Ilustración. Emérita Méndez

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    Mitos de motel

    Andrés Delgado - 20-12-2012

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    Después de la rumba, a las dos de la mañana, Carlos y Claudia decidieron amanecer en la pieza de un motel donde los espejos fueron los juguetes preferidos durante la faena. Al día siguiente pagaron y los dos a lo suyo. Meses después alquilaron una película para adultos en un sitio especializado en vídeos de amateurs. La sorpresa cuando descubrieron que los espléndidos actores de la cinta, digna de una producción triple XXX, ¡eran ellos mismos! pescados in fraganti por cámaras colocadas en espejos de doble cara durante su incursión motelera meses atrás. Ahora bien, esto nunca hubiera sucedido en el motel Motivos, autopista sur a 16 kilómetros de Medellín.

     

    Me detengo en la entrada, estiro el cuello por la ventanilla del carro y hablo con el altoparlante empotrado en la columna. Esperar a la entrada a un motel causa ansiedad y a veces pánico. Nunca será un evento cualquiera a menos que vengas a trabajar. Digo que me esperan en las oficinas y me abren las puertas metálicas.

     

    Ahora estoy sentado en una sala con poltronas blancas y florero amarillo. Me recibe Alejandra Galeano, administradora del motel y encargada de darme un recorrido. La idea es mostrarme el funcionamiento del negocio. Comenzamos en la recepción, que no es un hall con azafata sonriente detrás de la barra sino un mini mercado con estanterías atiborradas de productos del bar, atendido por una señora con gorro hospitalario, delantal rojo y chanclas. Desde la recepción se despacha lo que pida el cliente por teléfono cuando está encerrado en la piñata. “Nunca vemos su rostro -dice Alejandra-, son anónimos, lo reconocemos por el número de la cabaña o las placas del carro”. En el escritorio de la recepción hay dos paneles de control: botones rojos y bombillos diminutos. Uno para las puertas de los garajes y otro para los jacuzzi. Los pedidos pueden variar desde un jugo en agua, el encendido y apagado del baño turco, hasta el pago del servicio y el permiso de salida. Esta señora con gorro es la responsable de aquella cruel llamada que por obligación termina con “…pero si desea puede pagar una hora extra”.

     

    En una encuesta entre amigos y conocidos me dijeron lo malo de los moteles costosos: “La cursilería y los pétalos de rosa”. “La mayoría queda lejos y si dan ganas porque hay traguitos no se puede manejar y en taxi sale carísimo”. “Las bolsas rojas de las canastillas de la basura”. “Hacer fila”. En los baratos no gusta “el rollo de papel higiénico a medio usar  en la mesa de noche y la  señora en chanclas que golpea la puerta cuando se pasa el tiempo”. Lo bueno: “La clandestinidad”. “Uno sabe a lo que va”. “Se puede gritar y mejor si la nena vecina también grita”. “No se recoge el reguero”. “Los espejos”. “Los condones por si se le olvidaron”. “Tocar todo, abrir cajones, puertas, prender y apagar, preguntar cómo funciona”. “El striptease ayudado por el juego de luces”. “Las chanclas desechables”.

     

     

    Moteliar los martes en la tarde


    Ahora estamos al frente de una cama doble impecable y recuerdo la gozosa sensación de encierro en un motel. Pero esto es más inquietante acompañado por Alejandra. A un lado de la cama está la silla del amor: una araña con patas metálicas y cojines negros para las parejas que se entretienen calculando ángulos y funciones trigonométricas. El valor es de 70.300 pesos (29,7 euros) y la hora adicional por 13.100 (5,5 euros), siendo una de las 48 cabañas de menor costo. En el catálogo se precisa: “El servicio es por 6 horas”. Me agacho y compruebo un pálpito: el colchón está apoyado sobre vigas de cemento. Claro: En los moteles no hay cama convencional que resista. Le voy a sugerir a la vecina del tercer piso que cambie la madera y las tuercas por el cemento y las vigas de hierro. Así todos estaremos más tranquilos.


    En Motivos nunca se venderá una goma de mascar por cuestiones de aseo en las paredes, pisos y sábanas. Pero si quiere frescura encontrará confites Halls. La sensación mentolada en la boca es considerada un juguete para el sexo oral. Quien lo recibe sentirá la frescura del Polo Ártico. El asunto funciona igual si antes hace gárgaras con un enjuague bucal o se chupa un hielo. Tampoco está permitido el ingreso a menores de edad o la entrada a una sola persona. ¿Y si un cliente quiere esperar a su pareja en la cabaña? Igual, no se permite. ¿Y por qué? Ahora vamos por otra habitación.


    Además de las 48 sencillas ­­-todas ellas con baño turco y jacuzzi-, el motel cuenta con 21 cabañas especiales, 3 suites, 2 dobles para cuatro personas y una super-especial, para un total de 75 cabañas que no dan abasto durante el día del amor y amistad. Otro mito de motel dice que el horario más vendido en semana es de doce a dos, cuando los empleados almuerzan y tienen excusa para no contestar el celular. Pero no es así. La mayor ocupación durante los fines de semana demuestra que el sexo es una actividad para el tiempo libre. Alfredo, un amigo putañero, tiene razón “es un lujo moteliar los martes en la tarde”.

     

     

    Compromiso con mariachi


    Cuando Mariana entró a la suite con Manuel lo primero que vio en la cama blanca fue un cojín rojo en forma de corazón y los anillos brillantes de compromiso. Se llevó las manos a la boca abierta, sin saber qué hacer, y un segundo más tarde entró un mariachi cantando qué bonitos ojos tienes. Los sombrerones con pistolas y guitarras cantaban Malagueña salerosa mientras miraban por el rabillo del ojo el jacuzzi y la silla del amor y Mariana se cogía las manos y sonreía con pudor.

     

    Está comprobado que las mujeres son más atentas. De cada diez reservas, ocho son pagadas por ellas, “aclarando que cuando es un hombre la cosa es más especial -dice Alejandra-, como el día del mariachi”. Carraspeo. En las  reservas se pueden adicionar los kits con pétalos rojos. Motivos de Pasión está compuesto por botella de champaña y canasta de frutas. Motivos de Placer cuesta 78.000 pesos (33 euros) y contiene además una torta para dos y la vela para la ocasión. Motivos de Amor viene con candelabro, tabla de jamón y queso y ramo de rosas. Los tres kits incluyen bombas decorativas y guirnaldas. También puede incluir al mago Fernandini o contratar a Fosforito para que le cuente unos chistecitos antes de partir la torta. No es una exageración, la piñata puede incluir el columpio, como los quinceaños: La cabaña 8C está equipada con el Loft Swing (el remedo de un potro medieval en un calabozo de tortura). Estoy por decirle a Alejandra que se monte al columpio a ver cómo funciona. Pero lo mejor es que lo ensaye yo mismo y ahora me balanceo en esta cosa negra, agarrado como un niño con las dos manos. En otras circunstancias esto debe ser muy divertido. 

     

     

    Fiesta swinger

     

    Al frente está la piscina fresca y azul. A un lado la sala de verano, el cilindro plateado de stripper, el equipo de sonido, copas de aguardiente limpias y una barra de mármol con sillas metálicas. Esto es una finca de recreo. En el segundo piso está el baño turco forrado en madera y dos alcobas. Cada una con su jacuzzi y su baño. La tv por cable es Directivi, con canal Venus y Playboy. La cabaña 8 es una suite de dos plantas para cuatro personas por 317.800 pesos (134,3 euros), y con capacidad para ocho. Cada una de las cuatro adicionales cuenta 49.000 (20,7 euros). Otro mito de motel dice que son sucios, pero eso depende de cuánto pague. El precio está en directa proporción con la limpieza.

     

    La ventaja competitiva del motel es su infraestructura. No es fácil encontrar en Medellín quien atienda las más concurridas fiestas swinger.  “A un cliente hubo que pedirle -dice Alejandra-, que en sus despedidas de soltero no mojara las aleluyas porque estaban manchando las sábanas”. Y me sigue contando: “Siete persones se quedaron una semana acá metidos y cada noche rumbeaban el disc-jockey”.

     

    Mientras Alejandra soluciona problemas administrativos por la Motorola rodeo la cama y me voy a las mesitas de noche: Una boleta para dos personas para el Salsa Tour 2012. Cada entrada vale 20.000, pero por este mes las boletas vienen por cortesía del motel, que por lo general tiene diferentes promociones. Acá está la carta del restaurante. Roast beef para tres personas: un lomo entero de solomito marinado, terminado a las brasas por 32,5 euros. Brownie con helado: 3,8 euros. Jugo en agua: 1,5 euros. Chorizo antioqueño a la brasa con limón y arepa 2,9 euros. La comelona en un motel es brutal.

     

    En la encuesta con amigos también me dijeron las preguntas más repetidas en un motel:

     

    —¿Ese espejo del techo no tiene cámaras?

    —¿Nos bañamos o nos vamos así?

    —¿Cuánto con jacuzzi?... ¿Y sencilla?... Está bien dame la sencilla.

    —¿Aló? ¿Sí?... No te escucho.

    —¿Vas a subir la foto a internet?

    —¿Las sábanas estarán limpias?

    —¿Huele raro, no?

    —¿Amor me esperas?... Es estoy en una reunión.

    —Aún nos quedan 10 minutos… ¿Un rapidín?

    —Mi amor qué bueno estuvo… ¿Lo puedo twittear?

    —¿Y esto para qué se usa?

    —¿Y esta botellita de agua la cobran?

    —¿Van a desocupar o se quedan otra hora?

    —¿Qué tal si hacemos lo mismo del tv?

    —¿Trajiste plata?

    —¿Así o de ladito?

    —¿Dónde aprendiste eso?

    —¿Cuando regresa tu marido?

    —¿Que levante la pierna?

     

     

    Ahora voy a la otra mesa de noche. Manual del Kamasutra: un inventario con veintitrés gráficos y descripciones. La mochila, la sorpresa, la marquesa y la libélula son algunas de las alternativas del catálogo que el cliente puede llevarse. También está la carta del minibar: Media botella de whisky Old Parr cuesta 38 euros, un Gatorade 1,5 euros y unas tangas 4,1 euros. Una nota pegada con papel transparente: “Cualquier daño ocasionado por el mal uso será cargado a su cuenta” y una lista de precios: si mancha o quema una toalla le cargan 16,9 euros y por un juego de cama 50,7 euros.

     

     

    La escena del crimen

     

    Ahora vamos por los pasillos internos, pasadizos transitados por camareras del aseo y servicios de restaurante. Esto es un laberinto estrecho pero aseado. Pocetas, interruptores, datafonos, breques y extintores empotrados en las paredes donde también hay carteleras con instrucciones de lavado de pieza, rutas de evacuación y mejor empleado del mes. Ningún trabajador puede ver a los clientes. Detrás de bambalinas un motel es como un hospital. Cuatro puentes militares unen la red de pasillos. En el motel trabajan 35 personas entre supervisores, camareras, mantenimientos, lavanderías y porterías. Pasamos por un lugar oscuro: Una estantería con toallas y sábanas recién lavadas, vasos limpios, bolsas rojas, jaboncitos y hojas de eucalipto. Como este mueble con inventario hay otros cinco en todo el laberinto para que las camareras tengan lo necesario a una mínima distancia.

     

    Durante este recorrido nos acompaña Nicolás Rodríguez, jefe de mantenimiento que me explica cómo funciona el certificado de sanidad para las piscinas. Nicolás, como todo el personal, con radio en mano parece un miliciano de barrio. Más adelante me dice que el motel trabaja con dos calderas para el calentamiento de agua y producción de vapor, plantas purificadoras de agua, tanques para su reserva, lavandería e incinerador de basura. Las tuberías que van por el techo del pasillo son de vapor, agua caliente, fría y cableado.

     

    No fue fácil que me dejaran entrar a una cabaña recién dejada. Sábanas corridas, olor a eucalipto, una lata de Smirnoff, dos sobres de condones. Es como entrar a la escena del crimen. Mariela Gómez es la camarera con guantes, tapabocas y gorro quirúrgico encargada de esta cabaña. Está armada con balde, desinfectantes, trapera y trapos. No quiero preguntarle si por casualidad encontró los condones usados. Me confiesa que una vez tuvo que botar un cilindro de madera, un dispensador de pimienta, como los usados en las pizzerías.

     

    El aseo está normalizado. Uno sencillo se realiza diariamente y consta de lavar bañeras, sanitario y lavamanos, drenar jacuzzi, cambiar eucalipto, sellar con cintas esterilizantes. Otro mito dice que lo más cochino es coger un control remoto de un motel. En Motivos este mito no es cierto: Dentro del procedimiento del aseo sencillo se pide “limpieza de interruptores y control del tv.” Ahora, no sé cómo funciona el mito con las cartas del restaurante. El aseo general se realiza cada quince días y es más específico que el aseo sencillo. Durante el turno de ocho horas, Mariela hace siete aseos sencillos, es decir una hora y diez por cabaña. O cuatro aseos generales, es decir, dos horas por cabaña. Durante el aseo no puede encender ni el equipo de sonido ni el tv.

     

     

    Volver como anónimo

     

    Llegamos a la lavandería: Dos lavadoras una con capacidad de 60 otra para 45 libras (22,5 kilos) para lavar todo lo que dejan los clientes con detergente, suavizante y desmanchador. Hay tres secadoras de 30 libras (15 kilos) y una persona para cada uno de los tres turnos.

     

    El motel se está remodelando y cada que se mejora una pieza aumenta la demanda. Ahora estamos en la cabaña doble para cuatro personas dotada con todos los juguetes, más la silla kamasutra: Un sofá ergonómico y más popular que la araña de silla del amor. Me asomo a la nevera: Dos botellas de agua, dos botellas de aguardiente (tapa azul y tapa roja), una botella de ron, dos Gatorade, un Red bull, tres jugos en caja, tres cervezas Pilsen, cuatro latas de cerveza REDD´S, una Ponymalta. Al lado, en el cajón hay una chocolatina Milky Way, papitas de limón, platanitos y salchichas en tarrito Zenú (una lonchera de colegio). También hay peinilla, desodorante, champú, cepillo de dientes. En el lavamanos un secador de pelo marca Oster, dos jabones chiquitos de avena, cada uno pesa 10 gramos. Lo que más usan los clientes: El gorro de baño. Lo que nunca se llevan: El jabón chiquito. También hay dos condones marca Vitalis, anillo vibrador por 5,1 euros, retardante, lubricante, lengua vibradora por 10,1 euros, huevito para las mujeres: el producto más popular, se llegan a vender 50 en un fin de semana. Cada estuche tiene sus instrucciones porque no falta quien incluya en la lubricación íntima una espuma para la bañera.

     

    Con 25 años en el mercado Motivos es un clásico en la ciudad. Se me ocurre un slogan publicitario: “Quien no conoce el motel Motivos no conoce a Medellín”. Carajo. Mejor seguir como reportero. ¿Los oye gritar? Alejandra habla por la Motorola. ¿Qué es lo más feo que se ha encontrado durante el aseo? ¿Cómo controla las peleas? ¿Es verdad el mito de encontrarse con un conocido en un motel? La administradora me mira con los ojos iluminados pero no me quiere contestar. ¿Por qué se han demorado hasta diez horas en un solo aseo? Lo mejor es que dejemos así la visita y Alejandra me acompaña a las oficinas.

     

    Luego de meterme por las entrañas del motel, tengo dos seguridades: En Motivos no hay cámaras detrás de los espejos. Y tengo que volver, pero como un anónimo.

     

     

     

    Andrés Delgado es ingeniero de producción que antes fue operario, panadero, soldado, guitarrista del grupo de punk Abismo y periodista. Sus crónicas han sido publicadas en revistas digitales como la colombiana Revista Cronopio, la argentina el puercoespín o la mexicana Replicante. Edita el blog MOLESKINE ® 32. En FronteraD ha publicado Matadero y beneficioCasa de masajes y Soldadito de plomo

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    ISSN: 2173-4186 © 2014 fronterad. Todos los derechos reservados.

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