Ilustración: "Naufragio" de Emérita Méndez.

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    Náufragos

    Sebastián Antezana - 04-10-2012

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    13.49 p.m. Esa tarde aparentemente no estaba pasando nada, nada que interrumpiera la usual rutina de los viajes, las conexiones y los aeropuertos. Sin embargo, para mí acababan de terminar semanas de nerviosismo y preparación para el traslado a Londres, semanas de anticipación y algo parecido a la angustia. Sentía que dejar atrás la seguridad de lo familiar iba a ser doloroso. Esa tarde estaba en tránsito. Acababa de aterrizar tras un vuelo de 11 horas desde São Paulo hasta Frankfurt y pese a que había viajado durante la noche no había conseguido dormir más que algunos minutos, incómodo por el frío, el hambre, el llanto de los niños que habían dispuesto a mis costados y la incomodidad general de aquel avión de Lufthansa cargado hasta el límite. Venía de dejar La Paz y de esperar cerca a siete horas en el aeropuerto de São Paulo, y todavía me tocaban otras cuatro antes de despegar finalmente hacia Londres. Había sido un viaje extremadamente largo y tedioso. Y todavía no había acabado.

     

    Era la primera vez que iba a vivir solo en otro país, otro continente. Hacía apenas dos días me había despedido de mi familia y de algunos amigos con una sensación opresiva y tal vez por ello me sentía algo angustiado. Durante los vuelos y las horas de espera en los distintos aeropuertos no había atinado más que a leer fugazmente y pasear por los interminables pasillos de las terminales, pero nada de ello evitaba que me concentrara una y otra vez en lo que estaba dejando, en lo que entonces parecía perdido, una ciudad, un círculo social, un sistema de equilibrio. Para mí era evidente que necesitaba algún tipo de asidero, algún cable a tierra del que sujetarme para evitar la fugacidad que parecía envolverlo todo. Al llegar a Frankfurt y luego de salir del avión, los pasajeros nos mezclamos con el resto de la gente que colmaba los pasillos de desembarque y caminamos un largo trecho hasta sumarnos a un grupo mucho mayor, un oleaje que se movía rápida y acompasadamente y hacía colas, se agrupaba frente a los mostradores de las aerolíneas o caminaba apresurada a lo largo y ancho del aeropuerto.

     

    13.54 p.m. El aeropuerto era inmenso, caótico, interminable. Conseguí despachar la tramitación rápidamente y me metí a un baño con ganas de tranquilizarme. Estaba hecho un nudo por dentro. Desde hacía mucho, casi desde que salí de La Paz, trataba de fijar la vista en alguien o en algo que me diera cierta noción de permanencia, la sombra de alguna certeza, de algo que, incluso momentáneamente, consiguiera definir las cosas. Pese a no haber dormido en el avión no estaba cansado, me sentía en una especie de trance. En el baño, mientras 5 o 10 o 15 tipos meaban en una hilera que el espejo reflejaba con cierta distorsión, me lavé la cara sin muchas esperanzas de lograr salir de aquel estado, deseando que el sentimiento de desconexión que me embargaba desapareciera por las cañerías del aeropuerto. Luego me metí a uno de aquellos compartimentos que tienen un inodoro, generalmente sucio y lleno de papeles y plásticos. Pese a lo impecable de la terminal, los baños permanecían impregnados de una suciedad que parecía no poder borrarse, como si no formaran parte del aeropuerto y no pertenecieran al mismo espacio, como si flotaran suspendidos en una burbuja húmeda e impermeable. En las baldosas del piso, después de haber sido pisados y pateados decenas de veces ese día, sobrevivían dos envoltorios de condones y una lata de cerveza abollada.

     

    13.59 p.m. Me pareció estar en tránsito hacía siglos. Me urgía hablar con alguien, ver alguna cara, un par de ojos conocidos, escuchar la voz de alguien que me hablara sin la mecanización de la rutina oficial. Después de orinar las dos cervezas que había bebido en el avión, salí del baño sumergiéndome en el torbellino de gente que zumbaba en todas direcciones, cargando y arrastrando maletas y bolsos, y me acerqué a uno de los múltiples cafés que dividían en dos aquel sector del aeropuerto. No sentía frío ni calor, apenas una especie de modorra por culpa de las grandes cantidades de oxígeno bombeadas, del constante zumbido de los pequeños carros-policía que trabajan dentro de la terminal y el rumor de las computadoras, las pantallas y los anuncios electrónicos que, sumados al desconcierto general, formaban una estridencia cadenciosa que pese a tener algo de arrulladora no conseguía adormecerme.

     

    14.02 p.m. Me senté y mientras bebía vino de una botella pequeña, verde y abombada, traté de centrar mi atención en alguien que me produjera algún sosiego, un mínimo sentimiento de estabilidad. Del grupo de pasajeros que había viajado conmigo hasta Frankfurt primero desde La Paz y luego desde São Paulo no veía ya a nadie, parecían haber desaparecido en la multitud. Empecé a sentirme pequeño, a beber apresuradamente, a mirar a la gente con mucha fuerza, a recordar otras situaciones similares, traspasadas de soledad, una soledad básica, esencial, que me mostraba una y otra vez imposibilitado de comunicarme, de hacerme ver y oír.

     

    375 ml. Terminé la botella casi enseguida.

     

    14.11 p.m. Estar desesperado, estar muriéndose de ganas de encontrarse con alguien y, cuando por fin se lo encuentra, tomarse la libertad o cometer el exceso de no hacer nada para acercársele o abrirle una puerta, es un gesto revelador. No sé cómo descubrí entonces, entre la corriente, una figura que parecía estarse ahogando tanto como yo, un rostro que me devolvió el alma al cuerpo y me ofreció una posibilidad. La reconocí porque había viajado conmigo y cuando bajamos del avión nos metimos a la misma fila. Pero la reconocí, sobre todo, porque andaba sola de arriba para abajo, caminando muy recta y muy seria, como buscando algo o a alguien, tal vez tratando de ser vista, de hacerse notar para ser rescatada en medio del oleaje. Entonces, no sé cómo, supe que al salir de Frankfurt viajaría conmigo hasta Londres.

     

    14.12 p.m. Y entonces supe, sorprendido porque antes no lo había notado, que ella no sólo también me había visto, sino que parecía haberme reconocido y se dirigía hacia mí de la misma forma en que un náufrago busca la compañía de otro para olvidar momentáneamente que son náufragos. Tardó poco en llegar hasta donde yo estaba. Tenía los ojos grandes y expectantes. Debió ser más o menos de mi edad y por un sticker que colgaba de su equipaje de mano descubrí que éramos paisanos. Llevaba el pelo corto, usaba tacos, traía grandes aretes y al llegar junto a mí su actitud era un poco vacilante. Yo la veía maravillado. Sin saber muy bien qué hacer, pareció querer sentarse en una de las pequeñas mesas desperdigadas junto a la mía, pero antes de hacerlo me lanzó una sonrisa que en realidad parecía una súplica. Ahí me desarmó, no supe qué decir, me traicionaron los reflejos y cayeron sobre mí los días sin dormir, la desesperación, el vino. Ella parecía esperar alguna invitación, que le abriera una puerta, pero yo permanecí mudo, mirándola sin mirarla, atravesándola, y profundamente incapaz.

     

    14.12.05 p.m. Nos miramos a los ojos todavía unos segundos y ella decidió tomar el control. Se acercó más y, aún sonriendo, como reconociendo en mí a un semejante, a alguien en la misma posición, alguien que viene del mismo lugar y tiene el mismo destino, me hizo una pregunta.

     

    Y entonces todo cambió.

     

    14.12.10 p.m. El problema no tuvo que ver con la obviedad de la pregunta y ni siquiera con la obviedad del gesto. Lo que sucedió no tuvo nada que ver con las decenas de pantallas de plasma que, entre los vuelos de llegada y de salida de la terminal, anunciaban qué hora era en grandes caracteres. Tampoco con los anuncios electrónicos, las alarmas, las campanillas y los cientos de relojes que marcaban por todas partes la hora ante la vista de todos. Mi sorpresa no se dio, ni siquiera, como respuesta a un gesto que a todas luces era un pretexto para entablar una conversación, un intento de compartir en medio de la corriente una única balsa salvadora. Lo que sucedió se explica, más bien, por la imprevisibilidad de la memoria, por las trampas que uno se pone a uno mismo. Sucedió que ella se acercó mirándome con una sonrisa forzada, casi corriendo una silla para sentarse a mi lado, y me preguntó si sabía qué hora era. Simplemente eso. A pesar de estar rodeados por decenas de relojes. Y entonces, en un intento de decirle que yo sabía lo que estaba haciendo, que yo no usaba reloj pero que sí sabía qué hora era, en un intento de explicarle que yo también había reconocido en ella a un semejante, que la hora era lo de menos y que para mí venía siendo lo de menos desde hace doce o trece años, se abrieron las compuertas de una memoria subversiva, insurrecta, y cayeron sobre mis intentos de respuesta, sobre ese tratar de mostrarme amable, explicativo y ocurrente, recuerdos que casi no tenían nada que ver con aquel momento y que, además, casi no tenían nada que ver con nada en absoluto.

     

    14.12.15 p.m. Ella me veía extrañada, distante, por culpa de un silencio que a todas luces encontraba incomprensible. Sin poder hablar, yo trataba de contarle un montón de cosas, de explicarle que ella para sentarse a mi lado no tenía que preguntarme nada y que por culpa de la frustración yo había perdido la costumbre de ver la hora. Y mientras lo hacía, recordé cómo había pasado todo, cómo debió haber sucedido el año 95 o 96. Mientras soportaba su mirada trataba de contarle cómo debía haber sido el 95, o tal vez el 96, ya que cuando sucedió todavía usaba reloj y dejé de usarlo a los trece años, cuando se lo comieron las pirañas o quizás no y permanece aún en algún limoso fondo del río, hace ya mucho inutilizable y quizás incluso irreconocible, tras años de pérdida e inexorable deterioro.

     

    Entonces, el viaje se había planteado como una vacación exótica para un chico como yo: pasar una semana en uno de los grandes ríos del Beni, una semana viviendo en un barco, pescando bajo la lluvia húmeda y torrencial, almorzando y cenando con la música proveniente de las orillas selváticas, navegando en pequeñas lanchas sin motor. Luego, como entonces mientras ella me miraba, reviviría el viaje no como una semana de exotismo, sino como el encuentro de la vegetación apabullante del Amazonas con algo que bullía por no sentirse incómodo, por lanzar la caña de pescar como es debido, por no quemarse demasiado con el sol, por pasárselo lo mejor posible. Para un chico de trece años fue impresionante: kilómetros de un anchísimo río que ascendía tortuosamente como buscando algo, en el que los huéspedes de aquel hotel flotante nos bañábamos a la puesta de sol para que los bufeos emergieran a darnos un rápido vistazo, para deslumbrarnos y obligarnos a reprocharnos por enésima vez por no haber comprado una cámara de fotos resistente al agua, una como la que tenía el viejo inglés –presumíamos que era un inglés porque había en él algo profundamente imperial, algo que entonces confundí como la falta de una infatuación que habría considerado justificada y que no habría atribuido a un estadounidense– que reía abrazado de la cintura de una inglesa –supusimos que era inglesa por simple asociación– con la que se zambullía y emergía sin ningún problema, para tomar foto tras foto de aquellos sorprendentes primos del delfín.

     

    14.12.17 p.m. No podía parar. Pese a que ella me esperaba, yo seguía hecho un nudo en medio del aeropuerto, recordando cómo hacía varios años, en aquel viaje río arriba, recorríamos pausadamente el río Mamoré, descubriendo brazos dilatados por algún capricho de la naturaleza, grandes explanadas de agua turbia y agitada, violentas como la explosión de una arteria. Algunos días, anclados, dormíamos en las hamacas de popa o tratábamos de dormir sin conseguirlo ante el tremendo azote de tormentas eléctricas o del ambiente infestado de mosquitos. Cuando aquello ocurría lo mejor era ir a charlar con los miembros de la tripulación –lugareños acostumbrados a todos los rigores del río y un guía citadino, salvaje y divertido que estaba tan bronceado y llevaba el cabello tan largo que parecía un nativo– o salir a pescar en las orillas bajo el resguardo de tupidos grupos de árboles. La pesca era una de mis actividades preferidas. Debí haber pescado cerca de 40 peces durante aquellos días, sobre todo pequeñas pirañas que eran tan fáciles de coger como difíciles de comer, suculentas, aunque casi carentes de carne en aquel endeble armazón de huesos y cartílago.

     

    Una tarde, mi hermano y yo nos alejamos de la embarcación mayor junto al viejo inglés y algunos otros pasajeros para dirigirnos a pescar en una pequeña lancha a una orilla lejana. Remontando un río turbio, agitado, bajo una tormenta que nos obligaba a guarecernos y a acelerar la marcha, nos acercamos a un islote en el que grandes árboles ofrecían cubierta frente a la lluvia, bajo los que anclamos agradecidos. La estrategia posterior era sencilla: ensartar un pedazo de carne o pescado crudo en el anzuelo que finalizaba una línea, apenas un hilo algo más grueso que uno de coser, que se conectaba sencillamente a una rama de árbol algo más larga y resistente que las que partían los rayos o rompía el viento y flotaban en la superficie agitada del río. Y entonces, porque así nos lo había indicado nuestro guía, uno sumergía la línea en el agua con un movimiento fuerte de la muñeca, con un sacudón que pusiera en evidencia la presencia de la carnada bajo la superficie.

     

    En una hora debimos pescar cerca de treinta pirañas y otros peces pequeños. Una barbaridad. El viejo inglés y nosotros llevamos la mayoría, en una exhibición no planificada de talento pesquero que, sentí entonces, de alguna forma nos unía, nos igualaba. Con los días y los pequeños viajes de pesca, el viejo y yo seguiríamos teniendo un éxito extraño, realmente poco habitual, y yo comenzaría a sentir por él, desde aquella temprana adolescencia, algo más que admiración, algo quizás parecido al cariño. Tras esa tarde, sin embargo, volvimos al barco y cenamos una última vez con el grupo de pasajeros al que nos habíamos acostumbrado, pues todos comíamos en una gran mesa común y la mitad de ellos se iba a la mañana siguiente para que un nuevo grupo subiera a bordo. Después de comer nos desperdigamos. Algunos tocaban guitarra sin cantar cerca de la popa y otros, aún dentro en el comedor, jugábamos a los dados con una extraña cumbia como telón de fondo, una cumbia que ya el 95 o 96 debió tener varios años y que parecía deshacerse al salir de los oxidados parlantes de una radio que también debió tener varios años y que, por supuesto, sólo tocaba casetes.

     

    Esa noche dormí como todas aquellas noches: en el piso superior de una litera doble, muerto de calor y cubierto, protegido, más bien, con un mosquitero providencial que alguien había abandonado en el barco. A la mañana siguiente, luego de acercarnos a una población algo más grande que las que encontrábamos normalmente en nuestro recorrido para que la mitad de los pasajeros bajara y una nueva mitad subiera a bordo, nuestro guía amigable y salvaje me apartó brevemente y me informó con perfecto acento citadino, como si no se hubiera movido ni medio kilómetro de la capital, que el viejo inglés quería hablar conmigo. La cosa me descolocó, pero como yo lo sentía ya como un amigo me acerqué tranquilamente hacia él, que estaba cargando dos bolsos y a punto de desembarcar, para lo que pensé que sería una despedida. Y lo fue, en cierta forma, pero no como lo creí. El viejo me vio acercarme, primero con extrañeza y después con gesto desafiante, molesto, y me dijo que no, que no era a mí a quien buscaba. Me lo dijo así, no eres tú, no eres tú, esforzando la voz para que pareciera más dura de lo que era. Después hizo un ademán de fastidio, de tedio, movió la mano violentamente, como queriendo espantar zancudos imaginarios, y se bajó del barco dando un bufido. Yo estaba mudo, quieto, asustado. Nadie más había visto ese gesto, esa cruel despedida dirigida exclusivamente a mí. Y entonces entendí algunas cosas y odié otras, cosas como que pese a haber estado cerca a él durante buena parte del viaje nunca le hablé, y cosas como que a veces uno tiene lo que no merece y otras no tiene lo que merece.

     

    14.12.19 p.m. Ella me seguía mirando a la espera de una respuesta, tratando de entender por qué hasta ese momento había permanecido mudo. Yo no pude decirle nada, contarle cómo entonces, cuando nos quedaban sólo un par de días más en el río y para sobreponerme de alguna forma al sentimiento de extraña derrota que se había apoderado de mí, me dediqué a mirar todo más agudamente y a pescar con intensidad, concentrándome en reunir las suficientes anécdotas como para volver a la ciudad y contarlas a los amigos, a la familia. Era una situación forzada aunque quizás comprensible. En cierta forma, era como que había decidido que la realidad ocurriera para justificar un posterior relato, que la realidad ocurría sólo para después ser contada.

     

    Así, en un inusitado afán de revancha con la vida, decidí que iba a acabar con los peces de aquel sector del río y comencé a pescar con mucha seriedad y mucha violencia, lanzando la línea lejos y mandándola rápidamente hacia el fondo. Y, en efecto, hubiera sido posible que terminara el día con una buena provisión de pescado pero, en medio de mis intentos de lanzar la caña con fuerza, en mi terquedad que disfrazaba una simple frustración, forcé demasiado el quiebre de la muñeca y mi reloj, mi último reloj, se soltó silenciosamente y, junto a la línea y el anzuelo, cayó y se hundió en medio del río.

     

    14.12.20 p.m. Ésa fue la última vez que usé un reloj.

     

    14.12.21 p.m. El golpe de la memoria fue violento y sorpresivo. Ella todavía me miraba esperando una respuesta pero en sus ojos se leía sorpresa e intriga. No supe cómo articular en una expresión o en un par de oraciones rápidas lo que intentaba decirle, lo que sentía que ya no podría explicarle, que el estar pendiente de qué hora era había acabado para mí un día hace ya doce o trece años, en medio de un río y un viaje que tenían todo y no tenían nada que ver con el que nos había reunido allí. Permanecí mudo, en un silencio horrible cargado de culpa. Tenía frente a mí una tabla de salvación, una posibilidad real de escapar del círculo de soledad y fugacidad que me envolvía hacía días, y a pesar de ello no hice nada. Me comencé a sentir mal. Mal, además, porque sabía que al no decir nada la estaba abandonando, la estaba dejando sin lo que parecía ser el único punto de referencia que había encontrado entre la marea de pasajeros, el único puerto en medio del agua. Yo era su última posibilidad esa tarde y a pesar de eso, a pesar de saber que nos traicionaba a los dos, la iba a dejar sola.

     

    14.12.23 p.m. La situación me había desarmado. Era imposible transmitir en una frase todo lo que quería decirle. Ella se veía frustrada, a punto de volver sobre sus pasos. Yo lo olvidé todo. Verla parada frente a mí era prolongar la nostalgia de no haberla visto antes y lamentarme por ya nunca saber cómo hubiera sido conocerla, la nostalgia de haberla visto tal vez demasiado tarde o demasiado apresuradamente, porque sabía que mis labios estaban sellados.

     

    14.12.26 p.m. Ya ni me moví. Ella, agarrándose al maletín y parada muy recta, esperó todavía unos segundos, mirándome como se mira una pequeña jaula en la que en vez de un canario alguien ha puesto la foto de un canario. Esperó dos, tal vez tres segundos más y me volvió a preguntar si sabía qué hora era, pero yo definitivamente no iba a responderle nada, no iba a contarle ese mundo de cosas que se me venía encima.

     

    14.12.30 p.m. Entonces se dio la vuelta y sin decir una sola palabra más, dándose cuenta de nuestro mutuo naufragio, de nuestra irremediable soledad, se alejó y se perdió en medio de la multitud.

     

     

     

    Sebastián Antezana (México-Bolivia, 1982) nació en el D.F., México, pero se trasladó muy temprano a La Paz, Bolivia. Su obra ha sido recopilada en antologías como Conductas erráticas (Aguilar, 2009), y es autor de las novelas La toma del manuscrito (Alfaguara, 2008; X Premio Nacional de Novela de Bolivia) y El amor según (El Cuervo, 2011, 2012)

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