Joaquín Dicenta

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    Joaquín Dicenta baja a la mina. Un pionero del periodismo literario en 1900

    Miguel Ángel del Arco - 15-10-2015

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    Joaquín Dicenta (1862-1917) dirigió periódicos como El País o Germinal, estampó su firma en la mayoría de las publicaciones españolas de la época, grandes y pequeños, y estuvo detrás de muchos proyectos periodísticos. En enero de 1903 viajó a Linares y escribió para El Liberal una serie de nueve trabajos, entre la crónica y el reportaje, bajo el título Entre mineros. Buena parte de lo que después entenderíamos como nuevo periodismo, periodismo narrativo o periodismo social, ya estaba allí.

     

    Fue pionero, maestro del periodismo y hombre conocidísimo en el Madrid de los alrededores de 1900. Además encabezó tertulias y triunfó en el teatro. Sin embargo hoy apenas queda el recuerdo de su nombre en una calle del madrileño barrio de la Ventilla y un colegio público cerca del metro Lucero.

     

    Las enciclopedias muestran que Joaquín Dicenta Benedicto nació en Calatayud el 3 de febrero de 1862 y murió en Alicante el 21 de febrero de 1917, a los 57 años. Añaden que fue periodista, poeta, dramaturgo y padre del también dramaturgo Joaquín Dicenta Alonso y del actor Manuel Dicenta Alonso. Apenas apuntan la importancia de su figura: fue uno de los periodistas más afamados, literato prolífico y uno de los autores de teatro más reputados. Una de sus obras, Juan José, ha sido la más representada en la historia del teatro español, tras Don Juan Tenorio.

     

    Apenas unos años mayor que los del 98, fue compañero de viaje, amigo y maestro de muchos de ellos. Respetado y admirado por todos, de su importancia hablaba Azorín en su famoso artículo sobre la generación del 98. Lo ponía como ejemplo: “Representaba la pasión popular, el ímpetu, el lirismo romántico y libre”. Ahí cuenta que el grupo se reunía a menudo en casa de Joaquín Dicenta.

     

    Dicenta dirigió, fundó, formó parte o colaboró en la mayoría de los periódicos y revistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Probablemente se trata del periodista cuyo nombre era más conocido por los lectores y más demandado por los empresarios y colegas. No había proyecto periodístico en el que no se le buscara, igual radicales que conservadores, pequeños que grandes, generalistas que literarios. La prueba es el considerable número de medios que dirigió y la larga lista de ellos en los que estampó su firma.

     

    Su biografía, agitada, excesiva, sus relaciones amorosas, la importancia que tuvo en su momento, su producción literaria, su propia personalidad nocturna y aventurera, su ideología y las amistades que cultivó no encajan con el olvido en el que ha caído.

     

    Hijo de un teniente coronel del ejército, nació por casualidad en Calatayud el 3 de febrero de 1862, cuando su familia se trasladaba de Alicante a Vitoria. Su padre, Manuel Dicenta Blanco, participó en la guerra carlista y cayó herido en la cabeza. A consecuencia del daño cerebral perdió la razón y la familia volvió a Alicante, donde todavía vivió algunos años. En esta ciudad pasó su infancia el futuro periodista y escritor. Allí estudió el bachillerato, aunque algunos de sus biógrafos afirman que en realidad lo estudió en Madrid con los escolapios de Getafe.

     

    Huérfano de padre, se trasladó a Madrid e ingresó en la Academia Militar. Entró en la academia de Artillería de Segovia, seguramente empujado por la tradición familiar. Pero fue expulsado de la misma en 1878 por su carácter indisciplinado y anárquico, a causa de su vida bohemia y su afición al alcohol y a las mujeres. Malvivió entonces en los arrabales y ambientes marginales de Madrid intentando estudiar Derecho e introduciéndose en los círculos republicanos y demócratas. Cursó la carrera de leyes durante cuatro años en la universidad de la calle San Bernardo y luego se matriculó en Medicina. Hizo dos años de medicina, incompletos, en el Hospital San Carlos.

     

    El joven estudiante de Medicina se empotró pronto en los círculos intelectuales de los cafés y tertulias. Tenía don de gentes y buena presencia. Participó intensamente en la vida bohemia de la llamada Gente Nueva de los años ochenta del siglo XIX, un grupo rebelde formado por universitarios y futuros escritores y periodistas. Se movía con soltura por los ambientes del café Fornos y el café Inglés, y también por los bailes populares y las redacciones de los periódicos. Entregado de lleno a la bohemia, empezó a escribir en los periódicos y cultivó la poesía y la crónica. Comenzó a firmar en El Edén

     

    En 1888, con Ernesto Bark y otros nombres importantes del periodismo, como Isidoro López Lapuya, Antonio Palomero y Ricardo Fuente, constituyó la Agrupación Demócrata-Socialista, antecedente de lo que más tarde sería el grupo Germinal. Ese mismo año entró a colaborar en La Piqueta, uno de los semanarios clave para la difusión del germinalismo, y en La Avispa, y al año siguiente en El Radical. Luego entró en el equipo de redacción de Las Dominicales del libre pensamiento. Ahí coincidió y trató a otros nombres que serían también significativos en la llamada Edad de Oro del periodismo español, como Francos Rodríguez, Miguel Moya, Luis Bonafoux, Luis Paris, Ricardo Fuente, Manuel Paso o Mariano de Cavia.

     

    En 1887 ya se había dado a conocer al gran público con el drama El suicidio de Wherter, pero siguieron unos cuantos estrenos teatrales poco afortunados. Y dadas las necesidades de supervivencia aceptó la dirección de un periódico en San Sebastián. Sin embargo pronto lo abandonó para volver a Madrid e ingresar en la redacción de El Resumen.

     

    La lista de medios donde puso su firma es larga. Además de los señalados, podemos citar La Regencia, La Opinión, La Caricatura, La Iberia, El Imparcial, La Época, El Universal, El Mundo, La Opinión, El Heraldo de Madrid, Germinal, La esfera, La Correspondencia de España, El Globo, Vida Nueva, La Ilustración Obrera, La Avispa, Vida galante, Ahí va o Alma Española. Hizo conocido el seudónimo Don Hermógenes. También dirigirá La Democracia Social, Germinal y El País. Y desde 1908 escribió todos los días en El Liberal. De modo que reúne un cumplido currículo, porque además de dirigir, colaborar, ser reclamado como firma, estaba implicado en cuando proyecto periodístico se ponía en marcha.

     

    En algún momento Joaquín Dicenta fue, al mismo tiempo, director de medios tan significativos como la revista Germinal o el diario El País y también el autor teatral más representado del fin de siglo. Como escritor tocó todos los géneros; como periodista, también. Su figura brilló en esos años que bordean el siglo más que ninguna otra. Fue de los escasos periodistas bohemios que triunfó en vida, aunque no dejara en ningún momento de llevar una existencia irregular y penosa. Fue el alma de un proyecto político y periodístico digno de estudio, como fue la revista Germinal.

     

     

    Emprendedor, polifacético, líder

     

    Además del teatro, la novela, la noche y el periodismo, se dedicó a la política. Entre 1909 y 1912 fue concejal, vocal del distrito de la Latina del ayuntamiento de Madrid por el grupo minoritario republicano-socialista.

     

    Fue Juan José la obra de su apoteosis como autor de teatro. Y eso que tuvo graves problemas en la producción y puesta en escena, antes de estrenarse el 25 de octubre de 1895, en el Teatro de la Comedia. Pero tras el estreno, se representó ininterrumpidamente durante 150 jornadas. Cada día era más popular y aplaudido. Dicenta se erigió en una suerte de líder de la lucha de clases y el drama se convirtió en un símbolo. De hecho se representó en las sociedades obreras y otros círculos radicales todos los primeros de mayo hasta la Guerra Civil. Javier Barreiro ha recogido el dato de que Florencio Fiscowich, el editor que casi monopolizaba el teatro español antes de la creación de la Sociedad de Autores Españoles, durante la representación del segundo acto del Juan José ofreció a Dicenta, que estaba en la estricta miseria, veinticinco mil pesetas de aquel tiempo por los derechos de la obra. El autor no aceptó y, finalmente, esos derechos le llegaron a reportar trescientas cincuenta mil pesetas.

     

    El 11 de noviembre de noviembre de 1895 recibió Dicenta un homenaje de los periodistas y literatos de Madrid en el restaurante del café Inglés, de la calle Sevilla. Más de 150 comensales lo festejaron en la cena como recogen todos los periódicos del día 12. Entre los comensales estaba Antonio Palomero, Manuel Paso, Ernesto Bark, Francos Rodríguez, Jacinto Benavente… En un discurso Palomero dijo que era el triunfo de la juventud literaria y artística, que había llegado con el mejor de los suyos, con lo que estaba reivindicando el empuje y la hora de la Gente Nueva. El País escribió: “de los más de 160 comensales predominó la gente joven y no fue ningún académico”. Y Zahonero, en el mismo número, escribió: “desde anoche los viejos han reconocido la beligerancia de la juventud y los jóvenes han enviado a un diputado a la región de los iguales”.

     

    A los pocos meses del estreno la obra tuvo su primera adaptación en forma de novela popular por entregas. No se conoce exactamente el autor de la versión narrativa, autorizada por Dicenta a Antonio Asensio, porque este nombre parece encubrir a los periodistas Antonio Palomero, Ricardo Fuente y Adolfo Luna. Fuera como fuese, incluso en la segunda década del siglo siguieron publicándose adaptaciones noveladas de Juan José.

     

    Precisamente como consecuencia de semejante éxito surgió la oportunidad de crear un partido político, Democracia Social, en 1896, y algo más tarde, el grupo Germinal, en 1897. En torno a esa revista se aglutinó el pensamiento crítico que luego se identificó con el llamado noventayochista.

     

    Germinal fue un proyecto periodístico que merece conocerse y valorarse. El título del semanario remitía a la obra de Émile Zola y al ideal que ella representaba y que los redactores asumían y pretendían aplicar a España de finales del siglo XIX, subrayado en tres frentes: internacionalismo, antimilitarismo y anticlericalismo.

     

    El grupo no sólo era crítico con el gobierno de la Restauración, el turnista de Cánovas y Sagasta [el último cuarto del siglo XIX y el principio del XX, los dos grandes partidos monárquicos españoles, conservadores y liberales, se repartían el poder y los cargos], también quería influir en la marcha de la sociedad española. El grupo de Dicenta aspiraba a un cambio en profundidad que atendiera a la regeneración espiritual y material del hombre y de la sociedad. En su primer número, de 30 de abril de 1897, publicaron el manifiesto Nuestro programa, que hablaba de sistema democrático, justicia gratuita, autonomía administrativa del municipio, obligación de todos los ciudadanos de servir a la patria con las armas, renovación del Código Civil, instrucción primaria gratuita y obligatoria, reversión al Estado de todo capital improductivo por voluntad del dueño o por carencia de medios de explotación, derecho a la vida y a los medios para que sea digna, la pena como reparación del daño y medio de corrección del culpable, y creación del Ministerio del Trabajo como centro de las reformas sociales, y derecho al trabajo.

     

    Los redactores y colaboradores de Germinal tenían sus esperanzas puestas en la modernidad que debía traer el siglo XX. Creían firmemente que llegaría de mano de la difusión de la cultura, la instrucción general y de la educación de la sensibilidad artística.

     

    El germinalismo estaba entroncado con la bohemia y a la vez con el anarquismo y con las ideas socialistas de defensa del proletariado. Eran jóvenes amantes de la libertad y del progreso, con un fuerte espíritu independentista y llenos de fantasía. Como escribieron Ramiro de Maeztu y Manuel Machado, Germinal tuvo el mérito de aportar, años antes de la llamada Generación del 98, “un espíritu nuevo, europeísta y cercano a los problemas sociales”. Manuel Machado los consideraba “una élite inteligente y fuerte, precursora de los renovadores puramente literarios y artísticos del 98”. Decía que vivían “con el presentimiento de una gran catástrofe colonial y política” y que “vivían inquietos y desazonados”.

     

    Germinal fue, como apunta el hispanista Germán Bleiberg, una de las revistas más representativas donde se inició la Generación del 98, junto a Vida Nueva, Revista Nueva, Madrid, La Vida Literaria, Alma Española, La República de las Letras y, quizás, Helios. Estas revistas nacieron y murieron en diversos momentos entre 1897 y 1905. El alma de Geminal y el empuje de muchas de las otras era Joaquín Dicenta.

     

    Si faltara alguna muestra de la importancia del periodista y dramaturgo, el estudioso Rafael Pérez de la Dehesa afirma que “para la generación del 98 el drama de Joaquín Dicenta, Juan José, tuvo la significación del Hernani victorhuguesco”.

     

    Pero si fue tan importante como autor teatral y como periodista, si fue compañero de viaje cuando no mentor de la generación del 98, si fue tan valioso, ¿cómo es que apenas ha trascendido más allá de unas líneas en las enciclopedias? Quizá una parte de la explicación la podamos encontrar en su biografía y otra en su ideología: de vida bohemia y disoluta, con gran fama de mujeriego y trasnochador, unido a su actitud rebelde y pendenciera en lo político le reportó un buen número de críticas de bien pensantes y de quienes se guiaban por convencionalismos sociales.

     

    Para Javier Barreiro, probablemente el investigador que más ha estudiado su obra y su figura, “se trata de uno de los cuatro o cinco escritores más populares de la España de su tiempo. Sin embargo en más de 75 años apenas se ha sabido de él”. Cree que el silencio franquista es una de las causas de semejante invisibilidad. Pero no la única. Otra es el canon impuesto y también su independencia, “y la imposibilidad de adscribirlo a grupos generacionales en los que podía incluirse por edad –nació un año antes que Unamuno– lo situaron en una posición excéntrica”.

     

    Arturo Mori escribe de Joaquín Dicenta en el libro La prensa de nuestro tiempo: “era tan autor como periodista, pero fue periodista antes que autor… Una crónica de Dicenta significaba la nota palpitante del día ciudadano: un crimen, un estreno, un traspiés político, un libro... En un estilo romántico, pero moderno, de alma castiza y temple universal, humano y revolucionario, más cerca siempre de los humildes que de sus magnates”.

     

    Tuvo Joaquín Dicenta una vida muy aventurera: “En su biografía hay puñaladas, un rapto, un suicidio”, señala el escritor Eduardo Zamacois en sus memorias. Lo describe como gran bebedor, mujeriego y con una inevitable tendencia a la reyerta. Recuerda que a Dicenta le gustaba reñir. Parece que incluso llegó descalabrado al estreno de Juan José: “...llegó sangrando, alguien le había atizado un par de bastonazos en la cabeza”.

     

    A Dicenta se le atribuían proezas tales como la de cortarle a Valle-Inclán sus melenas en una trifulca nocturna. El autor de Luces de bohemia hubo de afeitarse el cráneo y esperar a que le volviera a crecer el pelo. Vendió los libros para festejar a una modistilla y al día siguiente se instaló con ella, pero enseguida se arrepintió. Es exactamente el trasunto de su novela Encarnación, aunque en la ficción no fue modistilla sino una prostituta que se enamoró de él, la sacó del local donde trabajaba y la llevó a su casa para luego arrepentirse. Un drama con mucho de autobiografía, donde contaba las andanzas de un grupo de jóvenes bohemios. En esa novela se pueden rastrear lugares, tabernas, el hospital, los jóvenes literatos del 98… toda una radiografía de la sociedad madrileña.

     

    Encarnación cuenta la historia de un amor imposible, el de un joven revolucionario, Tomás, bohemio, periodista y escritor que enamora a una prostituta, la que da nombre al libro. En la trama recrea Dicenta el ambiente de las tertulias, de los cafés y el lanzamiento de un periódico, El Rebelde, calco de la salida a la calle de La Democracia Social, el diario que aglutinó, encabezados por Dicenta, a buena parte de la Gente Nueva: “el gran periódico que iba a volver patas arriba el mundo de las letras, de las ciencias y de las artes”. Aparecen en la novela todos los tópicos del periodismo de esos años –el periódico que no paga, los periodistas que empiezan a considerarse como tales y se rebelan, las aspiraciones de escribir en los periódicos para ganar el pan o conseguir la gloria– y la filosofía del artista: “Tomás no estaba con los del arte por el arte; estaba con los del arte por la humanidad. No creía que el artista necesitara encastillarse en torres de marfil y ofrecerse a las multitudes como hostia en tabernáculo para ser grande y fuerte”. Afirmaba que el artista debía descender a la vida real, entrar en ella, sumarse a ella, sufrir sus dolores, las angustias, las explotaciones, los odios, las brutalidades y las ignorancias de su tiempo.

     

     

    “Tremolinas históricas”

     

    Dicenta tenía los rasgos del bohemio puro, prototípico, luchador, desordenado, manirroto, sensual, borracho de aguardiente mañanero, rebelde, defensor del débil, azote de la injusticia. Probablemente es uno de los pocos casos que siguió siendo bohemio en una segunda etapa de su vida, ya con dinero y fama. En ese tiempo de reconocimiento y aplausos mantuvo su afición a las mujeres y al vino, continuó con un indestructible anhelo de libertad y siguió con su innata tendencia a un vivir apasionado y turbulento.

     

    Escribe Prudencio Iglesias Hermida en 1918, en su libro Gente extraña: “hubo un tiempo en que la figura menuda y gallarda de Dicenta sembraba el malestar cuando entraba, quien en Madrid, en Barcelona y en Andalucía, en los lugares donde se encontraban las gentes de escándalo y de trueno… lleno de armonía en las proporciones, y con una brusquedad y rapidez de movimientos que marea, Dicenta ha armado, en colmados y otros sitios tremolinas históricas”. Asegura el coetáneo que Dicenta frecuentaba los lugares peligrosos, donde se emborrachaban matones y relata una escena que presenció el propio Iglesias Hermida, un hecho que probablemente calque la personalidad del periodista. Dicenta le había quitado la amante, una gitana guapa, “una mujer bandera”, a un célebre matón llamado Visantet. Era este un hombre terrible que se encendía a balazos por mínimo gesto. Un día se fue a por Dicenta y le dijo: “tengo que decirle a usted dos palabras. Salga usted ahí fuera”, y Dicenta, muy despacio, quitándose el cigarrillo de la boca, le contestó: “abra usted la boca, que voy a tirarle la colilla dentro”. Visantet se echó mano a la cintura, sacó un revólver y encañonó a Dicenta. Este sacó una moneda del chaleco y enseñándosela al matón, le dijo “un duro a que no me da usted... tan cerca”. Visantet no disparó. Parece que se hicieron amigos y estuvieron diez días seguidos de juerga.

     

    Como se ve, a Dicenta el éxito y el reconocimiento no le apartó de su pasión por el alcohol, las mujeres, la noche, los barrios bajos y la rebeldía.

     

    Su amigo Luis Bonafoux, otro excelso y hoy olvidado periodista, escribe de él en el prólogo a Spoliarium: cuadros sociales:

     

    “lo mismo en la vida pública que en la privada, Joaquín Dicenta forma en las filas de esa vanguardia de revolucionarios que son primero niños sublimes que no miran el ayer ni se preocupan del mañana; después jóvenes generosos que derrochan el talento como derrochan la vida, y en fin combatientes aguerridos que, polvorientos y sangrando, marcha a buen paso hacia la montaña del ideal”.

     

    Abunda Bonafoux en su amistad y en su personalidad cuando cuenta en su autobiografía:

     

    “El defecto principal de Dicenta es abarcar mucho –ya es concejal y cualquier día le hacen arzobispo de Toledo– la mayor prueba de amistad y compañerismo que le di no fue defender su labor literaria sino acompañarle a cuevas misteriosas llenas de bandidos tremendos que, según él podían matarnos de un momento a otro hombre pagado de sí mismo”.

     

    Su manera de ser y de pensar, así como el tirón popular que lo acompañaba, le granjearon no pocos enemigos. Uno de ellos fue Clarín, cuyas menciones a Dicenta buscaban habitualmente el descrédito. El 27 de mayo de 1897 Leopoldo Alas dictaminaba en Las Novedades, en Nueva York, “que sólo la ausencia de verdaderos críticos ha permitido el éxito del Juan José. Y cita el hispanista Allen Phillips que Azorín comentaba de Joaquín Dicenta que “no tenía más vida que la de la noche, deambulando por locales nocturnos hasta las cinco o seis de la mañana, para despertarse luego o las dos o las tres de la tarde, no teniendo momento alguno para dedicarle al trabajo sistemático, ni tampoco a la reflexión”.

     

    Zamacois recoge en sus memorias: “La vida de Dicenta es vendaval desatado; el demonio seductor de lo imprevisto guía sus pasos; todo le seduce; sobre sus noches y sus días, el desorden tiene encendida eternamente su lámpara roja”.

     

    El poeta Rubén Darío también compartió noches y desórdenes y escribe: “Con Joaquín Dicenta fuimos compañeros de gran intimidad, apolíneos y nocturnos. Fuera de mis desvelos y expansiones de noctámbulo, presencié fiestas religiosas palatinas; teníamos inenarrables tenidas culinarias, de ambrosías y sobre todo de néctares, con el gran don Ramón María del Valle-Inclán”.

     

    El periodista Julio Camba le dedicaba una de cal y otra de arena: tituló ‘Una calamidad nacional’ el artículo que le dedicó en La Anarquía literaria, en julio de 1905: “Escribía crónicas brillantes y sustanciosas en El Liberal y competía con Mariano de Cavia en las borracheras”.

     

    Parece que, ya célebre, organizaba tertulias todos los sábados en su casa del número 37 de la calle Mendizábal. Zamacois cita la tertulia de Dicenta en El Diván, con Valle-Inclán, Ernesto Bark, Antonio Palomero, Ricardo Fuente y Rafael Delorne entre los asiduos.

     

    La tertulia era una constante en la España del fin de siglo, un lugar común de aquel Madrid brillante y absurdo, una necesidad de bohemios y literatos, y una costumbre de Dicenta, que se imponía como contertulio tan dotado que participaba en varias. Además de la que hacía de anfitrión en su domicilio de los sábados, asistía a la que se celebraba  en la casa de Luis Ruiz Contreras, editor e impulsor de Revista Nueva; la del café Inglés y, sobre todo, y la del café Madrid, donde se podían oír los animados debates en los que intervenían Valle-Inclán, el dramaturgo Jacinto Benavente y Alejandro Sawa, entre otros.

     

    Dicenta fue, además, el ídolo de la juventud radical del fin de siglo. Si su drama, Juan José le dio la renombre, a partir de 1896 su actividad periodística hacía que encabezara cuanto nuevo proyecto se iniciaba. Tras La Piqueta, Democracia Social o Germinal, vinieron más tarde El Intransigente, La Lucha y El Radical. Fue a él a quien recurrió el mecenas José Carrascal para lanzar el periódico republicano, también de corta vida, La Lucha, en 1905. De él quedan algunos ejemplares en la Hemeroteca Municipal de Madrid.

     

    Tras dirigir periódicos y encabezar cuanto movimiento progresista se pusiera en marcha, empezó a escribir para El Liberal. Su firma aparecía cada día, pero no como articulista, que también, sino como reportero y cronista.

     

     

    Un cronista entre mineros

     

    Era una de las estrellas del periódico. Con su fama y a sus 40 años se embarcó en un proyecto periodístico que desde hoy se ve curioso y apasionante. Pasó las Navidades entre los mineros de la localidad andaluza Linares y contó lo que vivió, investigó, descubrió y conoció en nueve entregas que publicó durante los meses de enero y febrero de 1903. Se trata de nueve textos que están entre la crónica y el reportaje donde relata la vida y trabajos de los mineros de las minas de plomo.

     

    Previó todos los puntos de vista, todos los ángulos, de manera que se empeñó en obtener una visión completa de la realidad. También publicaría otro texto sobre el fondo de la mina en la revista Alma Española, esta vez el 8 de noviembre 1903, en el que describía las míseras condiciones en que se encontraban los mineros de Almadén, de modo que con él cerraba el círculo de la descripción y de la denuncia.

     

    Quiso contar cómo vivían los mineros de su época y por eso se trasladó a Linares, en la provincia de Jaén, a indagar en sus condiciones de trabajo, e hizo lo que mandan los cánones de un reportero. Lo que años más tarde hicieron todos los reporteros, los adalides del nuevo periodismo: ir, ver, vivir, y contarlo.

     

    Usó técnicas de reporterismo, recurriendo a una metodología por inventar pero que él puso en práctica más por una mezcla de intuición y conocimientos. Los procedimientos de búsqueda de información, su valoración dentro del contexto de la realidad social y política, su empeño en dar voz a quienes no la tenían, su rigurosa investigación y la clara exposición de lo observado requieren mucha preparación y una gran predisposición, así como experiencia, dominio del oficio y del lenguaje.

     

    Lo que hizo Joaquín Dicenta en Linares aquellas Navidades fue ejercer de periodista total, curioso y comprometido con la verdad. Exactamente lo que tiempo después harían muchos y se les darían otros nombres: nuevo periodismo, periodismo gonzo, periodismo narrativo, periodismo social, periodismo literario, periodismo de investigación. Aunque no existía tal especialización, ni siquiera tal profesión, ya lo hizo Joaquín Dicenta –y algunos otros que conformarían la llamada Edad de Oro del Periodismo e España– con profesionalidad, rigor, estilo brillante y compromiso.

     

    Todas las entregas tenían un título común, bien visible en mayúsculas, que las unía y las destacaba en el periódico, Entre mineros. Sin embargo cada una de ella se centraba en un aspecto, de modo que la visión de conjunto que pretendía se asentaba en la convicción de que la mejor manera de enterarse bien de las cosas y de informar de modo completo era desde la especialización. Así que cada una tenía un subtítulo que las identificaba y definía.

     

    El 2 de enero apareció la primera entrega, en primera página, en la primera columna de la izquierda, subtitulada ‘A flor de tierra’. La segunda el 6 de enero, ‘De cara a la mina’, en la tercera columna, de las seis que componía el periódico, en la tercera página. La razón de esta ubicación es que ese día El Liberal dedicaba las dos primeras páginas, enteras con lujo de dibujos ilustrativos, a la muerte de Práxedes Mateo Sagasta. La tercera el 12 de enero, ‘Pozo abajo’, una columna larga en la primera página. La cuarta, ‘Desde el fondo’, el 16 de enero, columna y media también en la primera página. En la quinta pone el periodista su foco en uno de los protagonistas, ‘El hampón’, y aparece el 19 de enero, igualmente columna y media en la primera página. Una vez contada cómo es la mina y la vida de quienes trabajan en ella, se fija en su contexto, en las consecuencias, y publica, el 22 de enero y el 4 de febrero dos nuevas entregas, ‘La fundición’ y ‘Los emplomados’, ambas de una extensión muy parecida, columna y media, unas seiscientas palabras, y en la primera página. El 13 de febrero aparece el texto subtitulado ‘Lluvia de plomo’ y el 21 ‘Al partir’, donde cierra su viaje, su investigación y su proyecto.

     

    El compromiso de Joaquín Dicenta con las clases obreras, con la realidad política española, y su vocación de contar cómo era la sociedad en la que le tocó vivir, así como su curiosidad innata, fue lo que le empujó a planear aquel viaje a Linares. Fue un plan ideado con el director del periódico, otro prestigioso periodista de aquella época dorada, Miguel Moya. De hecho buena parte de los textos se inician en forma de carta, que era como hacían los corresponsales en sus inicios: “Querido Moya”.

     

    Pretendía conocer directamente los diferentes ambientes de la ciudad minera, de modo que visitó pozos, fábricas, calles, casas de mineros, tabernas, oficinas. Habló con viejos, niños, mujeres, picadores, capataces, de manera que logró un conocimiento de primera mano, y fue reportero cuando apenas empezaba la profesión de periodista. Fue enviado especial cuando ni se conocía tal figura. Y con todo lo observado y vivido de cerca, y compartido, escribió estas nueve entregas que fueron saliendo en El Liberal y que resultan hoy una verdadera lección de periodismo.

     

    Al contar a Moya en su primera crónica las vicisitudes de su trabajo, las dificultades para ordenar sus impresiones y valorar tal cúmulo de fuentes y datos, estaba haciendo lo que luego pondría en práctica el llamado Periodismo Narrativo hispanoamericano, el Nuevo Periodismo norteamericano y todos los cronistas: utilizar el yo omnisciente para mostrar que es testigo de los acontecimientos, que sabe lo que pasa no porque pregunte y se lo cuenten sino porque lo vive.

     

    En los nueve textos de la serie podemos rastrear los propósitos del periodista, su personal interpretación de los hechos que cuenta, las técnicas reporteriles que ha empleado, y el estilo, literario, entre la denuncia y la brillantez. Más cerca de la crónica que del reportaje, por el uso de la primera persona, por acotar el tiempo y el lugar, por el sesgo personal, pero sin olvidar comprobar el dato, mostrar la tendencia y su contexto.  Descubrimos una atención al detalle significativo y aparentemente menor, al paisaje, al ambiente. Y al mismo tiempo introduce la visión panorámica, y el resultado es sorprendente, porque no sólo no tiene que envidiar a los reportajes actuales ni a las maneras de las mejores plumas del periodismo, sino que se erige en el antecedente de todos ellos.

     

    El primer texto, ‘A flor de tierra’, no solo era una aproximación a la problemática minera sino que el autor mostraba las intenciones y el alcance de su plan. Como un enviado especial que inicia una correspondencia con su director. Confesaba haber juntado tal cúmulo de emociones que debía darle forma a sus impresiones. Había pensado escribir tres o cuatro artículos, pero se da cuenta de que tenía material para un libro. Contaba su llegada a Linares, pintaba el cielo azul y el aire de fiesta tras la Pascuas, el trajín bullicioso de los obreros vestidos de domingo mezclado con el siniestro de quienes con “el hatillo al hombro, el sombrero caído sobre las cejas y el cigarro de papel sujeto entre los labios se dirigían a la mina, a jugar su existencia durante doce horas contra un jornal de doce reales”.

     

    La pintura es concienzuda. Se asegura de que el dato sea claro, repara en paradojas y hace comparaciones: “besos de luz y cantos de pájaros” con la negrura sepulcral de los fondos mineros. Se fija en los puesto de turrón de la Navidad y ve la coloración pálida de la piel, la tristeza humilde de los ojos, el matiz blancuzco de los labios: “los niños de esa raza tiene la cabeza gorda, el cuello delgado, las piernas corvadas, la sangre empobrecida de los padres”. Es crónica de reportero con gusto por la  pincelada: “el sombrero sobre los ojos, la colilla entre los dientes y el cuchillo en la faja”. Hay un buen ramillete de adjetivos, hay denuncia y abundan las descripciones.

     

    El segundo artículo, ‘De cara a la mina’, se centra en el barrio obrero, mira sus calles, y aporta una descripción pormenorizada de las viviendas. Entra en el cuarto de un minero y dice cómo es: una habitación de tres metros, un ventanuco cerrado, sillas, clavos en la pared sosteniendo atavíos humildes, y un cubo que sirve de baño, palangana y escupidera. En esas habitaciones desprovistas de claridad, de higiene, duermen seis hombres “sin otra cama que sus petates extendidos por tierra igual que en las cárceles públicas”.

     

    En la tercera entrega el reportero se mete en la mina con los mineros y titula su experiencia ‘Pozo abajo’. Hace un relato de sus propias impresiones mientras contempla los lavaderos, confiesa el impacto de la bajada al pozo, anota los comentarios del capataz que lo acompaña. Está introduciendo en su texto diálogos como hará cincuenta años después el nuevo periodismo. Y digresiones, descripciones totalmente  cinematográficas, interpretaciones personales sobre lo que está pasando y está viviendo.

     

    Plantea su texto como la continuación de la crónica anterior y deja la puerta abierta a que el lector espere otra, fórmula de las novelas por entregas, de los folletines, aplicada al periodismo. Describe al maquinista que maneja la jaula que baja y sube y confiesa que sintió “miedo e impulsos de retroceder”, e introduce una nota de humor cuando el capataz ve su miedo. Le dice que los cables a veces fallaban, pero que ese día eran nuevos: “la afirmación irónica y terrible para los que bajan diariamente resultaba consoladora para mí”. En su relato hace un verdadero despliegue de sensaciones, para acercar al lector al descubrimiento de un mundo desconocido. Para ello apela a todos los sentidos: el chirrido de la jaula, el agua goteando por las paredes, la oscuridad, la luz del candil, la humedad, un patético paisaje de maderas, andamios, boquetes profundos, armazones de madera hierro, ruidos tenebroso, máquinas perforadoras, voces, un paisaje de tinieblas, quinientos metros, luces a lo lejos y el ruido de los pico. Era el fondo de la mina.

     

    Exactamente el título de la siguiente entrega. Así hila la serie, de modo que tras experimentar esa bajada a los infiernos sale de la jaula y es recibido por el ingeniero: “un francés cuyo nombre he olvidado, no me ocurre igual con sus corteses atenciones y agradabilísima conversación”. Y seguido por el francés y precedido del capataz se encamina el reportero hacia el interior de la mina, “hundíanse mis pies en una alfombra de fango líquido”. Continúa apelando a los sentidos y echa mano de metáforas para mostrar la paradoja de encontrar una cierta belleza en ambiente tan hostil. Nota aire frío, lo envuelve la oscuridad: “la luz de nuestro candiles convertía en arroyuelos de plata las vetas plomo y en joyería inapreciable las sales que cristalizaban con variada geometría sobre las orillas del túnel”.

     

    Apunta en primera persona lo que ha visto: hombres con el torso desnudo arrastrarse y poner la mecha sin tiempo para escapar, a cortadores de material tumbados boca arriba. Y las consecuencias, que se rompa una soga, que muera el cargador de barrenos. Una puesta en escena dramática para reflexionar sobre lo poco que vale la vida del minero, y  “la indiferencia codiciosa de los amos de las minas haciendo que los trabajadores expongan sus vida”.

     

    También se ocupa, en una suerte de periodismo total, panorámico, de las formas de diversión del minero, con el alcohol como referente, y se fija en la figura del hampón, que da el título a su quinta entrega. El plan del reportero fue recorrer los sitios donde los mineros se reunían al volver de su trabajo: Tabernas, bodegones, colmados, cafés de camareras, café cantantes… “tales son los centros del esclavo de la mina escoge para engañar su estómago con manjares innutritivos, aturdir su cerebro enraquitecido con medios de aguardiente, satisfacer sus anhelos estéticos con guitarresca música, con canciones rebosantes de estupidez”. Interpreta intenciones y valora éticas y estéticas para explicar cómo era un café de camareras.

     

    Así es el escenario que pinta: un hombre y cinco o seis entretenedoras de la casa. Aquel pide botellas de jerez “sacando de entre la camisa su pañuelo, convertido en bolsón, y del bolsón duros y más duros”. Es un minero hampón, es decir, un bohemio de la mina, un solitario, “un hijo prodigo de la mina presto a dilapidar en rapidísimas horas de goce el caudal humilde que horas sin cuento de trabajo le permiten recoger en la mina”. Ha comprobado que todo el mundo ignora el Linares la procedencia de estos hampones: llegan, surgen de pronto “¿del monte huyendo de la guardia civil?, ¿del presidio? ¿de un burdel?”. Aporta el dato de que en las oficina, fuente de parte de la información de Dicenta, ignoran los nombres de los trabajadores: “Tampoco les interesa, y a los dueños o accionistas, menos”.

     

    El hampón llega a la mina, se contrata como destajista, desprecia el peligro, dobla turnos y solo lo ven los jefes cuando va a cobrar la quincena. Ese día, el de la quincena, el hampón reaparece, va al taberna, bebe, acaba en el café cantante y convida y reúne a las mujeres, paga sus caricias y se va cuando se acaba el dinero.

     

     

    Nuevo periodismo a comienzos del siglo XX

     

    En la sexta entrega de su serie minera visita una fundición. Una apuesta para cerrar el círculo, y ahí descubre que no mejoran precisamente las condiciones de trabajo. No hay una bajada en una jaula por un pozo infernal, pero el calor del plomo fundido no es menor. Continúa su tono amargo en las descripciones, los diálogos con protagonistas de primera mano. En la séptima de un paso más en su investigación que lo lleva a una fábrica de plomo y de muestra el influjo nocivo de ese material en el organismo de los que allí realizan su trabajo.

     

    En la octava historia minera habla de los emplomados, los hombres que sufren en sus cuerpos las secuelas de las mina. Después de tantos sacrificios, resulta que ya no pueden seguir trabajando. Habla con siete hombres, siete testigos, siete fuentes, siete restos de hombres que van a la fonda donde se hospeda el reportero, que se percata de que lo más duro no está en el fondo de la mina, porque allí abajo están los que pueden trabajar. Los que le hablan no pueden, “son residuo humano”.

     

    Introduce Dicenta, como si fuera abriendo el camino al llamado luego Nuevo periodismo, elementos de la literatura, de sorpresa, de mostrar sin decir, de explicar con el ejemplo, de diálogo y de cuento dentro del relato. Así recoge el testimonio de un ricacho de Linares, quien dice que “el obrero se queja sin razón, el trabajo de los hornos y cámaras no es tan malo como ellos dicen. Si se toman precauciones nadie teme por la salud”. Tras el discurso paternalista, el periodista se fija en un perro flaco, tísico, casi moribundo: “Vaya perro”, dije. “Ah, vivirá poco, dijo el ricacho. Perro que anda por estos sitios, no dura un año”. Y así termina su crónica, sin añadir una palabra más, demostrando dominio del tempo y de los golpes de efecto.

     

    En la novena y última muestra recoge las postreras impresiones y las conclusiones de su larga y completa investigación, antes de emprender viaje de regreso. Ahí deja otra lección de periodismo moderno, en su búsqueda de las fuentes adecuadas: incluye el testimonio de un articulista del lugar, un ex minero llamado Molina que escribe en el periódico El Defensor de Linares y cuenta que aún hay mineros que trabajan en peores condiciones que las que el reportero de Madrid ha visto. Y que aun peor es que, tras envenenarse con el gas, tras tantos esfuerzos sobrehumanos, puede que un día llegue el estallido de un cartucho, un hundimiento que los destroza o “les deja para pedir limosna en el arroyo”.

     

    En tiempos duros para el periodismo, de desprestigio, de precariedad, descreimiento, tal vez convenga volver la vista a ejemplos señeros, a nombres que pudieron iluminar la senda de una profesión que merece mejor consideración, que le corresponde un papel superior al que ahora tiene.

     

    Dicenta es un ejemplo paradigmático, se trata de un nombre que hizo méritos, y le fueron reconocidos en su tiempo, para aparecer en todas las enciclopedias, en cualquier estudio del periodismo. También merece un redescubrimiento porque no está hoy entre los periodistas de referencia, aun siendo como hemos apuntado en este trabajo uno de los verdaderamente grandes.

     

    Como literato fue importante, más como autor teatral que como novelista, aunque también tiene una obra considerable como narrador ya que fue prolijo en su producción. Pero el éxito de su Juan José eclipsó toda su otra amplia producción. Tuvo el mérito de poner por primera vez una taberna como escenario, de modo que también en esa faceta fue un adelantado y logró que su teatro social calara tan hondo que se hicieron versiones y se multiplicaron la representaciones de su obra.

     

    Pero aparte de esas virtudes y logros la razón de traerlo a estas páginas tiene que ver con sus méritos como periodista, tanto en su papel de emprendedor como de maestro en el estilo y adelantado a su tiempo con las técnicas y rutinas que puso en marcha, de las que se valió para contar lo que pasaba y cómo era la sociedad que le tocó vivir.

     

    Poner en marcha La Democracia Social, liderar el proyecto que supuso la revista Germinal, dirigir El País, el periódico republicano más activo de su tiempo, empujar y protagonizar cada plan periodístico y convertirse en la firma habitual y más reputada de El Liberal, es convertirse en uno de los principales referentes de la historia del periodismo español. Eso sin contar con el hecho de que, siendo republicano y socialista, fuera reclamada su pluma en todos los periódicos, igual progresistas que liberales, conservadores que radicales.

     

    Pero las muestras exploradas en la serie publicada a principios de 1903 sobre las condiciones de vida de los mineros de Linares son un tesoro revelador. A través de los nueve textos podemos comprobar cómo en la prehistoria del periodismo español había unos periodistas que lo ejercían como si la profesión estuviera inventada. Cómo recién pasada la frontera del siglo XIX había quien hacia crónicas y reportajes con sentido de la modernidad, del rigor, del atractivo para el lector, del suspense. Y lo mejor de todo es que no era ni excepción ni casualidad, era una manera de hacer.

     

    Las técnicas reporteriles empleadas por Joaquin Dicenta en 1903 atendían a las fuentes de primera mano, le exigían estar en el lugar de los hechos, ser testigo de lo ocurrido como mejor fórmula de comprobación. Viajaba al lugar con la intención de descubrir un mundo, entenderlo y contarlo a sus lectores. Para eso no se contentaba con ser un paracaidista que aterriza, hace unas preguntas, busca la versión contraria y se va. El reportero realiza un acercamiento total, a su ciudad, su ambiente, sus casas, su entorno, su familia, sus vecinos, su higiene su manera de divertirse, de dormir, de descansar, de soñar.

     

    La búsqueda de  las fuentes y su utilización demuestra un trabajo riguroso, un empeño de abarcar todos los ángulos, de modo que  se puede dar fe de que entre los testimonios recogidos no falta nadie: está el capataz, el ricacho, el obrero, el gerente, el herido, el camarero, el hampón, la prostituta, el niño, la madre, el accionista, el jubilado. Un trabajo concienzudo en el que no deja ningún detalle por revisar, por comprobar. La verdad en periodismo se busca mirando por todos los lados, se llega a ella con tiempo y con empeño, y eso hizo Dicenta con su proyecto y su serie Entre mineros.

     

    Hay denuncia social, indispensable en un perfil rebelde como el de Dicenta, y hay relato con pretensión de enganchar al lector. Sus  aportaciones estilísticas, su búsqueda constante de la imagen eficaz, de la metáfora brillante, del adjetivo apropiado, muestran una vocación de estilo que busca la complicidad con el lector. Decía Rafael Mainar en 1906, en su libro El arte del periodista: “el lenguaje periodístico ha de ser nervioso, vivo y vibrante”. Como si describiera la manera de hacer de Joaquín Dicenta para mantener la atención del lector, mezclando datos y sensaciones, describiendo emociones y mostrando vidas verdaderas.

     

    El mérito de Joaquín Dicenta, sus recursos de periodismo moderno, con sus interpretaciones, el uso de la primera persona, los diálogos incluidos en el texto, la acción, la narración en lugar de la foto fija, es mayor si tenemos en cuenta la fecha de publicación de la serie, 1903, cuando apenas en España estaba cambiando el llamado periodismo de opinión, ideológico, hacia el de información.

     

     

     

     

    Miguel Ángel del Arco es periodista y profesor de periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid. Ha sido reportero y redactor jefe en Tiempo y La Clave. Es autor de la novela El crimen de Julián el Guiñote, de los blogs Visióndeconjunto, Un cuento real Crónicaynegra. Coautor del libro de cuentos Muelles de Madrid, se doctoró con la tesis Periodismo y bohemia (alrededor de 1900). Los bohemios en la prensa del Madrid absurdo, brillante y hambriento de fin de siglo. En FronteraD ha publicado Espía en la FNPI. El ingenio de García Márquez periodista.

     

     

     

     

    Entre mineros: A flor de tierra, por Joaquín Dicenta

     

    Mi querido Moya.

     

    Al cabo de ocho días puedo coger la pluma y escribir á usted para comunicarle, según le había prometido, mis impresiones á propósito de Linares, mejor que de Linares de los seres que lo pueblan, luchando con la vida en la superficie del suelo y jugando con la muerte en el fondo.

     

    No atribuya usted á pereza el retraso; atribúyalo á imposibilidad absoluta de dar forma escrita á esas impresiones. Durante ocho días han danzado ellas por el interior de mi cerebro con tal desorden y tan confuso ir y venir, que ninguna estaba en su puesto, ni se destacaba con precisión ante mi juicio.

     

    El cielo azul, los tonos alegres de calles y edificios, el vocear de los chicuelos celebrando la Pascua entre redobles de tambor y gemidos de zambombas rebeldes, mezclábanse al trajín bullicioso de los obreros vestidos de fiesta y al trajín siniestro de los obreros que, con el hatillo al hombro, el sombrero caído sobre las cejas y el cigarro de papel sujeto en los labios, se dirigían á la mina, prontos á jugar su existencia durante doce horas contra un jornal de doce reales. A real por hora. Menos mal que en una hora se juega el minero veinte veces la vida.

     

    Todo se mezclaba y se confundía dentro de mi cráneo; los rayos del sol, recostados en el cielo, con el resplandor de los hornos encendidos para la fundición; el rodar estrepitoso de los carruajes, cuyos tiros campanilleaban gallardamente por los andenes del paseo, con el resoplar áspero de los motores en faena; el verde vivo de la campiña adornado con besos de luz y cantos de pájaros, con la negrura sepulcral de los fondos mineros, donde los candiles brillan como en el cementerios de los fuegos fátuos, y la voz de los hombres suena á gemido engrosado por una bocina mostruosa.

     

    Sí; todas estas impresiones, recibidas sin tiempo bastante para asimilarlas y ordenarlas, me han producido una indigestión de los sesos…

     

    Pasó la indigestión. Mis impresiones se han ido escalonando; mis ideas, tomando forma; mi juicio, consistencia.

     

    No tres ó cuatro artículos, un libro sería necesario para escribir el poema de miserias y de torturas que los mineros graban con sus picos en las lucientes láminas del filón, en las paredes grises de las minas, en los artesones donde lavan el plomo para convertirlo en albayalde y envenenar poco á poco á los hombres que lo fabrican.

     

    ¡La mina!... Arriba y abajo, en la superficie y en el fondo, es sencillamente una inquisición de hombres, un aparato de tortura que la Naturaleza ha planeado con refinamiento cruel y la codicia se ha encargado de construir y perfeccionar.

     

    ¡La mina!... Ya llegaremos á ella en otra carta. En ésta no quiero; aún no me atrevo á hundirme con la imaginación en el pozo donde mi cuerpo se hundía no hace muchas horas; á caldearla con el homicida calor de las fundiciones; á mojar mi pluma en el veneno que disuelven por la atmósfera los hornos de plomo y los lavaderos de albayalde, para que el minero los respire un segundo y otro segundo, un día y otro día; para que vaya muriendo poquito á poco con la anemia en la sangre y la desesperación en el alma, con un trabajo inícuo por solo presente, una miseria absoluta por inseparable compañero, y un hospital por todo porvenir.

     

    No; aún no es tiempo de ir á la mina; la impresión que este país de mineros me produce, se va formando por capas, como el mineral que los trabajadores cortan con sus picos y perforan con sus barrenos.

     

    Formación, escalonamiento de arriba abajo, cinematógrafo angustioso que va describiendo, por virtud de imágenes rápidas, la historia completa de la mina y de sus humildes fecundadores.

     

    No; no hay que ir á la mina; no hay que descender á lo largo del pozo y perderse en las galerías, y trepar las escalas, y meterse en un cubo que sube y baja por abismos profundizadores de cientos y cientos de metros, para empezar á conocer la historia de la mina, el poema trágico del minero, como no precisen llegar á los lavaderos, á los hornos de fundición, á las fábricas de albayalde y á las cámaras condensadoras, para enterarse de qué modo y con qué salvaje crueldad la mina destruye al minero y va arruinando, enraquiteciendo, asesinando despiadadamente á una raza entera de trabajadores.

     

    No hace falta eso. Lejos de las minas en las calles de la población, iluminadas por un sol fecundo que se deshace en rayos sobre las azulosidades del cielo, y alegra las fachadas de los edificios y abrillanta las flores que asoman, balanceándose, por las ventanas; á la puerta de las tabernas, al pie de los puestos de turrón y marisco, en los paseos, en las plazas, en todas partes, se ve una multitud de hombres, de mujeres y de chicuelos que zumba como colmena en vacaciones celebrando los festejos de Navidad.

     

    Los individuos que componen esa muchedumbre varían en sexo, en indumentaria, en facciones; pero tienen una nota común, un tristísimo lazo de fraternidad: la coloración pálida de la piel, la tristeza humilde de los ojos, el matiz blancuzco de los labios, el desplome escrofuloso de todo su organismo. La raza entera, cogida, estrujada, agostada por el subsuelo linarense, circula á flor de tierra, siendo anuncio vivo de lo que debajo de tierra ocurre.

     

    Los niños de esa raza tienen la cabeza gorda, el cuello delgado, las piernas describiendo hacia adentro un arco apenas perceptible.

     

    La sangre empobrecida de los padres circula por sus venas para enraquitecer sus cuerpos y ofrecer al provenir un proyecto de humanidad incompleto, mezquino; humanidad que tiene la carne roída por la anemia y el cerebro por la ignorancia; humanidad de niños que ríen y juegan al sol, esperando la hora de hacerse hombres para ir al fondo de la mina con el hatillo á cuestas, el sombrero sobre los ojos, la colilla entre los dientes y el cuchillo en la faja.

     

    Joaquín Dicenta.

    Linares 31 de diciembre de 1902

    Reproducción del artículo

     

     

     

    Entre mineros: De cara a la mina, por Joaquín Dicenta

     

    Querido Moya:

     

    Blanqueaba el horizonte con la luz indecisa del amanecer, cuando dirigimos nuestros pasos hacia uno de los barrios obreros y, á título amistoso, visitamos la casa donde uno de éstos residía, y donde, juntamente con varios compañeros de oficio, estaba disponiéndose para emprender el viaje á la mina.

     

    Las bestias, hacinadas en el entrepuente de los barcos, tienen mejor acomodo y más holgura que los mineros en sus domicilios.

     

    Figúrese usted una habitación de tres metros en cuadro, sin otro ventilador que el de un ventanucho, siempre cerrado, y una puertecilla, casi nunca abierta. Sillas para sentarse, Dios las proporcione. Ocho ó diez clavos sosteniendo contra las paredes atavíos humildes; un cubo que sirve de baño, de palangana y de escupidera, y una atmósfera que se masca por falta de renovación, y hace taparse las narices por sobra de gases mal olientes: he aquí la alcoba, el cuarto de soltero, que pueden sostener y pagar los trabajadores sueltos, los que accidental ó realmente, carecen de familia.

     

    En esas habitaciones, desprovistas de claridad, de comodidades, de higiene, duermen, por término medio, seis hombres, sin otra cama que sus petates, extendidos por tierra al igual que en los patios de los presidios y en las cárceles públicas. Por almohada el hatillo, por colchón un pedazo de estera ó un jergoncete de maíz, por sábana y colcha (todo á un tiempo) la manta llena de rotos, y el chaquetón arlequineado con remiendos.

     

    Así descansan los mineros de sus fatigas; así duermen, renovándose para dormir, como se renuevan para trabajar; lo mismo, porque, apenas alzados del petate los hombres que extraen plomo durante el día, entran en la alcoba los que lo extraen durante la noche y sustituyen sobre el petate á sus compañeros, mientras éstos van á sustituírles en el fondo negro de los pozos.

     

    Así viven y descansan los llamados en la jerga minera solteros. Poco menos ó más, igual viven y descansan los casados. Variará la composición del grupo humano; pero ni varían el decorado de la alcoba, ni la mala ventilación, ni la penuria higiénica, ni la miseria real del ambiente.

     

    Tal vez sea más triste el espectáculo en el domicilio de los casados que en el de los solteros. En aquél hay mujeres imposibilitadas de trabajar, porque necesitan atender á sus hijos; niños que no trabajan áun, y á quienes sus padres están obligados a sostener; ó niños que trabajan antes de tiempo, porque el hambre aprieta y el jornal de los padres resulta escaso para todos.

     

    Así viven… ¡Pero podían vivir mejor! –exclaman los ricos, aquellos que, por virtud del florecimiento minero, gozan y triunfan en Linares.

     

    «Los solteros –añaden- son gente volandera, llegada á la mina para hacer un gato de cincuenta a sesenta duros en poco tiempo, y volver con él á su aldea. Esos hombres, cegados por la codicia del dinero, impónense todo linaje de privaciones y viven como bestias por ahorrar un céntimo. En cuanto á los casados, si no viven mejor, culpa es de sus vicios, que les llevan á la taberna ó al café cantante el día del cobro, para consumir parte del salario, en vez de llevarlo íntegro á sus casas. »

     

    Sí; es cierto. Hay mineros accidentales que se juegan la existencia cuarenta veces en un día, por recoger, al cabo de dos meses, un puñado de duros, y que se imponen multitud de miserias con objeto de llevar á sus pueblos esa cantidad y atender al sustento propio y al de los suyos, durante la época en que las faenas agrícolas quedan paralizadas y el hambre se enseñorea del labriego, como el hielo se enseñorea del terruño.

     

    Hay casados, con vecindad permanente en Linares, que después de pasarse una semana entera en el interior de la mina, esperando el imprevisto desplome de una jaula, la caída bárbara de un peñasco, el estallido prematuro del barreno ó el saludo mediciano del arsénico para reventar, emplean el domingo en emborracharse y distraer el sufrimiento de seis días con los vapores del alcohol ó las caricias de una camarera ó de una cantaora.

     

    Hay hombres que hacen eso. Verdaderamente, podían ser más cautos y más amantes de la higiene, gastar más en su comodidad y menos en sus diversiones… ¡Y esto lo dicen quienes regatean jornales y consumen diariamente en café y en cigarros puros el jornal de un minero!... Después de todo, la cosa tiene gracia. En fin…

     

    Los obreros se dirigen hacia la mina con el hatillo á cuestas, las manos metidas en el forro de la chaqueta, los ojos enmatecidos por el sueño y el pisar lento y cauteloso de sus pies hechos á tantear los abismos entre la sombra.

     

    En cada puerta se reunen grupos de mineros que se aproximan unos á otros, formando pelotones que se dirigen á la desembocadura de las calles, como los arroyos al encuentro del río: los pelotones que aparecen por las diversas bocacalles se juntan, se confunden… El río humano engruesa, encaminándose á la carretera con sordo rumor, marchando por ella con lentitud rebelde, deteniéndose en los ventorrillos para apurar copas de aguardiente ó cerveza y seguir adelante, siempre adelante, obedeciendo las leyes de la miseria social como el río de las leyes físicas.

     

    Por fin el río obrero se divide en múltiples brazos y avanza en busca de las minas y lleva hacia ellas su corriente; hacia ellas, hacia el inmenso mar de plomo que lo aguarda para tragárselo onda á onda, es decir, hombre á hombre, por la boca negra de sus pozos, mientras las jaulas bajan, suben, oscilan, y las chimeneas despiden humo que el sol dora con sus primeros besos de luz.

    Joaquín Dicenta

    Linares, enero 1903.

    Reproducción del artículo

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