Plaza de la Asamblea, con el Parlamento, la estatua del Tzar Liberador y la Universidad de Sofia al fondo.

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    El laberinto político búlgaro. Desde el mes de junio se suceden las protestas en Sofía sin que nada cambie

    Texto y fotos: José Antonio Sánchez Manzano - 19-09-2013

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    Sofía, miércoles, 4 de septiembre       

     

    “No creo que haya nuevas elecciones antes de invierno. La gente está aún con la mente en las vacaciones y cansada de tantos días seguidos de protestas sin que nada cambie. Cuando llegue el invierno y nos toque pagar las facturas veremos qué pasa”. Tras este pronóstico, y su subsiguiente tono y cara de resignación, Stefan gira el cuello hacia atrás y se despide antes de aparcar su taxi amarillo en el famoso y céntrico Puente de las Águilas.

     

    El cielo está despejado y una fuerte brisa refresca la mañana en una señal inequívoca de que el verano apunta a su fin. Son las 07.00 en el cruce de Orlov Most, una de las intersecciones más importantes de Sofía. Se trata de un punto de encuentro muy concurrido cuando hace buen tiempo y, como pasara el pasado mes de febrero con la caída del gobierno del populista Boiko Borisov, uno de los lugares donde más gente se concentra y concluyen las manifestaciones políticas.

     

    Hacia el oeste comienza el bulevar Tzar Osvoboditel, uno de los más transitados de Sofía y en cuya parte adoquinada se concentra buena parte de los ministerios, museos y edificios más representativos de la ciudad. Convertida desde junio en escenario principal de las protestas y el nuevo despertar de una parte de la sociedad búlgara, esta avenida cuenta con varios monumentos dedicados a los rusos que otrora lucharon junto a los búlgaros en contra del Imperio Otomano a finales del siglo XIX y los nazis durante la II Guerra Mundial. A día de hoy esos mismos lugares que recuerdan a los liberadores rusos y el pasado soviético aúnan gran parte de las reclamaciones y la ira contra el gobierno actual.

     

    Cien metros más adelante se erige el edificio de la Universidad San Clemente de Ohrid, la mayor de Bulgaria, una enorme construcción de estilo neobarroco que data de 1934 y comprende una de las manzanas que forma el cruce entre Tzar Osvoboditel y el bulevar Vassil Levski. Al lado, una decena personas aguardan cabizbajas y con caras de cansancio la llegada del trolebús, varios  jóvenes entran a examinarse y algún que otro adelantado toma posiciones en la entrada del metro con carteles, libros antiguos o banderas nacionales que vender. La instantánea es la de un día normal de principios de septiembre, cuando la resaca del verano le da un aire melancólico y cierto sopor al ambiente de alrededor.

     

    Sin embargo, hoy no es un 4 de septiembre cualquiera. Coincidiendo con la apertura del curso político y la reanudación de la actividad parlamentaria se ha convocado a través de las redes sociales y el boca a boca una manifestación en la que se espera que miles de personas salgan de nuevo a la calle durante todo el día para expresar su rechazo contra el gobierno formado a mediados de mayo por el BSP (los socialistas) y el DPS (el partido de la minoría turca) con el apoyo de ATAKA, un partido ultranacionalista y xenófobo que se alzó con el 7% de los votos, convirtiéndose así en una pieza clave para la formación de gobierno.

     

    Desde el principio esta extraña alianza dejó perpleja a la mayoría de la gente y contó con muchos detractores. Por entonces, solo una buena parte de los votantes del GERB –el mismo partido de centro-derecha que cayó por las protestas en febrero y, paradójicamente, el partido más votado dos meses después- salieron a denunciar la coalición creada justo después de las elecciones. Sin embargo, tras solo un mes en el poder y tras una serie controvertidas decisiones políticas y económicas, el 14 de junio se encendió de nuevo la mecha de las protestas y miles de personas volvieron a echarse a la calle.

     

    En esta ocasión la gota que colmó el vaso fue el nombramiento de Delyan Peevski, diputado por el DPS y polémico empresario con intereses privados en varios medios de comunicación, como jefe de los servicios de inteligencia del país sin ningún tipo de debate parlamentario. Como me comentara Kadrinka Kadrinova, editora del semanario político Tema y presidenta de la Asociación Búlgara de Periodistas Hispanohablantes, “nadie ha conseguido explicar aún cómo y quién ha podido tomar una decisión de este tipo. Ni siquiera el primer ministro Oresharski ha sabido qué responder claramente cuando se le preguntó al respecto”. Como hiciera en su día Boiko Borissov con su ministro de Economía, Stanishev, líder de los socialistas búlgaros, llegó a declarar que el gobierno caería si el nombramiento de Peevski no era aprobado. En su día Borissov cumplió su promesa. Al gobierno actual todavía se le espera.

     

    Ochenta y cinco días después, Bulgaria parece haberse instalado en la protesta y no acaba de ver la luz al final del oscuro túnel en que se ha metido. La gente sigue saliendo en mayor o menor número a diario para pedir cambios reales en el sistema político y la dimisión del gobierno liderado por el BSP. Las expectativas acerca de lo que pueda pasar hoy son muchas.

     

    Al bajar las escaleras del metro y acceder al pasadizo subterráneo que permite cruzar la intersección de ambos bulevares el panorama es otro. El vaivén de personas es incesante. La mayoría se dirige con gritos y banderas hacia la margen izquierda de Osvoboditel, en dirección al Parlamento. Una vez en el exterior, tres hombres de mediana edad, rapados y vestidos de forma informal con camisetas y pantalones negros, se echan unas risas con la mayoría de los agentes de policía que controlan la zona. Al sobrepasarles me encuentro de forma inesperada con Asen Genov.

     

    Asen Genov es un activista y bloguero que de la noche a la mañana se ha convertido en una figura pública y un referente dentro del movimiento surgido después del 14 de junio. Suya fue la iniciativa de crear un evento en Facebook y, para su propia sorpresa, dos horas después se habían sumado 2.000 personas a la iniciativa. Tras el éxito de la convocatoria empezaron a ser habituales sus intervenciones en la televisión, radio y medios digitales. Forma parte de una asociación ecologista y trabaja en la web PolitiKat.net, un proyecto surgido en septiembre de 2011, encuadrado en una llamada Iniciativa Civil para la Reducción de la Hipocresía Política y apoyado económicamente por Trust CEE, una organización que se encarga de proporcionar subvenciones económicas para el desarrollo sostenible a largo plazo de la sociedad civil y las ONG de Europa Central y Oriental. Entre los fundadores de Trust CEE están fundaciones privadas estadounidenses como la Ford Foundation, Rockefeller Brothers Foundation o el Open Society Institute, creado en 1993 por el inversor y filántropo George Soros para ayudar a los países a completar su transición del comunismo.

     

    —Acabo de ver a tres tipos aparentemente normales hablando de manera relajada con  los policías que se encontraban junto a la boca del metro. Lo primero que he pensado es que eran agentes de incógnito preparados para infiltrarse en la manifestación, le comento de primeras a Genov.

    —Puede ser, pero no podría asegurártelo. Yo mismo tengo amigos en la política, la policía y los servicios secretos. Aquí en Bulgaria es normal que todo el mundo conozca a alguien de los de arriba.

     

    Tiene la mirada un tanto perdida y parece nervioso y algo cansado. Sin embargo, aviva el paso mientras no deja de exprimir la pantalla de su smartphone. Un minuto más tarde llegamos a la plaza de la Asamblea Nacional, frente al Parlamento, semicircular y tachonada por dos bancos, un casino, un hotel de lujo y un famoso club nocturno de pop folk, uno de los antros preferidos por gente que ha hecho fortuna por métodos dudosos y que gustan de exhibirse con automóviles y damas voluptuosas y emperifolladas. En medio de la plaza se encuentra la estatua ecuestre del zar Alexander II de Rusia, que libró a los búlgaros del Imperio Otomano durante la guerra que entre 1878 y 1878 enfrentó a turcos y rusos.

     

    Genov se para a hablar con los periodistas de BNT, saluda a varias personas que se le cruzan y saca una cámara de vídeo. Me comenta que tiene intención de grabar un vídeo de la jornada y se dirige “a ver qué pasa” al lado de la catedral-monumento Alexander Nevski, junto a la trasera del Parlamento, donde se celebrará una contra-protesta con simpatizantes del actual gobierno que vienen desde distintos puntos del país. Continuamos 200 metros por Tzar Osvoboditel. La policía cerca el Parlamento y la catedral ortodoxa, levantada en honor a los rusos caídos durante la liberación de Bulgaria. Es una de los mayores templos del mundo, reconocido por su arquitectura, dimensiones, frescos y cúpulas doradas.

     

    —La zona acordonada es mayor en superficie que la Ciudad del Vaticano. Eso es señal de que nos toman en serio, me dice Genov con cierto orgullo.

    —¿Piensas que habrá enfrentamientos?

    —En principio mi idea y el objetivo de la manifestación es que los parlamentarios no salgan hasta que dimitan, me responde vehementemente.

    —En el caso remoto de que así fuera y se convocaran nuevas elecciones, ¿cuáles son las alternativas?

    —El panorama es complicado porque el otro partido mayoritario en liza, el GERB, ha demostrado que es parte del problema, no una solución. Ellos se han subido al carro de las protestas y pretenden sacar tajada de ellas. Sin embargo, queremos cambios reales, una regeneración del panorama político, no un baile de partidos corruptos al servicio de los oligarcas y la mafia.

    —¿Entonces?

    —Puede que sea una utopía, pero no es imposible que la gente que acude regularmente a las protestas, aquellos que se interesan por un cambio de verdad en la política, acaben aceptando líderes políticos surgidos de estas protestas.

    —¿Por ejemplo?

    —No quiero especular.

     

    En el cruce con la calle Rakovski nos disponemos a torcer a la derecha bordeando el Club Militar. En ese momento unos agentes nos cortan el paso. Comienza una discusión entre Genov y los uniformados. Los policías le dice que solo está permitido el acceso a quienes participan en la contra-manifestación en apoyo al gobierno, pero él no se da por vencido. Acto seguido le muestro al agente que está a mi derecha mi acreditación de prensa y me deja vía libre.

     

    —Él viene conmigo, le comento al agente.

    —No puede si no está acreditado, me contesta de forma tajante.

     

    Genov abre su mochila y saca una cartera con varias tarjetas. Coge un carné de una emisora de radio.

     

    —No sabía que fueras periodista, le comento sorprendido.

    —Trabajé un tiempo en la radio, me responde sin querer entrar en detalles.

     

    La policía ha bloqueado los accesos principal y lateral al templo ortodoxo, situado junto a la parte de atrás del Parlamento. En medio de un círculo se encuentran unidades móviles de televisión, periodistas con grabadoras y fotógrafos con los que Asen Genov se para a hablar con toda naturalidad mientras graba con su cámara lo que encuentra a su alrededor. Doscientos metros a la izquierda, desde uno de los flancos del Parlamento, se escucha el bullicio que arman los manifestantes contrarios al gobierno: silbatos, tambores, una sirena y consignas como “¡rojos, basura!”.

     

    A las 09.00, y a pesar de disfrutar de una mayor cobertura mediática, la atmósfera del  lugar donde esperamos es mucho más relajada. Poco a poco empieza a llegar la gente en pequeños grupos de distinta procedencia. La gran mayoría son personas mayores. A la cabeza, un hombre con un megáfono y aspecto campechano. Sin embargo el casi centenar de personas que se encuentran en ese momento se dispersan y parecen menos de los que ya de por sí son. Rápidamente los medios toman posiciones y cuando la gente parece asentada van peinando el área en busca del abuelo o abuela más peculiar y con más ganas de hablar a la cámara.

     

    —Si no les dan una oportunidad, ¿cómo sabremos que no va a funcionar? ¡Qué les dejen trabajar!, comenta airado un señor ataviado con una enorme bandera nacional.

    —Nosotras venimos de Vratsa, venimos a apoyar al gobierno. Porque Bulgaria no es solo Sofía…, comenta nerviosa otra señora.

     

    Empieza a llegar más gente y el tipo con el megáfono monta un improvisado baile joró: mientras unos pocos entusiastas baten palmas el resto asiste impasible. Cien metros más atrás, un grupo de veinte policías se lo pasa en grande entre risas y bromas. De repente llega por detrás Mitko, un joven conocido que trabaja en una cafetería y al que me suelo encontrar muy a menudo en los sitios más inesperados.

     

    —¿Qué haces aquí? ¿Estás aquí por la concentración a favor del gobierno?

    —Sí, pero a mí en realidad me da igual, no me interesa. ¡Menuda parodia! Solo tienes que ver los personajes que se han acercado. Les pagan la excursión, el bocadillo, 20 levas y encima con suerte salen en la tele.

    —Entonces tú, ¿por qué vienes?

    —Un amigo con el que voy al gimnasio me ofreció 15 levas (cerca de 8 euros) por venir un rato a hacer el paripé.

    —¿Por cuánto tiempo?

    —No sé. Es la primera vez que vengo a esta. Hace unas semanas estuve yendo a las protestas de por la tarde y un amigo que es de GERB me daba 20 levas por una hora.

     

    Tras despedirme de Mitko veo al fondo un tumulto de gente en torno a una cámara y una persona. Se trata de AlphaTV, canal vinculado al partido ATAKA, que intenta entrevistar a Genov. Él, visiblemente enojado, tapa con su mano la cámara y al mismo tiempo dice algo por el micrófono. La gente le reconoce y comienza a increparle. Llega una mujer para intentar contenerle y llevársele de ahí, pero ya es tarde. Al principio no la reconozco, pero más tarde me doy cuenta de que se trata de Antoaneta Tzoneva, una periodista de la que me habían hablado antes, muy activa durante las protestas y que suele acompañar a Genov en las manifestaciones

     

    —Estoy trabajando, se defiende a voces mientras recoge el momento con su cámara de vídeo.

     

    Al final se marcha acompañado de Antoaneta y otros dos hombres, uno de ellos con un megáfono, hacia la zona donde de las protestas. En un intento por ahorrar tiempo y evitar cualquier otro tipo de encuentro indeseado bajamos hacia Tzar Osvoboditel cruzando la calle que hay al lado de la Embajada de Italia. Pasamos tres controles de policía y todos nos dejan pasar. Finalmente, cuando llegamos a la calle principal, uno de los policías se dirige al resto. Es el único que pesa menos de cien kilos y parece comandar el corrillo de agentes.

     

    —¿De dónde vienen esos cuatro?, pregunta el oficial con tono serio.

    —Vienen de arriba, de Alexander Nevski, responde uno.

    —¿Quién los ha dejado pasar?

    —Son reporteros.

    —¡Sí, claro! Con un megáfono en la mano…

     

    Finalmente llegamos a la plaza de la Asamblea Nacional. Son tan solo las 10.30 de la mañana pero el calor empieza a hacer mella. Subo a uno de los edificios para tomar una panorámica. Hay algo más de mil personas. Pierdo de vista a Genov. Le envío un mensaje, pero no recibo respuesta, así que me dirijo al lateral del Parlamento situado en el pequeño parque junto a la universidad. Veo más policías detrás de la valla que gente protestando al otro lado de ella. Un agente está subido a una de las furgonetas y graba a la gente a los manifestantes. Cuando me enfoca le saco un fotografía. Como si de un duelo al sol se tratara nos quedamos un rato apuntando el uno al otro, esperando que sea el otro el que primero baje su arma.

     

    De repente, el canal privado Nova se dispone a entrevistar a un hombre cuando otros dos vienen por detrás y le echan a empujones y patadas. Cuando se apaciguan los ánimos, me encuentro con Lilia, una joven reportera de la agencia digital de noticias Offnews.

     

    —La mayoría de la gente que ves aquí viene a diario. Todos se conocen y el hombre al que han echado seguramente está en otro bando y estaba buscando solo provocar, me comenta.

    —Si, entiendo. Sin embargo, lo de las patadas sobraba.

    —Son muchos días, la gente está cansada. No saben qué pasa ni que pasará y tienen los nervios a flor de piel.

    —¿Hasta qué hora estarán aquí?

    —Lo que pueda pasar hoy es una incógnita. Lo normal es que no comentan el error de quedarse hasta tan tarde como sucedió hace más de un mes. De aquí a un rato mucha gente se irá yendo para sus quehaceres y seguramente los diputados se vayan temprano para evitar la manifestación de las 18.30.

     

    El error al que se refiere Lilia data de finales de julio, cuando cientos de manifestantes bloquearon la salida de diputados, ministros y periodistas. Después de nueve horas encerrados y graves disturbios –los primeros y únicos en 40 días de protesta- la policía pudo evacuar cerca de las cuatro de la madrugada a las casi cien personas que permanecían dentro del hemiciclo.

     

    Me despido de Lilia y dispongo a irme cuando un hombre con una botella de plástico de litro y medio de rakia, aguardiente típico de Bulgaria, me aborda en un inglés fluido mientras saco una última instantánea.

     

    —¿Eres periodista?, me pregunta.

    —Sí, ¿por qué?, le respondo en voz baja

    —En Turquía, el partido comunista está prohibido. Sin embargo, aquí son los turcos y los comunistas los que nos gobiernan. ¿Dónde se ha visto eso? Si quieres una buena entrevista me puedes preguntar lo que quieras, me dice con insistencia

    —Te lo agradezco, pero llevo un poco de prisa, le contesto mientras trato de darme la vuelta.

    —Sí, claro, está bien. Pero no quieras saber qué pasó con las mujeres en España cuando los turcos y búlgaros fueron allí. O lo que hicieron los búlgaros en Italia. Deberías de leerlo en el periódico, no es ninguna mentira. Y lo que pasó aquí mientras gobernaba el rey o la invasión de Toledo…

     

    A las 16.30 me acerco de nuevo al Parlamento. No queda un alma. Intento saber qué ha pasado, por qué no hay nadie.

     

    —¿Siguen los diputados en el Parlamento?, le pregunto a una chica que pasaba por allí.

    —Se fueron hace como una hora.

    —Por lo que escuché y vi durante la mañana, parecía que la gente opondría más resistencia y habría jaleo.

    —No, los búlgaros en el fondo somos gente pacífica. Por cierto, ¿de dónde eres? ¿Has venido a ver esto?, me pregunta curiosa.

    —Soy español, vivo aquí desde hace dos años y estoy interesado en comprender un poco lo que está pasando aquí.

    —Pienso que hay poco que entender. La clase política ha perdido el poco crédito que les quedaba. Por cierto, nosotros vamos a la manifestación que hay en frente de la Embajada de Estados Unidos por el asunto de Siria, ¿vienes?

    —¿Y qué pasa con la protesta de más tarde?

    —Hay tiempo hasta las siete. Esto se va a llenar.

     

    A cuatro paradas de metro, en un barrio tranquilo y alejado del centro, se encuentra la Embajada de Washington en la capital búlgara. Al otro lado de la calle y escoltado por un fuerte dispositivo de seguridad, entre cien y doscientas personas, en su mayoría de origen sirio, hacen sonar un claxon, cantan sin cesar al tiempo que muestran imágenes del presidente Bashar Al Assad y ondean una enorme bandera de Siria. Durante un momento suena el himno nacional y se viven escenas de dramatismo entre los asistentes. Me llaman la atención la presencia de varios jóvenes rapados y chicas portando banderas del partido político ATAKA en medio de la algarabía.

     

    —¿Qué pintan aquí los de ATAKA? Le pregunto a Dimitar, un joven periodista que trabaja para una agencia de noticias búlgara.

    —Lo de ATAKA es de chiste. Lo hicieron muy mal. Posiblemente son los más interesados en que el gobierno no caiga. Parte de sus votantes están descontentos por haber permitido que se formara el actual gobierno. Si hubiera elecciones de nuevo seguro que perderían apoyo, y vete a saber si conseguirían el 4% para entrar en el Parlamento.

    —¿Y por qué lo hicieron entonces?

    —No lo sé. Pero ahora aparecen en todos lados para intentar ganarse la simpatía de la gente.

     

    Un par de horas más tarde, a eso de las 19.00, como cada uno de los 84 días anteriores, una manifestación parte del edificio de la Presidencia de la República en dirección al Parlamento. Unos dicen que no llegaban a cinco mil y los organizadores hablan de entre diez y quince mil. Sea como fuere, y aunque bien es verdad que se esperaba más, hay mucha gente. El guion se repite: pancartas en contra del gobierno y el pasado comunista, gente con silbatos, gritos de Ostavka! (¡dimisión!) y diversos símbolos que recuerdan la lucha civil pacífica de otros lugares, como las tiendas levantadas alrededor del monumento a Alexander II y un piano en el interior que recuerdan las recientes manifestaciones en la plaza Taksim de Estambul. Me encuentro de nuevo con Dimitar.

     

    —Personalmente me esperaba más. Para que el gobierno caiga las protestas tienen que ser más masivas. Quiero decir, mucho más, me comenta Dimitar contrariado.

    —Teniendo en cuenta las fechas que son y tras casi tres meses saliendo a diario, no está  mal, ¿no crees?

    —Bueno, el problema es que si te mueves solo por el centro de Sofía puedes que te impregnes de una atmósfera de cambio y piensas que representa una mayoría de la gente en Bulgaria.

    —¿A qué te refieres?

    —Pues que Sofía es distinta. Aquí la gente tiene educación y salarios relativamente buenos. Si te sales del centro la cosa cambia, y si te vas a las provincias, ni te cuento. Además, nadie pide algo en concreto. Bueno, sí, quieren una nueva ley electoral, ¿pero cuál? En vez de hablar de ideas o propuestas concretas, durante el último mes he percibido que el primer y único objetivo es derrocar el gobierno.

    —¿No es eso lo que desea una gran mayoría?

    —Sí, ¿y luego qué? Ponen como excusa la dependencia energética de Rusia. ¡Normal! No tenemos recursos energéticos y en cierta manera Europa entera depende energéticamente de Rusia. Sin embargo, nadie habla o analiza la dependencia en las finanzas que tenemos de Europa. La mayoría de los bancos son austriacos o alemanes. A pesar de que es verdad que el actual gobierno ha hecho muchas cosas mal en muy poco tiempo deberían de informar bien a la gente y centrarse en alternativas reales más allá de teorías conspirativas.

    —¿Teorías conspirativas? ¿Por qué piensas eso?

    —A diferencia de España, por ejemplo, que fue una potencia y conquistó gran parte de América, nosotros hemos sido siempre colonizados e invadidos por diferentes imperios (turcos, rusos, etcétera). Por historia, siempre hemos sido algo en medio. No 100% pro Estados Unidos como Georgia, ni 100% pro Rusia, como en el caso de Bielorrusia. Por ello, en Bulgaria es tan popular y causa tanto impacto entre la población pensar que hay una conspiración internacional contra los intereses del país. Es una forma de tener el debate en otro sitio, no discutir las cosas que importa y la raíz del asunto, sentencia Dimitar antes de darme la mano e irse hacia el centro.

     

    En efecto, desde el parón parlamentario de agosto, una especie de guerra fría mediática parece haberse desatado en Bulgaria. Por un lado está una mayoría que acusan al gobierno liderado por el BSP de ser una marioneta en mano de los intereses rusos y querer remodelar a toda costa la orientación geoestratégica del país, alejándolo de los valores democráticos occidentales y la Unión Europea. Para ello habrían logrado infiltrar en diversos niveles de la administración a antiguos agentes secretos vinculados al régimen comunista búlgaro. Por otro lado, la respuesta del gobierno no se hizo esperar. El 19 de agosto, el diario Duma, estrechamente ligado al BSP, publicaba un reportaje con el que intentaba dejar en entredicho los actos de protesta e iniciaba una campaña de difamación contra la mayoría de los manifestantes. “Las protestas son una nueva forma de empleo temporal y que no le quepa ninguna duda a nadie que la mayoría de los manifestantes en Sofía están pagados para asistir” o “Los valores que defienden están demasiado relacionados con el capitalismo radical, el cual es nocivo para el cuerpo y el alma”. Son algunas de las frases que pueden leerse en el reportaje. Una semana más tarde, Volen Siderov, líder del partido ATAKA, fue aún más lejos y apuntó que “las protestas contra el gobierno del primer ministro Oresharski han sido instigadas y pagadas por círculos próximos al millonario George Soros y el partido político GERB”. Curiosamente esta declaración fue hecha tan sólo unos días después de que ATAKA brindase un apoyo que era decisivo para la anulación del veto que el presidente de la República, Rosen Pleveniev, hiciera sobre la revisión del presupuesto y la consecuente emisión de deuda por valor de 500 millones de euros que el gobierno de Oresharski había propuesto.

     

    A las 21.00 la gente comienza a dispersarse y media hora más tarde tan solo queda un pequeño grupo de incondicionales charlando alrededor del monumento ecuestre con la música del piano de fondo. Me dispongo a marcharme cuando de nuevo me encuentro a Asen Genov. Me ve, pero parece no inmutarse, como si no le hiciera especial ilusión volver a toparse conmigo.

     

    —Perdona que no haya contestado a tu mensaje, pero acabo de verlo y estaba muy liado, se disculpa de nuevo.

    —Nada, no te preocupes. ¿Tienes un momento para que te pregunte algo?

    —Dime.

    —¿Crees que con el paso del tiempo las protestas continuarán o se irán debilitando?

    —¡Claro que continuarán! ¡No ves la gente!

     

    En ese momento suena el teléfono móvil. Lo coge y habla rápido con alguien en búlgaro. Se piensa que no le entiendo.

     

    —Ahora voy hacia allá, dame tres minutos. Estoy con un periodista español que lleva todo el día detrás de mí y no sé muy bien qué es lo que quiere (…) Perdona, dime.

    —Últimamente he escuchado hablar de una nueva coalición de derechas llamada Bloque Reformista como posible alternativa. ¿Crees que esta coalición y GERB podrían trabajar juntos en un futuro?

    —Es muy pronto para especular. Yo personalmente me considero de derechas pero no podría contestarte a esa pregunta.

    —Pero, si no me equivoco, formas parte de una organización ecologista. No lo entiendo.

    —Los verdes no buscan intereses políticos sino un desarrollo sostenible. Da igual si una propuesta viene de la izquierda o la derecha si el proyecto es equilibrado con el medio ambiente.

    —¿Esperabas que hubiera más gente durante el día de hoy?

    —Mira, un estudio estadístico publicado recientemente apunta que el 80% de los búlgaros quieren nuevas elecciones, el 51% apoya las protestas y solo el 19% respalda al gobierno actual.

    —¿Qué estadísticas son esas?

    —Lo siento, pero llevo prisa. Hacemos una cosa. Envíame un mensaje por Facebook, que lo tengo siempre abierto, y te contesto por escrito a esa y todas las preguntas que tengas, ¿ok? Buenas noches, hablamos.

    —Sí, claro, cómo no, hablamos.

     

     

    Viernes, 6 de septiembre

     

    A las 08.00, desde la puerta de la residencia de la Embajada de Turquía, situada entre Orlov Most y la Universidad de Sofía, puede escucharse el ruido de los silbatos y los tambores provenientes del Parlamento, a unos 500 metros de distancia. Al igual que dos días antes, hoy no es un día cualquiera, pero por diferentes motivos. Se cumplen 125 años de la Unificación de Bulgaria. El 6 de septiembre de 1885 Rumelia Oriental rechazó la supremacía del sultán y proclamó su adhesión al Principado de Bulgaria. Por medio de un manifiesto, el príncipe Alejandro I de Battenberg proclamó la unificación y aceptó ser nombrado, desde ese momento, príncipe de Bulgaria del Norte y de Bulgaria del Sur.

     

    Teniendo en cuenta la manifestación del día 4 y el contexto histórico, me preparo para una nueva jornada de protestas masivas. Sin embargo, se me pasa por alto que es viernes y no se trabaja. Así, cuando llego a la altura de la plaza de la Asamblea una hora más tarde todas mis expectativas se evaporan con tan solo echar un vistazo rápido. No hay casi nadie por la calle. Según me dice un chaval que pasa con una bicicleta, el ruido que escuchaba desde lejos era obra de no más de 50 personas que se disolvieron hace media hora.

     

    Pienso en marcharme, pero antes me acerco a una de las mini acampadas que hay a los lados del recientemente restaurado monumento ecuestre del emperador Alexander II, Tzar Osvoboditel, frente al Parlamento. Al llegar allí sale a hablar conmigo Kevogk, un joven de origen armenio, moreno, con barba, vestido con pantalón de chándal negro y lleno de tatuajes que solo habla búlgaro y un poco de inglés. Intentamos entablar una conversación pero, tras cinco minutos y ante la falta de fluidez, llama a uno de sus compañeros. Su nombre es Georgi, un chaval de corta estatura, cara simpática, bastante acelerado al hablar y un corte profundo en la ceja.

     

    —¿Qué te ha pasado en la ceja?

    —Todo el mundo me lo pregunta. Se piensan que ha sido por causa de algún policía durante las protestas, pero fue en el Parque Central una noche. Un tipo me intentó robar y acabamos a golpes. Caí al suelo y tuve la mala suerte de hacerme esto.

    —¿Desde cuándo lleváis aquí?

    —Yo llevo viniendo desde el principio, febrero. Ya he visto caer un gobierno y voy a por el segundo. Kevogk está aquí desde junio, apenas cinco días antes de que empezaran de nuevo las protestas. Hoy cumple 90 días y 90 noches con nosotros.

    —¿En serio? ¿Dormís aquí?

    —¡Qué va! Normalmente por la noche me voy a casa, pero por la mañana temprano estoy aquí de nuevo. Las dos últimas noches nos intentaron robar y amenazaron con pegarnos, así que nos hemos quedado a dormir, tenemos palos preparados por si intentan hacernos algo.

    —¡Ah, vale! Pensé por un momento que, al igual que pasó con el movimiento 15-M de Madrid, os habíais montado vuestro campamento y hacíais vida aquí.

     

    Se miran de reojo, como si no tuvieran ni idea de lo que les hablo.

     

    —Y, ¿hasta cuándo tenéis pensado estar aquí?

    —Pues hasta que dimita el gobierno o cambien la Constitución de arriba abajo. Hay que cambiar a los idiotas que controlan el país, esto no puede seguir así.

    —Y si dimitiera el gobierno, ¿qué alternativas pensáis que hay?

    —Ni idea, da igual derecha que izquierda. Lo que queremos es algo nuevo. Por ejemplo, si los turcos siguen en el gobierno, gente a la calle. ¡Qué hacen ellos aquí! ¡Cuántos ministros búlgaros hay allí! ¡Somos búlgaros, no turcos!

    —¡Eso!, exclama Kevogk.

     

    Tras intercambiarnos los correos y darnos la mano amistosamente, me marcho del lugar. En cuestión de unas horas, y antes de la manifestación de la tarde, he quedado con Ilia Markov detrás de la universidad para tomar una cerveza y charlar un rato. Ilia Markov es un joven politólogo formado en Estados Unidos y analista que al igual que Asen Genov forma parte activa de las protestas y se ha dejado ver por algún que otro plató de televisión y radio en los últimos dos meses. Como él mismo me cuenta, volvió de España en mayo, justo cuando se celebraron las elecciones parlamentarias.

     

    —No sabía que fueras amigo de Asen Genov, le comento mientras nos sentamos en la mesa.

    —Sí, nos conocemos desde hace un tiempo.

    —Me sorprendió que se declarara de derechas estando en una organización ecologista.

    —Bueno, aquí en Bulgaria, ese caso puede darse con cierta frecuencia, me dice con una ligera sonrisa

    —¿A qué te refieres?

    —Yo, por ejemplo, me considero de izquierdas. El problema es que en este país casi nadie se atreve a declararlo en público. Les da vergüenza porque de una u otra manera  está asociado con nuestro pasado soviético. Solo unos cuantos sentimentales del comunismo lo hacen.

    —Por más que le preguntó, no supo o no quiso decirme quien está detrás de las protestas, quien las organiza.

    —Al principio no hubo ningún tipo de organización. Yo estuve allí y me enteré por Facebook y después me interesé más activamente. Una de las primeras cosas que se acordaron es que no habría cabezas visibles o líderes. Fue curioso que al tercer día salió publicado que el primer ministro se encontraría con representantes de los manifestantes. Pero era imposible que se encontrara con gente de la protesta porque ésta no estaba organizada ni tenía organigrama o líder alguno. No hubo ningún representante de la protesta simplemente porque no existían.

    —No entiendo por qué…

    —Básicamente, porque en este país todo el mundo sospecha de todo y es difícil organizar a mucha gente. Hace menos de un mes apareció un grupo que se hace llamar Protest Network. Van todos los días, se dejan ver, quieren organizar algo y conseguir influencia pero no han sido electos o reconocidos, no son líderes.

    —Te pregunto lo mismo que le he preguntado a cada una de las personas con las que he hablado, ¿ves alternativas políticas además de las ya conocidas?

    —Solo la gente del Bloque Reformista parecen gente normal que quieren hacer algo, tienen ideas positivas y están aislados de cualquier decisión de la élite política y la lucha de oligarcas. Por ejemplo, hay gente que quieren crear nuevos partidos de izquierdas. Es el caso de Parvanov, presidente de la República durante diez años. Sin embargo son la misma gente vinculada al pasado pero con diferente nombre. ¿Una nueva izquierda con las mismas caras?

    —¿Qué es exactamente el Bloque Reformista?

    —Hay que remontarse 20 años atrás para poder mínimamente entenderlo. Después del comunismo, una serie de partidos se unieron formando la Unión de Fuerzas Democráticas. Los militantes empezaron a irse y a montar nuevos partidos por diferentes razones. Ahora quieren hacer algo nuevo, juntarse.

    —¿Crees que, en caso de necesidad, podrían trabajar junto a GERB?

    —Tienen que tener cuidado con su discurso y lo que pase en los próximos meses. Está en juego su integridad y la gente no le va a pasar ni una. Más de uno ya ha declarado que jamás formarían coalición con el partido de Boiko Borissov. Veremos si se tiene que tragar sus palabras…

    —Me pregunto por qué no se apoya públicamente desde dentro de la protesta o la gente que es más activa, como es tu caso, a este o cualquier otro partido.

    —Si alguien dice a quién votar o politiza las protestas en seguida pierde credibilidad porque nadie creería en ellos.

    —Pero para cambiar la Constitución y las cosas se necesitan, por suerte o desgracia, partidos políticos, ¿no?

    —Entiendo lo que dices, por eso es tan dura y compleja esta situación por la que atravesamos, me comenta con tono de resignación.

     

    En ese momento Ilia mira su reloj y pide la cuenta. Tiene algo de prisa y yo aprovecharé para acercarme a ver cómo se ha desarrollado la protesta

     

    —Solo una cosa antes de que te vayas ¿cuándo crees que se celebrarán las elecciones? ¿Cuál es tu quiniela?

    —No sabría qué decirte. Creo que dentro del propio BSP son conscientes de que no completarán los cuatros años de mandato. Por ello intentarán dividir a la gente para asegurarse su trozo de tarta. En el momento que sea mejor para ellos, convocarán elecciones.

     

    Como me esperaba, en la plaza de la Asamblea no hay mucha gente. No más de quinientos valientes se han acercado una vez más, como cada día, silbando y gritando, para pedir la dimisión del gobierno y mantener viva la esperanza de un futuro mejor para Bulgaria. A mi derecha, justo detrás del piano, me encuentro a Georgi en evidente estado de embriaguez, gritando e increpando a una persona que no tarda en quitarse del medio. Me vienen a la mente las palabras que Lilia me dijo el pasado miércoles: “La gente está cansada y tiene los nervios a flor de piel”. Sin embargo, después de más de seis meses, ahí sigue.

     

    De camino a casa me cruzo con Svetlina, una chica de dieciocho años, delgada, espigada y de expresión dulce. Está tirando fotografías. Tiene una nueva cámara réflex y quiere saber si puedo ayudarla con algunos ajustes.

     

    —¿Has venido sola a las protestas?

    —Sí, ningún amigo mío quería venir y me apetecía venir a probar la cámara.

    —¿Estás estudiando fotografía?

    —No, el curso que viene empiezo a estudiar marketing. Me gustaría estudiar una carrera artística, pero no quiero morirme de hambre. Me comenta mientras suelta una carcajada

    —¿Qué te parecen las protestas?

    —La verdad es que es un poco raro. Por un lado me da la sensación de que a muchas personas les da igual, no creen más en los políticos y sus falsas promesas. Sin embargo, siento que, pase lo que pase, las protestas han sido algo bueno y nada volverá a ser igual. La gente de una manera más activa o más pasiva ha despertado, vemos las cosas de diferente manera. En cierto modo hemos adquirido confianza, hablamos sin tapujos y nos hemos echado sin miedo a la calle.

     

     

     

     

    José Antonio Sánchez Manzano es periodista, diplomado en Estudios Brasileños, vive y trabaja en Bulgaria. En FronteraD ha publicado Los búlgaros también se plantan: quieren otro tipo de gobiernoMiedo y utopía en Atenas y El profesor Ortega quiere ser alcalde

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