La metonimia de Hermes

Sofía García

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Tan pronto como tomó el baño y apuró la leche materna, pasadas las dos o tres horas que duró su crianza, cuando ya lo espoleaba el hambre de adoradores, de ofrendas y plegarias, Hermes dejó la cuna y se hizo retratar como el último grito, un cachivache recién patentado, o el hermano de cuya mano irrumpe en la familia lo nunca visto.

 

Efectivamente, ni la mismísima familia olímpica dio crédito a los oráculos que señalaron el día a partir del cual Hermes ganaría siempre, una vez hubiese inventado el juego y movido la primera ficha en el acto de embolsarse los atributos de Apolo, cambiándole los ganados, el cayado de oro y el arte de adivinar por la lira y la zampoña. He aquí la primera estafa de la historia: Me das tres, te doy dos y me llevo uno.    

 

Por un instante, Zeus cargó con el peso de las leyes, sin encontrar dónde ponerlas: ¿Convenía castigar ejemplarmente al hijo ladrón, pese al ingenio y la brillantez de sus golpes? y ¿cómo podía el castigo resultar de provecho para el castigador, quien, por cierto, también definía la honra como aquello que aprovecha? Sin dejarse avasallar, Zeus resolvió conceder a Hermes las alas que lo confinarían para siempre en el medio aéreo, donde todo es movimiento y donde no hay nada a qué aferrarse con la salvedad del padre, que se encargó de atarlo en corto nombrándolo su heraldo.

 

Pasó el tiempo y permaneció lo escrito, porque los hombres seguían viviendo consagrados a la observancia de las leyes, la salvación del alma y algunas otras irresistibles ofertas que el dios padre les hacía y que constituían para ellos la pura verdad. Quien contemplaba al joven dios de la elocuencia y la compraventa, lo apartaba de un manotazo para mejor contemplar al dios con mayúsculas que había tras él, acechándonos como nos acecha la realidad tras las apariencias, los teatros, los mercados... Las propuestas de Hermes les parecían a los hombres variantes de una misma variable, la del engaño gracioso. Y ni siquiera la libertad de movimientos propia de sus pies alados era enteramente suya, pues en última instancia mediaba, entretenía engañaba y conquistaba para el padre de los dioses, que no devora a sus hijos porque prefiere explotarlos.

 

Era el dios muy consciente de que el primer paso hacia su pedestal pasaba por conseguir ser tomado en serio. El tormento que soportaba de andar por aire, de mutar unas cosas en otras, duraría eternamente por orden del padre, pero como el ser depende de la atención de los hombres, si los hombres atendían a lo aéreo y lo mutable, el hijo podría, por lo menos, reunir una buena clientela y poner el mundo en marcha como el mayor negocio jamás habido.

 

Una vez pasó a la acción, mientras supervisaba el tráfico de los caminos, les sacó nuevas luces y sombras, otros surcos, crestas y barrancos para así tender los puentes y vendernos el derecho a cruzarlos: ¿Adónde no llegarían los hombres persiguiendo ofertas? Más allá de la muerte, con tal de que llevasen la moneda bajo la lengua.

 

Tan pronto como aceptamos el trato, el mundo se disfrazó de mercado, y cada uno de los códigos funcionó sistemáticamente noche y día con vistas a otorgarle una categoría máximamente abarcadora a la moneda, nuevo arjé que lo explica todo. Los bienes que Fortuna repartía a ciegas, a la moda de lo más sagrado, pronto irían de mano en mano, vendidos una y otra vez hasta dar con su nuevo dueño, con la banca que siempre gana, ese lugar imaginario donde las alas en el casco y las sandalias adornan capiteles y frisos.

 

Mientras supervisaba el inventario de las existencias al que se consagrarían en lo venidero todas las artes y las ciencias, Hermes concluyó que tanto más los puentes se usarían y tantas más ganancias darían, cuanto más estratégica fuese su localización, de modo que urgía habilitar aquellos que permitiesen el acceso de los hombres a sus adorados lugares comunes.

 

Sobre toda la geografía natural y sobrenatural, se alzaban los decibelios como picos abruptos en el ruidoso lugar ameno que llamamos chateo, nueva forma de amor y de conocimiento. El lenguaje que nos permite chatear es algo misterioso, algo definido como una pluralidad de lenguas, escindidas a su vez en una pluralidad de dialectos, registros y estilos que se activan en una pluralidad de situaciones, igualmente determinadas por una pluralidad de interlocutores, canales, mensajes… Así las cosas, ¿cómo hacer confluir todo el tráfico en un solo puente?, ¿cómo un mismo tipo de empresa podía lucrarse saqueando el diálogo humano?  Ante problemas tales, y pareciéndole farragoso pasar a cuchillo todas las lenguas, amén de los decires rurales, el maternés o la jerigonza, resolvió actuar sobre los canales: adiós a la mala ventilación de las aulas, la asfixia en la tabla redonda de los debates, el humeante café de la tertulia, el jardín perfumado de los amantes y, en definitiva, adiós al aire que eran las palabras, porque el gratuito canal aéreo, lo sería pronto alámbrico y, prontísimo, inalámbrico, con el arranque de la telefonía móvil y de su apoteósico what’sapp. Cuenta habréis de dar al dios de cada minuto hablado.

 

A los hombres se les ofrecían desinteresadamente las recónditas gemas subterráneas, las luces en la oscuridad, las mejillas sonrosadas de la aurora, el índice de las fugaces flores y, a fin de cuentas, la abundancia de la naturaleza. ¿Perderían, pues, ojos para ver, se dejarían encandilar los hombres por la promesa de una belleza lejana, a la que debieran acercarse paso a paso, moneda a moneda? En primer lugar, se debía reducir la tal abundancia de la naturaleza a una escasez en algo semejante a la exclusividad, de modo que los menos pagasen por el lujo de beber el agua pura; en segundo lugar, se debía difundir la conciencia de que lo natural puede embellecerse más y más, indefinidamente, mediante accesorios de precios para todos los bolsillos, revestidos a la moda el cuerpo y el alma.

 

Hermes venía constatando que el amor nos acerca de dos en dos, que nos hace simultáneos de dos en dos, pero, ¿no podían los amantes generar más gastos o mostrarse menos inmóviles, menos perfectos el uno frente al otro? Desde luego que podían, siempre y cuando el amor adoptase la forma de una travesía en torno a cuyas jornadas florecería una industria sin crisis. Ahorrar tiempo sería disfrazar a los amantes de comprador y vendedor, de modo que el nuevo estribillo de las penas amorosas sonase a ¿qué gano yo con todo esto?

 

Ante el avance conquistador de la moneda, muchas palabras fueron pronto historia, cuando cualquier cosa podía verbalizarse en términos de un cambalache, reducidos los campos semánticos a una sucesión de quioscos colindantes entre los cuales sobresalían las grandes empresas de los grandes temas, comunicación, belleza o amor que cotizaban en la bolsa de un Hermes tiránico.

 

Contra todo pronóstico, pese a ser ya omnipresente la moneda, era también algo visto y no visto, de oro pero de plomo, ganado y perdido en el mismo gesto. Demasiado inquieta les parecía a los hombres aquella pura esencia por la que se afanaban sin descanso, tratando vanamente de reunir todos los ejemplares, de multiplicarlos, de distribuirlos con buen ojo, de pedirlos prestados por un rato… Este ser plural y cambiante era algo sin precedentes, algo que había empezado en el medio aéreo y que iba directo al fuego de la alquimia.

 

Tomando nota los hombres, que en aquellos días apenas levantaban dos palmos de la tierra, se estiraron cuanto pudieron para estar a la altura y, mejor que vivir, fueron sobreviviendo, en lugares de extrema precariedad donde las leyes continuamente se reescriben: Debíamos ser camaleónicos y ejercer los mil oficios del pícaro, porque únicamente ejercidos de mil en mil podrían los oficios hacernos superar tanta precariedad. Los nuevos perfiles profesionales, insignes representantes de aquellas civilizaciones que nacían incesantemente en los márgenes unas de otras, se configuraban según valores estéticos como la originalidad, la sorpresa o el humor, y según valores morales como el establecimiento de alianzas, la asignación de tareas o el reparto de botín.

 

A lo largo de páginas y páginas el discurso hermético se había construido sobre la base de los usos lingüístico-artísticos que se refieren a la realidad como motivo de risa: En una última batalla, la ironía, el sarcasmo y la parodia bombardearon aquellos temas y motivos cuya gravedad había estado siempre contemplada en las tradiciones más antiguas. Y cuando al fin la muerte, el amor y el heroísmo volaron por los aires, se refrescaron, aquella noche Hermes durmió tranquilo, viendo en sueños el futuro de los hombres, hijos emancipados de su pasado.   

 

 

 

 

Sofía García es estudiante. En Fronterad atendía el blog Futuro de indicativo

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