Réplica del cohete Safir en la plaza Azadi de Teherán/ Ferrán Quevedo

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    Bajo la tormenta negra

    30 aniversario de la Revolución Islámica iraní

    Pablo Mediavilla Costa

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    Tras 30 años de Revolución Islámica, algo se mueve en Irán. Una parte significativa de la sociedad desea cambios en el férreo régimen de los ayatolás.                 

    s noche cerrada y camino por una avenida desierta. Teherán parece sólo para mí. Me detengo ante un mural con cinco fantasmas dibujados que salen de las tinieblas, son mártires que van hacia la muerte o vuelven de ella, con sus barbas desaliñadas, Kaláshnikov al hombro y cintas en el pelo con palabras de Dios. Tardo en comprender que al otro lado de la tapia está la antigua embajada de Estados Unidos, el lugar donde estudiantes islamistas mantuvieron como rehenes a 52 norteamericanos durante 444 días. El secuestro terminó el 20 de enero de 1981 y enterró las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos e Irán. La cueva del espionaje –así fue renombrado el edificio– es uno de los decorados más logrados de la Revolución Islámica, con sus pintadas de propaganda, tan de postal.

             Pero Teherán no es un teatro; parece, más bien, la obra de un huracán de cemento, acero y asfalto que hubiera arrasado con la llanura tras coronar los más de 4.000 metros de los montes Alborz. En medio de tal caos, siete millones de habitantes y dos millones de coches se disputan el ecosistema de manera desigual: más de 5.000 personas mueren cada año por culpa de la polución que flota sobre la ciudad. El omnipresente Paykan, diminuto vehículo de formas soviéticas que ha dejado de fabricarse, contamina 15 veces más que los límites permitidos en Europa y sus dueños rara vez apagan el motor, ni siquiera cuando llenan el depósito por siete céntimos de euro el litro. Cuando uno escarba en la superficie de Irán, siempre se mancha las manos de petróleo. “Desde su descubrimiento, ha sido como una enfermedad para nuestra economía”, explica Amir Esmaeil Kazemi, redactor jefe del diario económico Jahaan-e-Eqtesaad.

             El país ha obtenido 209.000 millones de euros –dejó de usar el dólar para sus transacciones en 2007– en los últimos cuatro años gracias a sus exportaciones petrolíferas, que suponen el 80% de los ingresos de Irán. “Ojalá nunca hubiéramos tenido petróleo. No obstante, nuestra situación estratégica puede facilitar la revolución económica que necesitamos en los próximos veinte años: reducir la dependencia del petróleo por debajo del 20% y exportar otros productos como el cobre o el zinc. Nunca hemos prestado atención a otras alternativas porque el dinero ha venido fácil”, añade Kazemi. Las subvenciones estatales hacen que, por ejemplo, a partir de un número de litros consumidos, los conductores dispongan de combustible gratuito hasta final de año.

             Todo empezó en 1908, cuando Irán apareció, de repente, en los mapas de los despachos del poder mundial. El geólogo George Reynolds, a sueldo del multimillonario inglés William Knox d’Arcy, se despertó en su campamento al oeste del país bajo una lluvia de líquido negro y gritos de sus trabajadores. Irán tenía petróleo, pero la concesión de explotación ya había sido vendida, a precio de saldo, por el Sha –rey, en farsi–de turno. Más tarde vendrían la fundación de la Anglo–Persian Oil Company –origen de la actual British Petroleum–, la compra de la compañía por parte del Gobierno británico, el expolio sostenido y, finalmente, el hartazgo de la población, que vio en la figura de un apasionado parlamentario y doctor en derecho, llamado Mohammed Mossadegh, al hombre que acabaría con la injusticia y devolvería la inmensa riqueza de Irán a sus habitantes.

             Y así fue. El primer ministro Mossadegh se convirtió en el artífice de la nacionalización del petróleo y ésa fue su tumba política y la de la joven democracia iraní. El 19 de agosto de 1953, el plan orquestado por el agente de la CIA Kermit Roosevelt –nieto del presidente norteamericano–, con el apoyo de los servicios secretos británicos, acabó con Mossadegh detenido y la vuelta del sha Reza Pahlevi al poder. El oro negro volvió a ser controlado por manos extranjeras.

             En el palacio de verano del Sha, en las faldas del monte Tochal, uno puede observar el lujo absurdo que gastaba el soberano y la sala de billar –con las bolas dispuestas para una partida nunca empezada–, en la que Roosevelt y Reza Pahlevi decidían el futuro del país. El golpe de Estado de 1953, el primogénito de otros que Estados Unidos iba a parir en el siglo, destruyó toda confianza de los iraníes en un país al que consideraban amigo y ejemplo de libertad, y precipitó la unión de movimientos sociales, políticos y religiosos contra el Sha. Tendrían que pasar 26 años y muchos muertos y torturados por la policía política del monarca, la SAVAK, para que Irán viviera un nuevo capítulo en su particular historia de sobresaltos.

            Tengo una lista en mi libreta con los lugares emblemáticos de la Revolución. La repaso una y otra vez, añado y quito nombres, escribo anotaciones; es profesional y rigurosa. Esa lista es mi coartada, la explicación de bolsillo de por qué estoy aquí y, aún más importante, el torpe andamiaje de un relato lógico –porque así será exigido– de una realidad inexpugnable que acabará destruida en palabras. La lista me redime a los ojos de los demás, a pesar de la evidencia insoportable de que lo ocurrido en Irán en 1979 no está en los murales propagandísticos de la antigua embajada norteamericana, ni bajo la tierra del cementerio de Behesht-e-Zara, donde sí están los esqueletos de los hombres, mujeres y niños que se esfumaron por una causa o en ausencia de ella; ni en el lujo del palacio de verano del Sha, ni en el mausoleo con pinta de centro comercial donde descansa Jomeini, ni tan siquiera en el laberinto de mezquitas y madrazas de Qom, donde todo se decide.

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