Portada del libro

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    Luc Sante o la profanación del cliché. Otra cara de Nueva York

    Nacho Segurado - 10-03-2016

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    Es posible el periodismo hacia atrás: la arqueología periodística. Coger un mundo que ya no existe y agitarlo a ver qué sale. Hay que evitar algunas tentaciones. La tentación de hacerse pasar por historiador (él sabe más que tú, él ve en el pasado un reto académico) y la tentación de la nostalgia de los malos tiempos (embellecer con un filtro romántico el pasado solo por serlo). Se ha de ser, al contrario, un implacable carroñero. Escrutar qué queda de vida en todo aquello y tratar de recuperarla. Con los inevitables filtros modernos, con las cargas biográficas ineludibles, con la distorsión de la experiencia propia, pero con voluntad sistemática (no se busca la pueril anécdota aquí, tampoco la lección moral). Conducirse por los pasados con una libreta, como si el suceso inesperado estuviera a la vuelta de la esquina. Esperar con paciencia a que los muertos hablen y cuenten su historia. Tener la exclusiva de sus voces apagadas. Spoon River Journalism.

     

    Luc Sante (Verviers, 1954) es un maestro de las voces de la historia. Su especialidad es la topografía del pasado de las grandes ciudades, concretamente de Nueva York, a la que llegó con su familia en los años sesenta procedente de Bélgica. Su visión organicista de la gran urbe le faculta para acceder a los relatos que vertebran sus sucesivas mutaciones. La ciudad y sus estratos, sellados con todas sus posibilidades frustradas, son el cuerpo; él es el forense. “Nueva York rechaza el pasado. Expele a sus muertos”, escribe al comienzo de Bajos fondos (Low Life), su primer libro, publicado en 1991 y ahora editado en español por Libros del K.O. Y un poco más adelante: “Los gestos de Nueva York hacia su pasado son indiferentes, simbólicamente evasivos, mercantiles”.

     

    Luc Sante quiso con Bajos fondos tomar la instantánea cruda de una Nueva York embrionaria, de un proyecto de ciudad caótico y de sus habitantes apenas visibles, las clases pobres de los arrabales portuarios decimonónicos: “Los fantasmas de Manhattan no son los espíritus de las clases adineradas, que están sepultados bajo sus nombres, bajo sus obras, bajo sus construcciones. Los fantasmas de Nueva York son las almas sin descanso de los pobres, los marginados, los desposeídos, los depravados, los tarados, los contumaces. Ellos son los espíritus guardianes de la jungla urbana en la que vivieron y murieron”. Sante buscaba el otro lado del cliché, el desgarro del arquetipo, la profanación del imaginario colectivo macerado durante décadas y que sirve ahora de jugoso reclamo comercial y mediático.

     

    Luc Sante se disfraza de Walter Benjamin y pasea su Angelus Novus por los vestigios del Bowery y del Lower East Side. Estas calles, que también fueron suyas en los años ochenta, le devuelven un acre aroma a siglo XIX, a saloon, a opio, a cantina, a juegos de azar, a tumulto, a noche impenetrable. Pero Sante, al contrario que los cronistas de la miseria, no escribe regodeándose en la penuria exótica de los habitantes anónimos ni regurgitando una improvisada oda al progreso. Simplemente tasa: en este sótano vivían cuatro familias; este incendió arrasó una manzana entera; en este tugurio se apostaba a peleas entre perros y ratas; aquel policía era el más corrupto de la ciudad; en el catálogo de servicios de este matón el encargo de romper nariz y mandíbula costaba 10 dólares. Vamos al final del libro: “Al investigar, lo que buscaba era el sabor y el incidente, la anécdota y el testigo”. En Bajos fondos hay una propensión al recuerdo minucioso que puede llegar a saturar al lector impaciente, pero más allá de ese infinito catálogo de nombres y apellidos extraños, de los que nada sabíamos, que quizá en seguida olvidaremos, fluye un magma viscoso y real, un sentido de comunidad inaccesible por cualquier otro método menos quirúrgico.

     

    Hay en Sante una manía por atraparlo todo, una delicadeza de entomólogo urbano que se ve reflejada en toda su obra, por menor que sea. De 2007 a 2009 escribió un blog llamado Pinakothek. En él hay una breve entrada dedicada a la inflación. Sante recuerda la lista de la compra que hizo un 6 de agosto de 1979. Todo lo que adquirió –leche, yogur, zumo, droga– con 10 dólares (con 9,98 dólares, precisa). Luego compara aquella compra con otras en 1981, 1983, 1986, 1993. En esta breve acotación, sin moraleja, como casi todos sus escritos, se percibe su obsesión con el dinero. Con el poder taumatúrgico del dinero. Su capacidad para doblegar voluntades, su supremacía rectora en las sociedades modernas. Alguien podría decir que la obra de Sante se regodea en lo sórdido –Evidence, su segundo libro, es una colección de fotografías entre 1914 y 1918 sobre suicidios y homicidios–, pero para él lo desconcertantemente sórdido es comprobar cómo el dinero corroe los cimientos de las ciudades, aniquila su espíritu. El dinero como acelerador de la catarsis del olvido. O como dijo hace un año en una entrevista en El País, en lo que puede ser una explicación de su propósito en Bajos fondos: “La idea de un Nueva York pobre era insostenible. El capitalismo no se iba a cruzar de brazos ante semejante desperdicio”.

     

    Volviendo a Bajos fondos. Es imposible abarcarlo todo. La trama es la vida. Y la vida pasó hace mucho. Otra vez Benjamin, que hizo algo parecido en Infancia en Berlín hacia 1900: “Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizás esté bien así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante deberíamos dejar de comprender nuestra nostalgia”. En este pasaje está también la sombra de Sante, que confiesa al final de su opera prima que todo fue un viaje sin demasiadas brújulas, o al menos con brújulas improvisadas. Legajos y viejos archivos fotográficos. Casualidades en busca de un todo. Quizá por ello, siendo consciente de su funesta (de Funes, el memorioso) labor, Sante tituló la última parte de libro La ciudad invisible. En ella habla de los “mapas subjetivos”, de las “coordenadas infinitas” y de los “ciudadanos invisibles”, aquellos que vivían y morían en la sombra. Como horizonte común a todos ellos –huérfanos, mendigos, bohemios– está la noche. Un fundido a negro que para Sante es la plasmación última de la ciudad como ruina viviente: “La noche es el almacén de los asuntos pendientes en Nueva York. Es la miga de su historia secreta, el monumento a sus víctimas y a sus fracasos, sus depredadores y sus policías. La noche es cuando las personas se meten en problemas, captan el horror, abrazan una religión”.

     

    Nueva York es una ciudad acabada. Sante lo repite en todas las entrevistas que concede. Es como si a ella le uniera el espanto y no el amor, como a Borges la ciudad de Buenos Aires. Quizá por ello ha cambiado de continente en su último libro, The other París, donde retrata el reverso de la luz, lo excéntrico y lo marginal. Luc Sante parece estos días un flâneur cansado que adopta cierta pose tenebrosa para seguir siendo considerado un tipo al margen. Se percibe en su rostro, los labios sellados, la mirada dura, la actitud desafiante. Sante debe su fama a lo que Baudelaire llamaba un “ideal obsesivo que nace de las frecuentes visitas a las ciudades enormes, al entrecruzamiento de sus innumerables relaciones”. Con la diferencia de que Sante es un cazador de atmósferas del pasado. Su sueño es girar la esquina y encontrarse en, digamos, 1860 y tener el privilegio de contemplar el desenlace de la vida en una tumultuosa casa de vecindad. Para Sante las fotografías son evidencias forenses de un existencia periclitada. Pruebas de que la vida existió y aún es posible rescatar sus pecios. Evocando a su padre en un escrito reciente se admira de conservar aquellas fotografías suyas que, dice, al menos le ratifican en que su padre tuvo una juventud. Una fe en la fotografía que él plasma en palabras (“montones de palabras, eso es lo que heredará mi hijo de mí”, escribe en otro lado) diseminadas sobre planos urbanos. En los 90 fue Nueva York. Hoy es París su última corresponsalía como arqueólogo. 

     

     

     

     

    Nacho Segurado (Madrid, 1981) es historiador y periodista. Tras ocho años en el periódico 20minutos ahora trabajar en Vozpópuli y escribe sobre libros, Europa y bicicletas en diferentes revistas y blogs. En FronteraD ha publicado Patria de fantasmas: El olvidado Panteón de Hombres Ilustres de Madrid. En Twitter: @nemosegu 

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