"Hijos de las nubes", de Álvaro Longoria

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    Narrativas desde España sobre el Sáhara Occidental: la vergüenza de (no) recordar en tiempo de crisis

    Ana Luengo - 27-06-2013

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    En la última entrega de los premios Goya, el actor Javier Bardem recogió el premio por el documental Hijos de la nubes, diciendo unas palabras en recuerdo a la injusticia que todavía tiene lugar en el Sáhara Occidental. Ya conocía el compromiso de Bardem con este pueblo sin tierra, y su documental no fue por lo tanto ninguna sorpresa. Lo que sí me llamó la atención es que en los apenas setenta y cinco segundos que tuvo para agradecer el premio consiguiera hacer una crítica tanto a la política española actual como al abandono del Sáhara hace casi cuatro décadas, así como a la vergonzosa complicidad de los sucesivos gobiernos con la represión que lleva a cabo el gobierno marroquí sobre los saharauis que reivindican conquistar derechos humanos básicos y, por supuesto, volver a tener dominio de su propia tierra. Javier Bardem decía, en sus palabras de agradecimiento, que en el Sáhara no se puede recortar ni en salud ni en educación, pues no hay hospitales ni escuelas, refiriéndose obviamente a los campos de refugiados de Tinduf, en plena hammada. El momento álgido era la referencia a los desahucios que ahora están acabando con los restos del estado de bienestar en España y creando eso que alguien llamó un ejército industrial en reserva, cuando con ironía Bardem subrayaba sobre los saharauis: “Tampoco se les puede echar de sus casas, como aquí, porque ya fueron desahuciados hace treinta y cinco años, más de treinta y cinco años”. De esta forma, en el discurso del actor se creaba un lazo de empatía[1] necesario, como si los destinos de los saharauis y de la población española estuvieran irremediablemente unidos en ese destino de la injusticia social –¿o histórica?

     

    Desde que en octubre de 2007 Baltasar Garzón abriera una investigación judicial contra Marruecos con las palabras: “Decido aceptar la competencia de juzgar las quejas por delitos de genocidio, de torturas y de asesinatos”, el conflicto saharaui ha comenzado a ocupar un espacio predominante de forma regular en los medios de comunicación. La huelga de hambre de Aminatou Haidar en 2009 supuso un impulso mayor a esta presencia mediática y política. Y ya más adelante, a partir de noviembre de 2010, el Sáhara pasó a convertirse en uno de los espacios de la memoria más dolorosos, y que un apoyo más afectivo y más variopinto parece despertar, a raíz del desmantelamiento del campamento Agdaim Izik junto a El Aaiún. Sin embargo, en la discusión actual y en la crítica cultural sobre las narrativas de la memoria histórica en España, se ha pasado por alto el conflicto en la última colonia, el Sáhara Occidental, como si no fuera con nosotros.[2]

     

    En este artículo voy a analizar dos novelas españolas sobre el tema, Mira si yo te querré, de Luis Leante, y El imperio desierto, de Ramón Mayrata, así como el documental Hijos de las nubes. La última colonia, de Javier Bardem y Álvaro Longoria. Me interesa destacar cómo se representa la historia de la antigua colonia, como ejemplo de qué visión se tiene en España sobre un conflicto que aún pesa tanto, y qué toma de posición política y estética adoptan estas narrativas. Las reflexiones de Bourdieu (1984) sobre los campos de fuerza política, comercial y estética que confluyen en la escritura y en la recepción de un texto son en este sentido relevantes. Según esta teoría, por las mediaciones específicas donde se publica un libro o se produce una película, se puede observar cómo las determinaciones externas ejercen una fuerza en la producción literaria. Y yo iría más allá: pues esa producción cultural influye y forma parte de la construcción de imaginarios dentro de la misma sociedad, por lo que se inserta en la discusión sobre el tema y ofrece igualmente una posición política, ética, estética. No podemos olvidar que en Hijos de las nubes se muestra al actor Javier Bardem en la ONU defendiendo a los saharauis, lo que entrelaza texturas, tiempos y espacios en esa reivindicación. Es decir que las manifestaciones culturales son igualmente actividad política, en el sentido que le da Rancière (2011), ya que reconfiguran la distribución de lo perceptible al introducir nuevos sujetos y objetos en el escenario común.

     

    La primera de las novelas, El imperio desierto, de Ramón Mayrata, por primera vez aparecida en 1992 en Mondadori, tuvo una muy buena acogida en la crítica, lo que demuestran las reseñas que aparecieron en numerosos medios de comunicación[3]. Ramón Mayrata es asimismo conocido por haber escrito El Sáhara como unidad cultural autóctona (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1975), tras su estancia en la Provincia 53, donde fue observador de la supuesta descolonización y defendió ante el tribunal de La Haya la independencia del país. Precisamente un año antes de la primera publicación del libro, el Frente Polisario y el gobierno marroquí habían firmado un alto al fuego, que debía completarse con un referéndum de autodeterminación auspiciado por la ONU. Aunque la fecha que se planeó fue febrero de 1992, este referéndum nunca se llevó a cabo. Es decir que el trabajo de la MINURSO había de resultar tan poco fructífero como la misión de la ONU que se había anunciado en 1975 para encargarse de la penosa descolonización española. Me parece interesante que justo se publicara El imperio desierto en ese momento tan sensible. Y quizás ese frustrado intento político le debió también cierto abandono editorial, siendo como era una compleja novela de gran envergadura histórica y política.

     

    Por otra parte, Mira si yo te querré, de Luis Leante, ganó el Premio Alfaguara de Novela de 2007, con halagadores comentarios de escritores reconocidos y un lanzamiento mediático apoyado por Almudena Grandes, Mario Vargas Llosa y el mismo editor de Alfaguara en persona, Juan Rodríguez[4]. Por otra parte, la fecha de publicación coincide con el auge de la novela de la memoria en España, y de esta forma encuentra un lugar idóneo para su lanzamiento. Y recordemos que justo en ese año hubo un intento de acción judicial.         

     

    En Mira si yo te querré se cuenta la historia de una española que viaja a los campamentos de refugiados para buscar al que fue su primer amor, Santiago, un legionario que se quedó a vivir con los saharauis tras la invasión marroquí. El encuentro con el desierto va a significar para Montse algo parecido a un rito iniciático, de la oscuridad a la luz, como en el mito platónico de la caverna. El contacto con los saharauis, sus miradas serenas, su constancia en la lucha, su hermetismo y su maravillosa hospitalidad van a ser un bálsamo después de una vida materialista en Barcelona rodeada de personas superficiales como su ex marido y su amante, quienes representan la vida vacía después del enamoramiento con Santiago San Román.

     

    Los saharauis de la novela hablan y entienden español, pero el espacio donde hablan hasanía queda vetado para los personajes españoles. La toma de posición de ambos protagonistas se debe más bien a estados emocionales, a lealtad hacia sus nuevos amigos, a hartura de lo ya vivido en la Península y del ambiente en el cuartel. La figura hermética y amable de los saharauis es central para entenderlo, pues tanto las amigas de Montse como la familia que acoge a Santiago parecen incapaces de cometer errores. Ambos españoles van al Sáhara sin saber prácticamente nada del lugar, como en una suerte de viaje curativo, y el contacto con sus gentes les devuelve la esperanza en la vida y en el ser humano. De igual forma la novela está escrita, de una forma muy efectiva, también para un lector desinformado, pero sensible. Tan sensible como Montse, que siendo de la alta burguesía catalana se enamoró de un mecánico inculto y charnego, retomando sin pizca de ironía el motivo de Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. Al final de la novela se encuentran por azar, pero Santiago San Román, deformado y enloquecido por la guerra y por la pérdida de su amada mujer saharaui, no la puede reconocer, en un final que pretende ser muy dramático, como lo son los amores imposibles.

     

    Al contrario que en Mira si yo te querré, la novela de Mayrata se sitúa precisamente entre los últimos momentos de la colonia y el inicio de la desastrosa invasión marroquí. Aguirre es un joven antropólogo que vuelve de Londres, y a quien le encargan que vaya a la Provincia 53 para redactar un manual de historia del Sáhara Occidental. En esta novela presenciamos las reflexiones políticas de la generación saharaui que inició la lucha por la independencia, y que se pueden entender en el contexto de las discusiones de los años setenta entre los grupos de izquierda en Europa. Animado por sus compañeros saharauis, el protagonista no sólo investiga el pasado del país, sino el paradero de Basiri, quien es el saharaui que más tiempo lleva desaparecido desde la colonia[5]. Involucrarse en la causa saharaui hace que Aguirre sea encarcelado ilegalmente en las Canarias por el comandante español García Ramos, quien lo interroga y tortura.

     

    De esta forma, se ve cómo algunas cuestiones importantes se tematizan en la novela, siguiendo el recorrido de Ignacio: el sentido de pertenencia, el uso de la violencia como arma política en las discusiones con los miembros del Frente Polisario, la violación de los derechos humanos entre los mismos saharauis cuando asesinan al maestro Mahayub por traidor (ID 235-página), la pérdida de las convicciones, el choque cultural que años después se habría de estudiar desde los enfoques postcolonialistas, la postura de la izquierda europea frente a la lucha saharaui, las desapariciones de saharauis ya durante la dictadura franquista y la represión de ésta.

     

    El imperio desierto se confecciona al modo de las novelas contemporáneas de Galdós o de Aub, donde el momento de gestación prácticamente coincide con el momento al que se refiere, dando una suerte de premura a algunos temas que obviamente requieren de una discusión. Por otra parte, la novela se inserta en la narración de la Historia: los lugares centrales, los personajes históricos, las fechas, coinciden mayormente. Se podría decir que es una novela construida sobre las notas de un estudio historiográfico y antropológico que se basa en fuentes precisas y en un minucioso trabajo de campo. Precisamente por ese detallado conocimiento del conflicto desde su raíz, sigue pidiendo una lectura contemporánea, pues el conflicto no ha acabado, aunque hayan variado algunos actores. El acceso a la memoria, a la percepción y a los sentimientos del protagonista, ficticio, es a la vez una técnica literaria que se aleja del rigor de la historiografía tradicional. Pero donde realmente se marca explícitamente la intención del autor es al final, cuando el espía doble Gatti le dice a Aguirre que cambie de género y en vez de un ensayo antropológico escriba una novela: “Si quieres que alguien entienda  algo de lo que aquí ocurrió, hazle vivir las mismas circunstancias que nosotros hemos vivido”.

     

    Es decir, esta novela parece decirnos que si la historiografía puede servir de base para los intereses económicos o geopolíticos, la ficción se mueve en el ámbito de la libertad, donde los hechos narrados transfieren y superan los límites de la misma historia narrada, pero a la vez la dotan de una vida más larga en la misma realidad y generan realidad, puesto que se insertan en la memoria de los lectores y los mueven a percibir el mundo –lo que cada cual considera realidad– de forma diferente. Así, leer esta novela nos lleva a reflexionar sobre cualquier otro lugar donde la colonización fuera tan desastrosa como la descolonización, y donde surgieran movimientos armados de liberación: ayer era el Sáhara, como es también hoy, pero podría ser Timor, podría ser Birmania, la Suráfrica de los noventa. Las preguntas propuestas y las reflexiones sirven en cualquier caso… La literatura permite así hacerse preguntas éticas sobre el precio de la violencia, el uso de la lucha armada, las ideologías y los totalitarismos, y ponernos en la piel del otro, del perplejo (des)colonizador y de los luchadores colonizados. Esta reflexión provoca una nueva lectura del texto, y por ende una nueva reflexión sobre la credibilidad de lo narrado. Pues ahora se intuye que las fuentes, las situaciones, los personajes históricos existen, son, fueron factuales, y que crear una novela real y realista con todo ello –en vez de un manual de antropología– es el resultado de una decisión recapacitada del autor en un momento preciso.

     

    La representación literaria española de la traición al Sáhara Occidental muestra la peculiaridad de que no se trata exactamente del pasado del actual estado español, sino de una antigua colonia a la que se le dio el estatus de provincia en 1958, una región que ha servido de inspiración para algunas poesías y relatos desde el siglo XIX, donde se mistifican los entornos y a los herméticos nómadas del desierto. Es decir que estamos ante la mirada sobre lo otro, lo perdido, lo en gran parte desconocido, pero la mirada es posterior: La Primavera Árabe estalló como la misma primavera, pero pasó como una veloz brisa estival por los medios de comunicación, que apenas ha dejado un recuerdo entre la crisis, los desahucios, la migración forzosa de un buen porcentaje de una generación de españoles, y desgraciadamente algo de desconfianza ante la situación en esos países al seguir su evolución postrera. Sin embargo, como vimos en las palabras de Javier Bardem, la fidelidad a los saharauis sigue existiendo aun en tiempos de crisis, o debería seguir existiendo, nos dice el actor, al marcar ese lazo empático que antes señalé: dos extremos de una cinta que se encuentran y que deben quedar de alguna forma atados por el destino. No es por azar que el documental Hijos de las nubes comience precisamente con la primavera árabe tunecina, señalando la relación con las movilizaciones de El Aaiún que tuvieron lugar ya unos meses antes, pero también con la primavera española del 15-M. A partir de entonces, el documental ofrece un resumen de la historia del Sáhara donde se combinan dibujos animados con entrevistas a participantes y especialistas en el tema, así como imágenes y películas que documentan tanto la invasión que fue la Marcha Verde como la actual represión en la zona ocupada por el estado marroquí. La intención del documental es tanto la de informar como la de sensibilizar ante la terrible injusticia que ha supuesto la política marroquí sobre el Sáhara Occidental desde el inicio del conflicto. Javier Bardem dice en un momento que el objetivo es “agrupar opiniones de todos los participantes de este ajedrez”. Teniendo en cuenta que muchos de ellos no han aceptado ser entrevistados –entre ellos Javier Solana, Miguel Ángel Moratinos o José María Aznar, además de ningún funcionario marroquí– la partida queda descompensada. Aunque ése no es para mí el problema que puede haber en este documental. Quien calla, otorga, se dice. Y, sobre todo, quien rechaza ser entrevistado para no verse en el brete de tener que denunciar o pronunciarse sobre unos hechos escandalosos, está ofreciendo tácitamente su apoyo al corrupto gobierno marroquí. Sin embargo, en Hijos de las nubes sí veo dos elementos que me perturban como espectadora.

     

    En primer lugar, sin unos conocimientos previos sobre la historia de España, una podría creer que la colonia española era una suerte de paraíso terrenal donde todos se llevaban de maravilla y eran amigos. Eso se desprende tanto de las imágenes y de los testimonios sobre las escuelas, como de los discursos de los mismos saharauis que, en los campamentos, sienten nostalgia por aquella época. Uno de ellos llega a afirmar: “Nunca ha habido conflictos entre españoles y saharauis”. Interesante, teniendo en cuenta que el Frente Polisario nació contra los colonizadores, tal como El imperio desierto relata y como era comprensible que ocurriera en una tierra ocupada. Porque el Sáhara Occidental estaba ocupado por un país que era una dictadura, nuestra propia dictadura. ¿Por qué se obvia eso? En el Sáhara había ciudadanos de primera y de segunda, como acostumbra a ocurrir en las colonias, aunque las vistamos de brillantes colores. Y habría además ciudadanos de primera y de segunda, como siempre ocurre en las dictaduras: los que apoyan al régimen, y los que no lo apoyan o se oponen a él. Y eso probablemente fue una causa para que se les abandonara ante el peligro con tal mezquindad: la provincia 53 ya estaba dando quebraderos de cabeza, y los ciudadanos saharauis no eran a los ojos del gobierno central tan ciudadanos como los que habían llegado de la Península, o de las Islas Canarias. Y así los trataron.

     

    En segundo lugar, en Hijos de las nubes observo la misma construcción del saharaui que se da en la novela de Mira si yo te querré. Aunque una de las primeras imágenes es la de niños vestidos de soldados –que no disfrazados– marchando y enarbolando banderas, pareciera que el pueblo saharaui es y siempre ha sido pacífico y dócil. Víctimas absolutas de una represión brutal a la que, sin embargo, anteponen la prudencia, la calma y la sonrisa, como en la canción de Macaco, “no dejes que este mundo roto estropee tu sonrisa, leré”. Sin poner en duda que la represión marroquí es brutal, pues lo es, me parece interesante esa necesidad de borrar cualquier impulso de lucha armada saharaui, que la hubo y con razón, como la sigue habiendo aunque sea en reserva, y se apele a un esencialismo que me turba. No hay pueblos buenos o malos, hay situaciones histórico-políticas injustas e inaceptables, como lo fue la Marcha Verde y como lo sigue siendo la represión en el Sáhara Occidental, y como lo es que centenares de miles de personas vivan en lo más duro del desierto argelino esperando que fuera de allí ocurra algo que les cambie la vida, y sobre lo que no tienen ningún poder, aunque sean ellas quienes llevan poniendo la cara amable con su resistencia pacífica desde hace más de treinta y cinco años.

     

    La memoria del Sáhara Occidental se muestra dolorosa en la prensa y en la opinión pública española, como algo lejano, pero a la vez cercano, donde priman los símbolos, los elementos exóticos, los ideales puros de un pueblo unido y pacífico luchando por su futuro justo. Sin embargo, no deja de ser un complejo conflicto internacional, donde los intereses de Marruecos, Argelia y Mauritania se barajan con las reivindicaciones del gobierno saharaui en el exilio. Donde todo gobierno español ha hecho y hace malabares para mantener una relación amistosa con Marruecos, mientras los temas de Melilla, Ceuta, la inmigración o –desde finales de 2010- de nuevo el Sáhara, están en la agenda diaria. El Sáhara Occidental es también una región en la que abundan fosfatos, gas, petróleo y con una costa rica en pesca que se explota por Estados Unidos, Marruecos, la Unión Europea[6] y Rusia, lo que si acaso complica más la toma de decisiones políticas. Pero también podría tratarse, en menor medida, de un potencial conflicto interno saharaui, pues el Frente Polisario mantiene el poder, sus reivindicaciones y su propia ideología, sin la presencia de una oposición democrática bien organizada entre los mismos saharauis, sea en la zona ocupada sea en la liberada[7].

     

    Mira si yo te querré aboga por una sensibilización romántica por el Sáhara Occidental. Esta forma de activismo la vemos, en parte, en Hijos de las nubes, documental hecho con la mejor de las intenciones, pero que sacrifica parte de los datos históricos importantes en pos de cierto idealismo. Y yo creo que eso se hace por cierto sentimiento de vergüenza, por ser España tan responsable de la situación actual, como dice Jorge Moragas en su entrevista, como de la histórica. Pero también porque si hablamos de nuestro propio pasado, de nuestra vergonzosa dictadura, las sensibilidades de los españoles vuelven a estar divididas, y eso podría debilitar el apoyo a los saharauis, que es transversal, afectivo, y que responde a diferentes impulsos que, me atrevo a pensar, van desde la lucha por los derechos humanos hasta la nostalgia de aquellos restos del imperio. Sin embargo, en El imperio desierto todos esos elementos se tematizan explícitamente, dejando que el lector siga el mismo camino hacia el conocimiento que el protagonista, pues ni se enmascara ni se silencia ese pasado donde comenzó la lucha armada y política del Polisario por independizarse de España, sino que se narra explícitamente, lo que quizás lo convierte en un objeto incómodo, y por ello mismo necesario.

     

    Con seguridad la novela de Leante y el documental de Bardem y Longoria han conseguido mover a muchos lectores, y los estudiantes que la hayan de leer o lo vayan a ver en el bachillerato saldrán concienciados obviamente de la injusticia cometida con la antigua colonia. Pero la novela de Mayrata es necesaria para entender el conflicto desde su raíz, no permite una sola lectura, y por ello consigue sacudir convicciones e ideales románticos. Mientras Aminatou Haidar recuerda en Hijos de las nubes que los saharauis siempre fueron pacíficos (de nuevo ese mantra que se repite desde tantas voces), pero que las generaciones jóvenes se están cansando de esperar eternamente, es vital tomar en serio esas reflexiones que nacieron ya durante la lucha del primer Frente Polisario, para entender de alguna forma qué le deparará el futuro al Trab-El-Bidan. Una visión informada, política y polémica del Sáhara Occidental permite desprenderse también de la visión romántica sobre la colonia que ha venido primando desde el siglo XIX, y me parece que ya es hora de que así sea. Quizás a partir de esta crisis que atenaza a la sociedad española indiscriminadamente –valga la ironía del término-, la solidaridad con los saharauis comience a tener otra forma, otro equilibrio, y nos atrevamos a pedirles cuentas a nuestros gobernantes, quienes siempre se olvidan del conflicto en cuanto tocan el poder[8]. Y quizás a partir de ahora comience quizás a tener otra naturaleza menos exótica, menos estetizante y más política, lo que siempre significa una pérdida de la inocencia, pero tal vez mayor actividad consciente y algunos resultados. Acaso sea una visión demasiado optimista, porque el peligro es que simplemente nos olvidemos del Sáhara, aunque Javier Barden en su discurso de agradecimiento intentara precisamente apelar a ese lazo que nos une, histórico y presente, o simplemente humano en momentos de precariedad.

     

    Pero creo que precisamente ahora es importante entender que el Sáhara ya no es ni el resto de nuestra colonia, y que los saharauis –y ahora me refiero a cada individuo– deberían tener voz y voto para decidir sobre su presente y su futuro. Por ello necesitan urgentemente el apoyo de la comunidad internacional, para que ese derecho suyo se respete y pueda llevarse a cabo el prometido referéndum, antes de que la tercera generación de saharauis desahuciados se canse de esperar en una jaima de la hammada o en un territorio brutalmente reprimido, o que la cuarta generación tome el relevo en esa espera en la que nacen y que se les impone como destino desde la cuna. Y sobre todo creo que es importante tomarlos en serio como interlocutores políticos, y dejar de verlos tras esa pátina romántica de la pura bondad que, en mi opinión, se explota desde diversos discursos, y que me parece que esconde una suerte de paternalismo desde España, antigua potencia colonizadora poco dada a reflexionar sobre su pasado –y así nos va en materia de derechos humanos-[9]. Tomarlos en serio en todos los sentidos, y preguntar quiénes son sus únicos portavoces y qué estado proponen exactamente, y qué quiere la oposición que también existe entre ellos, porque escuchar siempre es la base del respeto a los demás. Luego se verá cómo consiguen crear esa sociedad más justa y más democrática por la que luchan desde hace décadas, y si consiguen reinstaurar una primavera en ese vergel que dicen que era la costa atlántica africana. Esperemos que sí. Insha’Allah. Ojalá.

     

     

     

    Ana Luengo es profesora de literatura y cultura española y latinoamericana, y autora de La encrucijada de la memoria, entre otros. Trabaja, lee, escribe y vive entre Europa y América

     


    Fuentes

     

    Bárbulo, Tomás (2002): La historia prohibida del Sáhara Español. Barcelona: Ediciones Destino.

    Bontems, Claude (1984): La guerre du Sahara occidental. Paris: Presses Universitaires de France.

    Bourdieu, Pierre (1984): ‘Le champ littéraire. Préalables critiques et principes de méthode’. En: Lendemains 36, 1984, pp. 5-20.

    Conte, Rafael (1993): ‘El imperio desierto’. En: ABC Cultural, 5 de marzo, 1993.

    Fuentes, Moisés Elías (2007): “Luz y sombra del desierto”, 6 de junio de 2011.

    García Gual, Carlos (1993): “La novela del Sahara”. En: El País/Babelia, 2 de enero, 1993.

    Guijarro, Fernando (1997): La distancia de cuatro dedos. En la guerra del Sáhara con el Polisario. Barcelona: Flor del Viento Ediciones.

    Labrador Méndez, Germán (2012): ‘Las vidas subprimes: La circulación de historias de vida como tecnología de imaginación política en la crisis española (2007-2012)’, en: Hispanic Review (fall 2012), pp.  557-581.

    Leante, Luis (2008): Mira si yo te querré. Madrid: Alfaguara.

    Longoria, Álvaro; Bardem, Javier (2012): Hijos de las nubes. La última colonia.

    Luiselli, Valeria (2011): “Mira si yo te querré, de Luis Leante”. Letras libres, 6 de junio, 2011.

    Luengo, Ana (2004): La encrucijada de la memoria. La memoria colectiva de la Guerra Civil en la novela contemporánea española. Berlin: Tranvia.

    Matarasso, Léo (ed.) (1978): Sahara Occidental. Un peuple et ses droits. Colloque de Massy, 1 et 2 avril 1978. Paris: Éditions l’Harmattan.

    Mayrata, Ramón (2008): El imperio desierto. Madrid: Calamar ediciones.

    Mayrata, Ramón (2005): Relatos del Sáhara Español. Madrid: Clan Editorial.

    Otero, Francisco (2011): “El imperio desierto de Ramón Mayrata”, 6 de junio, 2011.

    Ruddy, Frank (2007): “Western Sahara: Africa’s last Colony”, 6 de junio, 2011. 

    Afrol News (2010): “Sáhara quiere una oposición al Polisario”, 6 de junio, 2011.

     

     

     

    Notas


     

    [1] Curiosamente leo en un artítulo de Germán Labrador que él llama “puente empático” a la práctica discursiva que influye en el imaginario político (2012: 563).

     

    [2] Este texto se basa, en parte, en el artículo “La memoria de la vergüenza o los restos del imperio” que publiqué en la revista Iberoamericana, núm. 48, y que aquí he ampliado y también reelaborado. La primera vez que hablé del tema fue en un congreso en una ciudad escandinava adonde me habían invitado para hablar sobre la novela de la memoria, pero más tarde los organizadores decidieron que el tema del Sáhara no tenía que ver con la recuperación de la memoria en España, y por ello no integraron el artículo –la primera versión de este artículo- a las actas que publicaron después. Ese rechazo me parece todavía muy significativo, porque vemos de qué forma el prejuicio sobre este tema ha influido también al mundo académico, aunque ahora hay visos de cambio, afortunadamente.

     

    [3] Rafael Conte llegó a escribir de ella que era una excelente novela “por su fidelidad histórica y su honestidad cultural e intelectual” en el ABC Cultural del día 5 de marzo de 1993. Y Carlos García Gual la llamó “La novela del Sáhara” en la edición de Babelia del 2 de enero de 1993. No fueron las únicas críticas positivas. Sin embargo, la novela no se había de reeditar hasta 2008 en la colección Biblioteca del Desierto, de Sgarit, acompañada por el cuento Aquel mendigo de la plaza Esbehiheh. Por otra parte, ya en 2001 Mayrata había publicado una colección de cuentos sobre el Sáhara Occidental, bajo el título Relatos del Sáhara Español, en Clan Editorial. Este libro se ha reeditado tres veces, y recoge textos tanto de saharauis del siglo XIX como de los primeros europeos en llegar al desierto africano.

     

    [4] La novela de Leante ha ganado asimismo en 2009 el premio Mandarache y quedó también finalista del Premio de los Críticos Valencianos en 2007. Ha sido traducida al italiano, al inglés, al alemán y al francés, y es lectura de colegios y talleres de escritura. Sin embargo, en algunas reseñas se critica la construcción de unos personajes estereotipados (Fuentes 2007), una historia de amor débil, el tono de telenovela (Ágreda 2007) o de película de acción estadounidense (Luiselli 2007).

     

    [5] Mohamed Sid Brahim Sid Embarec Basir nació en 1944, y fue un periodista muy comprometido con la independencia saharaui del reino marroquí. En 1966 fundó Organización de Vanguardia para la Liberación de Saguia el Hamra y Río de Oro. En 1970 fue apresado por Fuerzas de la Legión, durante las movilizaciones en Zemla. Nunca más se supo de su paradero (Bárbulo 66s.; Bontems 74s.).

     

    [6] En diciembre de 2011 se bloqueó el acuerdo pesquero entre Marruecos y la UE que incluye la costa saharaui.

     

    [7] Véase Afrol.

     

    [8] El 24 de abril de 2013 leo en El País “Rabat, París y Moscú logran que EE UU renuncie a su iniciativa sobre el Sáharaa„, acción paralizante apoyada también por el gobierno español que obstaculiza un mayor control de los derechos humanos en la región.

     

    [9] Sobre ello, he reflexionado en otros lugares, sobre todo en mi libro La encrucijada de la memoria, de 2004/2012.

     

     

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