría merecido. Imitando el gesto que le vi hacer a Houdun, borré el reproche que me acababa de hacer bebiéndome el cóctel de umami de un trago unidimensional. A continuación desaté los hilos rojos anudados en torno a los botones de cartulina que aseguraban el maldito sobre. Al hacerlo, volvió a dibujarse con perfecta nitidez en mi cabeza la última pregunta que me había hecho en la tetería de Marianne Faithfull, y que no llegué a anotar en la hoja de papel. ¿Qué historias me aguardan aquí dentro?

 

Una vez más, me vino el recuerdo de la larga conversación que mantuve con Lispector en mi casa de San Francisco, cuando el buen detective (¿era detective, o me lo acabo de inventar?) se presentó inopinadamente en mi despacho. Lispector me pedía que le explicara con la mayor exactitud posible a qué me refería exactamente cuando le decía que mi trabajo consistía en buscar historias y todo aquello de qué es lo que hacía con ellas una vez que me las encontraba. Como en la habitación del hotel, volví a revivir la violentísima reacción que había tenido Houdun cuando salí de The Railway en su persecución acuciado por la necesidad de saber quién era realmente, cometiendo la torpeza de olvidarme el sobre. (Lo volví a mirar, todavía no lo había abierto, tan sólo había desatado los hilos rojos que abotonaban el contenido, abriendo la solapa). Bueno, ya era todo un principio. La historia de Jonathan Houdun el gigante era la primera que pujaba por salir de allí dentro. Lo recordé mascullando algo delante de la tumba donde aparecía esculpido el apellido Lexington. Houdun y Lex (o Lexington) constituían lo que por primera vez denominé La estela de Selkirk. Entonces se me ocurrió otra idea. Había arrojado a la papelera de Fortnum and Mason la hoja en la que había anotado todas las preguntas cuyas respuestas me urgía tener, pero la tenía fotografiada en el iPhone. La repasé con sumo cuidado varias veces y cada vez que la leía se afianzaba más una idea que se me había ocurrido hacía unos momentos: Alguien estaba jugando conmigo. Era evidente que yo no era más que una pieza en un tablero que no me daba cuenta de que estaba pisando (inmediatamente me vino a la cabeza la partida de ajedrez de Alicia en el país de las maravillas). Las frases empezaron a girar como en una ruleta hasta convertirse en una bolita de metal que se detuvo en la primera casilla. Es decir: Sí, aquello era un juego. Y el juego, dije para mí, observando los desplazamientos de la bolita imaginaria, consistía en ir saltando de casilla en casilla. Y cada casilla correspondía a un nombre de lugar. Por ahora llevaba dos, Juan Fernández y Escocia. ¿Qué lugar vendría después y quién lo elegiría por mí?

 

 

4

 

HISTORIAS QUE SALEN DEL SOBRE

 

Aunque por fuera estaba muy maltrecho, los contenidos del sobre estaban en perfectas condiciones y sorprendentemente bien organizados. Dentro, había varios sobres más, aunque no estaban unos dentro de otros, como ocurre con las muñecas rusas, las caja chinas o los planos narrativos de una novela posmoderna. Los fui abriendo cuidadosamente, sacando a la luz objetos cuya historia y significado desconocía, objetos que alguien quería que llegaran a un destinatario del que yo no sabía nada. Primero me tropecé con un marca-páginas de bronce chino, rematado por una imagen de Confucio, al que había adherido un sobre cerrado que no quise abrir por el momento. En otro sobre, que estaba abierto, había una cadena tibetana de plata y unos pendientes de zafiros, de tamaño pequeño y factura muy delicada. En un sobre menor que los demás había una llavecita de oro; en otro encontré varias fotos de personas y lugares, además de unas cuantas cartas manuscritas y postales de lugares repartidos por todo el planeta. Una de las postales, de un tamaño mayor que las demás, reproducía el pabellón de las audiencias privadas, un palacete de piedra roja rematado por cuatro cúpulas de estilo mogol situado en el recinto interior de la fortaleza de Fatehpur Sikri, al norte de la India. En el reverso había una inscripción que decidí no leer de momento. La siguiente imagen era una reproducción de un edificio semi-abandonado en el Puerto de Kamini, en la isla griega de Hydra, un lugar, supe después, donde están prohibidos los vehículos de ruedas. Tampoco leí lo que decía la postal. Había varias más, pero después de ver la siguiente, una vista de la Laguna Azul de Rejkiavik, dejé de mirar postales. El resto de los objetos que encontré incluían una libretita fina de cuero marrón y varios documentos manuscritos. En otro sobre había un juego con unas pocas fotos detrás de cada una de las cuales había indicaciones que intenté leer, sin acabar de entenderlas. Por último había mapas de varias ciudades así como un puñado de croquis dibujados a mano de los que tampoco supe qué pensar. La foto cuyo vértice vi asomar por encima de la solapa en el pub de Selkirk estaba suelta. Probablemente, Houdun la había sacado en algún momento para examinarla y olvidó guardarla de nuevo. Era la tercera vez que me tropezaba con ella, y sentí una extraña emoción al tenerla delante. La primera vez apenas había logrado vislumbrar un rostro; la segunda, poco después, todo lo que vi fue una superficie triangular en blanco. Ahora por fin la podría contemplar sin distracciones.

 

En la foto se veía una mujer joven de cuerpo entero, una chica que aparentaba veinticinco años, quizá menos. Tenía la tez muy blanca, los ojos negros muy profundos, el cabello largo y muy oscuro. Estaba agachada junto a la orilla de una playa de piedras, sonriendo, y en la mano tenía una botella, dentro de la cual había un objeto blanco, de forma alargado. Un mensaje en una botella, pensé, lamentando la obviedad. Detrás de ella, en un recodo de la playa, se veía un hidroavión firmemente sujeto a las rocas por unos cables. Miré el reverso. No había ninguna fecha, sólo una inscripción a tinta que decía:

 

Te enviaré un mensaje de vez en cuando, no sé cada cuánto, aunque tú tendrás que bajar cada día por si acaso llegan, para que así no se pierda ninguno. La dama del Castello.

 

Junto a aquella extraña firma, no había indicación de nombre alguno.

 

Aunque fue lo primero que encontré, de manera deliberada dejé para el final lo único que Lispector me dijo que no podría abrir: el sobre negro. Cuando por fin le llegó el turno, lo sostuve en la mano con aprensión, dado el misterio en que lo envolvía la prohibición de examinar su contenido. Lo sopesé, intentando ver qué podía haber dentro. Al hacerlo caí en la cuenta de que no era un solo sobre, sino dos, cuidadosamente pegados por la parte central. La cara anterior de uno de ellos no tenía ninguna inscripción, mientras que en el otro alguien había escrito a mano con tinta fluorescente las siglas S & J. Conforme a las instrucciones que había recibido, no toqué nada de aquello.

 

No había sido más que una inspección preliminar, pero bastó para hacerme comprender que había mucho que estudiar en los objetos que había ido sacando. Lo volví a guardar todo y cerré los ojos, dejando que lo que había visto se asentara, dando forma a una primera impresión en la que después tendría que ahondar. Me imaginé el sinfín de hilos que tendría que atar, de caminos apenas entrevistos por los que tendría que adentrarme. Supongo que no me habían elegido a mí por eso. Los planes de quien había contratado los servicios de quienes a su vez contrataron los míos tendrían fines muy concretos, supuse, fines de orden práctico. Aunque fuera así, como sin duda lo era, me sentí muy afortunado. En mis manos tenía un mar de historias, el origen de un nudo que a buen seguro, empezarían a ramificarse y que después me correspondería a mí ir ordenando.

 

La cabina de business class estaba en penumbra. Cuando vuelo, jamás se me ocurre ver una película completa, ni siquiera un fragmento. Sin embargo, me divierte sobremanera ver qué películas visionan los pasajeros que tengo cerca de mí. En clase turista siempre tengo acceso visual a varias pantallas, pero esta vez viajaba en business y sólo veía parte de la pantalla que estaba encendida delante de la persona que viajaba en la hilera anterior a la mía. Adelanté un poco la cabeza para tener una perspectiva algo mejor. Vi la imagen de un cazador envuelto en pieles que apuntaba con un arma que llevaba a la altura de sus ojos hacia un peligro que no sabía bien de dónde podía irrumpir. Siguiendo las evoluciones del cañón de su rifle, la cámara apuntaba a su vez en todas direcciones. El cazador estaba en el claro de un bosque y de vez en cuando alzaba el arma hacia el cielo, donde convergían las copas ralas de unos árboles altísimos que parecían querer horadar las nubes. Tras unos momentos de incertidumbre, durante los cuales no se concretó ningún peligro, el cazador llegó a las orillas de un lago y apoyó el rifle en unas piedras. La mujer que estaba sentada delante de mí no parecía tener tanto interés como yo por la película, pues adelantando la mano, empezó a buscar otras opciones, saltando de canal en canal. En aquel momento tuve un primer vislumbre del sentido primigenio que tenía la historia que me había sido dado vivir en su conjunto, es decir la novela que tendría que escribir. También fue así como empecé a tener una primera impresión de lo que significaban las partes destinadas a integrarla. No hablo de lo que pudiera encontrar en el sobre, por importante que acabara siendo lo que hubiera allí, sino de las primeras historias que me iban saliendo al paso, de los primeros lugares donde había estado. Que yo hubiera viajado a un lugar tan remoto como Selkirk, un lugar al que muy poca gente se le ocurría ir, era una señal. Fue aquello lo que alertó a mis perseguidores acerca de mi existencia. Lo que no sabía aún era por qué me habían elegido. Ni tampoco que ello se traduciría en la obligación de viajar después de isla en isla, yendo de un lugar a otro. En cada una de aquellas islas (también lo era otros lugares, como ciertas ciudades que encerradas en sí mismas, eran el equivalente de islas verdaderas), alguien dejaba siempre una señal. Y conforme al juego del que quisiera o no ya formaba parte, era a mí a quien le correspondería recoger la señal e interpretarla. El último giro que había adoptado el juego me pareció algo impregnado de inocencia. Hablo de Lex (por supuesto, la mujer de la foto tenía que ser ella). La ingenuidad consistía en que se dedicara precisamente a algo tan infantil como jugar a arrojar al mar mensajes que encerraba en una botella. Si es que había llevado a cabo tal juego, por supuesto. Si cumplió su intención y los mensajes llegaron a existir, corrieron el peligro de perderse (el juego consiste precisamente: es la ruleta rusa de las historias), de modo que los que no se perdieran, a la hora de ensamblarlos (si es que el juego consistía efectivamente, de lo cual no podía estar seguro), acabaría urdiendo un texto en el que habría numerosos espacios en blanco. Todo un poco ingenuo, ya lo he dicho, a menos que todo apuntara, de un modo que por el momento me resultaba imposible ver, a algo mucho más profundo. Pensé en la chica de la foto, Lex (¿y si después de todo no era ella?). Lo más probable, razoné, es que se cansara enseguida. Eso es lo primero que pensé, pero cuando volví a examinar los documentos del sobre con más cuidado descubrí que no era así. Infantil o no, el juego ocurrió en la realidad. Alguien, la mujer, había arrojado al mar mensajes reales encerrados en botellas reales. Y los mensajes habían llegado a su destino porque quien los lanzó al mar había hecho trampa. Los mensajes llegaron a su destino, todo estaba calculado para que no llegaran a perderse. No estaban en el sobre, eso hubiera ocupado demasiado espacio, todo el libro que tengo que escribir, de hecho. Lo que sí estaba, aunque en clave, era la manera de llegar a ellos, y eso es lo único que debe importar a quienes leen esto.

 

 

5 

 

REGRESO AL BRIGHTON

 

No te preocupes tanto por los lectores. No hemos hecho más que empezar, y el objetivo no es que escribas ningún libro, sino que lleves estos papeles a su destino. Por supuesto, después podrás hacer lo que te dé la gana con lo que vayas encontrando, me dijo Omar González.

 

Me había vuelto a citar en el Brighton. En sus correos siempre me hablaba de la historia fascinante de los bares de Valparaíso, pero a la hora de la verdad, cuando teníamos que vernos en persona, siempre me citaba en el Brighton.

 

En Valparaíso hay bares increíbles. Ahí sí que tienes un buen libro, si tienes ganas de escribirlo. Un libro que hable de bares y naufragios.

 

El de los naufragios ya está escrito, contesté.

 

Lo sé. Te lo regalé yo, pero es muy imperfecto. Tiene muchos agujeros y además está muy mal escrito, que es peor. ¿Te acuerdas de la foto que te mostré, la del Bar La Playa?

 

Asentí. González se refería al rostro de una niña que aparecía flotando encima de la barra. Cuando me la mostró me preguntó: ¿Notas algo raro en esa foto?

 

Recuerdo que la examiné con cuidado. Estaba llena de detalles muy curiosos, pero González no se refería a ninguno de ellos.

 

Lo digo porque yo estaba allí cuando la sacaron y entonces no había ninguna niña. Es un fantasma.

 

O un truco, dije yo.

 

¿Qué truco? ¿Te has fijado en el año en que se sacó?

 

Está bien. La próxima vez quedamos allí.

 

Antes tendríamos que ir al Hamburgo.

 

¿El reducto nazi?

 

Hombre, no, tampoco es eso.

 

Le hice aquel comentario porque la primera vez que me habló de aquel bar me había mostrado una foto en la que se veía una bandera del Afrika Korps. Una cruz gamada flotando encima de una palmera. Chile es un refugio de simpatizantes nazis. Me pregunté si Omar González sería uno de ellos, aunque no tenía ninguna razón para pensar que fuera así.

 

La próxima vez que vuelvas por Valparaíso, te llevaré a todos los bares que quedan de los viejos tiempos. Son más bien pocos. No te haces idea de los que han desaparecido sin que nadie haya dejado testimonio de ellos por escrito. Sólo los que había en el puerto bastarían para llenar un volumen. Bueno… Supongo que no sería imposible reconstruir parte de la historia, rebuscando en crónicas de periódicos viejos. No darías crédito cuando te dijeran todo lo que se ha perdido. Hay un libro que está bastante bien sobre los antiguos hoteles. En fin, yendo al grano: ¿Qué te parece lo que has visto en el sobre?

 

¿Tú lo has podido ver? pregunté a mi vez.

 

No. Sé más o menos lo que hay por referencias.

 

¿Referencias de quién?

 

Todo a su tiempo, contestó, alzando la mano derecha.

 

Le entregué el sobre, comentándole los hallazgos que había hecho. Cuando terminé mi relación le sugerí que también él les echara un vistazo.

 

Entretanto me voy a dar una vuelta por el Paseo Atkinson. Vuelvo enseguida. ¿Media hora te parece bien?

 

De sobra.

 

Cuando volví Omar me esperaba sonriendo. En la mesa, delante de él, había desplegado unos cuantos papeles

 

¿Algún hallazgo especial? pregunté.

 

Nada que no supiera antes, salvo algún detalle menor. ¿Tú qué piensas?

 

No he llegado aún al fondo. Me quedan muchas conexiones por establecer… Yo lo veo como escritor, claro.

 

No te hemos contratado por eso.

 

Me temo que es inevitable y no sólo por lo que se refiere a mí. Es parte esencial del encargo que me queréis hacer.

 

Al final puede ser que sí. Cuando hayamos llegado al fondo de lo que hay aquí podrás hacer lo que quieras, pero antes te queda mucho por hacer. Esta carta, por ejemplo…  

 

Más documentos escritos. Me estás dando la razón.

 

No adelantes acontecimientos.

 

Uno de los sobres negros que me había prohibido que tocara estaba abierto encima de la mesa. González lo señaló. 

 

¿Qué había ahí?

 

Esta carta… dijo, acariciando unos papeles que había desplegado delante de él.

 

Parece larga, ¿te ha dado tiempo a leerla?

 

La he mirado por encima. Cosas personales, algo totalmente irrelevante para mí. Llévasela a Lispector, a ver qué cabos atan entre él y tú. De todos modos haré una copia.

 

¿Lo conoces personalmente?

 

¿A quién? ¿A Phil? González soltó una carcajada. Fuimos compañeros de cuarto en el college.

 

¿Ah, sí? Aquello me interesó. ¿Dónde estudiaron?

 

Nos graduamos de Georgetown en el 79. No quiero parecer nostálgico pero fue una época muy buena. Nos lo pasamos en grande… pero no querrás que me ponga a hablar de eso ahora, porque entonces no terminaríamos nunca.

 

La luz entraba oblicuamente por los rombos de colores del Brighton. A esa hora el salón estaba vacío porque la gente salía a la terraza, para contemplar la vista del cerro y del puerto, que es espectacular al atardecer. González había desparramado los objetos que contenía el sobre como si constituyeran el mapa de una operación bélica extremadamente compleja, o como si cada uno tuviera por sí mismo un significado incompleto. Tras echarle un vistazo al conjunto, Omar fue introduciendo todos los objetos en el sobre.

 

Tal vez convendría buscar uno nuevo, dijo cuando terminó de hacerlo, acariciándolo. Este está en las últimas, además de sucísimo.

 

No hice ningún comentario a sus palabras. Omar continuó con el proceso de ir guardando los objetos que había en la mesa en el sobre. El último era el sobre de color negro. Lo sostuvo un largo rato entre los dedos antes de guardarlo. Cogiendo el segundo sobre añadió.

 

La parte que me corresponde…

 

La parte de Selkirk.

 

Así es.

 

¿Lispector?

 

Evidentemente, no.

 

¿Y Pedersen?

 

Tampoco. Está más cerca, pero no es más que otra sombra.

 

Omar González se puso de pie.

 

Buen viaje, Zhivago. Saludos a mi amigo Phil.

 

¿Es así como se acaba el juego?

 

Al revés, así es como empieza.

 

 

6

 

MENSAJE EN UNA BOTELLA

 

Hydra, 9 de mayo de 19…

 

Ayer estuve con los amigos de Bruce Martin, el pintor. Acababa de vender un lote entero de cuadros y con el dinero que le iban a dar decidió que se compraría una villa en Kamini. En la fiesta estaba ese cantante canadiense que te gusta tanto, Leonard Cohen, con su amiga, de la que se ha enamorado como un adolescente. El tipo que le había comprado a Martin los cuadros era inglés, y había llegado a Hydra en su yate, el Bristol. Todo el mundo le llamaba Lou. Es todo lo que recuerdo. En la fiesta había una mujer joven que me llamó mucho la atención. No sé bien de quién sería amiga. Yo no la había visto nunca.

 

Veo que tiene buen gusto, me dijo un individuo de unos 50 años muy bronceado y con el pelo blanco. Lamentablemente, queda fuera de mi alcance. Bueno, no tan lamentablemente… De algo hay que vivir.

 

¿A qué se dedica usted? me vi obligado a preguntar.

 

Esa pregunta tiene dos respuestas, una oficial y otra extraoficial. ¿Por cuál quiere que empiece?

 

Por la que usted quiera.

 

En realidad las dos son ciertas, pero iré por partes. Soy escritor. No, no se asuste, no me tomo en serio la literatura, escribo porquerías deliberadamente. Bueno, deliberadamente, y porque no lo sé hacer mejor. Esa es una parte de la respuesta, la oficial. La extraoficial es más interesante. Como se puede imaginar, no vivo de la escritura. Son muy pocos los que se pueden jactar de algo así.

 

¿De qué vive?

 

Soy un excelente acompañante para cierto tipo de mujeres, a las que proporciono… Bueno, para no alargarme. Soy gigoló. Levantó el vaso devolviendo el saludo a una mujer de rostro y figura muy agradables, unos diez años mayor que él. Todavía doy algo de juego, aunque empiezo a ser un poco mayor para el oficio. Si dosifico todo bien, tal vez me queden unos seis u ocho años antes de que decida jubilarme. Veremos. Dio un golpe leve a mi vaso de whisky con el suyo. No es una manera fácil de ganar dinero, pero lamentablemente algo hay que hacer si no se es rico de nacimiento, como el amigo Lou.

 

¿Y sus libros?

 

Algo les saco, no se crea. Son terribles, pero hay gente que los compra. Los vendo yo mismo por internet.

 

¿Y en qué consisten?

 

Cuento mis propias experiencias con las mujeres, aderezándolas un poco, eso sí. La imaginación lo es todo.

 

¿Me puede decir el título de alguno de sus libros?

 

Me avergonzaría que cayera uno en sus manos. Firmo con seudónimo. Hablando de cosas mucho más interesantes, la chica que tanto parecía interesarle antes le está mirando, no sé si se ha dado cuenta.

 

El gigoló la saludó de lejos, levantando el vaso, igual que había hecho con su acompañante.

 

¿La conoce? pregunté.

 

No tengo la menor idea de quién es. No la he visto nunca, pero tiene usted buen gusto, dijo. Por mí no se preocupe. Como le dije antes queda fuera de mi rango de acción. ¿Quiere que se la presente?

 

¿No me acaba de decir que no la conoce de nada?

 

¿Y eso qué importancia tiene? Venga conmigo.

 

La chica se había dado cuenta de que hablábamos de ella y nos esperaba.

 

Me llamo Dave, dijo. Mi amigo tiene mucho interés por conocerla.

 

¿Y cómo se llama su amigo? preguntó ella.

 

La verdad es que no lo sé. Nos acabamos de conocer y no nos ha dado tiempo a presentarnos.

 

Antes de que la chica contestara el gigoló se volvió hacia mí:

 

Por cierto, se me ha olvidado preguntarle su nombre.

 

Me llamo Lex, dijo la chica, dándome la mano. ¿Y usted?

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