Foto: Juan Valbuena

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    Los negros. Esto es Madrid

    Nicolás Melini - 05-04-2014

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                  El farolillo le danzaba la sombra

           Ignacio Aldecoa, Espera de tercera clase

     

     

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    En la nevera había algo de cordero en aceite de palma que había dejado su mujer hacía unos días, así que Ibra puso un cazo con agua al fuego, para hacer arroz, sin haber conseguido quitarse de encima esa extrañeza que lo invadía cuando llegaba de la calle y ese día la policía no lo había parado ni una sola vez. Había estado por Arturo Soria, pilló la M-30 hasta 3 veces, fue al pueblo de Barajas y regresó del pueblo de Barajas, tuvo una avería que resolver cerca del Hospital Puerta de Hierro y, para concluir, debió regresar a la central de Hortaleza, pero no se había topado con ellos; solo los había visto en una ocasión, pero pequeños en la distancia, en otra vía. Por fortuna, ya se encontraba en casita –vivía de alquiler en un piso de Carabanchel Alto– y allí nadie podía ir a molestarle; aunque, bien pensado, mejor no lanzaba las campanas al vuelo, porque lo mismo se inventaban alguna excusa y empezaban a entrar en las casas. Si esto no fuera España se hubiese esperado cualquier cosa; pero, quién sabía, a lo peor su error había sido, hasta aquel momento, no esperar cualquier cosa de España. De hecho, a algunos españoles amigos, compañeros de trabajo, los veía especialmente desconcertados con su país, más o menos tan desconcertados (e “indignados”) como él.

     

    Encendió la tele para ver la reposición de un capítulo de la serie Aquí no hay quien viva (los chascarrillos del portero le hacían reír tanto…) sin pensar en la posible relación entre el título de la comedia y lo que había estado pensando. No fue el título lo que le hizo volver sobre todo aquello, mirar la puerta del piso –cuando ya se encontraba degustando el arroz y la carne y el picante del habanero y la pasta de ocro– e imaginar por un instante que llamaban y él abría y era la policía que le pedía, una vez más, los papeles. Pensó, incluso, que su vecina Charo salía al rellano y, en su defensa, incordiaba a los policías (imaginó también cómo uno de estos se volvía y le ordenaba entrar en su casa), y no pudo menos que sorprenderse: había que ver cómo su mente lo había llevado de una cosa a la otra hasta ver que su vecina regresaba a su casa y se quedaba, presumiblemente, tras la puerta, escudriñando cómo lo molestaban. Era de locos, lo paraban tanto por ahí, que ya los imaginaba llamando a la puerta de su casa.

     

    Su mujer, Fatou, no estaba porque así era ahora. Estaría por ahí, de visita, en el piso de Bubacar o en el de Amy. Y casi mejor, porque las cosas entre ellos se habían vuelto un tanto desagradables. Ella no se sentía a gusto en España. Él sabía que se trataba de eso porque lo había visto en otras parejas de senegaleses que, igual que él, se habían traído a sus esposas después de un tiempo. Mientras mantenían la relación de novios (o de recién casados) a distancia, por teléfono y Skype, todo iba bien; con el dinero que ellos les enviaban vivían como princesas. Por poco que fuera lo que ellos les mandaran era mucho más de lo que podía soñar una chica que no tuviera a su marido en Europa; si tenían algún hijo, podían alimentarlo mejor que nadie, y hacían vida social, una vida muy agradable entre los suyos, de casa en casa, de cocina en cocina, de festejo en festejo. Ella se lo había dicho alguna vez, que desde que había llegado a España todo eso se había acabado. Se sentía aprisionada: “Aquí siempre con estrecheces (jafe jafe), y encerrados en pisos; y si trabajas, en lo peor”. Él no podía menos que comprenderla; ella, en Senegal, no era ni más ni menos que nadie (más bien un poco más que muchos), y en España solo podía trabajar limpiando casas o alguna cosa por el estilo. Así que, maldita la reagrupación familiar, de un tiempo a esta parte; si por ella fuese, se volvería a Senegal. Que él se quedara en España trabajando, si era eso lo que quería, que ella iría allí a pasar, por lo menos, la mitad del año.

     

    Lo peor era que su descontento había tenido consecuencias serias en la convivencia y en la vida de pareja. Ya no hacía la comida, aunque él llegase tarde del trabajo, y, para terminar de estropearlo todo, tensaba la situación, vengativa, hasta el extremo de negarle el sexo. Era el mundo al revés, todo lo que habían recibido como educación en el trato del marido con la mujer y de la mujer con el marido se había ido al traste y no parecía que tuviese solución o, cuando menos, él no podía hacer gran cosa, salvo protestar un poco, hablar con ella y, por teléfono, con sus mentores en Senegal (su madre, básicamente). Buscar la mediación de los suyos para que aconsejaran a su mujer y pudieran arreglar las cosas. Eso significaba horas de conversaciones telefónicas, en el locutorio; semanas, meses buscando el entendimiento. Él llamaba a Senegal; ellos llamaban a Fatou; Fatou y él lo hablaban; y vuelta a empezar. Él llamaba a Senegal.

     

    Ibra lidiaba con todo eso y, por el día, soportaba a la policía, que parecía tener órdenes de amargarle la existencia (a él y a todos los que fueran como él); pero, al menos por ahora, estaba contento, porque tenía un buen trabajo, bien pagado, en Telefónica, y por mucho dinero que enviara a casa, nunca sería más de un par de cientos de euros para cubrir los gastos de comida y farmacia de toda su familia: padres, 7 hermanos menores que él e imprevistos. Eso era lo que importaba, significaba cumplir su principal objetivo cuando había decidido emigrar a Europa, un objetivo que no había variado: tener para vivir y poder enviar suficiente dinero a casa. Eso era lo que podía hacer que un hombre se sintiera mejor hombre o dejara de serlo a sus propios ojos y ante los ojos de los demás senegaleses. Por fortuna, se había salido pronto de la construcción (que era lo que se había venido abajo en primer lugar con la crisis financiera). Fue lo suficientemente listo para buscar enseguida algo un poco mejor que el ladrillo, y lo encontró. Ahora, aunque las cosas siguieran así, podía estar, económicamente, tranquilo.

     

     

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    Khassim iba caminando por la calle de Argumosa, pero inquieto; no como antes, cuando Lavapiés era casi como su propia casa y podía encontrarse con todos sus amigos y conocidos cualquier día que pasara por allí. Ahora iba mirando hacia el final de la calle, alerta, por si veía pasar a la policía. Khassim no tenía permiso de residencia, pero eso no había sido impedimento para que se ganase la vida a lo largo de los últimos años, ahora contratado por Los Carmen, unos gitanos con varios puestos itinerantes en mercados como los de plaza Elíptica, Aluche o Alcalá de Henares. Los Carmen le pagaban por horas, Khassim era el vendedor de confianza de la familia y, cuando la policía lo veía en el puesto, no lo molestaba. Al fin y al cabo, podían comprobar, aunque solo fuera de manera ocular, que tenía trabajo. Y tampoco era cuestión de andar contrariando a los gitanos por nada. Pero si lo vieran en la calle sería distinto. La policía, últimamente, era ver un negro y dar la vuelta. Por eso Khassim apenas salía de casa, se quedaba allí tranquilo, viendo la tele o con el ordenador, hablando por Skype con los suyos (con sus hermanos en Ziguinchor; con Mansur, un primo que tenía en Toulousse; con Taleb, que ahora vivía en Valencia), y si algún amigo quería verlo ya sabía dónde encontrarlo. Era muy triste, deprimente, tener que vivir escondido, pero era el único modo de minimizar el riesgo de que lo expulsaran del país. No salía más que a trabajar, lo hacía mirando siempre a un lado y a otro lado cuando se disponía a rebasar la puerta del edificio. Llegar al trabajo y volver del trabajo era toda una aventura. Caminaba pegado a las paredes de las casas y, al llegar a las esquinas, antes de aventurarse, miraba a ver si había policías. Los agentes que iban a la caza del negro por su barrio solían vestir de paisano, por eso había que fijarse en los pies de las personas, en sus zapatos. Todos los negros de Carabanchel sabían que aquellos policías de paisano llevaban botas, y ese era el modo de identificarlos; gracias a eso, más de una vez había podido escapar.

     

    Ni siquiera iba al supermercado, si podía evitarlo; los locutorios eran territorio comanche (worul); algunas estaciones de metro podían convertirse en una ratonera. La policía estaba por todos lados. Lo sabía también por su amigo Ibra, que tenía papeles y, debido a su trabajo, solía ir de barrio en barrio. Ibra le había dicho que, por la mañana, cuando salía de Carabanchel en coche, lo paraban; y cuando entraba en el centro, lo paraban; y cuando iba a entrar en cualquier otro barrio, lo volvían a parar. Con un poco de mala suerte, si tenía que moverse ese día por varias zonas, a Ibra lo podían parar cuatro o cinco veces, y protestaba a los policías (“¿Otra vez?”) y les decía que a ver si inventaban algún sistema para que, una vez que le hubieran “mirado” ese día, no volvieran a molestarle: un papel, les decía, un salvoconducto, un boleto o algo, en fin, algo. Pero eso no se iba a producir, de ningún modo, porque sería como reconocer lo que estaban haciendo.

     

    En Carabanchel, los policías de paisano aparcaban el coche en una calle cercana a la que estuviesen peinando. Aparcaban en alguna bocacalle discreta, donde el coche estuviese menos visible, y hasta que no lo llenaban de africanos no paraban. Si atrás cabían tres personas, ellos metían cinco o seis bien apretujadas, como sardinas en lata (diaan ci biir pakh: como serpientes en un agujero). Eran máquinas deslizándose por las calles de dos en dos hasta alcanzar a algún negro al que poder pedirle la documentación, y si no tenías la residencia o la tenías caducada –aunque no hubieses hecho nada, aunque no hubieses cometido el menor delito, aunque no tuvieses el menor antecedente–, al coche y para el CIE, una cárcel en toda regla, paso previo indispensable antes de que te echaran de España.

     

    Todo eso Khassim y todos los senegaleses de Madrid se lo sabían de memoria, incluso los que habían podido regularizar su situación hacía años y no tenían nada que temer, al menos en lo personal. Pero aquel día Khassim debía ir al locutorio que hay en la plaza de Lavapiés, regentado por paisanos suyos, porque estaba casi seguro de que allí encontraría a Lamin, un amigo al que había prestado 30 euros unos meses atrás, 30 euros que ahora quería enviar a casa. En los últimos dos días había recibido decenas de llamadas perdidas de varias personas de su familia (desde África siempre los requerían así, con una llamada perdida), y no quería devolver ninguna de aquellas llamadas sin que el dinero estuviese en camino y pudiera ofrecer a los suyos la clave para que fuesen a recogerlo.

     

    A Khassim no le hacía ninguna gracia jugársela de aquella manera, y hasta se estaba arrepintiendo cuando se asomó para mirar la plaza: todo parecía normal, pero no era lo mismo. Era la plaza de Lavapiés, podía ver a los españoles del barrio, a las señoras que van al súper, a los que sacan dinero en el cajero, a los paquistaníes que tienen restaurante o tetería en la zona cruzando para realizar alguna gestión, a unos extranjeros blancos –estudiantes– encontrándose junto a la boca de metro, pero la plaza le resultó desangelada, nada que ver con otros tiempos; los que eran como él ya no aparecían por allí, se escondían, igual que él; a otros muchos los habían pillado y se encontraban en el CIE, si no expulsados del país. A aquellas alturas de la partida, el Gobierno ya había expulsado a mucha gente, él podía ser el siguiente y, si fuera así, no estaba seguro de ser capaz de emigrar de nuevo; cruzar el desierto, hacer la travesía en patera... Cuando lo había hecho, hacía ahora siete años, se vio obligado a comer tantas latas de atún que lo había aborrecido; ya no era capaz ni de olerlo, y mucho temía tener que volver a pasar por lo mismo, latas de atún incluidas; lo de las latas de atún le parecía terrorífico, por alguna razón era ahí donde se había concentrado todo el horror de su migración: agresiones, intemperies amenazantes, humillaciones personales y colectivas, el hambre y la sed y el frío y el calor y todos los dolores y todas las diarreas y todos los vómitos de aquellos largos meses de absoluta incertidumbre. Las latas de atún eran eso, latas de atún, y resultaban ser también todo lo demás. Por muchos relatos que hubiera escuchado, siempre acababa pensando que la suya había sido una de las peores migraciones posibles (si exceptuaba, claro está, la de quienes habían perdido la vida por el camino, en el desierto o contra policías o contra otros emigrantes o contra bandidos o en el mar, cuyo relato personal no había podido escuchar, por razones obvias, porque no habían podido contarlo), y, por supuesto, no tenía ni punto de comparación con la migración de Ibra, que había venido a España con todo arreglado, en avión, y a casa de familiares; o con la de su amigo Tambi, pescador de San Luis que, harto de no pescar nada –los grandes barcos llevaban un tiempo esquilmando la costa del país para poner el mejor pescado en las mesas de Europa–, salió un día cualquiera como si fuese a pescar, en su cayuco, pero con suficiente combustible y comida, puso rumbo a las Canarias y allí llegó a los tres días, que los guardias civiles, al verlo salir solo del cayuco le preguntaron alarmados que dónde estaban los demás. “¿Otros? ¡No! ¡Yo solo!”, les hizo gestos Tambi. Increíble, jejeje, pensaba Khassim: “¡No, otros no, yo…!”, Tambi como si nada, saludable y exultante (imaginaba). Todos sonreían cuando se encontraban a Tambi –aparte de por su 1,90 centímetros de altura, su pecho y sus brazos enormes, que parecían de luchador, y su natural bonhomía– porque conocían aquella anécdota ya casi legendaria de emigrante pillo solitario. La emigración de Khassim, sin embargo, era prácticamente tabú, como la de muchos otros; él apenas soltaba prenda, si acaso había contado a veces lo de las latas de atún (aquel horror exacerbado que le producían); porque lo demás no conseguía que le saliese por la boca, lo tenía agarrado allá adentro. 

     

     

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    En una ocasión, Ibra se dirigía en su coche a atender una avería cuando observó a través del espejo que un coche de policía lo seguía. Ibra iba despacio –no había cometido ninguna infracción–, por una calle de Barajas con coches a ambos lados, y el coche de policía trató de adelantarlo por la derecha del único carril con la intención de cruzarse delante de él e impedirle continuar, así que se puso delante y no los dejó. Aquello enervó a los policías, que activaron la sirena y no descansaron hasta que él encontró un lugar en el que hacerse a un lado. Los tipos estaban cabreadísimos:

     

    —¡Qué haces!, ¡estás loco tú o qué!, ¡te has metido en medio y no nos has dejado pasar! ¡Te vamos a meter un puro que no veas!

    —No –observó él con tranquilidad–. Pretendías adelantarme por la derecha, en esta calle, y eso sí es una imprudencia, así que lo he impedido. Además, si querías pararme, me lo dices y yo paro.

     

    Ibra sabía que si cuestionaba adecuadamente la actuación de los policías, aun ofuscados, no se atreverían con él, por lo que pudiera alegar contra ellos más adelante, si la cosa iba a más; y así fue más o menos. Poco a poco se habían tenido que contener hasta limitarse a lo de siempre, pedirle la documentación y comprobar que tenía todo en regla. Pero ahí no terminó la cosa, porque una vez que le hicieron todo tipo de advertencias y amenazas más o menos innecesarias (incluidos los, para él, ya clásicos comentarios cuestionando que se dedicara a aquello que su vehículo publicitaba, Telefónica), subieron a su coche y lo rebasaron y él subió al suyo y continuó su camino, detrás de ellos.

     

    Dio la casualidad de que su trayecto coincidía con el de los policías –y él sabía que podía ser así–, de tal modo que condujo con toda la sorna que pudo, despacio, tras ellos, girando en los mismos sitios que ellos y conservando una prudente distancia con su coche cuando recorrían una calle, hasta que ellos se mosquearon de nuevo y, justo al alcanzar la entrada de la comisaría de Barajas, se detuvieron y bajaron del coche.

     

    —Adónde coño vas tú ahora, ¿eh?, ¿por qué nos sigues?, ¿nos estás siguiendo?

     

    Tal vez temieran que Ibra se dirigiera a la comisaría para presentar una queja contra ellos.

     

    —¿Yo?, ahí…

     

    Ibra señaló la comisaría.

     

    —¿Estás de coña, no?

    —No, no estoy de coña.

     

    Los agentes se removían mirando a Ibra y mirando la comisaría y mirando el coche que conducía Ibra.

     

    —Me han llamado de aquí, internet no va, voy a ver.

     

     

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    Youssou iba a visitar –una o, incluso dos veces por semana– a un amigo que se encontraba en el CIE de Carabanchel. Le llevaba comida, ropa, algo de dinero. Era el único amigo o familiar que podía hacerlo (tenía en regla sus papeles), porque en la misma cola al sol que se organizaba a las puertas de las dependencias del CIE, los policías pedían la documentación. Cualquiera que tratase de visitar a un familiar o amigo, y no tuviese permiso de residencia, podía acabar recluido también. Sobre la marcha, los sacaban de la cola y los conducían al interior; era un juego de niños para los policías, y les encantaba aquello –ser tan listos, tenerlo fácil–. También acudían a las puertas de los colegios por la mañana, esperaban a que los inmigrantes dejaran a sus hijos y, cuando se disponían a regresar a sus casas o a seguir para el trabajo, les pedían la documentación. Un inmigrante podía dejar a su hijo en el cole y acabar la mañana en el CIE, iniciado su proceso de expulsión. Un niño hijo de inmigrante, tuviese la edad que tuviera (fuese español o no, y es relevante porque si es español influirá en la percepción de su nacionalidad), podía salir del cole un día cualquiera y encontrarse con que lo iba a recoger otra persona, algún amigo o familiar, porque su padre había sido detenido tras dejarlo por la mañana allí mismo y podía ser expulsado del país.

     

    Moises llevaba tres semanas dentro y, desesperado, veía cómo, si nada ni nadie lo remediaba, lo expulsarían a Senegal de forma completamente ilegal, porque en aquel momento aún esperaba respuesta sobre su petición del permiso de residencia (la había presentado poco antes de ser detenido en una redada en el metro de Pirámides), y, según le había informado un abogado de una ONG que los visitaba allí dentro, el Estado no podía echar del país a nadie que estuviese a la espera de una respuesta administrativa. Si esa respuesta no llegaba tendrían que soltarlo a las cinco semanas. Pero Moises estaba convencido de que recibiría una respuesta, y que sería convenientemente negativa, justo antes de que se cumpliera el límite de días que podían retenerlo. O, incluso, que le meterían en un avión sin haber recibido respuesta ni positiva ni negativa, con total impunidad. ¿Quién lo impediría? Y luego, desde Senegal, cómo reclamaría justicia.

     

    En sus visitas, Youssou escuchaba a Moises, lo animaba, le pedía que no desesperase, lo aleccionaba para que fuera fuerte si, finalmente, lo expulsaban. Moises sentía un fuerte sentimiento de culpa por encontrarse allí. Así es el sentimiento de culpa, no importaba que no hubiera hecho nada malo. Lo habían jodido, la había jodido. Entre llantos le contó que los policías, cuando llegaban al centro con algún inmigrante, se mostraban pletóricos. Era como si hubiesen detenido a un capo del narcotráfico, cuando, sin embargo, se trataba solo de muchachos como él. La razón de que llegaran sonrientes, enjundiosos, dicharacheros, henchidos, era que les premiaban con un fin de semana libre. Los que no detenían inmigrantes –porque no lo hubieran logrado o porque no quisieran, insumisos–, se quedaban sin fin de semana, tendrían que librar otros días.

     

    —Son como niños –se quejaba Moises–. Los ves llegar y no te puedes creer toda esa bravuconería. Se creen héroes.

     

    A Youssou todo aquello le pareció obsceno y sintió una náusea, aunque se la ocultó a Moises.

     

    Moises, sin embargo, lloraba. En los primeros encuentros, no. Pero en los dos últimos había llorado desconsoladamente. Se había ganado la vida como había podido, en ocasiones trabajando en la obra gracias a los papeles de algún amigo –del propio Youssou en una ocasión– y a la complicidad del encargado de la obra o de la propia empresa, que hacían la vista gorda (¿acaso habían detenido y expulsado del país a aquellos encargados y empresarios, tan delincuentes de aquel delito concreto como él, o quizá más?); o, si no, vendiendo en la calle. Vendiendo CDs piratas, sí, y pañuelos, y bolsos, y fundas para móviles. Se sentía culpable, pero no sabía de dónde provenía su culpa; tenía que ver, tal vez, con que lo hubieran pillado, y con encontrarse recluido allí, más que con haber trabajado sin permiso en obras de construcción o con haber vendido en la calle ilegalmente.

     

    Moises había conseguido llegar a España, en patera desde El Aaiún a Canarias, en tiempos de la segunda legislatura de Aznar, y entonces lo retuvieron durante cuatro semanas en un centro de Fuerteventura; pero, cumplido aquel periodo, los metieron a todos en un avión fletado por el Gobierno, un vuelo nocturno, un vuelo secreto (sin cobertura de medios de comunicación, sin que el Gobierno hubiese dicho a los ciudadanos lo que estaban haciendo, y cómo lo estaban haciendo, y por qué lo estaban haciendo), y los habían soltado en Madrid. Otras veces el lugar elegido era Barcelona, o Valencia. Moises conocía a personas que habían llegado a esas otras ciudades en esos mismos vuelos secretos. No les preguntaban si tenían alguna preferencia. Ellos, los africanos, no sabían a dónde iban o qué iba a pasar cuando llegaran. La incertidumbre entre ellos era total. Una vez en la península, la propia policía le decía a cada uno: “Hala, venga, te puedes ir”. A la calle, sin papeles, sin dinero, sin ropa... Algunos, desconcertados, protestaban. “¿No querías venir a Europa?, pues venga, de qué te quejas, ya está”, les decía algún policía. Y era verdad, habían alcanzado España y ahora podían continuar viaje hacia cualquier otro país (Francia, Bélgica, Suiza) en el que viviese algún amigo o familiar, o quedarse en España, si es que había trabajo; y lo había, porque las constructoras necesitaban mano de obra y los querían.

     

    Así era con Aznar, con nocturnidad, en secreto, directos a la calle; luego llegó Zapatero, muchos pudieron regularizar su situación y trató de hacer lo mismo que el Gobierno anterior, vuelos fletados con inmigrantes desde Canarias a Madrid, Valencia, Barcelona…, pero a las claras, diciendo a la opinión pública lo que hacía y por qué. Solo que entonces, los que lo habían hecho en secreto y con nocturnidad, ahora en la oposición, le echaron a la ciudadanía encima y el Gobierno tuvo que ir reculando. El Gobierno empezó a devolver gente en cuanto llegaba; llegó a acuerdos con Senegal para posibilitar la pronta repatriación o impedir la emigración en origen; envió medios para interceptar e impedir la emigración antes de que alcanzara las costas españolas. El partido progresista había terminado haciendo una política de inmigración todavía más dura que el anterior Gobierno de derechas, por eso muchos senegaleses afirman que les ha ido mejor con gobiernos del PP que con gobiernos del PSOE, más aún después de la persecución aplicada a partir de la segunda legislatura de Zapatero.

     

    Con Zapatero (y Rubalcaba de ministro de Interior) los persiguieron, los detuvieron y los expulsaron a sus países de origen. No hay color:

     

    —Estoy en Madrid.

    —¡Cómo que estás en Madrid!

    —Me han traído en avión y los policías me acaban de decir que puedo irme. Estoy en la calle.

    —¿Dónde estás?

    —La calle se llama… Francisco Silvela –a duras penas consiguió Moises pronunciar aquellas dos palabras de un modo inteligible–. Delante de un Burger King. Le he pedido a alguien que me deje el móvil para llamarte.

    —¿Estás en el Burger King de Francisco Silvela? No te muevas de ahí, voy para allá, estoy en trente minutes.

     

    Moises se sentó en un banco y aguardó, mirando la calle perfectamente asfaltada, el tráfico de coches nuevos, la gente que pasaba bien vestida –con ropa de Zara y de Mango y de Cortefiel y de El Corte Inglés–; con traje algunos hombres… Nunca olvidará aquel rato sentado en el banco, mirando alrededor, sin un euro en el bolsillo, sin nada, como un aparecido. Al verlo, Youssou se alegró mucho, pero también se mostró abrumado; hacía meses que no tenía noticias suyas, la familia de Moises le había llamado en varias ocasiones, por si él sabía algo de su paradero, pero la última noticia que habían tenido era que había estado en El Aaiún, y también sabían que ya no se encontraba allí. Temían lo peor, que se hubiese ahogado, como tantos otros; Youssou había estado haciéndose a la idea de que, tal vez, no lo volvería a ver. ¿Por qué no había llamado a casa? Moises no supo explicarle, le había dicho a alguien que lo hiciera, a un tipo, porque a él no le apetecía hablar con nadie; estaba muy enfadado, tal vez fuera eso, el cabreo que le había producido tener que meterse en aquella patera sin saber nadar. Estaba indignado con todos los que no habían hecho nada para evitar que tuviera que emigrar así. Por eso no había llamado. Le había dicho a uno que había conocido, interno como él en Fuerteventura, que si hablaba con tal amigo común que se encontraba en Senegal le dijera que lo había visto, que estaba bien; y que, si podía, se lo comentara a alguien de su familia, nada más.

     

    Moises lloraba mientras le explicaba a Youssou que estaba convencido de que no había nada que hacer, que le expulsarían. Con rabia, le mostró unos recortes de prensa: en uno de aquellos, el Sindicato Unificado de Policía denunciaba que se estaban produciendo redadas indiscriminadas y pedían su cese inmediato por considerarlas abusivas; en otro, una asociación ciudadana había recabado datos sobre las redadas y presentado una queja a la defensora del Pueblo; en otro, la ONU elevaba una queja al Gobierno español y pedía que las redadas a inmigrantes terminaran; en otro, la defensora del Pueblo presentaba un informe al Gobierno y pedía que acabase con esa práctica abusiva e ilegal; en otro, Amnistía Internacional denunciaba las redadas indiscriminadas a inmigrantes; en otro, la Abogacía del Estado condenaba las redadas a inmigrantes por inconstitucionales.

     

    —No sirve de nada. Nada sirve de nada –lloraba Moises–. ¡Cómo es posible que nada sirva de nada! (dara sotiwul, dara sotiwul!).

     

    De pronto, consiguió serenarse.

     

    Ahora tenía miedo, otra vez, le contó a su amigo –provenían del mismo barrio de Dakar, habían crecido juntos y Youssou había sido su referente en Madrid: se querían–. Hacía una semana que había habido amotinados entre quienes iban a ser conducidos hacia el aeropuerto. De algún modo se habían percatado de que los trasladaban para expulsarlos, y de que aquello era el fin, y ofrecieron toda la resistencia que pudieron. Los policías se las habían visto y deseado, así que ahora no era la policía la que venía a por ellos, sino el ejército; un número mucho mayor de hombres y mujeres. Tenía miedo porque no sabía cómo reaccionaría cuando lo fueran a expulsar, y, si no se controlaba, los soldados le harían daño.

     

    —Tú nunca te has peleado –observó Youssou, haciéndole ver que él no era una persona violenta.

     

    Pero Moises negó, no era eso, no se trataba de que él fuese una persona violenta. Lo que pasaba era que no podía más. Sentía que aquella situación lo había desbordado. No controlaba su estado de nerviosismo.

     

     

    5

     

    Lamin dijo que todo lo que estaba pasando era cosa de Rubalcaba, el ministro de Interior. Un periódico había publicado el documento interno de la policía con las órdenes expresas del Ministerio de expulsar a todos los inmigrantes sin papeles que fuera posible. Ibra y Khassim rieron: “Sí”, dijo Ibra, “y a Rubalcaba le preguntaron en el Congreso y respondió que no, que no hay redadas a inmigrantes, que eso sería inconstitucional”. Rieron más, al fin y al cabo eso es lo que se dice de los políticos, que mienten con la cara muy dura, y ellos, que conocían la verdad, no podían menos que reír ante la cara tan dura que había que tener para decir en el Parlamento que no había redadas. No solo había redadas, había de todo lo que nunca antes había habido, una persecución en toda regla.

     

    Se encontraban en el salón, acababan de dar cuenta de una merluza con un pequeño relleno de picante, sobre un arroz en salsa roja (thiebou diem), servida en una sola fuente redonda, y comenzaban a beber agua y zumo y bissap. También nos encontrábamos allí Khadija, que había hecho la mayor parte de la comida, Fatou, Tambi, Kumba y yo (además de los niños), y, mientras Khassim se hacía con un pequeño portátil para buscar, divertido, las imágenes del ministro diciendo aquello en el Congreso, Ibra se puso a contarnos –especialmente a Kumba y a mí–, que lo habían parado en plena Gran Vía. Al parecer la policía no podía ver a un negro conduciendo un coche (ni una sola vez le habían dicho en un control que siguiera camino sin más). Detenido en un semáforo, en cuanto Ibra había observado que allá adelante venía un coche de policía con el que, inevitablemente, se cruzaría, supo que le había tocado de nuevo; aun así, cuando pasaron junto a él, desvió la mirada hacia la radio, para evitar el contacto visual, por si colaba, pero enseguida vio en el retrovisor que el coche de policía daba la vuelta en redondo, saltándose la línea continua de la Gran Vía; así que, con toda tranquilidad, en medio del tráfico, en cuanto el disco se puso en verde, se hizo a un lado y detuvo el coche y se bajó para esperarlos, lo que produjo cierto desconcierto en la pareja de policías, que ya se disponía a activar las luces y la sirena para reclamarle aquello que ya había hecho. De pronto se lo encontraron detenido allí, esperándolos, y se inquietaron por lo inusual de la circunstancia.

     

    Todo ello lo contaba Ibra apoyándose en la eficacia de su expresividad corporal, haciendo unas veces de policías y otras de sí mismo:

     

    —Documentación –le dijo uno de los policías.

    —Documentación... –respondió él, y le entregó el NIE.

    —Papeles del coche.

    —Papeles del coche…

    —Te lo tienes bien aprendido… –ironizó el otro policía mientras el primero revisaba los papeles–. Así me gusta, sí señor.

    —¿Trabajas en Telefónica? –dijo el primero señalando el coche.

    —No, lo llevo pintado así porque me gusta.

     

    Ibra se había puesto en pie y se alteró contándonos aquello, gesticulaba y se mostraba irritado: “Para qué preguntan tonterías, que miren la documentación: ¿está bien?, está bien; ¿está mal?, está mal. Pero que se dejen de historias, bu ma rey ak vakh, gilipollas, bu ma rey ak vakh (déjate de tonterías)”, dijo a Tambi en wolof.

     

    —Esto está todo en regla –admitió el primero de los policías, pero no le devolvió la documentación. El otro, sin embargo, ya se volvía para el coche.

    —A ver, majete –ahora sí le devolvió la documentación y le sonrió, afable–. ¿Me abres el capó, por favor? –y echó a andar hacia allí.

    —Ábrelo tú –Ibra se quedó quieto.

     

    El policía acusó la negativa con sorpresa.

     

    —Venga, ¿no dices que está todo en regla? No te hagas el guay conmigo; me habéis parado porque os ha dado la gana, me están esperando para ver una avería en ese edificio de ahí y estoy llegando tarde por vuestra culpa, así que haz lo que tengas que hacer, pero yo no soy tu colega, haz tu trabajo y ahórrate el buen rollo.

    —Vale, vale, pero no te pongas chulo, ¿eh?

     

    Su compañero ya regresaba sobre sus pasos, con hastío, a ver por qué se complicaba aquello. En vez del capó, el primero abrió el maletero, mientras su compañero llegaba junto a ellos con ademán de transmitirle que no merecía la pena, que lo dejara.

     

    —¿Y todos estos router?

     

    Ibra no se molestó en mirar dentro del maletero para ver las cajas con los router en el fondo.

     

    —¿Son tuyos todos estos router?

    —No –dijo Ibra con sequedad, sin apartar la vista del policía.

    —Cómo que no, están en tu coche. ¿Son tuyos o no son tuyos?

    —No, esos router no son míos –lo desafió Ibra con la mirada. Era obvio que no eran suyos, sino de la compañía, él solo trabajaba con ellos.

     

    El policía cerró el maletero.

     

    —Vale –dijo–. Puedes continuar –y se separó del coche.

     

    El otro policía se le acercó:

     

    —Lo siento, tío. La cosa está muy jodida. Si no lo hiciéramos se nos caería el pelo.

     

    Ibra nos contó que no dijo nada, ya había tenido suficiente y percibía un fuerte amargor debajo de la lengua, así que había subido al coche de su trabajo y se había marchado.

     

    —¡Que comprendiera que si no lo hacían se les caía el pelo!, pues por eso, haz tu puto trabajo y déjate de historias –se enervaba Ibra repitiendo la anécdota mientras todos se hacían cargo de sus sentimientos y reían y se indignaban; salvo Khassim, que, al contrario, bajó la mirada y zarandeó la cabeza para sí.

     

    Pensé que tal vez estaría pensando que él, sin papeles, no tenía la posibilidad de enfrentarse de aquel modo a los policías. No todos se encontraban en la misma situación, a pesar de ser negros y proceder del mismo país. Percibí cierta envidia (quizá orgullo o admiración contenida) por parte de Khassim y Tambi hacia su amigo Ibra, y, al tiempo, me pareció que a Ibra no le importaba que se notara que su situación en el país no era la misma que la de ellos; al contrario, tal vez era una de las razones por las que contaba aquel tipo de historias.

     

     

    6

     

    Ablay era un senegalés maduro, de aspecto elegante y maneras de señor, y uno de los pocos que llegaron a Madrid a principios de los 90, cuando apenas había negros en España; entonces todos ellos se dedicaban a vender Winston y Marlboro de contrabando a la salida del metro, como los marroquíes, e hicieron dinero, más de uno puso negocio propio, compró piso, se hizo casa en Senegal, se trajo a toda la familia o se casó y tuvo tres o cuatro hijos. Estuvo bien, aquello. Y ahora esto.

     

    Ablay solía contar que iba caminando tan tranquilo por una calle de Embajadores, de paseo (hacia donde creía que encontraría a su gente, es decir, sin un destino del todo claro), cuando, al rebasar una esquina, atisbó a un par de policías, se paró en seco, mirándolos con los ojos muy abiertos, y echó a correr en dirección contraria, lo que propició que los policías lo persiguieran. Huyó deprisa, pegándose a las paredes de las casas; está en buena forma –y los policías, no tanto–, así que la persecución por las calles se alargó durante un buen rato, recorrieron varias manzanas y Ablay hizo que los policías dieran varias vueltas a un edificio, de la forma más absurda (subía por una calle, bajaba por la otra, y vuelta a empezar). Hizo que los policías sudaran la gota gorda, hasta que lo alcanzaron y consiguieron darle el alto. Cuando por fin llegaron junto a él, resoplando y malhumorados, y le pidieron a gritos la documentación, Ablay les mostró, con ademán asustado, su DNI.

     

    —Pero, pero… –balbuceó uno de los policías–. ¿Tienes la nacionalidad? ¿Eres español?

    —¡Sí!

    —¿¡Entonces por qué corres!?

    —¡Porque me perseguían…!

    —¡Joder, me cago en...! Nada tío, déjalo, que es español.

    —¿Y entonces por qué corría? ¡Joder!

    —Míralo, es un listo, ¿no lo ves? Se está descojonando.

     

    Ablay negó, aunque sin ocultar una leve sonrisa. La jugarreta se le había ocurrido así, de pronto, sobre la marcha. Y estaba bien.

     

    —¡Me cago en la puta!

    —¡Qué cabrón!

    —¡Joder!

    —¡Anda, lárgate!, puedes irte, ¡pero que no se repita!

    —¡Joder!

     

    Que no lo repitiera, le decían…

     

    Ablay se pasó unos meses provocando que la policía lo persiguiera cada vez que se topaba con esta en algún lugar. Era lo mínimo que podía hacer. Además, se dio cuenta de que luego se lo podía contar a su gente. Con las carcajadas que les producía aliviaba su desamparo, la frustración, el miedo, su tristeza. Cualquier emoción que hubiese agazapada allí adentro salía transformada en regocijo y risas; por un rato.

     

     

    7

     

    En el caso de Khadija, que trabajaba en una gran empresa y se desplazaba en metro hasta su oficina porque vivía lejos del trabajo, lo cierto era que no le habían pedido su documentación ni una sola vez a lo largo de los últimos diez años, aunque sabía de las dificultades que estaban atravesando sus amigos y familiares emigrados en España, y no se sentía nada cómoda con la sensación de que estaba siendo objeto de alguna clase de privilegio, que ella atribuía a que la persecución era mayor hacia los hombres, pero, también, a que su manera de vestir y los lugares que frecuentaba (y, por qué no, también a su modo de estar en estos) le conferían ante los policías un estatus ilusorio distinto al del resto de los senegaleses. Posiblemente, ni siquiera fuesen capaces de estar muy seguros de su procedencia cuando la veían por ahí. Tal vez le atribuyeran cualquier otro estatus –turista, ciudadana europea, africana misteriosa con posibles, trabajadora de un organismo internacional o de una empresa transnacional, estudiante gringa–, menos el de inmigrante ilegal, que era a los que buscaban. Había conseguido regularizar su situación hacía ya unos años, y había obtenido (gracias a su formación) un trabajo nada común entre quienes habían emigrado ilegalmente. En cualquier caso, todo parecía indicar que si no le pedían la documentación cada vez que la veían, como sucedía con tantos senegaleses, era por prejuicios (apariencias, clasismo, discriminación positiva); en definitiva, se trataba de una injusticia que la beneficiaba y se sumaba a la injusticia de que persiguieran, para detenerlas y echarlas del país, a personas que no habían hecho nada malo.

     

    Khadija quería solicitar un permiso para que su madre pudiera venir a verla, había averiguado los pasos que debía dar y lo primero era presentar una carta de invitación junto con una serie de documentos. Quería que su madre viera cómo vivía en España, le hacía ilusión tener a su madre en casa, deseaba tener a su madre para ella sola. Quería llevarla de compras a El Corte Inglés, enseñarle el Museo del Prado y presentarla a sus amigas del trabajo. Se imaginaba a su madre, maravillosa, con su gran bubú y su pañuelo en la cabeza, en todos esos sitios. Se la imaginaba en el supermercado y en la pastelería, comprando el pan, diciendo unas palabras en español. La llevaría al cine, quería ver una película con su madre, ellas dos juntas en la sala –su madre no había ido nunca al cine–, le contaría al oído lo que decían los personajes en español o inglés, o irían a ver una película francesa en versión original. Era un sueño lindo, ahora le había dado por ahí, se lo había ganado, y su madre también. Su madre tenía muchos más hijos, pero solo ella podía ofrecerle aquel viaje, su único viaje lejos de Gambia y Senegal, su única visita a Occidente; a una ciudad con teatros, tiendas y avenidas iluminadas; una ciudad desbordante de energía eléctrica. Khadija sabía que no sería sencillo, ya había hecho gestiones de aquel tipo para otras personas en el pasado, y siempre había sido un engorro de papeles seguido de una larga y desesperante espera de años, y sabía que, posiblemente, ahora resultaría aún peor.

     

    Khadija salió de trabajar, fue a casa, recogió a su hijo de seis años, que ya había hecho los deberes del cole (para que María, la señora que lo recogía y llevaba a casa por las tardes, pudiera marcharse), y se dirigió a la comisaría de policía. Su hijo, se decía, tenía todo el derecho del mundo a recibir la visita de su abuela. Ellos ya la habían visitado en Senegal hacía un par de años, cuando el niño tenía cuatro, y ahora ella necesitaba propiciar aquel reencuentro y atesorar la imagen de su hijo y su madre en Madrid. Los llevaría a subir en el teleférico: haría una foto de su hijo y su madre, nieto y abuela, sentados en la cabina del teleférico, sobre la Casa de Campo, con Madrid detrás de sus sonrisas. Su hijo Jaime había nacido en España, era hijo de padre español y, por lo tanto, era español. Intentó cargarse de razón mientras se dirigía hacia la comisaría: el Estado español no podía permitirse andar poniendo obstáculos para que a aquel niño lo visitara su abuela. Sería una canallada. Si eso sucediera, convertirían a aquel niño en un español de cuarta categoría. Le dolió pensar aquello, su hijo un niño de cuarta porque ella había emigrado de Senegal. No lo permitiría.

     

    Dijo al funcionario que quería presentar una carta de invitación para que su madre, de Senegal, viniera a visitarla a España, y el funcionario la miró de arriba abajo:

     

    —¿Ah, sí?

     

    De hecho, Khadija advirtió que al decirle aquello la había mirado como si ella fuese, sin matices, una mierda.

     

    —Tu madre, ¿no? –asintió el funcionario como si le diera una bofetada.

     

    A Khadija casi se le saltan las lágrimas, se indignó. ¿Qué era lo que estaba poniendo en duda aquel tipo, y por qué? ¿Que se tratara realmente de su madre? ¿Que ella pudiera presentar una carta de invitación para que su madre la visitara? ¿Qué? ¿Cuál era el problema? ¿Cuál era su problema?

     

    —Sí, mi madre –Khadija le tendió la carta y los documentos.

    —Y quién te ha dicho a ti lo que tienes que traer…

    —Estuve aquí…

    —Aquí no has estado –la atajó el funcionario.

    —Sí, estuve aquí, estaban cerrando y el policía de la entrada me dijo…

    —El policía de la entrada no puede haberte dicho…

    —…que entrara en la página del Ministerio de Interior, que ahí estaba todo.

     

    El funcionario sonrió.

     

    —He traído todos los documentos.

    —La página del Ministerio de Interior… –el funcionario negó ostensiblemente.

     

    Ella dijo con firmeza:

     

    —He traído todos los documentos del listado que figura en la web del Ministerio de Interior.

    —Tenías que haber venido aquí, en la web no es. Estos son los documentos –le tendió un papel con el listado de la documentación requerida y a Khadija, de nuevo, casi se le saltan las lágrimas al comprobar que aquel listado era cuatro veces más largo que el que figuraba en la web del Ministerio.

     

    El funcionario parecía feliz.

     

    —¿Ves?

    —¿Entonces lo que dice la web del Ministerio no sirve? –protestó.

     

    El funcionario se encogió de hombros y negó.

     

    Khadija iba a rebatirle con dureza. Cómo era posible que en la web del Ministerio figurara una información incompleta, que no era veraz. Cómo era posible que él la tratara así, cómo era posible que disfrutara tanto tratándola así. Pero reparó en su hijo, a su lado, y también pensó que si alzaba la voz y ponía a parir al funcionario perdería en el acto toda posibilidad de conseguir lo que quería, porque aquel tipo encontraría cualquier excusa para ponérselo todavía más difícil y, finalmente, no podría hacerse visitar por su madre.

     

    —Esto es lo que tengo que traer –aseveró Khadija.

    —Cuando lo tengas todo se lo pasamos a la policía para que te investigue.

     

    Khadija posó una mano sobre su hijo. Fue un acto reflejo, como queriendo salvaguardarlo de aquellas palabras tan duras contra ella –le hubiese tapado los oídos–, y se dispuso a abandonar la comisaría agradeciendo hipócritamente la ayuda del funcionario.

     

    Cuando Khadija me contó esto imaginé a aquel tipo con la bandera preconstitucional tatuada en algún lugar de su cuerpo. “Ponen a los peores”, me decía Khadija, “a los más hijos de puta; porque de lo que se trata es de desanimar a la gente”. Khadija lloraba y maldecía, ella, que tan bien conocía lo español: “¡Puto país de mierda! ¡Este puto país de mierda!”, y me pareció que no le faltaba razón. “¡Yo pago impuestos!”, maldijo también.

     

    Cuando Khadija había salido a la calle tras el altercado con el funcionario, conteniendo las lágrimas para que su hijo (muy preocupado) no la viera llorar, se había detenido a echar un nuevo vistazo a la lista de documentos que tenía que presentar y había comprendido que sería prácticamente imposible que pudiera reunirlos. Había un buen número de documentos que tendría que solicitar a Senegal y que, pensó, posiblemente no existieran; al menos no con aquellos nombres y las características que les suponía. Estaba hecho a posta. “Un funcionario facha puede ser muy útil al Estado si lo que el Estado quiere es tratarte como a la mierda. Ponen a los peores, a los más desagradables hijos de puta. Saben quiénes son y los ponen ahí. Esos no necesitan que los aleccionen mucho en el trabajo para que te traten así, vienen aleccionados de casa”.

     

     

    8

     

    Todos habíamos escuchado a Ibra contar el día que había atendido una avería en casa del ex futbolista Zinedine Zidane, o del cantante Antonio Carmona, o de la tonadillera Isabel Pantoja (futbolistas, cantantes, actores, presentadores de televisión…), confiriéndole menos importancia que a sus altercados con policías debidos al celo que estaban poniendo en cumplir el encargo del ministro. Ibra es soberbio, no le impresiona la fama ni la riqueza de los demás, pero le sublevan las injusticias y los intentos de humillación.

     

    En una ocasión, Ibra se encontraba sentado en su coche cuando un tipo se acercó y le dijo que allí no se podía aparcar.

     

    —Lo sé, gracias –le respondió.

    —No, que no se puede aparcar, estás delante de un garaje.

    —Lo sé, estoy esperando a un amigo, no me he bajado del coche ni me voy a bajar.

    —¡Luego dirán que si el racismo! –puso el tipo el grito en el cielo justo cuando se acercaba otra persona, como pretendiendo sumar un aliado.

    —Ahí no se puede aparcar –dijo el que llegaba, un señor mayor.

     

    Ibra, en vista de que lo seguían interpelando, abrió la puerta y se bajó del coche, lo que, al parecer, los puso nerviosos; el primero se apartó unos metros, vociferando, y el segundo lo amenazó con el bastón y gritó que era policía, sacando y mostrando algún tipo de credencial:

     

    —¡Mira, soy policía, soy policía! –le advirtió atemorizado, como diciendo, no me toques que...  

     

    Ibra miró la credencial (qué sería aquello), luego el bastón, sonrió con cierto hastío y siguió apoyado en el coche, ignorándolo; al parecer, el señor había encontrado en el color de su piel una oportunidad para venirse arriba; y, en cierto modo, no podía reprochárselo, con la que estaba cayéndoles a los africanos encima era normal que cualquiera se sintiese con derecho. Entonces llego Javi, el amigo español al que esperaba, y, al reparar en la expresión de su rostro, preguntó qué estaba pasando.

     

    —Nada… Uno que me decía que aquí no se puede aparcar, le he dicho que lo sé y ahora este señor, que dice que es policía.

     

    Pero Javi no tenía la misma paciencia que él ante aquel tipo de asuntos, se volvió hacia el señor y lo llamó viejo:

     

    —¿Policía tú? Lárgate de aquí, viejo, déjate de hacer el puto ridículo, joder.

     

    Javi se enfrentó a los dos y los mandó a la mierda.

     

    —¡Iros a tomar por saco, gilipollas!

     

    Ibra rio, él estaba mucho más tranquilo que Javi, aunque había sido el acosado; pero lo comprendió, porque hay españoles que se sienten profundamente avergonzados cuando otros españoles hostigan injustamente a los inmigrantes, y sabía que Javi le tenía cariño. Aquella combinación de amistad y vergüenza lo había puesto de tan mala hostia. Javi estaba rojo como un tomate.

     

    Luego se subieron al coche y se marcharon y, en el coche, cuanto más cabreado parecía Javi, más tranquilo se mostraba Ibra, y cuanto más tranquilo se mostraba Ibra, intentando que Javi comprendiera que todo estaba bien, más se indignaba Javi.

     

     

     

     

    Nicolás Melini (Santa Cruz de la Palma, 1969) es escritor y cineasta. Ha escrito novelas como El futbolista asesino y La sangre, la luz, el violoncelo; poemarios como Cuadros de Hopper y Los chinos, y libros de relatos como Pulsión del amigo. En FronteraD ha publicado El Hadji Amadou Ndoye, apóstol del español en ÁfricaCarverianos

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    Muy buen artículo. Es muy necesario mostrar la dura realidad que viven los inmigrantes africanos en España.

    ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

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