Martín Caparrós

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    Martín Caparrós escribe crónicas que no quieren ser caniches

    Lino González Veiguela - 24-03-2016

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    Martín Caparrós dice no sentir nada cuando recibe los primeros ejemplares de sus libros recién publicados. “Me encantaría emocionarme más ante mis libros, pero la verdad es que eso no sucede. No los abro, ni siquiera para (h)ojearlos”, dice. Siempre ha sido así, recuerda. Tanto con sus novelas como con sus obras periodísticas. “Es curioso porque me paso la vida escribiendo libros. Y me importan mucho, muchísimo, mientras los estoy escribiendo. Pero, después, cuando me envían el primer ejemplar y veo mi nombre en la cubierta ilustrada con una foto o un dibujo, no siento nada”.

     

    Caparrós ha escrito que de vez en cuando se pregunta qué diría su padre, fallecido hace treinta años, sobre esto o lo otro. Su padre, Antonio Caparrós, nació en Madrid y era un niño cuando sus padres decidieron exiliarse de aquella España de posguerra oscura, sangrienta y vengativa. En Buenos Aires estudiaría medicina y se especializaría en psicoanálisis. Comunista, regresaría como exiliado en 1976 a una España “que no terminó de entender, ni de gustarle”, a pesar de que era su país de nacimiento, tal vez por ello. Es posible que el Caparrós médico le hubiera ofrecido una explicación psicoanalítica al Caparrós escritor sobre ese gélido distanciamiento hacia sus obras recién publicadas. O tal vez no. Tal vez se hubiera limitado a repetir la frase escrita por su hijo: “Por suerte, hay que cosas que nunca están en su lugar”. Incluidos algunos sentimientos.

     

     

    Veinte años de crónicas

     

    Es una soleada mañana de finales de diciembre. Sentado en la terraza del café El Espejo, frente a la Biblioteca Nacional, ubicada en el madrileño paseo de Recoletos, Caparrós dice que sintió también esa indiferencia cuando recibió los primeros ejemplares Lacrónica (Círculo de Tiza, 2015), su último libro publicado en España. A pesar de que el libro es un recorrido por su trayectoria como cronista desde 1991, año en el que empezaría a colaborar con el diario argentino Página/12 con unas entregas semanales para las que reporteaba 4 o 5 días y que escribía en 2 o 3 jornadas de trabajo, hasta el año 2014, con una crónica para el diario El País sobre un argentino que espera su turno en el corredor de la muerte de una prisión federal estadounidense. Más de seiscientas páginas, más de veinte años profesión.

     

    Entre cada una de las crónicas recogidas en Lacrónica, Caparrós decidió incluir unas páginas en las que reflexiona sobre el oficio de periodista, sobre el género de la crónica, y sobre sus dudas (muchas) y certezas (escasas) como escritor de historias. “Me interesa el periodismo que duda. En general, los medios tradicionales usan la duda –con el tiempo condicional– para disimular lo que saben, no para preguntarse lo que no saben. Lo que a mí me interesa es exactamente lo contrario: la duda como forma de hacerme cargo de lo que no sé y de lo que estoy buscando”.

     

    En esas páginas infiltradas entre sus crónicas habla también de sus sucesivos trabajos, desde que entró con dieciséis años a servir cafés y repartir cables en la redacción de un diario argentino en el que trabajaban Rodolfo Walsh, Juan Gelman o Paco Urondo. Allí redactaría su primera nota: en 2014 se cumplieron 40 años de aquellas primeras palabras para la prensa. Luego vendría el exilio. Trabajos en Francia, en España, la vuelta a Argentina, y sus primeros intentos de escribir crónicas a comienzos de los años 90.

     

    Las dudas de Caparrós son en primera persona. El yo en periodismo siempre es un riesgo: la sobre-exposición del periodista puede anular lo importante, la historia que quiere contarse y las voces de sus protagonista. En las crónicas de Caparrós abunda el uso del yo. El periodista argentino –y español– reivindica ese uso: “Todo texto está escrito en primera persona, sea eso explícito o no. Creo que hacerlo explícito es ser honesto con el lector. Una enorme mayoría de los textos de prensa se basan en la deshonestidad de no hacerlo explícito. Siempre hay un yo, una subjetividad que decide qué debe ser contado y qué no. Incluso en los textos más neutros hay alguien que está decidiendo qué debe ser contado y qué no. En eso consiste nuestro trabajo. En decidir qué cosa vale la pena contar y qué cosa no. Aunque también está el riesgo de que escribir en primera persona se transforme en escribir sobre la primera persona”.

     

     

    Manual de lectura

     

    Caparrós comenta que no deja de sorprenderle que algunos de sus colegas de profesión no lean. O lean bien poco. Como si su instrumento de trabajo no fuese el lenguaje. “Las estructuras del lenguaje, de los ritmos, las músicas del lenguaje, se aprenden en gran medida leyendo. Si uno no lee y aprende todo eso no va a ser capaz de decir lo que quiere. Va a ser hablado por el lenguaje. Va a ser una especie de marioneta del idioma. El idioma hablará a través de él y dirá lo que él no quería decir”. Es el periodista, tan extendido, tan pernicioso, tan degradante de la realidad en ocasiones como una media verdad.

     

    Además de antología personal de Caparrós, Lacrónica es también una especie de guía de lectura para que los lectores entendamos algunos de los condicionantes que limitan y permiten que los artículos que leemos sean como son. El periodista cuenta, por ejemplo, que muchas de las crónicas que ha escrito han tenido que ser peleadas con editores que no siempre entendían que el texto tuviese que tener una cierta extensión. “En ocasiones he tenido que ceder, claro, pero fueron excepciones. Todavía el año pasado, en un prestigioso medio español, tuve que pelearme por cuatro mil caracteres más. Yo no me lo podía creer, pero tuve que pelearlo”. Ahora, dice, está en una posición de más fuerza, pero no siempre ha sido así. “En estas cuatro décadas de profesión, solo un vez tuve un trabajo en el que recibiese un cheque a final de mes, con todos los derechos. El resto del tiempo he sido freelance. Con temporadas de ganar lo suficiente, y con otras de no ganar ni un peso”.

     

    Suena el teléfono de Caparrós y dice que tiene que responderlo. Tras un par de minutos vuelve a la mesa y explica que ha quedado para ver un piso al que mudarse en las próximas semanas. Desde hace meses, vive en Madrid. Le gustaría, dice, poder pasar una larga temporada en un solo sitio. Demasiados viajes, demasiados cambios de residencia. Pero no parece que su perspectiva de futuro incluya el aterrizaje definitivo en ningún lugar. Desde hace un temporada Madrid es su base de trabajo y, (parece) seguirá siendo así durante un tiempo más.

     

    ¿Era más fácil ser freelance hace unas décadas? “No, no lo creo”, dice Caparrós. “Había cosas que eran más fáciles y cosas que eran más difíciles. Yo adopté esa forma de trabajar porque era la que me permitía seguir haciendo lo que quería hacer. Pero eso no lo hacía más fácil. La mayor parte de la gente que conocía aspiraba, como ahora, a entrar en la plantilla de un medio para trabajar en él el mayor tiempo posible”. Sí ve mucho más fácil ahora emprender nuevos proyectos informativos gracias a internet y toda una serie de nuevas herramientas tecnológicas. “Hace 20 años, si un grupo de jóvenes queríamos sacar una revistita, teníamos que hacer grandes esfuerzos para poder simplemente imprimirla. Costaba mucho dinero. Eso ahora se solventa haciendo un blog. Es cierto que hay muchos blogs, la cuestión es darle la originalidad necesaria para que sobresalga. La posibilidad de expresión autónoma, fuera de los grandes medios, que supuestamente condicionan lo que vas a hacer, es mucho mayor ahora que hace 15 o 20 años”.

     

    Aunque defiende la crónica como su género periodístico predilecto –un género en el que caben todos los géneros–, se muestra crítico, sin embargo, con un tipo de crónicas que, en su opinión, abusan de cierto manierismo. Las ha llegado a denominar crónicas caniches. “No quiero decir que la crónica haya degenerado ya que, afortunadamente, no hay un género canónico que pueda degenerarse. Pero sí creo que hay un doble uso de la crónica que no me gusta. Por un lado, se observa por parte de algunos una especie de beatificación de la crónica. Parece que con decir crónica o decirse cronista quien lo hace se ha subido a un banquito desde el cual pontificar. Algo que me resulta muy antipático y muy tonto. Por otro lado, he observado un manierismo en ciertas piezas. Gente que maneja bien las herramientas –mirada, lenguaje, etcétera– y que las usa para contar cosas irrelevantes. Y pienso que no valía la pena dedicar tanto tiempo y esfuerzo. Pero, por supuesto, esa es una decisión de cada cual. Yo solo digo que a mí no me interesan”.

     

    Hablando de la crónica latinoamericana con periodistas españoles, dice Caparrós que ha tenido la impresión de que creen que el periodismo de largo aliento en América Latina se ha desarrollado gracias a los medios convencionales. “Es falso. Los que queríamos escribir este tipo de artículos hemos tenido que renunciar ciertas cosas y pelearnos con cierto tipo de personas. Las puertas nunca han estado abiertas de par en par”. Aventura una posible explicación socioeconómica para comprender por qué la crónica surgió en América y no en España. “En los medios españoles hubo una época de gran florecimiento económico, por llamarlo de un modo amable, durante los años 90 y 2000, pero en los medios argentinos eso nunca sucedió”. Durante esos años, en España los periodistas podían aspirar a que algún gran medio publicase reportajes que se pareciesen bastante a los que querían realmente escribir, algo que no sucedía en Argentina, o en otros países latinoamericanos. “Yo escucho ahora muchas veces a periodistas españoles que se quejan de las condiciones en las que trabajan y les digo que son todavía mejores que aquellas en las que trabajé toda mi vida. Me parece bien que te quejes, les digo, yo también me quejaba, pero no te creas que tu situación es muy particular. Comparada con esos años de vacas gordas, la época que vivimos es más incómoda. Pero al mismo tiempo ahora tienes un abanico de posibilidades que no tenías hace 20 años para armarte un desarrollo más autónomo”.

     

     

    40 años

     

    Cuando comenzó a escribir El interior (Malpaso, 2014, en su edición española), una crónica de sus viajes por el interior de Argentina, pensó que sería su último libro de no ficción. Eso le motivó para buscar un tono y una prosodia que nunca había intentado antes. Releyó “la antología de Spoon River de Edgar Lee Masters y también algunas versiones de haikus que había hecho Octavio Paz”, porque le interesaba “ese tono”. El resultado es el relato de un viaje por la Argentina de provincias en el que la prosa, en ocasiones, rompe su estructura y se convierte, de pronto, en prosa poética. “De vez en cuando se me ocurre que hay como ciertas formas que me apetece recuperar y releo ciertos libros. Con El interior, como digo, también me motivó para asumir el riesgo la intuición de que sería mi último libro de no ficción”.

     

    Desde la publicación de El interior, sin embargo, ha escrito varios libros más de no ficción. Y seguramente vendrán otros. Y más viajes, y más cambios de residencia.

     

    Una versión del texto que abre Lacrónica se publicó en febrero de 2014 para conmemorar sus 40 años como periodista. En él Caparrós hacía balance de estas décadas yendo a sitios y contando lo que veía: “Así que soy, parece, periodista. A veces todavía me sorprende. Yo detesto la superficialidad del periodismo, su suficiencia idiota, su pavada insistente; detesto la vacuidad, la vanidad, la vaguedad del periodismo. Y lo admiro y lo envidio cuando consigue contar o explicar algo con claridad, con buen estilo, con inteligencia, y lo intento desde hace 40 años y no quiero ni pensar cuánto menos me gustaría mi vida si hubiera hecho otra cosa”.

     

     

     

    Lino González Veiguela es periodista. En FronteraD, donde mantiene el blog El mundo no se acaba, ha publicado entre otros artículos El camino de los migrantes a través de un México arrasado. Una conversación con el escritor Emiliano Monge¿UEEEEE, UEEEEE, UEEEEE, UEEEE? Elecciones al Parlamento EuropeoSiria: un testimonioSiria en llamas: ¿anticipo de una nueva guerra fría?John Cheever: un retratoDiccionario de la crónica hispanoamericana. En Twitter: @linoveiguela

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