De izq. a derecha: Joris Ivens, Ernest Hemingway y Ludwig Renn

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    Ludwig Renn en la Guerra Civil Española. El oficial armado con un lápiz

    Fernando Castillo - 31-03-2016

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    En pocos escritores como en Ludwig Renn la guerra ha sido un acontecimiento biográfico tan determinante, tanto que su literatura no existiría sin la Primera Guerra Mundial ni sin la Guerra Civil Española. Sin su participación en el conflicto mundial, el aristócrata sajón Arnold Friedrich Vieth von Golssenau, nacido en 1889 en la culta y barroca ciudad de Dresde, no se hubiera convertido en escritor ni hubiera alcanzado la consideración de autor comprometido y antifascista entre los sectores más progresistas de la época. Con la publicación en 1929 de Guerra. Diario de un soldado alemán[1], un relato de indudables tintes autobiográficos que recoge su experiencia durante la Gran Guerra, Vieth von Golssenau –quien, como decíamos en el prólogo a esa obra, tenía nombre de capitán de lansquenetes o de caballero de grabado de Durero– se convierte ya definitivamente en Ludwig Renn, el pseudónimo con el que firmó un libro de gran éxito en la época.

     

    Arnold Vieth von Golssenau combatió como oficial en el frente del Oeste desde 1914, primero como teniente y luego como capitán, en un regimiento de infantería de Sajonia en el que había ingresado en 1910 y en el que acabó dirigiendo un batallón al final de la guerra. En 1918, tras la abdicación del káiser y la proclamación de la República de Weimar, se integró en la Policía de Dresde, un puesto tan administrativo como cercano a los Freikorps, las bandas de militares que entonces vagaban por Alemania enfrentándose con grupos revolucionarios. Con ocasión del llamado putsch de Kapp en 1920, dirigido por este político conservador y apoyado por el general Lüttwitz, Renn, que todavía era Vieth von Golssenau, se negó a disparar contra los manifestantes, en su mayoría comunistas y socialistas, contrarios al golpe de extrema derecha que se había producido en Berlín. Tras este incidente, abandonó el ejército y comenzó tanto su carrera literaria como su aproximación a sectores políticos de izquierdas, que acabaría con su ingreso en el Partido Comunista. Una trayectoria semejante a la de tantos desencantados surgidos de las trincheras como el propio Adolf Hitler, que acabaron en los difíciles días de Weimar en las filas de las dos opciones totalitarias que iban a marcar el siglo.

     

    En el momento de la aparición de Guerra, Ludwig Renn aún no se había convertido en el escritor plenamente comprometido de un año más tarde, cuando escribe una segunda parte de esta obra, ya más explícita, titulada Postguerra (Nachkrieg, 1930). Una novela de cariz semejante que al año siguiente fue traducida al español y publicada por la editorial Zeus, fundada por Graco Marsá, quien al mismo tiempo participaba en la sublevación de Jaca, contra Alfonso XIII, que luego contaría en una obra a la que el artista aragonés Santiago Pelegrín hizo una magnífica cubierta. Es Postguerra un relato ya abiertamente crítico con la situación en que se encontraban los veteranos de guerra tras el armisticio y con la sociedad de la Alemania de Weimar que George Grosz, Otto Dix y Max Beckmann habían diseccionado en sus pinturas, dibujos y grabados y que escritores como Alfred Döblin habían descrito en sus obras. Un texto de características semejantes a Guerra, menos autobiográfico pero igualmente testimonial. Es entonces, en los albores de los años treinta, cuando Vieth von Golssenau se convierte definitivamente en Ludwig Renn al adoptar el nombre del autor de Guerra, con el que también había firmado Postguerra, culminando el suicidio de clase que recomendaba Lenin y reconociendo públicamente su compromiso político, que no tardaría en convertirse en militancia comunista.

     

    La década de los treinta fue un tanto agitada para el antiguo militar, ya convertido en escritor consagrado. Su compromiso con el Partido Comunista Alemán, el DKP que dirigía el mítico Ernst Thälmann desde 1929, le llevó a puestos de responsabilidad en la Alianza de Escritores Proletario-Revolucionarios (Bund proletarisch revolutionärer Schriftsteller), fundada por Johannes R. Becher, así como a colaborar en Die Rote Fahme (La bandera roja), el órgano del partido y en la revista literaria proletaria Die Linskurve, en la que ejerció de secretario. También se aprovechó su formación profesional y su experiencia militar para el adiestramiento de los grupos de choque del Roter Frontkämpferbund, la poderosa organización paramilitar del DKP, pues en la Alemania de entreguerras los enfrentamientos entre partidos que tenían unas milicias tan numerosas como activas –desde los SA o SS nacionalsocialistas y Stahlhelm a socialistas y comunistas– tuvieron un cariz más próximo a lo bélico que a los disturbios callejeros. En Renn como en tantos otros, la inclinación hacia lo popular es consecuencia de la camaradería militar compartida durante los días de la Primera Guerra Mundial que volverá a encontrarse en los luchadores del Roter Front[2].

     

    Renn, autor de éxito y de creciente prestigio entre los comunistas, participó en reuniones de escritores revolucionarios miembros de la Alianza de Escritores Proletario-Revolucionarios (AEPRA), que fue proclamada en el congreso celebrado en Jarkov en 1930 la sección más importante de la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios[3], la organización impulsada por el Komintern y creada ese mismo año. A este organismo, cuya sede estaba en la Unión Soviética, se lo puede considerar la Internacional de la literatura comunista, a la que rápidamente se adhirió, entre otros países, una sección española a la que pertenecían, por citar a los más destacados, Antonio Espina, el escritor que se enfrentó con Ramiro Ledesma en la tertulia del café de Pombo; Ricardo Baroja, el hermano de Pío, que atravesaba momentos de radicalismo que no duraron mucho y que le costaron un ojo; o los comunistas Joaquín Arderíus y el más coyuntural Felipe Fernández Armesto, quien, tras teorizar acerca del arte y la cultura proletaria[4], se convertiría a finales de la década en el periodista conservador y abecedario Augusto Assía. La consideración destacada que tenía la AEPRA y sus estrechas relaciones con la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios incrementaron la dependencia de los autores germanos de los criterios del realismo socialista y su distancia de la experimentación vanguardista, ahogada por Stalin, y del individualismo burgués.

     

    Durante estos años, Ludwig Renn realizó el iniciático viaje a la Unión Soviética que llevaban a cabo todos los fascinados por la revolución, que luego repetiría tanto formando parte de las delegaciones de la Alianza como de manera individual. Como tantos otros, dejó el testimonio de sus estancias en la Unión Soviética en su Russlandfahrten (Viajes a Rusia, 1932), naturalmente con un criterio muy diferente de aquellos otros relatos de viajeros desengañados que, como el de André Gide, iban más allá de la propaganda y mostraban la versión totalitaria del paraíso soviético. No fue éste el caso de Renn, quien siempre se mantuvo en la más pura ortodoxia comunista.

     

    Miembro del Partido Comunista Alemán, el que estaba más próximo a Moscú, Ludwig Renn se convirtió en un escritor del Komintern en el momento en el que el estalinismo se afianzaba y se confirmaba la línea de socialismo en un solo país, renunciando a exportar la revolución incluso a Alemania, y se optaba por la táctica de agrupar a la izquierda bajo la dirección única del Partido. Esta línea política impuesta por la Internacional suponía considerar como enemigo principal a los socialistas, los llamados “socialtraidores” en el argot stalinista, y a los partidos burgueses, lo que supuso un rotundo fracaso que fragmentó el bloque de las izquierdas en un momento de auge de las opciones autoritarias en todo el mundo. Fue precisamente en Alemania, cuyo Partido Comunista, la joya de la corona del Komintern, era una fuerza política considerable, donde se reveló trágicamente el fracaso de esta política, al favorecer, entre otras razones por la crisis económica, el ascenso del Partido Nacionalsocialista y la llegada de Hitler a la Cancillería. En sólo unos meses, comunistas y socialistas vieron la supresión de sus partidos y, más tarde, cómo coincidían en los primeros campos de concentración para presos políticos en Oranienburg o Dachau. La mayoría no pudo ver el final de la guerra.

     

    La llegada de los nazis al poder no tardó en llevar a la cárcel a Ludwig Renn, personaje conocido por su militancia comunista y su actividad periodística y literaria poco afín al nuevo régimen. Así, a raíz de la oleada represiva desatada tras el incendio del Reichstag, el escritor y militar fue detenido en 1933. En la Dirección de la Policía tuvo ocasión de verle César González-Ruano, invitado por Hermann Göring junto con otros periodistas para comprobar que Ernst Thälmann no había sido fusilado por los nazis, lo que sucedería once años más tarde. Una ocasión que aprovecharon para mostrar a otros presos comunistas, entre los que se encontraba Ludwig Renn, lo que da idea de su protagonismo y consideración. Así describe González-Ruano la escena en su libro Seis meses con los ‘nazis’. Una revolución nacional:

     

    “Volvemos al despacho del jefe de Policía. Aquí nos han traído a Torgler, a Ludwig Renn y a Carlos von Ossietzky. Este último toma la palabra para decirnos que no les entregan regularmente la correspondencia; es el director de la revista de izquierdas Weltbühne. Ludwig Renn, novelista y escritor de la extrema izquierda intelectual, se limpia las gafas de miope y formula otras protestas mínimas”.[5]

    Tras un año y medio en la cárcel –donde, según dice en La Guerra Civil Española, el propio Alfred Rosenberg intentó reclutarle para el nacionalsocialismo–, fue puesto en libertad, al contrario que Thälmann. Pasados unos meses, cuando la inseguridad de su situación en Alemania era evidente a pesar de sus orígenes aristocráticos, de su condición de militar de carrera y de su reputación literaria, en la primavera de 1936 huye a Suiza. Allí conoció las noticias del comienzo de la guerra de España, a donde consiguió llegar como un voluntario más, al igual que otros antifascistas en el exilio. Lo que hace singular a Renn es su condición de militar profesional, de comunista y de escritor, pues fue uno de los personajes más representativos de esos a los que Mijaíl Koltsov llamó “voluntarios con gafas”, título de un libro de Niall Binns[6] dedicado a este grupo. Y es que Renn fue uno de los más comprometidos de entre los escritores alemanes comunistas exiliados a causa del nazismo que acudieron a España, donde la guerra contra el fascismo aunaba romanticismo y compromiso político, una combinación de indudable contenido literario que convertía a los Gustav Regler, Bodo Uhse, Willi Bredel, Erich Weinert y Ludwig Renn en una suerte de émulos de Lord Byron pasados por el Komintern.

     

    No se limitó Renn a las actividades literarias y de propaganda a las que se dedicaban la mayoría de los escritores que vinieron a España, combinadas con unas reminiscencias románticas inevitables a la hora de contemplar todo lo ibérico. Por el contrario, el autor alemán fue uno de los pocos que estuvo en primera línea de fuego, como en los días de la Gran Guerra, al igual que otros veteranos del conflicto tales como Gustav Regler, comisario político de la XII Brigada Internacional, cuyas relaciones con Renn no acabaron muy bien; o Matei Zalka, el escritor húngaro y miembro del Komintern, de verdadero nombre Béla Frankl, que con el nombre de Lukács, otro giro de personalidad común en la época, primero dirigió la XII B. I. y luego una división, y que murió en extrañas circunstancias en el frente de Huesca en 1937. Otros escritores que también combatieron en España, aunque sin la experiencia de las trincheras de Francia, fueron el inglés Ralph Fox, quien cayó en diciembre de 1936 en la Batalla de Lopera, a la vista de Córdoba, formando parte de la XIV B. I.; el holandés Jef Last, quien acabó distanciándose del comunismo tras haber formado parte de las Brigadas Internacionales; y el escritor cubano Pablo de la Torriente Brau, comisario político en la brigada de “El Campesino” y muerto en la Batalla de la Carretera de la Coruña en diciembre de 1936, a quien su compañero Miguel Hernández dedicó un poema titulado ‘Elegía segunda’.

     

    Todos ellos eran fieles comunistas, al contrario que Simone Weil, la joven y brillante filósofa y escritora francesa, modelo de pacifista y obrerista, que se incorporó a la Columna Durruti; o George Orwell, el británico de simpatías primero trotskistas y luego libertarias, que se alistó como voluntario en Barcelona en la columna “Carlos Marx”, perteneciente al POUM, el partido de Andreu Nin que acabó desmantelado trágicamente en mayo de 1937 a instancias de Stalin. En estos acontecimientos participó Orwell, quien también estuvo en el frente de Aragón, concretamente en el sector de Huesca, donde además de resultar herido como la propia Weil, pudo comprobar la camaradería y el arrojo de las milicias populares, pero también su desorganización, su falta de medios y el carácter totalitario del estalinismo.

     

    El 6 de octubre de 1936, Ludwig Renn llega a una Barcelona anarcosindicalista cuando el entusiasmo revolucionario de los primeros momentos, tras la derrota de la sublevación, ha chocado con la resistencia de los sublevados fuera de Cataluña. Las columnas confederales y del PSUC que tenían como objetivo la conquista de Zaragoza y de Huesca se habían quedado en las orillas del Ebro o en los arrabales de la capital aragonesa, de donde no se moverían hasta 1938, y entonces lo harían en un dramático viaje de vuelta. El de Aragón se había convertido ya en uno de los llamados frentes secundarios, una línea estabilizada donde la guerra parecía no existir. Desde un primer momento, incluso antes de llegar a la España republicana, Ludwig Renn despliega el usual argumentario estalinista contra los anarquistas y los trotskistas, que se convertirá en doctrina oficial del comunismo ortodoxo a la hora de aproximarse a la realidad española. Una versión que mantendrá en 1956, más allá de la condena del estalinismo, cuando aparece La Guerra Civil Española, como si no hubiera pasado el tiempo. Renn sólo veía en la CNT-FAI desorden, indisciplina e individualismo, cuando no, como en el caso de los trotskistas del POUM, la abierta traición y la colaboración con el enemigo. Una visión a la que llegó a España predispuesto…

     

     

     

     

    Este texto es un fragmento del prólogo a La Guerra Civil española Crónica de un escritor en las Brigadas Internacionales, de Ludwig Renn que, traducido por Natalia Pérez-Galdós, acaba de publicar Fórcola Ediciones.

     

     

     

     

    Fernando Castillo Cáceres (Madrid, 1953) es escritor, ensayista y comisario de exposiciones. Colaborador en revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, es autor de libros como Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad, del 98 a la postguerra; Tintín-Hergé, una vida del siglo XX; Madrid y el Arte Nuevo. Vanguardia y arquitectura 1925-1936; Geografía Modiano y Noche y niebla en el París Ocupado. Traficantes, espías y mercado negro. En FronteraD ha publicado París-Modiano. De la Ocupación a Mayo del 68, Conchita Montes, un siglo de encanto, una época de España y Partrick Modiano, un Nobel para la memoria y la indagación.

     


    [1]                  Ludwig Renn, Guerra, Madrid, Fórcola, 2014. Esta edición, traducida por Natalia Pérez-Galdós, con una introducción de quien escribe estas líneas, incluida en la Colección Siglo XX, es la primera edición íntegra en español de la obra de Ludwig Renn, pues la traducida por Irene Falcón y publicada en 1929 por la editorial Mundo Latino apareció con recortes considerables.

    [2]            Jürgen Ruhle, Literatura y revolución, Barcelona, Luis de Caralt, 1963, p. 167.

    [3]            Véanse los muy didácticos trabajos de Aleksandar Flaker (‘La literatura rusa’) y Norbert Honsza (‘La Revolución de Octubre y sus repercusiones literarias’) incluidos en ‘El mundo moderno. De 1914 a nuestros días’, en Erika Wischer (ed.), Historia de la literatura, Madrid, Akal, 2004, vol. 6, pp. 89 a 101.

    [4]            Manuel Aznar Soler, Literatura española y antifascismo (1927-1939), Valencia, Generalitat Valenciana, 1987, p. 55.

    [5]            Seis meses con los ‘nazis’. Una revolución nacional, César González-Ruano, Madrid, La Nación, 1933, pp. 171-176.

    [6]            Voluntarios con gafas. Escritores extranjeros en la guerra civil española, Madrid, Mare Nostrum, 2009.

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