El ministro de Justicia egipcio hace un llamamiento a la injusticia

Ahmad Abdulatif

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En unas declaraciones sorprendentes en una entrevista televisiva, el ministro de Justicia egipcio, Mahfuz Saber, dijo que los pobres y los hijos de los basureros no tienen derecho a ser jueces.

 

Estas declaraciones, que impresionaron a los egipcios y encendieron las redes sociales durante numerosos días, no salen de la nada ni tampoco, a pesar de su crueldad, de la opinión del ministro en sí, sino que hacen referencia al proceder que ha seguido el estado egipcio desde los tiempos de Abdel Nasser, si bien esto se convirtió en una norma, una ley silenciosa, durante la era de Mubarak, algo que sigue vivo en la actualidad.

 

Las declaraciones causaron resentimiento. Aunque esto sea la afirmación de una realidad, que el estado, representado por el ministro, admitiera y adoptara esta discriminación en contra de los pobres y, en especial, en contra de los hijos de los basureros fue chocante y doloroso al mismo tiempo. A lo largo de la historia, la sociedad ha sido cómplice junto con la clase alta y los altos cargos: los ciudadanos ordinarios no pidieron ingresar en la judicatura, en la carrera diplomática o en las academias militares y policiales. En silencio o en conversaciones entre ellos, sabían que los hijos de los jueces son jueces y los de los oficiales, oficiales; se cruzaron de brazos ante el pequeño espacio que se les había concedido en la vida. Las declaraciones del ministro de Justicia (¿o de Injusticia?) produjeron una herida por su crueldad, al meter el dedo en la honda llaga de los pobres, eliminando así toda esperanza que pudiera quedarles a los hijos de las clases pobres.

 

La crueldad de las declaraciones también viene tras la Revolución del 25 de enero, que fundamentalmente surgió para establecer justicia social, ausente durante los años de la dictadura de Mubarak; esa justicia social que fue una consigna fundamental de una revolución de la que resultaron víctimas miles de hijos de las clases pobres. Luego llegó la del 30 de junio –que los egipcios vacilaron a la hora de describirla: “¿revolución o golpe de estado militar? ¿Revolución o golpe de estado de voluntad popular?”– a fin de volver a preparar a los ciudadanos para corregir el camino de la revolución de enero y alcanzar sus objetivos, los cuales se perdieron en el conflicto por el poder entre el consejo militar y la Organización de los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, el país del 30 de junio trajo un ministro de Justicia que declaró en una entrevista televisiva que vieron millones de egipcios que los hijos de los basureros no tienen derecho a acceder a la institución judicial, puesto que esta posición requiere una clase social alta y una familia notable, tanto económicamente como moralmente.

 

Lo que ocurrió tras la fuerte reacción del primer ministro, Ibrahim Mahlab, quien destituyó al ministro de Justicia, no fue nada sino un intento por calmar a la opinión pública; ¿o es un castigo al ministro por haber desvelado los secretos del estado? Del estado que sabe con certeza que las palabras del ministro son correctas y que la discriminación en contra de los hijos de los pobre es un principio elemental y evidente a los ojos, como lo es el sol.

 

La destitución del clasista ministro de Justicia no permitirá a los hijos de los pobres que ingresen en las academias militares ni en la judicatura. En Egipto, ningún hijo de barrendero será oficial en el cuerpo policial o el ejército, ni juez, ni fiscal  ni diplomático. Y todo esto no porque sea el ministro de Justicia quien les prohíba acceder a dichos puestos, sino el poder clasista, quien no los considera “socialmente aptos”. Con el aislamiento del ministro de Justicia, la situación no se corregirá, ya que el ministro de Justicia no posee las llaves de esta corruptela y, por tanto, se continuará privando a los hijos de los pobres de estos puestos de trabajo de por siempre, hasta que se desmonte el podrido sistema de corrupción sobre el que tiene sus cimientos el estado egipcio y que tiene metido hasta la médula. Y eso es lo que intentó hacer la Revolución de Enero; pero al fracasar la revolución, ha fracasado todo. Nos encontrarnos ante la misma autoridad que antes con una nueva presencia e, incluso, con máscaras nuevas para las mismas caras. De haber triunfado la revolución, el hijo de un basurero podría ser juez de estar preparado para dicho puesto de trabajo, independientemente de su origen, su familia y su riqueza; hoy, el hijo de un basurero sigue estando privado de dichas posiciones. La revolución seguirá viva hasta lograr justicia.

 

 

 

 

Ahmad Abdulatif es novelista, traductor y periodista egipcio. En Twitter: @ah_latif

 

 

 

 

 

Traducción: Isabel Ureña.

 

 

 

 

Versión original en árabe        النسخة الأصلية بالعربية

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